¬

Antonio Curcio Altamar
El paradigma tradicional

¬

Bodgan Piotrowsky
Literatura y realidad nacional

¬

Raymond Williams
Ideología y regiones

¬

Alvaro Pineda Botero
Del mito a la posmodernidad
La fábula y el desastre

¬

Luz Mery Giraldo
Búsqueda de un nuevo canon
Ciudades Escritas
Ellas cuentan
Cuentos de fin de siglo
Cuentos y relatos de la literatura colombiana
¿Dónde estamos? (a manera de epílogo)

 

Ricardo Burgos
Ciencia Ficción en Colombia

 

María Mercedes Jaramillo, Betty Osorio y Ángela Inés Robledo
Literatura y diferencia

 

Augusto Escobar Mesa
Ensayos y aproximaciones a la otra literatura colombiana

 

Juan Gustavo Cobo Borda
Silva, Arciniégas, Mutis y García Márquez

 

Henry González
La minificción en Colombia

 

Oscar Castro García
Un siglo de erotismo en el cuento colombiano

 

Johann Rodríguez-Bravo
Tendencias de la narrativa actual en Colombia

  Silvana Paternostro
Colombia's New Urban Realists

¬

Gina Ponce de León
Panoarama de la novela colombiana contemporánea

¬

Jaime Alejandro Rodríguez
Posmodernidad literaria
Narradores del XXI. Cuatro cuentistas colombianos

  María Helena Rueda
La violencia desde la palabra
  María Elvira Villamil
La narrativa colombiana reciente

¬

La novela policiaca en Colombia
Hubert Poppel


Cuentos y relatos de la literatura colombiana. Prólogo

Luz Mery Giraldo

Tomado de: Cuentos y relatos de la literatura colombiana: México: Fondo de cultura económica, 2005


De la creación a todo lo demás

"Las letras son expresión cuando hay historia que contar", decía el poeta José Martí. Desde los orígenes hasta nuestros días, más de quinientos años de historia y de literatura muestran que Colombia cuenta en el doble sen­tido del término: existe y narra. Es lo que ha sido y lo que ha expresado. Reconocida como tierra de poetas, también lo es de narradores.

Esta antología de relatos narrados o escritos por autores colombianos permite hacer un viaje en el tiempo, haciendo estaciones en diversas épocas representadas por concepciones y mundos, estilos y temas. Un viaje a través de cuentos que atrapan al lector sin soltarlo: por una parte, visiones de los orígenes sagrados en los mitos de diversas etnias, por otra, de la configuración y desarrollo de los tiempos históricos. Aunque se sugiere una secuencia cronológica hay, sobre todo a partir del siglo xx, cuentos atravesados por temporalidades y modos diferentes. Es po­sible encontrar nexos o distancias entre autores y tradiciones. Lo oral y lo escrito se alternan o yuxtaponen y lo uno o lo otro prevalecen, hacien­do eco de lo propio o lo aprendido. El creador no ordena el discurrir histórico: a través de sus palabras se sumerge en la vida cotidiana y pro­funda de los pueblos o de las culturas.

Cuando hablamos de los orígenes de una literatura, la referencia obligada es a aquellos relatos que fueron contados o cantados en tiem­pos prehistóricos. En ellos la palabra fluye oralmente y transmite de generación en generación relaciones con los comienzos, un momento sagrado y fabuloso reconocido en esa frase sugerente que dice: "en el principio era. . ." o "había una vez". Aunque algunos de estos "relatos de los comienzos" conserven lo esencial de sus temas a lo largo del tiem­po no son fijos (pues han sido transmitidos oralmente), y las primeras versiones se recomponen enriqueciendo formas y contenidos, alimen­tando la memoria colectiva y sustentando o transformando arquetipos y cosmogonías. "Lo único que realmente consuela son los mitos", afirmó Elías Canetti, al sostener que son "elixir de vida" espiritual y que su extinción indica muerte.

Gracias a distintos compiladores y estudiosos de textos, antropólogos, etnólogos, mitólogos, lingüistas, literatos y filósofos que se han encarga­do de preservar y estudiar esas voces de transmisión oral, los lectores pue­den conocer culturas, tradiciones, influencias e hibridaciones y compren­der que en unos y otros la palabra transmisora de creencias y leyendas sostiene verdades profundas cercanas o análogas a las de otras culturas, y que la escritura se ha encargado también de fijarlos. Es de reconocer el gran valor de los estudios de Gerardo Reichel-Dolmatoff, Konrad Theodor Preuss, Michel Perrin, Jaime Hernando Parra, Julián Contre­ras, Fernando Urbina, Luis Fernando Vélez y Gabriela Petersen de Piñeros, entre otros, quienes han salvado del olvido importantes y her­mosos textos patrimoniales de diferentes culturas y etnias, como los que presentamos.

Colombia ha sido pródiga en relatos en los que mitos y leyendas con­servan su vigencia al arraigarse en la cultura popular, definiendo rasgos de identidad regional, social o cultural. Algunos de éstos representan no sólo lugares sino momentos, y diferenciándose entre sí o con los de otras culturas y etnias son semejantes en su manera de mezclar lo legendario con lo regional o lo universal. Tal es el caso de las obras de Tomás Ca­rrasquilla y de Gabriel García Márquez, por ejemplo; la del primero, de sabor local, al estar referida a costumbres populares y al lenguaje de los antioqueños que se fusionan con la cultura hispánica, y la del segundo, con su carga mítica, mágica y maravillosa de tradición primitiva, enrai­zada tanto en lo caribeño como en la identidad latinoamericana, con temas y mitologías clásicas y cristianas entretejidas con la cultura espa­ñola y wayúu.

América recibió cuentos y leyendas de Europa que se fusionaron con su universo sagrado. De España llegaron formas de pensamiento, imá­genes y concepciones ligadas a lo religioso, a heroicas aventuras caballerescas, a la magia y maravilla de seres provenientes de otras leyendas mitológicas, a formas de expresión y pensamiento de la cultura grecolatina. De África proceden otros mitos, creencias, leyendas y ri­tuales, divinidades selváticas y misterios inconmensurables. El pasado remoto está presente en América acusando su identidad a través de dio­ses que representan lo sagrado, el temor al más allá, la búsqueda de lo grandioso, de la luz, de la naturaleza, de los sonidos, de los actos o cosas mínimas que con la palabra dan paso a la vida y reconocen la trascen­dencia. Así lo encontramos en los diversos mitos de creación que inclui­mos, en los que como dice un texto amazónico: "La Palabra iba emergiendo del abismo fecundo".

Si lo propio de las culturas arcaicas mantiene su vigencia, algunos textos inscritos en la historia se ligan a otros mitos -cristianos o grecolatinos, por ejemplo- ofreciendo algo semejante. Hay cuentos en los que fluyen historias que transmiten modos y sensibilidades de una arraigada tradición, reflejan estilos particulares ya tono con el tiempo o la mentalidad del autor, tales como cierta picaresca basada en el cristia­nismo presente en Carrasquilla, la sugestión sobre el Judío Errante (en­tre otras) en Gabriel García Márquez, la de Job en José Antonio Osorio Lizarazo, y el juego con la historia sagrada en Rafael Arango Villegas. El contrapunto estaría en la esencia de antigüedad griega, romana y bizantina en Álvaro Mutis, la grecolatina o la cristiana en Enrique Se­rrano o en los minicuentos de Jaime Echeverri y Gabriel Pabón. En estos casos se pasa de culturas prerracionales, de expresión oral -desde lo sagrado de unas convicciones arraigadas en la cultura popular-, a otras de pensamiento racional definido en lo escrito.

Aunque en la Colonia el cuento como género no se había estableci­do, interesantes y divertidas narraciones que tuvieron como fuente la historia generaron reconocidos y chispeantes relatos que se aproximan al contar convencional. El cronista, basado en hechos sucedidos, expre­sa lo excesivo, fabuloso y escandaloso, utilizando variados contrastes que, entre el humor, la solemnidad y la ironía, revelan la mentalidad de la época, la política, la sociedad y sus modos de actuar, sentir, vivir, creer, solazarse y sufrir. El Carnero, una de nuestras más interesantes crónicas, recorre cien años de vida en las recién fundadas ciudades del Nuevo Mundo, ya manera de relatos narra hechos cotidianos de una sociedad en los albores de la Colonia. Regodeándose en adulterios, infidelidades y burlas relaciona asesinatos, extorsiones, robos, torturas, ajusticiamientos, venganzas y levantamientos, abusos con indios y esclavos, sin descono­cer mitos, leyendas o rituales indígenas. Entre sus episodios, el referido a doña Inés de Hinojosa no sólo corresponde a un acontecimiento so­cial, moral y de la justicia, sino a una especie de erótica y de actividad policial que refleja procedimientos, costumbres, verdades y mentiras de su tiempo narrados con picardía, que sirven de base en los siglos XIX y XX para la escritura de otras novelas que se nutren de sus temas y anéc­dotas, así como para Los pecados de Inés de Hinojosa, un sugestivo seriado de la televisión colombiana de finales del siglo XX.

Pero no todo son crónicas en la época colonial. Mientras el cronista Rodríguez Freyle lleva al lector a recorrer matices e instancias de la vida diaria, la madre Francisca Josefa de Castillo muestra la que sueña con horror, sus represiones, culpas y sufrimientos, sus afanes expiatorios, sus estados depresivos, su permanente crisis interior y desasosiego, con­solándose en la escritura reflexiva y expurgativa que, como penitencia, le señalan sus confesores. En las páginas de su biografía espiritual salta a la vista la herencia bíblica, las Sagradas Escrituras, los salmos, las ora­ciones, así como el legado de sor J uana Inés de la Cruz y de Santa Tere­sa. Entre Rodríguez Freyle y la madre De Castillo se dan dos experien­cias creativas propias de su momento: en él, desde la crónica mordaz y juguetona que entrevera diálogos y otros discursos; en ella, desde una escritura ascética cercana a la mística. En los dos hay un tránsito a la ficción: él, fantaseando con los eventos o "casos" que desde su memoria personal fusiona la memoria colectiva, recreando hechos novelescos; ella, escribiendo pesadillas que claramente representan sus temores y los de su tiempo. Los dos relatan. y si en el cronista el cuento está en embrión, en las prosas de la monja también hay semillas del género sumergidas en las concepciones religiosas que se entretejen con textos bíblicos y de devoción. Si en él se dramatiza y revela la comedia de la vida cotidiana, en ella la tragedia interior se muestra con abundancia de alucinaciones y visiones. Los dos representan antítesis y paradojas propias del estilo y el espíritu del barroco colonial.

Las crónicas no mueren en la Colonia, pues se prolongan de maneras distintas hasta el presente, incluyendo muchas formas de la truculencia cotidiana. Por ejemplo, a tenor de los hechos y de la mentalidad de fines del siglo XIX, el cronista José María Cordovez Moure retoma sucesos del diario vivir en Santafé de Bogotá, y los muestra como nacidos de la imaginación y la fantasía creadoras, y convierte la realidad en un hecho novelesco. De la mano de la crónica y el periodismo investigativo y judi­cial, autores del siglo XX y de comienzos del XXI dan testimonio de reali­dades críticas al pregonar verdades ocultas o públicas, como pasa con algunas obras de J osé Antonio Osorio Lizarazo, Gabriel García Márquez, Laura Restrepo, 6scar Collazos, Mario Mendoza y Santiago Gamboa, por ejemplo.

El tránsito de los últimos años de la Colonia y los comienzos del siglo XIX se refleja en un interesante movimiento modernizador que contri­buye a afianzar la noción de patria, animado por la imprenta, la funda­ción de los primeros periódicos, el descubrimiento y la clasificación de animales y plantas, y el desarrollo y cultivo de diversas formas del saber y del conocimiento científico en la sociedad criolla. Con el paso del tiem­po, el sentimiento frente al paisaje adquiere carta de ciudadanía en las descripciones de la naturaleza campesina y de los individuos de cada región, afianzando el color local, el pintoresquismo, la autenticidad y la diversidad nacional, llamando la atención sobre el lenguaje coloquial, lo que se refleja en la exquisita e inigualable factura de diversos cuadros de costumbres. Si autores como Eugenio Díaz dieron importancia a la "copia" del paisaje reflejada en estos cuadros, otros como Emiro Kastos usaron la ironía y el humor cínico para destacar, cuestionar o ridiculizar modos y costumbres. Lugares rurales o urbanos con sus personajes y escenarios fueron trasladados al papel con lujo de detalles. Con notable poder de síntesis y sugerencia, Vergara y Vergara relacionó el paso de una época a otra al asociar el proceso de consumo de chocolate, café o té en la sociedad santafereña; Manuel María Madiedo, Manuel Pombo y José Manuel Groot recrearon verdaderas instantáneas del campo o de la ciudad, dejando ver comportamientos y lenguajes propios de cada uno de sus escenarios y tipologías humanas o sociales. Aunque no todos los autores eran escritores profesionales, en esa sociedad colombiana de me­diados del siglo XIX, compuesta por comerciantes, artesanos, terratenien­tes, pequeños agricultores y esclavos, muchos de ellos se incorporaron a la literatura costumbrista sin mayor conflicto, ya que ser escritor parecía una tarea de todos o para todos, demostrada en la destreza de la escritura, la filigrana narrativa y descriptiva y el rigor del estilo. Un ejemplo de ello es el del comerciante Ricardo Silva, padre de José Asun­ción, quien dejó a su hijo su única obra literaria como reconocimiento a sus virtudes y legado de su "profundo amor de padre".

De una de esas vertientes nace María, que representa el romanticis­mo colombiano y una de las líneas del latinoamericano, además de los albores del realismo. La reconocida historia de amor de Efraín y su pri­ma María tiene sus matices en esa prosa musical que abunda en tópicos románticos como el sentimiento de paisaje, la idealización de la mujer, el servilismo del amor, la despedida dolorosa, la fatalidad, la muerte, la soledad y la orfandad. En ella se entreveran relatos con amplio color local, lenguaje y temática costumbrista, entre los que sobresalen cinco capítulos que tienen la unidad propia del cuento (1) , recogidos en 1937 por la Selección Samper Ortega de Literatura Colombiana bajo el título "Feliciana". El relato logrado es una larga digresión que concentra los tópicos de la novela de Jorge Isaacs, en el que se logra un paralelismo con la historia central y se destaca el amor de patria y la nostalgia por un lugar ausente, en una especie de testimonio legendario alrededor de un perso­naje representativo de la cultura negra.

El paso al siglo XX la marca la Guerra de los Mil Días y una literatura llena de variantes. El juguetón Carrasquilla entra a escena junto al satí­rico Vargas Vila y con Soledad Acosta de Samper y Jesús del Corral. Carrasquilla, considerado uno de nuestros clásicos, sincretiza en su na­rrativa el humor burlesco, el carácter coloquial, la idiosincrasia de una cultura y la relación con la tradición hispánica, mientras Vargas Vila, dis­tinguido como un autor irreverente y contestatario de estilo modernista, sacudió a la sociedad con sus temas, relatos y reflexiones, generando controversia y señalamientos de la Iglesia y la cultura oficial. En este sentido, el autor anticipó la mordacidad y crítica de autores "mal pen­santes" como el actual narrador y gramático Fernando Vallejo, caracterizado por una escritura oral determinada por la diatriba, la autobio­gráfico y el afán demoledor. El interesante caso de Acosta de Samper como escritora e intelectual aporta importantes claves para reflexionar sobre la historia nacional y literaria colombiana, al cohesionar situacio­nes emocionales y de violencia, tipos sociales, realidades políticas, trans­gresión de modelos culturales y creativos, sumados al afán de llamar la atención sobre la libertad de la mujer en una sociedad represiva y en crisis. El adecuado humor y la ironía en los relatos de Jesús del Corral se ponen al servicio de la representación en ambientes campesinos, que reflejan situaciones ejemplares o ejemplarizantes, con un lenguaje pun­tual y sugestivo que ya puede definirse en el terreno del cuento como tal y con temáticas y estilos que alcanzarán renovadas expresiones en auto­res de las décadas de 1920 y 1930.

A medida que avanza el siglo XX, el cuento se desarrolla y consolida de manera significativa. La tendencia americanista en las letras de las primeras décadas en nuestro continente proyecta las naciones haciendo hincapié en la identidad regional, en la relación del individuo con su terruño, en las formas de un lenguaje propio, en las costumbres, los va­lores, las tradiciones y las condiciones sociales y culturales. La inciden­cia del desplazamiento del campo a la ciudad a causa de la Guerra de los Mil Días -que cierra el siglo XIX y abre el XX, repitiéndose de manera análoga al paso del XXI- deja constancia en las letras y las artes. La ten­sión entre la rural y la urbano impone temas, personajes, lenguajes y búsquedas formales que oscilan entre la tradición y la renovación. Coinci­día una literatura de ambiente rural con matices de denuncia y protesta, junto a otra de reflexiones estéticas, refinamiento de estilo y concepciones más urbanas y cosmopolitas.

Sin distanciarse de la propio, avanzado el siglo la cuentística se orienta a la social, la psicológico y la existencial y cada autor en su propia línea construye mundos verdaderamente posibles en facturas impecables, aprovechando el tema de la violencia en sus diversos matices y con esti­los más contemporáneos. Tomás Vargas Osorio, José Félix Fuenmayor y Hernando Téllez mostraron la importancia y el valor del relato breve, conciso y llevado paso a paso. Efe Gómez, Jesús Zárate y Manuel Mejía Vallejo aportaron al género desde ópticas distintas, en las que se advier­ten la ironía o el absurdo. Más adelante, de modo semejante, Carlos Arturo Truque se apoya en el lenguaje alusivo y aproxima la violencia y lo social, lo que 10 acercaría a las inquietudes reveladas en el cuento de Plinio Apuleyo Mendoza, en el de Gustavo Álvarez Gardeazábal o en el de Harold Kremer. La ciudad se explora, empiezan a desplegarse otras temáticas y formas de escritura en las que no deben ignorarse el sentido verbal de Jorge Zalamea, cuya retórica e hipérbole constituyen -en el cuento incluido- un claro antecedente de "Los funerales de la Mama Grande" y de El otoño del patriarca de Gabriel García Márquez. Tanto el Nobel como Álvaro Cepeda Samudio muestran otros aprendi­zajes, otras maneras de aprehender la realidad y otros imaginarios que reflejan el paso de la comarca al mundo y las tensiones entre lo provin­ciano y 10 cosmopolita.

Si bien la narrativa que se desarrolla a partir de la segunda mitad del siglo XX tiene como antesala los autores anteriormente mencionados, en un lugar consagrado a la poesía y reconocido más como "tierra de poe­tas", la ficción y en particular el cuento de diferentes extensiones hace su camino en la historia literaria. Mucho le deben el país y los escritores a la revista Mito, creada por los poetas Jorge Gaitán Durán y Eduardo Cote Lamus y por el crítico Hernando Valencia Goelkel, cuya circulación entre 1955 y 1962 generó un diálogo abierto con el mundo intelectual y cultural. Desde entonces hubo comunicación entre diversas disciplinas y formas, lo que contribuyó a salir de lo parroquial y provinciano, pues abrió el panorama de nuestra cultura al mostrar la disposición a debatir temas actuales tanto nacionales como internacionales, a traducir textos, a la publicación de obras inéditas, al análisis social, político o filosófico, ya la crítica literaria, artística y cinematográfica. Por entonces el país vivía el azote de la violencia rural y partidista y estuvo bajo la dictadura del general Gustavo Rojas Pinilla; en términos generales, circulaba mu­cha narrativa de índole documental y de denuncia preocupada por des­tacar lo más espeluznante de la violencia con toda clase de catálogos de muertes y de muertos. Reconocida por los autores de su tiempo y de gene­raciones posteriores, la revista propuso una nueva actitud, sensibilidad y pensamiento cercanos al existencialismo de posguerra y los universales, y llamó la atención sobre diversos temas y escritores de Colombia, Amé­rica Latina, Norteamérica y Europa. Ensayistas como Baldomero Sanín Cano, Ernesto Volkening y Hernando Valencia Goelkel; el cuentista y crítico Hernando Téllez; los narradores Pedro Gómez Valderrama y Gabriel García Márquez, y los poetas Jorge Gaitán Durán y Eduardo Cote Lamus, entre muchos, fueron colaboradores en sus diversos nú­meros. El espíritu imperante, cercano a la que Mutis define como "deses­peranza", el reconocimiento del erotismo y la reflexión existencialista en torno a la vida o la muerte, el cosmopolitismo y la universalizante, afianzados en la historia nacional y contemporánea se verán reflejados en los autores contemporáneos a la revista, como puede notarse en los cuentos de Antonio Montaña, Álvaro Cepeda Samudio, Manuel Mejía Vallejo y Álvaro Mutis.

 

Por entonces la narrativa de Gabriel García Márquez ya era particu­lar (2). Reconocida por la fascinación que ejerce entre sus lectores y estudio­sos, desde el comienzo se percibe en ella el placer de narrar, los relatos donde todo es posible, el juego con el lenguaje pintoresco y desmesura­do y la fábula que emana de pueblos sofocantes. En sus relatos irradia el mundo popular, el contar mítico y la sabiduría legendaria. Parábolas, metáforas, analogías de la historia de la humanidad se entrelazan en cada uno de los cuentos del Nobel, recogiendo ya la vez renovando tradiciones e historias. El registro que distingue su estilo definido por la hipérbole y lo real maravilloso se mueve en direcciones que, como un péndulo, oscilan entre el remoto pasado y el inmediato presente, entre la maravilla de la fantasía y la angustia por la desgracia y el absurdo: allí están los lugares polvorientos y de calor sofocante que van de lo primi­tivo a las civilizaciones decadentes; el cadáver de un bello y enorme jo­ven se inmortaliza gracias a las creencias y necesidades de la comunidad que lo rescata; el mundo de los encantamientos y prodigios de percep­ción edénica encuentra que en la crisis de la contemporaneidad -caídos los dioses y las utopías- ya no es posible desencantar o despertar prince­sas con un beso de amor o que la realidad agobiante conduce al encierro ya la ausencia de toda maravilla.

Entre las décadas de 1960 y 1970 la literatura asume otros compro­misos. Aludiendo a circunstancias latinoamericanas próximas a la reali­dad de la revolución cubana, se reconoce en la llamada "generación del bloqueo y del estado de sitio" o "Frente Nacional", que incluye a auto­res nacidos desde finales de la década de 1930 hasta la de 1950. La acti­vidad de este periodo fue definitiva tanto para nuestra narrativa como para la de América Latina, al vincular la figura del intelectual, el escri­tor, el lector y el universitario a las reflexiones y los debates ideológicos revolucionarios. Eran épocas de fe en el futuro y de certeza de necesi­dad de cambio. La consolidación del boom narrativo entre los decenios 1960 y 1970 estableció nuevos parámetros frente a los lineamientos de los novelistas de nuestros países, para exigir del escritor compromiso con la identidad latinoamericana y con nuevos lenguajes; este hecho se articuló a otras manifestaciones que determinaron la nueva sensibili­dad: Mayo del 68 en París, las generaciones beat y hippie, el repudio por la guerra de Vietnam, la amenaza del neocolonialismo, el feminismo que de Norteamérica y Europa llega a América Latina. Veinte años más tarde, en un bello texto referido a los sueños de entonces, 6scar Collazos recuerda su participación en esa época, haciendo ver que quienes la vi­vieron tienen "un recuerdo menos remoto que la leyenda que engendró en las generaciones siguientes: mayo de168 fue la breve puesta en escena de un sueño, el último episodio del siglo xx en el que el deseo se confundió con el entramado de la realidad". y oponiéndolo al presente asevera: "Las generaciones que nos sucedieron no se dirigen hacia las turbulencias y conflictos del desacuerdo con el mundo, sino que parecen anclarse en el narcisismo de saber qué se puede hacer para estar más confortablemen­te instalados en este mundo". El contraste se leerá en los cuentos de esas generaciones o promociones antagóniicas.

Afianzada la conciencia de escritura en el contar, relatar y narrar que reconoce un trasfondo secuencial, en la década de 1970 el cuento fue con­siderado en Colombia el género por excelencia; se hizo más versátil, y se afianzó y diversificó a finales del siglo xx y comienzos del XXI. Temas y formas confluyen y van a la vez en distintas direcciones, desde el relato largo (casi nouvelle, como "El atravesado" o "Nada, ni siquiera Obdulia Martina") al brevísimo: lo social y lo existencial sostenidos en algunos autores, lo histórico o lo erudito en otros, lo policial o lo testimonial, lo urbano o la violencia, el erotismo abierto en varias direcciones, lo fantásti­co y visionario, y lo tradicional y lo novedoso. Lo urbano, la sociedad, el individuo y la historia orientan los relatos, entre los que se destacan los siguientes libros: La noche de la trapa (1965) de Germán Espinosa; Son de máquina (1967) y El verano también moja las espaldas (1966) de Oscar Collazos; Para que no se olvide tu nombre (1966) y La ternura que tengo para vos (1973) de Darío Ruiz Gómez; Cada viga en SU ojo (1967) de Héctor Sánchez; Los sonidos del fuego (1968) y Olor de lluvia (1974) de Luis Fayad; La M de las moscas (1970) de Helena Araújo; Cosas de hombres (1971) de J airo Mercado; El festín ( 1973) de Policarpo Varón; La otra gente (1973) y Bahía sonora (1975) de Fanny Buitrago; El atravesado (1975) de Andrés Caicedo; Retorno a casa (1972) y El último escalón (1977) de Nicolás Suescún, y Las alabanzas y los acechos (1976) de Fernando Cruz Kronfly. Como "sabuesos de su tiempo", según diría Elías Canetti refiriéndose a la función del escritor en la sociedad, la experiencia narrativa de la ma­yoría de estos autores se conserva y permanece, a tenor de los cambios vertiginosos y las crisis de nuestras sociedades y del mundo.

Una serie de circunstancias definieron tanto a escritores de estos años como a los de la siguiente década, y contribuyeron a la re formulación de las escrituras y del pensamiento: las huellas de la vida universitaria y los movimientos estudiantiles, la incidencia de los medios de comunicación en la divulgación de noticias de interés mundial, el exilio forzoso o vo­luntario de intelectuales y escritores, las nuevas teorías literarias y la situación tambaleante frente a las utopías. El resultado se dejó sentir primero en una narrativa crítica, analítica, irreverente, experimental y juguetona que expresaba tensión frente a la construcción y la búsqueda de una utopía y el escepticismo ante el desvanecimiento de la misma. Algunos intelectuales latinoamericanos veían la pérdida de los sueños comunes en un mundo que se destruía frente a sus propias narices, lo que los obligaba a acercarse "a la cotidianidad con la obsesión de un miope", como dijo Antonio Skármeta.

En su antología Novísimos narradores hispanoamericanos (1981), Ángel Rama destacaba la fecundidad de los colombianos, señalando la diversi­dad de construcciones narrativas en las que encontraba renovaciones con dejos cortazarianos y garciamarquianos, reinvenciones realistas den­tro del "recién descubierto orbe urbano" y el carácter culto, irónico y crítico de R. H. Moreno- Durán, a quien también definió como uno de "los contestatarios del poder". Desde sus primeras obras, Moreno-Durán y Rodrigo Parra Sandoval -cada uno de manera distinta- aprovecha­ron la nueva experimentación formal, intercambiando la identidad del yo narrativo con la autonomía de la creación, la realidad y el juego, el erotismo, la parodia, la ironía y el humor, al desarticular la fábula tradi­cional y apelar a un lector atento, crítico y dispuesto a cuestionar ya asumir la lectura como un reto. Si bien la crisis de las utopías ya se reve­laba en la escritura erudita y plena de erotismo de Germán Espinosa, o evocadora y experimental de Fernando Cruz Kronfly, en otros se agudizaba la urgencia de cuestionar los valores convencionales y patriarcales a través de temas eróticos y estilo en contrapunto, como el caso de Marvel Moreno, mientras en otros se aprovechaba la escritura de lo oral para asumir conciencia de la interioridad y la representación del tránsito a la vida moderna o a lo urbano, como en los cuentos de 6scar Collazos, Roberto Burgos Cantor o Eligio García, cuya escritura contrasta con la sensualidad y el lenguaje oral de arraigada cultura po­pular que de la cuentería -tan divulgada y dramatizada desde la década de 1980- pasaría más adelante a la escritura, como en Amalia Lú Posso Figueroa. Andrés Caicedo y Ricardo Cano Gaviria aportaron desde otras orillas: Caicedo en un mundo y lenguaje desafiantes, ligados a la deca­dencia de los valores convencionales, al cambio y comportamiento de nuevas generaciones, que se reencuentran al finalizar el siglo en la línea de la llamada literatura underground, al aprovechar el ritmo musical tanto en pautas narrativas como vitales que denotan actitudes de ruptura (nueva onda, diría de los mexicanos Margo Glantz). Cano Gaviria se acerca a concepciones de la estética moderna con una narrativa de redes simbólicas que llevan a desentrañar nuestro pasado y nuestras tradiciones. La ciudad se fortalece como modo de vida y de pensamiento que reclama otro enfoque de temas, formas y lenguajes, como podemos leerlo en la mayoría de los autores citados y en los cuentos de Hugo Ruiz, Luis Fayad, Nicolás Suescún y Julio Paredes. El tema de la violencia adquiere nue­vos matices y, si bien las marcas de la actual están presentes, se relaciona con el anonimato y otras realidades, aprovechando escrituras afines a lo fragmentario (como en el caso de Parra Sandoval o Cano Gaviria), a la sugestión dramática de Jorge Eliécer Pardo, a la crudeza de Harold Kremer, Ricardo Silva y Julio Paredes, que entran en diálogo con la violencia del pasado que se concentra en Gustavo Álvarez Gardeazábal, cada una confrontable con otras violencias y otras historias.

Las fronteras se diluyen y al lado de estas tendencias se tejen otras ampliamente alimentadas por lo fantástico, los medios masivos y la cul­tura de la imagen, a tono con la velocidad, la visibilidad, lo banal y lo transitorio. La imaginación y la fantasía escritas por autores de genera­ciones anteriores como la de Pedro Gómez Valderrama y sus mundos de tradición romántica, la surrealista de Gonzalo Arango y la de ciencia ficción de René Rebetez se entrecruzan con las absurdas y sugestivas de Julio César Londoño o fantásticas y alegóricas de Triunfo Arciniegas y Andrés García Londoño. Lo tradicional alterna con lo novedoso apro­vechando aventuras policiales, gusto por la truculencia urbana o diver­sas formas de la sexualidad y del erotismo, que muestran coincidencias y divergencias entre autores como Antonio Montaña, Juan Gabriel Vásquez, Pablo Montoya y Enrique Serrano con sus propuestas alrede­dor de la tradición y la estética, o como Lina María Pérez con su maes­tría narrativa en torno a la soledad en la vida moderna, o como Jorge Franco, Antonio Ungar y Ricardo Silva en la narración de las vicisitu­des o el vértigo de la contemporaneidad.

El minicuento -del que se han realizado varias antologías y se consi­dera a la vanguardia en Colombia- ofrece otros contrastes. Su síntesis conduce a la reflexión pausada ya la lectura veloz, pues al estar a medio camino entre el poema y el relato condensa la totalidad de una instantá­nea. Los temas universales y las situaciones absurdas obligan a reflexio­nar sobre el ser y la existencia en estos textos cuyo precursor es Luis Vidales a comienzos del siglo xx y pasa por autores de generaciones diferentes como es el caso de Enrique Hoyos Olier, Miguel Méndez Camacho, J aime Echeverri, Gabriel Pabón, N ana Rodríguez y Arturo Bolaños.

El relato para niños y jóvenes ocupa un lugar especial en nuestra historia literaria. Durante mucho tiempo Rafael Pombo fue considera­do paradigma con sus cuentos en verso; avanzado el siglo xx y con los Premios Enka de Literatura y posteriormente con los Nacionales de Cultura se llamó más la atención sobre el género; se desplegaron sus posibilidades (en cuentos breves, poemas, piezas de teatro, leyendas y novelas), que multiplicaron inquietudes temáticas y formales ajustadas al presente (3), y no sólo se favorecieron escritores sino distintas perspecti­vas que no ponen tanto énfasis en el convencional carácter moralizante. Entre sus autores se encuentran Jairo Aníbal Niño, Arturo Alape, San­tiago Londoño, Pilar Lozano, Yolanda Reyes y Triunfo Arciniegas (es­tos dos últimos desarrollan interesantes talleres que motivan a niños y niñas a la lectura ya la creación, ya los adultos a estimular su sensibili­dad infantil y juvenil).

En esta antología es evidente que si algunos aún creen en las fabula­ciones e imaginaciones de niños y de jóvenes o en las de realismo mara­villo, fantástico o de ciencia ficción, otros se muestran escépticos ante los valores del pasado y perplejos frente al presente que se volatiliza, y otros encuentran albergue en esos relatos extraordinarios de los comienzos. Hay quienes se interesan por el testimonio personal, por la sentencia que busca sabiduría y erudición, por la exploración en el realismo so­cial, sucio o fantasmagórico, por las escenas escabrosas y sórdidas que invaden la intimidad doméstica o por las visiones de pasados diversos. Consideramos fascinante ese conjunto que se particulariza en cada uno de los momentos o en cada una de las ficciones.

Definitivamente los relatos que hemos incluido permiten realizar un viaje en el tiempo, pues en ellos confluyen el pasado y el presente representados en escenarios y estructuras temáticas y formales que di­cen lo que hemos sido, lo que somos y lo que seremos a la luz de lecturas de la sensibilidad y el espíritu de cada época. Hemos partido de una convicción: la existencia del género a lo largo de nuestra historia litera­ria. Aunque no siempre hubo voluntad de escritura propiamente cuentística, en las maravillas de la literatura los cuentos nacieron o fueron gestando la posibilidad del género. También reconocimos que, fija­do éste, se dio la necesidad de replantearlo para recuperarlo de diferen­te manera, confirmándose así que desde siempre ha sido una forma viva y en movimiento. Puede resultar extraño iniciar con mitos de creación, pasar luego a crónicas y cuadros de costumbres antes de llegar a la ple­nitud de su forma y su sentido. Sabemos que hay líneas transversales en la literatura. La supervivencia de culturas de las cuales emanan los mi­tos que incluimos se encuentra en esos contrastes del contar que se desa­rrolla posteriormente en las prosas o las crónicas de los letrados de la Colonia, de los posteriores o de los más contemporáneos, mostrando fluc­tuaciones entre ficción e historia, realidad y fantasía, verdad e imagina­ción. Pueden sorprender también los relatos que en el siglo XIX recrean cuadros costumbristas ante los cuentos del romanticismo, del realismo, de la real maravilloso o los de ese caleidoscopio narrativo que refleja la diversidad del siglo xx hasta el presente. La narrativa para niños y jóve­nes es un filón que nos representa y no debe desconocerse como lugar de iniciación a la lectura, la vida o el sueño.

La literatura lo contiene todo en temas, formas e inquietudes y, en este caso, permite recorridos desde la creación a todo lo demás por relatos de autores colombianos, lo que nos permite afirmar con Steiner, que "si la Palabra fue 'en el principio', también puede serlo en el final". Sin embargo, no se trata de una selección que refleje movimientos, estilos y preocupaciones individuales, sino de cuentos que cuenten, que narren una historia convincente que atrape al lector y no la suelte.

 

Luz Mary Giraldo

Bogotá, mayo de 2005

 

1 Esta modalidad de cuentos intercalados en las novelas se revela en la narrativa de Gabriel García Márquez, particularmente en Cien años de soledad, construida con cadenas de anéc­dotas.

2 Ediciones Mito publica El Coronel no tiene quien le escriba y salva del cesto de la basura -como en más de una ocasión se ha afirmado- "Monólogo de Isabel viendo llover en Macondo",

3 Sobre el tema pueden consultarse los estudios y antologías de Beatriz Helena Robledo, algunas tesis e investigaciones universitarias y mi antología Jardín de sueño;. Textos para niños. Bogotá: Instituto Colombiano de Cultura, Colcultura, Bogotá: 1987, que incluye cuentos y poemas, entre los cuales hay un fragmento de Cien años de soledad, textos de Rafael Pombo, Eduardo Carranza, Leopoldo Berdella de la Espriella, Carlos Castro Saavedra, Rubem Vélez, Roberto Rubiano Vargas, Pilar Lozano, Celso Román, jairo Aníbal Niño y Matilde Frías, por citar algunos.

 

 


Subir


Programa de actividades

 ¬

Reseñas

 ¬

Foro virtual

 ¬

Talleres virtuales

 ¬

Ensayo final

 ¬

Manual de novela colombiana

 ¬

Síntesis de Modelos historiográficos

 ¬

Bibliografía virtual

 ¬

Bibliografía general

 ¬

Novela Colombiana en la red

 ¬

Contacto académico

 ¬


Pontificia Universidad Javeriana