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La violencia desde la palabra


María Helena Rueda: La violencia desde la palabra

Desde la época que se conoce hoy con el genérico nombre de "La violencia", ha existido en Colombia una extensa producción textual en torno al tema de la violencia. En este artículo estudio dicha producción textual desde una perspectiva cultural, analizando de qué manera la violencia se transforma en fenómeno manejable por la sociedad desde la palabra. Observo también cómo lo textos tienen siempre una contracara, en la cual el discurso se muestra insuficiente para abarcar su objeto, el cual se define como algo que está siempre más allá de la palabra. Todo este análisis gira en torno a un propósito implícito de descubrir de qué manera los textos contribuyen a configurar un "estado de violencia" como el que se describe actualmente en Colombia. Me concentro aquí en textos producidos en los últimos diez años, que por una u otra razón han tenido una resonancia especial en el escenario nacional.

La violencia en Colombia ha venido acompañada de una extensa reflexión sobre sus causas, funcionamiento y consecuencias. La producción discursiva en torno al tema comienza hace unos cincuenta años, época en las que muchos ubican el origen reciente de la situación de guerra que vive actualmente el país. Desde entonces hasta ahora, la literatura, las ciencias sociales y el periodismo investigativo han buscado narrar y entender el funcionamiento de los numerosos conflictos que se reúnen bajo la categoría de "violencia". Quien se proponga analizar los textos de la violencia en Colombia tienen pues a su disposición una cantidad envidiable de materiales : novelas y películas; estudios sobre el fenómeno desde las ciencias sociales, la historia, la filosofía y l psicología; recuentos de tipo periodístico; y finalmente testimonios de víctimas, victimarios, testigos, legisladores y combatientes. Esto sin contar los textos sobre la violencia que se elaboran cotidianamente en los periódicos, los noticieros, los foros de Internet y las conversaciones de café. Como una fuente inagotable, los conflictos violentos del país y los textos que se han tejido en torno de ellos ofrecen siempre nuevos motivos para continuar la reflexión, revisar los argumentos anteriormente planteados, modificar el rumbo de las discusiones y postular nuevas hipótesis. De esta manera continúa la producción discursiva sobre la violencia, aunque en ocasiones parezca entrar, al igual que el país, en una especie de callejón sin salida con respecto al deseo implícito de contribuir a una posible solución al problema que constituye su objeto de estudio.

La narrativa reciente sobre la guerra en el campo se sitúa principalmente en el género del testimonio. El escritor sirve aquí de mediador entre el escenario de la guerra, la otredad a la que pertenecen quienes cuentan sus historias y el lector letrado que las recibe desde el terreno de la no-guerra.

¿Cómo entender la violencia en Colombia? Podría ser la pregunta que sirve de base a estos discursos. ¿Cuál es su origen? ¿De qué manera se manifiesta? ¿Cómo buscarle una solución? Son interrogantes que la acompañan. También este trabajo buscará enfrentarlos, pero lo hará de manera indirecta, observando la violencia en el lente de su expresión en textos, es decir en su construcción discursiva. Me limitaré a observar algunos ejemplos de la producción más reciente, aquella que aún no ha sido clasificada en ciclos y cuya propuesta se encuentran por así decirlo, aún en proceso de elaboración. Esta delimitación de la época se deriva, entre otras cosas, de un interés por observar cómo ha sido incorporado en el discurso nacional sobre la violencia el fenómeno del narcotráfico, dado que es un actor relativamente nuevo pero con papel protagónico en el escenario socio cultural colombiano. Excluyo con esto de mi análisis el extenso grupo de relatos que se refieren a aquella sangrienta etapa de guerras civiles que tuvo lugar alrededor de los años cincuenta y que es hoy conocida con el genérico nombre de la Violencia. Será inevitable, sin embargo, la referencia a ese momento de la historia colombiana, en el cual se estaban ya creando las circunstancias que llevarían a la situación actual del conflicto y se delineaban las características del discurso sobre la violencia que sigue escribiéndose hoy en día. Las líneas entonces trazadas se han extendido y expandido para incluir la complejidad y los nuevos actores de la violencia, configurando un imaginario que marca profundamente la vida nacional, como lo hizo en su época la llamada Novela de la Violencia.

El proceso de delimitación de mi objeto de estudio implica otras exclusiones, además de la temporal. Me ocuparé principalmente de textos que traten la violencia en tanto problemática nacional, es decir en cuanto fenómeno del cual todos los colombianos se sienten parte. Quedan con ello por fuera relatos que incluyen la violencia como algo exterior al universo del lector, tales como las novelas policíacas. Para decirlo en otras palabras, entrarán en este análisis aquellos textos que relaten formas de violencia consideradas como parte del "estado de guerra" en el que se encuentra actualmente el país, una situación que al ser denominada de esa manera puede ser, entre otras cosas, asumida como temporal. La perspectiva de un futuro en el cual esa violencia ya no estará presente (el fin de la guerra) estaría de cierta manera implícita en las obras que mencionaré en este trabajo. Esto me permitirá pensar hasta qué punto dichos textos operan como fórmulas para convocar una identidad nacional en tomo al deseo común de esperar una solución al conflicto. La "máquina de la guerra" que (utilizando la denominación de Deleuze y Guattari en Mil mesetas) es la extrema exterioridad del Estado, aquello que permite definirlo por oposición, aparecería imaginada en estos textos para reforzar la existencia de un orden externo, al que se espera regresar, un orden que es definido precisamente por su oposición a esa exterioridad que no tiene normas ni leyes

El libro Trochas y fusiles (1 994) recoge las historias de varios combatientes de las FARC, haciendo énfasis en las razones que llevaron a estas personas a unirse a la guerrilla, en los vínculos comunitarios que se establecen en las filas de combate y en la manera como el orden de la guerra redefine el tejido social.

Al delimitar así su objeto de estudio, participa también este análisis en la tendencia general de los textos que se ocupan de la violencia: seleccionan sus materiales, cuentan unas historias y silencian otras, excluyen ciertos aspectos para favorecer otros, construyen así un orden en el que la violencia es finalmente apenas referencia que aparece para ser negada. A través de los textos la violencia, percibido como el extremo desorden, se ordena y se convierte en forjadora de límites, prioridades, justificaciones y propósitos sociales. Lo que ocurre en el campo de batalla (y éste puede ser urbano o rural, público o privado) se transforma en definitorio de un determinado escenario social cuando pasa a ser texto, a través de esta verbalización se definen aliados y enemigos, objetivos y contraobjetivos, fronteras y prioridades. Este trabajo de configuración que se realiza en la escritura, desde la "narración" de la violencia, es posible porque la realidad del campo de batalla es situada por el propio texto en un "más allá" con respecto a sí mismo, una exterioridad que es preciso reducir e incorporar en el discurso. En la introducción del libro The Violence of Representation (1989), que incluye diversos ensayos sobre la violencia en la literatura, Nancy
Armstrong y Leonard Tennenhouse abren una línea de reflexión sobre la violencia en la literatura cuando postulan que "la escritura no es tanto acerca de la violencia, como ella misma una forma de violencia" . Será éste uno de los caminos por los que me acercaré a la representación de la violencia en Colombia, procurando buscar en los textos la manera como han sido utilizados para configurar ordenamientos sociales, construir imaginarios culturales y trazar señas identitarias, en torno a la exclusión y la definición de fronteras.

DEFINIR LA GUERRA

Uno de los términos que se ha vuelto común para hablar sobre el conflicto actual en Colombia es el de "guerra irregular". Tomada del teórico alemán Friedrich August von der Heydte, pero con una significación modificada en su recontextualización al caso colombiano, esta denominación es utilizada como base del análisis en el libro Colombia: guerra del fin de siglo (1998), del economista y politólogo colombiano Alfredo Rangel Suárez, De acuerdo con Rangel, la guerra irregular es, "por definición, una guerra en la que se busca desgastar al adversario y fatigarle, minarle su voluntad para defenderse, doblegarlo psicológicamente; es una guerra de gran duración y de baja intensidad militar." (12) Más allá de las preguntas sobre el origen de esta denominación, el término "guerra irregular" hace pensar en la posición de la teoría al acercarse al fenómeno de la guerra. ¿Hablar de "guerra irregular" implica que existe una "guerra regular"? Siguiendo la línea de Deleuze y Guattari, toda guerra sería en sí misma irregular, si se considera al Estado como lo "regular", es decir como el origen de la regulación. ¿Al hablar de "guerra irregular" se cae en una redundancia o se emiten dos términos que se oponen mutuamente? ¿Estaría en el término "guerra irregular" implícita la necesidad de regular la guerra? En este último caso, el teórico estaría asumiendo la función de sancionar la legitimidad del Estado como forma de organización social. En esto Rangel compartiría un terreno común con otros teóricos que han emprendido análisis sobre el tema de la violencia en Colombia.
Una hipótesis que subyace con frecuencia en las reflexiones en este campo es el de situar el origen de los conflictos en las deficiencias del Estado colombiano, en su incapacidad para hacer llegar su capacidad reguladora a todo el territorio y a todos los sectores que conforman la Nación. Todo aquello que quedó por fuera de su alcance se habría constituido en el germen de una forma "otra" de organización que se ubica en el orden del no-estado que es la guerra, la organización social por la violencia. Al igual que tantos otros, el análisis de la situación que realiza Alfredo Rangel apunta en esta dirección. Así, al hablar de la forma como la guerrilla ha ganado su poder en el campo colombiano. dice:

Aun cuando es necesario señalar que en muchas regiones la guerrilla se ha ganado el apoyo voluntario de algunos sectores de la población al presentarse como solución eficiente de agudos problemas de seguridad, de justicia, de orden y, en general, de falta de Estado, también es imprescindible anotar que en Colombia la guerrilla se ha vuelto terrorista por su búsqueda sistemática, permanente y deliberada de la dominación mediante el terror que produce una forma de violencia cuyos efectos psicológicos son desproporcionados con respecto a su estricto resultado físico.
(6, mi énfasis.)

El origen del conflicto se ubica pues en la "falta de Estado", situación que deriva primero en la imposición de un orden alterno y luego en el terrorismo, que es, si se quiere, el "extremo otro" de ese ,otro" que es la guerra. Si el problema es situado por el autor en el "no-Estado", es claro que la solución se postula en el "Estado". Así, al enfrentar la violencia el texto se ubica en el terreno de su otro: el Estado, la no-guerra.

LOS TEXTOS NARRATIVOS

La separación entre una violencia del campo y otra de la ciudad parece dominar la representación del tema en los textos producidos durante los últimos años . Anteriormente, durante el ciclo de la Novela de la Violencia, tal como lo muestra Laura Restrepo en su trabajo sobre el tema, la literatura se ocupó principalmente de lo que ocurría en las zonas rurales, de tal manera que aunque el conflicto tuvo su momento inicial en un hecho urbano (el asesinato de Jorge Eliécer Gaitán en Bogotá el 9 de abril de 1948), la percepción actual predominante al respecto es que La Violencia fue una guerra que se llevó a cabo en el campo. A la ciudad le habría cabido entonces el papel de regularizar aquello que se había desatado fuera de sus fronteras: fue en Bogotá donde se firmó el acuerdo del Frente Nacional que en 1957 acabó oficialmente la guerra entre conservadores y liberales, postulando que los líderes de cada partido se turnarían el poder cada cuatro años, promoviendo la convivencia entre ambas facetas. De esa manera se creó un pacto entre las clases dirigentes por el cual probablemente se consiguió, entre otras cosas, neutralizar una tercera fuerza política que empezaba a cobrar presencia por esa época en Colombia, como en otros países de América Latina: el socialismo. No es hoy un secreto que la guerra en el campo no terminó con la firma de ese pacto y que allí quedó la semilla de la cual surgieron más tarde las guerrillas que, acogiéndose inicialmente a ese tercer terreno ideológico, hoy coprotagonizan aquello que se ha llamado la "guerra irregular". Los otros actores son el Estado y los paramilitares, pero cada uno de ellos son en realidad colectividades divididas en grupos y subgrupos -unos más violentos y delincuenciales que otros-, cuyas fuerzas se entrecruzan y dispersan en la "irregularidad" de la guerra.

La narrativa reciente sobre la guerra en el campo se sitúa principalmente en el género del testimonio. Autores como Arturo Alape y Alfredo Molano han recogido relatos de numerosos combatientes campesinos, muchos de ellos sobrevivientes de la época de la violencia que siguen luchando hoy en día. El escritor sirve aquí de mediador entre el escenario de la guerra, la otredad a la que pertenecen quienes cuentan sus historias, y el lector letrado que las recibe desde el terreno de la no~guerra. Su mediación funciona también en el conflicto entre el campo, don recoge sus testimonios, y la ciudad, donde éstos son leídos. Alfredo Molano es quizás quien ha recogido en forma más fructífera este tipo de historias, en más de diez libros que ofrecen un extenso mapa sobre la manera como practican y viven la violencia los habitantes del campo colombiano .

En el libro Trochas y fusiles (1994) recoge las historias de varios combatientes de las FARC, haciendo énfasis en las razones que llevaron a estas personas a unirse a la guerrilla, en los vínculos comunitarios que se establecen en las filas de combate y en la manera como el orden de la guerra redefine el tejido social. Sociólogo de formación, su método de trabajo es el del científico social que hace trabajo de campo, toma notas, recoge testimonios y luego conforma un texto a partir de lo observado. Su estilo narrativo es en cambio literario, muchos de sus personajes son ficciones creadas a partir de la con¡ unción de varios individuos reales cuyo testimonio recogió durante su trabajo de campo, su lenguaje es poético y sus relatos están organizados en torno a la estructura narrativa cerrada de principio, desarrollo y final. En el último capítulo de Trochas y fusiles habla de cómo llevó a cabo la recopilación de las historias. Después de dar un breve recuento sobre el contexto histórico y los hechos de guerra, relata su viaje a través de la ribera de un río hasta llegar al campamento donde se encontraban los comandantes de las FARC. El relato es el de un tránsito de un orden a otro, de la ciudad al campo, de una temporalidad moderna a otra que podría ser premoderna. El autor no oculta su simpatía por la guerrilla, pero observa el orden en que viven como la otredad de la civilización de la que él viene: en su análisis esta "civilización" ha estado llena de grietas, ha sido injusta en sus ordenamientos y por ello ha surgido ese " otro orden" que se rige por "otras" leyes y que inevitablemente ha tenido que entrar en guerra con el Estado, a cuyo orden el autor mismo se adhiere, aunque en forma crítica. Su posición frente a cuál sería la salida del conflicto se evidencia en un fragmento del testimonio del jefe militar de las FARC, Manuel Marulanda Velez, que Molano resalta en su último capítulo de Trochas y fusiles.

Dice Marulanda en la transcripción del autor: Es que yo estoy buscando la paz desde hace muchos años. Me tocó inventarme esta guerra para que me oyeran a mí y a la gente que por mi boca habla, pero al gobierno no le conviene la paz porque, entonces, ¿qué hace con los militares? uno pide una cosa y le responden que no, que no se puede porque la Constitución no lo permite, Entonces uno propone el cambio de Constitución y le responden que no, que eso es antiinconstitucional. No dejan sino el camino de la guerra o el de la entrega. Y el de la entrega va a ser muy difícil porque uno tan viejo ya no está para esas. (223)

Según este testimonio, las FARC habrían emprendido la guerra como única salida posible frente a las fallas del Estado. Pero en el punto al que han llegado las cosas la solución a la que apuntaría Molano no puede ser únicamente una reforma del Estado, se necesitaría mucho más para acabar con el orden de la guerra en Colombia. "¿Qué hace el gobierno con los militares si llega la paz?... Uno tan viejo ya no está para entregarse", dice Marulanda. La imagen que ofrece Alfredo molano en sus libros es la de un país en el que la guerra se ha instalado como forma de vida y convivencia en gran parte del territorio. El reconocimiento de esta situación, por parte de todos los colombianos que se ven convocados en sus libros, sería la propuesta de salida que él está delineando.

El narrador de Vallejo no se muestra interesado en plantear una salida posible a la situación: en su perspectiva el orden de la civilidad está ya irremediablemente perdido y la única opción es acomodarse y aprender a manejar la nueva ley del des-orden.

Una película recientemente realizada por un director colombiano, en colaboración con productores españoles e italianos, dirige la atención del público en esta misma dirección. Se trata de Golpe de estadio (1999) de Sergio Cabrera. En ella un comando del ejército encargado de vigilar una torre petrolera decide hacer una tregua con una tropa guerrillera que se halla en la zona (con el propósito de volar esa misma torre), para poder mirar juntos por televisión el partido de fútbol que definiría la clasificación del equipo de Colombia al campeonato mundial de futbol de 1994. Los combates y las hostilidades iniciales cesan cuando se destruven los televisores de los dos bandos y un técnico de la guerrilla debe colaborar con otro del ejército para reconstruir, a partir de los fragmentos sobrantes de los dos aparatos, uno que pueda ser utilizado para el evento. Se firma un acuerdo de tregua --en el que una de las condiciones es que los soldados del ejército dejen de autodenominarse "fuerzas del orden" el día del partido soldados y guerrilleros se abrazan y celebran juntos cuando el equipo de Colombia vence 5-0 al de Argentina. Después del partido vuelven cada uno a sus posiciones y se reinicia la guerra, pero hacia el final de la película el sargento que lidera el comando del ejército alerta a los guerrilleros con respecto a la presencia de helicópteros en la zona de combate, salvándolos de un ataque que podría haberlos destruido. Interrogado por uno de los soldados sobre las razones que le llevaron a hacer eso, el sargento dice: "Si acabamos con el enemigo, ¿contra quién vamos a pelear? Se nos acaba el trabajo. ¿Sí o no?" La guerra aparece aquí como proveedora de trabajo, es decir como una fuerza económica que tiene su propia lógica. Los soldados y guerrilleros aparecen igualados en su papel de trabajadores cuyos enemigos comunes son la oligarquía que envía órdenes desde la ciudad y, principalmente, la multinacional norteamericana que pretende realizar las excavaciones de petróleo. La convocatoria de una unión nacional en torno a esa idea parece ser la propuesta que presenta esta película, en la línea de un nacionalismo que se define por su antiimperialismo.

En La noticia de un secuestro, de Gabriel Garcia Márquez, el texto se autodefine como "noticia", es decir como relato de hechos reales realizado con base en las estrategias del periodismo, pero su técnica podría calificarse más bien como una ficcionalización a partir de la realidad.

En Golpe de estadio el narcotráfico brilla por su ausencia, un hecho que quizás contribuyó, entre otros, a la poca credibilidad que tuvo la película entre el público. En los testimonios de Alfredo Molano, en cambio, es una presencia tácita constante que marca, entre otras cosas, el paso de una guerra comunitaria, en la que prima una intención reivindicativa, a otra en la que en ocasiones los combatientes se dejan llevar por deseos de enriquecimiento personal. El énfasis de los relatos en Trochas y fusiles, sin embargo, está en las motivaciones de tipo socio histórico de los guerrilleros y en la continuidad del conflicto actual con respecto a las guerras civiles anteriores. Gran parte de los relatos reunidos en ese libro son de combatientes que vivieron el paso de una a otra guerra, experimentando esa peculiar forma de organización social que tiene por centro la violencia. Puesto que sus testimonios fueron recogidos hacia 1990, no incluye información sobre la más reciente expansión de los terrenos utilizados por el narcotráfico. Otro libro suyo, Rebusque mayor: relatos de mulas, traquetos y embarques (1999) se ocupa del tema, pero no a partir de historias ocurridas en el campo sino de testimonios de personas que facilitan el tránsito transnacional de la droga, desde escenarios principalmente urbanos.

NOVELAS EN TORNO AL CICLO DE PABLO ESCOBAR

La violencia generada por el narcotráfico, en general, ha aparecido más en narrativas de tipo urbano que en aquellas que tienen como escenario el campo. El efecto del narcotráfico en cada uno de estos dos espacios es diferente y no se puede decir que en alguno de los dos casos sea más significativo que en el otro, pero parecen haber sido mayores el potencial narrativo de los aspectos urbanos, así como ha sido también más fuerte su capacidad de convocatoria en el imaginario nacional. Muchos de ellos son relatos sobre diversos hechos relacionados con la campaña terrorista emprendida por Pablo Escobar alrededor de 1990, en sus esfuerzos por prohibir la extradición. En esta parte de mi análisis he incluido tres textos que se sitúan en ese momento histórico. El primero es La virgen de los sicarios (1994), novela de Fernando Vallejo en la que un viejo gramático homosexual transita junto con su amante, un sicario adolescente, por una ciudad en la que no existen el orden social ni las leyes; en ese contexto la pareja se dedica a imponer su propio orden por medio de las armas que empuña el muchacho, matando a todo aquel que los molesta o se interpone en su camino. El segundo es la Noticia de un secuestro (1996), crónica de hechos reales en la que Gabriel García Márquez refiere lo ocurrido durante esos años de terror mientras relata la historia de los secuestros de tres periodistas, pertenecientes a la clase alta, que fueron capturados por Pablo Escobar para presionar al gobierno en su lucha contra la extradición. El tercer libro es la novela Rosario Tijeras (1999), un relato de fácil lectura que tuvo un buen índice de ventas en Colombia; está construido en torno a una historia de amor cuyos protagonistas tienen su vida marcada por el orden que Pablo Escobar y su grupo impusieron durante aquellos años en Medellín. Los tres libros tienen como escenario un lugar en el que el orden se encuentra alterado o ha sido anulado por el desorden de la guerra, pero detrás de ese panorama se adivina un orden perdido posible. Todos incluyen personajes asesinados que aparecen como víctimas cuyo sacrificio podría llevar al reestablecimiento de la armonía, aunque la efectividad del ritual parece imposible (excepto quizás en el caso de Rosario tijeras, como veremos) a causa del peso de realidad que subyace a los relatos.

La virgen de los sicarios se inicia cuando el narrador habla de sus recuerdos de infancia en un Medellín que ya no existe y les dice a sus lectores que ha regresado a Colombia después de muchos años, en los cuales se ha alejado lo suficiente como para considerar que el país ya no es suyo. Establece así una división entre un antes y un ahora, en el cual el orden

se sitúa en el antes, en un pasado irrecuperable, en un país vivido en la infancia que ha desaparecido, porque en el de ahora reina el des-orden de un tejido social donde la vida ha dejado de tener valor y se vive de acuerdo con la ley de la violencia por la que se rigen los sicarios. "¿Pero por qué me preocupa a mi Colombia si ya no es mía, es ajena?" (19) dice el narrador en las primeras páginas de su relato y parece claro que esa sensación de extrañamiento no es sólo el resultado de su larga permanencia en el extranjero. En sus posteriores recorridos por la ciudad y por los espacios de su niñez, comprende que la ciudad ha cambiado de manos: ahora pertenece a los sicarios, o más bien a los que saben servirse de ellos para imponer su ley. Representante de la antigua clase letrada que antes controlaba la ciudad, el narrador aprende a vivir en el nuevo orden, utilizando también él a los sicarios como escudos y como ángeles protectores. Los transforma en sus amantes ofreciéndoles regalos (ropa, radios, televisores) y después se sirve de ellos para imponer su orden en una situación que al gobierno civil se le salió de las manos. Todas las referencias a los representantes de ese gobierno, que en la situación de orden serían los encargados de vigilar el cumplimiento de las leyes de la civilidad en el Estado, aparecen cargadas de una ironía dirigida a mostrar su ineptitud, la cual es por su parte confirmada por el desorden que en su descripción reina en el territorio donde ellos deberían ser los encargados de conservar el orden. En esa situación el narrador impone pues su propio orden de supervivencia, un orden que se rige por la ley simple de asesinar (siempre por intermedio de un sicario) a todo aquel que le moleste: vecinos ruidosos, policías, hippies, niños, mujeres embarazadas. El narrador de Vallejo no se muestra interesado en plantear una salida posible a esa situación: en su perspectiva el orden de la civilidad está ya irremediablemente perdido y la única opción es acomodarse y aprender a manejar la nueva ley del des~orden. La novela sin embargo convoca al lector a distanciarse con respecto al punto de vista del narrador, quien de hecho sitúa a sus lectores en un espacio ajeno al universo del relato, mediante interpelaciones directas en las que le habla de su ignorancia sobre el contexto de los hechos narrados. Ese espacio puede ser el reverso de lo presentado en la novela, es decir el de un orden cívico existente en la realidad, o al menos en el deseo.

En La noticia de un secuestro de Gabriel García Márquez, en cambio, el Estado y el gobierno son presentados como entidades operantes, aunque temporalmente incapacitadas para garantizar el funcionamiento de la civilidad en el país, como consecuencia del poder alcanzado por los narcotraficantes. El texto se autodefine como "noticia", es decir como relato de hechos reales realizado con base en las estrategias del periodismo, pero su técnica podría calificarse más bien como una ficcionalización a partir de la realidad. Su autor hace un cuidadoso trabajo de selección con respecto al material "real" que tiene a su disposición, para contar una versión de lo ocurrido en aquellos años, en la cual excluye unas historias para favorecer otras, deja que algunos puntos de vista prevalezcan sobre otros y les presenta a sus lectores un relato con comienzo, desarrollo y final, que ofrece la sensación de referirse a un ciclo concluido. En el centro del relato se sitúan algunos de los secuestrados, periodistas como el propio autor, a quienes éste otorga un papel destacado en los hechos narrados. Y es que más que un relato sobre determinados acontecimientos de la vida nacional, este libro es un retrato sobre los protagonistas de los mismos, quienes son construidos y confirmados en esa posición por el propio texto. Al relatar los procesos de secuestro, por ejemplo, hay

personajes que el autor hace desaparecer para que surjan los otros. Así, la historia de los dos choferes asesinados por los secuestradores de Maruja Pachón y Francisco Santos no es nunca desarrollada, tampoco la de todo el equipo de periodistas que cayó junto con Diana Turbay en la trampa que tejieron los narcotraficantes para secuestrarla. García Márquez presenta uno a uno los retratos de quienes estaban en el poder (legítimo o no) durante aquellos años: el presidente César Gaviria, el director del Departamento Administrativo de Seguridad, Miguel Maza Márquez, el sacerdote Rafael García Herreros, que sirvió de mediador en la entrega de Pablo Escobar, y finalmente también éste último. En su versión de los hechos, la batalla de Escobar para evitar su extradición y la del gobierno para no entregarse totalmente a sus exigencias, se libraron en los escritorios de los mandatarios, en los consejos de ministros, en las cartas que escribía Pablo Escobar firmando con el sello de Los Extraditables. Poco se habla de los policías, jueces y ciudadanos muertos en la época del terror, prácticamente no se menciona el desgaste psicológico al que las explosiones continuas llevaron a los habitantes de las ciudades. Su única referencia a los sicarios adolescentes aparece cuando dice que en sus cartas Pablo Escobar siempre le pedía al gobierno que cesarán las matanzas de muchachos que llevaba a cabo la policía en los barrios marginales de Medellín; pero aun esta referencia parece estar allí más para ofrecemos un rasgo de la personalidad de Escobar que para darle importancia a esos muchachos. En general, la pérdida de la ley civil y la incapacidad del gobierno para defenderla, que en el libro de Vallejo constituían la base del relato, aparecen ausentes en el texto de García Márquez, que pese a señalarle algunas fallas al gobierno mantiene su confianza en que desde allí se podrá algún día recuperar el orden del Estado.

La pérdida de la ley civil y la incapacidad del gobierno para defenderla, que en el libro de Vallejo constituían la base del relato, aparecen ausentes en el texto de García Márquez, que pese a señalarle algunas fallas al gobierno mantiene su confianza en que desde allí se podrá algún día recuperar el orden del Estado.

El proyecto de Rosario Tijeras es mucho más modesto. Dirigida a un público colombiano, esta novela no se ve obligada a incluir, como los otros dos libros, explicaciones extensas sobre el contexto al que se refiere y la identidad de los personajes que en él se desenvuelven. No menciona el nombre de Pablo Escobar porque cuando éste aparece como personaje en el relato todos los lectores deben saber quién es, ni siquiera menciona el término sicarios cuando introduce a estos muchachos, porque también en este caso asume que el lector sabe a qué se está refiriendo. El relato se acoge, en fin, a un imaginario nacional creado en torno a ese episodio de la historia nacional y a partir de él elabora su universo narrativo. La historia narrada gira en torno al sacrificio de un personaje femenino que podría servir para convocar a la nación en torno a su memoria, la cual se convertiría así en memoria colectiva sobre un episodio emblemático de la vida nacional. Esa memoria colectiva es lo que le da sentido a los hechos narrados en la novela, que sin ella pierden todo contexto y significado. La trama en sí es bastante simple y gira en torno a un triángulo amoroso entre dos muchachos de la alta sociedad tradicional de Medellín y una mujer que ha descendido de los barrios marginales de los cerros, gracias al dinero que le entregan los jefes de los carteles de la droga (entre quienes está el Pablo Escobar cuyo nombre no se menciona), con la única condición de que se mantenga disponible para cuando ellos quieran gozar de sus favores. Esta mujer representa la ley de la violencia (el des-orden) reinante en el submundo de los barrios marginales de Medellín: lleva siempre un revólver consigo y lo utiliza con frecuencia para imponer su ley y su justicia. Su irrupción en la vida de los dos personajes de clase alta constituye un motivo de fascinación y des-orden, les lleva a distanciarse de sus familias, a entregarse a la droga dura, a entrar en contacto con personajes de los bajos fondos, les incapacita para organizar sus vidas de acuerdo con los parámetros heredados. La novela se inicia cuando la muchacha es conducida a un quirófano, después de recibir varios tiros de bala, y es relatada desde los recuerdos que uno de sus enamorados evoca mientras espera que los médicos le den alguna noticia acerca de ella. Al final muere y suponemos que con ello la vida de los otros protagonistas vuelve a la normalidad: su entierro puede constituir el cierre del ciclo de Pablo Escobar y su época de terror, en la imaginación de los colombianos que no reconocen en la guerra actual las situaciones y personajes que en el ciclo anterior aprendieron a identificar.

El nuevo escenario del conflicto podría estar esperando sus relatores, pero la situación actual parece dominada por la exigencia de silencio que han impuesto tanto los paramilitares como la guerrilla, con sus amenazas a quienes expresen cualquier posición con respecto al conflicto. A esta imposición de silencio se le suma una cierta inaccesibilidad que caracteriza a los escenarios actuales de la guerra. Si hace diez años Alfredo Molano podía descender por la ribera de un río para atravesar la frontera que separaba su mundo letrado del mundo-otro de la guerrilla y traernos noticias de lo que allí ocurría, hoy en día al parecer aún las más intrincadas vías de acceso parecen estar cerradas. Los combatientes no quieren que se sepa lo que realmente ocurre en el territorio donde se lleva a cabo la batalla. Las historias se siguen tejiendo, sin embargo, en el terreno de las hipótesis, los interrogantes y las propuestas. La violencia que las alimenta continúa viva en las noticias, en los estragos que viene causadas en la ya maltratada economía nacional, en las historias escuchadas de cada vez más gente que se ha visto tocada por el secuestro, la extorsión o cualquier otra de las extensiones de esta guerra. El discurso oficial del gobierno viene promoviendo un consenso nacional en torno a la búsqueda de la paz, lo cual es casi lo mismo que decir que promueve ese consenso en torno de la guerra, puesto que la una no puede existir sin la otra: no es posible hablar de paz si no hay guerra. ¿Cuáles serán los relatos que se referirán a este proceso en unos años? ¿Seguirán contribuyendo a alimentar un imaginario nacional de la violencia? ¿Será este un imaginario destinado a quedar en el pasado o a buscar siempre motivos para seguir consolidándose? Esta es quizás la disyuntiva principal que encuentra la escritura cuando se refiere a la violencia. Al enfrentarla los textos participan en cierta forma de ella, pero si no la enfrentan niegan la posibilidad de darle una presencia y una justificación social a través del discurso, quizás la única forma de hacerla participe en la construcción de un orden social diferente.


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