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Jaime Alejandro Rodríguez
Posmodernidad en la novela colombiana. Narrativa colombiana de fin de siglo - Metaficción en la novela colombiana

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Luz Mery Giraldo B.
Narrativa colombiana: búsqueda de un nuevo canon

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Alvaro Pineda Botero
Del mito a la posmodernidad - La fábula y el desastre. Estudios críticos sobre la novela colombiana. [1605-1931]

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Raymond L. Williams
Novela y poder en Colombia - Posmodernidades latinoamericanas: La novela posmoderna.

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Bodgan Piotrowsky
La realidad nacional colombiana en su narrativa contemporánea

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Carmenza Kline
Apuntes sobre literatura colombiana -comp.-

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Peter G. Earle
Grabriel García Márquez

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Angel Rama
La narrativa de Gabriel García Márquez. Edificación de un arte nacional y popular

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William Rowe
García Márquez: La máquina de la Historia

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Rubén Jaramillo Vélez
La postergación de la experiencia de la modernidad en Colombia - Tolerancia e ilustración

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Treinta años después
Ponencias del IX Congreso Nacional de Literatura, Linguística y Semiótica

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Héctor H. Orjuela
El desierto prodigioso y prodigio del desierto" de Pedro Solís y Valenzuela. Primera novela hispanoamericana.

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Augusto Escobar
La violencia: ¿Generadora de una tradición literaria?

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María Elvira Villamil
La narrativa colombiana reciente

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María Helena Rueda
La violencia desde la palabra


Bodgan Piotrowsky: La realidad nacional colombiana en su narrativa contemporánea


Preámbulo

¿Existen una sola literatura hispanoamericana o varias literaturas nacionales? Esta pregunta se entreteje en las consideraciones histórico y teórico-literarias desde hace unos decenios, y prácticamente con más fuerza a partir del comienzo del boom literario latinoamericano. Se habló sobre el panamericanismo, sobre el suprarregionalismo, sobre la tradición del conjunto de la cultura y, desde luego, de la literatura latinoamericana. Hay voces que admiten la existencia de historias de las literaturas latinoamericanas, y se conocen las obras escritas, pero aún se mantiene la falsa opinión de que no existen las literaturas nacionales. Este cliché convive con otro lugar común, igualmente dañino, que admite únicamente la autonomía de la literatura brasileña y habla de los atisbos de las literaturas argentina y mexicana1.

Nosotros nos oponemos a estos planteamientos. Consideramos que la conciencia de Nación y de Estado de estos pueblos jóvenes ya es altamente desarrollada. Recordemos que no duraron mucho tiempo las confederaciones ideadas por los políticos como la Gran Colombia, el Pacto Andino, la Unión Centroamericana, y se autofirmaron Estados nacionales como resultado de la administración virreinal. Por supuesto que se elaboraron igualmente manifestaciones culturales y sociales independientes y nacionales. En el caso de la literatura, que nos interesa aquí, podemos observar que cada nación se definió con una evolución de los géneros literarios propios, con sus propias temáticas, con sus auténticas sucesiones estilísticas e ideológicas.

Cada país latinoamericano tiene su individual proceso histórico, lo que podemos constatar, y sus acontecimientos de diversa índole permiten distinguir sin equivocación que es éste y no otro. Cada país de América tiene otras raíces étnicas. La verdad que una vez pronunció Simón Bolivar: "No somos europeos, ni africanos, ni asiáticos, ni indios. Nosotros somos un nuevo género", se refiere a su contexto nacional. Las muy variadas posibilidades sobre el rasgo antropológico de cada una de estas poblaciones. Naturalmente, en consecuencia, también muy diferenciables son sus sincréticas características culturales materiales y etnológicas y sus elementos económicos, sociológicos e ideológicos. Todos esos fenómenos se reflejan en la literatura y la cargan de un matiz nacional sumamente recio y potente. Así la literatura se vuelve una vigorosa manifestación de la conciencia social y, a la vez, uno de los factores activos en su formación.

América Latina conquistó una independencia estética en la época del modernismo. Es un fenómeno espiritual muy particular. El Nuevo Mundo siempre mantuvo una gran receptividad a las novedades de Europa, pero solamente a finales del siglo pasado supo desarrollar autónomamente en sus letras una gran capacidad de estilización y absoluta dominación de la forma. El individualismo fue a veces tan exagerado, que se volvía egocentrismo. Los modernistas atacaban a la generación anterior, a los costumbristas, por su apego a lo americano, lo regional. Elogiaban lo universal y el cosmopolitismo, y precisamente por esto nosotros consideramos que aunque los modernistas dieron un visible empuje a la literatura hispanoamericana, no influyeron decididamente en la formación del concepto de la literatura nacional. Si es obvio que le garantizaron el vigor literario propio, pero únicamente en los aspectos formales. La gran tarea, realmente lograda, la efectuó la generación posterior de los escritores de tendencia criollista.

La literatura nacional colombiana empezó a cristalizarse de modo irrevocable en los anos veinte de nuestro siglo, al igual que otras literaturas nacionales de Hispanoamérica, como la chilena, la peruana, la argentina, etc. Un decenio antes empezó a cuajarse la literatura mejicana con su novela de la Revolución. En todos estos países, la realidad nacional fue sometida a una palpable y manifiesta evolución. A finales del siglo pasado, en todo el continente americano se hizo cada ano más notoria la dominación de los Estados Unidos y sus intervenciones militares o económicas en los países latinos. Su participación en la guerra de Cuba o en la separación de Panamá causaron reacciones entre las naciones de América que se sentían amenazadas en su soberana. Consecuentemente, como es natural, en los pueblos y sus dirigentes se reanimó un fuerte sentido patriótico.

Por otra parte, en los anos veinte observamos una mayor industrialización (resultado, entre otros, del enriquecimiento de estos países merced a las exportaciones durante la primera guerra mundial) que permite la formación de una clase media elástica y preparada para desempeñar su papel dentro de su sociedad. Se advierte un creciente urbanismo. Se efectúa una ampliación educativa. Todos estos factores de la transformación social permiten una más visible comunicación entre el escritor y su público, o también entre los países y cambios de ideas. A los intelectuales los atrae el objetivo de la autodefinición social y nacional. Se sienten responsables ante sus compatriotas. Algunos buscan medios para remediar penurias y vejámenes sociales en nombre de viejos postulados filosóficos de la ilustración de la gran Revolución francesa, pero otros, unos años después, siguen al peruano José Carlos Mariátegui y asumen posiciones marxistas. La literatura se preocupa más por los social, y los autores se identifican más con los medios a los cuales pertenecen o quieren representar.

Nosotros nos proponemos demostrar, sirviéndonos como ejemplo de la literatura colombiana, que ya llegó el tiempo para usar la expresión literaturas nacionales hispanoamericanas. El concepto de una sola literatura hispanoamericana no tiene validez, lo mismo que otro viejo lugar común de "Latinoamérica, novela sin novelistas". La locución literatura hispanoamericana puede servir solamente para agrupar varias literaturas nacionales.

La tradición literaria colombiana es muy meritoria en el ámbito latinoamericano. Las obras consideradas como maestras dentro de la literatura hispanoamericana, fueron creadas desde el comienzo de la conquista de las tierras que constituyen el territorio de la Colombia contemporánea. Precisamente el conquistador Gonzalo Jiménez de Quesada, fundador de Santa Fe de Bogotá y mariscal del Nuevo Reino de Granada, nos dejó sus valiosas crónicas de la conquista de la Nueva Granada. Otro hombre renacentista, Juan de Castellanos, es autor del más largo poema épico escrito en español: Elegías de varones ilustres de Indias. El primer libro en prosa, según las consideraciones mas actuales, logrado artísticamente -El Carnero-, lo escribió Juan Rodríguez Freile.

En Nueva Granada también creó sus poesías Hernando Domínguez Camargo, el más apreciado representante del gongorismo en el Nuevo Mundo. Su Poema heroico a San Ignacio de Loyola es la mejor prueba de esto. Durante el barroco tardío actuó la granadina Madre Francisca Josefa del Castillo y Guevara, cuya herencia literaria consta de sus íntimos diarios Vida y Sentimientos espirituales. Estas obras le garantizan un puesto al lado de la mejicana Sor Juana Inés de la Cruz.

También en los tiempos más recientes hallamos valiosas muestras artísticas. María, de Jorge Isaacs, es indudablemente la mejor novela romántica en América. Uno de los más altos maestros de la poesía lírica en ese período fue Rafael Pombo. Después crearon sus obras los gigantes literarios como José Asunción Silva, Guillermo Valencia, Porfirio Barba Jacob, Luis Carlos López, Rafael Maya, Germán Pardo García, y otros.

De una acogida universal gozó en los anos veinte de este siglo, la novela de José Eustasio Rivera La vorágine. Más o menos en esa época fueron publicadas las conocidas novelas La marquesa de Y010172bó, de Tomás Carrasquilla, Toá. Narraciones de caucherías, de César Uribe Piedrahita, y 4 años a bordo de mi mismo, de Eduardo Zalamea Borda. Después, en los años cincuenta se hizo conocer un nuevo género novelesco muy colombiano, la novela de la Violencia, de donde proviene el caudal literario del último latinoamericano Premio Nobel de Literatura, Gabriel Garcia Márquez. No pretendemos esbozar aquí el rico desarrollo de la literatura latinoamericana. Mencionamos únicamente algunos nombres, con el propósito de comprobar que ya existió desde hace varios siglos un tronco poderoso del árbol floreciente de la literatura nacional de Colombia.

La narrativa es más directa y rigurosa que otros géneros literarios en transmitir las etapas de la autonomía nacional. Por eso optamos por ella y hemos escogido como material de estudio tres géneros de la novela contemporánea colombiana que, según nuestro concepto, son sumamente representativos por su desarrollo: la novela costumbrista-criollista, la novela de tema indígena y, finalmente, la novela de la Violencia. Metodológicamente analizaremos estas muestras de distintos modos. El primer género lo comentaremos con base en una sola novela en una interpretación hermenéutica relacionada con el conjunto cultural de la época. Del segundo género hemos escogido dos novelas, de las que presentaremos sus similitudes y diferencias formales y de contenido. Del género de la novela de la Violencia seleccionamos un conjunto numeroso de libros que trataremos como un conjunto homogéneo. A lo largo de todo el trabajo intentaremos demostrar la evolución de la literatura colombiana y su reflexibilidad de los más pertinentes asuntos nacionales.

El género de la novela criollista estará representado por La marquesa de Yolombó, obra cumbre de este tipo de creación en Colombia2. Tomás Carrasquilla terminó de escribirla en 1926, pero la novela fue publicada, por primera vez, en 1928. La acción trata sobre las últimas décadas de la Colonia y los primeros anos de la Independencia. Sin embargo, la narración que es producto de este siglo refleja igualmente cierto contexto cultural y social en el que vivió y creó el maestro antioqueno. Entonces, La marquesa de Yolombó nos permitirá desarrollar dos aspectos. Primero, demostrar y concretizar las raíces del sincretismo étnico y cultural de Colombia, con todas las influencias detalladas y diferenciadas en su evolución. Segundo, comentar los principios de base ideológicos que infiltró Tomás Carrasquilla de sus tiempos y que reflejan la teoría de Miguel A. Caro, el mas destacado pensador colombiano de la época, quien, sin negar la soberanía estatal, sostenía la necesidad de la tradición de Espana en Colombia. Tales fueron, nos parece, los objetivos en la elaboración de este texto.

La cuestión racial sobresale, obviamente, en las novelas de tema indígena. De entre ellas hemos elegido dos que consideramos como las mejores de este género en Colombia, y que, además de reflejarnos el complejo problema de la existencia de los aborígenes, nos revelan dos distintas posiciones artísticas, creadoras e ideológicas. La primera: Toá. Narraciones de caucherías, de César Uribe Piedrahita, nos entera de la explotación de los indígenas por los caucheros y de su holocausto en la guerra de Colombia contra el Perú, en los primeros anos de este siglo. A su vez, 4 años a bordo de mi mismo, de Eduardo Zalamea Borda, relata la vida de un blanco entre guajiros, formando ostentosos contrastes entre dos mundos muy diferentes: el occidental y el indígena. Ambas novelas fueron escritas casi simultáneamente. La primera fue publicada en 1933 y la segunda fue terminada en 1932 y editada en 1934. La coincidencia facilita la evaluación de los dos mundos artísticos.

La narrativa de la Violencia está representada por numerosas creaciones de diversos autores. Consideramos que será bastante fructífero abarcar la gran parte de las novelas de este género, puesto que cada libro refleja otro punto de vista sobre distintos acontecimientos o fenómenos sociales, pero en su conjunto nos permitirán constituir una imagen completa de esta época y observar sus consecuencias, los cambios en la reacción de la sociedad colombiana. Hemos incluido en nuestro estudio creaciones más sobresalientes, según nuestro criterio, desde la primera novela de este género, publicada en 1951, hasta la obra más reciente, editada en 1981 . De entre los libros creados en los primeros tres años nos referimos a El 9 de abril, de Pedro Gómez Correa; El gran Burundún Burundá ha muerto, de Jorge Zalamea; El Cristo de espalda, de Eduardo Caballero Calderón; El día del odio, de J. A. Osorio Lizarazo; Viento seco, de Daniel Caicedo; Viernes 9, de Ignacio Gómez Dávila. Del ano 1954, cuando aparecieron con más abundancia los títulos de este género, comentaremos: Siervo sin tierra, de Eduardo Caballero Calderón; Horizontes cerrados, de Fernán Munoz Jiménez; Progrom, de Galo Velásquez Valencia; Tierra sin Dios, de Julio Ortiz Márquez; Lo que el Cielo no perdona, de Ernesto León Herrera; Raza de Caín, de Rubio Zacuén; Las guerrillas del Llano, de Eduardo Franco Isaza; Sin tierra para morir, de Eduardo Santa; Los cuervos ti enen hambre, de Carlos Esguerra Flórez; Tierra asolada, de Fernando Ponce de León; El exiliado, de Aristides Ojeda Z. Todavia durante la época de la Violencia fueron publicadas las novelas seleccionadas: El monstruo, de Alberto Castano; El monstruo, de Carlos H. Pareja; El coronel no tiene quien le escriba, de Gabriel Garcia Márquez. De entre las novelas editadas después del ano 1958 hasta los tiempos actuales, hemos elegido: Cadenas de violencia, de Francisco Gómez Valderrama; Un campesino sin regreso, de Euclides Jaramillo A.; Quién dijo miedo, de Jaime Sanin Echeverri; Marca de ratas, de Arturo Echeverry Mejia; Carretera al mar, de Tulio Bayer; La mala hora, de Gabriel Garcia Márquez; Detrás del rostro, de Manuel Zapata Olivella; El día señalado, de Manuel Mejia Vallejo; Manuel Pacho, de E. Caballero Calderón; Guerrilleros, buenos días, de Jorge Vásquez Santos; La rebelión de las ratas, de Fernando Soto Aparicio; Diálogos en la Reina del Mar, de J. J. Garcia; Cien años de soledad, de G. Garcia Márquez; El campo y el fuego, de Clemente Airó; Cóndores no entierran todos los días, de Gustavo Álvarez Gardeazábal; El otoño del patriarca, de G. Garcia Márquez; Años de fuga, de Plinio Apulevo Mendoza; y Crónica de una muerte anunciada, de G. Garcia Márquez. Todos estos textos son diferentes en sus estructuras y estilos, pero los une un fuerte lazo temático: la Violencia en todos sus matices. Además de ser creaciones artísticas son expresiones de la conciencia social y la memoria colectiva. La pluralidad constituye una unidad homogénea.

En la selección de los tres géneros novelísticos nos guiamos, sobre todo, por su gran representatividad en la literatura colombiana: no solamente por su maestría formal, sino también por su problemática. Precisamente, los temas de estas novelas nos permiten elaborar una visión del proceso de la formación nacional colombiano. Los tres géneros fueron escritos en un espacio temporal relativamente corto, es decir, en unos cincuenta años, pero en si mismos abarcan un periodo mucho más largo: desde la Colonia hasta la actualidad. Esto nos autorizará a crear una relación compleja de la realidad de este país y sus reflejos en la literatura. En nuestras consideraciones conservaremos la cronología de la aparición de los géneros, lo que no es un mero resultado mecánico de la selección; ella nos contribuirá en la elaboración del proceso de la autodeterminación de la sociedad y de la literatura nacional colombianas.

Observaremos su evolución según los siguientes criterios básicos: conceptos del tiempo v del espacio, manifestaciones culturales en el sentido amplio, el Lenguaje.

Las relaciones entre la realidad y el mundo de la obra literaria se dejan descubrir siempre3, pero es importante analizar cómo se estructuran y cómo constituyen un valor artístico. Para percibir y comprobarlas, la noción del tiempo v del espacio juegan un papel primordial. Sus estructuras pueden ser múltiples y referirse a distintos niveles de la realidad creada, por lo cual las escogimos como elementos ontológicos, fundamentales para el análisis de este tipo.

Los motivos y los fenómenos culturológicos pueden ser legibles desde el primer momento, de una manera directa, pero pueden ser latentes. Ellos cargan la lectura de factores cognoscitivos, informativos y emotivos. Su relación interna dentro de la obra, y su manifestación directa, establecen en un alto grado la relación entre el autor y el público, y elaboran luego ciertos paradigmas que funcionan dentro de la sociedad. Su conocimiento nos facilita la eliminación de lugares comunes e impresiones falsas y la construcción de los auténticos y reales sistemas conceptuales de valoración. Lo exótico y lo irreal se defiende cuando no se conoce la causa de su aparición o de su existencia. La realidad es mucho más poderosa que la inventiva individual.

El problema de si existen o existirán un solo idioma espanol en Hispanoamérica o varios idiomas españoles nacionales, tiene su larga tradición. Fue más agudo durante el costumbrismo cuando los escritores usaban con más frecuencia variedades dialectales o regionales. En esos tiempos surgieron voces en cuanto a que el castellano seria fuente de diferentes lenguas, como lo fue en su momento el latin. Ahora nadie comparte esta opinión. Actualmente las circunstancias histórico-culturales son bastante distintas a las de siglos atrás. Sin embargo, no se pueden negar ciertos rasgos característicos nacionales. Estos últimos tienen su razón de ser a veces en la historia de la población y sus orígenes, a veces en siempre vivas hablas populares con su inventiva, a veces en influencias lingüísticas extranjeras e indígenas, etc. Realmente no es difícil distinguir el habla de un colombiano, un argentino, un peruano, un mejicano, un chileno, un paraguayo..., pero no hay duda de que en todos estos casos nos hallamos ante la lengua española. El problema del idioma es muy pertinente para cada escritor hispanoamericano, pero mucho más aún para la literatura nacional. Por supuesto que es otro nivel, pero el tipo de la relación es semejante. La lengua puede unir, acercar, y también alejar. En los textos deja continuas y muy nítidas huellas de su presencia.

Alguien podría preguntar con qué juicio hablamos de los géneros literarios colombianos. Consideramos que ya los solos criterios básicos según los cuales vamos a analizar los textos escogidos, nos autorizan a utilizar este instrumento o término de la interpretación literaria. Además trataremos de referirnos con frecuencia a otros criterios genéricos, tales como la relación entre la realidad representada en la obra y la realidad histórica, la relación del objeto literario con la realidad representada, la composición del mundo creado, el sistema de motivación, funciones y objetivos de los textos, etc. En todos estos aspectos puede ser importante el contexto nacional.

La lectura histórica, antropológico-cultural y social que proponemos exige tomar en consideración el problema de la ficción y sus lazos con la realidad. Desde el principio debemos aclarar que observamos varios niveles de la realidad y no forzosamente inventada. Podremos entonces distinguir la verdad histórica, pero a la vez apreciaremos también verdades probables. La probabilidad no es para nosotros nada más que cierto concepto social concerniente a las que rigen el funcionamiento y la estructura de la sociedad. En el desciframiento de la ficción por el lector, juega el dominador intuitivo que oscila entre sus conocimientos y el mundo creado. La documentación de texto no siempre se limita a las verdades absolutas. Las verdades, llamémoslas parciales, muchas veces se oponen a lo ordinario o cotidiano y buscan algo sorprendente. En este caso, el ejemplo impone su imagen de otro modo. Y el lector debe valorar su veracidad. No ocultemos que el factor emotivo puede tener una participación notoria en esas apreciaciones. Todos los motivos incluidos en la obra literaria llevan vínculos con el contexto cultural histórico y simultáneamente, a la medida de la lectura, se dirigen al sistema cultural vioente de la persona que lee y entra al mundo creado. El texto se puede interpretar o dirigir en varios rumbos. Es interesante observar sus evoluciones dentro del marco individual de la obra, pero también dentro de los límites genéricas o de toda la literatura nacional.

La obra literaria es un valor, o mejor dicho, un conjunto de valores que forman una unidad indivisible. Por otro lado, es un hecho que no solamente comunica o informa, sino que, además, es un factor activo en el proceso histórico.4 La creación artística es "expresión de la situación histórico-cultural", como lo dijo Wilhelm Dilthey, o "producto de la conciencia social", como lo sostuvo Benedetto Croce; pero precisamente no olvidemos que la obra como sistema de valores es el fenómeno que agrupa o separa a los individuos y que, en consecuencia, funciona entre ellos inculcando ciertas ideas. En el caso de la literatura nacional, las obras conciernen primordialmente a los miembros de una sola sociedad y en segundo plano se ubica su funcionamiento universal. El compromiso con el medio del cual trata y a que se dirige, es más relevante.


1. Este planteamiento lo comparten numerosos críticos y teóricos; por ejemplo: Luis Alberto Sánchez en América, novela sin novelistas y Angel Rama en Problemas para el novelista latinoamericano
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2. En nuestro estudio nos servimos de la edición crítica de La marquesa de Yolombó, preparada por Kurt L. Levy y publicada por el Instituto Caro y Cuervo, Bogotá, 1974.
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3. No hay duda de que Tomás Carrasquilla fue el mejor novelista de su generación y La marquesa de Yolombó está considerada como su obra maestra. Esta opinión fue expresada por eminentes críticos como: RAFAEL MAYA, Los tres mundos de don Quijote y otros ensayos, pág. 63; KURT L. LEVY, La vida y las obras de Tomás Carrasquilla, págs. 741 125; JAVIER ARANGO FERRFR, Horas de literatura colombiana, pág. 113; FEDERICO DE ONÍS, Prólogo de las Obras completas de Tomás Carrasquilla, t. II, pág XVII; Emilianoo Díez-Echarri y JOSE MARÍA ROCA FRANQUESA, Historia de la literatura española e hispanoamericana, pág. 1139. Interesantes vinculaciones del arte con la realidad comenta Maria Golaszewska en Estetyka rzeczwistosci
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4. M. Glowiski, en su artículo Lektura dziela a wiedza historyccana., publicado en Dzielo literackie iako zródto historyczne, escribe: "Quisiera indicar otro tipo de lectura histórica de la obra literaria; se puede leerla no como texto, a base del cual podemos enterarnos de algo, sino como denominador del proceso histórico, como un hecho histórico que jugó un papel, que fue causante de algo (o que pudo ocurrir en ciertos casos)" (pág. 111). La traducción es nuestra
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