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Tendencias de la narrativa actual en Colombia

Johann Rodríguez-Bravo

Tomado de: Cuadernos Hispanoamericanos, número 664, de octubre de 2005


I

Campo Elías Delgado, personaje de la novela Satanás de Mario Mendoza, Premio Seix Barral Biblioteca Breve 2002, escribe sobre el piso del restaurante Pozzeto con la sangre de uno de los comensales que acaba de asesinar: «Yo soy legión». Frase que también abre la no­vela como epígrafe, pero con la firma autorizada de otro autor: el evan­gelista San Marcos: «yo soy legión porque somos muchos». La literatura colombiana contemporánea es también una legión, pues sus autores, al igual que los espíritus a los que hacer referencia el evange­lista, son numerosos y variopintos y no es susceptible de ser abordada como un movimiento, una generación o un estilo común. La tendencia actual de la literatura contemporánea es ser una y ninguna.

II

Los escritores de hoy en Colombia, los que empiezan a publicar y los que llevan unos 5 ó 6 años en las carteleras de ventas, son como la cuadrilla de diablos del evangelio de Marcos, de todas las razas, cre­dos, edades y estilos. Orlando Mejía Rivera, critico y académico de la Universidad de Caldas (Colombia), ha querido acuñar el término «ge­neración mutante», con el fin de poder reunir bajo una palabra con una acepción bastante sui generis el fenómeno literario de la actualidad. Decir que Santiago Gamboa, Jorge Franco, Julio César Londoño, Fer­nando Vallejo, Enrique Serrano, Ricardo Silva, Juan Gabriel Vásquez, Mario Mendoza, Héctor Abad Faciolince y Laura Restrepo pertenecen a la misma generación es un poco exagerado ya que sus edades son dispares, y algunos se llevan, incluso, 20 años de diferencia como es el caso entre Londoño y Vásquez, por ejemplo. Decir que los une un mis­mo estilo tampoco es acertado pues mientras Gamboa prefiere usar un lenguaje claro, sencillo, plano, Serrano y Londoño juegan todo el tiempo con las palabras; Vallejo, por su parte, es el poseedor del estilo más original y menos parecido a los demás. Faciolince y Franco, tal vez por compartir terruño, se tocan de cierta forma en el estilo. En los temas, todos estos escritores son tan diferentes que sería difícil hablar de un tópico común que cruce sus obras. Mientras Serrano, Londoño y Vás­quez gustan de los temas históricos, Faciolince, Mendoza y Franco pre­fieren la temática social urbana. Para Mejía Rivero, actualmente se han perdido «los límites temáticos de lo que puede ser escrito y recreado, ningún tema está vedado por el hecho de ser alguien un escritor colom­biano» (1) Sobre esto dice Juan Gabriel Vásquez: «La escritura de nove­las no es una actividad sindical: no tiene por qué haber acuerdo entre todos, ni siquiera entre dos» (12)

La única manera de cercar a estos nuevos narradores es, como dice Cecilia Caicedo, conferenciante de la extensión cultural del Banco de la República en su taller sobre la nueva novela colombiana, a través de las fechas de publicación, entre 1998 y 2004 (3).

De la Virgen de los sicarios (1994) de Fernando Vallejo, hasta Los informantes (2004) de Juan Gabriel Vásquez, pasando por Fragmentos de amor furtivo (1998) de Abad Faciolince, por Érase una vez el amor pero tuve que matarlo (2001) de Medina Reyes, por los cuentos de Pe­sadilla en el hipotálamo (1998) de Julio César Londoño, por Satanás (2002) de Mendoza, por Delirio (2004) de Laura Restrepo, Tamerlán (2003) de Enrique Serrano y, aún, Al diablo la maldita primavera (2002) de Sánchez Bauté, los libros de la producción reciente de la lite­ratura colombiana versan sobre todos los temas y están escritos desde todos los niveles de calidad. De ellos, hasta ahora, no hay ninguno que se pueda perfilar como una obra maestra invulnerable a la envidia y al tiempo. Deberá pasar más tiempo para que la historia tenga a bien con­servar una de estas novelas como representativa de su momento. Algu­nos críticos y algunos escritores no dudan en mencionar a Fernando Vallejo como el mejor de los escritores actuales, sobre todo en el ámbi­to internacional. En España se dice que las editoriales están publicando bajo una «política de riesgos mínimos [que] da en ocasiones grandes sorpresas, (...)[como el] bombazo que produjo la publicación de la líri­ca a la vez que hiriente La virgen de los sicarios de Fernando Vallejo, una pequeña obra maestra, tan dolorosa como contenida» (4).

Orlando Mejía Rivero ha optado por llamarlos la «generación mu­tante», valiéndose de la configuración del adjetivo-sustantivo ( o sus­tantivo adjetivado enseñaría Vallejo en Logoi) en nuestra época de cómics, televisión satelital y experimentos gen éticos. El crítico maniza­lita dice que el término hace referencia a:

«( . . . ) aquellos muy buenos estudiantes, interesados por múltiples campos intelectuales que incluían las matemáticas, las ciencias biológicas, la filosofía y la literatura universal (tanto europea, norteamericana como nuestros escrito­res del boom latinoamericano ), pero que, a la vez, eran buenos jugadores de fútbol, básquetbol, béisbol, ajedrez, cartas, bailarines de salsa y de disco al es­tilo Travolta, y bebedores moderados, o transitorios, que no hicieron bohemia intelectual en los cafés y en los prostíbulos, sino en las discotecas, las fiestas de quinceañeras y descubrieron el sexo con sus novias y amigas de colegio y universidad» (5)

Escritores tan importantes como Germán Espinosa, Rafael Humberto Moreno-Durán, Milcíades Arévalo y Darío Jaramillo Agudelo, aunque aún son publicados por editoriales importantes y su producción literaria es cada vez más exquisita, tendrían que ser evaluados bajo otra lupa, ya que sus inicios se remontan a los 1960 y 1970 y sus influencias son otras; además, su obra ya ha conseguido una madurez que exigiría un tratado de largo aliento; por lo tanto, se crearía un sesgo de análisis al incluir estos autores en el mismo momento literario de los antes mencionados.

III

¿¿Qué hace común, entonces, a todos estos nuevos narradores? La respuesta la da el gato Pink Tomate, uno de los personajes de Opio en las nubes (1992) de Rafael Chaparro Madiedo. Dice el animal: «Desde que el viejo Job se murió a veces Lerner, el gato tímido, me acompaña en las noches a recorrer los techos de la ciudad. Hoy recorrimos un techo muy particular, el techo de Altagracia. Altagracia es una mujer solitaria y vive cerca del apartamento de Amarilla»(6). En esta cita se revela mucho de lo que empezaría a llenar las páginas de la nueva literatura: la mirada del mundo desde la nocturnidad de las ciuda­des, nocturnidad que como oscuridad también puede ser sinónimo de soledad y sordidez. «Allá abajo la ciudad está que bulle. Es vier­nes y por eso los habitantes van de un lado para el otro buscando un vaso de vodka con hielo, una silla, un cigarrillo, unos labios rojos y carnosos que hablen y dejen escapar esas palabras rasgaditas, esas palabritas nocturnas que salen oliendo a whisky, a lengua seca, a humo azul, a semáforo en rojo y amarillo tú me sacudes toda la no­che trip, trip, trip» (7) .

La ciudad, como nuevo teatro del mundo, ya no es un conjunto de calles y semáforos, sino un personaje que camina. Cuando Braulio Cendales, personaje de la Balada del pajarilla (2000) de Germán Espi­nosa o Sergio Bocanegra, de Técnicas de masturbación entre Batman y Rabin (2002) de Efraín Medina, se echan a andar por los laberintos de sus ciudades, ya no se meten las manos a los bolsillos y miran el co­mercio a través de las vitrinas, sino que el comercio mismo va con ellos, se pasea de la mano con el asfalto y el smag. La ciudad «el texto vivido donde hay sujetos, objetos vivientes; donde hay una estrecha re­lación entre la carne y la letra, la palabra y la piedra»(8) .

La nueva visión del mundo es, como todas, la que está alimentada por la transformación de la estructura social y política. ¿Acaso es ca­sual que Chaparro Madiedo haya publicado la novela tan sólo un año después de que la economía colombiana se abriera al mundo con un nuevo modelo de desarrollo neoliberal y que la caída del Muro de Ber­lín haya dado punto final a la división política del mundo? Las ciuda­des de hoy son fácilmente leídas en cualquier otra ciudad; la televisión por cable, la Internet, la comunicación internacional en tiempo real y las demás tecnologías forman parte de un suceso histórico que determi­na los comportamientos de los colectivos y las personas en particular. Hoy en día, un joven de Medellín es más parecido a alguien de su edad que viva en Helsinki que a su propio padre. El triunfo de la mercadotecnia ha hecho que Coca-cola sea «la chispa de la vida» en Popayán y en Caracas, en Ciudad de México y Tokio, en Bariloche y Montpellier.

La literatura de hoy refleja, como epopeyas, las aventuras ordinarias de los hombres, esos problemas que se presentan cualquier día para una persona de la «comunicorrientidad». y es, precisamente, sobre es­tos temas de la vida diaria, sobre los que escriben la mayoría de los es­critores vernáculos. En España, en Latinoamérica y en Colombia, por supuesto, «el público parece decantarse por emociones fuertes, por el atractivo morboso de la miseria y la violencia del nuevo mundo» (19), pero, curiosamente, ese atractivo se incrementa cuando la miseria y la violencia son las de los personajes sencillos, las de los vecinos de la ciudad (10).

Lo mejor que he leído sobre la morbosidad de saber cómo vive el otro, el de al lado, es el cuento «Vecinos» del escritor norteamericano Raymond Carver. En el relato, un par de esposos piden a sus vecinos de enfrente el favor de alimentar a su gato mientras están fuera de la ciudad. Los vecinos aceptan y deciden intercalarse para ir: un día va el marido, el otro, la mujer. Pero algo sucede cada que entran en el apar­tamento: un descubrir de la intimidad de los vecinos que les lleva, in­cluso, a olvidarse de dar de comer a la mascota y deleitarse en el éxtasis que produce saber qué shampoo usa la vecina, de qué color es su ropa interior. El tema del cuento de Carver es casi el mismo tema de Basura de Héctor Abad Faciolince, pero, a diferencia del norteamerica­no, éste le añade un elemento más sórdido: los desperdicios como la identidad. «Dime qué botas y te diré quién eres», diría el personaje de la novela del escritor paisa (11).

El otro tema en común es el de «el edificio» como una ciudad den­tro de la ciudad. Tanto en Basura como en Angosta (2004), Técnicas de masturbación entre Batman y Robin, Los informantes, Rosario Tije­ras, Paraíso Travel, Satanás entre otras, el micromundo en el que se mueven los personajes es el de los edificios de apartamentos. Esto es muy común en la narrativa actual colombiana y no en la de hace 20 ó 30 años. En la literatura de los países desarrollados, los edificios y las metrópolis son la temática desde los años 1920, pero hay que entender que en estos países la urbanización empezó mucho antes que la nues­tra.

Dice Manuel Vázquez Montalbán en su ensayo La literatura en la construcción de la ciudad democrática (12), que son «dos [los] elementos aventureros y literarios de una ciudad moderna: la casa como madri­guera entre otras madrigueras ( . . . ) y la ciudad como escenario de vio­laciones de tabúes a través de crímenes condicionados por el mismo sistema urbano y su organicidad». Cuando el escritor español dice «casa», nosotros, lectores de las ciudades de hoy, pensamos en «aparta­mento» o en «piso», como se dice en España. Campo Elías Delgado, personaje de Satanás, baja de su apartamento después de asesinar a su madre y empieza toda una hecatombe vecinal. uno por uno va matan­do a los habitantes de su edificio de la Carrera Séptima con 52 (Bogo­tá). Es el edificio de Angosta, por ejemplo, el pretexto de Abad Faciolince para mostrar una microficha de la sociedad actual. En él vi­ven desde ricos propietarios (los del primer piso), hasta los más paupé­rrimos y miserables personajes que deben contentarse con alquilar «palomeras» en el último piso. Esta relación de vecinos es una de las fichas movidas por los autores contemporáneos. En las novelas de Efraín Medina sería difícil imaginarse la posibilidad de las aventuras sexuales de sus personajes sin un encuentro entre desconocidos en la portería, en el parqueadero, en la terraza de un edificio. Lo mismo en la novela de Chaparro Madiedo, ¿cómo podría Pink Tomate y Lerner, los gatos, espiar las aventuras sexuales de sus vecinos humanos sino fuera porque en las ciudades de hoy las ventanas de los edificios son la feli­cidad de los voyeurs?

Montalbán también dice que «la ciudad moderna es el símbolo de la madre con el doble aspecto de protección y de límite». Cuando los per­sonajes (y las personas) deciden asumir sus casas-apartamentos-hoga­res-nidos en guaridas de protección, están en busca del vientre materno, ese lugar en el que no pasaba nada. Pero cuando el escritor español dice que en la ciudad y en la madre está el límite, se piensa en­tonces que el deterioro de la imagen de la ciudad va ligado al deterioro de la imagen de la madre. En el magnífico cuento «Maternidad», tal vez lo mejor que escribió Andrés Caicedo, la representación de la madre queda por el suelo, lo mismo, por ejemplo, en El desbarranca­dero de Fernando Vallejo y en varios de los libros de Medina Re­yes. Esta caída de la figura materna como el ser supremo, como el ser tierno y comprensivo (recuérdese a Úrsula Iguarán en Cien años de soledad) y su parangón con la decadencia económica y social de muchas de las ciudades de la América Latina de hoy se hace mani­fiesta en un texto del escritor mexicano Guillermo Sheridan publi­cado en la versión mexicana de la revista Letras Libres (Abril de 2004) en el cual dice a la Ciudad de México (¿Bogotá, Asunción, Quito, Buenos Aires, Madrid, Beijing, Nueva York?): «Devórame, madre pringosa, ciudad impenitente, devórame otra vez, madre Me­xicocity, cerda hinchada en el fango de lo posible ( . . . ) mastíquenme tus dientes de aluminio y bórrame, engúllame tu vientre de cascajo, madre tísica de senos huecos ( . . . ) te deseo que te pudras, ciudad, que te hundas, te deseo lo peor ( . . . »> .

El galicismo voyeur referido en un párrafo anterior, me remite a una nueva convergencia: la imagen y la escritura cinematográficas. Tal y como dice Orlando Mejía Rivero, los escritores de hoy nacie­ron más o menos en los años 1960 y sus referentes estéticos de pri­mera mano fueron la televisión y el cine. El estilo de los narradores está influido cuando no por el tono estilístico de los guionistas, por la estrategia misma de la puesta en escena y la seguidilla de foto­gramas. La cámara subjetiva del narrador de Fernando Vallejo, por ejemplo, está en la misma categoría -guardando las proporciones ­de los diálogos dramatizados de Medina o la descripción de paisajes de Chaparro Madiedo.

La televisión no sólo ha impactado en el estilo, sino también en el contenido. El tema de la belleza, de la moda, de la vida fácil que se ve en muchas de las telenovelas, también ha sido explorado con mayor maestría en las letras colombianas. Julio César Londoño, ganador del Concurso de Cuento Juan Rulfo en 1998, tiene un relato fabuloso sobre la trivialidad-profundidad de la belleza y el aspecto físico de las perso­nas (Los bellos). Aunque en Colombia no hay un escritor del estilo del peruano Jaime Bayly quien sí ha hecho de este tema su fuerte, podría­mos decir que en muchas de las historias contadas por los nuevos auto­res, la importancia del aspecto físico de las personas en los personajes aparece como una constante. Fernando Vallejo, por ejemplo, escribió un ensayo para el Festival de Arte de Cali de 1999 en el que se iba lan­za en ristre contra los feos. Dice un personaje de Efraín Medina Re­yes: «En el mundo de hoy [la división entre] bellos y feos es una ley sangrienta que no conoce piedad sin límites» (13) . Muchos sociólogos ase­guran que la discriminación del siglo XXI estará signada más por el as­pecto y la forma del cuerpo que por el color de la piel o el estrato social. En un reciente reportaje publicado por el periódico español El Mundo, la periodista Flora Sáez dice: «Sociólogos, psicólogos e inclu­so economistas como el norteamericano David Marks coinciden en se­ñalar que la discriminación por el aspecto físico -para la que en inglés se ha acuñado el término lookism, algo así como aspectismo- supera en la actualidad a otras como el racismo o el sexismo» (14). Si bien este tema podría parecer trivial, será de mucho impacto en la configuración de la sociedad de las generaciones venideras y los escritores colombianos empiezan a notar esto como una de las características de la vida en las ciudades. En una columna de opinión en el diario El País de Cali (Mayo 4 de 2004), el escritor Phillip Potdevin se quejaba porque el Concurso Nacional de Novela 2004 hubiera sido declarado desierto. Aunque, como jurado, justificaba esa decisión al decir que el nivel de las obras no había sido el esperado y que muchas de ellas seguían pati­nando en los mismos temas del conflicto interno, la guerrilla, etc. lla­maba la atención sobre algunos «temas novedosos: los colombianos en el exterior, el drama de los obesos». El que haya habido novelas cuyos temas eran «el drama de los obesos» es una señal que reafirma uno de los nuevos tópicos de la literatura: los problemas individuales de los personajes y su aceptación social.

En el parágrafo anterior hice referencia a un cuento de Julio César Londoño en una temática particular. Sería injusto encasillarlo con ella ya que no es su principal arma de artillería. Este autor, prolijo en temas y en géneros, se ha preocupado por ficcionar con maestría tópicos his­tóricos, por no citar sus cuentos de ciencia ficción y sus ensayos que se reúnen en un libro titulado ¿Por qué las moscas no van a cine? (Plane­ta, 2004 ). En la narración de algunos de sus cuentos, Londoño se pare­ce a Enrique Serrano y viceversa. Mientras Serrano prefiere el género epistolar para narrar sus historias, la mayoría puestas en la Europa o el Asia de la Edad Media o el Renacimiento; Londoño sólo utiliza las car­tas en su cuento «Los gramáticos», pero, de todos modos, a veces pare­ciera que los relatos podrían haber sido escritos por uno o por otro. Serrano escribe la historia de Tamerlán, el gran conquistador mongol del siglo XVI, Londoño ubica un cuento en el Egipto de Ramsés II con Moisés como personaje; Serrano narra el suicidio de Séneca, Londoño cuenta la muerte repentina y filosófica de Immanuel Kant en el escrito­rio de su casa en Konigsberg. Estos dos escritores, tal vez junto a Phi­llip Potdevin y Hoover Delgado se junten en un grupo distinto al de la mayoría de los otros.

El tema del narcotráfico y la descomposición política de las ciuda­des producto de la corrupción y la influencia de los grupos armados, también parece estar presente como constante en la narrativa de este úl­timo período. En La virgen de los sicarios y en Rosario Tijeras' los si­carios son, si no los personajes principales, sí los de reparto. En Angosta, en El cerco de Bogotá (Santiago Gamboa, 2003) y en Disfrá­zate como quieras (Ramón Illán Bacca, 2002), la corrupción y los pro­blemas de conflicto interno se vislumbran como uno de los temas de relevancia a lo largo de la novela. Es claro que mientras en Colombia estos problemas de índole sociopolítico perduren es muy difícil que la literatura no continúe recreando las situaciones que devienen de ellos. Hoy en día, los narradores colombianos siguen su camino en busca de la consolidación de sus obras; mientras tanto sus libros llenarán los anaqueles de las librerías como una legión de escritores iguales, pero diferentes.

 

1 Mejía Rivero, Orlando. «La generación mutante», En: www.librusa.com. Consulta: Octubre de 2003.

2 Entrevista a Juan Gabriel Vásquez, Revista «La Mandrágora» N° 5, Popayán, Octubre de 200 4.

3 Si bien de este grupo, escritores como Laura Restrepo y Fernando Vallejo ya tenían una obra desde los años 1980, es éste con El Desbarrancadero, premio Rómulo Gallegos 2003, y aquélla con Delirio, premio Alfaguara 2004, quienes dan el gran salto a la fama internacional y se ubican entre los escritores colombianos más leídos en e.'ite momento después de García Márquez.

4 Gras Miravet, Dunia. «Del lado de allá, del lado de acá: estrategias editoriales y el campo literario de la narrativa hispanoamericana actual en España». Cuadernos Hispanoamericanos N° 604, Octubre de 2000.

5 Mejía Rivero, Orlando. Op Cit. P. 2.

6 Chaparro Madiedo, Rafael (1992). Opio en las nubes. Editorial Babilonia, Bogotá, 2002. P.53

7 Ibid. P. 54.

8 Argüello. Rodrigo. «La ciudad en la literatura», La ciudad: hábitat de diversidad y complejidad, compiladores: Carlos Alberto Torres, Fernando Viviescas y Edmundo Pérez. Universidad Nacional, 2002. P. 231.

9 Gras Miravet, Dunia. Op. Cit. P.

10 No habrá quien, ante esta reflexión, deje de preguntarse por qué entonces los temas de los best-sellers del momento versan sobre «las cruzadas», <dos templarios», «el manto de Turín», entre otras delicias de los siglos lejanos, pero ante esa incógnita tengo elucubraciones que no caben en la línea de este ensayo y ya intentaré responder en otra ocasión.

11 No es gratuito que escritores como Ricardo Silva, Jorge Franco y Harold Kremer hayan manifestado en diferentes entrevistas que uno de sus cuentistas favoritos es el norteamericano Raymond Carver.

12 Vázquez Montalbán, Manuel. La literatura en la construcción de la ciudad democrática, Crítica, 1998.

13 Medina, Efraín. Técnicas de masturbación entre Batman y Robin. Editorial Planeta, 2001.

14 Ver: https://www.el-mundo.es/magazine/2001/114/1007133281.html .

 

 


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