Elizabeth Hodson, una científica sabia

Elizabeth Hodson, una científica sabia

A Elizabeth Hodson de Jaramillo le encanta jugar solitario en el segundo piso de su casa, en un estudio que tiene un televisor pequeño y unas fotografías familiares colgando en la pared. Le encanta porque es de un solo jugador, porque puede ver televisión mientras lo hace ―el televisor y ella― y porque puede pasar horas y horas moviendo las cartas ―el tiempo y ella―, sin afanes, reflexionando.

Sin embargo, lo que más-más le encanta de jugar solitario es que el juego se parece a su vida o, bueno, a lo que ella ha hecho en su vida como científica e investigadora, como fisióloga vegetal: a partir de un problema (un manojo de cartas desorganizadas, por ejemplo) encuentra, paso a paso, pacientemente, un orden lógico y una solución: disponer en cuatro grupos las cartas organizadas por color, signo y valor, por ejemplo, o transformar genéticamente las plantas para mejorarlas, o solucionar la falta de investigación científica en una universidad como la Pontificia Universidad Javeriana en los años 80, por ejemplo.

Es la menor de tres hermanos. Su papá era un ingeniero metalúrgico inglés que vino a Colombia para incentivar la industria del acero en el país, y su mamá era una traductora oficial colombiana. En las comidas todos se reunían y hablaban de las noticias del día: que el presidente de Estados Unidos hizo, que el gobierno colombiano dijo, que aquel científico inventó tal cosa. Los papás les hacían preguntas a sus hijos, los incitaban a resolver problemas y a argumentar sus respuestas. Hablaban de Leonardo da Vinci y de Marie Curie: los personajes favoritos de Elizabeth.

A los 15 años terminó el colegio, entró a la Pontificia Universidad Javeriana, y aunque quería estudiar ingeniería química ―que la Javeriana no ofrecía―, se inscribió a Bacteriología porque era la única carrera con cupos. Allí hizo la práctica hospitalaria y no le gustó nada: la sangre le olía a diablos. Pero le encantaba la bioquímica ―“¡Les daba sopa y seco a todos!”, cuenta Jorge Jaramillo, su esposo―, y le encantaba el laboratorio de investigación y los análisis, o sea, los microorganismos, entre ellos las bacterias, que bajo el lente del microscopio hablan de la vida, así como las estrellas, arriba, hablan del universo.

Un semestre empezó a ver clase con una ‘gringa’ sobre investigación en bioquímica y ella la recomendó para un trabajo en el Instituto Colombiano Agropecuario (ICA). Allí descubrió la fisiología vegetal y la complejidad de las plantas:

“¡Miércoles! Y entendí cómo funcionaban. Entendí sus sistemas de supervivencia, los mecanismos que tienen para protegerse, sus pelitos, cómo atraen a los animales… ¡Y todo estando amarradas!”, dice, y mientras lo hace, los dedos de sus manos se entrelazan y mueve los pulgares en círculo, rápidamente: el movimiento representa las idas y venidas de sus pensamientos. Elizabeth es muy enigmática, reservada y racional, y su vida la narra de la misma forma: objetivamente, desde lejos y con mucha mesura.

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En el ICA era investigadora asistente en fisiología vegetal. Luego se casó, se fue a vivir a Belencito, en Boyacá, y trabajó como profesora en la Facultad de Agronomía de la Universidad Pedagógica y Tecnológica de Colombia, en Tunja. Después de un par de años volvió a Bogotá, donde finalizó su maestría en Fisiología y Genética Vegetal en el ICA-Universidad Nacional, investigando los metabolismos de las plantas y estudiando los factores de resistencia de las papas a las heladas.

“Ay no… Yo he hecho muchas locuras”, confiesa. Todos los días cogía un bus que la llevaba de Sogamoso a Tunja, se sentaba en el puesto del copiloto y chismoseaba con el conductor. Todos los días hablaba con los campesinos de la región sobre sus cosechas y productos. Todos los días les hablaba a las plantas para saber cómo estaban, cómo se sentían, cómo crecían y cómo se llevaban con sus plantas vecinas.

En 1973 nació su hijo, se graduó de la maestría y empezó a trabajar en la Universidad Nacional de Colombia, en la carrera de Agronomía. Allí, un día, Julio Latorre, director del Departamento de Ciencias Biológicas de la Pontificia Universidad Javeriana, se la encontró y le preguntó que qué hacía ahí: la invitó a trabajar en la universidad.

“Y llegué a la Javeriana a abrir el panorama para la microbiología”, dice Elizabeth, orgullosa, con una sonrisa.

Jairo Bernal Parra la conoció a principios de los años ochenta cuando ella entró bravísima a su oficina en la Vicerrectoría Académica, en la Pontificia Universidad Javeriana, y le reclamó por qué no le habían aprobado una plata para unas investigaciones. Él hizo un par de llamadas, habló con algunos funcionarios y solucionó el problema. Luego le preguntó si quería un café, le ofreció un cigarrillo y hablaron sobre el laboratorio de biología vegetal, que en ese entonces dirigía Elizabeth, y sobre las investigaciones que desarrollaba.

“El trabajo lo hacía con las uñas”, recuerda Bernal. En esa época él era el asistente del vicerrector académico Agustín Lombana Mariño, y era el encargado de la conformación de un comité ―lo llamaban, entre chistes, el “comité de locos”― que pretendía impulsar la investigación en la Javeriana. Le propuso a Elizabeth que hiciera parte y ellos, junto a otros investigadores, evaluaron, presentaron, publicaron, fomentaron y financiaron proyectos de investigación en toda la universidad.

“Elizabeth era un modelo en eso… Ella era muy buena formando equipos y grupos de investigación. Conseguía becas y financiación… ¡Ella hacía investigación en serio!”, cuenta Bernal, entusiasmado. Y concluye: “¡Ay! ¡Trabajamos muy rico!”.

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Desde su llegada a la Pontificia Universidad Javeriana se dedicó a mover cartas. Fundó el grupo de investigación en biotecnología vegetal y fue la pionera en la creación de la Unidad de Ecología y Sistemática (Unesis), de la Unidad de Saneamiento y Biotecnología Ambiental (USBA) y del laboratorio de cultivo de tejidos, el de manejo de semillas y el de agrobiotecnología. Abrió el panorama de financiación del departamento a través de apoyos de Colciencias, del Centro Internacional de Investigaciones para el Desarrollo (Canadá) y de la Unión Europea. Buscó y consiguió los recursos para la creación del edificio Jesús Emilio Ramírez, donde se construyeron los laboratorios de biología de la universidad, el primer paso para la modernización de la investigación en el Departamento de Biología.

“Ella marcó un corte importante en la Facultad de Ciencias… Los cambios desde finales de los 80 y hasta principios del nuevo siglo tienen un nombre: Elizabeth”, dice Sandra Baena, una de sus pupilas más queridas y hoy en día profesora asociada de la universidad, en la Facultad de Biología.

“Ella era muy buena… ¡Era durísima! Todos los estudiantes le teníamos pánico: era muy exigente y desbarataba todos los informes de laboratorio: no aceptaba errores en la presentación, pedía claridad en las ideas y organización, rigor científico, rigor en las palabras, tener pensamiento claro y saber defender los proyectos. Y todo en un contexto de respeto, sin salirse de las casillas”, cuenta Baena.

Durante mucho tiempo la vida de Elizabeth ha estado en “ modalidad sándwich”, como ella misma llama eso de trabajar y trabajar. En una época su “dieta laboral” estaba dividida en la dirección del programa de biotecnología vegetal en la universidad, en sus clases, en la coordinación de su grupo de investigación ―además de liderar la investigación científica en la universidad, en general―, en su doctorado en Fisiología Vegetal ―en la Universidad de Nottingham (Reino Unido)― y en su trabajo de investigación, en el que manipuló genéticamente plantas de Passiflora edulis (que da las maracuyás) para hacerlas resistentes a un virus que estaba afectando la producción de algunos agricultores del país.

En otra época su dieta se dividía en la coordinación del Programa Nacional de Biotecnología de Colciencias, sus clases en la universidad, su nombramiento como miembro correspondiente de la Academia Colombiana de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales, y su participación en el ad hoc technical expert group en evaluación y manejo de riesgo del Protocolo de Cartagena en Bioseguridad, del Convenio de Diversidad Biológica (CDB).

Hace unos años ―he aquí el postre― fue declarada profesora emérita de la Facultad de Ciencias de la Pontificia Universidad Javeriana y, en 2018, ascendió a miembro de número de la Academia de Ciencias, lo que le significa dejar de ser un 10 de tréboles y pasar a ser un as de tréboles en la historia de la ciencia del país.

Fred, la mascota de Elizabeth Hodson de Jaramillo, tiene sofá propio y se comporta como el rey de la casa.
Fred, la mascota de Elizabeth Hodson de Jaramillo, tiene sofá propio y se comporta como el rey de la casa.

Sin embargo, después de todas las partidas, para Elizabeth no hay siesta. Hoy en día es uno de los 17 miembros de la Comisión Mundial en Ética del Conocimiento Científico y Tecnología de la Unesco (Comest, por su sigla en inglés) ―la única latinoamericana―, fue nombrada como uno de los 47 miembros de la Misión de Sabios, y es una de las personas que más impulsa la bioeconomía en Latinoamérica a través de investigaciones, publicaciones y proyectos piloto en regiones de Colombia.

“Yo no puedo quedarme quieta. ¡Uy no, qué pereza! A mí me toca moverme porque no me gusta la monotonía. Al final mi objetivo de verdad es sentirme útil… Y llámeme egoísta, pero quiero que me recuerden con gratitud y con una gran sonrisa, que digan ‘¡uy, qué vieja tan loca!’… Yo quiero dejar huella, pero no unas huellas tiesas, no, no, no, quiero ser una de esas huellas en movimiento, las que se les ven los pasos”, mira la mesa y coge una uchuva. Se come una mitad y la otra la sostiene entre sus dedos:

“Una solanácea. Mírela cómo es de linda”, la señala y se ve el centro circular con esa suerte de riñones a sus lados, con colores amarillos y naranjas brillantes. Unos puntos rodean por capas el fruto desde el centro hacia afuera.

Elizabeth se come la otra mitad de la uchuva: “¿Algo más? Tengo que terminar de preparar un arroz de leche para una reunión”.

Así recordamos a Javier Maldonado

Así recordamos a Javier Maldonado

La sonrisa del profe Javier

Su sonrisa se amplió tan pronto escuchó la pregunta y sus ojos brillaron con la misma luz con que, de niño, corría al río. En unos segundos, Javier Maldonado, el académico, el científico de peces, el doctor en zoología, volvió a correr por las riveras de su natal Ubaté. En la memoria reprodujo los pastizales y el viento frío que venía de la cordillera, y volvió a verse metiendo las manos en las aguas de los ríos de la Sabana de Bogotá: intentaba cazar un par de peces pequeñitos que nadaban en abundancia. “Desde chiquito estaba familiarizado con las guapuchas”.

Aquel día habíamos pasado toda la mañana por varios pasajes de la Sabana. Salimos rumbo a Boyacá, seguimos el curso del río Bogotá y en un paraje nos detuvimos. “Aquí está bien. En esta zona hemos encontrado varios especímenes y el agua está limpia”, nos dijo a Felipe Abondano y a mí, los reporteros de Pesquisa Javeriana. Un par de minutos después, su equipo de trabajo, todos estudiantes, nadaban en el agua buscando a la guapucha: un pez de no más de 10 centímetros, plateado, descrito por Alexander von Humboldt en los días de su aventura neogranadina y una de las pocas especies endémicas del río al que la capital y el país le han venido restando todo valor.

Más tarde, en el laboratorio, nos mostró cómo lucía la guapucha y nos dio instrucciones para diseccionarlo: nunca con órdenes ásperas o frías, nos enseñaba en medio de risas y bromas. Así nos contó por qué, después de muchos años de haberlo pescado, de estudiar a profundidad su taxonomía, de irse hasta Brasil para entender todo de su especie y de las otras miles que surcan los ríos colombianos, había regresado para continuar estudiándolo: “Se habían hecho estudios de biología básica de la especie, pero no a profundidad”, nos contó, y ese era su afán, estudiar todo lo posible para evitar su desaparición, para que los niños del futuro lo vieran nadando por los ríos de la Sabana: “Eso permitiría generar estrategias de conservación dirigidas, con información certera”.

No fue la única vez que lo vi. Él aparecía en video atravesando el río Magdalena en lancha, asombrado al oír el sonido de un mono aullador; o en una foto, bajo un cielo lleno de estrellas y junto al río Amazonas, tomando nota de todo lo que iba redescubriendo. O en una de las cafeterías de la Javeriana, compartiendo un tinto junto a su adorada Mariana, mi amiga, contando cómo, en la siguiente travesía, irían a aquellos pueblos ribereños cuyo nombre han olvidado los mapas, para enseñarles a los niños a proteger los peces, a preservarlos, a conocerlos, para convivir con ellos el día en que sus manos remonten las mismas aguas.

Nunca vi clases con él, pero del profe aprendí que uno siempre aprende de lo que más ama. Y que es una obligación pasar ese conocimiento a alguien más, porque la vida, y esta es una verdad que duele, es corta. Pero hay que hacerlo, siempre con la esperanza de que se está construyendo un mundo mejor.


David Mayorga
Editor web de Pesquisa Javeriana

Javier Maldonado supervisando la recolecta de guapucha. / Felipe Abondano.
Javier Maldonado supervisando la recolecta de guapucha. / Felipe Abondano.

 

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Los ríos de Javier Maldonado

Nano, como le decían sus amigos, colegas y familiares, nació en el Valle de Ubaté y desde niño generó un vínculo especial con los ríos y los peces del altiplano cundiboyancese. Sin embargo, su gusto por estos pequeños nadadores se afirmó al graduarse como ecólogo de la Pontificia Universidad Javeriana, especialmente tras encontrar en la evolución de la historia natural y la ecología su motivo para acercarse a estos intrigantes vertebrados.

Él siempre brilló con luz propia y su risa, esos dientes blancos moviéndose a carcajadas, sí que eran contagiosos, pero no más que su nobleza y esa infinita vocación de servicio a los demás. Javier siempre fue oportuno, equilibrado, un hombre que se entregaba en cuerpo y alma a su mayor pasión, los peces, y a su profundo e intenso amor Mariana Moscoso. Ambos compartían el gusto por estas especies, por reafirmar la identidad de estos animales en las comunidades y evidenciar su relación con la cultura de cada región a la que visitaban con su proyecto personal: Ictiología y cultura.

“En la medida en que cada vez seamos más conscientes de nuestra historia, de nuestro patrimonio material e inmaterial, de los desafíos y amenazas sobre el ambiente, sobre nuestros ríos y la vida que confluye con sus aguas, sobre la interpretación de la vida desde múltiples legados socio-culturales, habrá una nueva forma de relacionarnos con nuestro entorno, de valorarlo, de cuidarlo y de dialogar con él”, son las palabras con las que Javier nos dio la bienvenida para navegar su proyecto, en las historias de peces que escribía con cada salida a campo.

Nano, ese hombre de mente brillante, memoria prodigiosa y carisma incalculable, se robó nuestro corazón; dejó una impronta invaluable en nuestros recuerdos y, sobre todo, el legado de encontrar en los relatos de pobladores e investigadores la clave para entender la gigantesca riqueza de peces que habitan en las cuencas hidrográficas de Colombia.

Recuerdo su generosidad como un don invaluable. Hablar con él sobre sus investigaciones era un viaje directo a los ríos amazónicos; escuchar atentamente sobre sus expediciones era el motor para seguir narrando ciencia, y encontrarlo entre los pasillos con una sonrisa de oreja a oreja, la huella en mi memoria de un hombre dispuesto a compartir su conocimiento con alegría.


Daniela Vargas Nieto
Periodista de Pesquisa Javeriana

Javier Maldonado (primer plano, izquierda), durante una de sus expediciones al Amazonas. / Cortesía.
Javier Maldonado (primer plano, izquierda), durante una de sus expediciones al Amazonas. / Cortesía.

 

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“Disfruten del paisaje”: Javier Maldonado

En medio de la confluencia, donde el río Carare desemboca en el Magdalena, falló el precario motor de la embarcación que dos pescadores de la zona pusieron a nuestra disposición para desplazarnos entre las comunidades. Silenciado el motor, los sonidos de la naturaleza aparecieron: el viento, las olas golpeando suavemente contra la embarcación, las garzas alimentándose, los patos alzando vuelo, pero sobre todo el intenso sonido de la nada en medio de una de las tantas selvas tropicales de Colombia. Lejos se escuchaba la conversación entre los pescadores buscando la solución al problema del motor. Esta calma se fue tornando tensa porque la corriente del río comenzó a arrastrar sin rumbo la lancha. “¡Tranquilos!, disfruten del paisaje”, fueron las palabras de Javier Maldonado para serenar la angustia que comenzaban a sentir los pasajeros. Así era Javier, un hombre que con su experiencia observaba la belleza natural en medio de las adversidades.

Y esa experiencia siempre la compartió. Nunca dejó para sí mismo el conocimiento que adquirió durante sus años de estudios académicos y trabajo de campo. Su interés de llevar la ciencia fuera de las aulas, donde realmente pudiera tener un impacto social, lo llevó a recorrer y conocer los rincones más profundos de nuestro territorio, rincones que habitan muchas comunidades que llevan hasta dos años sin ver a un profesor que guíe, forme y eduque a sus familias. Javier fue un hombre que decidió no tener hijos para entregarse a la ictiología y la cultura, para ayudar a encontrar el equilibrio entre naturaleza y comunidad a lo largo y ancho de los ríos que atraviesan nuestro territorio.

Por todo esto, nuestro Javier Maldonado fue, es y será el arquetipo del científico altruista, el abanderado de la apropiación social de conocimiento.


Diederik Ruka
Comunicador de Pesquisa Javeriana

Maldonado durante una de sus clases en el Magdalena Medio. / Diederik Ruka.
Maldonado durante una de sus clases en el Magdalena Medio. / Diederik Ruka y Ximena Montaño.

 

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Mis proyectos con Javier Maldonado

Me negué a hablar en pasado sobre Javier desde que supe del accidente. Tuve la esperanza hasta último momento de que había llegado a la orilla del río Vaupés, el mismo que se lo llevó.

Javier murió en su ley, rodeado de la especie que más estudió. Sus peces nos lo arrebataron, quizá desde hace más de dos décadas, por las horas que les dedicó en su laboratorio, en sus clases, en su casa, en su oficina, en sus viajes. A él le gustaban los peces de agua dulce y por eso nunca dudó en meterse a los ríos para conocer sus costumbres, sus colores, sus aletas, sus ojos, el estado de sus poblaciones, cómo se relacionan las comunidades indígenas, campesinas y los pescadores con ellos.

El más solidario con la causa de la divulgación de la ciencia, el más interesado en contarles a las comunidades donde trabajaba sobre sus hallazgos, pero también en escribir artículos en revistas científicas para que los resultados de sus investigaciones llegaran a sus colegas de todo el mundo. El más sorprendido cuando tuvo la oportunidad de viajar al Amazonas en el avión presidencial para sellar, de su puño y letra, al lado del propio presidente Juan Manuel Santos, el compromiso colombiano para investigar las especies del Amazonas. Según él, del Amazonas colombiano poco se sabe y el proyecto Amazon Fish, en el que participan los países amazónicos, Francia y Bélgica, es la plataforma ideal para impulsar el conocimiento. Por eso también viajó todo el semestre pasado a Francia, para continuar trabajando con sus colegas internacionales y organizar salidas de campo, metodologías, hipótesis y proponer resultados esperados.

Con Javier tuve la oportunidad de dictar durante varios semestres la cátedra de Periodismo Científico, ofrecida por las facultades de Comunicación y de Ciencias de la Javeriana a todos los estudiantes de la universidad. Una cátedra donde científicos y periodistas se unen para producir diferentes formas de contar la ciencia a públicos que pueden ser niños, tomadores de decisión, campesinos. Donde los futuros periodistas comienzan a tener en cuenta una fuente de información diferente y conocen el mundo de los científicos, y donde estos últimos comprenden las dinámicas del periodismo y entienden nuestros ritmos. Con su cálido modo de ser, siempre conciliador, siempre dando pie para que las conversaciones avanzaran fluidamente, con sus comentarios oportunos y aleccionadores, fue un verdadero placer compartir la coordinación de ese curso que, estoy segura, fue concebido con sus ideas y cuya experiencia presentaríamos en la próxima reunión de la Red de Popularización de la Ciencia y la Tecnología, Red POP, en Panamá el próximo abril.

Conversé con él por teléfono la víspera de su viaje al río Vaupés. Hablamos sobre la presentación que haríamos en Panamá, sobre los cambios que le haríamos al próximo curso que dictaríamos en el segundo semestre de 2019, sobre el último artículo científico de uno de sus estudiantes que publicaremos próximamente en Pesquisa Javeriana, como lo hemos hecho con un buen número de sus investigaciones. Nos prometimos que continuaríamos con todos los proyectos. Nos prometimos que no nos abandonaríamos en estas causas profesionales. Con esas palabras… no nos abandonaríamos.

Así que la huella de Javier será siempre una impronta de calidad en todos estos proyectos.


Lisbeth Fog
Editora general de Pesquisa Javeriana

En 2018, Javier Maldonado logró el apoyo del Gobierno colombiano a la iniciativa académica 'Amazon Fish'. / Cortesía.
En 2018, Javier Maldonado logró el apoyo del Gobierno colombiano a la iniciativa académica ‘Amazon Fish’. / Cortesía.

 

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Javier Maldonado en trabajo de campo

Eran las 5 de la mañana y él nos esperaba con la sonrisa de quien quiere emprender una nueva aventura: su aspecto no era el de un profesor de cátedra, llevaba pantalones cortos de jean, una camisilla azul y sus botas para montañismo marca Quechua. Todo estaba listo para iniciar camino hacia el Magdalena Medio. Iba emocionado pero temeroso de no alcanzar a cumplir con el objetivo que había estampado en su mente desde que aceptó ir a aportar, de alguna manera, a la transformación de las comunidades de Chucurí, Bocas del Carare, Barbacoas e Islas: enseñar la importancia de la conservación del bagre rayado, esta vez no a los pescadores sino a los niños que, desde pequeños, crecen al lado del río y desarrollan sus habilidades de expertos pescadores.

Subimos a su Subaru color azul petróleo e iniciamos el recorrido. Fue un viaje tranquilo. Sus dedos golpeaban el timón al ritmo de la música, era realmente contagioso y dentro del repertorio nunca faltó una buena canción brasilera o Por ti, de Calle 13, que sonó más de una vez. Escucharla y verlo a él era evocar su esencia:

“Yo he peleado con cocodrilos,
me he balanceado sobre un hilo cargando más de 500 kilos,
le he dado la vuelta al mundo en menos de un segundo,
he cruzado cien laberintos y nunca me confundo,
respiro dentro y fuera del agua como las focas,
soy a prueba de fuego, agarro balas con la boca
(…)
Tengo vista de águila, olfato de perro,
puedo caminar descalzo sobre clavos de hierro,
soy inmune a la muerte
(…)
Ven conmigo a dar un paseo por el parque porque tengo
más cuentos que contarte que García Márquez”.

Antes de la llegada al lugar de destino, entró una llamada y puso el altavoz. “Hola madre”, la conversación continuó, “¿ya van a llegar, en dónde van?”, preguntaba, y al término de la charla ella finalizó diciendo “Dios te bendiga”, a lo que él respondió con un “Madre, te amo”.

Cada paso a su lado era una oportunidad para aprender de su experiencia como ictiólogo, como docente, pero además como amante da la naturaleza, de contar la ciencia de forma diferente y de cultivar experiencias para luego plasmarlas en sus historias. Cuando llegamos a Bocas del Carare, lugar donde nos quedamos, el cariño, los abrazos y las sonrisas de la comunidad hablaban de la huella que allí había dejado como ser humano.

Fueron días de mucho ajetreo, el calor oscilaba entre los 38 y 42°C y las jornadas eran extenuantes. Recuerdo cómo con una calma continua les decía a los niños de 7 u 8 años que prestaran atención; en momentos resultaba efectivo, otras veces se dispersaban, pero él continuaba con su cometido, sin descanso. Luego de los talleres en medio de una charla con un pescado bien sazonado y limonada fría, nos decía: “¡Qué verracos…! ¿Cómo hacemos para que se callen y no se distraigan?”, y soltaba una risa genuina.

Las noches y las madrugadas las dedicaba a la escritura de sus experiencias en este mágico lugar, no había otro momento para hacerlo. Cuando no estaba escribiendo estaba leyendo, en esta oportunidad un libro de conflicto y de los acuerdos de paz. El primer día estuvimos trabajamos en Chucurí y, ante las oleadas de calor, se tomaba una que otra cerveza. Al día siguiente a Islas, donde mostró que era un hombre colaborador y diligente cuando tuvo que alzar una nevera llena de bagres lo hizo, y cuando tuvo que halar una balsa para cruzar de un lugar a otro también. No guardaba energía, siempre estuvo altivo y en marcha para lo que se necesitara, era el comandante de nuestra comarca.

Pisó cuatro salones de clase y supo a lo que iba. Soltó la parte de su pantalón que estaba unida a una cremallera y se quedó en pantaloneta, se desamarró los cordones y dejó las botas a un lado. Era momento de empezar. Descalzo, enseñó a los niños la taxonomía del bagre: aleta dorsal, ventral, caudal, pectorales… explicó la función de los bigotes, el tamaño de los ojos y lo repitió cuantas veces fue necesario con la paciencia y tranquilidad que lo caracterizaba. Se sentó en el piso a armar rompecabezas con los estudiantes y también coloreó con ellos.

Para ir a la tercera y cuarta escuela tuvimos que atravesar gran parte del río Magdalena en una canoa a motor. En los trayectos, Javier cubría su cabeza con una cuellera y, sobre ella, una gorra. Las conversaciones durante el trayecto fueron largas y amenas, me contaba cómo era antes el paisaje del Magdalena y lo cambiado que estaba; también hablamos de ‘Gabo’ y sus recorridos por el mismo lugar en el que ahora navegábamos, incluso le pregunté a qué le olía el Magdalena: yo esperaba una respuesta poética de un hombre que había recorrido largos y diversos ríos, pero me dijo: “Como a pescado, ¿no?”, y ambos nos reímos.

En una de las travesías por el río, se nos apagó una, dos y tres veces la canoa, y si avanzábamos tres metros, la corriente nos devolvía dos. En medio de la angustia de tres inexpertos, Javier, el cuarto del grupo nos daba una partida de calma. Con él siempre nos sentimos seguros, sabíamos de su experiencia en las aguas, lo que no sabíamos era el goce que le generaba ver nuestros rostros de preocupación y su buen sentido del humor. En ese momento de alarma para nosotros, a él no le quedó más que estirar sus pies, ponerse cómodo y decirnos “Bueno, muchachos, disfruten del paisaje”, y nuevamente una carcajada salió y una sonrisa se dibujó en su rostro.

Su único error y acierto fue haber tratado de rebasar sus límites esplendidos, vivió e hizo lo que quiso. Hoy estamos unidos pero nos invade la soledad por su partida. Fueron tan solo ocho días de haberlo visto sonreír. No compartí mucho con él, pero lo suficiente para conocer su tenacidad aguerrida. Hoy puedo decir con cariño y con orgullo que conocí a un amante puro de la vida, del paisaje, del agua, de los peces y fiel creyente de que cuando uno entrega todo, por mínimo que sea, puede transformar vidas.

Él entregó su conocimiento y con alma humilde no se quedó con nada porque las cosas buenas siempre quiso compartirlas. Gracias por los aprendizajes, por las historias y por todo lo que nos dejaste. Disfruta del paisaje y vuela alto.


Ximena Montaño
Perodista de Pesquisa Javeriana

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Maldonado (centro), en una de sus innumerables expediciones de campo. / Cortesía

 

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Lo que aprendí de Javier Maldonado

Gracias a Javier Maldonado, aprendí sobre la guapucha, un pez endémico del río Bogotá.  David Mayorga, actual editor web de Pesquisa Javeriana, escribió cómo este investigador acompañado de sus estudiantes recorría las aguas de ese contaminado afluente para estudiar la forma en que la especie transitaba desde la fuente del río hasta la cuenca baja, al final de la Sabana de Bogotá; cuando escuchaba a Javier hablar de esos peces, me preguntaba cómo hacían para sobrevivir a uno de los ríos más contaminados del país. Él me decía que obviamente se generaban malformaciones y mutaciones en la especie, que con el tiempo impactaba su evolución. O al menos, eso fue lo que entendí.

Desde ahí, desde marzo de 2016, comencé a encontrar en los peces una atracción especial, los veía de manera diferente. Ahora comprendo que son un medidor clave para evidenciar la afectación de los ecosistemas. Así nos lo explicó con sus investigaciones sobre hidroeléctricas. ¿Qué por qué no convienen los proyectos hidroeléctricos actuales? Porque rompen el cauce natural del río, y con este las especies que transitan en él. ¿Para dónde van los peces cuando se encuentran con la pared de una hidroeléctrica? Pues se mueren allí, pueden devolverse río arriba o perder su camino. Se mutila la posibilidad de que tomen el rumbo natural para su reproducción. Y si eso ocurre con los peces, la cadena alimenticia se ve afectada directamente. Quienes comen peces ya no los encontrarán y, mucho menos, quienes los pescaban. Además de la fauna, los seres humanos nos vemos afectados, principalmente las comunidades que dependen de esa actividad productiva y económica.

No puedo dejar de lado las maravillosas conversaciones sobre apropiación social del conocimiento. Un aliado inconfundible para democratizar el conocimiento, para dejar en la sociedad una huella mayor a la discusión en esferas académicas sobre los hallazgos científicos. Era necesario que toda la sociedad comprendiera para qué hacía esas investigaciones, cuáles eran sus resultados y para qué servían en la cotidianidad y en la toma de decisiones. Nos quedaron tareas pendientes es ese campo, algunos sueños por resolver, pero no quedarán en vano esos esfuerzos y aprendizajes que nos deja.

Esas banderas las tomaremos para seguir promoviendo el conocimiento al alcance de cualquier persona, mi abuela, su tía o mi hija. En últimas, lo que veo que dejó en mí con su pasión por los peces fue eso, pura apropiación del conocimiento científico.


Claudia Mejía
Productora ejecutiva de Pesquisa Javeriana

En febrero de 2019, Javier viajó al Magdalena Medio para enseñarles a los niños la taxidermia del bagre rayado. / Diederik Ruka
En febrero de 2019, Javier viajó al Magdalena Medio para enseñarles a los niños la taxidermia del bagre rayado. / Diederik Ruka y Ximena Montaño.
La magia de la psiquiatría

La magia de la psiquiatría

Juro que es cierto, lo vi con mis propios ojos. El decano Carlos Gómez-Restrepo, en la sala de su casa, jugaba con una lucecita roja entre sus dedos. Podría creerse que tenía un bombillo diminuto, pero no. Era exactamente lo que estoy diciendo: una lucecita roja que agarraba con los dedos. Lo más inverosímil era que la sacaba de cualquier parte: del florero de la mesa, de mi oreja, de atrás de su cabeza. Jugaba con ella, la movía de aquí para allá y hasta se la pasaba de una mano a la otra. “Hacer magia depende de conocer muy bien el truco y ese truco es lo que divierte”, decía. Un tío le enseñó cuando tenía unos nueve o diez años, y practicaba en sus vacaciones en Manizales, llenas de primos, tías, abuelos y otros parientes.

El amor por la psiquiatría vino después. De hecho, un poco tarde porque empezó estudiando psicología. “Luego decidí entrar a Medicina a la Javeriana y ahí me preparé para ser psiquiatra”, recuerda Gómez-Restrepo. Tenía un sinfín de opciones de especialidad para escoger, e incluso alcanzó a interesarse por la neurocirugía, la neurología y hasta la ginecobstetricia, pero siempre le gustó más tratar con la gente, comprender sus inquietudes y profundizar en detalles de sus vidas. Pero no lo malinterpreten. Para él, lo biológico es básico en la medicina y está en todas las áreas, pero la psiquiatría privilegia de una manera particular lo psíquico y las relaciones sociales, y eso era lo que le llamaba la atención. “Cuando uno define salud como un completo bienestar físico, mental y social, y no solo como la ausencia de enfermedad, comprende la magnitud de esta especialidad; entiende su elección cuando piensa la salud como la manera de hacer que las personas logren un mayor bienestar, puedan amar, trabajar, desarrollar sus capacidades, obtener las metas que se plantean y participar en la construcción de un mundo mejor y más equitativo”, explica el decano.


No solo psiquiatra

Carlos Gómez-Restrepo es tal vez el único psiquiatra mago que conozco, pero vale aclarar que no es el único rasgo particular de este médico. Después de terminar su especialización y de haber hecho algunos diplomados, cursos y rotaciones en España, viajó a Estados Unidos para estudiar una maestría en Epidemiología Clínica en la Universidad de Pensilvania. Lo hizo gracias a una beca de la Fundación Rockefeller, la Javeriana y la Red Internacional de Epidemiología Clínica (Inclen, por su sigla en inglés).

Corría el año 1993 y para entonces “era como el tercer psiquiatra en el mundo que estudiaba eso”, asegura Gómez-Restrepo, quien agrega que se trataba de una disciplina nueva dedicada a la investigación clínica y a profundizar en herramientas metodológicas con el fin de dar lo mejor a los pacientes. Según explica, la epidemiología clínica utiliza el método científico para hacer buena investigación y dar predicciones sobre el estado de algún paciente, saber qué tipo de terapia puede servirle más o establecer las pruebas diagnósticas que requiere. En sus propias palabras, “da herramientas para discernir entre qué es útil y qué no, para ser muy crítico con lo que uno hace y muy propositivo para hacer cosas mejores”.

/Betto
/Betto

Cuando regresó de Estados Unidos se empezó a dedicar también a la academia, con el fin de compartir su conocimiento con nuevas generaciones de médicos. A mediados de los 90 se involucró como profesor en el Departamento de Psiquiatría y Salud Mental de la Javeriana, y luego como su director, desde 2000 hasta 2007, tiempo en el cual diseñó los primeros posgrados en Colombia en Psiquiatría de Enlace y en Psiquiatría de Niños y Adolescentes. Posteriormente le fue encargada la dirección del Departamento de Epidemiología Clínica y Bioestadística de la misma universidad, de 2010 a 2017, donde ideó el primer doctorado de esta disciplina en el país y la Maestría en Bioestadística.


No deja de enseñar

El decano supo que quería ser docente cuando estaba en cuarto semestre de Medicina y su profesor de fisiología, el neurofisiólogo Arturo Morillo, lo escogió como monitor. Ahí se dio cuenta de la felicidad que le produce que otros aprendan, encontrar técnicas diferentes para cada estudiante y, sobre todo, aprender a partir de esa labor. “Esto es un juego de partes en el que uno da mucho de lo que sabe pero también aprende muchísimo de sus alumnos, de sus formas de ver el mundo, de sus preguntas”, asegura Gómez-Restrepo.

Hace un año, en septiembre de 2017, cuando el rector lo llamó para decirle que había sido seleccionado por sus más de 400 compañeros profesores para ser decano, pensó en la tarea que implicaba aprender otros detalles administrativos que no dominaba. Pero eso no le preocupó. También se le vino a la cabeza el tiempo que tendría que invertir en esta nueva labor, pero aun así aceptó, siempre y cuando pudiera seguir enseñando. Él insiste en que esa posición lo obliga a estar en contacto con todas las personas que hacen parte de la facultad, incluyendo los estudiantes, y de esa forma no solo puede darse cuenta de las necesidades de la gente y los inconvenientes que puedan encontrar, sino que “evita que me quede estático en materia de conocimiento. Me hace leer todo el tiempo, actualizarme, prepararme”.

Tampoco ha dejado de ver pacientes. El día que nos vimos, por ejemplo, acababa de llegar de consulta y no se le notaba un solo rastro de cansancio. Sigue yendo al Hospital Universitario San Ignacio a hacer sus turnos en psiquiatría, y también atiende en su consultorio privado, donde aplica sus terapias. Le pregunté entonces si la magia y la psiquiatría se parecen y, para mi sorpresa, dijo que sí. “Cuando una terapia se hace bien, la gente cambia de forma sorprendente”, respondió. Luego agregó que la pequeña diferencia es que ahí no había ningún truco, “sino una buena metodología que ayuda a las personas. Tanto, que parece como si fuera magia en acción”.

P46 Magia 1

Los trucos, que pasan de generación en generación, se los está enseñando a su hija menor, Valentina, a quien le encanta la magia. La idea del decano es que un día, cuando ella aprenda a barajar muy bien, logre que todas las cartas de un naipe se vuelvan de una misma pinta. De sus otros tres hijos, solo la segunda estudia medicina y ya está en el internado. Según el decano, no decidió por ella: “siempre espero que mis hijos escojan lo que más les gusta y que encuentren su camino, que vivan plenamente sus vidas y que hagan un mundo mejor”.

La mayor es ingeniera química y al tercero le gustan el fútbol y el derecho. Pero si en algún momento sienten que no están haciendo lo que quieren, Gómez-Restrepo ―como el buen profesor que es― les señala el valor de la duda y el disfrute de investigar, innovar y conocer. Asegura que siempre hay tropiezos y todo el mundo corre ese riesgo, “pero eso es bueno porque después se enriquecen, aprenden y salen adelante”. Y esa forma de ver la vida, que también tiene su esposa, Andrea Padilla, profesora de jurisprudencia, la comparte con los alumnos con que se topa todos los días en la universidad, como un consejo para sus vidas después de egresados.

Más allá de lo evidente

Más allá de lo evidente

Por aquella época los días tenían una facilidad enorme para estirarse, para no acabarse, para mantenerse firmes, incambiables en el calendario. Lo peor de todo era que el teléfono no sonaba: ninguna razón, nadie que le avisara de la suerte del primer proyecto de su carrera. Avanzaba 1988 y Sandra Baena, recién graduada de Biología de la Pontificia Universidad Javeriana, en Bogotá, había regresado a Cali, a su casa paterna, a la espera de que una llamada le confirmara que su tesis de grado iba a convertirse en realidad.

Pero muy poco pasaba: la llamada recurrente que recibía era la de Elizabeth Hodson de Jaramillo, su mentora y tutora, siempre insistente: “Me decía que no me acelerara porque todo iba a salir bien”, recuerda hoy Baena, con una sonrisa.

Las buenas noticias llegarían en mayo de aquel año. Con la aprobación administrativa empacó maletas, regresó a la capital y se puso al frente del proyecto de evaluación de un sistema natural de tratamiento de aguas residuales domésticas que utiliza pastos forrajeros, el mismo que empezó a construirse en el campus de la universidad, en la zona verde junto al edificio Jesús Emilio Ramírez, S. J., en la esquina de la carrera Séptima con calle 45.

Con ese proyecto nacería la Unidad de Saneamiento y Biología Ambiental (USBA) de la Javeriana, que con el tiempo se convertiría en el grupo de investigación con el que Baena alcanzaría sus mayores logros científicos y académicos. Claro que en sus primeros días generaba risas entre los colegas: “Mis amigos me decían: ‘El grupo es de uno: es usted. Si falta, se acaba’”, recuerda. Realizaba sus primeros análisis de demanda biológica de oxígeno (DBO) de las aguas residuales en un rincón del laboratorio dirigido por Hodson, en horas en las que nadie más estuviera presente.

Ese fue su primer paso, uno que había anticipado en su infancia. Hija de ingeniero químico y de abogada, se formó en un hogar abierto a las preguntas y las inquietudes. Fue en ese ambiente, haciendo las tareas acompañada de sus cinco hermanos, cuando se despertó su afinidad por temas como la biología celular o el funcionamiento del sistema solar. “Desde que estaba en el colegio lo único que me gustaba eran las ciencias. Nunca pensé que pudiera ser administradora de empresas, economista o ingeniera. Me gustaban la química y la biología”.

Su elección estuvo marcada por la profesora Carmen Elisa, quien en el Colegio de la Sagrada Familia, de Cali, le enseñó los secretos celulares a través de dinámicas de clase que fomentaban la opinión: “Era muy buena gente, y lo que más me descrestaba es que sabía. Lo que uno le preguntaba, ella lo sabía. Todo lo explicaba muy fácilmente”.

Todos esos recuerdos los llevó consigo a Bogotá, donde, a comienzos de los años 80, inició la carrera de Biología en la Javeriana. En sus aulas, de la mano de la profesora Hodson y de Martín Llano, su profesor de ecología, encontró el norte de su carrera: los sistemas biológicos para descontaminar aguas residuales. De hecho, su tesis de grado consistió en aplicarlos al tratamiento de aguas residuales basados en la hidroponía, técnica que Carlos Fonseca, entonces subdirector de Medio Ambiente del Inderena, buscaba implantar en el país, especialmente en municipios pequeños. Esta técnica consistía en una estación en la que se sembraban en grava pastos forrajeros, y los microorganismos de las raíces, al entrar en contacto con el líquido, degradaban sus contaminantes y removían nutrientes (principalmente fósforo y nitrógeno), los cuales, a su vez, nutrían todo el sistema.

Se trata de un sistema biológico sencillo, pues funciona gracias a la interacción entre las plantas y el microbioma asociado principalmente a las raíces. “Esta interacción es la que realiza el trabajo”, comenta Baena, y explica que su amor por esta especialidad surgió cuando entendió que se trataba de una solución adaptada al trópico, donde la duración de la luz del sol es constante a lo largo del año y facilita el trabajo biológico: “No eran sistemas complejos desarrollados en países industrializados, sino soluciones pensadas en las ventajas competitivas del trópico para solucionar este problema ambiental”.

Sin embargo, ella no quedó satisfecha con ese logro. Mientras buscaba que estos sistemas se implementaran en municipios pequeños y empresas, al tiempo que dictaba clases en pregrado y las recibía en la Maestría de Saneamiento y Desarrollo Ambiental, seguía inquieta sobre lo que sucedía en ese mundo invisible descontaminante. Una pasión que llevó a fondo a comienzos de los años 90, cuando Colciencias la becó para adelantar un doctorado en Ciencias en la Universidad de Aix Marseille, al sur de Francia. Fue allí en donde realizó su tesis doctoral en el laboratorio de microbiología de anaerobios –sistemas que trabajan sin la presencia de oxígeno– del Institut de Recherche pour le Développement (IRD), laboratorio que hoy hace parte del Institut Méditerranéen d’océanologie (MIO).

Baena P44 1iAsí, con el entusiasmo por aprender más sobre las interacciones entre los microorganismos en los sistemas anaerobios de tratamiento de aguas residuales, partió a Marsella, lejos de París, donde su esposo, el biólogo herpetólogo e investigador javeriano Julio Mario Hoyos, hacía su doctorado en el Museo de Historia Natural. El cambio fue duro: tuvo que instalarse en un pequeño estudio de la ciudad universitaria de Luminy y conoció las consecuencias de las clásicas huelgas a la francesa, en las que los servicios públicos de transporte se suspenden; también tuvo que convivir con el estilo marsellés de conversaciones de tono alto y palabras de grueso calibre. Aún recuerda con emoción los imponentes paisajes de las calanques alrededor de Luminy, unos valles de bordes muy empinados que se encuentran en la costa del mar Mediterráneo.

Pero, sobre todo, aprendió lo que no sabía en Colombia: el cultivo de bacterias anaerobias en laboratorio, los marcadores moleculares para hacer identificación taxonómica y análisis filogenético de procariotas y, principalmente, cómo eran las interrelaciones de microorganismos en ambientes anaerobios que degradaban la materia; en síntesis, se zambulló en un universo que no se percibe a simple vista. “Dentro de la biodiversidad se ignora aquello que no podemos ver. A veces nos parece que los microorganismos no tienen un papel relevante en el mundo, pero ellos son los encargados de transformar la materia orgánica, de mover los ciclos biogeoquímicos, son la base de las cadenas tróficas. Sin su actividad, difícilmente podríamos existir”, explica.

Fueron cuatro años de estudio dedicado, que también le abrieron la puerta al conocimiento de los microorganismos que habitan ambientes extremos gracias a las investigaciones que llevaba a cabo su tutor francés, Bernard Ollivier, en estos ambientes, como aguas termales, ecosistemas salinos, biomas de frío intenso o cualquier lugar donde, a simple vista, se crea que no es viable hallar vida.

En su regreso a la Javeriana tuvo que implementar este conocimiento desde cero, pues el laboratorio del grupo de investigación no estaba diseñado para este tipo de estudios. Fue a comienzos del siglo XXI cuando Baena regresó a un país con profundos problemas sociales, políticos y económicos, con recursos escasos para la investigación y para la creación de infraestructuras que era necesario adecuar si quería generar nuevo conocimiento sobre la diversidad microbiana, así que se dio a la tarea de formular y presentarle proyectos de investigación a todas las instancias posibles: empresas, entidades oficiales, organismos de cooperación internacional, etc.

Baena P44 2CLos últimos 18 años los ha dedicado a la investigación en campo, al estudio de microorganismos de manantiales termales y salinos y de microorganismos que puedan producir enzimas o metabolitos de interés, y así, junto con su estudiante de doctorado Gina López, su trabajo le ha valido la obtención de la patente sobre una lipasa modificada, aislada de un organismo que habita en manantiales con alta temperatura y en condiciones ácidas que puede transformar grasas y aceites utilizados en la industria alimentaria, cosmética y, posiblemente, farmacéutica. Pero, ante todo, se ha dedicado a formar estudiantes de la misma forma con la que aprendió a trabajar en los laboratorios franceses: cada uno sabe lo que tiene que hacer y todos trabajan con compromiso por el grupo. “Siempre les digo a los que trabajan conmigo que pueden preguntar todas las veces que quieran para evitar equivocarse por no preguntar”, explica.

Aunque reconoce que su trayectoria no está completa, un reconocimiento a su arduo trabajo se dio en 2014 cuando la Academia Colombiana de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales la aceptó como uno de sus miembros. “Fue un reconocimiento a una labor silenciosa, a un trabajo constante y bien hecho”. Durante la ceremonia de entrada dictó una conferencia sobre la diversidad metabólica y filogenética de los manantiales salinos colombianos; allí la acompañaron su esposo, Julio Mario, sus amigos, su familia extendida (estudiantes que ha formado a lo largo de estos años) y Elizabeth Hodson, su tutora y amiga.

Hoy su rutina transcurre con más calma. Gracias a su trabajo disciplinado ha aprendido no solo a dominar los silencios de la incertidumbre, también a disfrutar aquellos espacios externos a su pasión, que es su trabajo científico. En su casa, las noches y los fines de semana son de “cerebros caídos”: en el refugio que ha construido con su esposo está prohibida cualquier referencia a los proyectos en curso, las tesis dirigidas o las clases que vienen. Aquellas jornadas se dedican a la música –su esposo es un melómano del rock clásico, en especial del rock progresivo italiano–, al cine y a la literatura, una de las aficiones de Baena. En su biblioteca abundan las obras de Roberto Bolaño, Javier Marías, Julia Navarro, Alice Munro o Nancy Houston: “Me gusta cómo pueden llevar las situaciones a los extremos para generar una historia”.

En los estantes de su casa también reposa una libreta. Sus hojas están llenas de cuidadosas anotaciones sobre las plantas y los árboles de su infancia, que ha ido construyendo poco a poco gracias a las conferencias telefónicas que sostiene desde Cataluña con su mamá. “Me gustan los jardines, quiero tener una casa con un jardín grande”, comenta cuando habla de los días aún lejanos de su jubilación, en los que también planea estudiar historia y seguir dando clases, ya no desde la formalidad de la academia sino a niños, por ejemplo, sobre el ambiente que los rodea.

Sin embargo, es la primera en aceptar que no se debe apurar el tiempo. Es un aprendizaje que ha asumido gracias al trabajo duro y consciente, a construir, resultado tras resultado y proyecto a proyecto, un tejido humano de conocimientos aplicados que sigue reinventándose todos los días. Por eso sigue atenta a los pliegues de la rutina diaria, porque los años que vienen se antojan, ante todo, intensos: “Más que al futuro, tenemos que trabajarle al día a día. Tenemos unos días muy lindos acá”.

Trascender hacia la fantasía

Trascender hacia la fantasía

Imagínese recorrer un pasillo que parece no tener fin y que pertenece a un edificio que existió muchos años atrás, colmado con el sonido de mil máquinas de escribir. Ese fue el detonante para Fabricia, animación con la que Cecilia Traslaviña ganó el Premio Bienal a la Creación Artística Javeriana que se entregó en septiembre de 2014, en el marco de primer Encuentro Javeriano de Arte y Creatividad. Era también la primera vez que la Universidad reconocía el talento creativo. Los 18 años de hacer escuela, de romper los límites estéticos y la reflexión constante sobre su campo, hicieron merecedora a Traslaviña de esta distinción.

Esa remembranza de su infancia, en la que quizás solo fueron diez señoras que trabajaron con máquinas de escribir junto con su madre en la Registraduría Nacional del Estado Civil, fue el recuerdo motivador para que la profesora de la Facultad de Artes de la Pontificia Universidad Javeriana le diera vida a uno de sus personajes consentidos. Ése que, además, le ha devuelto muchas sonrisas y reconocimientos. Además del premio javeriano, Traslaviña ha presentado esta obra de animación en espacios nacionales e internacionales como la Cinemateca Distrital de Bogotá, , el XVI Festival de Cine de Santa Fe de Antioquia, el V Festival de Cine Corto de Popayán, la Muestra de Cine en Femenino, Chilemonos en Santiago de Chile, Panorama du cinema Colombien de Paris, 20th KROK International Animated Film Festival, en Ucrania, entre otros.

“Lo que brinda Fabricia es la posibilidad de abrirse a la fantasía”, asegura la creadora de esta historia que cuenta cómo una niña llega a una fábrica que la asusta terriblemente y que a través de la imaginación logra huir de ese espacio que la agobiaba. Agrega Traslaviña que, a pesar de vivir en un mundo complicado y difícil, la imaginación es el poder esencial para encontrar salidas a lo creativo. Ese es el mensaje que ha buscado transmitir a lo largo de su carrera como profesora desde 1989 cuando comenzó su experiencia docente en diseño de textiles en Talleres Esperanza. Luego, cuando pasó a la Javeriana en 2000, su pasión artística y foco académico se concentraron en la animación y el cine experimental. En casi dos décadas, junto a otros profesores, ha fortalecido esta área artística en la Facultad de Artes, destacándola en el campo artístico nacional tanto por las producciones realizadas como por los reconocimientos obtenidos.

La preocupación por impulsar las obras de sus estudiantes es palpable. “A cualquier festival donde vaya llevo un compilado de animaciones colombianas y de los estudiantes; así no sea parte de los programas oficiales de los eventos, trato de empujar para que lo vean”, explica. Asegura que la animación colombiana tiene actualmente un fuerte dinamismo, sin embargo, las producciones de las universidades suelen quedarse en el entorno académico, no trascienden. Por ello visibilizarlas en cuanto espacio encuentra es una consigna asumida. Además, porque está convencida de que el sello de la Javeriana está en esas apuestas experimentales de búsqueda de narrativas poco convencionales y arriesgadas, de no contar las historias y los personajes desde una estructura solamente tradicional sino con una propuesta estética y emotiva que conmocione a quien la ve.

En la trayectoria de Traslaviña se destaca la producción de más de diez piezas audiovisuales en animación desde 1988, las cuales han participado en festivales a lo largo del planeta:

  • Almas Santas Almas Pacientes, 2007
  • Una vez fuimos peces, 2008
  • La Casa del Tiempo, 2009
  • Álbum, 2009
  • El silencio habita en tu ventana, 2010
  • Presencias/Ausencias, 2012
  • Fabricia, 2013
  • Perpetuum Mobile 2014
  • Memorias y Caminos 2015
  • Movimientos en el sótano 2017
Imagen de 'Fabricia'.
Imagen de ‘Fabricia’.


Los cambios del campo en Colombia

Cecilia Traslaviña es reflexión viva sobre su quehacer y el de sus estudiantes. La creación propia y colectiva es constante, cuenta con más de 15 piezas de su autoría y otras colaboraciones, así como el acompañamiento de 19 trabajos de grado de estudiantes en dos décadas. Pero las inquietudes artísticas no se quedan allí. Su cuestionamiento por ampliar los límites de las posibilidades de la creación hace parte de su cotidianidad. “Yo insisto mucho en eso, un artista tiene que crear su propio mundo y jalar hacia algún lado, proponiendo siempre. No quedarse solo en lo que funciona, sino que amplíe el medio. En últimas, eso es lo que lo enriquece”, asegura. Comprende que en los trabajos hay que dar respuestas a inquietudes comerciales, pero eso no debe impedir que en el mundo propio se sigan experimentando y explorando rumbos genuinos.

No es desconocido para la profesora que es un choque fuerte cuando los estudiantes terminan su carrera en la universidad y se enfrentan al mercado que condiciona la creación. “Ahí el problema no es que trabajen en una empresa, sino que no olviden su proyecto personal, seguirlo haciendo de manera independiente. Porque o si no es venderle el alma al diablo”, sentencia. “Y lo digo ahora con el tiempo porque ya pasé por esas. También lo sufrí un montón”.

Recuerda cuando en la Javeriana no había ni siquiera mesa de animación, tampoco el país tenía muchos recursos para producir estas piezas audiovisuales. El cambio y crecimiento de este campo de creación es notorio, por ejemplo, con el diplomado en animación experimental que se ofreció entre 2005 y 2015 por medio del programa de Educación Continua en la Javeriana, con la creación en 2016 del pregrado Realización en Animación de la Universidad Jorge Tadeo Lozano, la Especialización en Animación de la Universidad Nacional de Colombia, el aumento en premios del Fondo de Desarrollo Cinematográfico o la convocatoria en animación creada por el Instituto Distrital de las Artes–Idartes. “El campo se ha ido abriendo y es en la medida en que viene más gente estudiando animación”, asegura.

También han surgido cambios en las convergencias de áreas artísticas y del uso de la tecnología. La tendencia ahora es a combinar la animación con artes electrónicas, con cine expandido o la animación documental y la de ensayo. “Es decir, se ha ido abriendo a otros campos y eso la enriquece un montón. Empieza uno a ver una paleta de obras muy amplia”. En cuanto a las preocupaciones temáticas, Traslaviña ha identificado que la memoria, tanto colectiva como personal, suele ser el recurso más constante en la producción de sus estudiantes; también el uso experimental de la forma o buscar transformaciones basadas en la música. Otros temas suelen ser de carácter fantástico. Últimamente, ha sentido una preocupación por los asuntos actuales del país.


La reflexión académica también cuenta

En su producción intelectual, cuenta con artículos sobre animación experimental y cine de animación. Ha sido ganadora de premios a mejor animación en el V Festival Internacional de cine El Espejo (Bogotá, 2008), I Festival Internacional de Cine de Mompox (Bolívar, 2008) y estímulo para la realización de cortometrajes del Fondo de Desarrollo Cinematográfico en 2005 y 2010. Su línea de investigación está enfocada en Pedagogía, tecnología y sociedad en las artes visuales, y ha realizado diferentes textos académicos y divulgativos alrededor de las prácticas, la historia, los actores y los modos de la animación en el país.

La profesora Cecilia Traslaviña se ha hecho un nombre en el campo de la animación en Colombia.
La profesora Cecilia Traslaviña se ha hecho un nombre en el campo de la animación en Colombia.

“Sigo entusiasmada y queremos seguir haciendo investigaciones en el campo de la animación”, asegura Traslaviña, y explica los documentales sobre animación que hizo con Mauricio Durán y Gilberto Andrés Martínez, titulados Perpetuum Mobile (capítulos I, II y III), que están en el Catálogo de Obras Artísticas de la Pontificia Universidad Javeriana. Este proyecto nació como una necesidad de presentar la animación más allá de una técnica audiovisual o de un producto exclusivo para el público infantil. Para aclarar ese supuesto, los profesores realizaron entrevistas a animadores y no animadores, con el objetivo de indagar por las formas de trabajo y los puntos de partida para crear, descubriendo un amplio espectro de modos de realizar sus proyectos –por ejemplo, varios creadores hacían guion, otros no; algunos creaban tres cosas simultáneamente–. Es decir, concluyeron que hay tantas posibilidades de trabajo como personas haciéndolo y que no hay una regla fija que condicione la creación en animación.

El primer capítulo se enfocó en la noción de espacio-tiempo y cómo, desde la animación, se descompone el tiempo para recomponerlo después. Era la mirada de artistas sobre cómo crean ese espacio en animación y cómo evidencian que ella hace parte del arte; el segundo trató de las metodologías de trabajo y cómo la animación puede hablar de la realidad, planteando así la disruptiva de que solo el documental puede retratar los hechos reales. Es decir, comprender la animación como herramienta para contar la realidad. El tercer capítulo abordó la relación entre la tecnología y las artes desde la experiencia personal hasta situaciones más elaboradas, y cómo la tecnología ha cambiado todas las maneras de hacer en todas las disciplinas, no solamente en la creación sino en cualquier campo del conocimiento.

Esta amplia y valorada trayectoria, la preocupación por su campo, la formación de escuela y su constante evolución en las piezas de animación y cine experimental, fueron aspectos tenidos en cuenta para que Cecilia Traslaviña fuera la primera artista reconocida con el Premio Bienal a la Creación Artística Javeriana. Asegura que fue una fantástica sorpresa, que todavía la emociona al contarla, sobre todo porque es un espaldarazo a su trabajo y a los esfuerzos de sus compañeros por posicionar un campo poco tradicional en medio de artes con trayectorias históricas.

El viajero del conocimiento

El viajero del conocimiento

Los años 80 comenzaron para Andrés Etter con el peso de una revelación. Por entonces se encontraba en el municipio de La Loma, en Cesar, estudiando el impacto ambiental que tendría la futura operación carbonífera de la Drummond Ltd. Colombia, cuando se convenció de que su conocimiento era aún muy restringido para entender esos problemas. Si pretendía medir la verdadera huella del ser humano y sus actividades sobre los ecosistemas, tendría que ir más allá y ampliar sus conocimientos de biólogo; sería necesario consolidar y aplicar la visión sistémica, método que había aprendido de Arthur Simon, uno de los profesores que más lo había marcado. La representación geográfica, la historia y los mapas siempre lo atrajeron, por eso debía aprender de geografía y de manejo de datos espaciales y convertirse, nuevamente, en estudiante.

“En la biología que nos enseñaron, la acción del hombre se veía como algo separado de los sistemas biofíscos, como del ámbito de las ciencias humanas, lo que me parecía contradictorio porque cada vez me daba más cuenta de que la expresión de la naturaleza respondía a las interacciones del hombre”, resume. Esa convicción lo llevó, primero, al Centro Interamericano de Fotointerpretación (CIAF), organismo en convenio con la Universidad Nacional, liderado por profesionales holandeses, dedicado a la cartografía, los estudios de suelos y la vegetación basados en sensores remotos, como fotografías aéreas o imágenes satélitales. Y allí, en medio de coordenadas, accidentes geográficos y de nociones del concepto de paisaje, encontró los trazos de su destino.

El camino lo condujo a Holanda, donde estudió la Maestría en Ecología del Paisaje, la primera parada del viaje intelectual que se había propuesto. A su regreso, aquel muchacho de 27 años, tímido pero aplicado, se convirtió en profesor de estudiantes internacionales (brasileños, mexicanos y de otras latitudes), muchas veces con una experiencia que él apenas comenzaba a construir. “Ahí aprendí a relativizar y poner en contexto mis conocimientos, a valorar la experiencia de otros y la necesidad de escuchar. La ciencia es base de conocimiento progresivo”, comenta. En las clases vislumbró un vacío en las aproximaciones de estudio del territorio, que podrían integrarse dentro de las nociones de la ecología del paisaje. Entonces, supo que debía dedicarse a su promoción, divulgación y aplicación.

Etter C

Aquella convicción, que se ha convertido en el sello de su trayectoria académica, de alguna manera la había intuido ya desde su niñez. Andrés Etter tuvo el privilegio de conocer el país al lado de su familia y de su padre, un empresario suizo que echó raíces en Colombia y que entendió que la mejor forma de mostrarles el país a sus hijos era viajando: sus vacaciones transcurrían entre los cerros orientales, el altiplano cundiboyacense, las sabanas llaneras o las playas del río Guaviare, donde su familia acampaba. “Hablando con mis compañeros de colegio, me sorprendía que eso fuera inusual. En ese momento, conocer el país pocas veces iba más allá de ir a la playa o a una finca”.

El profesor Andrés Etter ha publicado más de 80 escritos, entre artículos, capítulos de libros, libros y decenas de mapas ecológicos.

Esas experiencias se fortalecieron mucho por el legado y los escritos de El Dorado, de su bisabuelo materno, Ernst Rothlisberger, y por la amistad de su abuelo Walter, que le abrió los ojos a la historia. La educación y las lecturas promovidas en el Colegio Helvetia, donde estudió, alimentaron su curiosidad: desde las obras de Albert Camus, Eduardo Caballero Calderón, Rómulo Gallegos y Gabriel García Márquez, hasta las biografías de grandes personajes del siglo XIX, como Napoleón, Simón Bolívar o Alexander von Humboldt. Todas incidieron en su constante interés por aprender más y contrastar lo que estaba escrito con lo que sucedía en el mundo real.

Fue la misma sensación que experimentaría en la universidad, cuando, a finales de los años 70, interrumpió sus estudios de biología en la Universidad de los Andes para irse a los llanos orientales. Después de viajes y encuentros con la naturaleza, ubicó un refugio intelectual en Villavicencio junto al herpetólogo y naturalista alemán Federico Medem, quien escribía por entonces sus libros sobre los cocodrilos colombianos. Etter se convirtió en su asistente de investigación, con acceso a una biblioteca llena de ediciones originales de libros de viajeros naturalistas como Spruce, Bates, Wallace y Schultes, y a los recuentos de sus viajes y conversaciones que acababan en la madrugada, acompañados de tinto y cigarrillo.

La iniciativa, heredada de su papá, de conocer a fondo cada rincón de Colombia, ha llevado a Andrés Etter a lugares como el Chocó, la Amazonia y la Orinoquia.
La iniciativa, heredada de su papá, de conocer a fondo cada rincón de Colombia,
ha llevado a Andrés Etter a lugares como el Chocó, la Amazonia y la Orinoquia.

Allí comenzó a entender que no lo comprendía todo, que ese país exuberante era mucho más intrincado de lo que creía. Lo supo en sus viajes posteriores a la Sierra Nevada de Santa Marta, Chocó, Tumaco, Guajira, por los Andes y, nuevamente, por la Amazonia. Y lo reafirmó más tarde con sus primeras clases: para aportar, era necesario seguir conociendo y estudiando.

El siguiente paso lo daría en conjunto con su hoy amigo y colega Francisco González, quien en 1989 lo invitó a integrarse a la Pontificia Universidad Javeriana. Su trabajo y visión contribuyeron a consolidar la Facultad de Estudios Ambientales y Rurales, donde se ha dedicado a enseñar y poner en práctica la ecología del paisaje. En esta nueva etapa investigó con un equipo interdisciplinario sobre aquel país que recorrió en su juventud, principalmente liderando proyectos de desarrollo regional en la cuenca del río Chicamocha (al norte de Boyacá), en los parques nacionales de la Amazonia, aportando en la fundación del Instituto de Investigación de Recursos Biológicos Alexander von Humboldt en 1993, y construyendo el primer Mapa de Ecosistemas de Colombia.

Este sería el primer insumo para su obra, que cristalizaría tras culminar el Doctorado en Ecología en la Universidad de Queensland, en Australia. Se trata de la modelación de la transformación histórica de los ecosistemas colombianos, trabajo que requirió la elaboración de mapas ecológicos del país desde el año 1500 hasta la actualidad con ayuda de documentos históricos y fuentes empíricas actuales, revelando que las principales amenazas se ciernen sobre la costa Caribe, la cuenca seca de los Andes y los bosques andinos. De ellos resultó la Lista Roja de Ecosistemas Colombianos, iniciativa apoyada por la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN), que busca medir la huella del desarrollo humano sobre el medio ambiente, elaborada junto a estudiantes graduados en ecología de su facultad.

La fotografía y la literatura son las otras dos pasiones del investigador Andrés Etter.
La fotografía y la literatura son las otras dos pasiones del investigador Andrés Etter.

“En estos tiempos del Antropoceno necesitamos ser doblemente responsables con lo que hacemos, porque tenemos evidencias claras de los impactos humanos en el funcionamiento del sistema global, por lo que está en nuestras manos manejar bien el medio ambiente para nosotros y los demás seres vivos”, asegura Etter, quien, por su trabajo, ha recibido distinciones como la Mención de Honor del Premio Nacional de Ciencias, otorgado por la Fundación Alejandro Ángel Escobar, o el Premio Vida y Obra al mejor investigador otorgado por la Javeriana.

Amante de la obra del pintor francés Paul Gauguin y de la música clásica, se considera un académico apasionado y un viajero dedicado que hoy, junto con su esposa Isabel y su hijo Alejandro, sigue los pasos familiares de acampar en los páramos, a orillas de los ríos de Guaviare y Guainía, o los desiertos australianos.

En ellos se esconden claves del conocimiento. “Siempre les digo a mis estudiantes que el hecho de salir graduados de aquí no los hace depositarios de la verdad, pero sí personas con un conocimiento mayor al promedio de la población, lo cual los obliga a hablar y opinar responsablemente, siempre con base en evidencias y no con opiniones emocionales”.

Ríos lejanos y montañas escondidas son algunos de los parajes vacacionales frecuentados por la familia Etter.
Ríos lejanos y montañas escondidas son algunos de los parajes vacacionales frecuentados por la familia Etter.
Luis Alejandro Barrera, el doctor que hizo la tarea

Luis Alejandro Barrera, el doctor que hizo la tarea

El teléfono sonó en medio de la jornada laboral. Su secretaria le informó que lo llamaba el padre Gerardo Arango S. J., quien para esos días, a mediados de los 90, era rector de la Pontificia Universidad Javeriana. La conversación del jesuita fue escueta: “Tengo algo muy importante de qué hablarte. Te pido el favor que vengas mañana a las 10 de la mañana a hablar conmigo”.

A la hora acordada, Luis Alejandro Barrera, quien era subdirector de Colciencias, se sentó a escucharlo. Hoy, 20 años después, recuerda muy bien el ímpetu del sacerdote: “Él era muy hábil en la forma de convencer a los demás”. La charla giró en torno al trabajo burocrático cotidiano, a su experticia en el área de la bioquímica médica y a su paso previo por las aulas de la Universidad de los Andes.

Y así, Arango le hizo una propuesta: “Tú trabajas en errores innatos del metabolismo, en las enfermedades poco frecuentes y estudiadas por las que no se ha hecho casi nada en Colombia. Necesitas varias disciplinas y un hospital. Nosotros lo tenemos, también el Instituto Neurológico, la Facultad de Medicina, más de cuarenta especialidades… ¿Qué más puedes pedir? ¿Por qué no te vienes a trabajar con nosotros?”.

Ese fue el germen del actual Instituto de Errores Innatos del Metabolismo (IEIM), uno de los sueños realizados de Barrera y la punta de lanza de la Javeriana en la investigación, diagnóstico y desarrollo de tratamiento para ese 8 a 10 % de las ‘enfermedades raras’. Como su prevalencia es muy baja, tienen poca atención de los sistemas de salud del mundo y hay escasos tratamientos. Cualquier terapia debe, obligatoriamente, pasar por un intenso trabajo de investigación, lo cual toma entre 10 y 15 años de desarrollo científico y presupuestos en millones de dólares.

Intentar desarrollar nuevas terapias para esas enfermedades es una de sus batallas predilectas. “Parte del sueño del instituto es que esas proteínas se produjeran en condiciones más asequibles para un país como Colombia, pues deben invertirse entre 800 y 1.000 millones de pesos al año por paciente”, comenta Barrera.

En 1997, al finalizar la charla, el padre Arango y Barrera llegaron a un acuerdo: el científico trabajaría en la Javeriana, se dedicaría a la investigación de errores innatos del metabolismo y a la formación de un equipo profesional y multidisciplinario; además, haría la articulación con la estrategia de doctorados. A cambio, la Universidad conseguiría los recursos para instalar un laboratorio de punta.

Barrera c

El pacto devolvía al científico a su escenario natural. A las jornadas de trabajo investigativo de entre 12 y 14 horas, que su esposa, Annie, y sus hijos, Camilo y Felipe, supieron concederle y respetarle. Su familia reconocía que ese es su sello personal: el trabajo constante y entregado. Y lo es porque de niño se propuso siempre ser el mejor.

Barrera nació en las montañas boyacenses en una época convulsionada. Natural de Jericó, enclave conservador, vivió en sus primeros años las dinámicas de la violencia partidista. “Los pocos liberales eran los de mi familia”, explica sin ahondar mucho. A los cuatro años, bajo amenazas, su familia tuvo que huir a Tunja.

Gracias a su mamá, aprendió a leer con el periódico y a escribir. Eso le permitió entrar directamente a tercero de primaria, donde se topó con una dificultad que lo marcaría: todos sabían más que él. Pero en lugar de amilanarse, se comprometió consigo mismo a estudiar todos los temas, a destacarse. Cuando se le pregunta por esa etapa de su vida, se ríe: “Siempre fui lo que ahora llaman ñoño”. La estrategia funcionó: fue becado en el colegio, la normal (educación para formar profesores) y la universidad.

A mediados de los años 60 se graduó de Licenciatura en Química y Biología en la Universidad Pedagógica y Tecnológica de Colombia, en Tunja. De esta época proviene su interés por la bioquímica gracias al ciclo de Krebs, el proceso metabólico que ayuda a convertir los alimentos ingeridos en energía. De allí su amor por conocer el funcionamiento de lo imperceptible en el cuerpo humano.

Ya con el diploma de pregrado en una mano y una beca en la otra, emigró a la State University of New York, en Buffalo, para realizar su maestría en Ciencias. “Era la primera vez que montaba en avión, y sacar una Coca-Cola de una máquina era… ¡magia!”, confiesa con una risa, al mismo tiempo que acepta que nunca perdió el acento boyacense al hablar inglés.

Pero, de nuevo, las dificultades. El aprender un tema complejo en otro idioma y hacerlo en una sociedad de alta competitividad, donde era inaceptable pedirle prestados los apuntes de clase a un compañero, lo recluyeron en la biblioteca –donde leía a fondo para entender los temas más difíciles del pénsum (como la físico-química de macromoléculas)– y el laboratorio, donde hacía horas extras y redondeaba su presupuesto. En los días libres, procuraba ir al barrio chino de Toronto, en Canadá, para premiarse con una de sus pasiones: la comida.

El estudio y la lectura, dos pasiones que han marcado la trayectoria profesional del profesor Luis Alejandro Barrera.
El estudio y la lectura, dos pasiones que han marcado la trayectoria profesional del profesor Luis Alejandro Barrera.

En la época en que realizaba su tesis ocurrió un encuentro fortuito. Entre su material de lectura se topó con un artículo de Earl Sutherland (quien en 1971 sería Nobel de Medicina) sobre el mecanismo de acción de las hormonas. “Era estudiar y entender el control hormonal de los procesos metabólicos”, explica. Cuando regresó a Colombia en 1968, se propuso hacer investigación sobre ese tema.

Pero el país le tenía deparadas otras funciones, pues un profesional con sus credenciales en ese momento era sumamente valioso para el Estado. Lo integraron al Icfes y, más tarde, a Colciencias, para que ayudara a articular una política seria sobre la investigación en las universidades. Por su parte, la Universidad de los Andes lo incorporó a su equipo docente.


La nueva generación de científicos

La pregunta del millón entre los estudiantes de Bacteriología de los Andes era: “¿A quién le toca clase con Barrera?”. Después venían las palmaditas en la espalda y los deseos de buena suerte para el infortunado. “Era uno de los profesores más exigentes”, recuerda Olga Yaneth Echeverri, quien a mediados de los años ochenta se inscribió a Bioquímica Teórica y Bioquímica Clínica. “Él siempre empezó sus clases a las siete de la mañana y cerraba la puerta a las 7:02”.

Su estilo no fue de exámenes, sino que todos los estudiantes debían conocer un tema a fondo. En cualquier momento podía llamar a uno al tablero y hacerle una pregunta, cuya explicación necesitaba un profundo conocimiento, o simplemente pedirle que realizara caminos metabólicos en el tablero. Punto aparte merecen sus pruebas finales: le gustaba hacer preguntas con opción múltiple condicionada.

“Mi afán principal era que la gente no memorizara tanto sino que razonara, y ese fue un buen logro porque, para entonces, la educación estaba muy centrada en memorizar y los exámenes iban en base con lo que el profesor decía en clase, no se estimulaba el razonamiento y aproximarse al conocimiento nuevo, a ser iconoclasta, a pensar distinto”, explica Barrera.

Para esa época, estaba de regreso en Colombia tras culminar su doctorado en Bioquímica en la Universidad de Miami, donde trabajó el propio Sutherland (quien desafortunadamente murió poco antes de su llegada). Barrera pudo retomar su trabajo y tuvo la gran fortuna de tener acceso a las bitácoras de sus investigaciones. Ya había convertido los errores innatos del metabolismo y las alteraciones genéticas que devienen en enfermedad en su área de experiencia, y dado que los Andes creyó que ese sueño daría frutos en investigación, se construyó un laboratorio con sus recomendaciones.

Esculpida en plastilina, esta obra de arte fue un regalo de sus estudiantes.
Esculpida en plastilina, esta obra de arte fue un regalo de sus estudiantes.

Los estudiantes más destacados, como Echeverri, se convirtieron en sus coinvestigadores. Sus jornadas de trabajo se centraban en trazar objetivos, experimentarlos, discutir los resultados y pensar nuevas fases. Ellos lideraron su trabajo cuando, en los noventa, el Estado lo volvió a sumar a Colciencias para reformular la política pública de investigación. Y lo siguen haciendo hoy, consolidando el papel del IEIM en el panorama de la salud en Colombia.


Enfermedades huérfanas

“Mucho de lo que es el instituto hoy en día se debe a su capacidad de gestión”, reconoce Johana Guevara, profesora asociada del IEIM, doctora en Ciencias Biológicas y otra de sus estudiantes que hoy trabaja a su lado. Integrada al Hospital Universitario San Ignacio, hoy la Clínica de Errores Innatos del Metabolismo se ha convertido en una esperanza para los pacientes con enfermedades huérfanas en Colombia. Todo inició con la idea de crear una asociación que apoyara y empoderara a las familias con información valiosa sobre la enfermedad y las posibilidades de un tratamiento; y más tarde, tras un foro realizado por Barrera en el Senado de la República, se propuso un proyecto que, a partir del trabajo conjunto con asociaciones de pacientes, resultó en la Ley 1392 de 2010, que garantiza los derechos de sus pacientes y cuidadores. Y en cuanto al trabajo científico, el IEIM diagnostica y desarrolla diferentes tratamientos para esta población, como terapia de reemplazo enzimático, terapia génica, chaperonas moleculares, entre otros.

Hoy, tras toda una vida de trabajo, investigación y formación, en la cual cosechó premios y reconocimientos de instituciones como la American Association for Clinical Chemistry, la Academia Colombiana de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales y la Academia Nacional de Medicina, Barrera se encuentra jubilado. Pero las cosas nunca han sido fáciles.

“Mi familia dice que ahora me pagan la mitad, pero trabajo dos veces más”, dice entre risas. En realidad, ha cambiado de silla, mientras su faena académica continúa. Trabaja actualmente en dos libros: uno sobre la historia de los errores innatos del metabolismo y otro más específico sobre el diagnóstico y tratamiento de esas enfermedades. Este último ya se publicó impreso, pero, con ayuda de sus colegas del IEIM, lo está transformando en un programa de autoaprendizaje por internet. “La idea es llegar a todas las universidades y sitios del país, que cualquier universidad que no tiene profesor sobre este tema, que todos los profesionales de la salud tengan una cátedra sobre esas enfermedades”. Otro de sus afanes es el cuidado de su único “nieto”: la Clínica de Errores Innatos del Metabolismo, del Hospital San Ignacio.

Su agenda también contempla espacios para seguir adelante con el proceso investigativo del IEIM y generar nuevas ideas. “El trabajo conjunto es a otro nivel, ya podemos trabajar en proyectos que teníamos en el tintero desde hace rato”, comenta Guevara. Las reuniones suelen ocurrir en su oficina de la Javeriana, donde, entre concepto y concepto, surgen las anécdotas, las historias y el humor.

Los esposos Luis Alejandro y Annie siempre sacan tiempo para caminatas y excursiones donde quiera que estén.
Los esposos Luis Alejandro y Annie siempre sacan tiempo para caminatas y excursiones donde quiera que estén.

El tiempo libre lo dedica a su familia y a viajar. “El paisaje de Boyacá es una acuarela completa”, cuenta al hablar de Jenesano, el pueblo en donde se refugia en compañía de su esposa. Allí disfruta del verde, camina junto a los ríos, monta en bicicleta y hace excursiones por los pueblos del departamento. Eso sí, reconoce que volver a Jericó no entra en su itinerario inmediato.

“Hay cosas que uno guarda en la memoria y otras que no recuerda mucho”, reconoce. Entre las que sí conserva está la imagen de aquel niño que dedicaba gran parte de su tiempo a estudiar, a actualizarse, a tratar de ser el mejor de su clase. El doctor de hoy, mirando retrospectivamente a ese niño soñador, resume: “Sin duda, hizo la tarea”.

Flor Edilma Osorio: entre el campo y la academia

Flor Edilma Osorio: entre el campo y la academia

La infancia y la juventud de Flor Edilma transcurrieron en el campo, en un pueblo de Boyacá llamado Turmequé, donde el estallido de las mechas de pólvora se mezcla con los gritos de felicidad de quienes juegan tejo, el deporte nacional de Colombia. En aquel lugar, lo entendería muchos años después, vivió medio aislada de lo que ocurría realmente en Colombia. Eso la llevó a pensar que este país está lleno de pequeños archipiélagos que paradójicamente no han sido tocados por la violencia. “Yo estoy convencida de que eso marcó mucho mis opciones posteriores, como pensar en estudiar e investigar los procesos rurales”, dice. “Yo tengo metido, afectivamente, el mundo rural en mi cabeza, el mundo campesino”.

Es la menor de cinco hermanos, cuatro mujeres y un solo hombre; estudió en la Normal, y apenas se graduó, muy jovencita, empezó a trabajar muerta del susto en una escuela rural en Tota. A pesar de que su experiencia como maestra rural duró poco porque se casó y rápidamente llegaron los hijos, percibió las contradicciones frente a la valoración del campo. “El deber ser es la ciudad, es como si el campo fuera un karma que hay que pagar para después ser trasladado a la ciudad, esto elimina todo el potencial. Muchos olvidan que el maestro es quien puede abrir horizontes a los niños, no necesariamente para que se vayan, sino para que la vida en el campo tenga un sentido”. Y como justamente para la investigadora el campo tiene sentido y muchas posibilidades para que el país tenga un mejor desarrollo, se ha dedicado a estudiarlo, a entenderlo más allá de la visión catastrófica y negativa que, según ella, los medios le han asignado, una “geografía rural hecha a punta de violencia”.

Al tener dos cosas claras, trabajar con la gente y la pedagogía, decidió estudiar Trabajo Social en la Universidad de La Salle. Esta carrera le abrió el espectro académico sin olvidar lo rural. Al graduarse, empezó a trabajar en el episcopado colombiano cuando sucedió el desastre de Armero. “Se requiere mucho trabajo comunitario, un desastre es algo muy fuerte en términos de reconstruir. Volver a empezar es muy difícil, establecer los nexos de la gente, enseñar qué es el futuro después de esos dramas tan duros”.

“Me encanta ensayar semillas, plantar, ver crecer las matas, me emociono cuando salen las flores y los frutos maduran”.
“Me encanta ensayar semillas, plantar, ver crecer las matas, me emociono cuando salen las flores y los frutos maduran”.

Durante un tiempo, la profesora Osorio también trabajó con una organización evangélica llamada Visión Mundial, en un plan padrino para ayudar a poblaciones vulnerables; sin embargo, su deseo de seguir estudiando la llevó en 1990 a empezar una maestría en Desarrollo Rural en la Pontificia Universidad Javeriana. Este espacio le abrió las puertas al campo académico y, gracias a la socióloga Edelmira Pérez, quien lideró muchos procesos en la Facultad de Estudios Ambientales y Rurales, empezó su trabajo de docencia e investigación. Retomó sus inquietudes frente a la migración, pero fue el profesor Santiago Rojas quien la puso en contacto con un problema que estaba bastante escondido pero muy fuerte: el desplazamiento forzado.

“Mucha gente del Meta pertenecía al Partido Comunista, campesinos que militaban y eran desplazados y asesinados. En aquel entonces el problema del desplazamiento no era evidente. Yo en mi tesis de maestría alcancé a registrar afirmaciones de César Gaviria que decían: ‘Nadie está obligando a la gente, la gente se va porque está buscando un bienestar’. Claro, estaba pasando toda la guerra sucia contra la gente de la UP, entonces asesinaban y asesinaban mientras las noticias decían que eran cosas sueltas. Para mí esa fue una lección”, recuerda. Empezó a trabajar el desplazamiento forzado cuando todavía no era una problemática reconocida. En este contexto surge el grupo de investigación Conflicto, Región y Sociedades Rurales.

“Disfruto mucho de las flores, siembro sin parar y me las gozo en todo su proceso, no solo por los lindos colores y formas, sino por su relación con pajaritos, mariposas, abejas y otros bichitos”.
“Disfruto mucho de las flores, siembro sin parar y me las gozo en todo su proceso, no solo por los lindos colores y formas, sino por su relación con pajaritos, mariposas, abejas y otros bichitos”.

Con un doctorado en Estudios Latinoamericanos de la Université Toulouse-Le Mirail, si algo ha aprendido Flor Edilma de los trabajos realizados con comunidades rurales (desde Córdoba hasta Caquetá) ha sido a no simplificar el análisis ni las respuestas. “Es muy jodido intervenir, aplicar una política, el trabajo con la gente no es fácil. Como grupo hemos aprendido cuáles son las diferencias regionales de historias, de contextos. Uno a veces simplifica lo rural, pareciera que lo complicado es lo urbano, pero lo rural tiene un montón de aristas, de actores, de historias, entonces yo creo que ahí le dimos solidez a ese proceso de investigación”. También ha llegado a la conclusión de que una de las cosas más dolorosas de la guerra es la soledad, esa soledad de estar lejos, expuesto a que lo amenacen y que a nadie le importe. Después de todo, “¿uno quién es en el campo?”, se pregunta. “Yo a veces sentía que lo de la universidad era tan inútil frente a las cosas que demandaba el país, sentía que no estábamos haciendo nada; sin embargo, la gente del campo nos decía: ‘gracias por estar aquí, ustedes están con nosotros y eso nos da energía, nos sentimos apoyados’. Entonces, si esa presencia de la universidad sirve, pues chévere”.

Como reconocimiento a su destacada trayectoria como investigadora, la profesora Flor Edilma ha sido nombrada como presidenta del XIV Congreso La Investigación en la Pontificia Universidad Javeriana, a celebrarse del 12 al 15 de septiembre de 2017.

De las cosas que más disfruta de la docencia es la dirección de trabajos de investigación, sencillamente porque es una relación uno a uno. “Ser profesor de alguien que toma sus decisiones, pero que uno acompaña, eso me parece súper bonito”. Y es que la admiración que ella siente por sus alumnos es tan grande que, aprovechando su año sabático, decidió crear una página web, con la ayuda de su hija, para publicar los trabajos de la clase de Problemas Rurales, donde recoge las experiencias de la gente del campo en materia política. “Yo creo que la esperanza del mundo rural no viene del Gobierno o de otros, viene con la fuerza de la gente. Con frecuencia creemos que la gente en el campo está esperando a que le den todo, que no se mueve porque es apática, pero hay un montón de experiencias de distintos alcances que demuestran que la gente tiene capacidad crítica y que hace un montón de cosas, que se esfuerzan por romper el miedo, que exigen reivindicaciones y eso a mí me parece esperanzador”.

“El gusto por leer y escribir, intercalado con paseos diarios que hacemos con mi pareja y los tres perritos, Conde (el negro), Timba (la blanca) y Lulú (la amarilla), es un hermoso goce en este terruño que llamamos Kuychi (arco iris en quechua)”.
“El gusto por leer y escribir, intercalado con paseos diarios que hacemos con mi pareja y los tres perritos, Conde (el negro), Timba (la blanca) y Lulú (la amarilla), es un hermoso goce en este terruño que llamamos Kuychi (arco iris en quechua)”.

Como suele ocurrir, las personas regresan a sus orígenes, por eso ella, que en 2015 recibió el Premio Bienal a la Investigación Javeriana, Vida y obra en el área de Ciencias Sociales, ahora vive en el campo, asumiendo el desafío de construir caminos que den continuidad a su experiencia académica, al tiempo que disfruta de las bondades de la vida rural.

Juan Ferro (colega de la universidad).
“De ella valoro mucho su perseverancia, su constancia en temas muy relevantes para nuestro país: el desplazamiento forzado, la problemática rural en general, el conflicto armado y de género. Lo interesante en estas investigaciones es que ella tiene facilidad para producir material escrito que dé cuenta de cada uno los procesos trabajados. Algo muy especial en ella es que tiene una buena manera para acompañar el trabajo de los estudiantes. Es una profesora muy completa por sus habilidades para la docencia, la investigación y la extensión, que son las tres principales actividades nuestras. Por todo esto, la profesora Flor Edilma fácilmente se gana el respeto”.

 

Gustavo Kattan: Conversar con la naturaleza para aprender a conocerla

Gustavo Kattan: Conversar con la naturaleza para aprender a conocerla

Su amor por la naturaleza nació espontáneamente y fue, como dice él, el resultado de su insaciable curiosidad. “Hace muchos años tuve varios hobbies, pero observar la naturaleza es el único que sobrevive. Adentrarme en los bosques absorbió todo lo demás. Lo único que me interesa es salir a ver qué están haciendo los pájaros”.

Esa pasión por estudiar la biodiversidad hizo que, en 1994, junto con su esposa y colega Carolina Murcia, se vinculara a la Wildlife Conservation Society para desarrollar un programa de investigación y entrenamiento para la conservación de la biodiversidad en Colombia. Durante 13 años entrenaron a alrededor de 50 jóvenes investigadores y conservacionistas en bosques andinos en Colombia. El programa tenía su centro de operaciones en la cuenca del río Otún en Pereira, funcionó con el apoyo de la Corporación Autónoma Regional de Risaralda y de la unidad de Parques Nacionales Naturales, con financiación de la Fundación MacArthur.

Investigador y verdadero maestro definen al profesor de la Carrera de Biología de la Pontificia Universidad Javeriana Cali Gustavo Kattan, lo que lo ha hecho merecedor de importantes reconocimientos, como el Biotropica Award for Excellence in Tropical Biology Conservation de la Association for Tropical Biology and Conservation.

Sus inicios en la investigación

Estudió Biología en la Universidad del Valle y se orientó hacia la ecología. Fue en su pregrado donde se enamoró de las aves, por influencia del profesor Humberto Álvarez, con quien empezó a estudiarlas, al igual que el comportamiento general de los animales. “Uno se contagia de la pasión de los profesores y, en la medida en que se empiezan a estudiar los problemas científicos relacionados con la biodiversidad, lo ‘pica’ la curiosidad”.

Recuerda una frase de uno de sus profesores de pregrado, quien decía que “hacer investigación es sostener una conversación con la naturaleza”, pero, añade, “hay que aprender a conversar con ella, hacer la pregunta correcta y saber interpretar la respuesta”.

Para hablar con la naturaleza, el profesor Kattan sale cada semana a caminar con ropa cómoda que le permita mimetizarse entre los paisajes que recorre. Entre sus sitios favoritos están el kilómetro 18 y La Teresita, ubicada en los Farallones de Cali, sitios que conoce como la palma de su mano. “Casi sé dónde está cada árbol”, dice. A veces sale a caminar solo para no distraerse, porque le gusta conversar con los árboles, saber cómo están, y preguntarles a los pájaros qué están haciendo. “Para hablar con la naturaleza hay que entender lo que dice”. Aunque a sus salidas de campo va con su cámara, confiesa que es pésimo fotógrafo, pero buen dibujante, un pasatiempo que ha dejado, pero que espera retomar.

“Dibujo lo que voy viendo en mis recorridos, sobre todo las aves, porque los escarabajos me quedan feos”. Muchos dibujos los hace de memoria, tratando de recrear —con trazos de lápiz y tiza pastel— cada detalle del animal.

Taxonómicamente, dice, las aves son el grupo más estudiado y, sin embargo, lo asombroso es que todavía se siguen encontrando especies nuevas. Cuando se refiere a ellas, sus ojos brillan y la emoción contagia a su interlocutor. Le fascinan por su majestuosidad y quisiera volar como ellas. Pero hay algo que las hace todavía más asombrosas y es que, según el investigador, las aves son dinosaurios. Entonces, estos no se extinguieron.

“Una de las características más importantes de las aves son las plumas; es el único grupo de animales que las poseen. En las últimas dos décadas se han descubierto fósiles muy interesantes, sobre todo en China, donde se han encontrado dinosaurios con plumas. Entonces las aves son un linaje de dinosaurios que sobrevivió”, explica el biólogo, ahora convertido en ornitólogo.

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En 1984 se fue a la Universidad de Florida a estudiar la maestría en Zoología y obtuvo el doctorado en la misma área y la misma universidad, en donde investigó sobre el comportamiento animal desde la ecología conductual en un marco evolutivo. Hizo un estudio sobre un fenómeno social denominado parasitismo de crianza en las aves. Hay un 2% de especies de aves que no crían a sus polluelos, sino que parasitan otras aves, es decir, ponen sus huevos en otros nidos y son otras aves las que se encargan de criar los hijos ajenos hasta que crecen y se independizan.

En 2008 se vinculó a la Universidad Javeriana Cali, en donde tuvo como principal objetivo trabajar en la estructuración del programa de Biología, el cual inició en 2009. El programa tiene el sello de este investigador. Durante su periodo como director, del 2009 al 2012, impulsó las actividades académicas extracurriculares como mecanismo para que los estudiantes aprendan entre ellos y se emocionen por su carrera.

Kattan se ha dedicado a estudiar los bosques de las montañas de los Andes. Actualmente investiga los árboles llamados higuerones, importantes en los bosques tropicales por su producción permanente de frutos, lo que los hace una pieza clave para la alimentación de la fauna, especialmente de aves y mamíferos. Estos árboles pueden dar respuesta a la conservación y restauración de los bosques tropicales.

Su personalidad introvertida le ha servido para concentrarse en la investigación, por lo que Colciencias lo ha clasificado como ‘investigador senior’. Es un apasionado por la lectura y devora principalmente libros de ciencia. Su autor preferido es el biólogo Bernd Heinrich, con el cual se siente identificado. “Es otro entrometido como yo, no puede ver a un animalito porque quiere saber qué está haciendo. Se puede gastar páginas enteras explicando cómo un escarabajo abre un hueco y uno está emocionado leyendo”.

Un tema que le queda todavía en el ‘tintero’ al doctor Kattan es investigar sobre las estrategias digestivas de las pavas. Estas son aves que comen follaje y vuelan, lo que es contraintuitivo, dice, porque el follaje aporta muy poca energía. Además, muchas especies están amenazadas por la cacería y la pérdida de hábitat.

Un tema que le queda todavía en el ‘tintero’ al doctor Kattan es investigar sobre las estrategias digestivas de las pavas. Estas son aves que comen follaje y vuelan, lo que es contraintuitivo, dice, porque el follaje aporta muy poca energía. Además, muchas especies están amenazadas por la cacería y la pérdida de hábitat.

 

 

Ángela Calvo de Saavedra. La verdadera filosofía es conversación

Ángela Calvo de Saavedra. La verdadera filosofía es conversación

Caricatura de Ángela Calvo de Saavedra
Caricatura de Ángela Calvo de Saavedra

Rodeada de sus ocho gatos persas, de libros, de los recuerdos que abundan en el caserón inglés estilo Tudor donde nació y donde espera vivir hasta el último día, Ángela Calvo piensa que, si algo no ha dejado de hacer desde que se graduó como filósofa de la Pontificia Universidad Javeriana, ha sido dictar clase. Por eso si alguien le pregunta quién es Ángela, ella responde sin dudarlo: “¡Yo soy maestra!, a ello he dedicado mi vida desde 1981”.

Su vocación pedagógica se remonta, por un lado, al ambiente culto que respiraba en la familia tradicional bogotana en la que creció; por el otro, al San Patricio, el colegio donde estudió: “un lugar fantástico que marcó mi estilo de vida, mi manera de pensar”, dice. Allí valoraban las humanidades y, en particular, la tarea del educador y así decidió estudiar filosofía y letras. “Me encantó el mundo de las preguntas por la existencia, la cuestión ético-política que, de hecho, ha sido el eje de mi trabajo académico”.

Desde que entró a la Javeriana como estudiante se sintió en casa, y por eso ha permanecido allí hasta la actualidad. Era la década del setenta, una época marcada por Mayo del 68, cuando era crucial la pregunta sobre el papel del intelectual en la transformación de la sociedad, tanto para estudiantes como para docentes. “Mis profesores eran muy generosos con el saber, con la bibliografía, y si bien eran autoridades en sus temas, mantenían una relación muy cercana con los estudiantes. La coyuntura política de aquel entonces invitaba a que los filósofos fuéramos muy activos y participativos, y el escenario idóneo era el entorno universitario. Vivíamos una época de entusiasmo y compromiso con las posibilidades de la filosofía. El maestro no se enfocaba tanto en la investigación, sino en el pensar, en conversar y debatir, y yo debo reconocer y agradecer que tuve maestros realmente excepcionales”. Maestros que a través del diálogo le enseñaron que la filosofía hay que mirarla en el conjunto de la cultura, no como algo que surgió “de unos genios que se encerraron a escribir y a inventar el mundo”.

“Si la filosofía no nos permite vivir de una manera más razonable, es poco lo que pueda aportar”
“Si la filosofía no nos permite vivir de una manera más razonable, es poco lo que pueda aportar”

De sus años como estudiante conserva en su memoria el testimonio de personas apasionadas por la enseñanza de la filosofía. En sus palabras, destaca “los aportes de mis colegas y amigos de la Facultad de Filosofía”, y recuerda con especial cariño y admiración a Fabio Ramírez S. J., Gerardo Remolina S. J., Jaime Barrera, Alicia Lozano y, especialmente, a su gran mentor y amigo, Guillermo Hoyos. Este último fue su maestro de pregrado y, años después, su director de tesis doctoral. Con él dictó durante diez años, hasta poco antes de su muerte, un seminario a dos voces sobre filosofía moral y política.

El diálogo entre profesores y estudiantes estaba iluminado por los grandes pensadores de la tradición filosófica, y fue allí donde surgió el encuentro apasionante con David Hume. “A Hume llegué porque cuando empecé a hacer mi tesis doctoral, que la hice por gusto, no por una exigencia laboral, Guillermo Hoyos me dijo: ‘Mira, podríamos trabajar a Habermas pero tú no hablas alemán’. ‘Y no voy a aprender’, le contesté. Entonces me dijo: ‘hay que buscar un autor que tú puedas leer en su lengua original’. Cuando en mi pesquisa encontré a este filósofo escocés, me emocioné enormemente y supe que sobre él sería mi tesis. No era un autor muy trabajado, no lo es todavía”.

De Hume le atrajo descubrir cómo la verdadera filosofía es conversación y tiene un papel fundamental en la configuración de ciudadanía, idea que le pareció poderosa y atractiva. A través de él se percató de la importancia de la sensibilidad moral, de los sentimientos y las emociones en la ética y la política. En vista de que la bibliografía en español era poca, decidió viajar a Inglaterra como investigadora invitada por el Birkbeck College de la Universidad de Londres, allí pasó días enteros a punta de agua y manzanas en la British Library y en el Senate House. De sus visitas quedaron múltiples cuadernos que hoy son para ella verdaderas joyas. Esta tarea la complementó en la biblioteca Lamont de Harvard, un lugar que la hizo sentir en el topus uranus.

“Si la filosofía no nos permite vivir de una manera más razonable, es poco lo que pueda aportar”
“Si la filosofía no nos permite vivir de una manera más razonable, es poco lo que pueda aportar”

La elaboración de su tesis duró diez años, un tiempo que para muchos puede ser una exageración pero que para ella apenas fue el necesario para conocer en profundidad al autor. “Tenía clarísimo que tenía un nombre que cuidar y por eso le puse a este trabajo todo mi corazón, como si fuera la obra de mi vida; había, quizás, un poco de orgullo”, dice. La tesis, El carácter de la ‘verdadera filosofía’ en David Hume, que concluyó hace cinco años, fue laureada y por ende publicada en 2012 en la Colección Laureata; así mismo, mereció en 2013 el Premio Bienal al Investigador Javeriano. Su participación en la Hume Society fue decisiva en la elaboración de este trabajo, la cual, en 2014, la eligió como miembro del Comité Ejecutivo, distinción que pocos profesores latinoamericanos han obtenido.

Un dato curioso es que la dedicatoria de la tesis dice: ‘A mis estudiantes’, pues, como ella dice, “sus voces han sido determinantes en la consolidación de mi pensamiento”. Ellos han gozado sus clases tanto como ella, los ha motivado con la idea de que la filosofía se deje escuchar en el concierto de la vida cotidiana. “Si la filosofía no nos permite vivir de una manera más razonable, es poco lo que pueda aportar”, les ha dicho una y otra vez en clase.

Al observar el conjunto de su vida como profesora, Ángela Calvo no duda en afirmar que ha sido feliz, pues ha tenido la fortuna de trabajar en algo que la satisface plenamente. Durante todos estos años, nunca enfrentó el dilema entre trabajo y familia; siempre ha tenido el tiempo suficiente para preparar bien sus clases, para calificar en detalle los trabajos de los estudiantes y para ser buena esposa y una excelente mamá. Su esposo le ha ayudado a que todos sus proyectos salgan adelante, por algo en los agradecimientos de su tesis doctoral dice que “si no hubiera sido por la inteligencia práctica de Germán, probablemente ni la tesis ni la casa, esta casa que tiene 80 años, hubieran sobrevivido todo este tiempo”. A sus hijos les inculcó la autonomía, la libertad, los dejó andar solos y los mimó bastante porque, después de todo, opina que “la vida es muy dura siempre y que una reserva de consentimiento extra no sobra”.

“En síntesis, parafraseando la canción My Way, podría decir que he vivido a mi manera, y la verdad, son muchas menos las cosas de las que tengo que arrepentirme que las que tengo que agradecer en este período de trabajo que ha sido maravilloso”, concluye la profesora Ángela mientras uno de sus gatos le acaricia una pierna con su cola y se va.

Pasión, entrega, honestidad y vocación definen, en palabras de sus familiares y amigos, la carrera de Ángela Calvo

Germán Saavedra (esposo)

Es una persona de una honestidad proverbial en todo sentido: en términos morales, éticos, sociales, económicos. Desde el punto de vista académico le admiro su rigor, su perseverancia, cosa que no es fácil. Ella se sienta a las 9 a.m. y se levanta a las 2 p.m. de su mesa de trabajo, y si es por las noches, por las noches. Dentro del hogar, resalto su amor incondicional por la familia.

Carolina Saavedra (HIJA)

Es una mujer admirable por su capacidad de generar pensamiento y su compromiso con enseñar, investigar y con la filosofía. Me parece una afortunada por poder hacer lo que ama desde hace tantos años y de disfrutarlo, tanto así, que su trabajo no se percibe como un trabajo que implica cansarse, esfuerzo y desgaste, sino que implica pasión y energía, disposición e interés.

El matrimonio de Germán Saavedra y Ángela Clavo, décadas de conversaciones y gran comprensión.
El matrimonio de Germán Saavedra y Ángela Clavo, décadas de conversaciones y gran comprensión.
Juan Samuel Santos (Estudiante y, actualmente, profesor de la Facultad de Filosofía de la Javeriana)

Ha sido una guía en mi carrera; ella me ayudó a encontrar qué temas y qué autores estudiar, de qué forma estudiarlos y la importancia de esos autores y esos temas para hacerme una carrera en la Filosofía. Ha sido una compañera cuando entré a la Facultad de Filosofía como profesor. Y ha sido una amiga con quien he compartido varios episodios de mi vida. La enseñanza más valiosa que aprendí de ella fue a leer con mucha atención a los autores, ser paciente con ellos y con los textos.

Fabio Ramírez (Amigo personal, colega, director de la Biblioteca Mario Valenzuela)

Describir a una persona a la que uno quiere mucho es muy difícil; sin embargo, lo que más destaco de ella es el ser maestra, ella capta a los estudiantes, les dice lo que es importante decirles, les ayuda en la dirección de sus estudios, es una gran maestra. Es una persona que no se calla nada, ella es miembro del Consejo Directivo y yo creo que logra que la oigan sin necesidad de pelear, es muy clara en sus ideas y las dice sin miedo. Ella es uno de los puntos de referencia de la Facultad de Filosofía y, en buena parte, ella es la continuidad de la presencia de Guillermo Hoyos en la universidad.

Gerardo Remolina (Ex rector de la Pontificia Universidad Javeriana y profesor de Filosofía)

En Ángela Calvo admiro su profunda calidad académica y humana, que le han merecido de parte de la Universidad el premio Vida y Obra de una gran maestra. Aprecio profundamente su vocación universitaria e investigativa, la constancia y profundidad en sus trabajos filosóficos y su interés por la educación de ciudadanos responsables y comprometidos con la problemática de nuestra sociedad. Admiro y aprecio, igualmente, su pasión por la filosofía y sus cualidades de docente.

“La vida es muy dura siempre y que una reserva de consentimiento extra no sobra”, dice Ángela Calvo de Saavedra.
“La vida es muy dura siempre y que una reserva de consentimiento extra no sobra”, dice Ángela Calvo de Saavedra.
Emilia Calvo (hermana)

Desde el punto de vista académico, siempre he admirado en Ángela su absoluta integridad y fidelidad a sus valores, su claridad de pensamiento y su creatividad.

Desde el punto de vista intelectual, nuestras paralelas disciplinas, filosofía y psicología, nos han permitido un continuo intercambio de ideas, siempre enriquecedor y en ocasiones encontrando un terreno común de curiosidad y descubrimiento, como ha sido el caso con las ideas de narrativa y constructivismo social. Nuestra creencia compartida en perspectivas múltiples nos ha permitido abordar temas desde nuestro propio punto de vista, pero siempre con interés y respeto por la voz de la ‘otra’. Emocionalmente, nos une un hilo indestructible que, a pesar de la enorme distancia geográfica, nos permite estar siempre conectadas, siempre unidas.

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