Barras de fútbol: violencia, identidad y territorialidad

Barras de fútbol: violencia, identidad y territorialidad

Con estupor, un hincha del equipo visitante del fútbol profesional colombiano en el estadio El Campín observa cómo, 15 minutos antes de acabarse el encuentro, la policía le pide el favor de que abandone la tribuna. “¡Todavía no se ha acabado, faltan 15…!” reprocha el aficionado, pero la intención de la autoridad no cede.

“¡Por favor, haga caso que es por su seguridad, es peligroso para usted porque aquí las barras son muy bravas, es mejor que se retire!”, reitera el uniformado, mientras los hinchas locales, en total desafío contra el frío bogotano, cantan al unísono con la camiseta de su equipo en la mano. Ellos, los locales, extienden orgullosos su bandera de grandes proporciones, sus símbolos guerreros, mientras cantan ofensas al hincha contrario.

Detrás de esos símbolos, los uniformes y los cánticos a favor de un equipo y en contra de los rivales, se esconden aspectos como la territorialidad, la violencia y la identidad de miembros de la sociedad que deciden vivir y hasta morir en torno a una barra de fútbol.

Una investigación de tesis doctoral en antropología —efectuada en la Universidad Sorbonne Nouvelle Paris 3 por Jairo Clavijo Poveda, docente del Departamento de Antropología de la Javeriana— estudia estas manifestaciones colectivas. En ella el profesor buscó establecer la naturaleza de las prácticas sociales de los barristas.

En esta investigación etnográfica fue necesario convivir con dos de las barras de Bogotá y realizar una observación participante —como metodología— en la que se aplicaron entrevistas semiestructuradas, entre otros métodos de recolección de información.

“El elemento clave de análisis de las barras es el lenguaje, pues la acción más notoria de los barristas es reunirse para expresarse colectivamente a través de sistemas de representación tales como el habla, pero también formas no verbales como las imágenes, los signos, los símbolos utilizados”, comenta el investigador.

“Todos los domingos en la tarde.
Me voy a la cancha a ver al más grande.
En mi cabeza no me importa. Lo que diga todo el periodismo y la Policía”.

Antecedentes

Las primeras barras estructuradas en el país surgieron en 1987 y 1986 con los Saltarines del equipo Santa Fe y Escándalo verde del Nacional, respectivamente. Hacia 1991 se fundó la barra Blue Rain de Millonarios y posteriormente nació Comandos Azules. Todas adoptaron nuevas formas de comportamiento en los estadios para alentar a su equipo.

“Estos nuevos grupos adoptan los cantos barristas argentinos y movimientos en las tribunas, lo que empieza a llamar la atención de muchos jóvenes hinchas”, resalta la investigación.

En un inicio las acciones de los barristas se centraban en el estadio, pero no tenían como medio de expresión la violencia física. Sin embargo, sus integrantes fueron adoptando un lenguaje más agresivo contra los adversarios, lo que condujo a los primeros enfrentamientos con la policía dentro y fuera del estadio.

Sentido de pertenencia: entre territorialidad y violencia

Aunque en el imaginario del ciudadano común las barras están compuestas por jóvenes y adultos de clases medias y bajas, se comprobó en esta investigación que su proveniencia social es heterogénea. “A pesar de las posibles diferencias sociales todos se comportan de manera similar de acuerdo con unas reglas y jerarquías internas, bajo un compromiso implícito de inclusión”, afirma Clavijo.

Las barras construyeron una noción de territorialidad sobre los espacios en los que tienen existencia social. “Si un territorio es considerado de propiedad de la barra, se rige por una regla de exclusividad: no se admite ningún aficionado o barrista del otro equipo. Estas zonas les confieren un sentido de pertenencia y de legitimidad territorial, pues han sido conquistadas y defendidas por ellos. Frente al riesgo de invasión, los territorios son marcados por grafitis y por la presencia de barristas con camisetas y símbolos del equipo”, señala la investigación.

Mientras la Alcaldía de Bogotá ha contribuido a legitimar esos territorios al dar el estatus de dirigente a algunos integrantes de las barras y con dineros públicos se pintó el estadio con los colores de esas organizaciones, la policía concentra a los barristas en un sitio determinado.

Una de las conclusiones es que, por lo general, la violencia —una de las manifestaciones más distintivas de las barras—, es de carácter simbólico hacia los demás barristas, aficionados, equipos, árbitros y la policía. Estas acciones son símbolos inteligibles en el lenguaje barrista o en general del fútbol.

Aunque existe una idea general en las personas ajenas a las barras de fútbol sobre que se ejerce una violencia que trasciende el mundo del deporte, la investigación arroja resultados que controvierten este pensamiento colectivo.

“Toda violencia física y no física ejercida por los barristas es simbólica, pues se encuentra codificada y funciona como un lenguaje pleno de significaciones. Esta violencia se inscribe en el contexto de los partidos, que representan un tipo de ritual urbano para los barristas. Se puede afirmar que la violencia barrista no es exacerbada, se trata sobre todo de una violencia controlada”, explica la investigación.

Un ejemplo de ello es la lucha cuerpo a cuerpo, el uso de piedras, garrotes y armas blancas y no de armas de fuego en las que no se presenta un contacto corporal entre los agresores. Todas las acciones violentas son siempre pruebas de aguante o resistencia y de pertenencia al grupo. Es decir, la violencia funciona como un lenguaje cuyo fin es defender un territorio o el prestigio, escenificar la identidad y demostrar la pertenencia al grupo.

“Se puede evidenciar que la violencia barrista funciona como un sistema de intercambios entre barristas (agresiones, cantos, venganzas por razones de disputa territorial o deportiva) donde la utilización de códigos comunes de comunicación (actitudes, marcas, amenazas, peleas, etc.) define los espacios de las barras en la sociedad. Este sistema es posible ya que se deriva de la práctica del fútbol, un deporte que refleja la sociedad”, señala Clavijo.

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Barristas e identidad

“La identidad de los barristas en general funciona como sentimiento de pertenencia que se renueva durante el espacio ritual del partido. Este sentimiento funciona en dos sentidos: uno hacia la ciudad o región y otro hacia el propio grupo en tanto se es miembro de él. Se fortalece y se renueva gracias a unas prácticas sociales que se inscriben en un espacio ritual, pero también al reconocimiento individual y colectivo de inclusión al grupo y de exclusión a otros grupos. Este reconocimiento también proviene de la sociedad y del Estado, por ello, ciertos códigos de comunicación barrista son reconocidos socialmente”.

Como resultado de la interacción con los integrantes de las barras, la investigación concluye que los jóvenes buscan a través de estos grupos la inclusión que la sociedad en general les niega. En ellas son ‘alguien’, tienen una identidad y un sentimiento de fidelidad extremo, en este caso por un equipo de fútbol.

“Podemos afirmar que las prácticas barristas como su organización, acciones y símbolos, permiten pensar el fútbol como un espacio propicio para la toma de conciencia de los jóvenes barristas acerca de su existencia social como grupo contestatario”, concluye la investigación.


Para leer más:
Estudio de barras bravas de fútbol de Bogotá: Los Comandos Azules, Jairo Clavijo, Universitas Humanística, N. 58, P.U.J., Bogotá, jul. – dic. 2004. Disponible en: https://www.javeriana.edu.co/Facultades/C_Sociales/universitas/58.html
 

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En Bogotá: salud sin barreras para los desplazados

En Bogotá: salud sin barreras para los desplazados

Si bien los desplazados han sido objeto de numerosos estudios en Colombia, pocas veces se abordan los problemas de salud y acceso a servicios de dicha población, particularmente vulnerable. De ahí que plantear la posibilidad de “mejorar la efectividad de las políticas de protección social en salud para la población en situación de desplazamiento forzado por la violencia asentada en Bogotá, 2004-2006” sonaba a desafío. Y sigue siendo un reto para el equipo interdisciplinario liderado por Amparo Hernández-Bello, médica y magíster en administración de salud del Departamento de Administración de la Universidad Javeriana, y los docentes Román Vega, Marta Lucía Gutiérrez, Ofelia Restrepo y Luigi Conversa de las facultades de Ciencias Económicas y Administrativas, Ciencias Políticas y Medicina de la Javeriana, además de los funcionarios de la Secretaría Distrital de Salud, Luis Jorge Hernández y John Ariza.

El equipo se propuso incidir en la formulación de esta política pública tan urgente en Bogotá, capital receptora del mayor número de desplazados del país (entre el 13 y 15% del total).

Colombia es la segunda nación en el mundo, después de Sudán, en desplazamiento forzado, y la primera con esta catástrofe humanitaria entre los países vigilados por la ACNUR (Agencia de la ONU para los refugiados).

“Estar de parte de la gente” fue el punto de partida de los investigadores. Para ellos, los desplazados suman a su condición de víctimas del conflicto armado la de excluidos de los derechos sociales básicos, por lo que están más expuestos a factores de riesgo en salud y bienestar que otras poblaciones marginadas. Requieren de un trato diferencial en razón de su etnia, género y edad, si se considera que la mayor parte de desplazados son mujeres y niños, indígenas y afrocolombianos; pero, sobre todo, un modelo de atención en salud que permita superar las barreras de acceso más frecuentes, como son la dificultad del registro oficial (entre otras razones, por carecer de documento de identidad), el desconocimiento de los trámites, la falta de atención de los funcionarios y otras barreras económicas, geográficas y culturales de aceptación y reconocimiento de la condición de víctimas de un conflicto persistente.

Las localidades de estudio —Ciudad Bolívar, Usme, Kennedy, Engativá, Bosa y Suba— se seleccionaron basadas en información de la Personería Distrital y de la Secretaría de Salud sobre condiciones de vida y tamaño de la población en condición de desplazamiento.

Desplazados en Bogotá: peor que antes

Desde un primer momento, la Secretaría Distrital de Salud se vinculó al proyecto que financia conjuntamente el Centro de Investigaciones para el Desarrollo del Canadá (IDRC) en el marco del programa conjunto con la Organización Panamericana de la Salud (OPS) sobre extensión de la protección social en salud en América Latina. En esa primera fase se hizo el acopio de información —que aún no se había hecho— para dimensionar el problema en Bogotá. Se aplicó una encuesta de 90 preguntas en hogares, donde se indagó sobre el perfil demográfico, condiciones y dinámica del desplazamiento y todos los posibles factores de riesgo para la salud y la vida digna tales como: vivienda, ambiente, alimentación, educación y empleo. Se entrevistaron 3.785 personas de 800 familias, 400 receptoras (no desplazadas, habitantes de Bogotá) y 400 desplazadas. De esta manera, se evidenció que, aunque todos son pobres, hay unos más afectados y con menos posibilidades de acceso a los servicios de salud en el distrito capital.

La encuesta demostró que el desplazamiento afecta diez veces más a las minorías étnicas y que los desplazados son en su mayoría mujeres, niños y jóvenes. Habitan en condiciones precarias, en zonas de alto riesgo, hacinados y con menor acceso a servicios públicos; de hecho, el 64% de la población desplazada declaró que su vivienda hoy es peor que donde vivía antes de migrar: un 48% se aloja en inquilinatos, frente a un 32% de la población receptora. La población desplazada tiene 1,5 veces más riesgo de ser analfabeta y desempleada, y la mayoría vive del empleo informal en mayor proporción que la población pobre no desplazada. Además, los desplazados dejaron de ser productores de alimentos, para comprar lo que pueden y comer lo que tienen.

En cuanto a la salud, aunque tienen mejores niveles de aseguramiento comparados con los lugares de origen, la cobertura es menor que en la demás población pobre y vulnerable de las localidades estudiadas, reciben menos beneficios que los afiliados del régimen contributivo, tienen más barreras geográficas, administrativas y económicas de acceso a los servicios —expresadas en un menor uso de servicios—, y la mayoría tiene una mala percepción sobre la atención que ha recibido, razón que aduce para no utilizar los servicios de salud, además de la distancia y la falta de dinero y de tiempo.

Para lograr un diseño consensuado de una política en salud basada en la equidad, se contrastaron los datos arrojados por la investigación cuantitativa con las percepciones de los distintos actores involucrados en el tema —académicos, tomadores de decisiones, líderes comunales, población desplazada, representantes de la red pública hospitalaria, ONG, agencias internacionales, Iglesia, Defensoría del Pueblo, Personería Distrital, Red de Solidaridad Social (hoy Acción Social)— y, con la información de entrevistas, focus group y talleres con las comunidades. Todo este acervo documental, obtenido con un enfoque metodológico plural, constituye una fuente imprescindible para conocer los problemas de la población desplazada, y para su difusión los investigadores han realizado más de 35 productos, entre conferencias, talleres, publicaciones nacionales e internacionales y congresos.

Comienza una nueva etapa

Para concluir el estudio previsto hasta abril de 2008, los investigadores cuentan con el compromiso de la Secretaría Distrital de Salud desde agosto de 2006 —cuando el proyecto se presentó en el Congreso Mundial de Salud Pública realizado en Brasil y se reafirmó la voluntad de continuar hasta la definición de los lineamientos en la formulación de la política pública de salud para las víctimas del desplazamiento forzado que viven en el distrito capital—. La misma voluntad fue expresada por los cinco secretarios de salud con quienes fue necesario renovar los acuerdos, filosofía y metodología del proyecto desde su inicio en el año 2004.

Hasta el momento, el proyecto ha influido en el reconocimiento de la variable de “desplazado” en el sistema de información de salud y en la inclusión de la ficha anexa sobre desplazamiento que se diligencia en el programa “Salud a su hogar” de la Secretaría de Salud donde además se incluyen modificaciones en el proceso de atención a esta población. También se construyeron rutas de acceso a la salud, a partir de la experiencia de la gente y de la distancia con los ideales normativos, a semejanza de los ejercicios realizados por la Defensoría del Pueblo, entidad con la que el proyecto ha mantenido estrecha relación.

Asimismo, tras identificar las principales barreras para la atención en salud en la capital, el proyecto abogó por la definición de nuevos mecanismos para facilitar el acceso a los servicios de salud de la población no incluida en el Registro Único de Población Desplazada, RUPD (antes SUR), y en el periodo de gracia de tres meses para recibir los beneficios de la atención que contempla el Plan Obligatorio de Salud, POS, como se viene aplicando desde enero de 2006 en Bogotá.

Y aunque Colombia es uno de los pocos países que tienen un marco legal para restituir los derechos de la población vulnerada y un plan de atención, “los recursos son insuficientes y el desplazamiento no cesa”, como dice Hernández-Bello. De hecho, el 35% de los encuestados reportó no haber recibido ayuda de la Red de Solidaridad Social (RSS). Ante el predominio de una política asistencialista en salud —en detrimento de la prevención y el aseguramiento—, la falta de un enfoque diferencial en la atención, la brecha entre la norma y la práctica, más el escaso presupuesto, investigadores y afectados claman por un cambio en el modelo de protección social y de atención integral en salud.

No hay que olvidar que los riesgos más altos se presentan en la salud mental (por el estrés postraumático de la situación vivida y el estrés de la situación actual) y la salud sexual reproductiva de esta población en condición de desplazamiento, que podría ser nuevamente víctima, pero esta vez de una emergencia sanitaria compleja.


Para leer más:
Hernández-Bello, Amparo; Vega-Romero, Román, Más allá de la diseminación: lecciones de la interacción entre investigadores y tomadores de decisiones en un proyecto de investigación en Bogotá, Colombia. Cadernos de Saúde Pública, 2006, vol.22, suppl, p.S77-S85, ISSN 0102-311X. Disponible en www.scielo.br www.accionsocial.gov.co ww.codhes.orgwww.disaster-info.net/desplazados/

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Inmigrantes colombianos en Canadá: cuando el territorio nos pone a prueba

Inmigrantes colombianos en Canadá: cuando el territorio nos pone a prueba

Los territorios hacen parte de lo que son las personas. No obstante, muchas veces esta influencia solo se hace evidente cuando, por alguna razón, se debe trasladar la vida a otro lugar. En ese punto, la migración aparece como una experiencia que confronta al ser humano, que le permite reconocer prácticas y gustos que se conformaron en virtud del territorio del que procede y que, una vez en el exilio, deben ser reconfigurados basándose en los códigos del nuevo territorio. Un proceso que demanda gran capacidad de adaptación, lo cual —por fortuna— parece ser un rasgo constitutivo de la naturaleza humana.

Motivada por la riqueza que encierran estos procesos de deconstrucción y reconstrucción, Flor Edilma Osorio, docente del Departamento de Desarrollo Rural y Regional de la Facultad de Estudios Ambientales y Rurales de la Javeriana, realizó la investigación “Experiencias de ruptura y reconstrucción vital de inmigrantes económicos y refugiados colombianos en Québec, Canadá”. Este estudio modesto, que abarca el decenio comprendido entre 1995 y 2005, es el primer acercamiento al tema de las migraciones internacionales que hace Osorio, quien se ha dedicado a estudiar las migraciones internas, y de modo particular, el desplazamiento forzado.

La experiencia de haber viajado a Francia, en condición de estudiante, generó en Osorio varias preguntas que la impulsaron a investigar sobre esas transformaciones trascendentales que suceden al abandonar un territorio y empezar a apropiar un nuevo espacio. “Estar fuera permite reconocer los miedos propios y nos hace conscientes de cómo miramos y cómo nos miran”, señala la investigadora.

Al entender que un territorio es la “construcción social que articula relaciones sociales con el espacio y que, por lo mismo, supera las fronteras nacionales”, resulta evidente que la experiencia de la migración es un juego de tensiones entre la costumbre —que de repente resulta inoperante— y lo nuevo —que deja de ser extraño para convertirse en propio—.

Basada en esto, la investigación atendió particularmente tres procesos sociales que se presentan de forma simultánea y que abarcan la dinámica de ruptura y reconstrucción que tiene lugar en el proceso de migración: la construcción de la acción colectiva, del territorio y de la identidad.

El estudio señala que, según el censo de 2005, el número de colombianos residentes en el exterior es de 3.331.107, cifra que evidencia la relevancia de los movimientos migratorios de nacionales en los últimos años.

Un equipaje que pesa más de lo que parece

La investigación se centró en el caso de los inmigrantes colombianos en la provincia canadiense de Québec, donde —según el censo del 2001— este grupo ocupó el sexto lugar, aun cuando en el período 2000-2004, en Sherbrooke y Trois Rivières, ciudades de esa misma región, ocupó el primer lugar y en la ciudad de Québec, el segundo.
Sin embargo, la presencia de colombianos en Québec no se traduce en la existencia de redes sociales sólidas. Por el contrario, algunos optan por el anonimato como una estrategia para desprenderse de todo vínculo con el país, así como muchos otros prefieren limitar su círculo social a familiares y amigos que también están radicados en Canadá.

Pero, de acuerdo con el estudio, hay una razón de ‘peso’ que subyace a esta construcción de colectividad tan particular: la historia de más de 40 años de conflicto armado interno con la que carga el país. Osorio señala que este antecedente es el rasgo particular que determina el modo en el que tienen lugar los procesos de construcción de acción colectiva, identidad y territorio de los colombianos en Québec, y por eso advierte que las relaciones entre inmigrantes colombianos están mediadas por “la sensación de desconfianza permanente hacia el otro-otra”.

De este modo, el caso colombiano hace evidente que la construcción de identidad en esa región de Canadá no solo se basa en las rupturas, puesto que las continuidades también juegan un papel definitivo. Por eso el colombiano extrapola en Québec algunos de los prejuicios y estereotipos que se manejan en Colombia, como los relacionados con la clase social y la región de procedencia. De ahí que para el inmigrante resulte importante saber quién era en Colombia el otro: dónde vivía, quién es su familia y cuál es su formación profesional.

“Uno se trastea en la maleta todos los prejuicios y las ignorancias que tiene”, señala Osorio. Paradójicamente, mientras los inmigrantes colombianos se preocupan por establecer este tipo de distinciones incluso entre los refugiados y los que planearon hasta el más mínimo detalle de su traslado a Canadá, para el canadiense todos los colombianos que viven en Québec reciben el mismo rótulo: inmigrantes. No importa si a su arribo a Québec ya había un apartamento amoblado y una escuela para los niños, o si por el contrario, su traslado a Canadá lo sorprendió y llegó únicamente con seis mil pesos en el bolsillo.

El colombiano solo es un inmigrante y en esa medida es objeto de un tipo de discriminación que, aunque sutil, afecta el proceso de reapropiación del territorio, porque “uno nunca piensa que puede ser objeto de exclusión hasta que se enfrenta a ello”, según lo explica Osorio. De ese modo el colombiano se enfrenta a la dificultad de tener que adaptarse a una nueva lengua, unas leyes diferentes y un clima invernal en el que los días resultan ‘largos y tristes’.

En ese contexto, existen algunas expresiones de la capacidad de acción colectiva de estos colombianos, como la participación en grupos culturales y de tipo económico o empresarial, que no son tan frecuentes tal vez porque existen barreras como “las memorias de los miedos y los peligros, que no son gratuitos para nada y que pesan en nuestras vidas y las cargamos con nosotros, a veces sin percibirlo y que estarían limitando la reconstrucción de un tejido social”, anota la investigadora. Razón por la cual tal vez son más habituales las redes microsociales o las fiestas nacionales que aparecen como escenarios para reencontrarse con otros compatriotas y disfrutar de la danza, la música y la comida típica, como un modo de recrear la atmósfera del territorio que se extraña en la distancia. En estas celebraciones los símbolos patrios adquieren mayor valor para los inmigrantes.

Teniendo en cuenta los límites de la investigación y las preguntas que quedan abiertas a partir de este abordaje, Osorio propone en el cierre de su trabajo “avanzar en la realización de contrastes y comparaciones con inmigrantes colombianos en otros países, y con inmigrantes de otros países con situaciones similares a Colombia”. La investigadora considera interesante acercarse a la experiencia de los migrantes africanos, puesto que dicha población comparte con Colombia un contexto de “guerras irregulares y confusas”, que permitirían identificar similitudes con nuestro caso.
De ese modo, Osorio deja abierto un camino para futuras investigaciones que le hagan justicia a esas transformaciones “silenciosas, pero absolutamente profundas” que se producen durante los procesos de desterritorialización y reterritorialización.


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La incidencia paramilitar en los recientes procesos electorales colombianos

La incidencia paramilitar en los recientes procesos electorales colombianos

En un primer momento el objetivo del investigador Rodrigo Losada, profesor titular de la Facultad de Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales de la Javeriana, fue observar el nivel de participación y de abstención ciudadana teniendo en cuenta la presencia de los grupos armados y sus implicaciones en los resultados electorales en el ámbito municipal.

Ya en una ponencia inédita, leída en un foro organizado por su facultad en 1997, Lozada había concluido que en 334 municipios de los cerca de 1.000 que tenía el país en ese entonces, la acción de los actores armados —tanto guerrilla como paramilitares—, hizo perder todo significado democrático a la elección de autoridades locales. Es decir, allí no tuvo lugar un proceso electoral libre, competitivo y limpio. Este texto es la semilla de lo que podríamos considerar la primera fase de su investigación que abarca sucesos desde 1988 hasta el año 2000, una época en que las FARC progresivamente extendieron su presencia en el territorio colombiano.

De ese trabajo surgió la publicación “Violencia y elecciones en Colombia: año 2000”, donde se hace un detallado análisis de la conducta de las FARC frente a los comicios de alcaldes de ese período, y en particular se documenta cómo, en aquellos municipios en los que este grupo armado contaba con mayor presencia, “se combinaron todas las formas de lucha” para incidir en el proceso electoral, y someterlo a las preferencias de las FARC.

En una investigación posterior, titulada “Elecciones libres deshechas por los violentos”, publicada en 2005, Losada concluyó que así como la influencia de la guerrilla originó una notable disminución en la participación electoral, exactamente lo contrario sucedió en las zonas con influencia paramilitar. En estas, la fuerte presencia de las autodefensas está asociada con niveles de participación electoral claramente más altos que el promedio nacional del respectivo año.

Casi de manera simultánea y con el apoyo de Fernando Giraldo y Patricia Muñoz, trabajó en la elaboración del Atlas sobre las elecciones presidenciales de Colombia 1974- 2002. La publicación presentó una serie de mapas para analizar territorialmente la evolución de las fuerzas políticas durante el período estudiado y rescató algunos factores de orden espacial que pudieron haber condicionado el comportamiento electoral en las diversas regiones del país. En esos mapas se puede apreciar la distribución espacial del voto, lo que no se logra mediante encuestas.

En particular, en las elecciones de 2002 se detectó con claridad que, sin importar qué tan extenso es un municipio o qué tan alto o bajo sea su PIB, el municipio ubicado en zonas vulnerables a la acción de las alzados en armas tiende a participar en las urnas en menor proporción que el resto de los municipios colombianos. Otro hallazgo tiene que ver con la votación por el candidato ganador en esa elección, Álvaro Uribe: independientemente de si un municipio fuera muy poblado o no, mostrara una fuerte tradición conservadora o no, se encontrara ubicado en la Costa Norte o no, los municipios más asediados por la acción de la guerrilla tendieron claramente a votar en menor proporción por Uribe que los del resto del país.

Primeras implicaciones políticas de la reinserción

Para lo que podríamos abordar como segunda fase, Rodrigo Losada le apuntó a entender qué se puede esperar en el campo político electoral teniendo en cuenta la incidencia de los diversos grupos de autodefensa, estén o no en proceso de reinserción, con miras a las elecciones tanto de Congreso en 2006 como de alcaldes en octubre de 2007.

Con ese fin realizó un análisis del comportamiento de los municipios colombianos en las elecciones al Congreso del año 2002, con el apoyo de un grupo de ocho estudiantes. Haciendo uso de la metodología del análisis ecológico, es decir, teniendo en cuenta todo el entorno, se emplearon cuatro meses en el estudio mismo, habida cuenta de que ya existía un banco de datos electorales con cerca de un millón de cifras, que Losada ha venido actualizando desde 2001 gracias al apoyo de algunos de sus estudiantes y de colegas de su facultad en la Javeriana.

Mediante la consulta sistemática de las estadísticas tanto electorales como de violencia política, referidas a los municipios del país, el investigador pudo detectar conductas extrañas en los comicios del 2002 para Senado. Por ejemplo, al competir 313 listas para escaños en dicha corporación, en un grupo importante de municipios, una sola lista —no siempre la misma— alcanzaba a llevarse el 75%, el 90% y más, del total de los votos. Y lo más curioso del hallazgo es que en esos mismos municipios la influencia de los paramilitares era indiscutible.

Más aún, saltó a la luz otro fenómeno inquietante. Si se examina el porcentaje de votos en blanco de municipios con escasa presencia de actores armados en la época, por ejemplo, los del departamento de Risaralda, se observa que en ellos el porcentaje de votos nulos oscila entre un 3,2% y un 7%. En contraposición, en la mitad de los municipios de un departamento como Magdalena, el porcentaje de votos nulos se movía entre 0,3% y 2%, literalmente.
Lo que realmente resultaba sospechoso es que en los mismos municipios donde la votación en blanco había sido excepcionalmente baja, allí la presencia paramilitar era fuerte y la votación por una lista había sido excepcionalmente alta. Esto con un ingrediente adicional: los municipios que mostraban porcentajes inusitados a favor de una lista, lejos de estar dispersos en varias partes del departamento, se concentraban claramente en una región y colindaban entre sí.

Es más, la votación para Cámara de Representantes en esos mismos municipios repetía, casi al pie de la letra, los patrones extraños de comportamiento recién comentados, en relación con la votación para el Senado. En otras palabras, se registraban allí fenómenos electorales totalmente atípicos que sugerían con claridad un fraude, o un despliegue de medidas coercitivas contra los electores o contra las autoridades electorales, o una combinación de uno y otro.
En su trabajo más reciente, realizado con su colega Patricia Muñoz, consignado en el mapa de riesgo de fraude electoral y entregado a la Misión de Observación Electoral (MOE) para su difusión, el profesor Losada analizó el comportamiento electoral de los municipios del país en los recientes comicios para el Senado de la República. En esta ocasión, concentró su atención en las irregularidades más graves detectadas en materia de votos en blanco, votos nulos y tarjetas no marcadas, y pudo así identificar 64 municipios con un fuerte indicio de conductas claramente irregulares, y otros 90 con un mediano indicio de las mismas. La casi totalidad de estos municipios coincide con estar ubicada en zonas donde los paramilitares habían consolidado su presencia, o todavía la tienen, o ha sido sustituida por nuevos actores armados.

Estrategias electorales de los paramilitares

Basado en todo lo anterior, Losada detectó tres tipos de comportamiento de las autodefensas en relación con los procesos electorales, que van desde el modelo hegemónico, con el que recurren a todos los métodos incluso los violentos para hacer elegir sus candidatos; pasan por el modelo de predominio dentro de competencia restringida, en el que los paramilitares tienen un candidato preferido y permiten otros candidatos pero sus opositores han sido neutralizados; y llegan hasta un modelo de indiferencia electoral, en el que no dejan ver indicios de interés en una candidatura específica.

Los fenómenos citados por el informe, así como los nombres de los implicados, coinciden con las investigaciones que por estos días se adelantan en el país en desarrollo del denominado proceso de parapolítica.

Estos hallazgos hacen pensar que, si en el año 2006 se manifestaron las serias irregularidades recién aludidas, cabe temer que en las elecciones de octubre de 2007 pueda suceder lo mismo. Solo con la participación ciudadana, colige Losada, podrá ponerse coto a las irregularidades detectadas en el trabajo. Tenemos, pues, aquí una investigación de indiscutible relevancia para la actualidad política del país.

Tres tipos de comportamiento de las autodefensas en relación con los procesos electorales:

• El modelo hegemónico con el que recurren a todos los métodos, incluso los violentos, para hacer elegir sus candidatos.
• El modelo de predominio dentro de competencia restringida en el cual los paramilitares tienen un candidato preferido y permiten otros candidatos, pero sus opositores han sido neutralizados.
• El modelo de indiferencia electoral en el cual no dejan ver indicios de interés en una candidatura específica.


Para leer más…
+“Violencia y elecciones en Colombia: año 2000”, Rodrigo Losada, en Colombia. Elecciones 2000, Fernando Giraldo, Rodrigo Losada y Patricia Muñoz (eds), Centro Editorial Javeriano, Bogotá, 2001, pp. 27-50.
+“Elecciones libres deshechas por los violentos”, Rodrigo Losada, en Libertad o seguridad: un dilema contemporáneo, Fundación para la Seguridad y Democracia, 2005.
+Atlas sobre las elecciones presidenciales de Colombia 1974- 2002, Rodrigo Losada, Editorial Pontificia Universidad Javeriana, 2005.
+“Las implicaciones electorales de la reinserción política de las autodefensas”, Rodrigo Losada, en Papel Político, vol. 11 n. 1, 2006, pp. 11-45.
 

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Publicidad y modernidad en la primera mitad del siglo XX

Publicidad y modernidad en la primera mitad del siglo XX

Este estudio, realizado por un grupo de investigadoras del departamento de Comunicación de la Facultad de Comunicación y Lenguaje de la Javeriana, consistió en la recolección y análisis de 700 anuncios publicitarios difundidos por los periódicos El Nuevo Tiempo y El Tiempo, y por las revistas Cromos y Semana, en el período comprendido entre 1900 y 1950.

Los resultados de la investigación muestran cómo estos relatos publicitarios contribuyeron a que una parte de la sociedad colombiana encontrara nuevas maneras de hacer y proceder que dieron lugar a una nueva dinámica, no solo en la relación social, sino en el mundo de la producción y el consumo.

En sí, la investigación evidencia cómo la publicidad tuvo mucho que ver con el paso de un orden tradicional, basado en el régimen de servidumbre, la producción para el autoconsumo, la superstición, la fe religiosa y la resignación frente al destino, a un orden moderno sustentado en la libertad, los derechos, la producción industrial y la confianza en el desarrollo científico y tecnológico.

Desde este punto de vista, el papel de la publicidad fue básicamente contribuir a la desarticulación del mundo imaginario de lo tradicional, en abierta contradicción con el consumo, y a la visualización de un mundo en el que las mercancías, nacionales y extranjeras se hicieran consumibles.

De ahí que aparte de promocionar la licuadora, la radio o la lavadora, la publicidad de la General Electric, por ejemplo, hablara de la electricidad que hacía posible el mundo de ensueño, gracias a la cual quedaban atrás los padecimientos, esfuerzos y dificultades de una vida doméstica a la que la mujer parecía irremediablemente atada en el tiempo de la tradición.

El nuevo tiempo al que aludía la publicidad proporcionaba a los individuos bienestar y felicidad, dos estados que se consiguen —desde el punto de vista del relato publicitario— a partir del consumo de bienes y servicios con los que todo se hace no solo más fácil y rápido, sino más abundante, más bello y más placentero.

Ciencia y tecnología en la cotidianidad

Los soportes donde todo este “mundo de ensueño del consumo” estaba sustentado eran, sin duda alguna, los desarrollos científicos y tecnológicos, a cuyo discurso la publicidad apelaba de manera recurrente, no solo para explicar las propiedades de las mercancías que promocionaba, sino también para investirlas de legitimidad ante los consumidores.

En adelante, por ejemplo, la publicidad de medicamentos que aludía a las fórmulas curativas de la abuela, daría paso a la publicidad que anunciaba medicamentos científicamente producidos, con fórmulas clínicamente comprobadas y socialmente aceptadas.

En esta dirección, la publicidad, como la escuela, empezó a desempeñar una función “iluminista” pues la promoción de mercancías invitaba a los consumidores a depositar una confianza en todo aquello que proviniera del desarrollo de la ciencia y de la tecnología.

Desde esta perspectiva, los profesionales de la publicidad justificaban su trabajo en gran medida por la necesidad de socializar un saber acerca de las mercancías, de cómo funcionaban, de qué estaban hechas y de qué beneficios podrían reportar a los consumidores en términos de bienestar y reconocimiento social y cultural.

Publicidad y vida social: entre el problema y la solución

En lo fundamental, la publicidad llama la atención sobre tres asuntos que evidencian cómo la vida social en Colombia se transformaba. Primero, la artificialidad de la vida moderna; segundo, la aceleración de su ritmo; y tercero, la posibilidad de movilizarse socialmente a través del estudio y del trabajo.
Con respecto al primero, la artificialidad de la vida moderna, la publicidad muestra cómo por la variedad y complejidad de objetos que poblaban la vida del individuo, este era sometido a una situación extraña para él, que lo desubicaba, lo cambiaba de lugar y lo retaba de manera permanente. Este nuevo contexto lo invitaba a ser distinto, a desear, a calcular, a comprar, a buscar la felicidad y el bienestar en el consumo de aquello que la misma publicidad le proponía, pero también, a trabajar más, y a ser más disciplinado y productivo.

En relación con el segundo, la aceleración del ritmo de la vida moderna, la publicidad evidencia cómo, al enfrentar al individuo con situaciones extrañas, los nuevos tiempos generaban angustias y ansiedades que trastornaban de manera inevitable el funcionamiento no solo de su parte emocional sino también de su parte corporal. Hecho que provocaba todo tipo de molestias, desde los nervios alterados hasta los más intensos dolores de cabeza o estomacales, aunque lo importante, según la publicidad, era la existencia de formas para eliminar estas molestias con el uso de los medicamentos que ella misma promocionaba.

Finalmente, la posibilidad de movilizarse socialmente mediante el estudio y el trabajo da muestras del modo en que la publicidad —especialmente de centros de educación formal y no formal— llamaba la atención sobre cómo la modernidad se había convertido en el tiempo de las oportunidades para conseguir un futuro y una vida plenos, al mejorar no solo los ingresos sino la condición social en la medida en que abría las puertas a eso que hoy conocemos como la sociedad de consumo.


Para leer más…
www.javeriana.edu.co/redicom/proyectos.htm
 

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La movilidad social en la capital: una Bogotá polarizada por los estratos

La movilidad social en la capital: una Bogotá polarizada por los estratos

Consuelo Uribe, Socorro Vásquez y Camila Pardo (socióloga, antropóloga y economista y politóloga, respectivamente) del grupo de investigación Política Social y Desarrollo de la Facultad de Ciencias Sociales de la Javeriana se propusieron indagar sobre los efectos que ha tenido la política de estratificación, en la forma como se mueven de una clase social a otra los habitantes de Bogotá.
A diferencia de los tradicionales estudios sobre pobreza que se enfocan en las cifras de encuestas de calidad de vida, ingresos y concentración de los mismos, la investigación “Efectos de la estratificación social sobre la movilidad social en Bogotá” combina el análisis estadístico con el resultado de entrevistas e historias de vida, para identificar representaciones sociales, imaginarios y percepciones de los capitalinos respecto a su estrato social.
Esa metodología les permitió confirmar fenómenos como: que la mayor parte de propietarios de vivienda está en los tres estratos superiores; que ha disminuido sensiblemente, según los entrevistados, la ocupación de ama de casa; que, para la fecha de realización del estudio, el estrato que más utilizaba Transmilenio era el 5, o que la mitad de los habitantes de la ciudad viene de afuera y la otra mitad es oriunda de la capital.
Finalizada la primera fase del estudio, iniciada en el año 2005, las autoras identificaron patrones de movilidad en ocupaciones, educación y espacio de acuerdo con la escala social, así como en rutas o proyectos de vida. Concluyeron que la inequidad entre los bogotanos —como ocurre también entre los colombianos— está influida por la posición que tenían los padres.
La posibilidad de cambiar la clase en la que se nació —definida desde un punto de vista ocupacional— no se ajusta a los principios de equidad y justicia, sino que está determinada por el nivel educativo y la actividad de la familia a la que se pertenece. De esa manera, por un lado, la inequidad pasa de padres a hijos, y por otro, es inusual que hijos de profesionales obtengan un grado académico inferior al de sus padres, o que los hijos de empleados domésticos alcancen posiciones directivas.

Mejor no subir de estrato

Una de las conclusiones centrales del estudio es que la estratificación ha contribuido a la segregación o separación espacial de la población. Esto ha llevado a que los pobres vivan con pobres y los ricos con ricos. Así se hace difícil que una persona de bajos ingresos viva en el mismo barrio que personas de altos ingresos. Mirando el mapa de Bogotá por estratos se hace evidente que estamos frente a una ciudad segregada, separada.

Paradójicamente, la investigación demuestra que los bogotanos prefieren permanecer en su mismo estrato, aún ante la eventualidad de ganarse una lotería. Las razones que aducen son los costos de los servicios públicos y la eventual pérdida de los subsidios. Indican que no sólo los costos de los servicios públicos se incrementarían si suben de estrato, también que el valor del metro cuadrado es directamente proporcional al estrato. En este sentido, la política de estratificación incide negativamente en la movilidad social.

En el último decenio los estratos que más han crecido en Bogotá son el 1 y el 6, así como la zona sin estratificar (barrios de invasión). Esta polarización del crecimiento de los estratos extremos puede llevar a desequilibrar el esquema de subsidios de las empresas de servicios públicos, pues la cantidad de residentes de estratos subsidiados se ha incrementado.

El esquema de la estratificación de la ciudad, desde el comienzo estuvo desequilibrado, ya que los tres primeros estratos acogen al 84% de la población de Bogotá y los dos estratos superiores, sólo al 6%. Sin embargo, el subsidio a las tarifas ha contribuido a que los bogotanos más pobres tengan acceso a agua potable, electricidad y servicios de alcantarillado y aseo, lo cual ha contribuido a mejorar su calidad de vida.

En el estrato 1 se concentra una mayor proporción de propietarios que en los estratos 2 y 3, donde se recurre más al alquiler. Hay menor proporción de residentes con vivienda propia ya pagada en los tres primeros estratos que en los tres superiores, un indicador del menor acceso al crédito de los más pobres. También se determinó que, mientras los más pobres prefieren vivir en casas, los más ricos optan por los apartamentos

Valga añadir que los desplazados por la violencia equivalen a un 5% de quienes migraron a la ciudad y se ubican en los tres primeros estratos; y en los estratos 5 y 6 están los que llegaron a vivir a Bogotá por motivos de estudio o de ocupación. Más de la mitad de la muestra analizada (el 52%) es raizal y el 48% es migrante, cifras que no asombran considerando el perfil de la metrópoli receptora.
Estilos de vida según el estrato

La caracterización por estratos ya forma parte del imaginario colectivo sobre la división social en Bogotá. De una categoría asignada a las residencias por el Departamento de Planeación Distrital, los estratos tienen hoy influencia en instituciones educativas, centros comerciales y hasta parques. A ellos se atribuyen también formas de hablar, de vestirse y de comportarse.

En términos de juicios y percepciones sobre la igualdad de oportunidades, el ideal democrático es expresado mayoritariamente por los de estratos superiores, pero no por los de estratos inferiores, quienes ven oportunidades muy distintas para ellos que para los de estratos superiores. En categorías morales como la honestidad y la solidaridad, los residentes de estratos inferiores se las atribuyen a ellos mismos y los defectos a los de estratos superiores. Por ejemplo, en un 85% los estratos inferiores consideran como aprovechados a los de estratos superiores.

De forma notoria las rutas de vida están definidas por la ocupación de los padres. Si un padre de familia es profesional hay una mayor probabilidad de que sus hijos lo sean: en el conjunto de la ciudad se observa que sólo el 10% de los padres eran profesionales, contra 15% de la generación actual. Pero visto por estratos, hay poco ascenso entre los residentes de estratos 1 al 3, avances en los estratos 4 y 5 y reproducción de las condiciones de alta profesionalización en el estrato 6. Los profesionales han ganado terreno en los tres estratos superiores, con particular importancia en el estrato 4.

El cambio más evidente entre los entrevistados y sus padres varones es que pasaron de agricultores o trabajadores del campo a actividades de servicio (ventas, empleados en restaurantes, etc.), trabajadores manuales y desempleados. La ocupación urbana que más ha disminuido a lo largo de los últimos 20 años es la de trabajadores manuales, quienes se han movido mayormente hacia actividades de servicio.

Aunque hay desempleados en todos los estratos, la incidencia de desempleo es mucho mayor en los dos primeros estratos. El 71% de los bogotanos ocupados no son empleados con contrato de trabajo y la mayor informalidad laboral se presenta en los tres primeros estratos.

La afiliación a una entidad aseguradora en salud ya no depende del estrato socioeconómico y de la formalidad laboral del trabajador. Esta es muy superior a la de pensiones y riesgos profesionales; sólo queda por fuera una proporción menor del 15% en los estratos inferiores.

El hallazgo más notorio en cuanto a movilidad ocupacional es que mientras solamente el 19% de las mujeres de la actual generación reconocen estar dedicadas al hogar, esta proporción era del 61% para sus madres. Esta cifra es significativamente menor que para el conjunto del país, cuando un 43% de mujeres colombianas se declaró ama de casa en 2003.

Movilidad espacial

Para finalizar, las investigadoras también exploraron los medios de transporte para movilizarse hacia el lugar de trabajo o hacia el colegio. Concluyeron que, para ir al trabajo, en los estratos 1, 2 y 3 están quienes tardan más tiempo en desplazarse.

Los más pobres se desplazan mayoritariamente en buseta o colectivo y los más ricos, en automóvil particular. Pero para ir al plantel educativo, son los niños de los estratos 4 y 5 los que se toman más tiempo, a menudo en bus escolar, mientras que los niños de los estratos inferiores se toman menos tiempo y lo hacen a pie.

Como hallazgo sorpresivo se puede señalar que en el estrato 5 se concentra la mayor utilización del sistema Transmilenio, mientras los estratos bajos prefieren el bus o el colectivo. En último lugar están la moto y la bicicleta, con sólo un 5% de los entrevistados, “a pesar de los esfuerzos de las administraciones distritales para construir ciclorrutas y fomentar su uso”, según las investigadoras.

El proceso de investigación

Este estudio de movilidad se realizó a partir de la observación de la llegada de migrantes a Bogotá, de los movimientos por mudanzas y los desplazamientos por la ciudad en relación con los lugares de residencia, trabajo y estudio. Así mismo, se observó la movilidad en relación con la ocupación de padres y de hijos.

Las fuentes de información del estudio fueron el Departamento Administrativo de Planeación Distrital (DAPD), las Comisiones de Regulación de los Servicios Públicos Domiciliarios de las mismas empresas, la Encuesta de Capacidad de Pago del CID y la Encuesta de Calidad de Vida del DANE.

Además de estas fuentes, en la primera fase (primer semestre de 2005) se aplicaron 231 cuestionarios a hombres y mujeres mayores de 18 años de una muestra equivalente a la distribución de las manzanas estratificadas en Bogotá. Se realizaron doce historias de vida (dos por cada estrato); y cuatro historias adicionales en los estratos 1, 3, 4 y 5.


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La Virgen del Carmen y la religiosidad: arraigo para los desarraigados

La Virgen del Carmen y la religiosidad: arraigo para los desarraigados

¿Cómo puede una comunidad seguir existiendo después de haber sido expulsada de su propio territorio en condiciones extremas de violencia? ¿Cómo puede seguir habiendo cohesión, sentido de pertenencia y solidaridad en un grupo de personas que ha sido sometido a condiciones extremas de violencia? ¿Cómo, en Colombia, miles de desplazados siguen levantándose en la mañana agradecidos por la vida, llenos de sueños y con fuerza para soportar el árido entorno de un nuevo territorio? Una comunidad de desplazados del Magdalena Medio encuentra la respuesta a estas preguntas vitales en la fe, en sus creencias religiosas, y centra su existencia en la realización de la fiesta de la Virgen del Carmen.

Podemos conocer este hallazgo gracias a la actividad de un grupo de investigadores de la Javeriana, entre los que se encuentra María del Pilar Bernal que, como joven investigadora, estudió este caso, y mediante extensos diálogos con personas de un grupo de desplazados del Magdalena Medio, evidenció que la experiencia de fe es un factor decisivo para las comunidades en situación de desplazamiento.

María del Pilar encontró en el tema de los desplazados un espacio importante desde el cual buscar alternativas a la grave situación de violencia que enfrenta el país. Su recorrido como investigadora le ha permitido profundizar en este tema en diferentes momentos: después de estudiar Ciencia Política en la Universidad Nacional, fue seleccionada como joven investigadora de la Javeriana en el año 2005. En este programa participó en el proyecto Imaginarios religiosos de personas en situación de desplazamiento forzado en el Magdalena Medio, liderado por el grupo de investigación Yfantais de la Facultad de Teología. Hoy espera la publicación de su reciente trabajo “Imaginarios de la tierra, memoria colectiva y modelos de desarrollo en comunidades migradas forzosamente” realizado con el apoyo del Consejo Latinoameriano de Ciencias Sociales, CLACSO, y sigue participando en el grupo de investigación Yfantais de la Javeriana.

En relación con sus indagaciones, su tutor, Carlos Angarita, afirma que, pese al desplazamiento, las comunidades les siguen dando mucha importancia a las festividades religiosas: “Antes del desplazamiento la vida de las comunidades giraba al rededor de la festividad de la Virgen del Carmen, después del desplazamiento sigue la preocupación de cómo mantener viva la celebración, uno encuentra una vida comunitaria y una cotidianidad que está en función de ese referente”. Comenta también que los desplazados intentan organizar la fiesta e incluso piden fondos de ayuda para su realización; sin embargo, muchas organizaciones, al no advertir la importancia de la fe en las comunidades, niegan este apoyo. Esto resalta la importancia de comprender, mediante la investigación, las realidades de personas o grupos en conflicto, pues de este conocimiento pueden generarse aportes, por ejemplo, en los temas de prioridad y distribución de los recursos de ayuda para las comunidades.

María del Pilar pudo aplicar técnicas de investigación, como el análisis crítico del discurso, las historias de vida y las entrevistas a profundidad. Esto le permitió definir una línea de investigación para la maestría en Sociología que adelanta actualmente en la Universidad Nacional.


Para leer más:

www.codhes.org: Consultoría para los Derechos Humanos y el Desplazamiento.


La arquitectura moderna en riesgo de desaparición

La arquitectura moderna en riesgo de desaparición

Barrios como Los Alcázares fueron un excelente vividero en Bogotá hace algunas décadas. Así lo atestigua Camilo Mendoza, profesor asociado de la Facultad de Arquitectura y Diseño de la Pontificia Universidad Javeriana, quien vivió su infancia en esas casas amplias, con antejardín y solar, diseñadas según los parámetros de la arquitectura moderna influenciada por Le Corbusier y otras vanguardias artísticas europeas que llegaron a Bogotá. Pero con el tiempo y las normas permisivas de Planeación Distrital, estas casas se fueron transformando en locales comerciales y talleres, y su perfil arquitectónico quedó deformado por las sucesivas intervenciones caprichosas.

En la investigación sobre la pérdida de la tradición moderna en la arquitectura de Bogotá y sus alrededores, Mendoza Laverde, con su grupo Patrimonio Construido Colombiano, evidencia dicha tendencia al arrasamiento del patrimonio arquitectónico representativo de esa tradición, con el agravante de no ser inmuebles antiguos —del periodo colonial o republicano— y tener aspecto de contemporáneos, la gente cree que puede intervenirlos alegremente. Lanza entonces una voz de alerta a la comunidad y a las autoridades nacionales y distritales para que frenen la acción depredadora y preserven este legado mediante políticas y proyectos de restauración.

El investigador y su grupo siguieron así los pasos del arquitecto Carlos Arbeláez Camacho, que en 1968 presentó su trabajo El vandalismo monumental en Colombia, para la defensa del patrimonio colonial. Ese fue el origen de los distintos institutos para la conservación y restauración del patrimonio cultural inmueble colombiano, entre ellos el Instituto Carlos Arbeláez Camacho de la Facultad de Arquitectura y Diseño de la Universidad Javeriana.

Mendoza Laverde está convencido de que no sólo están en juego los valores arquitectónicos, sino los valores sociales que llenan de sentido los lugares que habitamos, sobre todo cuando el paso del tiempo les va otorgando una memoria a los inmuebles. Y este ha sido el mensaje que durante casi treinta años les ha dado a sus estudiantes.

Para mostrar la dimensión de la pérdida de la arquitectura moderna, el investigador hizo una preselección de 200 obras, entre edificios, conjuntos residenciales y barrios. Finalmente escogió las más representativas que reflejan la simplicidad del espíritu moderno —caracterizado por formas racionales y geométricas, y materiales como acero, vidrio y cemento— y las clasificó en obras destruidas y en obras sobrevivientes. Para todas se buscaron fotografías antiguas, actuales y planos originales, aunque no siempre se tuvo acceso a ese material visual.

Justamente la documentación histórica de las obras supuso el mayor obstáculo para los investigadores, debido a la pobre conciencia de preservación de planos arquitectónicos. Y ni qué decir de lo que ha sido esta búsqueda en otros departamentos donde ni siquiera existen escuelas de arquitectura ni la más mínima preocupación por este acervo documental. La principal fuente fue sin duda la revista Proa, dirigida por Lorenzo Fonseca Martínez, de donde se reprodujo buena parte del material gráfico. Asimismo, el investigador rinde homenaje a los más renombrados arquitectos modernos en Bogotá desde la década de los treinta.

Inventarios para proteger

La mayoría de obras destruidas se encontraban en el centro de la ciudad y en sectores como Rosales, El Nogal, El Retiro, Antiguo Country, La Cabrera y El Chicó, donde amplias casas de original trazado terminaron reemplazadas por edificios como “fabricados en serie”.

Y entre las obras sobrevivientes significativas, algunas con graves alteraciones, se encuentran el Teatro Colombia —hoy Jorge Eliécer Gaitán— (1940), la clínica David Restrepo (1949), el edificio Colseguros (1943), el edificio Ecopetrol (1958), la biblioteca Luis Ángel Arango (1957), el viejo edificio de El Tiempo (1959), el edificio Paulo VI y el hospital de San Ignacio de la Javeriana y los barrios El Polo, Muzú, Timiza y Quiroga, entre otros inmuebles que figuran en el catálogo de Monumentos Nacionales de Colombia del Ministerio de Cultura, tales como la Biblioteca Nacional (1934), el Teatro Infantil del Parque Nacional (1936), las Facultades de Derecho e Ingeniería (1940) y la Imprenta de la Universidad Nacional (1945).

Algunas edificaciones, como el aeropuerto Eldorado, han sido sometidas a reformas infames. En los planos originales el edificio era amplio y transparente, luego se fue “tugurizando” con locales comerciales que le restaron luz y espacio a los usuarios, según cuenta el investigador. Falta ver en qué termina la remodelación anunciada.

Lo cierto es que inventarios como el que hace el profesor Mendoza Laverde ofrecen al ciudadano un soporte para ejercer la veeduría del patrimonio arquitectónico en Bogotá y en las ciudades que contempla la segunda etapa de la investigación, para la cual se invitará a participar a las universidades regionales con el fin de levantar el inventario. Y hay sorpresas gratas, como la plaza de mercado de Girardot, construida por Leopoldo Rother en 1946, que tras la mugre acumulada exhibe sus líneas puras y su estructura funcional adecuada al clima y al paisaje, aunque ya presenta signos de deterioro.


Para leer más…
+La pérdida de la tradición moderna en la arquitectura de Bogotá y sus alrededores – Camilo Mendoza, Editorial Pontificia Universidad Javeriana, 2004.
 

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