Bogotá, Colombia | Vol. 16 | No. 1 | enero-junio | 2020 | ISSN 1900-5555

Fanzine: “Deconstrucción de la verdad” Una nueva forma de representación1Artículo de reflexión. Línea de acción política y emancipación del semillero de investigación Teorías Políticas Críticas.

Fanzine: “Deconstruction of the truth” – a new form of representation

Daniel Hernandez2Estudiante de octavo semestre de Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales. Pontificia Universidad Javeriana. Miembro del semillero de investigación de Teorías Políticas Críticas de la Facultad de Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales, Pontificia Universidad Javeriana. Correo de contacto: hernandez_daniel@javeriana.edu.co
Gustavo León3Estudiante de octavo semestre de Ciencias Políticas. Pontificia Universidad Javeriana. Miembro del semillero de investigación de Teorías Políticas Críticas de la Facultad de Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales, Pontificia Universidad Javeriana. Correo de contacto: leon_gustavo@javeriana.edu.co
Recibido: 11/12/20
Aprobado: 31/05/2
Resumen:

Tanto el saber como la verdad han tomado el carácter de validez como algo ‘selectivo’, y esto conlleva a un proceso que remite a Platón a través del planteamiento dicotómico entre arte y filosofía, el cual termina por establecer diferencias en la concepción del conocimiento. Este artículo parte de abordajes teóricos de las posturas trágicas, postrágicas y rancièranas, con sus respectivos modos de observar el arte, para resaltar el papel disruptivo del fanzine en lo político. En este sentido, se entiende el fanzine como una herramienta que plantea una zona gris, con la cual se permite dar pie al llamado desacuerdo propuesto por Rancière como un momento en donde lo político solo se encuentra en la construcción del reconocimiento del otro como un igual y desde su participación como una visión diferente.

Presentamos el fanzine como un medio que permite un proceso de reidentificación de partes en donde se da voz a quienes han sido silenciados históricamente. Se lo postula como un medio disruptivo al ordenamiento social naturalizado de la policía, que permite la divulgación de nuevos discursos de verdad ajenos a la discursividad monopólica del Estado, es decir que establece, desde lo estético, una nueva forma de repartición de lo sensible y de reidentificación de las partes.

Palabras clave: fanzine, desacuerdo, arte, poesía, régimen estético, política.
Abstract:

Both knowledge and truth have acquired the character of validity in the sense of being “selective.” This implies a process that harkens back to Plato through the bifurcation of art and philosophy, leading to a differentiation in the conception of knowledge. This article starts from the theoretical approaches of the tragic, post-tragic and Rancierian positions, with their respective ways of observing art to highlight the disruptive role of the fanzine in the political. Thus, the fanzine is understood as a tool that presents a gray area, where it is allowed to give rise to the so-called dissensus proposed by Rancière, as a space in which the political is only found in the construction of the recognition of the other as an equal and from its participation as a different vision.

We present the fanzine as a medium that allows a process of re-identification of actors, giving a voice to those who have been historically silenced. It is postulated as a disruptive medium to the normalized social order of the police, which allows the dissemination of new discourses of truth outside the monopolistic discourse of the State, i.e, from the aesthetic, it is allows a new distribution of the perceptible and the re-identification of actors.

Keywords: fanzine, dissensus, art, poetry, aesthetic dimension, politics

La cuestión de Platón, una realidad del Estado contemporáneo

El debate poesía y filosofía es algo que se nos presenta de manera muy influyente en Platón, especialmente su conflicto con la tragedia, una discusión que tiene su base en lo que Martha Nussbaum mencionara como ‘la fragilidad del bien’ (García, 2004, p. 232). Es una preocupación platónica por lo vulnerable de la verdad y de los valores éticos que siempre están “tentados” por las pasiones, la suerte, o el infortunio (todos propios de la poesía trágica). La idea de tomar este debate desde los griegos, es analizar cómo el conflicto en La República de Platón con los poetas trágicos se puede comparar con la arquitectura del Estado actual. Esta arquitectura del Estado es construida a partir de un ideal del deber ser platónico, en donde los poetas trágicos excluidos son las otras formas de verdad derogadas por el status quo que busca conservar un ser Estatal.

La República de Platón nos presenta la construcción de una polis, en la que el deber ser está mediado por valores y enseñanzas que buscan engendrar seres virtuosos y una sociedad justa. Por lo que establecer aquello que es considerado como verdad ya configura una realidad selectiva, la cual está mediada por la racionalidad de aquello que es mejor para el Estado, y junto a valores y ejemplos que se deben enseñar en el comportamiento ciudadano. Esta construcción filosófica configura un paso del saber no conceptual (de los mitos, lo poético) a un saber discursivo “racional” (logos) que se presenta en contra de aquel poeta trágico, en donde su construcción de verdad no está mediada por un deber ser; al contrario, refleja una cara del ser humano basada en las historias ancestrales que a priori carecen de una veracidad legítima, pero que a su vez conlleva la identidad de una población. Esta dicotomía estableció la construcción de un ideal en la polis griega y, por ende, una herencia en nuestro Estado actual que, como dice Platón (1998): “(...) debe ser inculcado firmemente en quienes deban guardar el Estado. De manera que no suceda que inadvertidamente se corrompan. En todo han de vigilar que no se introduzcan innovaciones en gimnasia y música contra lo prescrito” (p. 208). Con ello, Platón expresa la necesidad de generar un alejamiento y exclusión de cualquier narración que pueda afectar un comportamiento dentro del deber ser del Estado.

El tragisismo contra el que lucha Platón y la relación que proponemos observar entre éste y las expresiones poéticas como construcciones populares de verdad, y demás formas artísticas de disenso, se ven atravesadas por dos puntos: primero, por la concepción platónica hacia el poeta, como también por la vulnerabilidad que refleja el comportamiento ético y moral en la poesía trágica; y segundo, por un entendimiento de la tragedia como una verdad de la vida, pensar y comportamiento en acción expresada en cantos, músicas o danzas, que simbolizan la fragilidad del deber ser y demuestran el comportamiento humano desde la lógica más utilitarista, hasta el instinto más animal.

En el primer aspecto observamos a un Platón activo que propone a lo largo de La República la construcción de un Estado “ideal”, en donde los ilustrados guardianes considerados como oro serán aquellos defensores y administradores del Estado. Ellos deberán ser educados en las virtudes de los dioses y deberán construir una sociedad en torno a este ideal mientras van superponiendo deberes y van limitando la participación activa del poeta como medio, ya no solo de aprendizaje sino como expresión de la otra forma de actuar; realidades omitidas que rodean al artesano, al médico, y a los mismo héroes y dioses: “(...) Los guardianes no deben hacer imitaciones, ya que cada uno es apto para una sola tarea. Pero si imitan, deben imitar sólo carácteres valientes, moderados, piadosos, etc” (Platón, 1998, p. 23). Es así que observamos la participación política en Platón como algo selectivo, y la reproducción de esta como algo configurado por el interés detrás de una “verdad”. En este sentido, el arte imitativo es aquel que Platón critica, y este funciona como un desestabilizador de la polis, ya que sus narrativas y enseñanzas tienen la capacidad de mover a la gente de tal manera que los “saca” de sus roles establecidos. Y el arte que podría ayudar al deber ser de la polis elabora, como ya lo hemos dicho, narrativas de un deber ser para conservarla.

En cuanto al segundo aspecto, entendemos la participación de la poesía como insurgente o como un conjunto de prácticas que ponen en cuestión el orden social y el sentido común. Por esa razón, para Platón, el arte debe ser contenido o expulsado la República.. Hoy día observamos que esta configuración existe, pues el arte siempre ha sido una forma de expresión en contra del establecimiento del status quo, además también permite expresar y dar a conocer aquella realidad (omitida, mermada, distanciada e ignorada) del ciudadano que pareciera haber sido completamente suprimida. De acuerdo con esto, hoy la participación democrática es la solución más común de nuestros actuales regímenes políticos y, a su vez, esto nos permite pensar en Estados como el colombiano porque ha eludido completamente realidades tan dispares de sus ciudadanos, al darle la construcción de historia, de su “verdad”, a una grupo “selecto” que ha buscado construir un ideal de sociedad dentro de intereses que omiten la verdad histórica de aquellos artesanos, y en general, de aquellos “poetas” de lo común. Ahora, entender la construcción del comportamiento social/político como algo que siempre va a estar navegando entre el logos y el poeta es fundamental para nuestra propuesta pues, es peligroso casarse con una sola postura. En los griegos el poeta se configuraba también como un maestro de ética y era aquel que reproducía la memoria e historia de la población. El maestro reflejaba la tragedia del ser, las dolencias de dioses y de los héroes, por lo que se hacía necesaria la intervención racional (logos) para construir y buscar verdad. No obstante, desde Platón se inicia un debate que ve a los poetas como reproductores de todo lo que no debe ser o buscar ser el Estado, y por el contrario, se busca dar el trabajo de educación, participación y construcción de este a las personas “iluminadas” que han sido educadas por las buenas costumbres, con lo cual se va dejando de lado al trágico, al artesano, entre otros.

Dado lo anterior, nuestra propuesta observa a Platón como un autor actual, que nos sirve para explicar interacciones de reconocimiento político alrededor del arte. Esto indica que a partir de la lógica dicotómica entre el logos y poesía buscamos proponer una situación en donde ambas partes se reconozcan y dialoguen desde la diferencia para la construcción de Estado, ya que este se ha configurado bajo un logos selectivo con lo cual ha ido omitiendo diversos tipos de conocimientos que, de una u otra manera, han derivado en realidades violentas de sectores de la población ignorados y apartados, por buscar mantener el status quo. Con esto buscamos una alternativa que ayude a emancipar estas realidades, y por ello nos enfocamos en el arte y el fanzine desde un carácter conflictivo, pues como lo menciona Rancière (1996), la distorsión: “que por sí sola instituye a la comunidad política como antagonismo de partes de la comunidad que no son verdaderas partes del cuerpo social” (p. 35) se entiende como formas poéticas de construcción de memoria y verdad, las cuales resultan imprescindibles a la hora de construir la política.

El Estado: una resignificación postragica

Para abordar el constante tránsito del comportamiento humano entre el logos y el arte vamos a referirnos al “postragicismo” (Gutiérrez, 2012) como un concepto que está en contra de entender la racionalidad (logos) meramente desde lo positivista, utilitarista o ilustrado, y que busca encontrar un punto medio en donde la poesía y la razón hacen parte fundamental tanto del crecimiento del conocimiento como de la construcción de verdad. Como lo señala el autor, la escuela de Platón configura una construcción del pensamiento académico que autores como Baumgarten o Hegel tocarán, y de cierta manera defenderán la hipótesis de la predominancia cognitio racional por encima a la cognitio sensitiva. De hecho, a pesar de que estos autores buscan darle mayor protagonismo al saber sensible, este sigue encerrado en un carácter que se queda unicamente en la idea:

(...) la fundación baumgartiana de la estética está realizada desde la perspectiva positivista/racionalista. Aunque afirma que existen dos fuentes legítimas de conocimiento, Baumgarten subraya que una de ellas, la cognitio sensitiva, el modo de conocimiento propio de lo estético/poético, es un conocimiento análogo a la cognitio rationalis. (...) Lo filosófico/conceptual entonces está por encima de lo estético/poético. El mismo esquema de fondo encontramos en el pensamiento de Hegel, (…) como “manifestación sensible de la idea”, es “algo del pasado (ein Vergangenes)” debido a que el arte ya “no es el modo supremo y absoluto mediante el cual el espíritu toma conciencia de sus verdaderos intereses” (...) sino que el arte, “la forma sensible de la conciencia”, es la forma de conciencia “más temprana para el hombre”, “la primera e inmediata autosatisfacción del espíritu absoluto”, de manera que finalmente “el pensamiento y la reflexión han superado el arte bello. (Gutiérrez, 2012, p. 233)

De manera que la postura postrágica es producto también de un contexto, en el que el ser cayó de lleno en el abismo de lo trágico asustado por aquella “fragilidad del bien”, la cual terminó por limitarlo puesto que, de alguna manera, encerró su consciencia. De forma que la antítesis trágica de tradición positivista que comprende los choques entre razón/vida y filosofía/poesía, se ve superada por los pensamientos de Adorno, Heidegger y Ortega en los que se enfoca hacia una operación conciliadora entre razón y existencia, donde se abstrae al ser del abismo de lo trágico y se establece un espacio armonioso entre filosofía y poesía a partir de la comprehensión de la necesidad del concurso del arte en la razón (Gutiérrez Pozo, 2012). Para suplir esto, Heidegger entiende a la poesía y la razón en un mismo plano aunque distanciadas, más no enfrentadas por esencias distintas, ya que establece un movimiento y diálogo (Zweitsprache) continuo en la medida que va acercando las diferencias entre ambas, y en este sentido recalca que el logos y lo mitopoético no debe ignorar su copertenencia (zusammengehören) evitando que se invaliden la una a la otra (como se citó en Gutiérrez, 2012).

Se nos propone observar el postragicismo como un concepto académico en tanto que la postura positivista del saber como la comprensión del saber “trágico” no se superponen entre sí. Además, en donde la hipótesis de la desvalorización del arte como un único espacio irracional se replantee con la construcción del logos, mediante la configuración de un escenario en el que la participación de esta dicotomía se encuentre yuxtapuesta, por lo que la propuesta busca dejar de ver ambos conceptos (logos y poesía) como algo meramente antagónico. Al contrario, se busca presentarlos como la base que necesita tanto de una como de otra para la construcción y la búsqueda de verdad:

Se trata de una convergencia entre filosofía y poesía que los mantenga uno con otro, en tensión fecunda de colaboración, de complementariedad, de modo que se necesiten mutuamente y se remitan uno al otro. La actitud postrágica pretende por tanto que el enfrentamiento entre filosofía y poesía no se establezca en términos (negativos) de alternativa y elección, como si se tratase de una contradicción entre ambas, sino de forma positiva como tensión fértil, de manera que dicha tensión mutua constituya la esencia tanto de la filosofía como de la poesía. (Gutiérrez, 2012, p. 246)

Entender el postragicismo como lo propone el profesor Gutiérrez, nos permite pararnos en un escenario en el que el ser político se encuentra en esa zona gris, y el concepto de “diferencia” comienza a formarse y a obtener un mayor peso en nuestro trabajo, ya que estamos proponiendo un diálogo fuera de una realidad meramente tecnificada, en la cual el sentido del logos y de lo político se ha corrompido por el valor, la cantidad y la homogeneidad, como lo señala Gutiérrez (2012): “El ideal del hombre actual es poder disponer de una buena administración, razonable y coherente. Un mundo objetivado y ordenado colma nuestras aspiraciones más humanas” (p. 240), donde se hace necesario retomar un carácter reflexivo respecto al logos que ha sido corrompido. En respuesta a esto desde la lectura de Gutiérrez (2012) de Heidegger, se establece el arte como una ruptura ontológica dentro de la filosofía, a modo de diálogo, que ha construido y apartado de otras formas de saber primarias hacia nuevas formas de logos importantes para la construcción e interpretación de realidades y de verdad. A diferencia de esto, Rancière (1996) va más allá de esta ruptura ontológica establecida desde el logos porque propone el arte como poseedor de un carácter político, que plantea alternativas de disrupción dentro de los escenarios de disenso, y tomando como punto de partida la igualdad para establecer el desacuerdo.

Un espacio llamado el desacuerdo

Ahora es importante mencionar a Rancière (1996) con tres puntos centrales que nos ayudan a construir el escenario que nos ha dejado el postragicismo. El primero será mostrar cómo funciona el escenario de lo político en términos de Platón; el segundo será la participación y construcción del concepto de diferencia, y como este hace parte fundamental en nuestro proceso de entender la política a partir del arte en aquel escenario gris que nos han dado los postrágicos; y por último, vamos a hablar, en concreto, de la policía, en el sentido de como hay expresiones que de una u otra forma hacen parte del modelo estatal actual, y que no corresponden en sí, a un proceso político entendido desde la diferencia. En lo que sigue se desarrollan estos puntos.

En el primer punto, como ya lo hemos visto, Platón y La República han configurado una base para nuestros procesos académicos respecto de de lo que hoy conocemos como Estado. A su vez, hemos buscado proponer la construcción de estos procesos a priori racionales desde un reconocimiento político desde la diferencia, en donde debemos precisar la referencia a Platón como un autor a partir del cual podemos analizar nuestra realidad. Esto en Rancière (1996) lo podemos ver desde la pregunta ¿existe una filosofía política?, en la que el logos adquiere un papel fundamental a la hora de construir el concepto de desacuerdo, como también para pensar nuestra propuesta. Es así que se mencionan dos términos a la hora de analizar la construcción de un “orden político” griego, Blaberon y el Sympheron, términos que simplifican la aprehensión de lo que se debía considerar como justo, y que a su vez, resume lo que hemos venido hablando en Platón, pues la idea de la justicia será: “(...) tanto para Platón como para Aristóteles, que en este asunto es fiel a su maestro, lo justo de la ciudad es fundamentalmente un estado en que el sympheron no tiene por correlato ningún blaberon” (Rancière, 1996). Esta idea ha significado la construcción de lo justo a partir del ordenamiento de lo común y del deber de cada ciudadano de la polis griega. El principal problema de esta construcción de Estado es definir cuándo inicia lo político, pues siguiendo a Rancière (1996) podemos observar que lo político no comienza sino hasta que el diálogo, el debate no se encuentra subyugado a las lógicas utilitaristas de ganancias o pérdidas, “allí donde dejan de equilibrarse (...) las partes de lo común” (Rancière, 1996, p. 18), momento en el que el proceso de configuración del Estado objetiviza la figura del guardián, del administrador, como también del artesano, y va construyendo unos títulos bajo la lógica del bien común, en donde el demos dentro del debate se configura como un sin sentido. Pero ahí, en el demos, es en donde nos paramos, y es este el que da inicio a la política

(...) es a través de la existencia de esta parte de los sin parte, (...) que la comunidad existe como comunidad política, dividida (...) por un litigio que se refiere a la cuenta de sus partes antes incluso de referirse a sus “derechos”. Es la clase de la distorsión que perjudica a la comunidad y la instituye como “comunidad” de lo justo y de lo injusto. (Rancière, 1996, p. 23)

Sin embargo, el Estado como orden policial ha sido configurado bajo la idea platónica de un régimen específico, casi divino, donde la palabra se le ha dado —aún hoy día— a “eruditos” académicos que de una u otra manera han viciado la academia y han buscado configurar un ser político homogéneo, que a partir de eso reproduzca el interés estatal en donde la gestión de lo público se rige principalmente por criterios económicos. Es así que proponer pensar el Estado en una realidad que está constantemente en litigio no es tan descabellado, analizar el fanzine como un espacio que permite expresar las diferencias de aquellos que han sido olvidados por la “verdad” del Estado, nos permite pensar en términos de lo que propone Rancière (1996) en una política que parte del carácter conflictivo de la igualdad.

En el segundo punto en Rancière (1996), los “eruditos”, como aquellos sujetos dominantes en los Estados han construido una política que busca apartar/borrar del debate a esa parte de los sin parte, lo que se constituye como un momento en el cual se pierde por completo la concepción de la política, ya que esta se presenta solo en el momento en que la interlocución y el debate se abren en torno a la construcción de un escenario en donde los olvidados y separados del Estado puedan hacer parte de este mediante el litigio, y bajo el reconocimiento de la diferencia. El desacuerdo se presenta como un momento en el que la política aparece, es el escenario puro de esta, pues el desacuerdo requiere del reconocimiento del ser igual en el saber no igual, donde la participación del logos es el centro de la construcción de verdad y como no de la política. De hecho, este logos ha sido monopolizado, como hemos venido hablando a lo largo del documento, muchas veces se han construido lógicas de la razón alrededor de la homogeneización del deber ser y del bien común, omitiendo la necesidad y el mero reconocimiento del otro como un igual diferente que puede construir verdad y política, en palabras de Rancière (1996):

Antes que el logos que discute sobre lo útil y lo nocivo, está el logos que ordena y que da derecho a ordenar. Pero este logos primordial está corroído por una contradicción primordial. Hay orden en la sociedad porque unos mandan y otros obedecen. Pero para obedecer una orden se requieren al menos dos cosas: hay que comprenderla y hay que comprender que hay que obedecerla. Y para hacer eso, ya es preciso ser igual a quien nos manda. (p. 31)

Ante esta diferencia entre los iguales, existe inherentemente un escenario de choque discursivo posterior al mismo reconocimiento de igualdad por las partes ajenas a quienes corresponden al Estado, de manera que desde las figuras subalternas se da lugar al escenario político por excelencia: el desacuerdo entre dos concepciones mismas de verdad y conocimiento. Pero entonces ¿por qué Rancière trata el desacuerdo y lo político?, precisamente porque existe la policía entendida no como un dispositivo de control Estatal sino de ordenamiento propiamente social, y con esto, entramos al tercer punto en Rancière (1996). El concepto de policía surge como una resignificación misma de lo que hoy se entiende, grosso modo, por política, como: “el conjunto de los procesos mediante los cuales se efectúan la agregación y el consentimiento de las colectividades, la organización de los poderes, la distribución de los lugares y funciones y los sistemas de legitimación de esta distribución” (Rancière, 1996, p. 43). En otras palabras consta de la organización social que ha sido naturalizada en donde se definen labores, funciones y propiedades específicas para cada componente de la sociedad, por lo que es una distribución sistemática de identidades establecidas en la que se definen partes, y partes estatuidas desde su ausencia misma (los sin parte), lo que quiere decir que hay unos visibles y otros invisibilizados. Para invisibilizar a estos llamados sin parte, el orden policial logra suprimir incluso su voz porque va limitando su sonido a un simple ruido que se pierde en la soledad de las calles y viaja sin reacción alguna por los oídos de los eruditos, quienes son artífices de su silenciamiento. Esto genera una pérdida en la heterogeneidad que define a la sociedad y la obliga a definirse desde una figura homogénea que se construye desde discursos selectivos logrando un monopolio sobre el logos, y donde logran resaltar el orden social naturalizado de la policía. Una vez mencionado esto, cabe tomar estas partes o comunidades invisibles como punto de partida, en donde figura el fanzine como protagonista de una herramienta política, que permite la reidentificación de estas partes censuradas estructuralmente para hacerlas visibles y otorgarles o, mejor dicho, devolverles su voz desde un medio que se podría calificar como no convencional pero de un alcance inmenso que, además, logra plantar cara a los dispositivos de control y vituperio que desde el Estado inundan todo lo convencional.

El Fanzine, el arte y lo político

El Fanzine surge como el principal mecanismo de comunicación para los grupos contraculturales de los años setenta del siglo XX en Estados Unidos e Inglaterra, y con el paso de los años ha logrado adoptar un alcance global. Este funciona como una forma de autopublicación de bajo costo, y se vale de técnicas como el collage y la aplicación de faltas gramaticales para expresar ideales de rebeldía, anarquía y de “no futuro” propios de los movimientos punk. Sin embargo, el fanzine ha logrado sobrepasar las dinámicas de contracultura y del punk para establecerse en escenarios de arte, género, política, entre otros, y sigue gozando aún de la autonomía que representa la misma naturaleza del fanzine respecto a la libertad total en la elaboración de sus publicaciones.

Esto posiciona al fanzine como una herramienta propia de y para los sujetos invisibilizados de la política porque establece un escenario de visibilización y de oposición, que da lugar al disenso en lo político de Rancière (2009). Cabe resaltar que para este autor este disenso desde el arte será comprendido a partir de la concepción del régimen estético, y este régimen apuesta por una nueva distribución de lo sensible, en el sentido que busca una repartición de lo dado y una reidentificación de las partes que ni siquiera pueden ser descritas como partes en sí mismas (Rancière, 2009). De esta manera el régimen estético se plantea de dos formas: la estética de lo político y la política de lo estético. La estética de lo político se delimita desde redefiniciones en lo visible de la política como formas nuevas de subjetivación de la misma, mientras que la política de lo estético plantea nuevos formatos para compartir lo visual y la palabra, los cuales componen en sí mismos formas de disrupción hacia las configuraciones políticas y sensibles de vieja data (Rancière, 2013). Ahora bien, las expresiones artísticas implantan un disenso producido por la diferencia en sus individuos, sin embargo, la evolución histórica del arte está plagada del mismo orden social naturalizado que genera la visibilización de unos y otros (la policía en Rancière). Es así que se alude al arte como espacio inmerso dentro de un orden policial reducido a las formas de expresión artística de contrasistema, a formas ajenas al macromolde institucional del arte, de manera que el arte, como generalmente es entendido, no comprende desde su tradición policial un espacio de disenso a cabalidad. Esto es debido a que el arte desde su orden policial no adopta ni da lugar a discursos de sujetos marginados históricamente en los ámbitos humanos como comunidades de color, mujeres y colectividades inmersas en la pobreza. Por lo que resulta imprescindible salir de las lógicas convencionales del arte para que las expresiones artísticas logren instaurarse como una forma de disenso, visibilización y de reidentificación.

Este espacio que hemos mencionado que le es ajeno al arte, se denomina como no-arte, tal como lo llama Rancière (2013). En otras palabras alude al arte como conexión y promesa con la comunidad en donde se vinculan los dos aspectos: la estética de lo político y la política de lo estético. Esta es la forma en la que Rancière (2013) plantea la abstracción del arte hacia su única finalidad de creación y representación. Es a partir de ahora que entendemos el fanzine como un medio (pueden existir más) ajeno al arte que se vale de expresiones artísticas (que van desde el arte pictórico, la literatura, poesía, etc.), como un modo de presentar un disenso que busca un reconocimiento de iguales para las comunidades que se nos han planteado como diferentes por medio de etiquetas sociales. En este sentido, es importante señalar que ese disenso hace parte de una configuración en principio subjetiva, que se expresa en una estética de lo político representando una des-identificación del ser parte de los sin parte. Por lo que esta expresión individual mantiene una relación disruptiva a la lógica hegemónica y plantea una propuesta de reidentificación en la parte de lo común; también mantiene esta relación cuando la des-identificación subjetiva pasa por una interpretación y disenso del espectador, ahí se configura un escenario entendido como lo político de la estética, en donde la participación en lo común de la parte de los sin parte configura una evidencia de transformación, ya no en la discusión o en el mero hacer visible lo invisible, sino que se transforma y se genera una ruptura de la configuración de lo posible (Rancière, 2013). De este modo, nos encontramos con una situación que diferencia la relación del arte y la política en una participación individual o colectiva, cuya fórmula según Rancière (2013) es indeterminable ya que: “no hay ningún principio de correspondencia determinado entre esas micropolíticas de la re-descripción de la experiencia y la constitución de colectivos políticos de enunciación” (p. 67). Así, el fanzine como expresión inmersa dentro del régimen estético del arte, se posiciona en la expresión de des-identificación individual en la representación de una sensibilidad y temporalidad alterna a la consensual produciendo un disenso, en el sentido que plasma una nueva apariencia de la realidad que rompe con la figura espacio-tiempo desde su conceptualización de lo político. Para este punto, el fanzine también introduce una des-identificación colectiva en el momento en que el espectador, desde el anonimato, concibe como propia dicha ruptura y establece un vínculo con la experiencia del artista, de esta manera puede ir transformando esta realidad aparentemente ficcional en una ruptura colectiva de la estructura jerárquica y descriptiva policial.

Entonces el fanzine se planta desde un escenario gris que rompe con las restricciones y órdenes policiales de la publicación académica, del arte y del Estado. De modo que se establece, a partir de una libre circulación gratuita o a bajo precio, sin llegar a perder de manera total su legitimidad como publicación. Es así que se constituye como alternativa para presentar los discursos y experiencias de vida que van en contravía de ese ordenamiento social que las oculta. De esta manera, el fanzine se vale a través de las expresiones artísticas de experiencias de vida del régimen estético del arte, por ende, al orden policial (Capasso y Bugone, 2016).

Así, más que generar directamente subjetividades políticas, el arte en el régimen estético perturba la distribución de lo sensible que jerarquiza e identifica los espacios, la ubicación de los cuerpos y establece los modos de decir, hacer y ser visible correspondientes a cada parte. (Capasso y Bugone, 2016, p. 126)

El fanzine plantea un disenso desde formas de re-identificación individual y comunitaria en donde la representación artística de experiencias otorga nuevos roles que se omiten o se tergiversan dentro de los discursos estatales. Aspecto que alerta sobre los valores y órdenes creados, ya sea de manera histórica o a partir de crisis coyunturales, el fanzine fomenta nuevas forma de construcción de la memoria y medios de resignificación de lo censurado, para establecer disenso sobre el discurso y orden social Estatal naturalizado, y con ello, cuestiona los mismos procesos en los que se da origen al Estado como cuerpo administrativo poseedor del monopolio de la violencia. En este sentido, el fanzine adopta un pensamiento crítico respecto a los mismos modelos de violencia: ya sea violencia directa, estructural o cultural que están presentes en las comunidades sociales de hoy día, dando nuevos valores a esa verdad que ha sido impuesta por el Estado. Es así que el artista o poeta por medio de un acto de conocimiento sensitivo que proviene de una experiencia que marca no solo su existencia sino la de su estirpe, presenta su verdad desde medios no convencionales para la razón o el logos propiamente dicho, como un nuevo comienzo y resignificación de su identidad, todo con el propósito de lograr volver esa verdad visible y poder equipararla políticamente.

Conclusión

Las construcciones dialécticas de los diálogos platónicos tienen una gran influencia en la arquitectura del Estado actual. Abordar los Estados modernos desde esta óptica nos permite reflexionar respecto al deber ser político y ya no el deber ser del Estado, para analizar cómo la generalidad de los Estados modernos han tenido bases de aquella disrupción de lo político, de aquella censura antidemocrática platónica, y que hoy día varios Estados conservan. Sin embargo, esta censura ahora participa en cada entorno social, lo que nos obliga a repensar las bases de acción que pretenden cambiar lo establecido y resignificar las identidades, ya que en más de dos mil años de historia, las voces silenciadas se han multiplicado y cada vez más se integra a los opositores en un sistema que les arrebata su voz y su sueño de lograr ser tratados como iguales.

La verdad se debe entender no como un discurso único, sino que se debe resignificar desde la construcción de un relato conjunto a partir de la diversificación y retroalimentación, entre el litigio de dos grupos poblacionales, verdades oficiales y subalternas para la construcción de una verdad colectiva que corresponda a los hechos que sus ciudadanos y territorio han presenciado, un logos que tradicionalmente no fue reconocido dentro de esa lógica de la razón positiva, y corrompida por intereses de valor y acumulación en donde la conservación de este estatus ha significado una nueva forma de objetivizar la política y homogeneizar al demos, donde la población históricamente apartada no cuenta con esos instrumentos que les permitan la representación de los sin parte. Por eso la importancia de esta construcción de verdad a partir del arte: a partir del fanzine. Ya que desde la ruptura de la lógica del diploma se busca cambiar los ideales tradicionales de la filosofía política, de validez y legitimidad porque puede ir adoptando posición dentro del Estado y expresar, incluso, hacia la población más beneficiada una historia (pues su realidad política se encuentra viciada), un discurso que corresponde a aquellos considerados los sin parte, que bajo el objetivo de conservación e instrumentalización del Estado han sido llevados a un simple nivel burocrático y administrativo de ojos ciegos, oídos sordos y nula comprensión de su interior.

El fanzine como revista hecha por fanáticos, es un instrumento que permite la reproducción de saberes de cualquiera que desee expresarse. Pensamos que es una herramienta para que aquellas poblaciones olvidadas e históricamente apartadas, puedan ser escuchadas desde el arte y sin envidiar al conocimiento académico. Ya que el fanzine no cuenta con restricciones o mediaciones, la creación y la imaginación puede llevar a darnos, desde un poema hasta un dibujo, una comprensión distinta de una realidad que muchos apenas teorizan, una realidad que urge por ser escuchada y ser representación de aquellos que no han sido considerados individuos iguales, racionales y políticos. El fanzine se presenta no solo como la herramienta que permita escuchar la voz de quienes no la tienen, sino que permite el desarrollo político desde el desacuerdo, de aquel logos de una verdad decantada desde cada parte del territorio. El fanzine busca construir un relato que una y acoja de forma imparcial las discursividades disruptivas y en conflicto que son producto de territorios de violencia, dolor, olvido, y son invisibles: “Si no hay lo que querés, hacélo vos” (Gamarra J, Pires P, y Villalba M, 2009, p. 59).

Referencias

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