El ‛pisco’ de la historia de la pedagogía en Colombia

El ‛pisco’ de la historia de la pedagogía en Colombia

“El ‛pisco’ pa’l tema de la historia de la pedagogía en Colombia es Oscar de Jesús Saldarriaga”, dicen los intelectuales y colegas en tono cachaco al referirse a quien para ellos es el experto y gran estudioso de ese campo. Hoy, a sus 63 años, con bigote lineado y su boina bien puesta, señala que sus experiencias lo condujeron, casi sin darse cuenta y por azar, a convertirse en tal personaje. “En cierto sentido estaba escrito, las distintas conexiones de mi vida fueron marcando el camino”, dice.

Este hijo de padres paisas y el mayor de tres hermanos es oriundo de Boyacá. Por una fuerte malaria que le impidió a Oscar, su padre, ingeniero agrónomo, trabajar en zonas cálidas, la familia Saldarriaga Vélez empezó a transitar por zonas frías del país. Así, llegaron a Duitama, donde nació Oscar, a finales de los años cincuenta. Al poco tiempo se trasladaron a Pasto, lugar donde creció entre paisajes andinos, las colchas de retazos coloridos de las parcelas campesinas y un gran océano de trigales.

Allí, en la denominada Ciudad Sorpresa, al perseguir los pasos de su padre por los campos, en medio del frío, aprendió acerca de las variedades de papa, trigo y maíz, al tiempo que se fue enamorando de la investigación. “La palabra experimento me vino con él casi como la leche”, dice jocosamente al recordar aquella época y el legado silencioso que le dejó ese jovial agrónomo, cabeza paterna de los Saldarriaga. “Más que el agro, mi papá me transmitió el gusto por la observación detallada y juiciosa”.

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La unión de esta herencia con su propio carácter fue la raíz de lo que años más tarde le representaría un profundo cariño por la ciencia hecha con rigor y dedicación, pues su espíritu explorador apareció en él desde muy pequeño. Mientras los niños jugaban fútbol en una zona rocosa y desértica de Pasto, él quería escudriñar las montañas erosionadas, recuerda Jaime, su hermano menor. En uno de sus rastreos dentro de una cueva vio algo exótico, blanco, como una flor con púas largas. Corrió a invitar a papá y a mamá a que vieran tan suntuoso hallazgo. Al verlo, el grito alarmado de Martha Vélez, su madre, lo aterrizó: “¡Es un gusano!”. Y así pasaba su tiempo, de expedición en expedición, o leyendo durante horas.

Hoy, este historiador cuenta con más de cincuenta capítulos de libros a su nombre y tres libros acerca de la práctica pedagógica y sobre cómo se constituyó el sistema educativo de Colombia. En este momento, la Editorial Pontificia Universidad Javeriana tiene en prensa su tesis doctoral, un mamotreto de dos mil páginas sobre el papel de la filosofía católica enseñada durante cien años en la educación secundaria colombiana. Este interés llegó antes de que él mismo lo supiera.

Terminaba la década de los años sesenta, y abrazados por las arcadas gigantescas, los rincones oscuros y los patios adoquinados del Colegio San Francisco Javier, dos ejércitos de estudiantes se enfrentaban sin piedad, unos representando a Roma y defendiendo su bandera azul, y al otro lado los de Cartago, con bandera roja en mano. El fuego cruzado era un bombardeo de preguntas, las más rebuscadas, para corchar y así dar el golpe más fuerte. Quien ganaba tenía el privilegio de vigilar a toda la clase la semana siguiente. El goce y el dolor que le despertó esta experiencia de aprendizaje serían premonitorios para su camino como estudioso del pasado de la pedagogía, cuando las lecturas le revelaron que se trataba del mismo “sistema de decurias” inventado por los jesuitas en el siglo XVII.

Ya entrados los años setenta, y con la adolescencia andando, la familia se movió de nuevo, esta vez a Medellín, lo que le implicó vivir un salto en el tiempo. En un abrir y cerrar de ojos, viajó del siglo XVII al siglo XX, dice. Pasó de una vida deslumbrante en campos y montañas, aunque un tanto lúgubre, fría y colonial, de mucho temor a la autoridad, a una urbe agitada, de movimientos estudiantiles, actitud revolucionaria y el jipismo en furor. En sus palabras, “fue un aterrizaje a la modernidad”. A su llegada, en el Colegio San Ignacio, les hacían corrillo a él y a sus hermanos para oírles hablar pastuso, acento que con el tiempo parece haberse quedado en la armoniosa tierra de su infancia. Ahora su acento suena paisa.

Antes de entrar a la universidad, quiso incursionar en el noviciado, pero decidió dar rienda suelta a sus pasiones ―la literatura, el teatro y el arte― y desertó antes de pisarlo. Sin embargo, después de transitar entre amores y odios por su fe cristiana, le quedó una marcada espiritualidad que hasta el día de hoy lo identifica y que sigue explorando como un niño aventurero, pasando de su religiosa huella familiar al conocimiento y a la aplicación de los saberes indígenas en su vida.

Aunque le hubiera gustado ser literato, insiste en que no tenía la suficiente fuerza creativa para ser un novelista. Pero, en medio de sus conversaciones, no es difícil encontrar expresiones que denotan el alma de poeta que lleva dentro. Teatrero de profesión tampoco fue, aunque las tablas lo sedujeron por mucho tiempo. Al final, se fue por la historia y se graduó en la Universidad de Antioquia, pero con el arte al lado: “Mis estudios fueron: en las mañanas, historia y, en las tardes, teatro”. Ahora, las funciones en el escenario pasaron a ser una actividad que traslada a sus clases y que emplea para enseñar.

Dice que la vida misma lo fue llevando a decantarse por el estudio de la pedagogía, y, aunque no es fantasía, de por medio hubo mucha dedicación. Por casualidad se presentó, en 1979, a una convocatoria como monitor de un proyecto en la Facultad de Educación, en el grupo interuniversitario Historia de la Práctica Pedagógica en Colombia, fundado por los licenciados Olga Lucía Zuluaga y Jesús Alberto Echeverri, a quienes reconoce como sus maestros y formadores. El objetivo que perseguía este trabajo investigativo era estudiar la pedagogía del siglo XIX. Esto lo llevó a hacer maletas y arrancar para la capital, donde estuvo por tres años trabajando en la Biblioteca Nacional, rastreando documentación de archivo y fuentes impresas sobre el tema. En 1990 se vinculó al Departamento de Historia de la Pontificia Universidad Javeriana, donde es profesor titular de la Facultad de Ciencias Sociales.

Desde entonces, ha dedicado su vida a excavar y reconstruir detalladamente y a modo de rompecabezas la historia de los maestros en el país, entretejida con su ancestral interés por el lugar del catolicismo en nuestra sociedad. Su amigo y colega Rafael Reyes comenta que el trabajo de Saldarriaga, que se extiende por más de cuatro décadas, ha consistido en reivindicar el papel del maestro y su saber: “Él llega a preguntarse por qué ha sido subalterno este oficio y por qué la pedagogía siempre ha aparecido como un saber inferior frente al saber de la escuela. Leer su obra es ponerse los lentes para adentrarse en una realidad poco explorada”. Por todo esto, en el 2019 fue reconocido con el Premio Bienal como uno de los mejores investigadores de la Pontificia Universidad Javeriana.

Quienes conocen al profesor Saldarriaga saben de su solidaridad y de la conmoción que le despiertan la desigualdad, la vulneración de derechos y la extinción de saberes, así como de su emoción por las luchas de todos los que han sido históricamente marginados. En su papel de científico, muestra una profunda sensibilidad por la gente y la vida del maestro. “La pedagogía, además de ser un objeto de investigación fascinante y poderoso para leer la historia colombiana, se volvió un asunto personal. Esto de ser pedagogo es diferente a hacer historia de la pedagogía y yo represento las dos partes”.

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En la academia es minucioso, dice su amigo Reyes. “Destaca por su mística y la profunda honradez intelectual de sus textos, al punto de que le frustra la arrogancia académica”, asegura. Este buen conversador que es Saldarriaga, y también doctor en Filosofía y Letras de la Universidad Católica de Lovaina, fue uno de los participantes del Movimiento Pedagógico colombiano en 1982, que convocó a maestros, intelectuales y sindicalistas para manifestarse, a través del conocimiento, en torno al maestro como trabajador cultural y a la pedagogía como un saber de resistencia política.

Oscar de Jesús Saldarriaga es un referente que continúa robusteciendo el árbol histórico de la pedagogía en Colombia y, sin saber si es su realidad o su deseo, define su vida como un viaje hacia el amor y el conocimiento. Un viaje al que muchos jóvenes se han sumado para seguir sus pasos, y en el que otros más viejos admiran su trabajo.


Para leer más: Saldarriaga Vélez, O.; Sáenz Obregón, J. y Ospina López, A. Mirar la infancia: pedagogía, moral y modernidad en Colombia, 1903-1946. 2 vols. Medellín: Colciencias-Uniandes-Foro Nacional por Colombia-Universidad de Antioquia, 1997.
Saldarriaga Vélez O. Del oficio de maestro: prácticas y teorías de la pedagogía moderna en Colombia. Bogotá: Editorial Magisterio.
Saldarriaga Vélez, O., Nova et vetera: filosofía neotomista, educación y modernidad en Colombia, 1878-1930. Manuscrito en proceso de publicación.

 

                          

¡Ya circula la nueva edición! Con ustedes: Pesquisa Javeriana 55

¡Ya circula la nueva edición! Con ustedes: Pesquisa Javeriana 55

Para su edición 55, Pesquisa Javeriana reunió la visión de diferentes investigadores javerianos y sus aportes a la creación de conocimiento en distintas áreas. Desde el campo de la salud, respondiendo al interrogante de si los vapeadores son nocivos para el consumo humano, hasta cómo comprender los riesgos a la hora de realizar inversiones internacionales.

Algunas de las innovaciones que registra esta nueva edición de Pesquisa Javeriana se encuentran en procesos de solicitud de patente, lo que confirma el valor y rigurosidad de los proyectos desarrollados que tendrían un amplio impacto de llegarse a implementar.

Puede consultar todos los artículos de Pesquisa 55 haciendo clic aquí y, si lo prefiere, también puede leer la revista en su versión en PDF.

¿Quiere saber qué se encontrará en la nueva edición? Acá le contamos.

Editorial: Luis Miguel Renjifo, vicerrector de investigación de la Pontificia Universidad Javeriana, le da la bienvenida a esta nueva lectura explicando cuáles presiones puede haber detrás de la producción científica y cómo las buenas prácticas éticas y responsables de la comunidad garantizarían un conocimiento trascendente y transformador.

Creación Artística: en este artículo titulado Creaciones indígenas: mucho más que artesanías, descubrirá cómo acercarse a los procesos de creación ancestrales de distintas comunidades en Latinoamérica permitió hacer una reflexión sobre la descategorización y la forma en la que se concibe la producción artística indígena, ¿arte o artesanía?

Ciencia y sociedad: hasta la tabacalera Phillip Morris International confiesa que los vapeadores que fabrican pueden ser potencialmente peligrosos para los consumidores. En esta publicación, investigadores javerianos hicieron una revisión de más de 90 artículos que confirman una realidad: el cigarrillo electrónico es el enemigo oculto de los pulmones.

Innovación: un aislador sísmico hecho a partir de caucho recuperado y casas elaboradas con elementos reciclados. Estas dos innovaciones javerianas están en proceso de patente y plantean soluciones alternativas y a bajo costo en construcciones sostenibles.

Ciencia profunda: ¿Qué se debe tener en cuenta a la hora de calcular riesgos de inversión?, un investigador javeriano explica en qué consiste y por qué podría ser beneficioso tener un portafolio diversificado en el que se consideren tanto los factores locales como los globales, una variable que podría determinar el éxito o pérdida después de invertir.

Informe especial: la identidad como resultado de un modelo de desarrollo económico de carácter extractivo. Una guerra por el territorio, los recursos y un conflicto que, como en otras regiones del país, no acaba en el Cauca. Vivir y resistir la violencia. Además, ¿Cómo hablarles a los más de 40 millones de colombianos que no han sido víctimas ni victimarios en la historia de la violencia colombiana? Allí puede estar la clave de una verdadera reconciliación.

Huellas: Óscar de Jesús Saldarriaga es un observador acucioso, muchos lo llaman “El pisco” de la historia en Colombia y es uno de los más grandes investigadores de la educación nacional. Desde 1990 está vinculado con la Pontifica Universidad Javeriana y ha reconstruido la historia de los maestros del país.

Novedades editoriales: conozca 4 nuevas publicaciones que hablan sobre memoria colectiva en el video universitario, cómo ha sido investigar durante la pandemia, el papel de Bogotá durante la Regeneración (1886-1910) y una mirada a las aplicaciones de investigaciones en sistemas de salud en Colombia.

El extracto de Susana

El extracto de Susana

A sus cinco años, Lorenzo Odone fue diagnosticado con una misteriosa alteración genética que afectó su desarrollo motor y cerebral. El pronóstico era fatal, a lo sumo dos años más de vida. Sus padres no claudicaron y le apostaron a la idea de un bioquímico que creó, pese a la cáustica crítica de la comunidad médica, un compuesto de ácidos grasos para capotear la progresión del mal: “el aceite de Lorenzo”, conforme lo bautizaron, no lo curó ni le restableció las facultades perdidas, pero le permitió vivir hasta los 30. El conmovedor caso fue llevado al cine y tendió sobre el tapete rojo el calvario que padecen miles de familias con un miembro aquejado por una enfermedad rara, y la urgencia de que la sociedad y la ciencia los tomara en cuenta.

Nadie a su alrededor ha estado enfermo, pero la bogotana Susana Fiorentino sabe lo que es tener el aliento curtido por decenas de batallas contra el establecimiento científico y clínico, por su férreo ímpetu de develar los secretos de las plantas y su potencial sanador. “Me tildaban de yerbatera profesional y durante muchos años me dijeron que era increíble que una inmunóloga como yo pretendiera tratar un cáncer a punta de yerbas, porque eso no tenía sentido”. Pero con su consistente trabajo de laboratorio ha querido quebrar, a cuentagotas, esa incredulidad, y su paciente convicción le ha permitido abrirse camino en una osadía: crear un fitomedicamento.

Su primer desarrollo es un extracto de dividivi, un árbol muy noble cuyas semillas demostraron ser eficaces para disminuir los tumores de cáncer de mama en ratones, activar su sistema inmune y ser agente antioxidante. En estudios clínicos de fase 1 en humanos, el dividivi mostró que era seguro, aunque falta ver si también tiene efecto antitumoral. El segundo es el anamú, un regulador excepcional del metabolismo tumoral a favor de su degradación y activador del sistema inmunitario, en modelos animales. Estas dos especies de plantas son las pioneras de su investigación (que incluye cerca de 90 artículos científicos, ocho patentes otorgadas y tres en trámite), pero en su reino floral ya hay 30 más en exploración y evaluación, gracias al más reciente premio que ella y su equipo de 15 científicos ganaron: 18 000 millones de pesos del programa Colombia Científica.

Su rebeldía y determinación destellaron desde que era adolescente, cuando canceló de tajo sus clases de canto en el conservatorio de la Universidad Nacional de Colombia, porque no soportó que sus padres, un argentino y una colombiana, la acompañaran. Ni su aguerrida y emprendedora mamá, ni su papá, un reconocido cantante profesional y promotor de artistas de la talla de Celia Cruz y de eventos musicales como el Festival del Tango, lograron que Susana continuara una carrera musical, pese a que su talento como soprano descollaba.

A los 16 años se graduó del colegio y se matriculó en Bacteriología en la Pontificia Universidad Javeriana, pese a la reticencia de sus papás, quienes pensaban que el futuro de su retoño sería el análisis de orina, sangre o materia fecal. A Susana tampoco le atraía esta idea, pero fue la ruta que halló para abordar lo que le interesa: entender cómo funciona la vida y qué hay en el interior de las cosas. Y la carrera fue un preámbulo para hacerlo, pero estaba muy lejos de sus expectativas investigativas. Aunque en séptimo semestre dudó de seguir, la culminó por orgullo y por la inspiración de uno de sus mayores guías, el inmunólogo Julio Latorre. Tras graduarse trabajó como investigadora del Hospital Infantil, al lado del también inmunólogo Francisco Leal, como profesora de inmunología en el Colegio Mayor de Cundinamarca y como asistente de otra mentora, la bacterióloga Nelly Susana Rueda. Con el apoyo de su mamá, también se lanzó al montaje de su propio laboratorio, dentro de una clínica privada en el norte de Bogotá.

Aunque fueron años de arduo trabajo, no dejó de cantar, y sobre el escenario del Hotel Cordillera, entonando sus amados tangos, conoció al hombre con el que formó su familia, para ella el cimiento y la brújula de su vida. Durante los ocho años de noviazgo viajó en 1984 a Buenos Aires a estudiar inmunoquímica y virología molecular (áreas que la habían conquistado y en las que aprendió sobre anticuerpos monoclonales junto a un pupilo del premio nobel César Milstein) y luego a Medellín, donde realizó su maestría en Inmunología en la Universidad de Antioquia, bajo la batuta de Luis Fernando García.

Regresó a Bogotá e ingresó de nuevo a su alma mater en calidad de docente e investigadora. No obstante, el apetito por un doctorado en el exterior la instó a presentarse a un programa de becas del Banco Interamericano de Desarrollo (BID). Año y medio después, resultó escogida y, junto con su marido, un administrador agropecuario oriundo de Barranquilla y con nacionalidad francesa, decidieron que el destino que mejor se acoplaría para los dos sería Francia. Entre 1992 y 1997 vivieron en la capital gala, donde ella desarrolló su doctorado en inmunología en la Universidad de París, él estableció una importadora de frutas exóticas, y ambos tuvieron a su primogénita, Valeria. La segunda venía en camino, pero nació en Bogotá, que ha sido el epicentro de la familia Barnier Fiorentino.

Susana reanudó labores en el laboratorio que hacía cuatro años había fundado en la Javeriana, pero más temprano que tarde tuvo que suspenderlas, porque la compañía de su esposo hacía agua, así que la familia en pleno se devolvió a París en 1999 para evitar el naufragio. Quería al menos pagarle al otrora Colciencias —hoy Minciencias— la beca de la que había sido beneficiaria, pero la respuesta fue “no queremos que nos pagues, e devuelvas pronto”, a sabiendas de que su conocimiento era mucho más valioso que el dinero. Quizá vieron en ella algo que había advertido su director de tesis doctoral, Jean Gerard Guillet: su naturalidad para visionar el trabajo científico y entender el campo de acción de cada proyecto. En eso coincide su amigo Hernán Jaramillo, ex subdirector de Colciencias, quien la conoció al calor de la discusión y la creación de estrategias y políticas de innovación, ciencia y tecnología para Colombia, esfera en la que ambos son muy activos.

Durante su segunda estancia en París, Susana forjó experiencia como investigadora en un laboratorio nuevo y en el Hospital Saint Louis. En ese tiempo, a ella y a su amigo biólogo Alfonso Barreto les surgió la intuición, basada en antecedentes etnobotánicos, de que todas las moléculas de las plantas —y no solo una, como suele focalizar la industria farmacéutica— interactúan de tal forma que podrían tener efectos sobre diferentes blancos de la célula tumoral y su entorno. Y cuando se devolvió definitivamente de Francia, en 2004, acogieron con firmeza esa línea de investigación que hoy da frutos contundentes y se consolida con la creación de la spin-off Dreembio. Aunque existen, los extractos desarrollados por el equipo que dirige Susana aún no se comercializan, en espera de superar estudios clínicos de fase 2 y 3. Según lo asegura la microbióloga y docente de química farmacéutica de la Universidad Nacional Lucy Gabriela Delgado, en el mercado hay distintos productos que se venden como fitomedicamentos, sin haber establecido una relación de qué tipo de molécula o compuestos generan qué tipo de efecto. Algunos pueden tener evidencia clínica, es decir, reporte de casos en los que se atribuyen distintas propiedades benéficas, pero “tener estudios clínicos, como lo ha hecho Susana, es el camino correcto e idóneo para tener certezas”.

Por su parte, el químico farmacéutico Guillermo Montoya, jefe del Departamento de Ciencias Farmacéuticas de la Universidad Icesi, asegura: “Su talante de buena investigadora es evidente. En el campo biomédico tiene mucha suficiencia y demuestra una gran capacidad administrativa y de gestión. Su laboratorio revela mucha fortaleza en temas inmunológicos y moleculares, dada su formación y trayectoria investigativa. Desconozco su solidez en temas técnicos químicos, como el control de los bioactivos y sus concentraciones en la fracción estandarizada, tan importantes como el conocimiento de la aplicación en salud, pero seguramente es un aspecto que trabaja con su equipo”, explica. “Susana toma el conocimiento ancestral y lo reivindica desde lo más avanzado de la ciencia y la investigación clínica para crear fitomedicamentos, sin violar ninguno de los códigos de la ciencia. Su trabajo es muy valioso, no solo por la inmunología aplicada con recursos naturales a través de la biotecnología, sino por su rigor”, afirma Jaramillo. “Ella le demuestra al país un camino de progreso sin caer en el falso dilema de conocimiento científico y sabiduría ancestral”, agrega.

Sin duda, una discusión mal habida que ha tenido eco junto con otro tonto divorcio: el de la ciencia y el arte. Para quien protagoniza esta historia, no puede existir tal si se entiende que el hombre es un ser holístico en el que confluye un universo de complejidades que, desde distintas orillas, se nutren y se complementan. Y esa convicción se plasma en su lienzo más íntimo: sus hijas, una matemática y la otra música. Susana, a quien a sus 58 años le sigue apasionando escarbar en terrenos vírgenes y fluir en la incertidumbre, transita por la ciencia y el arte como aquel tango que reza: “Uno busca lleno de esperanzas / el camino que los sueños prometieron a sus ansias. / Sabe que la lucha es cruel y es mucha, / pero lucha y se desangra por la fe que lo empecina”.

 

                             

El mensajero del agua

El mensajero del agua

Para los wayuu, los jagüeyes —esos pequeños depósitos de forma lacustre en los que se acumula agua lluvia— son un recurso crucial para abastecerse de agua. De allí les dan de beber a los animales, riegan los cultivos y preparan los alimentos. Cuando se secan, viene la de Troya: una guerra por la supervivencia que, antes de eso, ya es bastante retadora. Con buenas intenciones, llegan entonces carrotanques con el apetecido líquido para repartir entre los habitantes o llenar los reservorios.

Pero la cosa no es así de simple, porque sobre estos la comunidad tiene una visión mística: a los jagüeyes los habitan dioses que controlan la lluvia, la sequía y el arcoíris, y que garantizan el acceso y uso del agua. Es a Pulowi (su diosa) a quien le corresponde enviar a Juya’a (la lluvia).

De ese calado es la complejidad de la situación. De ahí que para Nelson Obregón, a estas alturas de la vida —tiene 52 años—, sea tan evidente que el problema del agua, aquí y en Cafarnaúm, no es científico ni tecnológico, sino ético y psicosocial, pues cualquier solución que altere una cosmogonía o una dinámica cultural no es sostenible, a menos de que sea consensuada. Esa convicción es la que ha venido tejiendo este cucuteño emotivo y carismático que encontró en el agua un amoroso pretexto para estudiar y comprender la vida. No en vano el perfecto matrimonio entre oxígeno e hidrógeno constituye el 70 % de nuestro cuerpo y de lo que contiene la tierra.

Encontrar ese camino y transitar por él no fue una decisión premeditada, sino un acto de la Divina Providencia. No podía ser de otro modo para este espíritu creyente, fervorosamente mariano. De pequeño fue un bachiller ejemplar de la Escuela de Varones número 21 de Guaimaral, el barrio popular de su infancia. Cuando llegó el momento de decidir qué carrera seguir —un privilegio al que accedió el menor de seis hijos—, lo único que atinó a escribir en el formulario de inscripción de la Universidad Francisco de Paula Santander fue “ingeniería civil”, pues tenía solo un referente: la imagen de su padre, un hombre humilde que transportaba material y equipos de construcción en su volqueta, y que solía estar rodeado de ingenieros. A esa sucesión de fotogramas en su mente se aferró con ilusión de conocimiento y progreso.

Su historia de consagración al estudio se repitió, pese a tantas limitaciones. Pero ese solo fue el abrebocas para un hombre que estudió con hambre —literal y figuradamente— no solo su pregrado, sino también su maestría en Ingeniería Civil con énfasis en Ingeniería de Recursos Hídricos y Ambientales, en la Universidad de los Andes. Bogotá lo sedujo rápidamente y esta ciudad terminó dándole todas las oportunidades, de la mano de lo que él llama, sin rodeos, ángeles: su coterráneo y compañero de andanzas, Óscar Robayo; su profesor de maestría, Mario Díaz-Granados; y su mentor de doctorado, Carlos Puente, son solo algunos.

Aunque la capital ha sido su cuenca, su primer viaje fuera del país resultó definitivo para conjurar en él esa visión holística y esencial que lo caracteriza. En 1993 aterrizó en la Universidad de California, en Davis (EE. UU.), sin pronunciar palabra alguna de inglés, pero con la intención de asistir al investigador Puente en un proyecto puntual como auxiliar de laboratorio, encargado de hacer modelamiento matemático y computacional. Combinó su trabajo con el aprendizaje del idioma a través de lecturas técnicas, cursos cortos, el brío mismo de la subsistencia y un lenguaje universal que le arranca pasiones: el fútbol. A punta de muchos partidos, este mediocampista que proclama su afecto por el “doblemente glorioso” Cúcuta Deportivo se ha granjeado decenas de amistades.

Aquella estadía prevista para un año se extendió por un lustro, dado su creciente apetito de saber. Puente, a quien considera como un segundo papá, lo animó a hacer el doctorado en Hidrología y lo sumergió en las aguas profundas de las Ciencias de la Complejidad. “Me enseñó lo que significa ser un Ph.D., un philosophical doctor. De entrada me dijo que la hidrología no era una ciencia y que si quería entender genuinamente la naturaleza debía estudiar su fundamentación. Tomé muchos cursos de física, matemática, termodinámica, fluidos, teoría del caos, turbulencias, entre otros, que no solo me sirvieron para entender mi entorno y cimentar el conocimiento desarrollado, sino para convertirme en un mejor ser humano, que, en últimas, es el objetivo de un doctorado”, relata Obregón, en medio de una oficina austera que revela su actual grado de desapego.

El problema del agua, dice el hidrólogo Nelson Obregón, no es científico ni tecnológico, sino ético y psicosocial. 

Con título en mano, lo esperaba una tentadora propuesta de trabajo en la Bahía de San Francisco, pero sintió el llamado del terruño. En 1998 regresó a Bogotá sin ninguna oferta laboral. No obstante, él, que juega con las car- tas abiertas y es un convencido del poder de fluir —como el agua—, pronto halló su lugar: la academia. En 1999 ingresó como profesor asociado a la Pontificia Universidad Javeriana y, un año después, la Universidad Nacional de Colombia también le abrió sus puertas.

En la Javeriana, donde ya completa 21 años de trabajo ininterrumpido, ha tenido sus mayores logros: liderar la creación y dirigir la Maestría en Hidrosistemas, el Doctorado en Ingeniería y el Instituto Javeriano del Agua (IJA), un centro de investigación y pensamiento concebido para generar, articular y transferir conocimiento en torno a la gestión de este recurso vital, bajo una visión multidisciplinaria que integra proyectos de consultoría e investigación en sistemas socioecológicos, seguridad hídrica, ecosistemas y biodiversidad, aprovechamiento, conservación e infraestructura sostenible del agua, y que para ello se vale de la capacidad de las 18 facultades del alma máter.

Estos son sus tres hijos institucionales —como los llama—, aunque no los únicos. Además de otros tres de su entraña, tiene muchos hijos académicos. Aparte de los cientos que han pasado por su aula durante el pregrado, ha liderado más de 60 tesis de maestría, tanto de la Javeriana como de otras universidades, y 14 de doctorado, algunas en disciplinas distintas de la ingeniería.

Más allá de los registros de su hoja de vida —seis premios, cocreador de dos softwares, coautor de cinco libros y 53 artículos, entre otros— son sus alumnos los que le hinchan el corazón cuando piensa en un legado. Su pupila Paula Villegas asegura que “su facultad de acoger muchas áreas de estudio e integrar múltiples herramientas de trabajo me cambió mucho la mirada y la forma de resolver problemas. Es sereno, asertivo y con muy buen sentido del humor; un verdadero tutor que inspira”. Francisco Guerrero, quien fue estudiante suyo en maestría, agrega: “Una de las cosas que más recuerdo de él es esa manera que tiene de mezclar filosofía con sabiduría popular para crear una suerte de píldoras para la memoria. Una de ellas era ‘para un gallo fino siempre habrá otro gallo más fino’, con la que pretendía inculcarnos estar siempre vigilantes de nuestro ego, o ‘es más importante que el doctorado pase por usted que usted pase por el doctorado’”.

Nelson Obregón lleva más de 21 años ininterrumpidos como profesor e investigador de la Pontificia Universidad Javeriana, liderando proyectos como la Maestría en Hidrosistemas y el Doctorado en Ingeniería.

Aunque desde hace unos meses dejó de dictar clases en razón de su compromiso con el IJA, desde hace unos años Obregón se piensa a sí mismo como un profesor integrador, aquel que construye los puentes de unión del saber para poner de relieve las conexiones intrínsecas del universo. Lo conmueve tanto ese propósito que hace más de una década tomó dos decisiones aparentemente mundanas, pero para él trascendentales: no usar celular y despertarse todos los días a las dos de la mañana para pensar. “Me encanta la tecnología y hasta he dictado cursos de inteligencia artificial, pero pienso que los celulares han generado una gran despersonalización de las relaciones y han puesto en jaque una condición humana excepcional: el placer de pensar”. Ese es su mecanismo para cultivar la sabiduría de las personas y los hechos a su alrededor, y aportarles su cosecha a las comunidades y a los territorios: el lugar donde hoy está su corazón.

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Maryluz se escribe con “M” de maestra

Maryluz se escribe con “M” de maestra

Escuchar a Maryluz Vallejo es, hasta cierto punto, peligroso. Si en el interlocutor existe interés en la literatura, la historia y el periodismo, lo más probable es que de manera sutil —como actuaría un veneno refinado— se apodere de la víctima un deseo de saber más sobre los temas de los que ella habla, de leer los libros que ha leído, de salir a gastar suela en las calles de la ciudad en busca de una historia que contar… ¡Pero no de cualquier manera!, sino a través de una crónica. Hay pruebas que indican que, incluso, hubo en quienes operó el deseo inevitable de recluirse en una hemeroteca para hacer una tesis sobre algún protagonista de la historia del periodismo nacional.

La pasión de Maryluz por el periodismo, la literatura y la investigación —sin caer en la vana exageración— es contagiosa. Sus más de 25 años de docencia, transcurridos entre la Universidad de Navarra, la Universidad de Antioquia y, sobre todo, la Pontificia Universidad Javeriana, dejan un sinnúmero de profesionales que en su diario ejercicio ponen en práctica las lecciones aprendidas con ella. “Como profesora es absolutamente encantadora porque logra que uno se enamore de los temas, pero a la vez es extremadamente exigente. En eso radica su genialidad”, comenta Juan Pablo Calvás, editor de W Radio.

Hoy en día sus aulas trascienden las de la Javeriana. Podría decirse que se extienden a las salas de redacción de los medios del país entero, pues su trayectoria investigativa, su producción intelectual y criterio la han convertido en una experta del oficio, autorizada para dar luces sobre qué es y cómo se hace el periodismo de calidad. De hecho, ha sido parte del jurado del Premio Nacional de Periodismo Simón Bolívar durante los últimos cinco años. ¿Cómo llegó a ese punto?


Instrucciones para comprender a Maryluz

Como primera medida, determine si algunos de los siguientes apellidos le son familiares: Carver, Cheever, Fallaci, Kapuściński, Orwell, Cortázar… En caso de que le sean ajenos, preocúpese, porque la primera y más relevante instrucción para aproximarse a la sensibilidad de esta mujer es ser un ávido lector y disfrutar el tacto de los libros y periódicos impresos. Ella es, ante todo, lectora.

Desde niña leyó en compañía de su abuela, de quien heredó el gusto por la lectura de los suplementos culturales de los periódicos. Desde entonces la literatura ha sido su pasión. Y habría estudiado literatura, de no ser porque en Medellín, su tierra natal, no existía la carrera. Así que como ‘atajo’ hacia ese mundo novelado y ensayado se inscribió en Comunicación Social y Periodismo, en la Universidad Pontificia Bolivariana.

Fue en esa época cuando aprendió a escribir con los 10 dedos. “Cuando pasé a la Universidad me dije: ‘¡cómo no voy a escribir rápido!’, entonces me compré un método de mecanografía y mi máquina Olivetti. Fueron horas y horas de ejercicios, porque cuando digo que voy a hacer algo, lo hago”. Esta anécdota refleja otro aspecto fundamental de su modus operandi: la disciplina unida a la perseverancia.

Otro buen ejemplo de ese rasgo fue la manera en que consiguió su primer trabajo en el periódico El Mundo, del que admiraba su espíritu progresista. Antes de graduarse iba allá a hacer los trabajos, y no solo eso, iba también en las vacaciones a trabajar en lo que le ofrecieran, desde secretaria hasta todera. Al graduarse, aunque ya la conocían, le hicieron presentar unas pruebas y, finalmente, la contrataron. Pronto pasó a la sección cultural y terminó como editora del suplemento, su sueño.

En ese momento el director del periódico era Darío Arizmendi, que daba lecciones en cada consejo de redacción. También tuvo excelentes jefas y editoras, todas mujeres. Recordar sus aprendizajes en la sala de redacción la lleva a analizar un tema delicado en los medios actuales: están dejando de contratar editores. “En la universidad, a los estudiantes les damos herramientas, pero ellos deben seguir formándose en las salas de redacción porque el criterio se forma en el día a día, en la práctica. Y los medios están ahorrándose a los editores”, comenta. La consecuencia más grave —advierte— son los errores y, en suma, la falta de calidad en la información.

Maryluz H C


Docencia y viajes en el tiempo: hallazgos en el Viejo Mundo

Maryluz descubrió en España que era buena para la docencia. Se fue becada con el Programa de Graduados Latinoamericanos (PGLA) de la Universidad de Navarra, en Pamplona, y escribió una tesina sobre criterios de edición de suplementos literarios. Allí se quedó haciendo el Doctorado en Ciencias de la Información, con una beca de profesora ayudante y, por primera vez, exploró esta faceta, rol que no dejaría de ejercer en adelante. Enfocó su tesis doctoral en un tema que publicó en un libro titulado La crítica literaria como género periodístico, obra que, hasta la fecha, sigue siendo consultada.

Su voraz curiosidad intelectual se potenció allí, cuando descubrió que podía emprender viajes al pasado desde un lugar solitario llamado hemeroteca, en el que reposan revistas y periódicos, y que en la Universidad de Navarra estaba ubicado en el sótano. Allí pasó cerca de un año, leyendo periódicos viejos para documentar la tradición de la crítica literaria española. Su recién adquirida pasión por los viajes en el tiempo sería determinante en su posterior trayectoria investigativa y académica.

Tras cinco años en el Viejo Mundo regresó para cocrear y dirigir la primera especialización en Periodismo Investigativo, en la Universidad de Antioquia, de la mano de uno de sus grandes maestros: el periodista Juan José Hoyos. “Tuvimos a reconocidos periodistas, como Javier Darío Restrepo, Arturo Alape, Alberto Donadio y Germán Castro Caycedo. Ahí empezó mi faceta de gestora”, recuerda.

Hoyos dictaba Historia del Periodismo en Colombia durante el Siglo XIX, y ella debía encargarse de la del siglo XX, pero esa historia no estaba consignada en ningún libro, al menos con una mirada crítica, así que se dedicó a investigarla en las hemerotecas. “La misma fascinación que sienten los científicos con sus microscopios al observar pequeños organismos vivos la siento yo observando estos organismos muertos que son los periódicos”.

La historia del periodismo colombiano ha sido, desde entonces, una línea de investigación permanente en su vida. De ahí nace su libro A plomo herido, que es “una historia política y sociocultural del periodismo escrito en Colombia —desde 1880 hasta 1980— contada a manera de crónica”, como explica en el prólogo de su obra, considerada de consulta obligada en las escuelas de periodismo.

La historia del periodismo colombiano fue el tema de uno de los primeros cursos que dictó en la Javeriana, cuando llegó a dirigir el campo de Periodismo de la Facultad de Comunicación y Lenguaje, en 2001. Para ella, los estudiantes tienen que conocer la tradición periodística en la que se insertan y sentir orgullo por su profesión al reconocer que el periodista, por definición, es un intelectual.

Otros cursos con los que ha hecho escuela en estos años y que han derivado en investigaciones propias y de los estudiantes han sido los de periodismo de opinión, periodismo cultural y teoría de la argumentación.

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Directo Bogotá
: referente de la crónica urbana

En tiempos en que resulta difícil mantener vivo un medio de comunicación, Maryluz ha participado de la fundación y ha dirigido dos medios universitarios de periodismo urbano que aún palpitan: De la Urbe, nacido en la Universidad de Antioquia, y Directo Bogotá, de la Javeriana, que a la fecha cuenta con 64 ediciones. En Directo Bogotá —tanto en la revista impresa como en la plataforma digital— tienen cabida la cultura popular, personajes cotidianos de bajo perfil, historias que narran la ciudad oculta y las distintas tendencias artísticas.

Por sus páginas han pasado multitud de estudiantes que hacen parte de la escuela de Maryluz. “Con Directo, en las primeras clases, ella te enseña la importancia de la reportería. Es muy cuidadosa en la forma de enseñar el uso del lenguaje de la crónica, también nos insistía en la consulta de distintas fuentes”, recuerda María Mónica Monsalve, expupila, hoy periodista de El Espectador. “Lo que más me enorgullece es haber dejado una escuela, que es un estilo y una manera de narrar con buena prosa y sentido ético”, comenta la maestra.

Entre sus más recientes retos está el diseño de la nueva Maestría en Periodismo Científico, que se iniciará en 2020. Pero mientras inicia esa nueva etapa, ella continuará avanzando en sus pesquisas sobre la historia del periodismo ambiental —línea de investigación de la maestría—, al tiempo que dicta clases, asesora tesis, caza gazapos en Directo Bogotá antes de su publicación, comenta un libro en un evento, escribe una crítica literaria para una revista, ve noticieros, avanza en la redacción de un libro, hace recortes de periódico para su colección personal y para los estudiantes… Y, en medio de sus múltiples proyectos, saca tiempo para las tareas domésticas y pasear a su mascota, ir a cine, ver alguna serie de Netflix, chatear con su hija ―que estudia en el exterior―, regar las matas y cultivar sus amistades, “mi línea de investigación favorita”.

Elizabeth Hodson, una científica sabia

Elizabeth Hodson, una científica sabia

A Elizabeth Hodson de Jaramillo le encanta jugar solitario en el segundo piso de su casa, en un estudio que tiene un televisor pequeño y unas fotografías familiares colgando en la pared. Le encanta porque es de un solo jugador, porque puede ver televisión mientras lo hace ―el televisor y ella― y porque puede pasar horas y horas moviendo las cartas ―el tiempo y ella―, sin afanes, reflexionando.

Sin embargo, lo que más-más le encanta de jugar solitario es que el juego se parece a su vida o, bueno, a lo que ella ha hecho en su vida como científica e investigadora, como fisióloga vegetal: a partir de un problema (un manojo de cartas desorganizadas, por ejemplo) encuentra, paso a paso, pacientemente, un orden lógico y una solución: disponer en cuatro grupos las cartas organizadas por color, signo y valor, por ejemplo, o transformar genéticamente las plantas para mejorarlas, o solucionar la falta de investigación científica en una universidad como la Pontificia Universidad Javeriana en los años 80, por ejemplo.

Es la menor de tres hermanos. Su papá era un ingeniero metalúrgico inglés que vino a Colombia para incentivar la industria del acero en el país, y su mamá era una traductora oficial colombiana. En las comidas todos se reunían y hablaban de las noticias del día: que el presidente de Estados Unidos hizo, que el gobierno colombiano dijo, que aquel científico inventó tal cosa. Los papás les hacían preguntas a sus hijos, los incitaban a resolver problemas y a argumentar sus respuestas. Hablaban de Leonardo da Vinci y de Marie Curie: los personajes favoritos de Elizabeth.

A los 15 años terminó el colegio, entró a la Pontificia Universidad Javeriana, y aunque quería estudiar ingeniería química ―que la Javeriana no ofrecía―, se inscribió a Bacteriología porque era la única carrera con cupos. Allí hizo la práctica hospitalaria y no le gustó nada: la sangre le olía a diablos. Pero le encantaba la bioquímica ―“¡Les daba sopa y seco a todos!”, cuenta Jorge Jaramillo, su esposo―, y le encantaba el laboratorio de investigación y los análisis, o sea, los microorganismos, entre ellos las bacterias, que bajo el lente del microscopio hablan de la vida, así como las estrellas, arriba, hablan del universo.

Un semestre empezó a ver clase con una ‘gringa’ sobre investigación en bioquímica y ella la recomendó para un trabajo en el Instituto Colombiano Agropecuario (ICA). Allí descubrió la fisiología vegetal y la complejidad de las plantas:

“¡Miércoles! Y entendí cómo funcionaban. Entendí sus sistemas de supervivencia, los mecanismos que tienen para protegerse, sus pelitos, cómo atraen a los animales… ¡Y todo estando amarradas!”, dice, y mientras lo hace, los dedos de sus manos se entrelazan y mueve los pulgares en círculo, rápidamente: el movimiento representa las idas y venidas de sus pensamientos. Elizabeth es muy enigmática, reservada y racional, y su vida la narra de la misma forma: objetivamente, desde lejos y con mucha mesura.

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En el ICA era investigadora asistente en fisiología vegetal. Luego se casó, se fue a vivir a Belencito, en Boyacá, y trabajó como profesora en la Facultad de Agronomía de la Universidad Pedagógica y Tecnológica de Colombia, en Tunja. Después de un par de años volvió a Bogotá, donde finalizó su maestría en Fisiología y Genética Vegetal en el ICA-Universidad Nacional, investigando los metabolismos de las plantas y estudiando los factores de resistencia de las papas a las heladas.

“Ay no… Yo he hecho muchas locuras”, confiesa. Todos los días cogía un bus que la llevaba de Sogamoso a Tunja, se sentaba en el puesto del copiloto y chismoseaba con el conductor. Todos los días hablaba con los campesinos de la región sobre sus cosechas y productos. Todos los días les hablaba a las plantas para saber cómo estaban, cómo se sentían, cómo crecían y cómo se llevaban con sus plantas vecinas.

En 1973 nació su hijo, se graduó de la maestría y empezó a trabajar en la Universidad Nacional de Colombia, en la carrera de Agronomía. Allí, un día, Julio Latorre, director del Departamento de Ciencias Biológicas de la Pontificia Universidad Javeriana, se la encontró y le preguntó que qué hacía ahí: la invitó a trabajar en la universidad.

“Y llegué a la Javeriana a abrir el panorama para la microbiología”, dice Elizabeth, orgullosa, con una sonrisa.

Jairo Bernal Parra la conoció a principios de los años ochenta cuando ella entró bravísima a su oficina en la Vicerrectoría Académica, en la Pontificia Universidad Javeriana, y le reclamó por qué no le habían aprobado una plata para unas investigaciones. Él hizo un par de llamadas, habló con algunos funcionarios y solucionó el problema. Luego le preguntó si quería un café, le ofreció un cigarrillo y hablaron sobre el laboratorio de biología vegetal, que en ese entonces dirigía Elizabeth, y sobre las investigaciones que desarrollaba.

“El trabajo lo hacía con las uñas”, recuerda Bernal. En esa época él era el asistente del vicerrector académico Agustín Lombana Mariño, y era el encargado de la conformación de un comité ―lo llamaban, entre chistes, el “comité de locos”― que pretendía impulsar la investigación en la Javeriana. Le propuso a Elizabeth que hiciera parte y ellos, junto a otros investigadores, evaluaron, presentaron, publicaron, fomentaron y financiaron proyectos de investigación en toda la universidad.

“Elizabeth era un modelo en eso… Ella era muy buena formando equipos y grupos de investigación. Conseguía becas y financiación… ¡Ella hacía investigación en serio!”, cuenta Bernal, entusiasmado. Y concluye: “¡Ay! ¡Trabajamos muy rico!”.

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Desde su llegada a la Pontificia Universidad Javeriana se dedicó a mover cartas. Fundó el grupo de investigación en biotecnología vegetal y fue la pionera en la creación de la Unidad de Ecología y Sistemática (Unesis), de la Unidad de Saneamiento y Biotecnología Ambiental (USBA) y del laboratorio de cultivo de tejidos, el de manejo de semillas y el de agrobiotecnología. Abrió el panorama de financiación del departamento a través de apoyos de Colciencias, del Centro Internacional de Investigaciones para el Desarrollo (Canadá) y de la Unión Europea. Buscó y consiguió los recursos para la creación del edificio Jesús Emilio Ramírez, donde se construyeron los laboratorios de biología de la universidad, el primer paso para la modernización de la investigación en el Departamento de Biología.

“Ella marcó un corte importante en la Facultad de Ciencias… Los cambios desde finales de los 80 y hasta principios del nuevo siglo tienen un nombre: Elizabeth”, dice Sandra Baena, una de sus pupilas más queridas y hoy en día profesora asociada de la universidad, en la Facultad de Biología.

“Ella era muy buena… ¡Era durísima! Todos los estudiantes le teníamos pánico: era muy exigente y desbarataba todos los informes de laboratorio: no aceptaba errores en la presentación, pedía claridad en las ideas y organización, rigor científico, rigor en las palabras, tener pensamiento claro y saber defender los proyectos. Y todo en un contexto de respeto, sin salirse de las casillas”, cuenta Baena.

Durante mucho tiempo la vida de Elizabeth ha estado en “ modalidad sándwich”, como ella misma llama eso de trabajar y trabajar. En una época su “dieta laboral” estaba dividida en la dirección del programa de biotecnología vegetal en la universidad, en sus clases, en la coordinación de su grupo de investigación ―además de liderar la investigación científica en la universidad, en general―, en su doctorado en Fisiología Vegetal ―en la Universidad de Nottingham (Reino Unido)― y en su trabajo de investigación, en el que manipuló genéticamente plantas de Passiflora edulis (que da las maracuyás) para hacerlas resistentes a un virus que estaba afectando la producción de algunos agricultores del país.

En otra época su dieta se dividía en la coordinación del Programa Nacional de Biotecnología de Colciencias, sus clases en la universidad, su nombramiento como miembro correspondiente de la Academia Colombiana de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales, y su participación en el ad hoc technical expert group en evaluación y manejo de riesgo del Protocolo de Cartagena en Bioseguridad, del Convenio de Diversidad Biológica (CDB).

Hace unos años ―he aquí el postre― fue declarada profesora emérita de la Facultad de Ciencias de la Pontificia Universidad Javeriana y, en 2018, ascendió a miembro de número de la Academia de Ciencias, lo que le significa dejar de ser un 10 de tréboles y pasar a ser un as de tréboles en la historia de la ciencia del país.

Fred, la mascota de Elizabeth Hodson de Jaramillo, tiene sofá propio y se comporta como el rey de la casa.
Fred, la mascota de Elizabeth Hodson de Jaramillo, tiene sofá propio y se comporta como el rey de la casa.

Sin embargo, después de todas las partidas, para Elizabeth no hay siesta. Hoy en día es uno de los 17 miembros de la Comisión Mundial en Ética del Conocimiento Científico y Tecnología de la Unesco (Comest, por su sigla en inglés) ―la única latinoamericana―, fue nombrada como uno de los 47 miembros de la Misión de Sabios, y es una de las personas que más impulsa la bioeconomía en Latinoamérica a través de investigaciones, publicaciones y proyectos piloto en regiones de Colombia.

“Yo no puedo quedarme quieta. ¡Uy no, qué pereza! A mí me toca moverme porque no me gusta la monotonía. Al final mi objetivo de verdad es sentirme útil… Y llámeme egoísta, pero quiero que me recuerden con gratitud y con una gran sonrisa, que digan ‘¡uy, qué vieja tan loca!’… Yo quiero dejar huella, pero no unas huellas tiesas, no, no, no, quiero ser una de esas huellas en movimiento, las que se les ven los pasos”, mira la mesa y coge una uchuva. Se come una mitad y la otra la sostiene entre sus dedos:

“Una solanácea. Mírela cómo es de linda”, la señala y se ve el centro circular con esa suerte de riñones a sus lados, con colores amarillos y naranjas brillantes. Unos puntos rodean por capas el fruto desde el centro hacia afuera.

Elizabeth se come la otra mitad de la uchuva: “¿Algo más? Tengo que terminar de preparar un arroz de leche para una reunión”.

Así recordamos a Javier Maldonado

Así recordamos a Javier Maldonado

La sonrisa del profe Javier

Su sonrisa se amplió tan pronto escuchó la pregunta y sus ojos brillaron con la misma luz con que, de niño, corría al río. En unos segundos, Javier Maldonado, el académico, el científico de peces, el doctor en zoología, volvió a correr por las riveras de su natal Ubaté. En la memoria reprodujo los pastizales y el viento frío que venía de la cordillera, y volvió a verse metiendo las manos en las aguas de los ríos de la Sabana de Bogotá: intentaba cazar un par de peces pequeñitos que nadaban en abundancia. “Desde chiquito estaba familiarizado con las guapuchas”.

Aquel día habíamos pasado toda la mañana por varios pasajes de la Sabana. Salimos rumbo a Boyacá, seguimos el curso del río Bogotá y en un paraje nos detuvimos. “Aquí está bien. En esta zona hemos encontrado varios especímenes y el agua está limpia”, nos dijo a Felipe Abondano y a mí, los reporteros de Pesquisa Javeriana. Un par de minutos después, su equipo de trabajo, todos estudiantes, nadaban en el agua buscando a la guapucha: un pez de no más de 10 centímetros, plateado, descrito por Alexander von Humboldt en los días de su aventura neogranadina y una de las pocas especies endémicas del río al que la capital y el país le han venido restando todo valor.

Más tarde, en el laboratorio, nos mostró cómo lucía la guapucha y nos dio instrucciones para diseccionarlo: nunca con órdenes ásperas o frías, nos enseñaba en medio de risas y bromas. Así nos contó por qué, después de muchos años de haberlo pescado, de estudiar a profundidad su taxonomía, de irse hasta Brasil para entender todo de su especie y de las otras miles que surcan los ríos colombianos, había regresado para continuar estudiándolo: “Se habían hecho estudios de biología básica de la especie, pero no a profundidad”, nos contó, y ese era su afán, estudiar todo lo posible para evitar su desaparición, para que los niños del futuro lo vieran nadando por los ríos de la Sabana: “Eso permitiría generar estrategias de conservación dirigidas, con información certera”.

No fue la única vez que lo vi. Él aparecía en video atravesando el río Magdalena en lancha, asombrado al oír el sonido de un mono aullador; o en una foto, bajo un cielo lleno de estrellas y junto al río Amazonas, tomando nota de todo lo que iba redescubriendo. O en una de las cafeterías de la Javeriana, compartiendo un tinto junto a su adorada Mariana, mi amiga, contando cómo, en la siguiente travesía, irían a aquellos pueblos ribereños cuyo nombre han olvidado los mapas, para enseñarles a los niños a proteger los peces, a preservarlos, a conocerlos, para convivir con ellos el día en que sus manos remonten las mismas aguas.

Nunca vi clases con él, pero del profe aprendí que uno siempre aprende de lo que más ama. Y que es una obligación pasar ese conocimiento a alguien más, porque la vida, y esta es una verdad que duele, es corta. Pero hay que hacerlo, siempre con la esperanza de que se está construyendo un mundo mejor.


David Mayorga
Editor web de Pesquisa Javeriana

Javier Maldonado supervisando la recolecta de guapucha. / Felipe Abondano.
Javier Maldonado supervisando la recolecta de guapucha. / Felipe Abondano.

 

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Los ríos de Javier Maldonado

Nano, como le decían sus amigos, colegas y familiares, nació en el Valle de Ubaté y desde niño generó un vínculo especial con los ríos y los peces del altiplano cundiboyancese. Sin embargo, su gusto por estos pequeños nadadores se afirmó al graduarse como ecólogo de la Pontificia Universidad Javeriana, especialmente tras encontrar en la evolución de la historia natural y la ecología su motivo para acercarse a estos intrigantes vertebrados.

Él siempre brilló con luz propia y su risa, esos dientes blancos moviéndose a carcajadas, sí que eran contagiosos, pero no más que su nobleza y esa infinita vocación de servicio a los demás. Javier siempre fue oportuno, equilibrado, un hombre que se entregaba en cuerpo y alma a su mayor pasión, los peces, y a su profundo e intenso amor Mariana Moscoso. Ambos compartían el gusto por estas especies, por reafirmar la identidad de estos animales en las comunidades y evidenciar su relación con la cultura de cada región a la que visitaban con su proyecto personal: Ictiología y cultura.

“En la medida en que cada vez seamos más conscientes de nuestra historia, de nuestro patrimonio material e inmaterial, de los desafíos y amenazas sobre el ambiente, sobre nuestros ríos y la vida que confluye con sus aguas, sobre la interpretación de la vida desde múltiples legados socio-culturales, habrá una nueva forma de relacionarnos con nuestro entorno, de valorarlo, de cuidarlo y de dialogar con él”, son las palabras con las que Javier nos dio la bienvenida para navegar su proyecto, en las historias de peces que escribía con cada salida a campo.

Nano, ese hombre de mente brillante, memoria prodigiosa y carisma incalculable, se robó nuestro corazón; dejó una impronta invaluable en nuestros recuerdos y, sobre todo, el legado de encontrar en los relatos de pobladores e investigadores la clave para entender la gigantesca riqueza de peces que habitan en las cuencas hidrográficas de Colombia.

Recuerdo su generosidad como un don invaluable. Hablar con él sobre sus investigaciones era un viaje directo a los ríos amazónicos; escuchar atentamente sobre sus expediciones era el motor para seguir narrando ciencia, y encontrarlo entre los pasillos con una sonrisa de oreja a oreja, la huella en mi memoria de un hombre dispuesto a compartir su conocimiento con alegría.


Daniela Vargas Nieto
Periodista de Pesquisa Javeriana

Javier Maldonado (primer plano, izquierda), durante una de sus expediciones al Amazonas. / Cortesía.
Javier Maldonado (primer plano, izquierda), durante una de sus expediciones al Amazonas. / Cortesía.

 

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“Disfruten del paisaje”: Javier Maldonado

En medio de la confluencia, donde el río Carare desemboca en el Magdalena, falló el precario motor de la embarcación que dos pescadores de la zona pusieron a nuestra disposición para desplazarnos entre las comunidades. Silenciado el motor, los sonidos de la naturaleza aparecieron: el viento, las olas golpeando suavemente contra la embarcación, las garzas alimentándose, los patos alzando vuelo, pero sobre todo el intenso sonido de la nada en medio de una de las tantas selvas tropicales de Colombia. Lejos se escuchaba la conversación entre los pescadores buscando la solución al problema del motor. Esta calma se fue tornando tensa porque la corriente del río comenzó a arrastrar sin rumbo la lancha. “¡Tranquilos!, disfruten del paisaje”, fueron las palabras de Javier Maldonado para serenar la angustia que comenzaban a sentir los pasajeros. Así era Javier, un hombre que con su experiencia observaba la belleza natural en medio de las adversidades.

Y esa experiencia siempre la compartió. Nunca dejó para sí mismo el conocimiento que adquirió durante sus años de estudios académicos y trabajo de campo. Su interés de llevar la ciencia fuera de las aulas, donde realmente pudiera tener un impacto social, lo llevó a recorrer y conocer los rincones más profundos de nuestro territorio, rincones que habitan muchas comunidades que llevan hasta dos años sin ver a un profesor que guíe, forme y eduque a sus familias. Javier fue un hombre que decidió no tener hijos para entregarse a la ictiología y la cultura, para ayudar a encontrar el equilibrio entre naturaleza y comunidad a lo largo y ancho de los ríos que atraviesan nuestro territorio.

Por todo esto, nuestro Javier Maldonado fue, es y será el arquetipo del científico altruista, el abanderado de la apropiación social de conocimiento.


Diederik Ruka
Comunicador de Pesquisa Javeriana

Maldonado durante una de sus clases en el Magdalena Medio. / Diederik Ruka.
Maldonado durante una de sus clases en el Magdalena Medio. / Diederik Ruka y Ximena Montaño.

 

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Mis proyectos con Javier Maldonado

Me negué a hablar en pasado sobre Javier desde que supe del accidente. Tuve la esperanza hasta último momento de que había llegado a la orilla del río Vaupés, el mismo que se lo llevó.

Javier murió en su ley, rodeado de la especie que más estudió. Sus peces nos lo arrebataron, quizá desde hace más de dos décadas, por las horas que les dedicó en su laboratorio, en sus clases, en su casa, en su oficina, en sus viajes. A él le gustaban los peces de agua dulce y por eso nunca dudó en meterse a los ríos para conocer sus costumbres, sus colores, sus aletas, sus ojos, el estado de sus poblaciones, cómo se relacionan las comunidades indígenas, campesinas y los pescadores con ellos.

El más solidario con la causa de la divulgación de la ciencia, el más interesado en contarles a las comunidades donde trabajaba sobre sus hallazgos, pero también en escribir artículos en revistas científicas para que los resultados de sus investigaciones llegaran a sus colegas de todo el mundo. El más sorprendido cuando tuvo la oportunidad de viajar al Amazonas en el avión presidencial para sellar, de su puño y letra, al lado del propio presidente Juan Manuel Santos, el compromiso colombiano para investigar las especies del Amazonas. Según él, del Amazonas colombiano poco se sabe y el proyecto Amazon Fish, en el que participan los países amazónicos, Francia y Bélgica, es la plataforma ideal para impulsar el conocimiento. Por eso también viajó todo el semestre pasado a Francia, para continuar trabajando con sus colegas internacionales y organizar salidas de campo, metodologías, hipótesis y proponer resultados esperados.

Con Javier tuve la oportunidad de dictar durante varios semestres la cátedra de Periodismo Científico, ofrecida por las facultades de Comunicación y de Ciencias de la Javeriana a todos los estudiantes de la universidad. Una cátedra donde científicos y periodistas se unen para producir diferentes formas de contar la ciencia a públicos que pueden ser niños, tomadores de decisión, campesinos. Donde los futuros periodistas comienzan a tener en cuenta una fuente de información diferente y conocen el mundo de los científicos, y donde estos últimos comprenden las dinámicas del periodismo y entienden nuestros ritmos. Con su cálido modo de ser, siempre conciliador, siempre dando pie para que las conversaciones avanzaran fluidamente, con sus comentarios oportunos y aleccionadores, fue un verdadero placer compartir la coordinación de ese curso que, estoy segura, fue concebido con sus ideas y cuya experiencia presentaríamos en la próxima reunión de la Red de Popularización de la Ciencia y la Tecnología, Red POP, en Panamá el próximo abril.

Conversé con él por teléfono la víspera de su viaje al río Vaupés. Hablamos sobre la presentación que haríamos en Panamá, sobre los cambios que le haríamos al próximo curso que dictaríamos en el segundo semestre de 2019, sobre el último artículo científico de uno de sus estudiantes que publicaremos próximamente en Pesquisa Javeriana, como lo hemos hecho con un buen número de sus investigaciones. Nos prometimos que continuaríamos con todos los proyectos. Nos prometimos que no nos abandonaríamos en estas causas profesionales. Con esas palabras… no nos abandonaríamos.

Así que la huella de Javier será siempre una impronta de calidad en todos estos proyectos.


Lisbeth Fog
Editora general de Pesquisa Javeriana

En 2018, Javier Maldonado logró el apoyo del Gobierno colombiano a la iniciativa académica 'Amazon Fish'. / Cortesía.
En 2018, Javier Maldonado logró el apoyo del Gobierno colombiano a la iniciativa académica ‘Amazon Fish’. / Cortesía.

 

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Javier Maldonado en trabajo de campo

Eran las 5 de la mañana y él nos esperaba con la sonrisa de quien quiere emprender una nueva aventura: su aspecto no era el de un profesor de cátedra, llevaba pantalones cortos de jean, una camisilla azul y sus botas para montañismo marca Quechua. Todo estaba listo para iniciar camino hacia el Magdalena Medio. Iba emocionado pero temeroso de no alcanzar a cumplir con el objetivo que había estampado en su mente desde que aceptó ir a aportar, de alguna manera, a la transformación de las comunidades de Chucurí, Bocas del Carare, Barbacoas e Islas: enseñar la importancia de la conservación del bagre rayado, esta vez no a los pescadores sino a los niños que, desde pequeños, crecen al lado del río y desarrollan sus habilidades de expertos pescadores.

Subimos a su Subaru color azul petróleo e iniciamos el recorrido. Fue un viaje tranquilo. Sus dedos golpeaban el timón al ritmo de la música, era realmente contagioso y dentro del repertorio nunca faltó una buena canción brasilera o Por ti, de Calle 13, que sonó más de una vez. Escucharla y verlo a él era evocar su esencia:

“Yo he peleado con cocodrilos,
me he balanceado sobre un hilo cargando más de 500 kilos,
le he dado la vuelta al mundo en menos de un segundo,
he cruzado cien laberintos y nunca me confundo,
respiro dentro y fuera del agua como las focas,
soy a prueba de fuego, agarro balas con la boca
(…)
Tengo vista de águila, olfato de perro,
puedo caminar descalzo sobre clavos de hierro,
soy inmune a la muerte
(…)
Ven conmigo a dar un paseo por el parque porque tengo
más cuentos que contarte que García Márquez”.

Antes de la llegada al lugar de destino, entró una llamada y puso el altavoz. “Hola madre”, la conversación continuó, “¿ya van a llegar, en dónde van?”, preguntaba, y al término de la charla ella finalizó diciendo “Dios te bendiga”, a lo que él respondió con un “Madre, te amo”.

Cada paso a su lado era una oportunidad para aprender de su experiencia como ictiólogo, como docente, pero además como amante da la naturaleza, de contar la ciencia de forma diferente y de cultivar experiencias para luego plasmarlas en sus historias. Cuando llegamos a Bocas del Carare, lugar donde nos quedamos, el cariño, los abrazos y las sonrisas de la comunidad hablaban de la huella que allí había dejado como ser humano.

Fueron días de mucho ajetreo, el calor oscilaba entre los 38 y 42°C y las jornadas eran extenuantes. Recuerdo cómo con una calma continua les decía a los niños de 7 u 8 años que prestaran atención; en momentos resultaba efectivo, otras veces se dispersaban, pero él continuaba con su cometido, sin descanso. Luego de los talleres en medio de una charla con un pescado bien sazonado y limonada fría, nos decía: “¡Qué verracos…! ¿Cómo hacemos para que se callen y no se distraigan?”, y soltaba una risa genuina.

Las noches y las madrugadas las dedicaba a la escritura de sus experiencias en este mágico lugar, no había otro momento para hacerlo. Cuando no estaba escribiendo estaba leyendo, en esta oportunidad un libro de conflicto y de los acuerdos de paz. El primer día estuvimos trabajamos en Chucurí y, ante las oleadas de calor, se tomaba una que otra cerveza. Al día siguiente a Islas, donde mostró que era un hombre colaborador y diligente cuando tuvo que alzar una nevera llena de bagres lo hizo, y cuando tuvo que halar una balsa para cruzar de un lugar a otro también. No guardaba energía, siempre estuvo altivo y en marcha para lo que se necesitara, era el comandante de nuestra comarca.

Pisó cuatro salones de clase y supo a lo que iba. Soltó la parte de su pantalón que estaba unida a una cremallera y se quedó en pantaloneta, se desamarró los cordones y dejó las botas a un lado. Era momento de empezar. Descalzo, enseñó a los niños la taxonomía del bagre: aleta dorsal, ventral, caudal, pectorales… explicó la función de los bigotes, el tamaño de los ojos y lo repitió cuantas veces fue necesario con la paciencia y tranquilidad que lo caracterizaba. Se sentó en el piso a armar rompecabezas con los estudiantes y también coloreó con ellos.

Para ir a la tercera y cuarta escuela tuvimos que atravesar gran parte del río Magdalena en una canoa a motor. En los trayectos, Javier cubría su cabeza con una cuellera y, sobre ella, una gorra. Las conversaciones durante el trayecto fueron largas y amenas, me contaba cómo era antes el paisaje del Magdalena y lo cambiado que estaba; también hablamos de ‘Gabo’ y sus recorridos por el mismo lugar en el que ahora navegábamos, incluso le pregunté a qué le olía el Magdalena: yo esperaba una respuesta poética de un hombre que había recorrido largos y diversos ríos, pero me dijo: “Como a pescado, ¿no?”, y ambos nos reímos.

En una de las travesías por el río, se nos apagó una, dos y tres veces la canoa, y si avanzábamos tres metros, la corriente nos devolvía dos. En medio de la angustia de tres inexpertos, Javier, el cuarto del grupo nos daba una partida de calma. Con él siempre nos sentimos seguros, sabíamos de su experiencia en las aguas, lo que no sabíamos era el goce que le generaba ver nuestros rostros de preocupación y su buen sentido del humor. En ese momento de alarma para nosotros, a él no le quedó más que estirar sus pies, ponerse cómodo y decirnos “Bueno, muchachos, disfruten del paisaje”, y nuevamente una carcajada salió y una sonrisa se dibujó en su rostro.

Su único error y acierto fue haber tratado de rebasar sus límites esplendidos, vivió e hizo lo que quiso. Hoy estamos unidos pero nos invade la soledad por su partida. Fueron tan solo ocho días de haberlo visto sonreír. No compartí mucho con él, pero lo suficiente para conocer su tenacidad aguerrida. Hoy puedo decir con cariño y con orgullo que conocí a un amante puro de la vida, del paisaje, del agua, de los peces y fiel creyente de que cuando uno entrega todo, por mínimo que sea, puede transformar vidas.

Él entregó su conocimiento y con alma humilde no se quedó con nada porque las cosas buenas siempre quiso compartirlas. Gracias por los aprendizajes, por las historias y por todo lo que nos dejaste. Disfruta del paisaje y vuela alto.


Ximena Montaño
Perodista de Pesquisa Javeriana

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Maldonado (centro), en una de sus innumerables expediciones de campo. / Cortesía

 

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Lo que aprendí de Javier Maldonado

Gracias a Javier Maldonado, aprendí sobre la guapucha, un pez endémico del río Bogotá.  David Mayorga, actual editor web de Pesquisa Javeriana, escribió cómo este investigador acompañado de sus estudiantes recorría las aguas de ese contaminado afluente para estudiar la forma en que la especie transitaba desde la fuente del río hasta la cuenca baja, al final de la Sabana de Bogotá; cuando escuchaba a Javier hablar de esos peces, me preguntaba cómo hacían para sobrevivir a uno de los ríos más contaminados del país. Él me decía que obviamente se generaban malformaciones y mutaciones en la especie, que con el tiempo impactaba su evolución. O al menos, eso fue lo que entendí.

Desde ahí, desde marzo de 2016, comencé a encontrar en los peces una atracción especial, los veía de manera diferente. Ahora comprendo que son un medidor clave para evidenciar la afectación de los ecosistemas. Así nos lo explicó con sus investigaciones sobre hidroeléctricas. ¿Qué por qué no convienen los proyectos hidroeléctricos actuales? Porque rompen el cauce natural del río, y con este las especies que transitan en él. ¿Para dónde van los peces cuando se encuentran con la pared de una hidroeléctrica? Pues se mueren allí, pueden devolverse río arriba o perder su camino. Se mutila la posibilidad de que tomen el rumbo natural para su reproducción. Y si eso ocurre con los peces, la cadena alimenticia se ve afectada directamente. Quienes comen peces ya no los encontrarán y, mucho menos, quienes los pescaban. Además de la fauna, los seres humanos nos vemos afectados, principalmente las comunidades que dependen de esa actividad productiva y económica.

No puedo dejar de lado las maravillosas conversaciones sobre apropiación social del conocimiento. Un aliado inconfundible para democratizar el conocimiento, para dejar en la sociedad una huella mayor a la discusión en esferas académicas sobre los hallazgos científicos. Era necesario que toda la sociedad comprendiera para qué hacía esas investigaciones, cuáles eran sus resultados y para qué servían en la cotidianidad y en la toma de decisiones. Nos quedaron tareas pendientes es ese campo, algunos sueños por resolver, pero no quedarán en vano esos esfuerzos y aprendizajes que nos deja.

Esas banderas las tomaremos para seguir promoviendo el conocimiento al alcance de cualquier persona, mi abuela, su tía o mi hija. En últimas, lo que veo que dejó en mí con su pasión por los peces fue eso, pura apropiación del conocimiento científico.


Claudia Mejía
Productora ejecutiva de Pesquisa Javeriana

En febrero de 2019, Javier viajó al Magdalena Medio para enseñarles a los niños la taxidermia del bagre rayado. / Diederik Ruka
En febrero de 2019, Javier viajó al Magdalena Medio para enseñarles a los niños la taxidermia del bagre rayado. / Diederik Ruka y Ximena Montaño.
La magia de la psiquiatría

La magia de la psiquiatría

Juro que es cierto, lo vi con mis propios ojos. El decano Carlos Gómez-Restrepo, en la sala de su casa, jugaba con una lucecita roja entre sus dedos. Podría creerse que tenía un bombillo diminuto, pero no. Era exactamente lo que estoy diciendo: una lucecita roja que agarraba con los dedos. Lo más inverosímil era que la sacaba de cualquier parte: del florero de la mesa, de mi oreja, de atrás de su cabeza. Jugaba con ella, la movía de aquí para allá y hasta se la pasaba de una mano a la otra. “Hacer magia depende de conocer muy bien el truco y ese truco es lo que divierte”, decía. Un tío le enseñó cuando tenía unos nueve o diez años, y practicaba en sus vacaciones en Manizales, llenas de primos, tías, abuelos y otros parientes.

El amor por la psiquiatría vino después. De hecho, un poco tarde porque empezó estudiando psicología. “Luego decidí entrar a Medicina a la Javeriana y ahí me preparé para ser psiquiatra”, recuerda Gómez-Restrepo. Tenía un sinfín de opciones de especialidad para escoger, e incluso alcanzó a interesarse por la neurocirugía, la neurología y hasta la ginecobstetricia, pero siempre le gustó más tratar con la gente, comprender sus inquietudes y profundizar en detalles de sus vidas. Pero no lo malinterpreten. Para él, lo biológico es básico en la medicina y está en todas las áreas, pero la psiquiatría privilegia de una manera particular lo psíquico y las relaciones sociales, y eso era lo que le llamaba la atención. “Cuando uno define salud como un completo bienestar físico, mental y social, y no solo como la ausencia de enfermedad, comprende la magnitud de esta especialidad; entiende su elección cuando piensa la salud como la manera de hacer que las personas logren un mayor bienestar, puedan amar, trabajar, desarrollar sus capacidades, obtener las metas que se plantean y participar en la construcción de un mundo mejor y más equitativo”, explica el decano.


No solo psiquiatra

Carlos Gómez-Restrepo es tal vez el único psiquiatra mago que conozco, pero vale aclarar que no es el único rasgo particular de este médico. Después de terminar su especialización y de haber hecho algunos diplomados, cursos y rotaciones en España, viajó a Estados Unidos para estudiar una maestría en Epidemiología Clínica en la Universidad de Pensilvania. Lo hizo gracias a una beca de la Fundación Rockefeller, la Javeriana y la Red Internacional de Epidemiología Clínica (Inclen, por su sigla en inglés).

Corría el año 1993 y para entonces “era como el tercer psiquiatra en el mundo que estudiaba eso”, asegura Gómez-Restrepo, quien agrega que se trataba de una disciplina nueva dedicada a la investigación clínica y a profundizar en herramientas metodológicas con el fin de dar lo mejor a los pacientes. Según explica, la epidemiología clínica utiliza el método científico para hacer buena investigación y dar predicciones sobre el estado de algún paciente, saber qué tipo de terapia puede servirle más o establecer las pruebas diagnósticas que requiere. En sus propias palabras, “da herramientas para discernir entre qué es útil y qué no, para ser muy crítico con lo que uno hace y muy propositivo para hacer cosas mejores”.

/Betto
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Cuando regresó de Estados Unidos se empezó a dedicar también a la academia, con el fin de compartir su conocimiento con nuevas generaciones de médicos. A mediados de los 90 se involucró como profesor en el Departamento de Psiquiatría y Salud Mental de la Javeriana, y luego como su director, desde 2000 hasta 2007, tiempo en el cual diseñó los primeros posgrados en Colombia en Psiquiatría de Enlace y en Psiquiatría de Niños y Adolescentes. Posteriormente le fue encargada la dirección del Departamento de Epidemiología Clínica y Bioestadística de la misma universidad, de 2010 a 2017, donde ideó el primer doctorado de esta disciplina en el país y la Maestría en Bioestadística.


No deja de enseñar

El decano supo que quería ser docente cuando estaba en cuarto semestre de Medicina y su profesor de fisiología, el neurofisiólogo Arturo Morillo, lo escogió como monitor. Ahí se dio cuenta de la felicidad que le produce que otros aprendan, encontrar técnicas diferentes para cada estudiante y, sobre todo, aprender a partir de esa labor. “Esto es un juego de partes en el que uno da mucho de lo que sabe pero también aprende muchísimo de sus alumnos, de sus formas de ver el mundo, de sus preguntas”, asegura Gómez-Restrepo.

Hace un año, en septiembre de 2017, cuando el rector lo llamó para decirle que había sido seleccionado por sus más de 400 compañeros profesores para ser decano, pensó en la tarea que implicaba aprender otros detalles administrativos que no dominaba. Pero eso no le preocupó. También se le vino a la cabeza el tiempo que tendría que invertir en esta nueva labor, pero aun así aceptó, siempre y cuando pudiera seguir enseñando. Él insiste en que esa posición lo obliga a estar en contacto con todas las personas que hacen parte de la facultad, incluyendo los estudiantes, y de esa forma no solo puede darse cuenta de las necesidades de la gente y los inconvenientes que puedan encontrar, sino que “evita que me quede estático en materia de conocimiento. Me hace leer todo el tiempo, actualizarme, prepararme”.

Tampoco ha dejado de ver pacientes. El día que nos vimos, por ejemplo, acababa de llegar de consulta y no se le notaba un solo rastro de cansancio. Sigue yendo al Hospital Universitario San Ignacio a hacer sus turnos en psiquiatría, y también atiende en su consultorio privado, donde aplica sus terapias. Le pregunté entonces si la magia y la psiquiatría se parecen y, para mi sorpresa, dijo que sí. “Cuando una terapia se hace bien, la gente cambia de forma sorprendente”, respondió. Luego agregó que la pequeña diferencia es que ahí no había ningún truco, “sino una buena metodología que ayuda a las personas. Tanto, que parece como si fuera magia en acción”.

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Los trucos, que pasan de generación en generación, se los está enseñando a su hija menor, Valentina, a quien le encanta la magia. La idea del decano es que un día, cuando ella aprenda a barajar muy bien, logre que todas las cartas de un naipe se vuelvan de una misma pinta. De sus otros tres hijos, solo la segunda estudia medicina y ya está en el internado. Según el decano, no decidió por ella: “siempre espero que mis hijos escojan lo que más les gusta y que encuentren su camino, que vivan plenamente sus vidas y que hagan un mundo mejor”.

La mayor es ingeniera química y al tercero le gustan el fútbol y el derecho. Pero si en algún momento sienten que no están haciendo lo que quieren, Gómez-Restrepo ―como el buen profesor que es― les señala el valor de la duda y el disfrute de investigar, innovar y conocer. Asegura que siempre hay tropiezos y todo el mundo corre ese riesgo, “pero eso es bueno porque después se enriquecen, aprenden y salen adelante”. Y esa forma de ver la vida, que también tiene su esposa, Andrea Padilla, profesora de jurisprudencia, la comparte con los alumnos con que se topa todos los días en la universidad, como un consejo para sus vidas después de egresados.

Más allá de lo evidente

Más allá de lo evidente

Por aquella época los días tenían una facilidad enorme para estirarse, para no acabarse, para mantenerse firmes, incambiables en el calendario. Lo peor de todo era que el teléfono no sonaba: ninguna razón, nadie que le avisara de la suerte del primer proyecto de su carrera. Avanzaba 1988 y Sandra Baena, recién graduada de Biología de la Pontificia Universidad Javeriana, en Bogotá, había regresado a Cali, a su casa paterna, a la espera de que una llamada le confirmara que su tesis de grado iba a convertirse en realidad.

Pero muy poco pasaba: la llamada recurrente que recibía era la de Elizabeth Hodson de Jaramillo, su mentora y tutora, siempre insistente: “Me decía que no me acelerara porque todo iba a salir bien”, recuerda hoy Baena, con una sonrisa.

Las buenas noticias llegarían en mayo de aquel año. Con la aprobación administrativa empacó maletas, regresó a la capital y se puso al frente del proyecto de evaluación de un sistema natural de tratamiento de aguas residuales domésticas que utiliza pastos forrajeros, el mismo que empezó a construirse en el campus de la universidad, en la zona verde junto al edificio Jesús Emilio Ramírez, S. J., en la esquina de la carrera Séptima con calle 45.

Con ese proyecto nacería la Unidad de Saneamiento y Biología Ambiental (USBA) de la Javeriana, que con el tiempo se convertiría en el grupo de investigación con el que Baena alcanzaría sus mayores logros científicos y académicos. Claro que en sus primeros días generaba risas entre los colegas: “Mis amigos me decían: ‘El grupo es de uno: es usted. Si falta, se acaba’”, recuerda. Realizaba sus primeros análisis de demanda biológica de oxígeno (DBO) de las aguas residuales en un rincón del laboratorio dirigido por Hodson, en horas en las que nadie más estuviera presente.

Ese fue su primer paso, uno que había anticipado en su infancia. Hija de ingeniero químico y de abogada, se formó en un hogar abierto a las preguntas y las inquietudes. Fue en ese ambiente, haciendo las tareas acompañada de sus cinco hermanos, cuando se despertó su afinidad por temas como la biología celular o el funcionamiento del sistema solar. “Desde que estaba en el colegio lo único que me gustaba eran las ciencias. Nunca pensé que pudiera ser administradora de empresas, economista o ingeniera. Me gustaban la química y la biología”.

Su elección estuvo marcada por la profesora Carmen Elisa, quien en el Colegio de la Sagrada Familia, de Cali, le enseñó los secretos celulares a través de dinámicas de clase que fomentaban la opinión: “Era muy buena gente, y lo que más me descrestaba es que sabía. Lo que uno le preguntaba, ella lo sabía. Todo lo explicaba muy fácilmente”.

Todos esos recuerdos los llevó consigo a Bogotá, donde, a comienzos de los años 80, inició la carrera de Biología en la Javeriana. En sus aulas, de la mano de la profesora Hodson y de Martín Llano, su profesor de ecología, encontró el norte de su carrera: los sistemas biológicos para descontaminar aguas residuales. De hecho, su tesis de grado consistió en aplicarlos al tratamiento de aguas residuales basados en la hidroponía, técnica que Carlos Fonseca, entonces subdirector de Medio Ambiente del Inderena, buscaba implantar en el país, especialmente en municipios pequeños. Esta técnica consistía en una estación en la que se sembraban en grava pastos forrajeros, y los microorganismos de las raíces, al entrar en contacto con el líquido, degradaban sus contaminantes y removían nutrientes (principalmente fósforo y nitrógeno), los cuales, a su vez, nutrían todo el sistema.

Se trata de un sistema biológico sencillo, pues funciona gracias a la interacción entre las plantas y el microbioma asociado principalmente a las raíces. “Esta interacción es la que realiza el trabajo”, comenta Baena, y explica que su amor por esta especialidad surgió cuando entendió que se trataba de una solución adaptada al trópico, donde la duración de la luz del sol es constante a lo largo del año y facilita el trabajo biológico: “No eran sistemas complejos desarrollados en países industrializados, sino soluciones pensadas en las ventajas competitivas del trópico para solucionar este problema ambiental”.

Sin embargo, ella no quedó satisfecha con ese logro. Mientras buscaba que estos sistemas se implementaran en municipios pequeños y empresas, al tiempo que dictaba clases en pregrado y las recibía en la Maestría de Saneamiento y Desarrollo Ambiental, seguía inquieta sobre lo que sucedía en ese mundo invisible descontaminante. Una pasión que llevó a fondo a comienzos de los años 90, cuando Colciencias la becó para adelantar un doctorado en Ciencias en la Universidad de Aix Marseille, al sur de Francia. Fue allí en donde realizó su tesis doctoral en el laboratorio de microbiología de anaerobios –sistemas que trabajan sin la presencia de oxígeno– del Institut de Recherche pour le Développement (IRD), laboratorio que hoy hace parte del Institut Méditerranéen d’océanologie (MIO).

Baena P44 1iAsí, con el entusiasmo por aprender más sobre las interacciones entre los microorganismos en los sistemas anaerobios de tratamiento de aguas residuales, partió a Marsella, lejos de París, donde su esposo, el biólogo herpetólogo e investigador javeriano Julio Mario Hoyos, hacía su doctorado en el Museo de Historia Natural. El cambio fue duro: tuvo que instalarse en un pequeño estudio de la ciudad universitaria de Luminy y conoció las consecuencias de las clásicas huelgas a la francesa, en las que los servicios públicos de transporte se suspenden; también tuvo que convivir con el estilo marsellés de conversaciones de tono alto y palabras de grueso calibre. Aún recuerda con emoción los imponentes paisajes de las calanques alrededor de Luminy, unos valles de bordes muy empinados que se encuentran en la costa del mar Mediterráneo.

Pero, sobre todo, aprendió lo que no sabía en Colombia: el cultivo de bacterias anaerobias en laboratorio, los marcadores moleculares para hacer identificación taxonómica y análisis filogenético de procariotas y, principalmente, cómo eran las interrelaciones de microorganismos en ambientes anaerobios que degradaban la materia; en síntesis, se zambulló en un universo que no se percibe a simple vista. “Dentro de la biodiversidad se ignora aquello que no podemos ver. A veces nos parece que los microorganismos no tienen un papel relevante en el mundo, pero ellos son los encargados de transformar la materia orgánica, de mover los ciclos biogeoquímicos, son la base de las cadenas tróficas. Sin su actividad, difícilmente podríamos existir”, explica.

Fueron cuatro años de estudio dedicado, que también le abrieron la puerta al conocimiento de los microorganismos que habitan ambientes extremos gracias a las investigaciones que llevaba a cabo su tutor francés, Bernard Ollivier, en estos ambientes, como aguas termales, ecosistemas salinos, biomas de frío intenso o cualquier lugar donde, a simple vista, se crea que no es viable hallar vida.

En su regreso a la Javeriana tuvo que implementar este conocimiento desde cero, pues el laboratorio del grupo de investigación no estaba diseñado para este tipo de estudios. Fue a comienzos del siglo XXI cuando Baena regresó a un país con profundos problemas sociales, políticos y económicos, con recursos escasos para la investigación y para la creación de infraestructuras que era necesario adecuar si quería generar nuevo conocimiento sobre la diversidad microbiana, así que se dio a la tarea de formular y presentarle proyectos de investigación a todas las instancias posibles: empresas, entidades oficiales, organismos de cooperación internacional, etc.

Baena P44 2CLos últimos 18 años los ha dedicado a la investigación en campo, al estudio de microorganismos de manantiales termales y salinos y de microorganismos que puedan producir enzimas o metabolitos de interés, y así, junto con su estudiante de doctorado Gina López, su trabajo le ha valido la obtención de la patente sobre una lipasa modificada, aislada de un organismo que habita en manantiales con alta temperatura y en condiciones ácidas que puede transformar grasas y aceites utilizados en la industria alimentaria, cosmética y, posiblemente, farmacéutica. Pero, ante todo, se ha dedicado a formar estudiantes de la misma forma con la que aprendió a trabajar en los laboratorios franceses: cada uno sabe lo que tiene que hacer y todos trabajan con compromiso por el grupo. “Siempre les digo a los que trabajan conmigo que pueden preguntar todas las veces que quieran para evitar equivocarse por no preguntar”, explica.

Aunque reconoce que su trayectoria no está completa, un reconocimiento a su arduo trabajo se dio en 2014 cuando la Academia Colombiana de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales la aceptó como uno de sus miembros. “Fue un reconocimiento a una labor silenciosa, a un trabajo constante y bien hecho”. Durante la ceremonia de entrada dictó una conferencia sobre la diversidad metabólica y filogenética de los manantiales salinos colombianos; allí la acompañaron su esposo, Julio Mario, sus amigos, su familia extendida (estudiantes que ha formado a lo largo de estos años) y Elizabeth Hodson, su tutora y amiga.

Hoy su rutina transcurre con más calma. Gracias a su trabajo disciplinado ha aprendido no solo a dominar los silencios de la incertidumbre, también a disfrutar aquellos espacios externos a su pasión, que es su trabajo científico. En su casa, las noches y los fines de semana son de “cerebros caídos”: en el refugio que ha construido con su esposo está prohibida cualquier referencia a los proyectos en curso, las tesis dirigidas o las clases que vienen. Aquellas jornadas se dedican a la música –su esposo es un melómano del rock clásico, en especial del rock progresivo italiano–, al cine y a la literatura, una de las aficiones de Baena. En su biblioteca abundan las obras de Roberto Bolaño, Javier Marías, Julia Navarro, Alice Munro o Nancy Houston: “Me gusta cómo pueden llevar las situaciones a los extremos para generar una historia”.

En los estantes de su casa también reposa una libreta. Sus hojas están llenas de cuidadosas anotaciones sobre las plantas y los árboles de su infancia, que ha ido construyendo poco a poco gracias a las conferencias telefónicas que sostiene desde Cataluña con su mamá. “Me gustan los jardines, quiero tener una casa con un jardín grande”, comenta cuando habla de los días aún lejanos de su jubilación, en los que también planea estudiar historia y seguir dando clases, ya no desde la formalidad de la academia sino a niños, por ejemplo, sobre el ambiente que los rodea.

Sin embargo, es la primera en aceptar que no se debe apurar el tiempo. Es un aprendizaje que ha asumido gracias al trabajo duro y consciente, a construir, resultado tras resultado y proyecto a proyecto, un tejido humano de conocimientos aplicados que sigue reinventándose todos los días. Por eso sigue atenta a los pliegues de la rutina diaria, porque los años que vienen se antojan, ante todo, intensos: “Más que al futuro, tenemos que trabajarle al día a día. Tenemos unos días muy lindos acá”.

Trascender hacia la fantasía

Trascender hacia la fantasía

Imagínese recorrer un pasillo que parece no tener fin y que pertenece a un edificio que existió muchos años atrás, colmado con el sonido de mil máquinas de escribir. Ese fue el detonante para Fabricia, animación con la que Cecilia Traslaviña ganó el Premio Bienal a la Creación Artística Javeriana que se entregó en septiembre de 2014, en el marco de primer Encuentro Javeriano de Arte y Creatividad. Era también la primera vez que la Universidad reconocía el talento creativo. Los 18 años de hacer escuela, de romper los límites estéticos y la reflexión constante sobre su campo, hicieron merecedora a Traslaviña de esta distinción.

Esa remembranza de su infancia, en la que quizás solo fueron diez señoras que trabajaron con máquinas de escribir junto con su madre en la Registraduría Nacional del Estado Civil, fue el recuerdo motivador para que la profesora de la Facultad de Artes de la Pontificia Universidad Javeriana le diera vida a uno de sus personajes consentidos. Ése que, además, le ha devuelto muchas sonrisas y reconocimientos. Además del premio javeriano, Traslaviña ha presentado esta obra de animación en espacios nacionales e internacionales como la Cinemateca Distrital de Bogotá, , el XVI Festival de Cine de Santa Fe de Antioquia, el V Festival de Cine Corto de Popayán, la Muestra de Cine en Femenino, Chilemonos en Santiago de Chile, Panorama du cinema Colombien de Paris, 20th KROK International Animated Film Festival, en Ucrania, entre otros.

“Lo que brinda Fabricia es la posibilidad de abrirse a la fantasía”, asegura la creadora de esta historia que cuenta cómo una niña llega a una fábrica que la asusta terriblemente y que a través de la imaginación logra huir de ese espacio que la agobiaba. Agrega Traslaviña que, a pesar de vivir en un mundo complicado y difícil, la imaginación es el poder esencial para encontrar salidas a lo creativo. Ese es el mensaje que ha buscado transmitir a lo largo de su carrera como profesora desde 1989 cuando comenzó su experiencia docente en diseño de textiles en Talleres Esperanza. Luego, cuando pasó a la Javeriana en 2000, su pasión artística y foco académico se concentraron en la animación y el cine experimental. En casi dos décadas, junto a otros profesores, ha fortalecido esta área artística en la Facultad de Artes, destacándola en el campo artístico nacional tanto por las producciones realizadas como por los reconocimientos obtenidos.

La preocupación por impulsar las obras de sus estudiantes es palpable. “A cualquier festival donde vaya llevo un compilado de animaciones colombianas y de los estudiantes; así no sea parte de los programas oficiales de los eventos, trato de empujar para que lo vean”, explica. Asegura que la animación colombiana tiene actualmente un fuerte dinamismo, sin embargo, las producciones de las universidades suelen quedarse en el entorno académico, no trascienden. Por ello visibilizarlas en cuanto espacio encuentra es una consigna asumida. Además, porque está convencida de que el sello de la Javeriana está en esas apuestas experimentales de búsqueda de narrativas poco convencionales y arriesgadas, de no contar las historias y los personajes desde una estructura solamente tradicional sino con una propuesta estética y emotiva que conmocione a quien la ve.

En la trayectoria de Traslaviña se destaca la producción de más de diez piezas audiovisuales en animación desde 1988, las cuales han participado en festivales a lo largo del planeta:

  • Almas Santas Almas Pacientes, 2007
  • Una vez fuimos peces, 2008
  • La Casa del Tiempo, 2009
  • Álbum, 2009
  • El silencio habita en tu ventana, 2010
  • Presencias/Ausencias, 2012
  • Fabricia, 2013
  • Perpetuum Mobile 2014
  • Memorias y Caminos 2015
  • Movimientos en el sótano 2017
Imagen de 'Fabricia'.
Imagen de ‘Fabricia’.


Los cambios del campo en Colombia

Cecilia Traslaviña es reflexión viva sobre su quehacer y el de sus estudiantes. La creación propia y colectiva es constante, cuenta con más de 15 piezas de su autoría y otras colaboraciones, así como el acompañamiento de 19 trabajos de grado de estudiantes en dos décadas. Pero las inquietudes artísticas no se quedan allí. Su cuestionamiento por ampliar los límites de las posibilidades de la creación hace parte de su cotidianidad. “Yo insisto mucho en eso, un artista tiene que crear su propio mundo y jalar hacia algún lado, proponiendo siempre. No quedarse solo en lo que funciona, sino que amplíe el medio. En últimas, eso es lo que lo enriquece”, asegura. Comprende que en los trabajos hay que dar respuestas a inquietudes comerciales, pero eso no debe impedir que en el mundo propio se sigan experimentando y explorando rumbos genuinos.

No es desconocido para la profesora que es un choque fuerte cuando los estudiantes terminan su carrera en la universidad y se enfrentan al mercado que condiciona la creación. “Ahí el problema no es que trabajen en una empresa, sino que no olviden su proyecto personal, seguirlo haciendo de manera independiente. Porque o si no es venderle el alma al diablo”, sentencia. “Y lo digo ahora con el tiempo porque ya pasé por esas. También lo sufrí un montón”.

Recuerda cuando en la Javeriana no había ni siquiera mesa de animación, tampoco el país tenía muchos recursos para producir estas piezas audiovisuales. El cambio y crecimiento de este campo de creación es notorio, por ejemplo, con el diplomado en animación experimental que se ofreció entre 2005 y 2015 por medio del programa de Educación Continua en la Javeriana, con la creación en 2016 del pregrado Realización en Animación de la Universidad Jorge Tadeo Lozano, la Especialización en Animación de la Universidad Nacional de Colombia, el aumento en premios del Fondo de Desarrollo Cinematográfico o la convocatoria en animación creada por el Instituto Distrital de las Artes–Idartes. “El campo se ha ido abriendo y es en la medida en que viene más gente estudiando animación”, asegura.

También han surgido cambios en las convergencias de áreas artísticas y del uso de la tecnología. La tendencia ahora es a combinar la animación con artes electrónicas, con cine expandido o la animación documental y la de ensayo. “Es decir, se ha ido abriendo a otros campos y eso la enriquece un montón. Empieza uno a ver una paleta de obras muy amplia”. En cuanto a las preocupaciones temáticas, Traslaviña ha identificado que la memoria, tanto colectiva como personal, suele ser el recurso más constante en la producción de sus estudiantes; también el uso experimental de la forma o buscar transformaciones basadas en la música. Otros temas suelen ser de carácter fantástico. Últimamente, ha sentido una preocupación por los asuntos actuales del país.


La reflexión académica también cuenta

En su producción intelectual, cuenta con artículos sobre animación experimental y cine de animación. Ha sido ganadora de premios a mejor animación en el V Festival Internacional de cine El Espejo (Bogotá, 2008), I Festival Internacional de Cine de Mompox (Bolívar, 2008) y estímulo para la realización de cortometrajes del Fondo de Desarrollo Cinematográfico en 2005 y 2010. Su línea de investigación está enfocada en Pedagogía, tecnología y sociedad en las artes visuales, y ha realizado diferentes textos académicos y divulgativos alrededor de las prácticas, la historia, los actores y los modos de la animación en el país.

La profesora Cecilia Traslaviña se ha hecho un nombre en el campo de la animación en Colombia.
La profesora Cecilia Traslaviña se ha hecho un nombre en el campo de la animación en Colombia.

“Sigo entusiasmada y queremos seguir haciendo investigaciones en el campo de la animación”, asegura Traslaviña, y explica los documentales sobre animación que hizo con Mauricio Durán y Gilberto Andrés Martínez, titulados Perpetuum Mobile (capítulos I, II y III), que están en el Catálogo de Obras Artísticas de la Pontificia Universidad Javeriana. Este proyecto nació como una necesidad de presentar la animación más allá de una técnica audiovisual o de un producto exclusivo para el público infantil. Para aclarar ese supuesto, los profesores realizaron entrevistas a animadores y no animadores, con el objetivo de indagar por las formas de trabajo y los puntos de partida para crear, descubriendo un amplio espectro de modos de realizar sus proyectos –por ejemplo, varios creadores hacían guion, otros no; algunos creaban tres cosas simultáneamente–. Es decir, concluyeron que hay tantas posibilidades de trabajo como personas haciéndolo y que no hay una regla fija que condicione la creación en animación.

El primer capítulo se enfocó en la noción de espacio-tiempo y cómo, desde la animación, se descompone el tiempo para recomponerlo después. Era la mirada de artistas sobre cómo crean ese espacio en animación y cómo evidencian que ella hace parte del arte; el segundo trató de las metodologías de trabajo y cómo la animación puede hablar de la realidad, planteando así la disruptiva de que solo el documental puede retratar los hechos reales. Es decir, comprender la animación como herramienta para contar la realidad. El tercer capítulo abordó la relación entre la tecnología y las artes desde la experiencia personal hasta situaciones más elaboradas, y cómo la tecnología ha cambiado todas las maneras de hacer en todas las disciplinas, no solamente en la creación sino en cualquier campo del conocimiento.

Esta amplia y valorada trayectoria, la preocupación por su campo, la formación de escuela y su constante evolución en las piezas de animación y cine experimental, fueron aspectos tenidos en cuenta para que Cecilia Traslaviña fuera la primera artista reconocida con el Premio Bienal a la Creación Artística Javeriana. Asegura que fue una fantástica sorpresa, que todavía la emociona al contarla, sobre todo porque es un espaldarazo a su trabajo y a los esfuerzos de sus compañeros por posicionar un campo poco tradicional en medio de artes con trayectorias históricas.