Canadá y Colombia: investigación cooperativa de punta

Canadá y Colombia: investigación cooperativa de punta

Con el propósito de desarrollar actividades para mejorar la calidad de educación superior en Colombia y estrechar lazos con investigadores de otros países, la oficina de Relaciones Internacionales de ICETEX y 18 universidades nacionales, entre ellas la Pontificia Universidad Javeriana, recibieron a 48 académicos canadienses en el Primer Encuentro de Investigadores Canadá – Colombia.

Por medio de esta iniciativa, la red de universidades de Quebec e instituciones de educación superior colombianas se preparan para construir bases de colaboración científica en aras de lograr los más altos estándares académicos en ambos países.

Con base en el acuerdo de cooperación suscrito entre ICETEX y la Universidad de Quebec en noviembre de 2017, en el que se comprometieron a sumar esfuerzos para incentivar y mejorar la calidad de la educación superior, una comitiva canadiense llegó al país el pasado 20 de noviembre para participar de este encuentro. En él, rectores, vicerrectores, personal de las oficinas de relaciones internacionales y de investigación de las universidades colombianas, al igual que representantes de las instituciones internacionales, compartieron sus experiencias y saberes.

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Hoy, 21 de noviembre, la Javeriana recibe a la delegación para abordar sesiones y debates de alto nivel entre académicos canadienses y colombianos, construir bases de colaboración científica a partir de los focos estratégicos planteados por el programa Colombia Científica: energía sostenible, salud, alimentos, sociedad y bioeconomía, los cuales son importantes para el desarrollo sostenible del país a mediano y largo plazo. Cabe recordar que el pasado mes de mayo, la Javeriana fue galardonada con la financiación de dos de los cuatro proyectos ganadores de la segunda convocatoria de este programa .

Este escenario es un espacio perfecto para que instituciones como la Universidad de Antioquia, EAFIT, la Universidad Nacional de Colombia y la Javeriana, entre otras, trabajen con la Universidad de Quebec en sus diferentes sedes, Montreal (UQAM),Trois-Rivieres (UQTR), Chicoutimi (UQAC) y seis instituciones más de la misma entidad en la creación de nuevos proyectos de investigación y fortalecimiento de la educación superior de calidad.

Pesquisa Javeriana conversó con Erika Ospina Rozo, asesora para la internacionalización de la Vicerrectoría de Investigación de la Javeriana, quien explicó la importancia de esta visita y sus implicaciones.

Traducir los lenguajes: de no indígena a indígena

Traducir los lenguajes: de no indígena a indígena

Tres etapas, de noviembre de 2016 a mayo de 2018, fueron necesarias para que la Escuela para la Gestión Comunitaria de Recursos Locales y Construcción de Paz, mejor conocida como La Escuela, proyecto de la Facultad de Ciencias Sociales de la Pontificia Universidad Javeriana, deconstruyera sus guías académicas para enseñarles a líderes sociales indígenas y que ellos, a su vez, replicaran lo aprendido en sus comunidades.

El primer paso en esta investigación colaborativa abierta se dio de la mano de la etnia indígena jiw, y el resultado se sintetizó en la tercera etapa, en la que los investigadores, junto con miembros del resguardo indígena Barrancón y La María, generaron nuevos contenidos para adaptar las lecciones de La Escuela a una cartilla llamada Nejkiewaelaliejwa wejew Jiw (Para no olvidar lo nuestro). Un proceso posible gracias a un equipo interdisciplinar de profesores e investigadores, y al apoyo y financiamiento de la Agencia de Cooperación Alemana, Deutsche Gesellschaft für Internationale Zusammenarbeit (GIZ).

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Jiw
significa “gente”, es una palabra, un lenguaje, y el nombre de un pueblo indígena asentado en San José del Guaviare, Colombia. Quisiera escribir esta historia en jiw, pero sólo tendría 1.180 lectores. Quisiera hacerlo porque con seguridad sería lo más parecido a narrar la experiencia de investigadores javerianos que, en La Escuela, acompañaron un proceso totalmente ajeno, llevando y trayendo refrigerios, dando la hora o siendo gestores de preguntas, sin entender ni una palabra en conversaciones de horas interminables. Quienes tuvieron que decodificar en las expresiones de líderes y lideresas Jiw que aquella cartilla, que con tanto esmero había sido construida por expertos, profesores e investigadores en Bogotá, no les decía nada.

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Jiama
significa “no indígena”

La Escuelita fue de doble punta, porque los investigadores tuvieron por fuerza de las circunstancias que aprender que quizá un buen número de clases, sentados en un pupitre, copiando en el cuaderno, carecía de humanidad. “Los módulos, que eran cinco y estaban consignados en cartillas, fueron creados desde unos escritorios desde aquí, Bogotá. Cuando teníamos las cartillas impresas fuimos, en noviembre del 2016, y montamos La Escuela por primera vez en dos geografías: Cauca y Guaviare”, narra Juan Eduardo Ortega, ecólogo javeriano, investigador del Centro de Alternativas al Desarrollo (Cealdes) y coordinador de campo para este proyecto.

Aquellas dos geografías fueron experiencias diametralmente distintas, usando las mismas cartillas y participando el mismo equipo. “En San José del Guaviare trabajamos con indígenas y campesinos, y en el Cauca, casi al mismo tiempo, con comunidades afro de Villa-Rica y Padilla”, añade Ortega, quien resalta que ahí estuvo el segundo gran aprendizaje: “No es fácil tener una cartilla genérica que lo abarque todo”.

Pronto se superó la cartilla, que era distante, impersonal, fría, genérica. Y los investigadores, comenta, descubrieron que su rol no era el de imprimir y repartir conocimiento: “Si hubiera sido la cartilla lo que imaginábamos en Bogotá mandamos a imprimir cartillas en cantidad y las repartimos en todas las regiones y se mejora la cosa, y salen líderes así de la nada”.

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Visión jiw

Esa primera experiencia había dejado más preguntas que respuestas. ¿Aquellos líderes, que habían asistido a La Escuela, podían replicar y enseñar lo aprendido en sus comunidades? ¿Se les había dado los elementos para hacerlo? ¿El conocimiento que se les enseñó les era útil? ¿Aprendieron más los investigadores o las comunidades?

Los interrogantes dieron cabida a la segunda etapa de La Escuela, la cual fue dictada en San José del Guaviare a profesores y profesoras de la comunidad jiw y también a campesinos de la región.

Fue un periodo de conversaciones intensas sobre interculturalidad y conflicto, en las que participaban los jiw, hablaban tan rápido y fluido que los investigadores tuvieron que resignarse a no participar en ellas, atender a los asistentes y hacer preguntas cuando la conversación jiw lo permitía. Aquí se chocaron con un factor que había pasado desapercibido: el lenguaje. “Los alumnos de la réplica no sabían español. Fue difícil porque ellos hablaban entre ellos en jiw, y nosotros no entendíamos nada, era difícil, se burlaban de nosotros”, narra María Elvira García, antropóloga e investigadora del Proyecto.

La lengua empezó a ser muy poderosa, “pero también logramos interactuar desde otros lenguajes, por ejemplo, los dibujos”, añade García, lo cual empezó a arrojar rasgos de la comunidad que no habían sido tenidos en cuenta en las cartillas.

La réplica planteó un nuevo reto. Al final del proceso, los investigadores se reunieron con quienes habían sido los profesores y profesoras jiw y les preguntaron sobre la experiencia ¿Qué les habían aportado las cartillas? Ellos respondieron: “Es bueno tener cartilla, pero es que esto es cartilla de jiama, ¿y por qué nos dan una cartilla de jiama si somos jiw?”.

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Traducir de jiama a jiw

La generación de nuevos contenidos que adaptaran las cartillas a jiw convocó a los investigadores a escribir en poco tiempo desde una óptica y ortografía indígena, . Lo cual solo era posible si se construía desde la comunidad, y fueron ellos mismos quienes se enfrentaron al reto de escribir su propia lengua.

El equipo de sociólogos, ecólogos, antropólogos, biólogos, entre otros profesionales, necesitaba nutrirse de otras disciplinas. Ahí surgió la búsqueda por quiénes podían acompañar el proceso de adaptación jiw. “Yo no soy traductora de lenguas indígenas, tocaba trabajar con traductores de la comunidad. Era un gran reto escribir en una lengua que no tiene una tradición escrita sino oral”, explica Angélica Ávila, lingüista de la Universidad Nacional de Colombia y magister en Sociolingüística del Proeib Andes, quien se sumó al proyecto a dos meses de concluir. “Fue una grata experiencia por el tiempo, pero también por la gran apuesta de no solo generar contenidos en jiw sino la apropiación, por parte de la comunidad, de su lengua escrita y la generación de un espacio para usarla.”.

La lengua jiw tiene una transmisión intergeneracional fuerte. Los niños la aprenden antes del español, es su lengua materna; sin embargo, al ser de tradición oral, es difícil encontrar información sobre cómo debe escribirse.

En Colombia hay unas 68 lenguas en total, aunque no todas en el mismo nivel de descripción lingüística. El jiw es poco estudiado, fue descrito por Nubia Tovar, investigadora de la Universidad de los Andes, quien trazó los esbozos iniciales de una gramática y su descripción a varios niveles, pero su investigación es la única consignada en libros. Por otro lado, el Instituto Lingüístico de Verano, cristiano-misionero, hizo estudios desde los años 50 y elaboró un alfabeto con el fin de traducir la Biblia para los jiw, el cual, según Ávila, fue usado en el proyecto de La Escuela.

La comunidad se sentaba en grupos y hablaba. Como disfrutan hablar, resaltan los investigadores, nunca un tinto tomó tanto sentido como en esos espacios de conversación. Y entre charla y charla empezaban a definir los temas que, para ellos, eran cultural y tradicionalmente sagrados y debían estar consignados en su cartilla: “Ellos nos decían: ‘Tiene que estar el dios Naechakba, porque él está en el río y es el que trae los peces’”, cuenta la lingüista del proyecto.

Luego empezaban a escribir divididos en grupos, como ellos, desde sus conocimientos ancestrales, creían que debía estar escrito, teniendo en cuenta el alfabeto propuesto por el instituto misionero. Ponían en la pared una hoja y cada grupo decidía una forma de escritura para un tema específico, luego rotaban. “Ocurría que, al pasar otro grupo para la validación, veían que no tenía sentido. Los jiw por primera vez escribían algo que siempre había sido oral, y fue una gran sorpresa ver que inevitablemente el sentido se transformaba”, recuerda Ávila.

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De lo escrito a la ilustración 

“El trabajo con la ilustración va más allá de generar imágenes bellas. Todo debe ser puesto en discusión, desde la paleta de color”. Esa es la concepción a la que llegó Jason Fonseca, ilustrador y sociólogo javeriano, tras sumarse a la traducción de la cartilla jiw de la palabra escrita a la ilustración.

La mirada de la comunidad es muy iconográfica, cercana al uso de pictogramas, de la pintura corporal con significados y a lo simbólico. A eso se suma un televisor en medio de la maloca y el celular en la mano, lo que les permite tener una relación permanente con la imagen.

El sentido de esta parte del proyecto no era aprovechar la oportunidad para ilustrar una comunidad indígena sino para preguntarles a los jiw: ¿qué querían hacer? ¿Qué necesitaban decir? ¿Cómo querían verse representados? ¿Qué querían transmitir a futuras generaciones y a ellos mismos? “Y nosotros, de alguna manera, debíamos facilitar y mediar esos objetivos”, cuenta Fonseca sobre el inicio de su experiencia como ilustrador de la cartilla.

Hubo dos etapas vitales: la primera fueron los talleres, que apuntaban a cómo debían estar ilustrados los jiw en la cartilla. “Yo me sentaba con la comunidad, ellos con papel y lápiz en mano, y les preguntaba: ¿Cómo es un jiw?”, rememora. Se dibujaron entonces con taja-taja (conocido coloquialmente como taparrabo), con un arco y una flecha, aunque el ilustrador señala que ellos no se reducen a esos elementos que los no indígenas han adoptado para caracterizarlos. Cuando los investigadores tuvieron acceso a una cartilla que había realizado el Ministerio de Educación, se dieron cuenta de que se ilustraba al funcionario público como un hombre de piel blanca, semi-calvo, con un chaleco, y el indígena era un hombre trigueño, de nariz gruesa y con taparrabo, muy similar a lo que habían pintado los jiw en ese primer taller.

Cuando se les dijo que se dibujaran a sí mismos, el nivel de realismo fue sorprendente. “Amparo, una de las líderes jiw, hizo un autoretrato hermoso en el que se dibujó con una falda de flores, se pintó los vellos de las piernas y cargando yuca. Al lado del dibujo se describía como: ‘Amparo, y la mujer jiw es una mujer fuerte’”, narra el ilustrador, todavía emocionado y sorprendido.

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Y, como segundo espacio, se revisaron, borraron o rehicieron las ilustraciones. “Aunque aquí había mucho afán, nos tomamos el tiempo de hacer todas las preguntas y correcciones pertinentes con la comunidad”, señala Fonseca, quien reconoce haber cometido errores en el proceso de tratar de entender lo que los jiw querían representar: “Para la ilustración de cómo cazaban peces, puse a dos hombres en una canoa: uno de ellos cazaba de pie en la parte de atrás, el otro navegaba sentado adelante; los jiw apenas la vieron se rieron, decían: ’Eso está terrible, es como si usted se hubiera puesto los calzoncillos encima del pantalón. Están al revés’”. La imagen y la escritura solo tenían sentido entonces, ambas expresiones se articulaban y los jiw las comprendían, porque ellos mismos habían ayudado a ilustrar cada elemento.

La cartilla Nejkiewaelaliejwa wejew Jiw (Para no olvidar lo nuestro) es una apuesta de trabajo colaborativo entre investigadores y miembros de la comunidad para crear sus representaciones a través de las imágenes y palabras escritas; pensada, a su vez, para una lectura comunitaria.

Los investigadores entrevistados coincidieron en el cambio abrupto de perspectiva que les generaron esos pocos meses para adaptar una cartilla realizada en Bogotá, desde unos escritorios, entre expertos, a jiw y con la comunidad. Los jiw tenían por primera vez una cartilla sin el hombre de piel blanca con chaleco, y sin que estuvieran homogéneamente representados con taja-taja, arco y flecha. Era una cartilla con preguntas jiama pero en jiw y para los jiw, como lo manifiesta la comunidad en la introducción de la cartilla: “Esta es una herramienta para estudiar y trabajar, es un aprendizaje para el pueblo jiw y sobre él. Para los ancianos que no hablan español, queremos que escuchen la lectura de esta cartilla y la entiendan”.

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 TÍTULO DE LA INVESTIGACIÓN: Construcción colaborativa de contenidos pedagógicos del pueblo jiw
INVESTIGADORES: Tomás Vergara, Carlos del Cairo, Juan Eduardo Ortega, María Elvira García, Natalia Londoño, Nathali Cedeño, Angélica Ávila, Jason Fonseca.
Escuela para la Gestión Comunitaria de Recursos Locales y Construcción de Paz
Facultad de Ciencias Sociales Pontificia Universidad Javeriana
PERIODO DE LA INVESTIGACIÓN: 2016-2018.

 

* Coordinadora de Comunicaciones, Facultad de Ciencias Sociales PUJ

Que los eventos naturales no causen desastres

Que los eventos naturales no causen desastres

“Deslizamientos y lluvias, principales preocupaciones en Hidroituango”; “Inundaciones en Japón: más de 100 muertos por fuertes lluvias”; “Una persona muerta y dos heridas deja avalancha en Girardot”. Estos titulares son pan de cada día en Colombia y en el mundo. Volcanes que hacen erupción, sismos que afectan poblaciones enteras, eventos de la naturaleza que causan miles de pérdidas humanas y económicas. ¿Cómo prepararse para una de estas eventualidades?

Perder más de 20 mil colombianos en el desastre de Armero en 1985 hizo sonar las alarmas. El país tenía que avanzar en esta materia, desde la geología, la sociología, la ingeniería y la comunicación, porque esa historia no podía repetirse. El Servicio Geológico Colombiano tomó medidas para estudiar los diferentes fenómenos naturales que amenazaban el territorio nacional, y hoy, más de 30 años después de la tragedia, vuelve a ser un referente para que el grupo de investigación Riesgo en Sistemas Naturales y Antrópicos, de la Pontificia Universidad Javeriana, estudie la gestión del riesgo.

La investigación surge en 2011, lleva tres fases y los investigadores, de la mano de sus colegas en la Universidad Católica de Colombia, se aprestan a continuar con la cuarta fase. Se trata, hoy y siempre, de un tema vital, por lo que es necesario aprender de lo sucedido.


La gestión del riesgo es demasiado importante

Dice Alfonso Mariano Ramos Cañón, profesor titular de la Facultad de Ingeniería y del Instituto Geofísico de la Javeriana, que para abordar el riesgo generado por un peligro natural es necesario considerar dos componentes: amenaza y vulnerabilidad. El primero responde a la pregunta: ¿cuál es la probabilidad de ocurrencia de un evento natural, como un deslizamiento, una inundación, una erupción o un sismo? Al respecto, hay una buena base de conocimiento en el país. Pero la vulnerabilidad se refiere más a aquello que se afecta cuando la amenaza se materializa. Y a pesar de que Colombia también ha avanzado en su estudio, al determinar, por ejemplo, cómo se afectaría la infraestructura simulando las magnitudes de los posibles eventos, “otras perspectivas de vulnerabilidad se han tocado con menos esfuerzo”, explica Ramos, quien desde hace más de un par de décadas trabaja el tema del riesgo por diferentes peligros de naturaleza geofísica, como sismos, deslizamientos y avenidas torrenciales.

“En 2011 empezamos a pensar que si han ocurrido desastres y siguen ocurriendo, ¿qué es lo que está pasando? No estamos aprendiendo, y a pesar de que la amenaza es cíclica, siguen ocurriendo los mismos desastres”. Se refiere, por ejemplo, a la temporada de lluvias que vivió el país justamente en ese año, con deslizamientos e inundaciones en varias poblaciones. “El invierno castigó a Colombia en el 2011”, titulaba El Universal de Cartagena; “Inundaciones en Colombia: igual a anegar Bogotá 27 veces”, informaba la revista Semana.

“Eso estaba muy vivo”, recuerda Ramos. Como no era la primera vez que sucedía, había que aprender de ello. Y así se inició el primer proyecto de investigación.

El enfoque del proyecto tiene su propio sello: no solo cuantifica lo que podría suceder, sino que considera al ser humano como afectado por dicha circunstancia. Así que los investigadores ―un equipo de profesionales de distintas disciplinas― empezaron a trabajar en cinco dimensiones, con base en categorías planteadas por el Departamento Nacional de Planeación: económico-productiva, político-institucional, ambiental, urbano-regional y sociocultural. Buscaban, en últimas, proponer medidas de prevención, corrección o mitigación, para lo cual asociaron unos indicadores a cada dimensión, como la cantidad de área protegida, de edificaciones construidas en la zona de amenaza, de camas disponibles en los hospitales de la zona, el promedio de personas por casa o las redes sociales en la comunidad.

Con esa batería de indicadores y un trabajo de ingeniería para el cruce de toda la información, crearon el Sistema de Información de Vulnerabilidad Territorial (SIVT) que entrega recomendaciones a las regiones sobre las acciones de preparación, reducción y manejo de desastres ante un evento natural. “Es como una cajita negra y uno lo que hace es meterle los indicadores para las cinco dimensiones, ella hace sus cálculos y a partir de ese análisis se puede entregar una serie de priorizaciones para la prevención”, explica Ramos.


El valor del componente social en la investigación

Junto con ingenieros de distintas especialidades y un filósofo, los investigadores incluyeron en la metodología la participación de los ciudadanos a través de talleres para conocer su percepción sobre las amenazas y proponer medidas a corto, mediano y largo plazo, y así disminuir la vulnerabilidad de las comunidades. Tomaron tres casos: San Marcos, en el departamento de Sucre, región de La Mojana; Manatí, en el sur del departamento del Atlántico ―en el norte de Colombia las inundaciones por fuertes lluvias son una constante―; y Armero-Guayabal, en el departamento del Tolima.

Dibujos de niños y jóvenes en las poblaciones donde se realizaron los talleres.
Dibujos de niños y jóvenes en las poblaciones donde se realizaron los talleres.

Hasta esas regiones se desplazaron los investigadores con sus estudiantes de pregrado, maestría y doctorado, quienes realizaban sus tesis de grado, y organizaron diferentes actividades dirigidas a niños, jóvenes y adultos mayores para conocer sobre creencias y valores, redes sociales e identidad, y resiliencia.

Allí hablaron sobre los dichos populares que los identifican en su cotidianidad y cuyo contenido procuran llevar a la práctica ―como “el que no oye consejos no llega a viejo”, o “soldado avisado no muere en guerra”―, sobre el significado del agua en la comunidad, o sobre Dios. Los invitaron a dibujar sus regiones, destacar allí las personas y los sitios más significativos, y a soñar en el futuro. Así obtuvieron respuestas muy elocuentes, como:

“Dios no tiene la culpa de que se inunde [la región], la culpa es por las lluvias. Él nos cuida de que nada malo mayor pase”.

“Ahora no se sabe cuándo va a llover, antes sí. Ahora se espera el invierno con agonía, antes con armonía”.

Los talleres fueron clave para apoyar la generación de indicadores, porque “aprendemos haciendo”, explicó la coinvestigadora Paula Andrea Villegas González, estudiante del Doctorado en Ingeniería de la Javeriana y profesora de pregrado en esta universidad, así como en la Católica. “Cuando en los proyectos se involucran las comunidades, como en este caso, no se impone la visión de la academia, sino que se promueve un diálogo de saberes y de conocimientos a partir del cual se construye el proyecto de investigación”, explica. “En ese sentido, el enfoque fue construir un sistema de indicadores y un conjunto de medidas con las comunidades donde ellas también fueran partícipes en el proceso de construir conocimiento”.


Los resultados en la práctica

Como producto de las primeras tres fases de la investigación, se lanzó un libro en julio de este año, titulado Gestión del riesgo en Colombia: vulnerabilidad, reducción y manejo de desastres, y se desarrolló un software para aplicar los indicadores de las cinco dimensiones en cualquier región del país. “El libro detalla la metodología completa, el software es la parte utilitaria”, explica Ramos, pero “la parte fuerte es justamente la conceptualización de las dimensiones y la manera como se quiere evaluar o cuantificar, o en ocasiones cualificar, cada una de esas dimensiones”.

Para Villegas, son dos las lecciones de esta investigación: trabajar con las comunidades y aprender de lo que ha pasado: “No es posible que después de tantos años todavía cometamos muchos errores porque no aprendimos del pasado”. Y para el futuro, la enseñanza es contar con unos criterios más amplios a la hora de sistematizar la información y caracterizar los eventos naturales que conllevan desastres.


Para leer más:

  • Villegas González, P. A., Ramos Cañón, A. M., González Méndez, M., González Salazar, R. E., De Plaza Solórzano, J. S. (2017). Territorial Vulnerability Assessment Frame in Colombia: disaster risk management. International Journal of Disaster Risk Reduction, 21, 384-395.

 


TÍTULO DE LA INVESTIGACIÓN: Retrospectiva de las catástrofes naturales en Colombia como insumo para la construcción de un sistema soporte de decisiones
INVESTIGADOR PRINCIPAL: Alfonso Mariano Ramos Cañón
COINVESTIGADORES: Paula Andrea Villegas González, Mauricio González Méndez, Ramón Eduardo González Salazar, Juan Sebastián de Plaza Solórzano, Edwin Daniel Durán Gaviria y Holman Diego Bolívar
Grupo de investigación Riesgo en Sistemas Naturales y Antrópicos
Instituto Geofísico
Facultad de Ingeniería
PERIODO DE LA INVESTIGACIÓN: 2011-actualmente

Patrimonio cultural del Valle del Cauca: lucha contra el olvido

Patrimonio cultural del Valle del Cauca: lucha contra el olvido

El patrimonio arquitectónico del Valle del Cauca agoniza desde hace 50 años. Edificios como la mayoría de sus estaciones ferroviarias están en proceso de deterioro y desaparición. Investigadores javerianos proponen alternativas para su protección en un trabajo colaborativo con la comunidad para poner en valor este legado histórico y cultural de la región.

Como suele suceder en las comunidades, el progreso no siempre significa lo mismo para sus diversos actores; lo que para algunos es sinónimo de avance y desarrollo, para otros representa la perdida de sus costumbres, el olvido de sus raíces, de una historia que los caracteriza y, el Departamento del Valle del Cauca no es la excepción a este fenómeno.

Las haciendas, estaciones ferroviarias, edificaciones religiosas y otras estructuras que hoy luchan contra la imponente inevitabilidad del paso del tiempo y la indiferencia de las generaciones actuales, surgieron en mayor medida durante el periodo colonial bajo el dominio del Virreinato de Nueva Granada, de donde provienen sus rasgos, modelos que fueron implementados por los españoles.

Esta situación despertó el interés de la arquitecta Maria Claudia Villegas Corey y el antropólogo Manuel Enrique Sevilla Peñuela, profesores de la Pontificia Universidad Javeriana Cali, quienes, desde la unión de sus áreas de conocimiento, buscan diluir la línea que divide al patrimonio entre tangible e intangible según la ley en Colombia, con el fin de visibilizar la importancia de rescatar nuestra identidad.

De los rieles a las carreteras

De acuerdo con la investigación, a finales del siglo XIX e inicios del siglo XX, la región del Valle del Cauca carecía de vías que le permitieran estar comunicada con el resto de la nación para la generación de relaciones comerciales. En ese momento, su economía era de subsistencia, lo que permitía el propio sostenimiento de las pequeñas comunidades y familias, más no la expansión comercial. El gobierno identificó entonces la necesidad de crear medios de transporte para salir del aislamiento y el atraso, dando paso a la creación de las primeras líneas de ferrocarril, dentro de las cuales se encontraba la línea que buscaría unir al Valle del Cauca con el puerto de Buenaventura en 1878.

Gracias a estas iniciativas del Estado, apoyadas por acontecimientos como la apertura del Canal de Panamá, a partir de 1915 con la llegada del Ferrocarril del Pacífico, la región logró convertirse en el epicentro de desarrollo del Valle, potencializando el comercio, el intercambio con otras regiones y la modernización en infraestructura, explica  Villegas Corey, investigadora principal del proyecto y directora del Departamento de Arte, Arquitectura y Diseño de la Javeriana Cali.

Con el pasar del tiempo, la industrialización y la llegada de nuevos medios de transporte como los automóviles, la creación de nuevas carreteras y fenómenos sociales de violencia, fueron factores que contribuyeron determinantemente al inicio del periodo de decadencia de las estaciones de ferrocarril, las cuales hoy en día, son el grupo arquitectónico patrimonial del Valle del Cauca más afectado.

Las estaciones de tren como punto de partida

Aquellos lugares que alguna vez fueron el epicentro de desarrollo del Valle del Cauca, propiciaron el comercio, el crecimiento demográfico y la apertura con el resto del país, hoy son en su mayoría sinónimo de olvido; zonas que hoy están rodeadas de invasiones y edificios habitados por familias en condiciones difíciles.

Para la realización del proyecto, los edificios del Valle del Cauca declarados como bienes de interés cultural de la nación, fueron clasificados en cuatro grupos según su función: religioso, institucional, habitación y ferroviario. Teniendo en cuenta la situación actual de las estaciones de tren, Villegas decidió centrar su atención en el grupo ferroviario, el cual, además de encontrarse en una situación de abandono lamentable, representa actualmente el 47% de los bienes de interés cultural del Valle del Cauca.

“Nuestra intención es poner en valor a las estaciones y promover nuevas formas de interacción con el edificio con el fin de generar nuevos usos, de esta manera, podemos ir tejiendo la cultura de la apropiación de nuestro patrimonio”, explica.

Actualmente, el Departamento cuenta con cuarenta y siete estaciones de tren, de las cuales solo la estación de ferrocarril de Palmira es un ejemplo destacable de restauración, gracias al descubrimiento reciente de objetos arqueológicos que propiciaron el uso de esta estructura que se encontraba en abandono, como museo de la cultura Malagana.

Otros ejemplos de estaciones que de acuerdo con la investigación se encuentran en un estado regular, son las de Buga y Cali, dentro de las cuales hoy en día funcionan oficinas gubernamentales.

Esta situación devela una necesidad urgente para que el gobierno central, en un trabajo en conjunto con el departamento y las municipalidades, aúnen esfuerzos para replicar estas acciones y logren rescatar estructuras que representan la historia y el patrimonio del Departamento del Valle.

Estación de tren de La Victoria

Las propuestas

El panorama poco alentador de la actualidad de las estaciones de tren y demás bienes patrimoniales motivó a los investigadores a buscar diversas formas de valorizar estas edificaciones. La base metodológica para esta investigación reside en la teoría fundada, la cual implica un contacto directo con el área de estudio. “Lo que hicimos fue acercarnos a los habitantes de la zona, identificamos que no tienen centro cultural, biblioteca, hospital o escuela, y, por el contrario, si tienen una edificación idónea que se está desmoronando, y que con una apropiada intervención podría suplir cualquiera de estas necesidades” explica Villegas.

Para poner en marcha estas iniciativas, se busca promover la identidad por medio de la apropiación de estos lugares a través de acciones culturales directas que intervengan la zona, como conciertos de música de la región, muestras gastronómicas, entre otros.

“Nos dimos cuenta en un trabajo conjunto con el profesor Manuel Sevilla que el patrimonio intangible, como la música, la cocina, las costumbres, enfrentan las mismas problemáticas que el patrimonio tangible, como los edificios, estaciones de tren entre otros, los cuales necesitan ser protegidos”, continúa Villegas

El proyecto de investigación busca resolver las necesidades de ambos tipos de patrimonio, a través de intervenciones que involucren a la comunidad, con el fin de preservar tanto los aspectos culturales como arquitectónicos, dos caras de una misma moneda.

En diálogo con Pesquisa Javeriana, Maria Claudia Villegas y Manuel Enrique Sevilla, profesores e investigadores de la Pontificia Universidad Javeriana Cali, explican en detalle su investigación.

 

Vivienda de interés social: metros cuadrados vs. calidad de vida

Vivienda de interés social: metros cuadrados vs. calidad de vida

Según el DANE, en 2017 se culminaron 59.991 unidades de vivienda de interés social (VIS), lo que representa una disminución frente a 2016, año en que se construyeron 72.115. Las cifras de vivienda de interés prioritario (VIP) también descendieron: de 83.244 unidades en 2016 se llegó a 78.794 en 2017. Tal vez la disminución en la edificación de viviendas se deba a los costos adicionales en el metro cuadrado, dice María Fernanda Serrano Guzmán, docente del Departamento de Ingeniería Civil e Industrial de la Universidad Javeriana Cali y coautora del artículo científico “Impacto en costos directos de vivienda de interés social y de interés prioritario por inclusión de nuevas normas de construcción: caso Cali”, publicado en la revista Dyna, de la Universidad Nacional de Colombia, sede Medellín.

Una VIS es aquella que reúne los elementos para asegurar su habitabilidad, cumple con estándares de calidad en diseño urbanístico, arquitectónico y de construcción, y en Colombia tiene un valor máximo de 135 salarios mínimos legales mensuales vigentes. Para adquirirla, el núcleo familiar debe tener un ahorro base y un ingreso salarial mínimo, si se requiere un préstamo bancario. Por su parte, la VIP tiene un monto de 70 salarios mínimos legales mensuales vigentes y el Gobierno la concede en programas de reubicación, por ejemplo, cuando la población se ha visto afectada por catástrofes naturales.

En el país, los programas de VIS y VIP han sido impulsados por el Gobierno nacional, las cajas de compensación familiar y las constructoras con el fin de proveer una vivienda digna a los hogares con menos ingresos. En la actualidad, además de la existencia del Reglamento Colombiano de Construcción Sismo Resistente (NSR-2010), decreto que establece aspectos técnicos a nivel estructural, existen otras disposiciones técnicas de obligatorio cumplimiento que están generando costos adicionales en el metro cuadrado de vivienda, lo que excede los topes máximos establecidos para este tipo de proyectos, con la consecuente repercusión en disminución de áreas y en acabados del producto final.


Condiciones de vivienda digna y adecuada

Para la investigadora Serrano, en el Gobierno Santos se hizo un especial énfasis en proveerles vivienda a las personas, y considera que la tarea se realizó; sin embargo, ve una deficiencia en el cumplimiento completo de condiciones de vivienda digna y adecuada que establece el Folleto Informativo n.º 21 de la ONU. “Claro que ahora estas personas tienen unas condiciones de vida mejores: un área un poco más grande con materiales que les dan seguridad ante las inclemencias climáticas, pero hay que seguir trabajando, porque las viviendas las entregan sin ningún tipo de enchape y recubrimiento en las zonas húmedas, en ocasiones, solo con la puerta del baño y la de la entrada”, añade la docente.

Con base en estas inquietudes, los miembros del grupo de investigación en Detección de Contaminantes y Remediación (DeCoR), en cabeza de Serrano Guzmán, y el semillero de investigación Gestión de Obras, de la Javeriana Cali, se pusieron como meta identificar el impacto económico que, en los proyectos de construcción de las VIS y las VIP, tiene la aparición de nuevas normas y las modificaciones hechas a las ya existentes; consideran que estos cambios en la reglamentación deben ir acompañados por una revisión de su incidencia en el costo de la construcción y, con ello, en los topes establecidos, de tal manera que se garantice el tamaño y la calidad de las viviendas.

Seis de estas, dos de interés social y cuatro de interés prioritario, ubicadas en Cali, sirvieron de objeto de estudio. Los criterios de selección incluyeron la similitud de las áreas (60 metros cuadrados para VIS y entre 47 y 50 metros cuadrados para VIP) y la ejecución basada en las normas de construcción exigidas en la fecha en que se construyeron.

Según cifras reveladas por Camacol, para 2018 hay un total de 77670 cupos disponibles para programas de vivienda de interés social en el
Según Camacol, para 2018 hay 77.670 cupos disponibles para programas de vivienda de interés social en el país.


Más normas, menos metros cuadrados

Además del NSR-2010, la implementación de nuevas normas de obligatorio cumplimiento, como el no incremento del valor máximo definido para cada tipo de proyecto, está llevando a los constructores a reducir el área de las viviendas entregadas y la calidad de los acabados, lo que repercute en las condiciones de habitabilidad; al mismo tiempo ocasiona una reducción en la utilidad de los constructores, lo que hace menos atractivo este tipo de proyectos para los inversionistas y oprime su oferta en el mercado.

“Pudimos observar que, primero, para alguien que llega a vivir a estas casas le resulta costoso instalar un lavaplatos o el enchape del baño y, segundo, como los espacios son tan reducidos, ni siquiera hay lugar para clósets. Si se realiza un ajuste a los topes en los precios, probablemente se podrían mejorar los acabados de esas viviendas y así brindar las condiciones básicas”, argumenta la investigadora.

Los temas de salubridad, concluye el estudio, ya empiezan a ‘colarse’ en las viviendas de interés social, debido a, precisamente, la reducción de los espacios. De allí que Serrano haga un llamado de sensibilización a otros profesionales de ramas como la medicina, para que lleven a cabo estudios epidemiológicos sobre las enfermedades más comunes en ciertos sectores. “El vivir tan juntos puede degenerar en enfermedades respiratorias, alergias u otras molestias de salud. Es urgente que hagamos intervención desde diferentes disciplinas”, añade la especialista en Ingeniería Ambiental.

La voz también se extiende al sector de la construcción, pues para cumplir con todos los requisitos y ofrecer una vivienda digna es fundamental el establecimiento de nuevos montos para los proyectos de VIS y de VIP. Los investigadores proponen la constitución de mesas de trabajo con el firme objetivo de crear un documento que le sirva de guía al Gobierno nacional a la hora de fijar los precios para este tipo de proyectos.

Así mismo, advierte la investigación, es clave que la sociedad sepa interpretar el concepto de vivienda digna, porque, aunque los beneficiarios ahora cuenten con un hogar, el Estado debe garantizar programas en los que se entreguen domicilios aptos para habitar.


Para leer más

  • Wei, S., Jie, C. y Hongwei, W. (2015). Affordable Housing Policy in China: New developments and new challenges. China: Shanghai Finance University y Shanghai University of Finance and Economics.

 


TÍTULO DE LA INVESTIGACIÓN: Modificaciones a los reglamentos técnicos de construcción y su incidencia en los costos y la calidad de la vivienda de interés social en Santiago de Cali
INVESTIGADOR PRINCIPAL: Mauricio Chávez Calle
COINVESTIGADORES: María Fernanda Serrano y Diego Pérez
Semillero de investigación Gestión de Obras
Grupo de investigación en Detección de Contaminantes y Remediación (DeCoR)
Departamento de Ingeniería Civil e Industrial
Maestría en Ingeniería
Facultad de Ingeniería
Oficina de Investigación, Desarrollo e Innovación
Pontifica Universidad Javeriana Cali
PERIODO DE LA INVESTIGACIÓN: 2016-2017

Mompox: la convivencia entre arquitectura y medio ambiente

Mompox: la convivencia entre arquitectura y medio ambiente

Como si fueran maracas, Gabriel mueve sus piernas al ritmo de tamboras al tiempo que flautas y saxofones marcan el compás en el pueblo que visita desde hace casi una década. Fundado hacia 1540, hoy en día es la sede del Festival de Cine Independiente, del Festival de Jazz que se celebra cada año en septiembre y, también, el hogar de mestizos, colonos y afroamericanos que llegaron a esta región como esclavos durante la época de la Conquista.

El centro histórico de este municipio, reconocido por ser la cuna de personajes como  Candelario Obeso, precursor de la poesía negra en América, fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1995 en la categoría de paisaje cultural.

No es la primera vez que Gabriel Leal del Castillo y Andrés Gaviria, profesores de la Facultad de Arquitectura y Diseño de la Pontificia Universidad Javeriana, visitan la región. Desde 2009 han pasado horas enteras en salidas de campo semestrales caminando sobre su suelo, un tapete de arena húmeda con tierra, barro y piedras; moviéndose entre calles a temperaturas que varían entre 30°C y 35°C, y días completos estudiando las placas de cemento que miden más de un metro veinte y sobre las cuales está construida toda la ciudad.

De hecho, entender la armonía e integridad del paisaje urbano de Mompox, su relación con el medio ambiente y la decisión del Ministerio de Cultura de hacer la declaratoria como Monumento Nacional (Ley 163 de 1959) e inscribirlo en la Lista de Patrimonio Mundial de la UNESCO, fueron motivos para que el Grupo de Investigación en Ecosistemas Antrópicos se interesara por el concepto ‘paisaje cultural’ a partir de su relación con el centro histórico del pueblo.

Leal del Castillo, magíster en Planificación Urbana y Regional, emprendió la tarea de recorrer y analizar la arquitectura de cada casa de Mompox junto a los académicos Gaviria, magíster en Ciencias Aplicadas en Conservación del Medio Ambiente Construido y director del Proyecto Patrimonio; Olga Pizano Mallarino, consultora en patrimonio cultural; y Ana María Osorio Guzmán, magíster en Geografía.

¿El resultado? La creación del proyecto ‘Centro histórico y territorio: Ecosistema cultural momposino’, que ha estudiado el patrimonio cultural de esta zona de Mompox para entender cómo protegerla, gestionarla y valorarla, y así garantizar su conservación y desarrollo sostenible.

De este proceso ha sido posible comprender que los recursos naturales y culturales de Mompox convergen, por ejemplo, en la riqueza gastronómica de la población, ya que para producir conservas de dulce de limón es necesario contar con sus árboles frutales, su alimentación depende de la pesca en las ciénagas aledañas, al igual que la continuidad de actividades tradicionales, como la ebanistería, de los bosques nativos de la región.

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El aspecto colonial

La arquitectura de esta población se asemeja a la de Andalucía, España. Sus casas suelen ser de un solo piso, con grandes ventanales, fachadas pintadas de blanco, estructuras construidas con forma de ‘L’ o ‘C’, amplios patios y pozos internos pensados, desde mediados del siglo XVI, para adaptarse a las condiciones climáticas de la región y dar prevalencia a las funciones del ecosistema.

Con las salidas de campo, los docentes encontraron cómo funcionan las dinámicas de la arquitectura colonial en relación con el medio ambiente. Allí evidenciaron que los árboles en los patios de las casas coloniales, pensados para ventilar y evitar que el sol penetrara las fachadas, proveen sombra a las habitaciones; que las calles están orientadas de diferente forma para que el sol, en horas de calor o en meses del verano, no afecte las paredes de la vivienda, y que sus techos (cubiertas a dos aguas) permitan que en temporada de lluvia ruede el líquido por un costado hacia el patio mientras que, por el otro, se filtra por las calles para viajar hacia el subsuelo, alimentando así los acuíferos subterráneos y manteniendo el balance hídrico por evapotranspiración, es decir, el proceso en el que el agua del suelo vuelve a la atmósfera debido a la evaporación y transpiración de las plantas.

En ese sentido, en palabras de Leal del Castillo, “nos dimos cuenta de que hay un manejo patrimonial proveniente desde la fundación de Mompox y está relacionado con su clima; por eso, todas estas hipótesis nos han permitido entender a este lugar como una máquina de adaptación climática”.

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Para evaluar sus ideas, el equipo de investigadores empezó a hacer comparaciones con estructuras coloniales del mismo tipo en diferentes zonas geográficas, además de una evaluación del funcionamiento de sus construcciones con el ecosistema de cada región.

Por ejemplo, la adaptación de este tipo de vivienda en el sector de La Candelaria, en Bogotá D.C., no es funcional ya que las bajas temperaturas de la capital producen instalaciones heladas, una casa incapaz de mantener el balance hídrico y el poco ingreso de luz al patio interno.

Adicionalmente, a diferencia de Cartagena o Santa Marta, el suelo de Mompox no quema, la tierra es húmeda y su ecosistema particularmente frágil, según Leal del Castillo, porque las  “manzanas de casas en Mompox, en muchos casos, están elevadas un metro sobre el nivel del suelo; según mi teoría, se construyeron teniendo en cuenta la dinámica de subida y bajada del nivel de agua del río”.

Este descubrimiento ratifica la estrecha relación que hay entre la urbanización de la Depresión Momposina y el ecosistema, pues, durante el verano, el agua de los brazos del río Magdalena (el de Loba y el de Mompox) baja y es navegable, mientras que en invierno el nivel del río sube e ingresa por los callejones de la ciudad sin dañar su infraestructura hasta llegar a las ciénagas. Eso permite que exista una interacción urbanismo–río–ciénagas, lo que convierte a Santa Cruz de Mompox en un referente sobre el paisaje urbanístico de Colombia en el mundo.

Hasta el momento, su centro histórico preserva la armonía e integridad del paisaje urbano, sus edificaciones mantienen la imagen de lo que fue una ciudad colonial española y su población depende de actividades tradicionales como la fabricación de muebles, orfebrería, producción de queso de capa o el típico dulce de limón y la venta de productos de maíz; sin embargo, todavía restan preguntas por resolver y reflexiones por abordar, entre ellas la construcción de diques para generar terrenos para la agricultura que han venido cambiando el paisaje, o el mantenimiento de los bienes inmuebles de la región, el valor de los instrumentos usados en los festivales musicales de Mompox, que mueven su economía, y la actividad pesquera amenazada por la contaminación de los ríos Magdalena, Cauca, San Jorge y sus afluentes.

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A la fecha, Mompox no solo conserva la memoria histórica del país al haber sido la primera población del Reino de la Nueva Granada en proclamar la independencia total de España el 6 de agosto de 1810, también es un escenario de tradición cinematográfica y literaria luego de que en 1987 se filmara una película sobre la novela Crónica de una muerte anunciada, de Gabriel García Márquez. Santa Cruz de Mompox es un referente académico al conservar el colegio de San Carlos, la primera institución jesuita fundada en Colombia; es considerado por la Unesco, según Leal del Castillo, como “la población ribereña más grande  sobre un río principal que conserva características de Andalucía”, y por el grupo de investigación en Ecosistemas Antrópicos como un perfecto paisaje cultural digno de ser llamado patrimonio de la humanidad.

Escribiendo la historia de científicos nobeles

Escribiendo la historia de científicos nobeles

¿Qué es lo que hace a un científico digno del Premio Nobel? Luis Alejandro Barrera lleva varios años intuyéndolo. Doctor en bioquímica, actual coordinador de la Clínica de Errores Innatos del Metabolismo (CEIM) del Hospital Universitario San Ignacio, y considerado como el impulsor de la investigación y la legislación  en Colombia  en favor de los pacientes de las llamadas ‘enfermedades raras’, ha llegado a una conclusión: un Nobel no es un investigador común.

“Son pertinaces: plantean hipótesis, formulan teorías, se lanzan obsesivamente a confirmarlas  nada los hace echar para atrás. Cuando encuentran una dificultad, la  superan buscando nuevas rutas y métodos que otras disciplinas han desarrollado, y sobre todo tienen la firme convicción de que pueden triunfar donde otros no han tenido éxito. Esas son características esenciales”, responde después de revisar en la pantalla de su computador, en su oficina, las vidas de los científicos que de una u otra manera, con su investigación, su trabajo, sus obsesiones han contribuido a mejorar la vida de los pacientes que sufren los errores innatos del metabolismo, enfermedades de cuyo estudio se han derivado grandes aportes a la ciencia y a la medicina.

Aquellas historias y personajes se encuentran en varios archivos de Word, uno de los proyectos a los que este científico le ha dedicado los más recientes años de su vida. Allí, le ha rastreado los pasos a, por ejemplo, Sir Archibald Edward Garrod, el médico británico que en los últimos días del siglo XIX se lanzó a investigar por qué los pañales de algunos bebés se ennegrecían al contacto con la luz. Aunque no ganó el premio Nobel, su trabajo en la alcaptonuria (la enfermedad de la orina negra) abrió un nuevo campo de la ciencia: los errores innatos del metabolismo, enfermedades que se originan en un error genético que muchos  padres trasmiten a sus hijos.

Garrod predijo a comienzos del siglo XX que el defecto se debía a un gen defectuoso que producía una enzima inactiva; en 1958 descubrieron que el problema de la alcaptonuria (una de las tres enfermedades genéticas estudiadas originalmente por él) se daba por deficiencia de la enzima homogenístico oxidasa, que hacía que se acumulara ácido homogenístico responsable de la coloración negra de la orina en los pacientes alcaptonuricos. Mucho más tarde, en 1996, se   descubrieron las mutaciones del gen HGD, confirmando así, un siglo después, las predicciones del científico británico.

Con ese ejemplo, Barrera explica otra particularidad de este tipo de investigadores: “Son universales y están prestos a aprender de otras ciencias, es decir, utilizan los avances y nuevos desarrollos en otros campos como la física, la química, la bioinformática o en la biología para avanzar en sus investigaciones.

En las más de 300 páginas que ha sumado hasta el momento, y que sigue corrigiendo y poniendo a punto, Barrera ha dado con la vida y las historias de algunos de ellos. Muchos de esos encuentros los ha revivido en su memoria. Como el de Earl Sutherland, Nobel de Medicina en 1971 por su descubrimiento de los mecanismos de acción de las hormonas, tema que lo cautivó cuando cursó en los años 70 su maestría en Ciencias en EE.UU. A mediados de esa década, Barrera se trasladó a Miami para estudiar su doctorado solo unos meses después del fallecimiento de Sutherland, pero con su coinvestigador pudo continuar el tema que lo ocupaba en su mismo laboratorio y también tuvo el privilegio de tener acceso a lo que eran sus bitácoras diarias de investigación.

En su manuscrito, Barrera también ha dado con historias que reflejan desigualdades sociales, como la de los esposos Carl Ferdinad y Gerty Cori, científicos checos que llegaron a EE.UU. en los años 20 para continuar con sus investigaciones en medicina. “En algún centro de investigación les permitieron trabajar juntos, pero ella ganaba 10 veces menos que él y hacía lo mismo”, recuerda Barrera sobre la pareja que ganó el Nobel de Medicina en 1947 por el descubrimiento de la conversión catalítica del glucógeno; a pesar de este detalle, resalta que sus logros se obtuvieron en parte por su complementariedad  en todos los espacios de sus vidas: “Oyendo al hijo, uno entiende que eran el complemento perfecto: a ella  le gustaba la antropología y las biografías, a él la poesía y el arte. Uno empezaba un frase y el otro la completaba”.

Esa desventaja también la sintió en carne propia Rosalyn Yalow, Nobel de Medicina en 1977 por el desarrollo del inmunoensayo para la cuantificación de las hormonas péptidas. Un logro que casi no se da por ser una científica trabajando en los años 50, cuando la investigación científica era dominada casi exclusivamente  por hombres:. Para poder aproximarse a la escuela de posgrado ’por la puerta de atrás’, como ella misma decía,  aceptó ser secretaria de un notable bioquímico para lo cual tuvo que aprender taquigrafía. Posteriormente la invitaron  en la Universidad de Illinois para dictar cursos de pregrado donde era la única mujer entre 400 compañeros varones. Yalow afirmaba: ’Cualquier cosa que haga la mujer debe hacerlo dos veces mejor que un hombre para que sea considerada la mitad de buena’”.

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Rosalyn Yalow (izq.) y Gerty Cori (der.) ganaron el Premio Nobel sobreponiéndose a un campo dominado casi que exclusivamente por hombres.

¿Cómo surgen los científicos que ganan el Nobel? Una mirada rápida a la vasta historia del premio en las categorías de Medicina y Química (se entrega desde 1901) señala que lo han recibido, hasta la edición de 2017, unas 418 personas de 29 universidades, de las cuales 21 son de Estados Unidos sin que todos los investigadores hayan nacido en ese país; de hecho, hubo una época en que la mayoría eran inmigrantes que huían de la persecución nazi.

Estos datos no son ajenos en las extensas sesiones de escritura de Barrera; de hecho, ha creado su propia explicación del fenómeno: “Una proporción muy grande de investigadores los concentran universidades como Harvard, Cambridge, Chicago, Columbia, Oxford, MIT, Caltech, Humboldt, Paris, porque allí se privilegia la investigación de frontera y, para ello, concentran recursos físicos y humanos de las más alta calidad y pagan bien. Por otra parte, una buena universidad atrae ya ganadores de premios Nobel o candidatos en potencia, porque los escalafones y el prestigio moderno se basan también en cuántos Nobel tiene una universidad”.

Por otra parte, el apoyo  de los padres y maestros en los primeros años suele ser fundamental en la carrera de un investigador: “La mayoría de los grandes científicos recuerdan a uno de sus maestros en los primeros  años de escuela o en la adolescencia que los marcó con su entusiasmo y amor por la ciencia”, asegura Barrera. Excepcionalmente, el ejemplo viene de casa como lo demuestra la historia de la francesa Irène Joliot-Curie, que ganó el Nobel de Química en 1935 por el descubrimiento de la radiactividad artificial; ella aprendió la pasión por la investigación de sus padres, los científicos —y también nobeles— Pierre y Marie Curie.

Para Barrera, quien se concentra en la etapa final de edición de su libro y en escoger de entre la lista de diez títulos el indicado, son la disciplina, la inspiración y algo de suerte los factores que pueden convertir a un niño curioso en un científico de renombre. Suele explicarlo a través de una cita de Pasteur que frecuentemente recordaba Sir Hans Adolf Krebs —por supuesto, Nobel de Medicina en 1953 por describir el ciclo que lleva su nombre—: “La suerte es necesaria pero solo favorece a la mente preparada”.

“A todos nos llegan momentos de inspiración, unos los utilizan y otros no… A uno la vida le ofrece una cantidad de buenas  oportunidades, pero si las deja pasar…”, concluye Barrera con una carcajada, no sin antes volver la mirada a la pantalla de su computador para sumergirse de nuevo en la historia que está a punto de terminar.

Ciencia javeriana llega a semillero estudiantil en Usme

Ciencia javeriana llega a semillero estudiantil en Usme

La localidad del Usme, ubicada en la periferia del casco urbano de Bogotá, tiene un ecosistema privilegiado debido a sus quebradas (Fucha, Chuniza y Santa Librada), a zonas verdes como el Parque Ecológico Distrital Entrenubes y el Parque Cantarrana, y por lindar con uno de los páramos más grandes del mundo: el Sumapaz; sin embargo, esta zona es el hogar de una de las especies invasoras más agresivas del mundo, el retamo espinoso.

De origen europeo, esta planta llegó a Colombia a mediados del siglo XIX para levantar cercas naturales, pero con el tiempo se convirtió en un dolor de cabeza para los habitantes del altiplano cundiboyacense dadas sus propiedades incendiarias.

Viviana Garzón Espinoza, estudiante de grado 11 del Colegio Rural El Uval en Usme, no solo la ve a diario, sino que es testigo de su poder invasor: cada vez hay más retamo espinoso en el sur de su localidad.

Fue a través del artículo Científicos restauran paisaje del Neusa, publicado en la página web de Pesquisa Javeriana, que esta joven, con carismática sonrisa y un profundo deseo por aprender, descubrió las investigaciones que la Escuela de Restauración Ecológica (ERE) adelanta en lugares como el Embalse del Neusa para rehabilitar los ecosistemas afectados con el crecimiento del retamo espinoso. No lo dudó un minuto; contactó a Sandra Contreras Rodríguez y Ana Carolina Moreno, investigadoras de la Pontificia Universidad Javeriana para conversar con ellas acerca del manejo de este arbusto foráneo.

Viviana quería erradicar esta especie y reducir el impacto que ocasiona en los frailejones del Sumapaz por ser una planta con alta absorción de agua. Hasta su colegio llegaron las investigadoras javerianas para conversar acerca de algunas estrategias para contener su propagación.

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Lo hicieron a través de ejercicios prácticos en donde los estudiantes respondieron desde preguntas técnicas como cuál es el orden, familia o nombre de las especie a la que pertenece el retamo espinoso, hasta cotidianas como la diferencia con el retamo liso, cómo erradicarla y cuál es la distancia que alcanzan sus semillas una vez se incendian sus hojas.

¿El resultado? “Seguir avanzando en el desarrollo del proyecto, hacer estudios, saber cómo erradicar la planta y cómo tratarla de la forma en que la Javeriana la trata”, dice Jonathan Estiven Cristancho, compañero de estudios de Viviana.

A sus 16 años Viviana no solo es una joven apasionada por la investigación y la biología, también ve en esta planta una materia prima para la producción de combustible y aceites y lidera el grupo de investigación ‘Retamo muere ya’, un semillero conformado por estudiantes de grado Once con el fin de buscar estrategias para eliminar esta especie de su región.

Pesquisa Javeriana acompañó este ejercicio de apropiación social del conocimiento. Descubre aquí cómo las prácticas de comunicación y divulgación de la ciencia han generado efectos positivos en los estudiantes y docentes de la comunidad educativa Colegio Rural El Uval IED.

Una mina de datos

Una mina de datos

Internet se ha convertido en un auténtico y descontrolado monstruo sin forma alguna. Aquella concepción romántica de una autopista donde la información fluía libremente y donde una persona podía contactarse con otra a millones de kilómetros de distancia, ha desaparecido para siempre en el inconmensurable océano de información y contenidos de hoy en día. Una idea de esto la arroja Internet Live Stats, proyecto de investigadores y analistas informáticos para intentar ilustrar todo lo que ocurre en esta especie de universo paralelo.

Sus cifras asustan: se calcula que hay alrededor de 4.000 millones de usuarios activos en la red (de ellos, el 57% comparte contenidos en Facebook), que consultan los más de 1.900 millones de páginas disponibles en ella, que en un día promedio envían 110.000 millones de correos electrónicos, realizan más de 315 millones de comentarios en la red social Twitter, suben 35 millones de fotos a Instagram y ven más de 3.000 millones de videos en YouTube.

Y con toda esa actividad, cada uno de ellos deja un rastro de información que, en principio, debería estar protegida por las empresas que ofrecen servicios de correo electrónico y producción de contenido en páginas web y redes sociales. Sin embargo, la realidad ha demostrado que no es así: algunas firmas han tenido acceso a toda esta información personal y han utilizado para sus propósitos comerciales, desde convencer a los usuarios de comprar sus productos hasta influir en elecciones populares.

El acceso y análisis a este tipo de información se conoce como big data, y ha generado hondas preocupaciones en los gobiernos del mundo sobre la privacidad de sus ciudadanos; asimismo, ha dado pie a ingeniosas colaboraciones entre academia, gobierno y la empresa privada encaminadas a fortalecer las economías locales. Una de ellas es Alianza Caoba, iniciativa impulsada por la Pontificia Universidad Javeriana y dirigida por Alexandra Pomares, profesora de la Facultad de Ingeniería.

Para conocer sus alcances y todo lo que implica el manejo y análisis de la información, Pesquisa Javeriana habló con Rafael González, doctor en Tecnología, Política y Administración, profesor titular del Departamento de Ingeniería de Sistemas de la universidad y uno de los artífices de este proyecto.


Pesquisa Javeriana: ¿Qué es el big data? ¿Cómo está siendo utilizado?

Rafael González: Big data quiere decir que tenemos un gran volumen de datos y estos, por su cantidad, son muy diversos. Esto se debe a que cada vez se genera más información que puede duplicarse a diario. Hay un crecimiento exponencial de información.

Lo que hoy tenemos son capacidades que hace algunos años no existían para hacer el análisis de un gran volumen de datos, por ejemplo, utilizar un hardware que hace poco no estaba disponible para almacenar toda esta información. Lo que sí existía desde hace tiempo son las técnicas de inteligencia artificial, de procesamiento de bases y minería de datos que cada vez son más inteligentes; hoy tenemos la posibilidad de articular esas técnicas a una infraestructura abierta, distribuida y masiva.


PJ: Es decir, con cada click se está generando una gran cantidad de información.  ¿Dónde se almacena y para qué tipo de propósitos?

RG: El almacenamiento hace parte del reto. No solo se guarda la información con cada click sino que, si tú tenías un blog hace 10 años, eso también está guardado o los correos que borraste hace dos años Google también los tiene, así no tengas acceso a ello. Hoy el término utilizado es en la nube, pero esto quiere decir que para el usuario es transparente el lugar donde está la información.

Sin embargo, ¿dónde está ese video que estás viendo? No solo en la nube: existen, en términos de infraestructura, granjas de servidores y lo son porque, literalmente, abarcan hectáreas. De hecho, compañías como Google, Microsoft, Amazon ya no tienen cuartos de cómputo grandes sino estas granjas que ­–generalmente– están ubicadas en lugares fríos como Alaska, Islandia y Siberia. Y en parte, están allá porque es más barato, pues no hay que refrigerarlos. De hecho, es tan importante la existencia de las granjas hoy que casi es un proceso político ir a convencer a Google y ofrecerle ventajas tributarias para que lo coloque en su país.

Ahora existen dos intereses simultáneos. Primero está el industrial-comercial y allí es donde las organizaciones quieren aprovechar la información y distinguir entre lo que tiene valor y lo que no; también, conocer la percepción del público sobre la empresa, qué hablan los consumidores acerca de los productos y qué hablan de la competencia para así tomar las mejores decisiones y generar nuevos productos o servicios.

El segundo interés es estatal, que es muy interesante porque allí lo que buscan es cómo proveer servicios públicos. Hablo de salud, educación, impuestos, transporte, entonces, si yo tengo información de los ciudadanos, puedo diseñar mejores políticas públicas, por ejemplo, en la prevalencia de enfermedades específicas y en cuánto le va a costar al país, o en materia de impuestos para detectar el fraude, etc.


PJ: En el Tour de Francia, el equipo Movistar tiene un departamento de big data para analizar información, entre otras, sobre el rendimiento de sus ciclistas. ¿En qué otros campos el big data está dejando su huella?

RG: El big data está sonando más en política. Lo utilizan para predecir cuáles son las tendencias que la gente prefiere a la hora de votar, pero hay otra vía y es tratar de descubrir cómo tengo que enviarle el mensaje a la gente para que voten por mí. Eso ya conduce a implicaciones éticas de uso del big data porque puede utilizarse para manipular al público: en la medida en que conocen las preferencias de sus consumidores, las empresas pueden apuntarle a un público determinado y despertar en ellos un gatillo emocional, de ahí, que en Facebook y Twitter existan robots o bots que generan opiniones falsas a partir de patrones diseñados. Por eso, cada vez que Trump genera un tweet hay un montón de bots –no son seres humanos– que lo están aplaudiendo o, por el contrario, lo critican.

Profesor
Rafael González, docente del Departamento de Ingeniería de Sistemas e integrante de Alianza Caoba.


PJ: Barack Obama, Mariano Rajoy y David Cameron, entre otros, utilizaron en sus campañas electorales el big data, pero en su  momento no generó polémica. Este año los diarios The Guardian y The New York Times revelaron cómo Cambridge Analytica, una empresa de comunicación y  análisis de información, habría tomado los datos de 50 millones de usuarios de Facebook y los habría utilizado para favorecer la campaña presidencial de Donald Trump en 2016. ¿Cómo prevenir casos como éste? ¿Qué retos plantea entonces el manejo del big data?

RG: Obama fue el primero que popularizó esto porque ganó y fue sorpresivo, de alguna manera, que hubiera ganado pero lo hizo de manera ética, utilizó  Facebook para movilizar a la comunidad particularmente joven a través de técnicas más tradicionales, como convencerlos e ir puerta a puerta para hacer activismo político.

En otros casos, como en el de Trump, no se usó la información para movilizar a la gente sino para generar información falsa o engañosa, para así despertar emociones que hicieran que la toma de decisiones en política no fuera racional sino puramente basada en emociones. Entonces no tiene nada de malo analizar patrones o tendencias, conocer al público, pero cuando utilizas eso para manipularlo o engañarlo, entonces ahí ya cruzaste la raya.

A partir del caso de Cambridge Analytica y otros recientes se ha empezado a fortalecer la regulación o se han hecho más explícitas las reglas sobre confidencialidad de la información. Esto está sucediendo en parte porque la ley les exige a las empresas proteger la información que les brindan sus usuarios, pero así lo hagan eso no resuelve el problema, de hecho, existen personas que no pueden cerrar sus cuentas en redes sociales porque las necesitan para conseguir empleo, e incluso para arrendar un apartamento. Entonces, se volvió un mal necesario, pero lo que terminará ocurriendo es que, como cultura, aprendamos qué significa privacidad en este orden del mundo y cómo ser más responsables en el manejo de la información. No creo que haya una solución tecnológica ni político-legal, sino más bien cultural.

De hecho, Facebook reconoce que no puede mirar en sus contenidos qué es cierto y qué no. Entonces lo que hizo fue contratar ejércitos, literalmente, de personas para que con su criterio determinaran si la información es falsa. Sin embargo, reconoce que por más personal que tenga en esta labor lo que realmente se necesita es entrenar a lectores y ciudadanos para que sean más críticos en el procesamiento de información, más responsables y conscientes en la publicación de información.


PJ: ¿En qué consistió el proyecto Alianza Caoba y qué resultados encontraron?

RG: El mundo identificó que el big data iba  a movilizar la tecnología, la investigación y la industria desde el punto de vista informático, por eso varios países invirtieron en estas tecnologías. El Ministerio de las TIC abrió una convocatoria para conformar centros de excelencia en big data y analítica.

Uno de nuestros trabajos fue con Nutresa –una de las empresas ancla– en donde participó la Javeriana Bogotá y Cali. Con este proyecto la intención era segmentar clientes potenciales de Nutresa, o sea identificar, dentro de una base de datos, por ejemplo, qué tipo de consumidores hay para asociarlos con el tipo de producto que ofrece Nutresa para que haya un encuentro, o match.  Por otro lado, para generar estrategias de comunicación efectivas para que esos productos le lleguen al público objetivo. Lo que hicimos fue procesar la información de Twitter a nivel  nacional y mirar qué está opinando la gente en términos de alimentación, de qué alimentos hablan, cuándo lo hacen, qué emociones y sentimientos hay en esas discusiones, qué palabras están utilizando;  con esto generamos informes gráficos y analíticos para que tomen mejores decisiones para el área de mercadeo.


PJ:
Alianza Caoba reúne a algunas universidades del país, como la Javeriana, los Andes, Icesi y Eafit, también a empresas del sector privado y a entidades del Gobierno. ¿Cómo ha sido la articulación de estos tres sectores?

RG: La única manera para desarrollar capacidades para el país era sumando esfuerzos y, al hacerlo, ahí si estamos en condiciones de competir y participar a nivel mundial. Con esto lo que hicimos fue establecer un mecanismo a través del cual Estado, academia e industria se reunieron para generar esas capacidades.

El  rol de la industria –llamado empresas ancla– es el de proveer los datos y necesidades; la idea es que no se estudie en un laboratorio para publicar artículos sino que parta de las necesidades y datos reales para contribuir a solucionar problemas locales.

Desde el punto de la vista de la universidad, la intención es generar investigación aplicada a estos temas. En este proceso de investigación se están formando estudiantes de maestría y doctorado que, por un lado, estudian las técnicas del big data y, por el otro, participan en el desarrollo de las empresas ancla. Y desde el punto de vista de las empresas líderes (SAS, IBM, EMC2), son proveedores de tecnología que se suman al ecosistema o a la alianza para proveer software y hardware.

Hemos establecido relaciones de confianza que, para mí, es solo uno de los logros de Alianza Caoba, porque esto genera unas capacidades importantes de maduración para el país. Nuestra intención ha sido la sostenibilidad del centro para que, eventualmente en dos años, sigamos adelante sin la financiación del Estado, generando nuevos proyectos de investigación, de consultoría e integrando nuevos sectores. La idea es que otras empresas ancla y otras universidades se vinculen a Caoba y, con eso, fortalecer la capacidad de big data en el país.

Inglés, más que un instrumento de trabajo. ¿Para qué aprenderlo?

Inglés, más que un instrumento de trabajo. ¿Para qué aprenderlo?

La enseñanza del inglés y la necesidad de hablantes de inglés en contextos globales e internacionales se ha discutido en foros lingüísticos, educativos, económicos y sociales. Sin embargo, el impacto del inglés en la vida de los aprendices no está ampliamente investigado. Publicaciones recientes relacionadas con el tema evidencian el impacto de esta lengua en contextos globales en los ámbitos económicos y educativos. Si bien algunos de sus autores brevemente enuncian la influencia del inglés sobre las vidas profesionales de los individuos se quedan cortos a la hora de determinar el impacto de esta lengua en la vida de los estudiantes.

Del mismo modo, la literatura en ESOL (Inglés para Hablantes de Otras Lenguas, abreviatura tomada del inglés) discute el impacto de esta lengua en términos de reconocer su importancia en la vida económica y cultural de las comunidades, pero muy poco se habla del impacto que tiene esta lengua en la vida de los estudiantes.

Frente a esta necesidad, el profesor de lenguas de la Pontificia Universidad Javeriana, Carlos Rico Troncoso, adelantó un estudio cualitativo comparativo con colegas suyos de cinco ciudades en tres continentes en el que participaron estudiantes de ESOL en Salford, Reino Unido, algunos egresados de la Universidad de Leeds Beckett del mismo país quienes tomaron cursos de inglés como segunda lengua o lengua extranjera; también se contó con graduados del programa de formación docente en Qufu, China; estudiantes de últimos niveles de inglés de la Pontificia Universidad Javeriana en Bogotá y estudiantes universitarios del Politécnico de Abu Dhabi, Emiratos Árabes Unidos, quienes estudiaban inglés con propósitos académicos.

Hablar inglés no solo es útil en la vida de las personas que lo han aprendido como su segunda lengua. Saber inglés contribuye a la autoestima, amplía las redes de amistad, da acceso a oportunidades culturales y recreativas, e incluso da sentido de pertenencia a una ciudadanía global. Esta es una de las conclusiones del estudio.

El estudio buscaba profundizar en la necesidad de reconocer la importancia que ha tenido el inglés en la vida de los estudiantes en los contextos globales, más allá de los aspectos lingüísticos, educativos o económicos. Con una lente de mayor detalle, los investigadores querían medir el impacto de esta lengua en la vida en general de los estudiantes, no solo en los dominios del trabajo y la educación.

Utilizando varios métodos de análisis, los investigadores iniciaron con sesiones de lluvia de ideas, en las que los estudiantes debían jerarquizar las actividades que –gracias a saber inglés- más habían impactado en sus vidas. A través de la configuración de una línea de tiempo los estudiantes debían indicar situaciones o hitos claves en sus vidas y si el inglés jugó o no un papel importante. Las situaciones dadas podrían estar vinculadas con decisiones sobre la elección de asignaturas en la universidad, la elección de la universidad, la necesidad de obtener un empleo, la graduación, el matrimonio, un duelo o pérdida o un cambio de ciudad. Los hitos también podrían incluir momentos significativos, por ejemplo, una reunión, un incidente o una película que hubiese marcado la vida del estudiante. Fundamentalmente, lo que se esperaba con esta actividad era determinar si había o no un impacto positivo o negativo del inglés en las experiencias de vida de los estudiantes.

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Posteriormente se desarrolló una entrevista semi-estructurada para conocer más en detalle estas situaciones o experiencias que impactaron la vida de los estudiantes y en donde el inglés fue protagónico. “Los hallazgos de la actividad de clasificación sorprendieron y fue el análisis de estos datos lo que nos condujo a explorar áreas como el conocimiento y la comprensión del mundo, el autoestima y la confianza en sí mismos se evidenciaron en las entrevistas. Mientras que la educación y la comunicación estaban, previsiblemente clasificadas dentro de las tres áreas principales de impacto del inglés, la segunda área más importante donde el inglés jugó un rol destacado fueron las habilidades interpersonales como el trabajo en equipo y acceso al conocimiento”, dice el artículo publicado como resultado de la investigación, The impact of English on learners’ wider lives.

En el caso de Bogotá, el profesor Rico, actual director de programas académicos de la Vicerrectoría Académica de la Pontificia Universidad Javeriana, lideró el estudio con estudiantes de su universidad. “Uno pensaría que el inglés ha impactado más desde la formación que se ha recibido en la escuela”, explica; “y resulta que se vincula más por las experiencias individuales  y personales de los estudiantes y en las cuales el inglés ha jugado un papel muy específico y ha marcado notoriamente la vida de ellos.”, como por ejemplo un viaje al exterior, así haya sido por un corto periodo de tiempo (generalmente vacaciones) escuchar canciones, ver películas o por las relaciones que se establecen a través de los video juegos.

Y se sorprendieron aún más cuando concluyeron que las experiencias positivas se referían a circunstancias de la vida en general y las negativas se asociaban a contextos académicos, como por ejemplo, las lecturas que ponían de tarea los profes o tener que realizar actividades que consideraban aburridas y a las cuales debían responder para sacar “una buena nota” o para pasar un curso.

A la luz de los hallazgos preliminares, los autores resolvieron indagar por aspectos que no necesariamente tenían que ver con apuestas curriculares, a través de categorías como la capacidad de funcionar en sociedad, las relaciones personales, la independencia, experiencias culturales o de entretenimiento, actitudes frente a la vida o modos de pensar. En esta línea, las respuestas llamaron aún más la atención: entender mejor la percepción de los estudiantes frente al uso del inglés en su cotidianidad implicaba empezar a diseñar cursos de inglés más efectivos.

La situación fue similar en las cinco ciudades, lo cual hizo que los investigadores se cuestionaran en sus formas de enseñar. ¿Cuál debe ser el inglés que se debe enseñar en contextos universitarios y cómo debe hacerse?, ¿Qué habilidades son las que deberían estarse desarrollando en esos mismos contextos? “Tenemos que hacer otro tipo de apuestas distintas en relación con la enseñanza”, continúa Rico, “pensar en modelos mucho más hibridados, en los que tú puedas desarrollar competencias generales comunicativas, (por ejemplo, entablar una conversación con otra persona y lo puedas hacer bien); como también desarrollar habilidades de pensamiento ‘crítico’ para producir textos, discursos coherentes, propios de una disciplina y propios de la formación académica de los estudiantes”.

Los resultados prenden las alarmas frente a una estandarización nacional y mundial de la enseñanza del inglés como segunda lengua, donde existen tensiones frente a las presiones del Estado por normalizar la actividad y frente a qué es lo que los estudiantes quieren y verdaderamente necesitan. “Cuando hacemos esos cruces de información nos damos cuenta que hay unos vacíos severos y que pueden tener resultados nefastos”, concluye Rico. “Esto que se ve con lo que se impone en el sistema educativo no guarda coherencia”.