Una fe que salva al planeta

Una fe que salva al planeta

Salute, a la votre, cheers”, “Bottom’s up” o “¡Salud!” suelen ser expresiones que, junto a un brindis, acompañan reuniones o eventos sociales. Como costumbre, alrededor del mundo, millones de personas se encuentran para celebrar, según sus culturas y religiones, festividades como cumpleaños, navidades, Semana Santa, rituales en comunidades indígenas y otros particulares como el Hanukkah de los judíos, quienes conmemoran la edificación del segundo templo en Jerusalén; el Ramadán para los musulmanes, que es el noveno mes del año y durante él ayunan desde el alba a la puesta del sol; o el Ratha Yatra de los hare krishna, en el cual adoran a su dios Yáganat.

Estos momentos van acompañados por alimentos, cada uno según su gastronomía. En Colombia, por ejemplo, un plato para la cena de año nuevo es un lomo de res sobre leña. La receta es sencilla: tres libras de lomo, semillas de soja, cinco cucharadas de vino blanco, aceite de palma y troncos de madera. Suena delicioso, ¿no? Pero, tal vez lo que no sabemos es que esta combinación tiene los elementos necesarios para aportar una alta cuota al índice de deforestación de los bosques tropicales en el mundo.

El crecimiento de la infraestructura global, el gasto energético con los millones de bombillos encendidos durante las festividades, la extracción de madera, las inmensas listas de libros y cuadernos en temporada escolar o los troncos con los que encendió la fogata de la cena, y los cultivos ilícitos junto a la ganadería extensiva son las principales causas de que el 17,4% de las emisiones de gases de efecto invernadero provengan de la degradación de los bosques tropicales.

Debido a esta grave situación, surgió la Iniciativa Interreligiosa de Bosques Tropicales el 19 de junio de 2017 en Oslo, Noruega, una alianza internacional y multirreligiosa, liderada por la Organización de las Naciones Unidas, con el propósito de convocar a los principales líderes de tradiciones religiosas, pueblos indígenas, comunidades afrocolombianas, científicos y ONG para comprometerse a defender el planeta y poner fin a la deforestación.


Un pacto entre creencia y medio ambiente

Si bien es cierto que los bosques tropicales benefician a la humanidad porque protegen las cuencas hidrográficas, contribuyen al equilibrio del oxígeno, del dióxido de carbono y de humedad en el aire, y son el hogar de 1.600 millones de personas en el planeta, no se debe desconocer una cifra alarmante: cerca de 40 campos de fútbol de bosques desaparecen cada minuto en el mundo.

Según el Ministerio de Ambiente y Desarrollo Sostenible, de la cobertura total de bosques del país (58’633.631 hectáreas), 26,10 millones están en territorios nacionales de comunidades indígenas (koguis, emberas y ticunas, por mencionar algunas) y 4,24 millones en territorios de comunidades afrocolombianas. Esto llama fuertemente la atención ya que la responsabilidad del Gobierno no solo implica velar por los derechos de la ‘madre tierra’ sino también los derechos de quienes la habitan.

Por eso, a finales de 2018, la Pontificia Universidad Javeriana fue la casa del primer encuentro interreligioso entre representantes de la iglesia presbiteriana, anglicana, católica, evangélica y la ortodoxa griega, los pueblos indígenas de la Amazonía, líderes del islam, comunidades negras, afrodescendientes y raizales, y líderes hare krishna en Colombia.

¿Su propósito? Detener el impacto medioambiental a través de un llamado social a la moral y la espiritualidad, entendiendo la fe como motor para aunar esfuerzos y ponerle fin a la deforestación tropical, teniendo en cuenta que “Colombia, Perú, Brasil, República Democrática del Congo e Indonesia conforman el 70% de los bosques tropicales en el mundo”, según Juan Bello, jefe de la oficina ONU Medio Ambiente.

De esta jornada resultaron varios compromisos: fomentar modelos económicos que superen el extractivismo y la industrialización a partir de la visión indígena del buen vivir con la tierra, respetar la autonomía de los pueblos indígenas en la administración de sus territorios ancestrales, exigir la erradicación de las fumigaciones y convocar a las comunidades de fe para que participen y asuman su rol como gestores del cuidado del medio ambiente.

También surgieron llamados de atención al Gobierno nacional respecto a la construcción de políticas públicas que garanticen la conservación de los bosques tropicales y sus pobladores. “Creemos que hay que hacer una incidencia política para que podamos llevar, desde nuestras comunidades de fe, información sobre cómo cuidar el planeta a todos los rincones del país”, dijo Francisco Duque Gómez, presidente del Consejo Interreligioso en Colombia.

Cabe recordar lo mencionado por el papa Francisco en la encíclica  Laudato Si: “El desafío urgente de proteger nuestra casa común incluye la preocupación de unir a toda la familia humana en la búsqueda de un desarrollo sostenible e integral, pues sabemos que las cosas pueden cambiar”; al referirse al medio ambiente, lamentablemente añade: “La tierra, nuestra casa, parece convertirse cada vez más en un inmenso depósito de porquería”.


El problema y el reto

Imagine que se embarca en una expedición a través de la Amazonía colombiana. Seguramente se encontrará entre inmensos bosques, tupidos por árboles y arbustos de unos cinco metros de altura o más, y lo primero que verá serán perezosos meciéndose sobre ramas, anguilas eléctricas por sus ríos, descargando cerca de 600 voltios al contacto con otras especies y un salvaje pero intrigante caimán negro. Sin embargo, esta escena puede no ser la misma de seguir escuchando noticias como que en 2017 la Amazonía peruana perdió cerca de 143.000 hectáreas o lo equivalente a 200.000 campos de fútbol a causa de la deforestación. Un tema serio.

Esto llama la atención sobre los graves efectos de este problema medioambiental. De hecho, según la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), la destrucción del hábitat y las especies que lo ocupan, el calentamiento global y los gases de efecto invernadero con la tala de árboles que evitan el proceso natural de respiración y la absorción del CO2 de la atmósfera, la erosión del suelo y el aumento de inundaciones serían solo la punta de un iceberg capaz de terminar con la biodiversidad y las condiciones de hábitat de la humanidad, tal y como la conocemos.

Por eso, organizaciones nacionales e internacionales han tomado medidas para controlar estas consecuencias. Por ejemplo, el Gobierno expidió la Política Nacional de Gestión Integral de la Biodiversidad (2012) con la cual establece acciones para balancear los intereses de la sociedad frente a la biodiversidad y el mantenimiento de sus servicios; el Acuerdo Climático de París, gestionado durante la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático, que establece medidas para la reducción de las emisiones de Gases de Efecto Invernadero (GEI), y recientemente, el fallo dictado por la Corte Suprema de Justicia que reconoce al Amazonas como sujeto con derechos.

De esta forma, Colombia, además de ser el segundo país con mayor biodiversidad del planeta o el primero en conservar la mayor variedad de aves y orquídeas, también es el hogar de comunidades indígenas, ancestrales, religiosas, afrodescendientes, entre otras. Que, aunque diferentes entre sí, conservan una misma intención, una misma responsabilidad. Cuidar su casa común, el planeta.

La salsa en la educación sentimental de los colombianos

La salsa en la educación sentimental de los colombianos

Todo comenzó como una explosión

La salsa es un género que atraviesa verticalmente las estructuras sociales de los países y ciudades en los que ha sido adoptado, con una particularidad: se establece principalmente en los barrios populares como resultado de las migraciones poblacionales, especialmente afrolatinas, desde zonas rurales a centros urbanos. La juventud tiene un papel protagónico y diferentes medios de comunicación difunden esta música masivamente. Tales fenómenos son característicos de Latinoamérica durante los años 60 y 70. Posteriormente, la clase media y las élites de las ciudades la apropian y la incorporan a sus actividades sociales, reuniones y festividades de acuerdo con su propia idiosincrasia.

Su evolución como género musical ha sido paralela a la de los diferentes movimientos culturales de la región: mientras en los años 70 estaba íntimamente ligada a los movimientos de vanguardia cultural y al boom de la literatura latinoamericana, lo que tiene como resultado una salsa narrativa con enorme contenido de denuncia social, en los 80 está atada a una comercialización masiva que deriva en el desarrollo de subgéneros enfocados en colonizar otros mercados, con resultados como la salsa rosa o romántica.

La salsa se debe abordar como una experiencia sociocultural similar a la literatura: una manifestación artística que establece una narrativa de la identidad cultural de cada territorio y de la transformación de las ciudades y sus poblaciones. Este es uno de los hallazgos de la investigación de los sociólogos Nelson Gómez Serrudo y Jefferson Jaramillo Marín, en la que estudiaron la evolución de la salsa en Colombia durante más de cuatro décadas.


La vida es un carnaval

La salsa no solo se estableció como una narrativa descriptiva de las estructuras sociales —“en todas las ciudades hay un ‘Juanito Alimaña’ o una chica plástica”, dice Gómez—, pues se convirtió en una forma de entender los sentimientos y las experiencias vitales de quienes la escuchan: una pieza fundamental en la educación sentimental de varias generaciones de colombianos. Las letras de varias canciones son referentes de eventos característicos en los procesos de crecimiento, madurez y sociabilidad de nuestro país. Versos como “pronto llegará / el día de mi suerte” o “no importa tu ausencia / te sigo esperando” forman un vademécum popular al que se acude para expresar vivencias y sentimientos.

El ritmo y la composición sonora del género, junto con la atmósfera desenfadada de la vida de barrio y de las fiestas y las reuniones donde se baila y se escucha, permiten que distintos estados de ánimo —que van desde la melancolía, la rabia o la desesperanza, hasta la alegría, la solidaridad o la confianza— se expresen en la ‘punta del pie’ como una característica festiva de un ritmo que recuerda “que la vida es un carnaval / y las penas se van cantando”.

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La evolución de los espacios salseros de divulgación

La difusión del género ha estado atada a los cambios de los medios de comunicación. Desde las épocas doradas de las productoras musicales, siguiendo la evolución en las formas de distribución de los diferentes sustratos dominantes (discos de acetato, casetes, discos compactos), hasta el dominio de los formatos digitales y las plataformas en línea, la salsa ha sabido adaptarse a las diversas formas de comercialización para permanecer vigente en la cultura popular.

Al igual que en otros géneros, actores en redes sociales, como los críticos en línea y las emisoras en plataformas digitales, han sido vehículos de gran ayuda para la continuidad de su difusión. Paralelamente, cuenta Gómez, eventos como los festivales públicos (Salsa al Parque, en Bogotá, o el Mundial de Salsa, en Cali) o los espacios en las fiestas y carnavales populares de distintas ciudades contribuyen a que el género mantenga su preponderancia.

La trayectoria histórica de la salsa no ha sido ajena a diferentes fenómenos sociales y demográficos, como la desaparición de las fiestas juveniles y populares de muchos barrios tradicionales que eran escenarios de aprendizaje de rituales y artesanías del baile y el disfrute del género. Ante este escenario, han venido emergiendo las escuelas y academias de danza como vehículos de innovación y apropiación del legado salsero, lo que ha llevado a la profesionalización del bailarín y la especialización del bailador, especialmente en la ciudad de Cali.

Por su parte, las emisoras comerciales dedicadas a la salsa han desaparecido paulatinamente: Latina Estéreo, de Medellín, es una de las pocas que transmite salsa durante las 24 horas del día. Esto ha llevado a que sean las emisoras universitarias y públicas las que mantengan viva la salsa desde una perspectiva reflexiva, histórica y cultural, por medio de la creación de franjas especializadas en sus parrillas de programación.


Un marco analítico para entender este género musical

En la investigación se evidencia cómo este género musical es una manifestación de la identidad cultural de cada territorio y que, si bien tiene presencia en gran parte de Latinoamérica —porque creó sus propios espacios de apropiación, consumo y divulgación—, encuentra en Colombia su mayor arraigo social e interés académico.

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Con el fin de compilar información para su estudio, Gómez y Jaramillo exploraron Bogotá, Cali, Barranquilla, Cartagena y Medellín, y en su trabajo no solo se remitieron a consultar fuentes académicas, sino que entrevistaron a actores influyentes en el proceso de apropiación y difusión del género musical, como coleccionistas, periodistas musicales, dueños de bares y tabernas especializadas, aficionados, bailarines y bailadores.  Otro de los resultados de este trabajo fue el trazo de los circuitos salseros de cada ciudad —la “cartografía del goce”, la llamaron los investigadores—, su emplazamiento geográfico en los sectores y barrios, y sus mutaciones con el paso de las décadas y de las tendencias musicales de corriente principal.

A lo largo de su labor, Jaramillo y Gómez recrearon la hoja de ruta de la crianza emocional de nuestro país, relatando la historia de la evolución de un género musical popular, íntimo y festivo.

 


TÍTULO DE LA INVESTIGACIÓN: Salsa y cultura popular en Colombia
INVESTIGADORES PRINCIPALES: Nelson Gómez Serrudo y Jefferson Jaramillo Marín
Grupo de investigación Cultura, Conocimiento y Sociedad
Facultad de Ciencias Sociales
PERIODO DE LA INVESTIGACIÓN: 2013-2017

Una escuela llamada Berlín

Una escuela llamada Berlín

La labor de un restaurador consiste en los saberes de un investigador, un explorador y un campesino. Su tarea es observar y entender el comportamiento de la naturaleza con el propósito de evidenciar las condiciones ambientales de los hábitats deteriorados por la mano del hombre, para luego intervenirlos.

Aunque hablar sobre la restauración pareciera un trabajo individual o de unos pocos, en realidad este ejercicio requiere un acompañamiento permanente de las comunidades. Esta labor, a su vez, ha sido una herramienta de reconstrucción del tejido social en comunidades fragmentadas por el conflicto armado y la violencia.

Pesquisa Javeriana acompañó a la Escuela de Restauración Ecológica (ERE), de la Pontificia Universidad Javeriana, a la Institución Educativa Berlín en Samaná, Caldas, donde implementó un ejercicio de conciencia sobre el tejido social y las consecuencias de las acciones comunitarias en torno a las prácticas ambientales y culturales. El resultado: la formación de un grupo de restauración ecológica liderado por los estudiantes de las veredas.

Revive junto a nosotros esta experiencia:

Un canto de nostalgia a la reconciliación

Un canto de nostalgia a la reconciliación

Como un caballo de paso cae la lluvia sobre las tejas de zinc del municipio de Samaná, en Caldas; son las dos de la mañana y Adela no pega el ojo, quizá porque solo unos ganchos de metal y un par de ladrillos sostienen el techo de su casa o tal vez porque sabe que en cualquier momento un grupo armado podría tumbar la puerta de su hogar para usarlo como trinchera.

Adela se mueve de lado a lado sobre su cama, está incómoda; se inquieta con el tic tac de las manecillas del reloj, al mismo tiempo que empieza a sudar frío. De repente escucha cómo una multitud de botas negras, de caucho, se acercan hacia ella. No van caminando, parece que fueran trotando. Se abre la puerta y en un parpadeo ella ya está acostada sobre el suelo. El latido de su corazón se acelera, se hace cada vez más fuerte, más rápido. Sin esperarlo ruge el cielo, cae un rayo que estremece la tierra e inmediatamente abre sus ojos.

Era solo un sueño, una mala jugada de su memoria, la misma que le recuerda que este tipo de escenas fueron una realidad en el corregimiento de Berlín, su hogar, entre 1998 y mediados del 2005. Fue testigo del conflicto armado entre paramilitares y la guerrilla; según ella, la violencia llegó al municipio de Samaná a mediados de los 90 cuando la roya hizo que la producción de café cayera y los campesinos trabajaran en la siembra de hoja de coca como actividad productiva alterna.

Sin saberlo, esto llevó a Berlin a quedar en medio de una confrontación por el control territorial entre el frente 47 de las FARC, liderado por alias ‘Karina’, y las Autodefensas Campesinas del Magdalena Medio, lideradas por Ramón Isaza. No obstante, la fuerte presencia militar del Estado diezmó la guerrilla y condujo a los paramilitares a su entrega en el proceso de Justicia y Paz en 2008.

Durante los siguientes años, campesinos de veredas como La Reforma, Lagunilla y Piedra Verde retornaron a la región con el deseo de pisar nuevamente sus tierras y encontrar en ellas, y en la construcción de megaproyectos como La Miel I, hidroeléctrica de Isagen, una nueva forma de sustento y vida.

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‘Adelita’, como le dicen sus vecinos, recuerda haberlo visto todo. Fue testigo del desplazamiento de amigos y familiares por causa de amenazas, miedo y la dispersión de glifosato para erradicar los cultivos ilícitos en sus fincas. Esta dura situación no fue impedimento para que viera crecer a sus hijas y nietas, tres generaciones de Adelas que, aunque diferentes entre sí, comparten las mismas pasiones: la cocina y el arte.

Ellas tienen un estilo propio cuando de preparar un plato se trata. Adela, quien ahora es abuela, es experta haciendo arepas blancas. Primero muele el maíz, lo mezcla con sal y agua, lo amasa y lo pone sobre el fuego; los huevos son la especialidad de su hija, ella los bate con papa y espinacas tomadas de la huerta y los riega sobre el sartén. La menor tiene ‘el toque’ del aguatinto, una tintilla color canela: una cucharada de café por dos pocillos de aguapanela.

Así son sus desayunos, grandes y poderosos. Por eso, desde hace tres años estas tres mosqueteras han alimentado a Milena Camargo, Mélida Lozáno, Mario Mora, Diana Rodriguez y José Ignacio Barrera, líderes del proyecto de restauración ecológica y reconciliación en el corregimiento de Berlín a través de los programas Plan de restauración ecológica del trasvase río Manso y Plan de conservación de la especie amenazada Gustavia romeroi.

Este equipo de ingenieros forestales, biólogos, ecólogos y psicólogos llegó a la región en 2014, luego de que Isagen los contratara para reparar el desastre medioambiental que dejó la obra ingenieril transvase Manso en la hidroeléctrica La Miel I: la ruptura de acuíferos (nacimientos de agua subterránea) y 22 quebradas a punto de secarse.

La decisión de la Autoridad Nacional de Licencias Ambientales (ANLA) para ese entonces fue permitir que Isagen comprara los terrenos afectados por la construcción del trasvase y realizara un plan de restauración ecológica en el área. Así, esta institución contactó a la Escuela de Restauración Ecológica (ERE) de la Pontificia Universidad Javeriana para iniciar un trabajo colaborativo, en el que la ERE debía implementar las investigaciones desarrolladas previamente sobre la rehabilitación medioambiental; sin embargo, durante este proceso los investigadores javerianos no solo encontraron un ecosistema deteriorado, también una comunidad fragmentada por la violencia, el odio y el rencor infundado en una guerra que no les pertenecía.

Adela recuerda no haber estado presente en las estrategias de restauración, en el cultivo de palos de aguacate o cacao en las fincas, en la siembra de árboles en el borde de las quebradas para proteger sus cauces o en la limpieza periódica de las bocatomas de Berlín con el equipo de restauradores, pero sí fue testigo de las largas jornadas en las que los profesionales javerianos visitaban a los campesinos de la región, presentándose como los ‘médicos del ecosistema’ con un único fin: la salud integral del corregimiento.

“Cuando llegamos al territorio encontramos un tejido social fracturado por el tema del conflicto armado”, dice la investigadora  Milena Camargo. Por eso, continúa, “creemos que ese tejido se debe seguir trabajando y acumulando experiencias positivas para que haya una verdadera reconciliación. Así es como le apostamos a la encíclica Laudato Sì del papa Francisco, la cual nos recuerda que tenemos que cuidar nuestra casa, nuestra integridad como seres humanos”.

Por tres años (2015-2018), el equipo de investigadores hizo talleres de integración con las comunidades, mingas o convites en las que el sancocho de pollo y arroz con menudencias eran el plato principal, trabajó con las personas en la recuperación del tejido social, en la restauración de relaciones familiares con quienes no habían vuelto a hablar y apoyó a quienes han sufrido las consecuencias del desarraigo por causa del desplazamiento.

De hecho, uno de los encuentros más conmemorativos de la comunidad ocurrió en abril de 2018, cuando campesinos de las veredas Montebello, Piedra Verde y La Reforma, alumnos del colegio Berlín, miembros del grupo ecológico de la misma institución y estudiantes de la clase de Restauración de Ecosistemas, de la Javeriana, se reunieron para trabajar juntos alrededor de un tema en comun: el bienestar social.

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A las cinco de la tarde inició la jornada de reconciliación, encuentro que fue un canto de nostalgia y esperanza a Samaná, al corregimiento de Berlín y a los más de 29.000 hombres y mujeres víctimas del desplazamiento por la violencia. Fue un escenario en el que sonrisas y abrazos se abrieron paso en medio de miradas tímidas de quienes han anhelado por años la paz y el perdón.

¿Cómo vivir en paz? ¿Dónde hallar la felicidad? ¿Por qué perdonar?, fueron las preguntas con las que Mélida Lozano, líder del componente social del proyecto de restauración ecológica, abrió la jornada, mientras que las voces de la comunidad entonaban al unísono la canción Alegría, de Cirque du Solei.

El espejo de la verdad fue la respuesta a sus inquietudes, un ejercicio en el que los asistentes tenían que escribir sobre un papel las actitudes que cada uno ama y odia de sí mismo para entender el secreto de la felicidad y la clave del bienestar: reconocer quiénes son y aprender a perdonar.

“La felicidad solo puede existir cuando hay experiencias que no son tan buenas”, dice Mélida, ya que “no podríamos percibir la felicidad si no hubiera dolor porque entonces, ¿con qué la comparamos? No podría existir si no hay sufrimiento, retos, carencias. Entonces, la felicidad depende de eso que no nos gusta, de las experiencias que rechazamos”, añadió.

‘Adelita’ hizo su labor tras bambalinas. No fue el ‘trabajo pesado’ en las fincas sino el constante, el diario. Por meses se dedicó a tejer flores; cada puntada, cada pétalo era una forma de hilar conciencia, trenzar perdón y construir sociedad. Pasó horas enteras detrás de agujas de croché, lienzos, pintura y colbón para darle brillo a sus creaciones. El resultado fue una docena de rosas de lana, unas blancas, rosadas, amarillas y otras azules y rojas, tejidas entre sí para darle forma a la paz, a ese sentimiento que ha sido tan anhelado en sus corazones.

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Con estas creaciones se cerró el evento con un intercambio de plantas artesanales, hechas por las familias de la región. Unos detalles que significaban más que cartón, fomi, pintura, cucharas o pitillos: era la representación de una vida en unidad, perdón, reconciliación e igualdad.

Luis Wilches, vecino de Adela, fue uno de los invitados a la jornada. Él, de brazos color canela, un pecho firme como de marfil y una mirada tan penetrante y profunda como el amanecer despuntando el alba, recuerda que no dejó la región, él se quedó en su finca, en la vereda Piedra Verde, a pesar de la guerra.

Wilches vivió cada segundo como si fuera el último; su humildad y resiliencia le permitieron dominar el deseo de venganza para someterlo al de la justicia a través del perdón. No es de extrañarse que las manos que en algún momento se hicieron gruesas al labrar la tierra, sean ahora las que levantan en alto flores de la mansedumbre, misericordia y transparencia. Una imagen que, como dice Adela, quedará grabada en la memoria de sus vecinos.

“Este trabajo de reconciliación nos ha servido mucho, me ha servido mucho, para la convivencia como personas y para estar en comunidad”, dice Luis. “Por eso es que hacemos más juntos que uno solo y eso es magnífico”, añade.

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Así como en algún momento la incertidumbre del pasado irrumpió sus vidas, ahora, con la restauración de los lazos comunitarios y el perdón como práctica diaria, esta comunidad está cultivando en sus tierras y en sus corazones una semilla de amor y esperanza. Por eso Adela sabe que construir sociedad es un trabajo que implica tiempo, voluntad y constancia; que perdonar significa reconocer las faltas propias para deshacerse de ellas y sanar, y que tejer sociedad es una labor de todos, una que se hace a pulso, como el que ella tiene cuando hace edredones de punta a punta para mantener el calor de su hogar.

Así es Adela, una mujer que sabe que sus sonrisas son el ingrediente secreto para alimentar el espíritu de bondad en su comunidad.

Canadá y Colombia: investigación cooperativa de punta

Canadá y Colombia: investigación cooperativa de punta

Con el propósito de desarrollar actividades para mejorar la calidad de educación superior en Colombia y estrechar lazos con investigadores de otros países, la oficina de Relaciones Internacionales de ICETEX y 18 universidades nacionales, entre ellas la Pontificia Universidad Javeriana, recibieron a 48 académicos canadienses en el Primer Encuentro de Investigadores Canadá – Colombia.

Por medio de esta iniciativa, la red de universidades de Quebec e instituciones de educación superior colombianas se preparan para construir bases de colaboración científica en aras de lograr los más altos estándares académicos en ambos países.

Con base en el acuerdo de cooperación suscrito entre ICETEX y la Universidad de Quebec en noviembre de 2017, en el que se comprometieron a sumar esfuerzos para incentivar y mejorar la calidad de la educación superior, una comitiva canadiense llegó al país el pasado 20 de noviembre para participar de este encuentro. En él, rectores, vicerrectores, personal de las oficinas de relaciones internacionales y de investigación de las universidades colombianas, al igual que representantes de las instituciones internacionales, compartieron sus experiencias y saberes.

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Hoy, 21 de noviembre, la Javeriana recibe a la delegación para abordar sesiones y debates de alto nivel entre académicos canadienses y colombianos, construir bases de colaboración científica a partir de los focos estratégicos planteados por el programa Colombia Científica: energía sostenible, salud, alimentos, sociedad y bioeconomía, los cuales son importantes para el desarrollo sostenible del país a mediano y largo plazo. Cabe recordar que el pasado mes de mayo, la Javeriana fue galardonada con la financiación de dos de los cuatro proyectos ganadores de la segunda convocatoria de este programa .

Este escenario es un espacio perfecto para que instituciones como la Universidad de Antioquia, EAFIT, la Universidad Nacional de Colombia y la Javeriana, entre otras, trabajen con la Universidad de Quebec en sus diferentes sedes, Montreal (UQAM),Trois-Rivieres (UQTR), Chicoutimi (UQAC) y seis instituciones más de la misma entidad en la creación de nuevos proyectos de investigación y fortalecimiento de la educación superior de calidad.

Pesquisa Javeriana conversó con Erika Ospina Rozo, asesora para la internacionalización de la Vicerrectoría de Investigación de la Javeriana, quien explicó la importancia de esta visita y sus implicaciones.

Traducir los lenguajes: de no indígena a indígena

Traducir los lenguajes: de no indígena a indígena

Tres etapas, de noviembre de 2016 a mayo de 2018, fueron necesarias para que la Escuela para la Gestión Comunitaria de Recursos Locales y Construcción de Paz, mejor conocida como La Escuela, proyecto de la Facultad de Ciencias Sociales de la Pontificia Universidad Javeriana, deconstruyera sus guías académicas para enseñarles a líderes sociales indígenas y que ellos, a su vez, replicaran lo aprendido en sus comunidades.

El primer paso en esta investigación colaborativa abierta se dio de la mano de la etnia indígena jiw, y el resultado se sintetizó en la tercera etapa, en la que los investigadores, junto con miembros del resguardo indígena Barrancón y La María, generaron nuevos contenidos para adaptar las lecciones de La Escuela a una cartilla llamada Nejkiewaelaliejwa wejew Jiw (Para no olvidar lo nuestro). Un proceso posible gracias a un equipo interdisciplinar de profesores e investigadores, y al apoyo y financiamiento de la Agencia de Cooperación Alemana, Deutsche Gesellschaft für Internationale Zusammenarbeit (GIZ).

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Jiw
significa “gente”, es una palabra, un lenguaje, y el nombre de un pueblo indígena asentado en San José del Guaviare, Colombia. Quisiera escribir esta historia en jiw, pero sólo tendría 1.180 lectores. Quisiera hacerlo porque con seguridad sería lo más parecido a narrar la experiencia de investigadores javerianos que, en La Escuela, acompañaron un proceso totalmente ajeno, llevando y trayendo refrigerios, dando la hora o siendo gestores de preguntas, sin entender ni una palabra en conversaciones de horas interminables. Quienes tuvieron que decodificar en las expresiones de líderes y lideresas Jiw que aquella cartilla, que con tanto esmero había sido construida por expertos, profesores e investigadores en Bogotá, no les decía nada.

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Jiama
significa “no indígena”

La Escuelita fue de doble punta, porque los investigadores tuvieron por fuerza de las circunstancias que aprender que quizá un buen número de clases, sentados en un pupitre, copiando en el cuaderno, carecía de humanidad. “Los módulos, que eran cinco y estaban consignados en cartillas, fueron creados desde unos escritorios desde aquí, Bogotá. Cuando teníamos las cartillas impresas fuimos, en noviembre del 2016, y montamos La Escuela por primera vez en dos geografías: Cauca y Guaviare”, narra Juan Eduardo Ortega, ecólogo javeriano, investigador del Centro de Alternativas al Desarrollo (Cealdes) y coordinador de campo para este proyecto.

Aquellas dos geografías fueron experiencias diametralmente distintas, usando las mismas cartillas y participando el mismo equipo. “En San José del Guaviare trabajamos con indígenas y campesinos, y en el Cauca, casi al mismo tiempo, con comunidades afro de Villa-Rica y Padilla”, añade Ortega, quien resalta que ahí estuvo el segundo gran aprendizaje: “No es fácil tener una cartilla genérica que lo abarque todo”.

Pronto se superó la cartilla, que era distante, impersonal, fría, genérica. Y los investigadores, comenta, descubrieron que su rol no era el de imprimir y repartir conocimiento: “Si hubiera sido la cartilla lo que imaginábamos en Bogotá mandamos a imprimir cartillas en cantidad y las repartimos en todas las regiones y se mejora la cosa, y salen líderes así de la nada”.

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Visión jiw

Esa primera experiencia había dejado más preguntas que respuestas. ¿Aquellos líderes, que habían asistido a La Escuela, podían replicar y enseñar lo aprendido en sus comunidades? ¿Se les había dado los elementos para hacerlo? ¿El conocimiento que se les enseñó les era útil? ¿Aprendieron más los investigadores o las comunidades?

Los interrogantes dieron cabida a la segunda etapa de La Escuela, la cual fue dictada en San José del Guaviare a profesores y profesoras de la comunidad jiw y también a campesinos de la región.

Fue un periodo de conversaciones intensas sobre interculturalidad y conflicto, en las que participaban los jiw, hablaban tan rápido y fluido que los investigadores tuvieron que resignarse a no participar en ellas, atender a los asistentes y hacer preguntas cuando la conversación jiw lo permitía. Aquí se chocaron con un factor que había pasado desapercibido: el lenguaje. “Los alumnos de la réplica no sabían español. Fue difícil porque ellos hablaban entre ellos en jiw, y nosotros no entendíamos nada, era difícil, se burlaban de nosotros”, narra María Elvira García, antropóloga e investigadora del Proyecto.

La lengua empezó a ser muy poderosa, “pero también logramos interactuar desde otros lenguajes, por ejemplo, los dibujos”, añade García, lo cual empezó a arrojar rasgos de la comunidad que no habían sido tenidos en cuenta en las cartillas.

La réplica planteó un nuevo reto. Al final del proceso, los investigadores se reunieron con quienes habían sido los profesores y profesoras jiw y les preguntaron sobre la experiencia ¿Qué les habían aportado las cartillas? Ellos respondieron: “Es bueno tener cartilla, pero es que esto es cartilla de jiama, ¿y por qué nos dan una cartilla de jiama si somos jiw?”.

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Traducir de jiama a jiw

La generación de nuevos contenidos que adaptaran las cartillas a jiw convocó a los investigadores a escribir en poco tiempo desde una óptica y ortografía indígena, . Lo cual solo era posible si se construía desde la comunidad, y fueron ellos mismos quienes se enfrentaron al reto de escribir su propia lengua.

El equipo de sociólogos, ecólogos, antropólogos, biólogos, entre otros profesionales, necesitaba nutrirse de otras disciplinas. Ahí surgió la búsqueda por quiénes podían acompañar el proceso de adaptación jiw. “Yo no soy traductora de lenguas indígenas, tocaba trabajar con traductores de la comunidad. Era un gran reto escribir en una lengua que no tiene una tradición escrita sino oral”, explica Angélica Ávila, lingüista de la Universidad Nacional de Colombia y magister en Sociolingüística del Proeib Andes, quien se sumó al proyecto a dos meses de concluir. “Fue una grata experiencia por el tiempo, pero también por la gran apuesta de no solo generar contenidos en jiw sino la apropiación, por parte de la comunidad, de su lengua escrita y la generación de un espacio para usarla.”.

La lengua jiw tiene una transmisión intergeneracional fuerte. Los niños la aprenden antes del español, es su lengua materna; sin embargo, al ser de tradición oral, es difícil encontrar información sobre cómo debe escribirse.

En Colombia hay unas 68 lenguas en total, aunque no todas en el mismo nivel de descripción lingüística. El jiw es poco estudiado, fue descrito por Nubia Tovar, investigadora de la Universidad de los Andes, quien trazó los esbozos iniciales de una gramática y su descripción a varios niveles, pero su investigación es la única consignada en libros. Por otro lado, el Instituto Lingüístico de Verano, cristiano-misionero, hizo estudios desde los años 50 y elaboró un alfabeto con el fin de traducir la Biblia para los jiw, el cual, según Ávila, fue usado en el proyecto de La Escuela.

La comunidad se sentaba en grupos y hablaba. Como disfrutan hablar, resaltan los investigadores, nunca un tinto tomó tanto sentido como en esos espacios de conversación. Y entre charla y charla empezaban a definir los temas que, para ellos, eran cultural y tradicionalmente sagrados y debían estar consignados en su cartilla: “Ellos nos decían: ‘Tiene que estar el dios Naechakba, porque él está en el río y es el que trae los peces’”, cuenta la lingüista del proyecto.

Luego empezaban a escribir divididos en grupos, como ellos, desde sus conocimientos ancestrales, creían que debía estar escrito, teniendo en cuenta el alfabeto propuesto por el instituto misionero. Ponían en la pared una hoja y cada grupo decidía una forma de escritura para un tema específico, luego rotaban. “Ocurría que, al pasar otro grupo para la validación, veían que no tenía sentido. Los jiw por primera vez escribían algo que siempre había sido oral, y fue una gran sorpresa ver que inevitablemente el sentido se transformaba”, recuerda Ávila.

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De lo escrito a la ilustración 

“El trabajo con la ilustración va más allá de generar imágenes bellas. Todo debe ser puesto en discusión, desde la paleta de color”. Esa es la concepción a la que llegó Jason Fonseca, ilustrador y sociólogo javeriano, tras sumarse a la traducción de la cartilla jiw de la palabra escrita a la ilustración.

La mirada de la comunidad es muy iconográfica, cercana al uso de pictogramas, de la pintura corporal con significados y a lo simbólico. A eso se suma un televisor en medio de la maloca y el celular en la mano, lo que les permite tener una relación permanente con la imagen.

El sentido de esta parte del proyecto no era aprovechar la oportunidad para ilustrar una comunidad indígena sino para preguntarles a los jiw: ¿qué querían hacer? ¿Qué necesitaban decir? ¿Cómo querían verse representados? ¿Qué querían transmitir a futuras generaciones y a ellos mismos? “Y nosotros, de alguna manera, debíamos facilitar y mediar esos objetivos”, cuenta Fonseca sobre el inicio de su experiencia como ilustrador de la cartilla.

Hubo dos etapas vitales: la primera fueron los talleres, que apuntaban a cómo debían estar ilustrados los jiw en la cartilla. “Yo me sentaba con la comunidad, ellos con papel y lápiz en mano, y les preguntaba: ¿Cómo es un jiw?”, rememora. Se dibujaron entonces con taja-taja (conocido coloquialmente como taparrabo), con un arco y una flecha, aunque el ilustrador señala que ellos no se reducen a esos elementos que los no indígenas han adoptado para caracterizarlos. Cuando los investigadores tuvieron acceso a una cartilla que había realizado el Ministerio de Educación, se dieron cuenta de que se ilustraba al funcionario público como un hombre de piel blanca, semi-calvo, con un chaleco, y el indígena era un hombre trigueño, de nariz gruesa y con taparrabo, muy similar a lo que habían pintado los jiw en ese primer taller.

Cuando se les dijo que se dibujaran a sí mismos, el nivel de realismo fue sorprendente. “Amparo, una de las líderes jiw, hizo un autoretrato hermoso en el que se dibujó con una falda de flores, se pintó los vellos de las piernas y cargando yuca. Al lado del dibujo se describía como: ‘Amparo, y la mujer jiw es una mujer fuerte’”, narra el ilustrador, todavía emocionado y sorprendido.

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Y, como segundo espacio, se revisaron, borraron o rehicieron las ilustraciones. “Aunque aquí había mucho afán, nos tomamos el tiempo de hacer todas las preguntas y correcciones pertinentes con la comunidad”, señala Fonseca, quien reconoce haber cometido errores en el proceso de tratar de entender lo que los jiw querían representar: “Para la ilustración de cómo cazaban peces, puse a dos hombres en una canoa: uno de ellos cazaba de pie en la parte de atrás, el otro navegaba sentado adelante; los jiw apenas la vieron se rieron, decían: ’Eso está terrible, es como si usted se hubiera puesto los calzoncillos encima del pantalón. Están al revés’”. La imagen y la escritura solo tenían sentido entonces, ambas expresiones se articulaban y los jiw las comprendían, porque ellos mismos habían ayudado a ilustrar cada elemento.

La cartilla Nejkiewaelaliejwa wejew Jiw (Para no olvidar lo nuestro) es una apuesta de trabajo colaborativo entre investigadores y miembros de la comunidad para crear sus representaciones a través de las imágenes y palabras escritas; pensada, a su vez, para una lectura comunitaria.

Los investigadores entrevistados coincidieron en el cambio abrupto de perspectiva que les generaron esos pocos meses para adaptar una cartilla realizada en Bogotá, desde unos escritorios, entre expertos, a jiw y con la comunidad. Los jiw tenían por primera vez una cartilla sin el hombre de piel blanca con chaleco, y sin que estuvieran homogéneamente representados con taja-taja, arco y flecha. Era una cartilla con preguntas jiama pero en jiw y para los jiw, como lo manifiesta la comunidad en la introducción de la cartilla: “Esta es una herramienta para estudiar y trabajar, es un aprendizaje para el pueblo jiw y sobre él. Para los ancianos que no hablan español, queremos que escuchen la lectura de esta cartilla y la entiendan”.

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 TÍTULO DE LA INVESTIGACIÓN: Construcción colaborativa de contenidos pedagógicos del pueblo jiw
INVESTIGADORES: Tomás Vergara, Carlos del Cairo, Juan Eduardo Ortega, María Elvira García, Natalia Londoño, Nathali Cedeño, Angélica Ávila, Jason Fonseca.
Escuela para la Gestión Comunitaria de Recursos Locales y Construcción de Paz
Facultad de Ciencias Sociales Pontificia Universidad Javeriana
PERIODO DE LA INVESTIGACIÓN: 2016-2018.

 

* Coordinadora de Comunicaciones, Facultad de Ciencias Sociales PUJ

Que los eventos naturales no causen desastres

Que los eventos naturales no causen desastres

“Deslizamientos y lluvias, principales preocupaciones en Hidroituango”; “Inundaciones en Japón: más de 100 muertos por fuertes lluvias”; “Una persona muerta y dos heridas deja avalancha en Girardot”. Estos titulares son pan de cada día en Colombia y en el mundo. Volcanes que hacen erupción, sismos que afectan poblaciones enteras, eventos de la naturaleza que causan miles de pérdidas humanas y económicas. ¿Cómo prepararse para una de estas eventualidades?

Perder más de 20 mil colombianos en el desastre de Armero en 1985 hizo sonar las alarmas. El país tenía que avanzar en esta materia, desde la geología, la sociología, la ingeniería y la comunicación, porque esa historia no podía repetirse. El Servicio Geológico Colombiano tomó medidas para estudiar los diferentes fenómenos naturales que amenazaban el territorio nacional, y hoy, más de 30 años después de la tragedia, vuelve a ser un referente para que el grupo de investigación Riesgo en Sistemas Naturales y Antrópicos, de la Pontificia Universidad Javeriana, estudie la gestión del riesgo.

La investigación surge en 2011, lleva tres fases y los investigadores, de la mano de sus colegas en la Universidad Católica de Colombia, se aprestan a continuar con la cuarta fase. Se trata, hoy y siempre, de un tema vital, por lo que es necesario aprender de lo sucedido.


La gestión del riesgo es demasiado importante

Dice Alfonso Mariano Ramos Cañón, profesor titular de la Facultad de Ingeniería y del Instituto Geofísico de la Javeriana, que para abordar el riesgo generado por un peligro natural es necesario considerar dos componentes: amenaza y vulnerabilidad. El primero responde a la pregunta: ¿cuál es la probabilidad de ocurrencia de un evento natural, como un deslizamiento, una inundación, una erupción o un sismo? Al respecto, hay una buena base de conocimiento en el país. Pero la vulnerabilidad se refiere más a aquello que se afecta cuando la amenaza se materializa. Y a pesar de que Colombia también ha avanzado en su estudio, al determinar, por ejemplo, cómo se afectaría la infraestructura simulando las magnitudes de los posibles eventos, “otras perspectivas de vulnerabilidad se han tocado con menos esfuerzo”, explica Ramos, quien desde hace más de un par de décadas trabaja el tema del riesgo por diferentes peligros de naturaleza geofísica, como sismos, deslizamientos y avenidas torrenciales.

“En 2011 empezamos a pensar que si han ocurrido desastres y siguen ocurriendo, ¿qué es lo que está pasando? No estamos aprendiendo, y a pesar de que la amenaza es cíclica, siguen ocurriendo los mismos desastres”. Se refiere, por ejemplo, a la temporada de lluvias que vivió el país justamente en ese año, con deslizamientos e inundaciones en varias poblaciones. “El invierno castigó a Colombia en el 2011”, titulaba El Universal de Cartagena; “Inundaciones en Colombia: igual a anegar Bogotá 27 veces”, informaba la revista Semana.

“Eso estaba muy vivo”, recuerda Ramos. Como no era la primera vez que sucedía, había que aprender de ello. Y así se inició el primer proyecto de investigación.

El enfoque del proyecto tiene su propio sello: no solo cuantifica lo que podría suceder, sino que considera al ser humano como afectado por dicha circunstancia. Así que los investigadores ―un equipo de profesionales de distintas disciplinas― empezaron a trabajar en cinco dimensiones, con base en categorías planteadas por el Departamento Nacional de Planeación: económico-productiva, político-institucional, ambiental, urbano-regional y sociocultural. Buscaban, en últimas, proponer medidas de prevención, corrección o mitigación, para lo cual asociaron unos indicadores a cada dimensión, como la cantidad de área protegida, de edificaciones construidas en la zona de amenaza, de camas disponibles en los hospitales de la zona, el promedio de personas por casa o las redes sociales en la comunidad.

Con esa batería de indicadores y un trabajo de ingeniería para el cruce de toda la información, crearon el Sistema de Información de Vulnerabilidad Territorial (SIVT) que entrega recomendaciones a las regiones sobre las acciones de preparación, reducción y manejo de desastres ante un evento natural. “Es como una cajita negra y uno lo que hace es meterle los indicadores para las cinco dimensiones, ella hace sus cálculos y a partir de ese análisis se puede entregar una serie de priorizaciones para la prevención”, explica Ramos.


El valor del componente social en la investigación

Junto con ingenieros de distintas especialidades y un filósofo, los investigadores incluyeron en la metodología la participación de los ciudadanos a través de talleres para conocer su percepción sobre las amenazas y proponer medidas a corto, mediano y largo plazo, y así disminuir la vulnerabilidad de las comunidades. Tomaron tres casos: San Marcos, en el departamento de Sucre, región de La Mojana; Manatí, en el sur del departamento del Atlántico ―en el norte de Colombia las inundaciones por fuertes lluvias son una constante―; y Armero-Guayabal, en el departamento del Tolima.

Dibujos de niños y jóvenes en las poblaciones donde se realizaron los talleres.
Dibujos de niños y jóvenes en las poblaciones donde se realizaron los talleres.

Hasta esas regiones se desplazaron los investigadores con sus estudiantes de pregrado, maestría y doctorado, quienes realizaban sus tesis de grado, y organizaron diferentes actividades dirigidas a niños, jóvenes y adultos mayores para conocer sobre creencias y valores, redes sociales e identidad, y resiliencia.

Allí hablaron sobre los dichos populares que los identifican en su cotidianidad y cuyo contenido procuran llevar a la práctica ―como “el que no oye consejos no llega a viejo”, o “soldado avisado no muere en guerra”―, sobre el significado del agua en la comunidad, o sobre Dios. Los invitaron a dibujar sus regiones, destacar allí las personas y los sitios más significativos, y a soñar en el futuro. Así obtuvieron respuestas muy elocuentes, como:

“Dios no tiene la culpa de que se inunde [la región], la culpa es por las lluvias. Él nos cuida de que nada malo mayor pase”.

“Ahora no se sabe cuándo va a llover, antes sí. Ahora se espera el invierno con agonía, antes con armonía”.

Los talleres fueron clave para apoyar la generación de indicadores, porque “aprendemos haciendo”, explicó la coinvestigadora Paula Andrea Villegas González, estudiante del Doctorado en Ingeniería de la Javeriana y profesora de pregrado en esta universidad, así como en la Católica. “Cuando en los proyectos se involucran las comunidades, como en este caso, no se impone la visión de la academia, sino que se promueve un diálogo de saberes y de conocimientos a partir del cual se construye el proyecto de investigación”, explica. “En ese sentido, el enfoque fue construir un sistema de indicadores y un conjunto de medidas con las comunidades donde ellas también fueran partícipes en el proceso de construir conocimiento”.


Los resultados en la práctica

Como producto de las primeras tres fases de la investigación, se lanzó un libro en julio de este año, titulado Gestión del riesgo en Colombia: vulnerabilidad, reducción y manejo de desastres, y se desarrolló un software para aplicar los indicadores de las cinco dimensiones en cualquier región del país. “El libro detalla la metodología completa, el software es la parte utilitaria”, explica Ramos, pero “la parte fuerte es justamente la conceptualización de las dimensiones y la manera como se quiere evaluar o cuantificar, o en ocasiones cualificar, cada una de esas dimensiones”.

Para Villegas, son dos las lecciones de esta investigación: trabajar con las comunidades y aprender de lo que ha pasado: “No es posible que después de tantos años todavía cometamos muchos errores porque no aprendimos del pasado”. Y para el futuro, la enseñanza es contar con unos criterios más amplios a la hora de sistematizar la información y caracterizar los eventos naturales que conllevan desastres.


Para leer más:

  • Villegas González, P. A., Ramos Cañón, A. M., González Méndez, M., González Salazar, R. E., De Plaza Solórzano, J. S. (2017). Territorial Vulnerability Assessment Frame in Colombia: disaster risk management. International Journal of Disaster Risk Reduction, 21, 384-395.

 


TÍTULO DE LA INVESTIGACIÓN: Retrospectiva de las catástrofes naturales en Colombia como insumo para la construcción de un sistema soporte de decisiones
INVESTIGADOR PRINCIPAL: Alfonso Mariano Ramos Cañón
COINVESTIGADORES: Paula Andrea Villegas González, Mauricio González Méndez, Ramón Eduardo González Salazar, Juan Sebastián de Plaza Solórzano, Edwin Daniel Durán Gaviria y Holman Diego Bolívar
Grupo de investigación Riesgo en Sistemas Naturales y Antrópicos
Instituto Geofísico
Facultad de Ingeniería
PERIODO DE LA INVESTIGACIÓN: 2011-actualmente

Patrimonio cultural del Valle del Cauca: lucha contra el olvido

Patrimonio cultural del Valle del Cauca: lucha contra el olvido

El patrimonio arquitectónico del Valle del Cauca agoniza desde hace 50 años. Edificios como la mayoría de sus estaciones ferroviarias están en proceso de deterioro y desaparición. Investigadores javerianos proponen alternativas para su protección en un trabajo colaborativo con la comunidad para poner en valor este legado histórico y cultural de la región.

Como suele suceder en las comunidades, el progreso no siempre significa lo mismo para sus diversos actores; lo que para algunos es sinónimo de avance y desarrollo, para otros representa la perdida de sus costumbres, el olvido de sus raíces, de una historia que los caracteriza y, el Departamento del Valle del Cauca no es la excepción a este fenómeno.

Las haciendas, estaciones ferroviarias, edificaciones religiosas y otras estructuras que hoy luchan contra la imponente inevitabilidad del paso del tiempo y la indiferencia de las generaciones actuales, surgieron en mayor medida durante el periodo colonial bajo el dominio del Virreinato de Nueva Granada, de donde provienen sus rasgos, modelos que fueron implementados por los españoles.

Esta situación despertó el interés de la arquitecta Maria Claudia Villegas Corey y el antropólogo Manuel Enrique Sevilla Peñuela, profesores de la Pontificia Universidad Javeriana Cali, quienes, desde la unión de sus áreas de conocimiento, buscan diluir la línea que divide al patrimonio entre tangible e intangible según la ley en Colombia, con el fin de visibilizar la importancia de rescatar nuestra identidad.

De los rieles a las carreteras

De acuerdo con la investigación, a finales del siglo XIX e inicios del siglo XX, la región del Valle del Cauca carecía de vías que le permitieran estar comunicada con el resto de la nación para la generación de relaciones comerciales. En ese momento, su economía era de subsistencia, lo que permitía el propio sostenimiento de las pequeñas comunidades y familias, más no la expansión comercial. El gobierno identificó entonces la necesidad de crear medios de transporte para salir del aislamiento y el atraso, dando paso a la creación de las primeras líneas de ferrocarril, dentro de las cuales se encontraba la línea que buscaría unir al Valle del Cauca con el puerto de Buenaventura en 1878.

Gracias a estas iniciativas del Estado, apoyadas por acontecimientos como la apertura del Canal de Panamá, a partir de 1915 con la llegada del Ferrocarril del Pacífico, la región logró convertirse en el epicentro de desarrollo del Valle, potencializando el comercio, el intercambio con otras regiones y la modernización en infraestructura, explica  Villegas Corey, investigadora principal del proyecto y directora del Departamento de Arte, Arquitectura y Diseño de la Javeriana Cali.

Con el pasar del tiempo, la industrialización y la llegada de nuevos medios de transporte como los automóviles, la creación de nuevas carreteras y fenómenos sociales de violencia, fueron factores que contribuyeron determinantemente al inicio del periodo de decadencia de las estaciones de ferrocarril, las cuales hoy en día, son el grupo arquitectónico patrimonial del Valle del Cauca más afectado.

Las estaciones de tren como punto de partida

Aquellos lugares que alguna vez fueron el epicentro de desarrollo del Valle del Cauca, propiciaron el comercio, el crecimiento demográfico y la apertura con el resto del país, hoy son en su mayoría sinónimo de olvido; zonas que hoy están rodeadas de invasiones y edificios habitados por familias en condiciones difíciles.

Para la realización del proyecto, los edificios del Valle del Cauca declarados como bienes de interés cultural de la nación, fueron clasificados en cuatro grupos según su función: religioso, institucional, habitación y ferroviario. Teniendo en cuenta la situación actual de las estaciones de tren, Villegas decidió centrar su atención en el grupo ferroviario, el cual, además de encontrarse en una situación de abandono lamentable, representa actualmente el 47% de los bienes de interés cultural del Valle del Cauca.

“Nuestra intención es poner en valor a las estaciones y promover nuevas formas de interacción con el edificio con el fin de generar nuevos usos, de esta manera, podemos ir tejiendo la cultura de la apropiación de nuestro patrimonio”, explica.

Actualmente, el Departamento cuenta con cuarenta y siete estaciones de tren, de las cuales solo la estación de ferrocarril de Palmira es un ejemplo destacable de restauración, gracias al descubrimiento reciente de objetos arqueológicos que propiciaron el uso de esta estructura que se encontraba en abandono, como museo de la cultura Malagana.

Otros ejemplos de estaciones que de acuerdo con la investigación se encuentran en un estado regular, son las de Buga y Cali, dentro de las cuales hoy en día funcionan oficinas gubernamentales.

Esta situación devela una necesidad urgente para que el gobierno central, en un trabajo en conjunto con el departamento y las municipalidades, aúnen esfuerzos para replicar estas acciones y logren rescatar estructuras que representan la historia y el patrimonio del Departamento del Valle.

Estación de tren de La Victoria

Las propuestas

El panorama poco alentador de la actualidad de las estaciones de tren y demás bienes patrimoniales motivó a los investigadores a buscar diversas formas de valorizar estas edificaciones. La base metodológica para esta investigación reside en la teoría fundada, la cual implica un contacto directo con el área de estudio. “Lo que hicimos fue acercarnos a los habitantes de la zona, identificamos que no tienen centro cultural, biblioteca, hospital o escuela, y, por el contrario, si tienen una edificación idónea que se está desmoronando, y que con una apropiada intervención podría suplir cualquiera de estas necesidades” explica Villegas.

Para poner en marcha estas iniciativas, se busca promover la identidad por medio de la apropiación de estos lugares a través de acciones culturales directas que intervengan la zona, como conciertos de música de la región, muestras gastronómicas, entre otros.

“Nos dimos cuenta en un trabajo conjunto con el profesor Manuel Sevilla que el patrimonio intangible, como la música, la cocina, las costumbres, enfrentan las mismas problemáticas que el patrimonio tangible, como los edificios, estaciones de tren entre otros, los cuales necesitan ser protegidos”, continúa Villegas

El proyecto de investigación busca resolver las necesidades de ambos tipos de patrimonio, a través de intervenciones que involucren a la comunidad, con el fin de preservar tanto los aspectos culturales como arquitectónicos, dos caras de una misma moneda.

En diálogo con Pesquisa Javeriana, Maria Claudia Villegas y Manuel Enrique Sevilla, profesores e investigadores de la Pontificia Universidad Javeriana Cali, explican en detalle su investigación.

 

Vivienda de interés social: metros cuadrados vs. calidad de vida

Vivienda de interés social: metros cuadrados vs. calidad de vida

Según el DANE, en 2017 se culminaron 59.991 unidades de vivienda de interés social (VIS), lo que representa una disminución frente a 2016, año en que se construyeron 72.115. Las cifras de vivienda de interés prioritario (VIP) también descendieron: de 83.244 unidades en 2016 se llegó a 78.794 en 2017. Tal vez la disminución en la edificación de viviendas se deba a los costos adicionales en el metro cuadrado, dice María Fernanda Serrano Guzmán, docente del Departamento de Ingeniería Civil e Industrial de la Universidad Javeriana Cali y coautora del artículo científico “Impacto en costos directos de vivienda de interés social y de interés prioritario por inclusión de nuevas normas de construcción: caso Cali”, publicado en la revista Dyna, de la Universidad Nacional de Colombia, sede Medellín.

Una VIS es aquella que reúne los elementos para asegurar su habitabilidad, cumple con estándares de calidad en diseño urbanístico, arquitectónico y de construcción, y en Colombia tiene un valor máximo de 135 salarios mínimos legales mensuales vigentes. Para adquirirla, el núcleo familiar debe tener un ahorro base y un ingreso salarial mínimo, si se requiere un préstamo bancario. Por su parte, la VIP tiene un monto de 70 salarios mínimos legales mensuales vigentes y el Gobierno la concede en programas de reubicación, por ejemplo, cuando la población se ha visto afectada por catástrofes naturales.

En el país, los programas de VIS y VIP han sido impulsados por el Gobierno nacional, las cajas de compensación familiar y las constructoras con el fin de proveer una vivienda digna a los hogares con menos ingresos. En la actualidad, además de la existencia del Reglamento Colombiano de Construcción Sismo Resistente (NSR-2010), decreto que establece aspectos técnicos a nivel estructural, existen otras disposiciones técnicas de obligatorio cumplimiento que están generando costos adicionales en el metro cuadrado de vivienda, lo que excede los topes máximos establecidos para este tipo de proyectos, con la consecuente repercusión en disminución de áreas y en acabados del producto final.


Condiciones de vivienda digna y adecuada

Para la investigadora Serrano, en el Gobierno Santos se hizo un especial énfasis en proveerles vivienda a las personas, y considera que la tarea se realizó; sin embargo, ve una deficiencia en el cumplimiento completo de condiciones de vivienda digna y adecuada que establece el Folleto Informativo n.º 21 de la ONU. “Claro que ahora estas personas tienen unas condiciones de vida mejores: un área un poco más grande con materiales que les dan seguridad ante las inclemencias climáticas, pero hay que seguir trabajando, porque las viviendas las entregan sin ningún tipo de enchape y recubrimiento en las zonas húmedas, en ocasiones, solo con la puerta del baño y la de la entrada”, añade la docente.

Con base en estas inquietudes, los miembros del grupo de investigación en Detección de Contaminantes y Remediación (DeCoR), en cabeza de Serrano Guzmán, y el semillero de investigación Gestión de Obras, de la Javeriana Cali, se pusieron como meta identificar el impacto económico que, en los proyectos de construcción de las VIS y las VIP, tiene la aparición de nuevas normas y las modificaciones hechas a las ya existentes; consideran que estos cambios en la reglamentación deben ir acompañados por una revisión de su incidencia en el costo de la construcción y, con ello, en los topes establecidos, de tal manera que se garantice el tamaño y la calidad de las viviendas.

Seis de estas, dos de interés social y cuatro de interés prioritario, ubicadas en Cali, sirvieron de objeto de estudio. Los criterios de selección incluyeron la similitud de las áreas (60 metros cuadrados para VIS y entre 47 y 50 metros cuadrados para VIP) y la ejecución basada en las normas de construcción exigidas en la fecha en que se construyeron.

Según cifras reveladas por Camacol, para 2018 hay un total de 77670 cupos disponibles para programas de vivienda de interés social en el
Según Camacol, para 2018 hay 77.670 cupos disponibles para programas de vivienda de interés social en el país.


Más normas, menos metros cuadrados

Además del NSR-2010, la implementación de nuevas normas de obligatorio cumplimiento, como el no incremento del valor máximo definido para cada tipo de proyecto, está llevando a los constructores a reducir el área de las viviendas entregadas y la calidad de los acabados, lo que repercute en las condiciones de habitabilidad; al mismo tiempo ocasiona una reducción en la utilidad de los constructores, lo que hace menos atractivo este tipo de proyectos para los inversionistas y oprime su oferta en el mercado.

“Pudimos observar que, primero, para alguien que llega a vivir a estas casas le resulta costoso instalar un lavaplatos o el enchape del baño y, segundo, como los espacios son tan reducidos, ni siquiera hay lugar para clósets. Si se realiza un ajuste a los topes en los precios, probablemente se podrían mejorar los acabados de esas viviendas y así brindar las condiciones básicas”, argumenta la investigadora.

Los temas de salubridad, concluye el estudio, ya empiezan a ‘colarse’ en las viviendas de interés social, debido a, precisamente, la reducción de los espacios. De allí que Serrano haga un llamado de sensibilización a otros profesionales de ramas como la medicina, para que lleven a cabo estudios epidemiológicos sobre las enfermedades más comunes en ciertos sectores. “El vivir tan juntos puede degenerar en enfermedades respiratorias, alergias u otras molestias de salud. Es urgente que hagamos intervención desde diferentes disciplinas”, añade la especialista en Ingeniería Ambiental.

La voz también se extiende al sector de la construcción, pues para cumplir con todos los requisitos y ofrecer una vivienda digna es fundamental el establecimiento de nuevos montos para los proyectos de VIS y de VIP. Los investigadores proponen la constitución de mesas de trabajo con el firme objetivo de crear un documento que le sirva de guía al Gobierno nacional a la hora de fijar los precios para este tipo de proyectos.

Así mismo, advierte la investigación, es clave que la sociedad sepa interpretar el concepto de vivienda digna, porque, aunque los beneficiarios ahora cuenten con un hogar, el Estado debe garantizar programas en los que se entreguen domicilios aptos para habitar.


Para leer más

  • Wei, S., Jie, C. y Hongwei, W. (2015). Affordable Housing Policy in China: New developments and new challenges. China: Shanghai Finance University y Shanghai University of Finance and Economics.

 


TÍTULO DE LA INVESTIGACIÓN: Modificaciones a los reglamentos técnicos de construcción y su incidencia en los costos y la calidad de la vivienda de interés social en Santiago de Cali
INVESTIGADOR PRINCIPAL: Mauricio Chávez Calle
COINVESTIGADORES: María Fernanda Serrano y Diego Pérez
Semillero de investigación Gestión de Obras
Grupo de investigación en Detección de Contaminantes y Remediación (DeCoR)
Departamento de Ingeniería Civil e Industrial
Maestría en Ingeniería
Facultad de Ingeniería
Oficina de Investigación, Desarrollo e Innovación
Pontifica Universidad Javeriana Cali
PERIODO DE LA INVESTIGACIÓN: 2016-2017

Mompox: la convivencia entre arquitectura y medio ambiente

Mompox: la convivencia entre arquitectura y medio ambiente

Como si fueran maracas, Gabriel mueve sus piernas al ritmo de tamboras al tiempo que flautas y saxofones marcan el compás en el pueblo que visita desde hace casi una década. Fundado hacia 1540, hoy en día es la sede del Festival de Cine Independiente, del Festival de Jazz que se celebra cada año en septiembre y, también, el hogar de mestizos, colonos y afroamericanos que llegaron a esta región como esclavos durante la época de la Conquista.

El centro histórico de este municipio, reconocido por ser la cuna de personajes como  Candelario Obeso, precursor de la poesía negra en América, fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1995 en la categoría de paisaje cultural.

No es la primera vez que Gabriel Leal del Castillo y Andrés Gaviria, profesores de la Facultad de Arquitectura y Diseño de la Pontificia Universidad Javeriana, visitan la región. Desde 2009 han pasado horas enteras en salidas de campo semestrales caminando sobre su suelo, un tapete de arena húmeda con tierra, barro y piedras; moviéndose entre calles a temperaturas que varían entre 30°C y 35°C, y días completos estudiando las placas de cemento que miden más de un metro veinte y sobre las cuales está construida toda la ciudad.

De hecho, entender la armonía e integridad del paisaje urbano de Mompox, su relación con el medio ambiente y la decisión del Ministerio de Cultura de hacer la declaratoria como Monumento Nacional (Ley 163 de 1959) e inscribirlo en la Lista de Patrimonio Mundial de la UNESCO, fueron motivos para que el Grupo de Investigación en Ecosistemas Antrópicos se interesara por el concepto ‘paisaje cultural’ a partir de su relación con el centro histórico del pueblo.

Leal del Castillo, magíster en Planificación Urbana y Regional, emprendió la tarea de recorrer y analizar la arquitectura de cada casa de Mompox junto a los académicos Gaviria, magíster en Ciencias Aplicadas en Conservación del Medio Ambiente Construido y director del Proyecto Patrimonio; Olga Pizano Mallarino, consultora en patrimonio cultural; y Ana María Osorio Guzmán, magíster en Geografía.

¿El resultado? La creación del proyecto ‘Centro histórico y territorio: Ecosistema cultural momposino’, que ha estudiado el patrimonio cultural de esta zona de Mompox para entender cómo protegerla, gestionarla y valorarla, y así garantizar su conservación y desarrollo sostenible.

De este proceso ha sido posible comprender que los recursos naturales y culturales de Mompox convergen, por ejemplo, en la riqueza gastronómica de la población, ya que para producir conservas de dulce de limón es necesario contar con sus árboles frutales, su alimentación depende de la pesca en las ciénagas aledañas, al igual que la continuidad de actividades tradicionales, como la ebanistería, de los bosques nativos de la región.

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El aspecto colonial

La arquitectura de esta población se asemeja a la de Andalucía, España. Sus casas suelen ser de un solo piso, con grandes ventanales, fachadas pintadas de blanco, estructuras construidas con forma de ‘L’ o ‘C’, amplios patios y pozos internos pensados, desde mediados del siglo XVI, para adaptarse a las condiciones climáticas de la región y dar prevalencia a las funciones del ecosistema.

Con las salidas de campo, los docentes encontraron cómo funcionan las dinámicas de la arquitectura colonial en relación con el medio ambiente. Allí evidenciaron que los árboles en los patios de las casas coloniales, pensados para ventilar y evitar que el sol penetrara las fachadas, proveen sombra a las habitaciones; que las calles están orientadas de diferente forma para que el sol, en horas de calor o en meses del verano, no afecte las paredes de la vivienda, y que sus techos (cubiertas a dos aguas) permitan que en temporada de lluvia ruede el líquido por un costado hacia el patio mientras que, por el otro, se filtra por las calles para viajar hacia el subsuelo, alimentando así los acuíferos subterráneos y manteniendo el balance hídrico por evapotranspiración, es decir, el proceso en el que el agua del suelo vuelve a la atmósfera debido a la evaporación y transpiración de las plantas.

En ese sentido, en palabras de Leal del Castillo, “nos dimos cuenta de que hay un manejo patrimonial proveniente desde la fundación de Mompox y está relacionado con su clima; por eso, todas estas hipótesis nos han permitido entender a este lugar como una máquina de adaptación climática”.

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Para evaluar sus ideas, el equipo de investigadores empezó a hacer comparaciones con estructuras coloniales del mismo tipo en diferentes zonas geográficas, además de una evaluación del funcionamiento de sus construcciones con el ecosistema de cada región.

Por ejemplo, la adaptación de este tipo de vivienda en el sector de La Candelaria, en Bogotá D.C., no es funcional ya que las bajas temperaturas de la capital producen instalaciones heladas, una casa incapaz de mantener el balance hídrico y el poco ingreso de luz al patio interno.

Adicionalmente, a diferencia de Cartagena o Santa Marta, el suelo de Mompox no quema, la tierra es húmeda y su ecosistema particularmente frágil, según Leal del Castillo, porque las  “manzanas de casas en Mompox, en muchos casos, están elevadas un metro sobre el nivel del suelo; según mi teoría, se construyeron teniendo en cuenta la dinámica de subida y bajada del nivel de agua del río”.

Este descubrimiento ratifica la estrecha relación que hay entre la urbanización de la Depresión Momposina y el ecosistema, pues, durante el verano, el agua de los brazos del río Magdalena (el de Loba y el de Mompox) baja y es navegable, mientras que en invierno el nivel del río sube e ingresa por los callejones de la ciudad sin dañar su infraestructura hasta llegar a las ciénagas. Eso permite que exista una interacción urbanismo–río–ciénagas, lo que convierte a Santa Cruz de Mompox en un referente sobre el paisaje urbanístico de Colombia en el mundo.

Hasta el momento, su centro histórico preserva la armonía e integridad del paisaje urbano, sus edificaciones mantienen la imagen de lo que fue una ciudad colonial española y su población depende de actividades tradicionales como la fabricación de muebles, orfebrería, producción de queso de capa o el típico dulce de limón y la venta de productos de maíz; sin embargo, todavía restan preguntas por resolver y reflexiones por abordar, entre ellas la construcción de diques para generar terrenos para la agricultura que han venido cambiando el paisaje, o el mantenimiento de los bienes inmuebles de la región, el valor de los instrumentos usados en los festivales musicales de Mompox, que mueven su economía, y la actividad pesquera amenazada por la contaminación de los ríos Magdalena, Cauca, San Jorge y sus afluentes.

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A la fecha, Mompox no solo conserva la memoria histórica del país al haber sido la primera población del Reino de la Nueva Granada en proclamar la independencia total de España el 6 de agosto de 1810, también es un escenario de tradición cinematográfica y literaria luego de que en 1987 se filmara una película sobre la novela Crónica de una muerte anunciada, de Gabriel García Márquez. Santa Cruz de Mompox es un referente académico al conservar el colegio de San Carlos, la primera institución jesuita fundada en Colombia; es considerado por la Unesco, según Leal del Castillo, como “la población ribereña más grande  sobre un río principal que conserva características de Andalucía”, y por el grupo de investigación en Ecosistemas Antrópicos como un perfecto paisaje cultural digno de ser llamado patrimonio de la humanidad.