Se vale pensar en cambios laborales durante la pandemia

Se vale pensar en cambios laborales durante la pandemia

Las medidas instauradas por el Gobierno para mitigar los efectos humanitarios y económicos que ha generado la pandemia son insuficientes para solucionar la problemática laboral del país a largo plazo. Así lo asegura el psicólogo javeriano e investigador en el área del trabajo, Hernán Camilo Pulido, para quien además sus colegas y la academia juegan un papel esencial en la visibilización de las deficiencias del sector laboral y en la construcción de políticas públicas para generar cambios estructurales.

Reducir el salario a funcionarios y pensionados con mesadas de entre los 10 y 20 millones de pesos ha sido una de las decisiones implementadas por el Gobierno como fuente para apoyar a los trabajadores independientes y de clase media y baja que se han visto afectados por la COVID-19, medida que regirá desde el primero de mayo hasta el 31 de julio de 2020, según dispone el Decreto 568 de 2020. Pero, ¿qué pasará cuando estos tres meses se cumplan?, ¿cuál será la situación de los trabajadores informales cuando la crisis sanitaria mejore?, ¿cuáles serán sus condiciones laborales? Ni esta medida, ni las otras solucionarán la realidad laboral crítica del país que, como afirma Pulido, está en cuidados intensivos y necesita cambios radicales y de fondo.

Según estadísticas del DANE, la tasa de desempleo en Colombia aumentó de marzo del año pasado a marzo de este año en un 1,8%, dejando a 12,6% de la población en edad de emplearse sin trabajo, lo que es igual a un total de tres millones de personas que no reciben ingresos laborales frente a las más de 20 que sí lo hacen. Sin embargo, el panorama no es alentador al saber que casi la mitad de los empleados son informales (46,7%).

En 2009 esta era la situación laboral de los vendedores ambulantes, trabajadores independientes y de otros oficios, pero luego empezó a mimetizarse en muchos sectores. Para este psicólogo del trabajo, ellos no cuentan con la debida protección social y de salud, no tienen estabilidad económica y son mal remunerados.

Esta situación se complejiza aún más con el tema de la pandemia, afectando en esencia a la clase media y baja con empleos informales, pues el dinero de estos trabajadores y sus familias depende del día a día, situación que ha restringido su labor por las medidas implementadas para controlar la propagación del virus. Adicionalmente, estos hogares no cuentan con alternativas para reemplazar los ingresos que acostumbraban a producir.

Pesquisa Javeriana habló con el profesor Hernán Camilo Pulido sobre los múltiples cuestionamientos que aparecen alrededor de la incertidumbre que hay en el futuro laboral.

 

Pesquisa Javeriana: Después de la pandemia, ¿qué cambios pueden surgir en el ámbito laboral?

Hernán Camilo Pulido: Los estudiosos de las ciencias sociales han advertido, de múltiples formas, que las crisis sirven para que el sistema se calibre al reconocer dónde pueden presentarse problemas y oportunidades, de manera tal que se hagan correctivos para seguir su marcha. Entonces, cambios posiblemente habrá, pero no sabemos si vayan a ser para mejorar, pues dentro de las cosas que ha evidenciado la historia del trabajo es que en momentos como el actual, en el que aparece un evento catastrófico, no precisamente se mejoran las condiciones laborales. Por el contrario, tal como vemos en las propuestas que hoy circulan, se deterioran esas condiciones, por ejemplo, suspendiendo primas y reivindicaciones que los trabajadores habían alcanzado, flexibilizando los contratos laborales o simplemente despidiendo a los trabajadores. Las crisis pueden servir para que los que trabajamos quedemos en una condición más incierta. Se puede ver fácilmente que las soluciones a las crisis, y esta no parece ser la excepción, se conciben alrededor de seguir vulnerando la situación de los trabajadores y protegiendo a las empresas.

En este sentido, la incertidumbre no ha llevado a las personas que diseñan las políticas laborales a pensar en cómo hacer para fortalecer las condiciones de seguridad con condiciones de contratación más estables. Hay más bien una tendencia a pensar en contratos por menos tiempo, con pocas garantías y sin protección. Esto ya se vio en las reformas que tuvieron lugar en el año 2002, con la que se acabó precarizando el trabajo, partiendo del supuesto de que si se levantaban las protecciones sociales habría más empleo; sin embargo, hasta ahora eso no ha pasado, no ha habido una producción de empleo masivo. Entre tanto, se han desdibujado las protecciones sociales que procuraban estabilidad para el trabajador de épocas anteriores.

 

PJ: Desde su experiencia, ¿cuáles son las necesidades inmediatas que debería cubrir la política laboral colombiana?

HCP: La política pública debe pensar en la estabilidad laboral. Un reto mayor está relacionado con cómo hacer para que los ciudadanos en caso de que lo necesiten puedan acceder a una renta mínima que les permita sobrevivir dignamente. Es indispensable pensar en cómo salir de las condiciones en las que estamos, que son condiciones de mucha desigualdad; pensar en qué se puede hacer para que los empleos flexibilizados (informal, prestación de servicios, independiente, etc.) garanticen protección y a su vez cierta estabilidad. Si uno se da cuenta de lo que ha pasado a nivel de legislación, ha sido un constante deterioro a la situación del trabajador. Es necesario retomar cosas que fueron transformadas, tal vez no con las mismas ventajas de antes pero quizá con algunas.

Dentro de la informalidad hay situaciones muy complejas para las personas que trabajan, por ejemplo, una de las cosas que hemos visto en las investigaciones que hemos realizado desde la Facultad de Psicología, es que se ha generado una especie de rivalidad entre los trabajadores permanentes y los que tienen un contrato temporal flexibilizado, pues estos últimos se convierten en los trabajadores que tienen que mostrar su máxima eficiencia, ya que todo el tiempo están a la espera de que los contraten de forma estable y esto los lleva a una suerte de autoexplotación para mostrar que pueden ser más eficientes que los trabajadores permanentes y a la vez a un deterioro del clima laboral de la empresa.

La pandemia nos golpeó y lo que muestra es la situación en la que está el país desde hace mucho. Queda claro que es fundamental pensar en la estabilidad, en condiciones dignas e igualitarias, y aquí el papel de las universidades es muy importante para pensar todos estos problemas y generar posibles soluciones.

 

PJ: ¿Por qué hace énfasis en la relevancia que tiene la academia para pensar el trabajo?

HCP: Las universidades tiene un papel fundamental para discutir los problemas del trabajo y la estructura del sistema. La academia es además un espacio para hacer investigación y traducirla en políticas públicas, así quienes legislan podrán gobernar con herramientas que son reflejo de la realidad, de aquello que está ocurriendo en el terreno. Sin embargo, hace falta mucho camino por recorrer. En Colombia la formación académica sobre el trabajo, especialmente en una disciplina como la psicología, ha estado enfocada en la organización y la gestión y poco en la realidad laboral del país.

Por ejemplo, los profesionales en psicología organizacional y del trabajo se han dedicado a estudiar e intervenir principalmente en lo que compete a las organizaciones, procesos de selección, evaluación, liderazgo, clima y cultura organizacional, tratando de responder preguntas sobre cómo administrar el trabajo. Pero, están dejando de considerar preguntas acerca de los problemas fundamentales como ¿cuáles son los juegos políticos que configuran el mundo laboral?, ¿qué papel juega la psicología cuando solamente considera los afectos de los trabajadores y no busca cuestionar las condiciones laborales?, ¿por qué básicamente respondemos a los problemas de la gerencia?, ¿qué tenemos que decir de las condiciones informales en las que trabaja gran parte de la población?

Por otro lado, en estos momentos, donde hay ansiedad, angustia e incertidumbre, porque el trabajo está en riesgo y por lo tanto la economía también, las respuestas generales de algunos psicólogos giran en torno a: “maneje su estrés”, “haga yoga”, “proporcione primeros auxilios psicológicos”, “haga tele-psicología”, “utilice el tiempo productivamente”, etc. Sin embargo, estas técnicas si bien ayudan, tienden a localizar la problemática sobre el individuo, a responsabilizarlo de lo que pasa, a sabiendas de que el problema central está en la forma en cómo está estructurado el sistema.

 

PJ: Entonces, ¿cuál es el llamado para lo que deben hacer los psicólogos del trabajo en estos tiempos?

HCP: Vale la pena que como psicólogos no solo nos centremos en el individuo como tal, es necesario empezar a pensar en la estructura del trabajo del país. Más allá de responsabilizar al trabajador de que cuide su salud mental y maneje su estrés ante estas circunstancias en donde se siente a la deriva, vale la pena que, como profesionales en el mundo del trabajo, podamos contribuir a repensar el escenario laboral y la posibilidad de hacer cambios estructurales, a través del análisis del contexto. Creo que lecturas de este estilo pueden ayudar para que las soluciones que se piensen no estén concentradas solamente en precarizar y flexibilizar, en suspender reivindicaciones, reducir salarios y primas que, en términos generales, ponen en una situación cada vez más difícil a los trabajadores. Creo que es el momento de repensar la relación entre el Estado, las empresas y los trabajadores, no solo buscando fórmulas que se centren en cómo salvar a las empresas desmejorando la condición del trabajo. De esta relación la Universidad tiene mucho para decir y mucho para mediar en su papel de crítica de la sociedad.

Educación virtual, ¿el desafío es solo tecnológico?

Educación virtual, ¿el desafío es solo tecnológico?

La COVID-19 detuvo al mundo y lo obligó a reinventarse en materia de educación. Según cifras de la Organización de Naciones Unidas (ONU), alrededor de 1.370 millones de estudiantes vieron interrumpidas sus clases presenciales, por lo que se generaron nuevos escenarios de aprendizaje.

En Colombia, por ejemplo, se cancelaron los exámenes de Estado ICFES y se aplazaron las Pruebas Saber 11. La cuarentena fue extendida y las instituciones de educación públicas y privadas debieron migrar a las clases virtuales hasta finales de mayo.

Según un análisis hecho por el Laboratorio de Economía de la Educación (LEE) de la Pontificia Universidad Javeriana, el 96% de los municipios del país no tiene los recursos ni la cobertura para desarrollar cursos virtuales. Y es que a pesar de las acciones implementadas a través del Decreto 464 de 2020, que garantiza un paquete mínimo vital de comunicaciones otorgado por los operadores de la industria móvil de Colombia, hay lugares sin acceso a la red donde no aplicarían. Más de un millón de personas en zonas rurales no cuenta con servicio de internet, según el último estimado realizado por el Mineducación en el marco de su Plan Especial de Educación Rural en 2018.

María Clemencia Torres Castillo es la clara muestra de esa situación. Ella vive en la vereda Salitre, en Sutatausa (Cundinamarca). Tiene dos hijas que estudian en la Escuela Rural Salitre, las cuales desde el 16 de marzo no reciben clases presenciales. Además, el 30 del mismo mes salieron a vacaciones obligatorias. Durante la primera semana recibieron, vía chat, algunos talleres.

El panorama en las ciudades revela otras falencias. Muchas instituciones educativas, en especial las de carácter privado, han logrado implementar virtualmente los contenidos diseñados para aplicar en los salones de clase. Sin embargo, “la contingencia que nos tocó vivir con esta circunstancia del virus no es educación virtual, son los procesos educativos presenciales siendo intermediados por herramientas tecnológicas. Es decir, no hay procesos de educación virtual”, afirma Mónica Brijaldo Rodríguez, docente de la Facultad de Educación de la Pontificia Universidad Javeriana.

Una de las características principales de la educación virtual, agrega Brijaldo, es que “en la educación presencial uno puede ir construyendo el proceso a medida que pasa cada semana y de acuerdo con el proceso del grupo de estudiantes. En el tema de lo virtual hay que tener el curso diseñado de principio a fin, es decir, el curso debe estar completo al momento de publicarlo”.

Colombia tiene varios antecedentes en modelos de educación a distancia que podrían ser un punto de partida para crear opciones que se ajusten a nuestros contextos: con la fundación de la Radio Difusora Nacional en 1940 se ofrecieron espacios de formación rural como Radio Sutatenza, además de procesos como el bachillerato por radio y la televisión educativa (con la creación de Inravisión en 1963), los cuales se complementaban con cartillas entregadas a través correo certificado.

“Con la educación virtual se dio una tecnificación de las herramientas de la educación a distancia, incrementando el potencial de lo que pueden representar esas herramientas en términos de comunicación y producción de contenido, y a la vez incrementando las relaciones que se podían causar entre ellas”, analiza Mónica Bermúdez, doctora en educación y directora de pregrados en la Facultad de Educación de la misma universidad.

En Colombia, la migración obligatoria de la educación a los espacios por internet evidenció que el país no está preparado para asumir toda la carga académica de forma remota. De hecho, Brijaldo asegura que a “la educación virtual le hace falta investigación en todos los sentidos. No tenemos criterios frente al proceso de aprendizaje, tampoco criterios para la generación de nuevas experiencias en entornos diferentes a las aulas presenciales”.

Según esta investigadora, el desconocimiento o la subutilización de las herramientas, la escasez o exceso de labores escolares (multitarea) y la demasía en la autogestión son, entre otras, desventajas asociadas a la falta de procesos pedagógicos virtuales. Los imaginarios de informalidad y baja calidad académica rodean desde hace varios años los programas de educación vía web.

Por lo anterior, las instituciones educativas deben entender las circunstancias ocasionadas por la coyuntura de la pandemia como una oportunidad pedagógica para diagnosticar, desarrollar y fortalecer sus procesos. “Yo creo que la educación virtual garantiza la calidad de la formación. Hay metodologías virtuales que están bien integradas a modelos pedagógicos que tienen que ver con la manera en cómo se contextualiza la pedagogía, reconfigurando así las relaciones, los propósitos y los contenidos de los procesos educativos”, afirma la profesora Bermúdez.

Según cifras de la ONU, en Latinoamérica son más de 156 millones de estudiantes que vieron canceladas sus clases por la crisis sanitaria ocasionada por el coronavirus. En lo que respecta a la educación virtual en Colombia, está todo por hacer. Los retos en cobertura de servicios y tecnologías son enormes, pero ante todo “es un momento interesante para mirar cómo es asumido el rol de docente, para mirar la importancia de la autocrítica frente a las estrategias de aprendizaje y para la autorreflexión de cómo reconfigurar la práctica docente dentro de estos nuevos espacios de encuentro, diálogo, intercambio y construcción de conocimiento”, concluye Brijaldo.

¿Podrá el gobierno aplanar la curva del desempleo y la informalidad?

¿Podrá el gobierno aplanar la curva del desempleo y la informalidad?

La COVID-19 tiene en crisis al mercado laboral del país. Tres escenarios de contexto, las cifras oficiales, la informalidad y el accionar estatal en medio de la pandemia, permiten analizar para dónde va una de las preocupaciones más grandes de los colombianos: el empleo.

Las cifras actuales

El último informe sobre trabajo y desempleo del Departamento Administrativo Nacional de Estadística (DANE), que registra el período diciembre 2019 – febrero 2020, arroja que el desempleo en Colombia alcanzó el 12,2%. Esto representa 3 millones de desempleados, 101 mil más que el mismo lapso del año anterior. Existe aún diferencia entre la tasa de desempleo por género: el 9% de los hombres y el 16,5% de las mujeres no tienen trabajo.

Las ciudades con mayor tasa de desempleo son: Quibdó (20,6%), Ibagué (18,8%) y Cúcuta (18,1%). Barranquilla (8,9%) y Cartagena (9,1%) son las ciudades capitales con menor número de desempleados. Este último dato\ concuerda con que el sector turístico logró crear 190.000 puestos de trabajo. Por otro lado, en Bogotá la tasa es del 10,8%.

La informalidad en capitales es del 46,7%, lo que representa un aumento del 0,8% en comparación con el año anterior. Cúcuta (71,4%), Sincelejo (67,5%) y Riohacha (63,9%) son las ciudades con más trabajadores informales, mientras que Bogotá (41,7%), Medellín (40,8%) y Manizales (40,7%) son las urbes con las cifras más bajas.

Ibagué (29,8%), Neiva (28,5%) y Valledupar (27,8%) tienen las cifras más altas de desempleo de jóvenes entre 14 y 28 años. La tasa nacional es del 18,7%.

El informe del DANE revela que en el sector agropecuario se perdieron 252.000 puestos de trabajo y en el sector de comercio y reparación de vehículos 336.000.

 

Frente a estas cifras quedan algunos temas para el análisis. Para Samuel Vanegas, profesor del Departamento de Sociología de la Pontificia Universidad Javeriana, estos números pueden esconder detalles, uno de ellos la vinculación laboral. El 67% de las unidades productivas del país son de hasta 9 trabajadores. “La probabilidad de que en esta modalidad exista un contrato formal de trabajo es muy baja. Podemos pensar en micronegocios como un taller de mecánica o un taller de fabricación de muebles; allí hay arreglos entre dueño y empleado, en los cuales se gana en la medida en que exista demanda, si no hay demanda de los productos o servicios, no puede haber pago”, afirma.

Para este investigador, otro punto que pone en riesgo el empleo en el país es la capacidad de generación de riqueza. Para él, los circuitos en este aspecto no están necesariamente atados a los circuitos de generación del trabajo. Esto conlleva a que los trabajadores estén en gran desventaja frente a las grandes empresas locales o extranjeras para competir en el mercado. “A un microempresario de muebles, por ejemplo, la importación de aglomerados de madera desde China lo puede acabar. O en caso de que pueda participar del mercado, una gran superficie le ofrece exhibir sus productos, pero el pago es una factura a 90 días, que está sujeto a la demanda”, expresa. En su opinión, esto demuestra fallas en el mercado laboral con alta desregulación en las que el trabajador es el actor más vulnerable.

Caber recordar, y más en esta fecha, la que es tal vez la figura más representativa del movimiento obrero: los sindicatos. Estas asociaciones permanentes son las que defienden los intereses de los trabajadores ante empresarios y ante el Estado. “Frente a ellos, la tendencia es la pérdida de la capacidad para generar acciones colectivas”, dice Vanegas. Recalca además la falta de articulación entre estas organizaciones para las reivindicaciones que son colectivas.

El censo sindical de 2017 muestra que 1’378.626 trabajadores están afiliados a una agremiación de esta clase. Casi la tercera parte está en el sector de la educación y el sector agrícola. La Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) estima una densidad sindical en Colombia del 9,2%, cifra inferior a países como Estados Unidos, Alemania, México y Chile.

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El trabajo en medio de la pandemia

El 6 de marzo las autoridades colombianas confirmaron el primer caso de coronavirus en el país. Desde ese día se han tomado medidas al ritmo del avance del virus en busca de proteger a la población del virus y sin duda estas medidas han impactado la vida laboral y económica nacional.

Los datos presentados por el DANE demuestran una economía altamente informal que para Vanegas tiene muchas variables y matices. “Están los informales de calle que se reinventan cada día, sin que eso sea una virtud. Ya no venden sólo dulces y cigarrillos, también guantes, tapabocas, desinfectante. Pero hay otro tipo de trabajadores informales que son profesionales o técnicos y tienen contratos de dos o tres meses; o personas que, teniendo una formación superior, viven de pequeños proyectos. Éstos también son población vulnerable ante contextos como el actual”, afirma. Además, agrega que pueden tener una mayor connotación de vulnerabilidad porque su condición no les permite acceder a las ayudas que brinda el Estado pero tampoco tienen la posibilidad de mantenerse por mucho tiempo.

Luis Carlos Reyes, profesor de economía y director del Observatorio Fiscal de la Pontificia Universidad Javeriana, también analiza esta situación. Para él, el mayor impacto para los negocios fue la reducción de ingresos por no poder ofrecer sus productos y servicios o porque no hay clientes que compren. “Lo que estamos viendo es una situación perjudicial para toda la economía, pero sin duda especialmente perjudicial para los trabajadores vulnerables, por ejemplo de restaurantes o de la construcción, que tienen que hacer presencia”, puntualiza.

Para Reyes, el punto crucial para proteger la economía pasa por garantizar los salarios de los trabajadores. “Hay otras medidas que han tomado otros gobiernos y que consideramos que se deberían tomar y no se están haciendo. Es, principalmente, subsidiar el trabajo. Gobiernos de Europa y en Chile, por ejemplo, están subsidiando las nóminas de las empresas, precisamente para que no se tengan que ver obligados a despedir a los trabajadores. El gobierno tiene la información y se lo hemos dicho en varios escenarios, pero una medida como esta es costosa”, enfatiza.

Este investigador considera que la medida más importante debe ser endeudarse en este momento para evitar mayores daños en la economía en el futuro. El Producto Interno Bruto (PIB) de Colombia está alrededor de 1.300 billones de pesos y calcula que lo que se paga en nómina es una cifra cercana a los 340 billones de pesos. El gobierno sólo ha destinado unos 15 billones de pesos en un fondo que creó para atender esta emergencia. “El gobierno no ha querido endeudarse, como debería, para proteger el empleo. Nosotros pensamos que hay campo para hacerlo. La deuda nacional no es excesivamente alta para no tomar medidas de emergencia”, explica, además de afirmar que “ahorrar en este momento puede salir caro”.

Una de las medidas anunciadas desde la Casa de Nariño fue la de ofrecer créditos a las empresas para pagar los gastos de nóminas. Reyes expresa su desacuerdo con esta medida: “no tiene sentido para una empresa endeudarse para financiar una operación que no está produciendo ingresos. Esto será un fracaso en lo que tiene que ver con proteger la economía de las familias”.

Su proyección del desempleo no es alentadora. Una encuesta de Cifras y Conceptos revela que el 38% de encuestados reportaba que al menos un miembro de la familia había perdido el empleo a causa de la pandemia a la tercera semana de cuarentena. “Si asumimos conservadoramente que cada uno de estos hogares tuviera dos personas empleadas, estamos hablando de un aumento de 19 puntos porcentuales en desempleo sumados a las 13 que ya había. Un escenario conservador sería hablar de que vamos a tener un 30% de desempleo”, dice. Encuestas de otras firmas reportan cifras más altas de pérdida de empleo.

Sin embargo, también rescata algunas medidas del gobierno nacional. Reconoce la creación del ingreso solidario que añade nuevos beneficiaros aparte de los que ya había en programas como Familias en Acción, Jóvenes en Acción, Colombia Mayor, a los que además se les hicieron transferencias adicionales. “La recomendación sería que estos programas más la devolución del IVA, más el ingreso solidario, evolucionaran en un futuro a una renta básica universal, que es una buena manera de dar oportunidades a las personas más necesitadas y lleguen a un punto en el cuál no lo necesiten más”, destaca.

La lección para el economista es clara: la recuperación será más rápida si se toman medidas drásticas y oportunas como las que sugieren desde el Observatorio Fiscal de la Pontificia Universidad Javeriana. Además, resalta que desde la academia y en particular desde la Facultad Ciencias Económicas y Administrativas de la misma Universidad , hay una producción muy valiosa y oportuna frente a la pandemia desde diversos enfoques con sus Análisis de Economía y Negocios – AEN.

Como en muchos otros campos, esta pandemia supone un reto enorme para el gobierno frente al universo del trabajo en Colombia. No sólo el de intentar aplanar la curva de contagiados por el virus, sino el muy importante reto de aplanar la curva tanto del desempleo, como de la informalidad, que vienen creciendo en los últimos años.

Cultura Javeriana de respeto y promoción de la propiedad intelectual

Cultura Javeriana de respeto y promoción de la propiedad intelectual

El avance científico y tecnológico, junto con el acervo cultural de la humanidad, se ha ido construyendo paso a paso, desde el mismo origen del hombre, y a lo largo de los siglos, con la contribución de cada persona, autor, científico, artista o inventor, que con inspiración y esfuerzo logró hacer realidad su aporte intelectual, y contribuir así a la solución de problemas sociales, y a la cultura en general.

En esta historia, la propiedad intelectual surgió como un instrumento para reconocer moralmente esa capacidad creadora e inventiva de las personas, y al mismo tiempo, proteger su derecho de beneficiarse económicamente de sus obras. Desde ese entonces, dicho instrumento ha venido adquiriendo mayor importancia en las políticas de innovación y competitividad de los países, y justamente en este mes se celebró el Día Mundial de la Propiedad Intelectual (26 de abril), por ser considerada un incentivo de la innovación y la creatividad en la actual economía del conocimiento.

En este contexto, la Pontificia Universidad Javeriana (PUJ) también reconoce y valora el trabajo creativo, emprendedor e innovador del ser humano. A su vez, reconoce la importancia que tiene la propiedad intelectual y su gestión para el desarrollo social, económico y cultural del país. Por esta razón, en el año 2018 se actualizaron las Directrices de Propiedad Intelectual de la universidad, y desde la Dirección de Innovación, con acompañamiento de la Dirección Jurídica, se ha venido liderando una estrategia de divulgación de esas pautas, con distintas actividades de promoción y sensibilización.

Teniendo en cuenta que los miembros de la comunidad javeriana son personas que crean, innovan, y emprenden, durante mayo de 2020 se llevará a cabo un diagnóstico sobre conocimiento, percepción y apropiación de la propiedad intelectual en la universidad, a partir del cual se redefinirá la estrategia y se implementarán los canales más apropiados, que permitan llegar a cada persona con un mensaje de respeto y promoción del área en mención.

Por lo anterior, se invita a estudiantes, profesores y al personal administrativo de la universidad a participar de este diagnóstico y de las demás actividades que se divulgarán a lo largo del año, a través de las cuales se fomentará una cultura hacia la innovación y el emprendimiento, que con el uso y gestión de la propiedad intelectual genere valor a las creaciones que se desarrollan al interior de la universidad para impactar y transformar la sociedad.


 

* Abogado. Asesor en gestión de actividades de Ciencia, Tecnología e Innovación (CTeI). Asesor de propiedad intelectual y transferencia de tecnología en la Dirección de Innovación de la Pontificia Universidad Javeriana.

 

La fauna silvestre nos habla

La fauna silvestre nos habla

El mundo se paralizó debido a la pandemia generada por la COVID-19 y, aunque difícil para los humanos, esta ha sido la oportunidad para que la fauna silvestre y los ecosistemas se tomen un respiro.

¿Qué pasará cuando regresemos a las calles y retornemos a la cotidianidad?, ¿los animales que hoy se hacen más visibles tendrán que volver a esconderse? Estas fueron algunas de las preguntas que surgieron en el conversatorio web La fauna silvestre nos habla, organizado por la Facultad de Ciencias, en cabeza del biólogo Ph.D y profesor del Departamento de Biología, Germán Jiménez, quien asegura que hay esperanza de cambio.

“Estamos en cuenta regresiva. Muchos lo han dicho, nos quedan entre 50 y 60 años para que empiecen a ocurrir colapsos mucho más graves en los ecosistemas, por lo que tenemos que aprender a contrarrestarlos. Estas acciones no serán cuestión de periodos cortos de tiempo, llevarán décadas”, afirma Jiménez, quien complementa que las sorprendentes imágenes de animales que circulan saliendo a pasear con libertad, de ecosistemas acuáticos libres de contaminación y mejoramiento de la calidad del aire, serán un panorama que no volveremos a ver si no implementamos cambios que puedan ser duraderos y que vayan más allá de lo que la cuarentena nos ha dejado de lección.

 

Ejes de deliberación

La especie humana es una especie inteligente, capaz de sentarse a reflexionar sobre lo que está pasando y generar cambios, dice Jiménez, agregando que “esta situación que hoy aqueja a la humanidad hay que aprovecharla para enviar el mensaje y unirse alrededor del mundo para hacer un llamado a cuidar los ecosistemas, pues es el punto de partida para conservar nuestros propios modos de vida”. Por esa razón el conversatorio se centró en exponer tres temas al público para comprender la dimensión de lo que está pasando con el medio ambiente.

En primer lugar, la reflexión giró en torno a las amenazas que el ser humano ha venido generando en muchos de los ecosistemas donde habita la fauna silvestre y cómo, con lo que está sucediendo de la pandemia, hay un contraste evidente al ver a los animales que salen y deambulan por zonas perimetrales o incluso, en el interior de las ciudades.

Como segundo tema, también relacionado con la pandemia pero desde la perspectiva de las enfermedades, Jiménez expuso la relación histórica entre el ser humano y la fauna, basada, en gran parte, en la explotación. Este hecho, dice el investigador, ha permitido generar espacios y posibilidades para que los animales nos transmitan enfermedades, “no porque ellos lo quieran, sino porque al ser muy cercanos al ser humano existen posibilidades de que puedan transmitirnos los mismos parásitos, bacterias, virus y hongos que traen consigo. Entre más cerca estén filogenéticamente (relaciones evolutivas entre especies) de nosotros, más fácil será la transmisión. Pero, esa es solo una parte, la otra es que también tenemos el potencial de transmitir enfermedades a los animales”, comenta Jiménez, quien tiene una trayectoria de 20 años en investigación y promoción del manejo y conservación de la fauna silvestre.

El tercer punto, que encierra los anteriores, fue una reflexión sobre cómo debe ser nuestra convivencia con los animales cuando termine el confinamiento. “Nosotros hasta ahora veíamos a la fauna en una especie de cuarentena; ahora, que somos nosotros los que estamos en aislamiento, los animales salen a merodear. Hay que saber entender el mensaje y de ahí el título del conversatorio, porque la fauna silvestre nos está hablando, nos dicen que los animales son capaces de convivir con nosotros solo si les damos el espacio para hacerlo, y para ello necesitamos que los ecosistemas permanezcan en su mejor estado”, puntualiza.

Después de abordar estas temáticas y de las intervenciones de los asistentes, una de las conclusiones esenciales es que los seres humanos deben poder relacionarse con la fauna silvestre y los ecosistemas de forma apropiada. La pandemia y el momento coyuntural debe traer tanto cambios positivos para el futuro de la humanidad, asegura Jiménez; como también para la conservación de todas las otras especies y ecosistemas que hacen parte de la tierra. “Nosotros potencialmente tenemos dos opciones: o continuamos con el mismo ritmo que traemos, el cual ya sabemos que es perjudicial para la fauna silvestre y nuestros ecosistemas, o cambiamos nuestra forma de ver el mundo y de relacionarnos y les permitimos sus espacios”, finaliza el investigador.

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¿Cómo lograr una convivencia adecuada con la fauna silvestre?

Se debe dejar de sobreexplotar y contaminar el ambiente para mantener los modelos económicos, dice enfático; es necesario buscar formas de desarrollo mucho más sostenibles que permitan mantener los ecosistemas y la fauna y flora silvestre. Esto, no es más que un bumerang, dice Jiménez. “Basta con ver el cambio climático, las ciudades que están contaminadas tienen la mayor escasez de recursos y todo eso es evitable solo si empezamos con lo que yo llamo ‘la gestión hacia el manejo y la conservación adecuadas de la biodiversidad’, que implica ser mucho más respetuosos con los espacios naturales de fauna y flora, y que comprendamos que no están ahí para ser solamente sobreexplotados y contaminados”, afirma.

También comenta que es necesario cambiar de mentalidad: “No podemos seguir con el mismo ritmo de vida porque el mensaje es claro. De aquí en adelante se viene un trabajo enorme acerca de cuáles van a ser los caminos que vamos a seguir y cómo vamos a presionar los espacios políticos, sociales y económicos para tomar las mejores decisiones”. Además, complementa: “esto es un trabajo tanto de los gobernantes como de la sociedad; en la medida en que nosotros nos comportemos sanamente con la naturaleza podemos exigir a nuestros gobernantes que también lo hagan a través de la implementación de modelos de desarrollo realmente sostenibles”.

Migración y salud: el reto nacional en época de coronavirus

Migración y salud: el reto nacional en época de coronavirus

Desde que se conoció la existencia del coronavirus procedente de Wuhan, China, la Organización Mundial de la Salud dio a conocer una serie de recomendaciones para la población viajera alrededor del mundo, como por ejemplo la obligación de solicitar atención médica en caso de presentar síntomas respiratorios agudos antes, durante o después de su tránsito. Sin embargo, con el paulatino crecimiento del número de personas contagiadas de COVID-19, el gobierno colombiano tomó la decisión de cerrar sus pasos fronterizos desde el 17 de marzo de 2020 hasta el próximo 30 de mayo.

Cancillería y Migración Colombia adoptaron medidas como la repatriación de migrantes a sus países de origen y el contacto con ciudadanos colombianos en el exterior. Recientemente, cerca de 600 ciudadanos venezolanos retornaron a su país por el Puente Internacional Simón Bolívar mediante la implementación de un corredor humanitario, previo al paso para el país vecino la Secretaría de Salud de Cúcuta les hizo a los migrantes venezolanos un chequeo médico con el fin de que no arriesgaran su integridad al intentar cruzar por pasos no autorizados.

Pesquisa Javeriana conversó con Andrés Cubillos-Novella, doctor en Estudios Internacionales e Interculturales y máster europeo en Migraciones, Conflictos y Cohesión Social de la Universidad de Deusto (España), sobre la población migrante en Colombia, su condición ante la pandemia y el estado actual del sistema de salud para afrontar la actual crisis sanitaria, a propósito del foro ‘Acceso a los servicios de salud para la población migrante en Colombia: retos y perspectivas’, que se realizó este lunes 20 de abril.

Pesquisa Javeriana: ¿Cuál es la situación actual de los migrantes en Colombia con relación al sistema de salud? 

Andrés Cubillos: Hoy en día tenemos más de un millón 700 mil migrantes en Colombia, de los cuales cerca de un millón está en condición de irregularidad, lo que afecta su acceso a los servicios de salud. Por eso, es importante saber qué está pasando con esta población, específicamente en temas asociados con enfermedades no transmisibles, enfermedades transmisibles y su salud mental.

PJ: A propósito de la salud mental, ¿existen efectos psicológicos, producto del aislamiento preventivo en la población migrante venezolana?

AC: El confinamiento ha afectado la vulnerabilidad de las poblaciones ubicadas en zonas de frontera, ya que muchas se ven en situaciones de hacinamiento, desprotección e inclusive a futuro generando condiciones de precariedad, pánico, violencia y xenofobia -rechazo al extranjero-; además de la generación de aporofobia, que en palabras de Adela Cortina es el rechazo al pobre o al extranjero pobre. Sin ninguna duda el aislamiento preventivo está afectando la salud mental de los migrantes con ansiedad, angustia y depresión, debido a la precariedad en la que muchos de ellos viven.

 

Antes del cierre de la frontera existió una migración pendular que varía entre 34.000 y 40.000 personas pasando entre Colombia y Venezuela en un solo día.

 

PJ: ¿Qué medidas debería tomar el Gobierno para mitigar estos efectos?

AC: Fortalecer las redes familiares de los migrantes para apoyar su reunificación y mantener ese contacto a través de redes virtuales; es decir, apuntarle al ‘transnacionalismo’ que consiste en conservar la relación entre el extranjero y su población de origen.

En este momento, el Ministerio de Salud y Protección Social ha diseñado planes, lineamientos y estrategias. Ejemplo de ello es la creación del Plan de Respuesta Sectorial al Fenómeno Migratorio, el Conpes 3950, que establece estrategias de atención en salud, educación, primera infancia y adolescencia en relación con trabajo, vivienda y seguridad social para población migrante y la apertura de las líneas 123 y 192 para su atención.

PJ: ¿Cómo se podría acompañar a la población migrante en la actual crisis?

AC: Lo primero es entender que ser migrante no significa ser portador de la COVID-19. Segundo, tener en cuenta que nosotros también fuimos un país con población en el exterior, por lo cual la sensibilidad por los migrantes debería estar presente. Lo tercero es saber que muchos de los migrantes venezolanos han apoyado el desarrollo del país en la medida de sus posibilidades. Es necesario tener sensibilidad con quien sea en condición de vulnerabilidad, con los colombianos, con los no colombianos, con todo el mundo.

PJ: ¿Qué significa que un migrante esté en situación de regularidad e irregularidad? 

AC: La regularidad o irregularidad de una persona la define la posibilidad de estancia en un país, la cual puede ser acordada entre países. En el marco de la Unión Europea, las personas se pueden mover entre sus fronteras en condición de regularidad debido a acuerdos binacionales. Pero para el caso de los venezolanos en Colombia la situación es diferente, ya que la mayoría de los ciudadanos que pasan el punto de frontera no tienen pasaporte, el Permiso Especial de Permanencia (PEP) -creado para regularizar a esta población en el territorio nacional- o la Tarjeta de Movilidad Fronteriza (TMF), les permite a circular entre ambos países de manera regular. Hoy en día hay en Colombia más de un millón de migrantes venezolanos irregulares, lo que limita el acceso a servicios sociales.

PJ: En ese sentido, el acceso a los servicios de salud es muy limitado para quienes son migrantes en condición de irregularidad, ¿inclusive en medio de la actual crisis sanitaria?

AC: Si. Aunque la capacidad de respuesta del país es limitada cada vez más por la situación de contingencia social en la que nos encontramos, la priorización de la prestación del servicio de salud en urgencias para cualquier habitante del territorio es un compromiso, un acuerdo internacional que está consignado en Constitución y la Ley 100, indistintamente de dónde venga la persona.

 

La frontera internacional de mayor extensión que tiene Colombia es con Venezuela: son 2.219 kms con un territorio absolutamente permeable.

 

PJ: El creciente número de contagiados por COVID-19 en Latinoamérica ha generado un tipo de éxodo de los migrantes, usando a Colombia como un corredor para regresar a sus zonas de origen. ¿Cómo se debería entender esa situación?

AC: La razón por la cual los migrantes venezolanos que intentaron ingresar al territorio ecuatoriano hace algunos días no pudieron hacerlo es porque Venezuela no forma parte de la Comunidad Andina, lo que genera una barrera para acceder a este país. De esta forma, los acuerdos internacionales evitan la circulación de venezolanos hacia el resto de América Latina, lo que se convierte en una migración embudo acá en Colombia. Solo por dar otro ejemplo, en Chocó y Antioquia existe población migrante asentada en el territorio intentando llegar a países centroamericanos. Además, la actual situación de pandemia ha exacerbado el retorno de los migrantes venezolanos hacia su país, lo cual ha sido evidente en las noticias de los últimos días.

PJ: ¿Cómo está avanzando el Gobierno en materia de retorno de los migrantes a sus lugares de origen?

AC: En el caso de los migrantes venezolanos, se han hecho corredores humanitarios a través de acuerdos binacionales entre Colombia y Venezuela para que regresen a su país, pero también se está trabajando para que la población procedente de Haití, de Belice y de otros países retorne.

PJ: ¿Qué hace que una persona tome de la decisión de migrar?

AC: Esto obedece a que en muchos casos la gente migra hacia contextos mucho más ricos y prósperos y emigra de contextos donde la condición y la calidad de vida no es adecuada para poder continuar con su proyecto de vida.

En el caso de Colombia, las políticas, el conflicto armado y su situación económica hicieron que desde 1960 parte de sus habitantes migraran a países europeos como España y Alemania, y en la región EE. UU. y Venezuela (solo por dar unos ejemplos), buscando una mejor calidad de vida. Con los años, mucha de esta población retornó del exterior. Pero  desde el año 2014 el país empezó a recibir un volumen de migrantes procedentes de Venezuela que como sugiere el Conpes 3950 podrían no solo ser venezolanos, sino también población colombiana retornada.

PJ: Finalmente, ¿qué nos puede decir del foro ‘Acceso a los servicios de salud para la población migrante en Colombia: retos y perspectivas’, ¿que se realizó este 20 de abril?

AC: Lo que hicimos, junto con la Red de migración y Salud, con el apoyo de Lancet Migration e investigadores de universidades nacionales e internacionales, fue mirar el tema de acceso a los servicios de salud por parte de la población migrante en Colombia y otras latitudes, con el fin de establecer, en cierta medida, un análisis a partir de las estrategias que ha tomado el país para la inclusión de esta población en el contexto nacional. Fue una jornada muy provechosa y concurrida e invito a quienes no pudieron estar presentes para que la vean. Ingrese aquí para ver la transmisión.

A montar en bici después del “guayabo” de la COVID-19

A montar en bici después del “guayabo” de la COVID-19

En estos momentos de encierro e incertidumbre por causa de la COVID-19, son muchas las reflexiones que nos hacemos desde la ventana de nuestros hogares. Una de tantas es la del cuidado de la vida y de la salud física, mental y emocional. La propuesta, después de esta cuarentena, es a que tomemos conciencia de que estamos en una “casa común” y que cada acción que realicemos tiene un impacto positivo o negativo. Por esto, los invitamos a cuidar el medioambiente, tener una vida sana, realizar ejercicio físico y de esta forma motivarlos a usar la bicicleta como medio de transporte.

La bici representa un medio de desplazamiento eficiente, rápido y que colabora con el ambiente, es “moderno, cómodo, y eficaz. Además de no contaminar y de ser silenciosa, económica, discreta y accesible a todos los miembros de la familia”, según se explica en el documento de la Comunidad Europea ‘En bici, hacia una ciudad sin malos humos’. De igual forma sirve para mejorar la movilidad de las personas y representa un aporte para la sostenibilidad de las sociedades como de distanciamiento inteligente en estas épocas de coyuntura.

Su uso tiene grandes beneficios para la salud de las personas y es una forma de hacer actividad física de forma frecuente. Además, ayuda a prevenir enfermedades no transmisibles, diabetes, cáncer y obesidad, entre otras. Incluso, aporta a la salud de los sistemas respiratorios, cardiovascular y locomotor, en el metabolismo, la salud mental, los valores de ansiedad, la sensación de bienestar, la regulación del sueño, fortalece el sistema inmune y protege de infecciones virales. De acuerdo con lo expuesto por el investigador Diego Fernando Suero, el uso de la bicicleta tiene diferentes ventajas como la comodidad, la rapidez, ocupa menos espacio en las vías, representa un sistema alternativo de movilidad, no genera ruido y es liviana.

Para el caso concreto de Bogotá, se ha presentado un aumento en el uso de la bicicleta, lo que significa que sea líder en su utilización en Latinoamérica y cuente con una amplia red de ciclorrutas, aunque es necesario resaltar que su uso se presenta en mayor medida al caos vehicular que existe y no se cuenta con las condiciones necesarias para asegurar una movilidad adecuada.

En este sentido, se hace necesario mejorar la infraestructura vial, privilegiar su uso, garantizar la seguridad de los usuarios, contar con ciclorrutas iluminadas y crear estrategias para reducir los robos.
Dadas las ventajas expuestas más arriba, vale la pena invitarles a usar la bici de una forma adecuada. Lo anterior, con fundamento en investigaciones que realizamos sobre los ‘biciusuarios’ de dos universidades de Bogotá (Pontificia Universidad Javeriana y la Corporación Universitaria Minuto de Dios), en las que se tuvieron en cuenta variables como edad, género, estamento, tiempo de desplazamiento y uso de elementos de seguridad. Aquí algunas consideraciones:

– En Colombia hay una política pública sobre el uso de la bicicleta, expresada en la Ley 769 de 2002, la Resolución 9 de 2002 y la Resolución 3600 de 2004, relacionadas con el uso de casco, luces delanteras y traseras, y chalecos reflectivos.

– De los resultados obtenidos por estas investigaciones encontramos que la mayoría de los usuarios son de género masculino; el promedio de utilización de la bicicleta está entre los 30 a 47 minutos -que es tiempo recomendable de actividad física diaria- y, preocupantemente, una buena proporción no utiliza los elementos de seguridad.

– Por lo tanto, como instituciones de educación superior que buscan formar, generar conciencia, e incidir en buscar una apropiación del conocimiento que se deriva de la academia hacia el país, es fundamental, “trabajar en la recuperación de dos principios cotidianos que resultan fundamentales para convivir armónicamente en los sistemas de movilidad urbana y permitir un reconocimiento mutuo de los actores viales: el civismo y el respeto”, como se detalla en el documento del Banco Interamericano de Desarrollo ‘Cómo promover el buen uso de la bicicleta: Exposición del ciclista en ámbito urbano: Diagnóstico y recomendaciones’.

*Ingrid Fonseca: Profesional en ciencias de la educación, magíster en administración deportiva y en educación superior y aspirante a doctor en administración gerencial, Profesora de la Corporación Universitaria Minuto de Dios.

**Juan Carlos Cobo-Gomez: Profesional en Economía, con Maestría en Estadística y Econometría y Máster en Dirección Financiera, y aspirante a Doctor en Ciencias Sociales y Humanas. Profesor y asistente del Vicerrector de Investigación en la Pontificia Universidad Javeriana.

Cárceles en Colombia, una “olla a presión” en tiempos de COVID-19

Cárceles en Colombia, una “olla a presión” en tiempos de COVID-19

“Tengo miedo”, dice José con voz vehemente, un interno de la cárcel Modelo de Bogotá. “Estamos sobrepoblados, y a pesar de que yo estoy en un patio con algunas comodidades, hay otros en donde uno duerme encima del otro”. No es lo único. Según cuenta, la calidad de la comida que les dan es mala, y con el tema de la salud, “si yo me enfermo y no es una urgencia ‘pailas’, aquí no nos atienden. Cúrese usted solo, esa es la verdad de acá”. Agrega que tal vez con la crisis del virus la atención sea más rápida, “pero es difícil incluso poder ir a sanidad porque no hay suficiente personal para atender a toda la gente”.

Lo que él dice no varía mucho de lo que pueden relatar otras personas privadas de la libertad. Es más, la falta de garantías en las cárceles no es una novedad ni para sus familias, ni para algunos defensores de derechos humanos, ni para la Corte Constitucional. Y es que, según Liliana Sánchez, investigadora y directora del doctorado en Ciencias Jurídicas de la Pontificia Universidad Javeriana, en nuestra sociedad existe una concepción errónea de que la violación a los derechos humanos de la población carcelaria hace parte del castigo, de la condena por haber cometido un delito. Insiste en que “el único castigo que se les debe imponer es la privación de la libertad. No es necesario además privarlos de salud y de otras garantías fundamentales. Lo que estamos viviendo con la pandemia es la precariedad del sistema en muchos aspectos y los problemas de la política criminal”.

Leonardo Rodríguez, psicólogo clínico y forense, doctor en criminología y profesor de la misma universidad, explica que en términos de política criminal, a pesar de que el sistema penitenciario nacional cuenta con programas de justicia transicional y justicia restaurativa, “todavía nuestra concepción de justicia está basada en la venganza y poco tenemos en cuenta el panorama de la rehabilitación, la resocialización o reeducación de pena del victimario bajo los principios de justicia restaurativa”. Añade que esa es la razón fundamental de estos problemas de hacinamiento, de salud, de falta de programas altamente especializados para la reintegración, y eso, de una u otra forma, permite que “cuando las personas salen de la cárcel los niveles de reincidencia sean muy altos”.

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La pandemia

L* lleva nueve años en la cárcel y siete de ellos los ha pasado en La Picota, en Bogotá. Al principio, veía la COVID-19 como una enfermedad lejana, una noticia más que aparece en los medios. “Pero el miedo empezó cuando se presentaron las primeras muertes en Colombia y entre las personas internas empezamos a hablar del caos que se iba a formar cuando apareciera el primer caso del virus dentro de las cárceles”, cuenta.

Esta entrevista se hizo poco después del 21 de marzo, cuando hubo diferentes protestas y amotinamientos en varias cárceles del país. El desenlace más trágico fue en la cárcel Modelo en donde, según cifras oficiales, hubo 23 internos muertos y otros cientos heridos contando a los guardias. Aunque menos violentas, en La Picota también hubo manifestaciones. L, que no participó activamente en la revuelta, recuerda que las cosas se empezaron a “calentar” cuando el INPEC no entregó información sobre la enfermedad, no implementó medidas de bioseguridad, ni nada que pudiera darles algo de tranquilidad a los internos.

Días después de hablar con L, el 10 de abril, se supo lo inevitable: una persona de 63 años recluida en la cárcel de Villavicencio murió por COVID-19. Fue una noticia alarmante pero no sorpresiva. De hecho, desde finales de marzo varios expertos vienen asegurando que las cárceles no son más que un barril de pólvora que puede estallar con una mínima chispa, que puede ser, una persona infectada a la que no se le apliquen los cuidados necesarios. Y realmente es factible que eso suceda: según una investigación del Grupo de Prisiones de la Universidad de los Andes, las posibilidades de acceso a la salud de una persona interna son 30 veces menores comparadas con las que tiene una persona en libertad. A la fecha se registró otra muerte en la cárcel de Villavicencio, 16 nuevos casos en la misma ciudad y un contagio de un guardia en la Cárcel Distrital en Bogotá.

Frente a la emergencia del 21 de marzo, el Gobierno Nacional declaró la emergencia carcelaria, y el Ministerio de Justicia y el INPEC expidieron, el 14 de abril, el decreto 546 con el que buscan solucionar el problema más urgente que es el hacinamiento para mitigar el riesgo de contagio. medida consiste en dar prisión domiciliaria por seis meses, es decir, de forma transitoria, a personas mayores de 60 años, madres gestantes o con hijos menores de 3 años, personas con enfermedades graves, con discapacidad o movilidad reducida; personas que hayan cumplido el 40% de su pena privativa de la libertad en la cárcel, y aquellas que estén pagando penas por delitos menores. Esto excluye a internos recluidos por delitos sexuales, de lesa humanidad o contra el Estado. Según dijo la ministra Margarita Cabello en un video a la opinión pública, “la idea es que puedan salir personas que no sean un peligro para la sociedad”.

A eso se le suman otras medidas tomadas por el Gobierno como la restricción de visitas y el acuartelamiento de guardias, pero aun así sigue siendo difícil mitigar las consecuencias de una posible cadena de contagio porque, como explica la investigadora Liliana Sánchez, “el cálculo que tiene el Ministerio de Justicia para la aplicación de estas medidas es que más o menos van a salir en libertad entre 4 mil y 15 mil personas, siendo este el número más optimista. Pero, teniendo en cuenta que nuestro hacinamiento llega al 54,9%, al salir estas personas, igual vamos a seguir con más de 30 mil internos extra en los establecimientos penitenciarios frente a la capacidad que estos tienen”.

Ante esto, algunas personas privadas de la libertad se manifiestan. “La huelga de hambre continua”, dice uno de los internos de La Picota. “El decreto es absolutamente insuficiente. No ofrece un análisis serio de política criminal y antes que una solución efectiva, antes que una solución médica para evitar el contagio y para el hacinamiento, lo que hace el Gobierno es militarizar la cárcel y rodearla”, asegura el mismo interno quien agrega que en esta cárcel no se registran contagios porque precisamente no se ha hecho la primera prueba. Por esa razón, los internos solicitan reunirse cuanto antes con defensores de derechos, Procuraduría, Ministerio de justicia y Comité Internacional de la Cruz Roja para plantear sus necesidades.

Dentro de las solicitudes se encuentran medidas de prevención, protocolos de ingreso vehicular, de personas, insumos y transporte de alimentos; entrega de elementos de bioseguridad (jabón, tapabocas, guantes, etc.); no ingresar nuevos internos a los patios ni hacer cambios dentro de ellos; atención médica oportuna; entre otras que implican rebaja de penas y solución efectiva al hacinamiento.

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Pero ante la solución del Gobierno de conceder ciertas excarcelaciones, los expertos también han empezado a cuestionar la celeridad de estos procesos que serán adelantados por jueces, quienes además tendrán encima muchos factores que los presionarán ante la posibilidad de negar o conceder la libertad. También se preguntan qué va a pasar con la supervisión de las personas a las que se les dará prisión domiciliaria, porque lo cierto es que el INPEC no tiene suficientes funcionarios ni recursos para asumir adecuadamente esta función. Y un cuestionamiento adicional es que las penitenciarías han asegurado que no pueden recibir más internos porque esto aumentaría el riesgo de contagio, así que sigue siendo incierto el destino de las personas que delinquen por estos días.

Por el momento, el miedo dentro de las cárceles sigue latente. L, por ejemplo, asegura que se siente en peligro por cuatros razones fundamentales: “Primero, por las pocas garantías que ofrece el INPEC para la seguridad y salud de las personas privadas de la libertad. Segundo, porque no existe un plan de contingencia frente a la posibilidad de contagio. Tercero, porque el Ministerio de Salud no ha enviado los artículos de protección como jabón, guantes, tapabocas o alcohol, ni ha realizado las campañas de sensibilización con respecto al tema. Y cuarto, porque al no haber ninguna solución al hacinamiento, ni a la crisis carcelaria en general, esto puede terminar en más amotinamientos”.

La salud mental está en riesgo

La incertidumbre por la pandemia avanza en el mundo. Las personas privadas de la libertad no son ajenas a ese sentimiento y es en este tipo de situaciones cuando la mente suele empezar a hacer de las suyas. Andrea Catalina Lobo, psicóloga jurídica, abogada y profesora de la Javeriana, explica: “los factores carcelarios recaen en distorsiones perceptivas, afectivas, emocionales, cognitivas y conductuales, generalmente causadas por estar sometidos a condiciones de permanente tensión”. Según esta investigadora, las personas privadas de la libertad pueden desarrollar síntomas relacionados con la ansiedad, la depresión o trastornos de estrés, así como baja autoestima, problemas de adaptación, entre otros. “Esto se asocia a que las reclusiones en Colombia se dan en contextos hostiles. La salvaguarda de la integridad y la propia vida es una preocupación constante para quien se encuentra allí, y eso implica estar sometido a factores de estrés. La separación de la familia, la incertidumbre por el bienestar y la salud de los familiares suelen ser otros factores estresores de gran importancia”, agrega Lobo.

Si a esos factores les sumamos el miedo por un posible contagio propio o de algún ser querido y la restricción de las visitas, es normal que el malestar psicológico de los internos aumente. De acuerdo con Lobo, “es la misma afectación en la salud mental que puede tener cualquier ciudadano incluso en libertad, y que igual está expuesto a las noticias fatalistas, las noticias falsas o la desinformación que incrementan el pánico”. Además, hay que tener en cuenta que la gran mayoría de personas privadas de la libertad no han tenido un adecuado acompañamiento psicológico y psiquiátrico bien sea porque no lo han pedido debido el mismo desconocimiento que existe alrededor de la salud mental, o porque simplemente el INPEC no se los concede.

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¿Qué se puede hacer?

Aunque esta situación parece ser un callejón sin salida, los investigadores javerianos coinciden en que sí hay soluciones, pero el sistema tiene que hacer cambios radicales en su política criminal y no solo por la coyuntura de la pandemia. Si no es así, solo serían pañitos de agua tibia que no van a resolver el problema de raíz del sistema penitenciario. La profesora Lobo insiste en que las mejoras deben hacerse con vocación de permanencia, como por ejemplo “dejar de pensar en la justicia punitiva y reconocer a la justicia restaurativa como una verdadera opción para reparar a la comunidad o a las víctimas por el daño que se cometió con el delito”.

Las soluciones que han resultado útiles en otros países le apuestan a una política criminal enfocada en la prevención de los delitos, en el fortalecimiento de comunidades vulnerables, y en el establecimiento de alternativas a la prisión, para sancionar a los infractores que cometan delitos no violentos y que no representen riesgos serios para la seguridad ciudadana, en eso está de acuerdo la profesora Sánchez.

Ahora, en términos estructurales, los investigadores le apuntan a que el reto está en que se necesitan programas que realmente sean rehabilitadores, y recomiendan el trabajo interdisciplinar para atender tanto la crisis actual como en general. Según el profesor Rodríguez, “se necesitan profesionales altamente especializados: médicos, enfermeros, epidemiólogos, psiquiatras, psicólogos, trabajadores sociales que apoyen a esta población altamente vulnerable que está en las cárceles. Incluso creo que debe haber grupos especializados en atención a crisis y primeros auxilios psicológicos”.

Lobo advierte que el personal del INPEC también es altamente propenso a sufrir los efectos negativos de la cárcel tanto en su salud física como mental. Por eso, dice que las medidas que se tomen con los internos deben ser también para la guardia: “dar información sobre el virus, sobre los protocolos de salubridad específicos y rigurosos, que se explique la naturaleza de cada medida y los efectos concretos de su incumplimiento, y en general acompañamiento psicosocial y psicoeducativo”.

* Nombre ficticio por solicitud de la fuente

“Es tiempo de ir adentro”, dice la teóloga Rosana Navarro

“Es tiempo de ir adentro”, dice la teóloga Rosana Navarro

La batalla que lidia hoy la humanidad con el virus que desde Wuhan en China se ha ido expandiendo por todo el planeta, es similar, en su justa proporción, a la que experimentó Etty Hillesum durante la Segunda Guerra Mundial (1939-1945). Una mujer holandesa de padres judíos, quien después de haberse destacado por su viveza intelectual, decidió estudiar Derecho y lenguas eslavas en Amsterdam y a sus 29 años fue deportada al campo de concentración de Westerbork en 1943, donde fue ejecutada. Su historia se conoce por el diario personal que dejó antes de su muerte, el cual da cuenta del gusto por la lectura, el cultivo intelectual y su profunda y estrecha relación con Dios.

Hoy, cuando la vulnerabilidad se ha hecho más evidente que nunca, la experiencia de la fragilidad que suele evadirse, incluso considerarse una vergüenza, nos ha salido al encuentro como una amenaza de aniquilación, de muerte, de pérdida, podemos identificarnos con Etty. Así lo asegura la PhD. en teología Rosana Navarro.

La investigadora javeriana estudió la experiencia de esta judía con el propósito de identificar los rasgos de ‘lo humano’ y su relación con la espiritualidad. “Me he valido del testimonio de Etty, de su diario y sus palabras, que contienen una fuerza extraordinaria para iluminar a hombres y mujeres que se pueden ver reflejados en su experiencia”, dice Navarro.

Peste, pandemia y crisis

De las primeras pestes que históricamente recuerda la humanidad, la del año 430 antes de Cristo en Atenas, acabó con cerca de un tercio de la población, y con esta llegaron las crisis que se repitieron siglo tras siglo. De las más terribles y recordadas en la historia humana está la llamada Peste Negra, que en solo siete años causó casi 50 millones de muertes entre el continente europeo y el africano.

Caracterizadas en muchas ocasiones por fiebres intensas, insuficiencias respiratorias, dolores musculares, fuertes edemas pulmonares, reacciones unas veces positivas a los tratamientos y otras veces con recaídas que ocasionaban la muerte, no son las únicas de nuestra historia. Están otras que, aunque de otro tipo, se cuelan dentro de los virus que mucho daño le han hecho a la humanidad.

Colombia y su peste de guerra es un buen ejemplo, con más de ocho mil víctimas directas abatidas en su conflicto armado, sin contar todos los que indirectamente han padecido la suerte de esta pandemia; o el nazismo, que en la Segunda Guerra Mundial cobijó al 75 % de la población mundial del momento y solo en los campos de combate dejó diez millones de personas muertas.

Ester (Etty) Hillesum fue testigo y víctima de esta última, una experiencia que relató con los ojos puestos, por un lado, desde una realidad amenazante e inevitable, y por el otro, desde la hermosura que empezaba a surgir de lo más profundo de su ser, fuente de donde brota su experiencia espiritual.

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Para el momento que vive hoy la humanidad, su historia ofrece una reflexión en medio de la angustia que ha generado la COVID-19, el que parece ser el “nazismo” de nuestros días. Ante las crisis siempre surgen muchas preguntas acerca de las posibles soluciones, las medidas necesarias, las consecuencias económicas, el papel de lo político, pero rara vez se hacen visibles las preguntas que tocan al ser humano en la profundidad de su existencia, sus inquietudes de sentido. En últimas, la espiritualidad detrás de la crisis.

Ante la búsqueda espiritual humana y, como dice Navarro, la aparente ausencia de respuestas que caracteriza nuestra época, la investigadora presenta la experiencia de Etty como una propuesta a una forma contemporánea de vivir, en la que asumiendo la situación de su contexto y con todas las contradicciones que esto implica, es capaz de descubrir en ella el lugar del encuentro con los otros y del encuentro con Dios, sin tener como referencia ninguna religión o institución específica, teniendo en cuenta que la concepción de Dios ha estado muy ligada a la religión.

Navarro aclara: “esto está muy ligado a las vivencias de cada ser humano. La experiencia de Dios supera sobremanera la capacidad humana de hablar de Él, y quien lo ‘experiencia’ busca poner en palabras ‘algo’ de lo vivido, aunque siempre se quedará corto. La experiencia de la divinidad en medio de lo humano no pertenece a ninguna confesión religiosa; la religión es solo una forma de vivir la experiencia de Dios, desde ciertos ritos y formas litúrgicas”.

La joven holandesa, en medio de su crisis y en su búsqueda de Dios, explica lo que él es y la forma en cómo se presenta en ella: “Dentro de mí hay un pozo muy profundo. Y ahí dentro está Dios. A veces me es accesible. Pero a menudo hay piedras y escombros taponando ese pozo y entonces Dios está enterrado. Hay que desenterrarlo de nuevo”.

Navarro considera que “estos pensamientos revelan una intuición humana fundamental que nos dice que lo más profundo de sí mismo es divino y es parte de nuestra condición humana; anhelamos la divinidad, no nos conformamos, y resulta que ese anhelo lo hemos confundido con la ambición, el egoísmo, el poder, u otras posesiones que hacen que el ser humano se sienta seguro y con la vida entera, aparentemente, bajo control, pero cuando eso se diluye, la vulnerabilidad humana se hace evidente”.

Esta coincide con lo que dijo el Papa Francisco hace algunos días al periodista español Jordi Évole, refiriéndose a la pandemia que está enfrentando el mundo: “siempre existe esa presunción de que a mí no me va a tocar, yo soy un preferido de la sociedad, de los dioses, de la cultura”.

La profesora Navarro amplía el concepto: “nos cuesta aceptar nuestra vulnerabilidad porque vivir implica una serie de puntos de quiebre, rupturas y cambios que duelen en el cuerpo y angustian en el alma. La vulnerabilidad es fragilidad, una fisura en la existencia que puede doler o avergonzar y mostrarse vulnerable también consiste en exponerse a los otros, y ahí el ser humano puede ser aprobado o desaprobado por otros y la desaprobación puede quebrantarlo”.

La crisis como una oportunidad para abrirse a la espiritualidad

En este paréntesis cuaresmal, no exactamente el que inició el miércoles de ceniza para los fieles de la Iglesia Católica Romana y otras instituciones, sino, en esta cuarentena de carácter obligatorio, ocasionada por el COVID-19, “está la oportunidad privilegiada para mostrarnos y aceptarnos como somos: vulnerables”, dice Navarro.

Al comienzo de su diario, Etty se refiere a su situación existencial como una constipación o ‘estreñimiento espiritual’, en palabras de Navarro, “ella se refiere a eso que no dejamos salir, que no nos deja mostrar lo mejor de nosotros y entonces, sacamos lo peor, porque no hemos cultivado esa belleza interior y nos volvemos inhumanos”. Esta ausencia de humanidad en medio de la pandemia por el coronavirus, Navarro la ubica en los gestos de aquellas personas que desmedidamente solo miran su interés y se enceguecen frente a la vulnerabilidad de los otros para privilegiar su bienestar y seguridad. Actitudes opuestas a las de Etty, que en medio del campo de Westerbork, como dice Navarro, “fue testimonio de una vida entregada, de una entrega desinteresada, de un amor sin límites, hasta querer partir su cuerpo como el pan y darlo en alimento a los hambrientos.

El itinerario de Etty muestra cómo ella fue descubriendo la riqueza que poseía en su interior a través de hábitos sencillos como la gimnasia, la meditación, la oración y la lectura. En este tiempo de confinamiento, “tenemos la posibilidad de dedicar un espacio a nuestra vida interior, y desde dentro de nosotros dejar brotar la fuente y fuerza necesaria para afrontar la vida”, dice Navarro. Estamos viviendo días en los cuales la memoria hace recordar el valor del abrazo, de la sonrisa, de los detalles que día a día solíamos tener y que pasaban desapercibidos. “Hoy añoramos los abrazos que no dimos, las palabras que no dijimos, la mano que no tendimos, la sonrisa que negamos y la compañía que ignoramos. Y todo esto lo estamos viviendo en la soledad y en el silencio de esta cuarentena” comenta Navarro y hace esta invitación para explorar en lo más profundo del ser.

El llamado final de la profesora Navarro es a aprovechar este tiempo para que, como Etty, veamos la necesidad de crear espacios para el cultivo de la interioridad, a través de hábitos sencillos que permitan descubrir que somos seres espirituales viviendo una experiencia humana. “Solo así podremos comenzar a humanizar y a resignificar la existencia, permitiendo que surja lo mejor de nosotros: solidaridad, fraternidad, alteridad, amor. Sí, estamos confinados, pero más unidos que nunca, ‘todos vamos en el mismo barco’, en un barco en el que tenemos algo que hacer y decir: médicos, científicos, psicólogos, humanistas, artesanos, mensajeros, tenderos, campesinos, estudiantes, maestros, padres y madres de familia, todos, sin excepción”, asegura Navarro y finaliza, “el absurdo, la posibilidad de la enfermedad y de la muerte, no desaparecen, pero pueden asumirse y adquirir nuevo sentido. Por eso hay que seguir navegando, pero en estado de alerta, es decir, con los ojos abiertos, las manos tendidas, el oído atento, el corazón dispuesto. Es tiempo de ir adentro”.

 

¡ADENTRO! *

Busca tu ámbito interior el de tu alma.
En vez de decir, pues, ¡adelante! o ¡arriba!, di ¡adentro!
Reconcéntrate para irradiar; déjate llenar para que reboses.
Luego, conservando el manantial,
recógete en ti mismo para mejor darte a los demás.
Avanza en las honduras de tu espíritu
y descubrirás cada día nuevos horizontes,
tierras vírgenes, ríos de inmaculada pureza,
cielos antes nunca vistos, nuevas constelaciones.
Tienes que hacerte universo, buscándolo dentro de ti.
¡Adentro!


* Unamuno citado por Navarro. https://www.creciendoconetty.org/

¿Cómo se repiensa la Iglesia Católica con la llegada de la Covid-19?

¿Cómo se repiensa la Iglesia Católica con la llegada de la Covid-19?

Pesquisa Javeriana: ¿Cómo vive la iglesia todo lo que ha causado la pandemia del Covid-19?

José Luis Meza: En términos generales, la iglesia ha tenido que repensarse en casi todas sus vertientes. En los ritos, por ejemplo. Recordemos esa imagen impactante de la bendición Urbi et Orbi del Papa Francisco con la Plaza de San Pedro vacía. Eso fue algo nunca visto. Sin embargo, muchas personas -los medios hablaron de 1.500 millones de personas- estuvieron conectadas a través de la televisión y las redes sociales. Entonces, la pandemia ha afectado la vida de la Iglesia pero ésta ha sabido aprovechar los medios de comunicación para hacer su labor.

Pensemos en la misa dominical. Al inicio de la pandemia, en nuestro país se promovieron unas medidas. Éstas llevaron a que en el templo no se pudiera dar la paz de mano, ni beso, sino una venia; había que recibir la comunión en la palma de la mano y guardar un metro de distancia entre las personas. Todo esto era un poco extraño pero había que hacerlo.

En esta Semana Santa nos conectaremos de forma virtual o participaremos de las celebraciones en televisión y, por tanto, tendremos que resignificar los gestos que ocurren en sus ritos. No habrá contacto físico, pero estaremos conectados de otra forma. También tendremos la oportunidad de compartir momentos espirituales con las personas con las que vivimos. Recordemos que la familia es la iglesia doméstica. Yo creo que la pandemia ha afectado la Iglesia, pero también nos ha llevado a repensarnos, a imaginar nuevas formas, nuevas ritualidades, nuevos gestos.

PJ: ¿Qué reflexiones teológicas surgen a partir de esta situación?

JLM: La teología ha jugado parte en las actuales circunstancias. La teología ha dicho una palabra pero valdría la pena preguntarse ¿Qué tipo de palabra? He leído algunas reflexiones teológicas que se han quedado en una visión apocalíptica. Algunas sacan a relucir textos del Antiguo o del Nuevo Testamento para afirmar que esto es una señal de Dios, que es un castigo divino, que los días de la humanidad están contados, etc. Lamento este tipo de reflexiones. En cambio, aplaudo aquellas que nos invitan a pensar en una creación que está interrelacionada. Somos seres que estamos conectados con todos y con todo, con nuestra familia, con los que hacen parte de mi círculo vital, con la gente de mi país y con el planeta mismo. Lo que yo haga o deje de hacer va a afectar a todos, a la naturaleza. Esto explicaría por qué el Covid-19 se ha expandido por todo el mundo.

Otras reflexiones que me han gustado son aquellas que despiertan en el ser humano la pregunta: ¿Qué puedo hacer yo frente a lo que está pasando? Hemos visto gestos de una generosidad enorme, de los trabajadores de la salud, de los ciudadanos de a pie y de algunos empresarios. Eso demuestra cómo esta situación puede revelar nuestra grandeza. Eso no significa que no haya otros tratando de salvar su propio pellejo y estén pensando en su propio bienestar.

PJ: ¿Sería correcto comparar esta pandemia con las plagas u otros hechos que menciona la Biblia?

JLM: Algo que ocurre en el ser humano frente a situaciones es pensar en el fin del mundo y ver si alguien lo predijo. Por ejemplo, está agotado el libro de la psíquica Silvia Browne sobre el fin de los días. También algunos han recordado las profecías de Nostradamus. Otros han sacado versículos descontextualizados de la biblia como Lucas 21:11 o Mateo 24: 36 o cualquier otro,  para justificar lo que está pasando. Nos encanta predecir el fin del mundo y decir “yo tenía la razón y no me pusieron cuidado”. Este tipo de pensamientos generan zozobra, miedo, pánico. Estos pensamientos apocalípticos nos llevan a una cierta pasividad porque sentimos que ya no hay nada que hacer. También exacerba la xenofobia, el rechazo, la exclusión y la sospecha hacia los otros.

PJ: ¿Cuál sería la visión más acertada?

JLM: No debemos entender el virus como un castigo divino, como algunos andan diciendo. Se trata de una oportunidad para pensar cómo estamos viviendo nuestra vida, cómo estamos tratando a los otros y al planeta.

Muchas reflexiones acertadas son posibles: en torno al daño del planeta, la manera como lo hemos convertido en un depósito de basura, como dice el Papa. Otra reflexión que está por hacer es si la economía de mercado en la cual estamos enfrascados ha sido un fracaso. Otra idea que me parece importante: lo que realmente necesitamos para vivir. Estos días hemos vivido sin usar el carro. También hemos tenido tiempo para hablar con nuestra familia, para saludar a familiares y amigos con los cuales hacía tiempo no nos hablábamos, para cuidar a nuestros padres y mayores. Espero que no nos suceda que cuando termine la pandemia volvamos a ser los mismos de antes. Que volvamos a no preocuparnos por nada ni por nadie. Si esto ocurriera, no aprendimos la lección.

PJ: ¿Cómo puede afectar el no poder asistir a los rituales de Semana Santa?

JLM: La pandemia va a afectar los rituales a los cuales estamos acostumbrados. Como lo religioso está conectado con otros ámbitos, otros sectores también se van a ver afectados. Para nadie es desconocido que la Semana Santa mueve muchos renglones de la economía, por ejemplo, Popayán. Allá habrá una afectación muy grande.  Sin embargo, esta semana será una oportunidad para no quedarse en las formas. No tendremos la posibilidad de juntarnos masivamente, pero sí tendremos la posibilidad de recordar el verdadero significado de cada celebración. Frente a los mismos textos de la palabra, las liturgias, las reflexiones, tendremos momentos íntimos para saborear de otra manera lo que significa creer en la vida, pasión, muerte y resurrección de Jesús.

PJ: ¿Qué mensaje enviar a las personas que extrañarán los rituales?

JLM: José María Castillo, teólogo jesuita español, tiene una reflexión a partir de la pregunta: ¿qué es más importante, la religión o el evangelio? Podría reformularla de otra manera: ¿qué es más importante, celebrar las exterioridades religiosas o vivir internamente el mensaje del evangelio? La respuesta es lo segundo. Las expresiones religiosas son formas para celebrar la fe que vivo. Por eso, lo más importante es la fe que profeso con mi vida. Yo puedo ir a misa todos los domingos, escuchar la palabra y comulgar sin que nada en mí se transforme. Sigo siendo el mismo trásfuga que maltrata a su pareja, que violenta a sus hijos, que roba la empresa en la que trabaja y que le echa el carro encima a los peatones. Entonces, no pasa nada en mí pero me siento bien porque voy a misa. Esa religiosidad realmente está lejos del evangelio. Lo importante es vivirlo, sentir la buena nueva que nos invita a amar, a servir, a perdonar, a solidarizarme con los otros.

Esta semana santa va a ser diferente pero no debería serlo solo por lo nuevo en el culto o en las celebraciones. Podrían ser celebraciones presididas por el arzobispo. pero si no acontece nada en nosotros no sirve de mucho.

PJ: Con las imágenes de una recuperación de la naturaleza, ¿qué reflexión se puede hacer del cuidado de la casa común de la que habla la encíclica Laudato Sí?

JLM: La propuesta que hace el Papa Francisco es la de apostarle a una ecología integral. Si es integral, no se queda con el problema medioambiental sino que nos lleva a revisar cómo estamos gestionando nuestra economía, nuestra política, nuestra sociedad, nuestra educación. Por eso, entre otras cosas,  tenemos que revisar qué tipo de profesional estamos formando en la universidad. Además, hay que prestarle  atención a las prácticas que tenemos, en pequeño y en grande, en todos los ámbitos, esas prácticas que están haciendo que el planeta vaya de mal en peor.

La ecología integral interpela nuestra espiritualidad. De hecho, la relación ser humano-mundo nos permite crecer espiritualmente. Es decir, yo no puedo decir que soy un ser espiritual si tengo prácticas contaminantes y de deterioro del planeta. Sin duda, estamos viviendo un momento inédito que nos exige pensar en lo que somos y lo que estamos haciendo. De esto dependerá nuestro futuro.