Laura María Quiroz López

Laura María Quiroz López

Laura Quiroz reconoce que, cuando la Facultad de Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales de la Universidad Javeriana decidió inscribir su trabajo de grado en el Concurso Nacional Mejores Trabajos de Grado “Otto de Greiff”, prefirió no crearse muchas expectativas. “No pensé que fuera a ganar algo ahí, porque siempre creí que, aunque yo había hecho un gran esfuerzo, el nivel que se manejaba en el concurso era superior”.

Aproximadamente cuatro meses después, cuando la llamaron tres veces a confirmar su asistencia a la ceremonia de premiación, sospechó las buenas noticias. El pasado mes de junio fue galardonada con el tercer lugar de la decimoquinta versión del prestigioso concurso con su trabajo: “Acerca de la desigualdad socioeconómica en la educación media en Bogotá. Lo que escapa a la política educativa”.

Esta investigación, que inició cuando hacía su práctica profesional con la organización Dejusticia, bajo la tutoría de Mauricio García Villegas, también recibió Mención de Honor en la Universidad Javeriana e hizo a Laura merecedora de una beca que otorga la firma Cifras y Conceptos en la Facultad de Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales. Recientemente este trabajo también estuvo concursando por el Premio Alejandro Ángel Escobar 2011, en la Categoría Ciencias Sociales y Humanas.

Su investigación buscaba principalmente identificar la relación que existe entre las condiciones socioeconómicas de los estudiantes de Bogotá, el acceso a la educación y la calidad de esta. Tras consultar y someter a análisis cuantitativo datos como la asistencia de estudiantes en el sector oficial y no oficial, y el puntaje de los estudiantes en la prueba de Estado del Icfes, Laura pudo concluir que la educación media en la capital del país es un medio de reproducción de desigualdad y no una vía de movilidad y ascenso social. “El sistema educativo expresa y mantiene la desigualdad social que es anterior a la desigualdad escolar; por ello, el papel social de la política educativa en Bogotá tiene un alcance limitado”.

Y aunque su labor como investigadora le ha generado múltiples reconocimientos, Laura asegura que su interés es trabajar desde las políticas públicas, y de este modo velar por que los resultados de las investigaciones sean tenidos en cuenta. “Yo soy una convencida de que la investigación es una importante fuente para tomar decisiones políticas, porque muestra el estado de cosas de una situación social determinada. Por eso quiero ser capaz de llevar a la realidad lo que revelan esas investigaciones. Creo que esa es una forma linda de honrar la investigación, para que no se quede simplemente en libros y documentos de política”. Laura incursionó en la investigación desde que estaba en segundo semestre en el Centro de Estudios Sobre Integración (CESI), uno de los grupos de investigación de su facultad.

Mientras avanza en sus planes y se prepara para presentarse a una beca en Harvard (y en el London School of Economics y Oxford, como segunda y tercera opción), para hacer una maestría en políticas públicas, Laura sigue vinculada a la investigación. Actualmente se desempeña como asistente del proyecto “Desde la escuela: construcción de memorias sobre la violencia en Colombia 1948-2008”, que adelanta el Instituto de Estudios Políticos y Relaciones Internacionales de la Universidad Nacional de Colombia (Iepri) y que está próximo a finalizar. Adicionalmente, está cursando una materia de Economía Matemática en la Maestría de Economía de la Universidad Javeriana, para irse familiarizando con la parte matemática del trabajo en políticas públicas, y se alista para cursar, en el primer semestre de 2012, una especialización en Evaluación Social de Proyectos en la Universidad de los Andes.

Esta joven paisa, la única de su familia que se inclinó por los estudios políticos, no descarta, en el largo plazo, participar activamente en política, incluso desde un cargo de elección popular. Y, dada la determinación con que expone sus puntos de vista y la claridad con que habla de sus proyectos, la idea no resulta para nada insensata. Por lo pronto, tiene claro que quiere trabajar por las poblaciones vulnerables en entidades como el Departamento Nacional de Planeación, Acción Social o los ministerios de Educación y de Protección Social, desde donde pueda hacer una conexión entre lo académico y lo práctico, entre la investigación y la acción política.


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Paola Chaparro Borja

Paola Chaparro Borja

Paola Chaparro es socióloga de la Universidad Nacional, tiene un Máster en Investigación en Estudios Latinoamericanos del Instituto de Altos Estudios de América Latina de la Sorbona Nueva (París III), tomó clases de diseño de modas en Barcelona, y ahora, mientras considera la opción de iniciar un doctorado en territorios y dinámicas sociales y regresar a la Ciudad Luz, vende carteras que ella misma diseña y fabrica.

Solo tiene 31 años, pero además de lo ya mencionado, fue joven investigadora de Colciencias en 2006 con un proyecto titulado “Habitabilidad y calidad de la vivienda social en Iberoamérica desde el marco de las ciencias sociales”, que desarrolló en el Instituto Javeriano de Vivienda y Urbanismo (Injaviu), bajo la tutoría de la directora del Instituto, Olga Lucía Ceballos.

Desde que se graduó ha trabajado en investigación, principalmente apoyando la aplicación de metodologías cualitativas en investigaciones sobre problemáticas urbanas. Según asegura, le encantan las ciudades, y lo que más le gusta es trabajar la investigación integrada al trabajo con comunidades. Precisamente por eso estudió sociología, para contar con herramientas suficientes, no solo para analizar y entender realidades, sino para tener la posibilidad de proponer soluciones.

Gracias a su curiosidad, la diversidad de sus intereses y su particular preocupación por lo social, ha desempeñado un rol importante en los distintos proyectos de investigación que ha apoyado en el Injaviu, en donde la mayoría de investigadores son arquitectos. Su primer contacto con el Instituto fue en un proyecto sobre cualificación de la vivienda popular por el espacio público en Bogotá, que buscaba identificar los cambios que había generado la renovación de espacios públicos en comunidades de las localidades de Bosa, Ciudad Bolívar y Suba. Más recientemente se unió a una investigación sobre condiciones de habitabilidad y estado de salud de la población colombiana que se llevó a cabo en Suba.

Durante su año como joven investigadora, consolidó el estado del arte de la investigación sobre vivienda social en América Latina, lo que le permitió concluir que para solucionar el problema de la vivienda social en la región hace falta voluntad política y más investigación: “Curiosamente la investigación sobre vivienda social no es tan vasta como uno quisiera. Por eso, creo que es necesario que haya más grupos estudiando este tema”, señala. Según la revisión, Argentina, Chile y México son los países que mayores avances registran en esta materia, mientras que Bolivia y Ecuador tienen un rezago.

Tras concluir esa investigación, viajó a París a hacer su máster y allí retomó el tema de las ciudades y la población de escasos recursos, esta vez para su tesis de posgrado titulada La segregación socioespacial urbana como experiencia. El caso de Bogotá. Por medio de este trabajo, Paola quiso averiguar, entre otras cosas, qué significa vivir tan lejos de los centros empresariales y comerciales, e, incluso, qué implicaciones tiene reconocer que se vive en un barrio marginal y que la gente reaccione con desconfianza.

Lo que más le atrae a Paola de la investigación es su poder como herramienta generadora de cambios de mentalidad, aunque también reconoce que la mayoría de veces la toma de decisiones políticas no se basa en los resultados de la misma. “A mí me parece que hace falta que las instituciones y el Estado se interesen por saber qué es lo que están diciendo las investigaciones y la academia. Hace falta que la academia sea escuchada, que haya más publicación de resultados y mayor divulgación”.

Tras haber tenido la oportunidad de estudiar y vivir fuera del país, asegura que en Colombia se necesita más inversión en investigación. “En Europa la investigación es fundamental porque ellos creen en la construcción de conocimiento como uno de los ejes de desarrollo”. Por esa razón, aunque está explorando la posibilidad de volver a viajar al viejo continente para hacer su doctorado, no quiere que su investigación “se quede allá”, y por ello busca enlazar su trabajo con algún proyecto que tenga aplicabilidad en Colombia.


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Mónica Gabriela Huertas Valero

Mónica Gabriela Huertas Valero

En cierta ocasión, cuando era estudiante de bacteriología, Mónica Huertas se encontró con un artículo sobre la bacteria Helicobacter pylori en el que se narraba la historia de los investigadores que demostraron que esta era agente causal de distintas patologías gástricas y cómo habían sido capaces de inocular la bacteria en sus organismos para comprobar su hipótesis. La historia, aterradora para la mayoría de lectores, le pareció maravillosa a Mónica, quien recuerda esa anécdota como el comienzo de su pasión por la investigación.

Hoy, Mónica Huertas, bacterióloga con Especialización en Microbiología Médica de la Universidad Javeriana, es estudiante del Doctorado en Ciencias Biológicas de la misma universidad, becaria de Colciencias (Convocatoria 2008) y está vinculada al grupo de investigación en genética molecular microbiana de la Corporación Corpogen.

El proyecto en el que trabaja como tesis doctoral consiste en identificar los genes de una bacteria llamada Klebsiella pneumoniae, responsables de que esta colonice distintos dispositivos médicos que se le implantan a pacientes en hospitales―catéteres, sondas, válvulas cardiacas, prótesis, etc.―, causando enfermedades. La Klebsiella pneumoniae es una bacteria presente en el organismo humano, en la flora intestinal, que en condiciones normales no genera enfermedades, pero que es “oportunista” y, por lo tanto, cuando se le encuentra en dispositivos médicos es clasificada como un patógeno de infección intrahospitalaria.

Los casos de personas que entran a un hospital por una afección determinada y días después de estar internados resultan con una patología infecciosa distinta a la causante de su ingreso, son ejemplos de cómo diferentes bacterias que se encuentran en los hospitales pueden afectar la salud de las personas. Es lo que sucede con la Klebsiella pneumoniae, que puede causar sobreinfección en heridas quirúrgicas, sepsis (síndrome de respuesta inflamatoria sistémica), neumonía e infecciones urinarias, entre otras.

Precisamente, al caracterizar los genes responsables de que las bacterias vivan sobre los distintos dispositivos médicos y se unan entre ellas formando biopelículas, se está dando un primer paso para prevenir, en el futuro, las infecciones intrahospitalarias que se propagan de esta forma. Según explica Mónica, la formación de biopelículas ya se ha estudiado con otros patógenos como Escherichia coli, Staphylococcus aureus, Pseudomonas aeruginosa, entre otros, pero se sabe poco en Klebsiella. Por ello, esta investigadora dedica la mayor parte de su tiempo a estudiar los genes mutantes de la bacteria en los laboratorios de Corpogen, bajo la dirección de la Doctora María Mercedes Zambrano Eder, Directora Científica de dicha corporación. El título del proyecto es: Análisis de mutantes involucrados en la formación de biopelículas de Klebsiella pneumoniae.

Sin embargo, esta no es la primera vez que Mónica trabaja como investigadora en un laboratorio. En 2004, después de acabar la Especialización, estuvo vinculada al grupo de investigación en enfermedades infecciosas del departamento de Microbiología de la Universidad Javeriana, en la línea denominada: “Desarrollo de Agar y medios selectivos con potencial diagnóstico”, bajo la dirección de la Doctora Alba Alicia Trespalacios. En ese entonces su objetivo era obtener Agar-Agar de un alga denominada Gracilaria por medio de un procedimiento “muy rudimentario” que consistía en pesar las algas, cocinarlas con cloro y ponerlas a secar a 80 grados centígrados hasta obtener una pequeña muestra de lo que podía ser Agar-Agar. En este proyecto se concentró durante todo el 2004.

A sus 33 años, esta bacterióloga ha tenido la oportunidad de trabajar desde distintos frentes: desde la academia como docente, en un hospital haciendo diagnóstico de microbiología clínica y en el laboratorio como investigadora. Asegura que si bien la investigación es muy exigente y demanda mucha dedicación, “deja muchas satisfacciones y aprendizajes”. A gusto con su rol de científica, le gustaría tener, en el futuro, una línea de investigación propia e impulsar más proyectos de investigación que le permitan seguir enseñando a otras personas y, de igual forma, generar empleo para generaciones futuras.


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Jorge Enrique Córdoba Sánchez

Jorge Enrique Córdoba Sánchez

La realización de actividades repetitivas es una de las causas del llamado síndrome del túnel del carpo, una de las enfermedades laborales de mayor prevalencia entre la población trabajadora. En los cultivos de flores, quienes cortan los tallos de las rosas, no solo hacen esta tarea una y otra vez, sino que para ello usan una especie de tijeras que, además de ser muy pesadas, no se ajustan al tamaño promedio de la mano de los colombianos, pues la mayoría de estos instrumentos son producidos en Europa.

Jorge Córdoba, junto con un compañero de la universidad, comenzó a diseñar una herramienta para los empleados del sector floricultor que, a diferencia de la que usan actualmente, les permitiera mantener la mano en posición derecha al realizar el corte. Ese fue el tema de su trabajo de grado como diseñador industrial de la Universidad Javeriana, un trabajo que, además de ser declarado meritorio en 2007, se convirtió en su puerta de entrada al mundo de la investigación.

Con el título en la mano Córdoba estaba abierto a atender las oportunidades que se le presentaran: “uno tiene la idea de que va a salir de la universidad a trabajar en una empresa grande”. Pero la primera opción no fue la que se imaginaba. Leonardo Quintana, profesor de la Javeriana, quien le había sugerido diseñar la herramienta para floricultura en su trabajo de grado, le propuso que aplicara a una beca de Colciencias como joven investigador para darle continuidad a su proyecto.

“Sin saber qué iba a hacer ni qué era investigación”, pero con la inquietud de todo recién egresado, aceptó. Aplicó y obtuvo la beca. Durante ese año se vinculó al Centro de Estudios de Ergonomía de la Universidad Javeriana (CEE), que es dirigido por el profesor Quintana, y se dedicó a hacer prototipos funcionales del diseño propuesto. Después de varios bocetos, se escogieron dos modelos, los cuales se fabricaron con ayuda del Centro Tecnológico de Automatización Industrial de la misma Universidad.

Bajo el encanto de ese mundo que empezaba a conocer, volvió a aplicar a la beca de Colciencias, nuevamente para abordar la problemática de los trabajadores de cultivos, pero desde otra perspectiva. Fue seleccionado. De la mano del profesor Rafael García, participó en un proyecto para determinar el índice funcional de la mano de los trabajadores del sector floricultor de la Sabana de Bogotá. Con esta nueva mirada del tema asumió el segundo gran problema de la herramienta importada de Europa: su tamaño.

El estudio antropométrico permitió establecer que el tamaño promedio de la mano de esta población es entre un 20 y un 25% menor al de los europeos, lo que justifica la necesidad de fabricar una herramienta acorde con las características de la población colombiana. Ahora, el joven científico se enfrenta al reto de empezar a probar los prototipos que se fabricaron.

Después de haber estado vinculado al CEE cerca de tres años, se siente a gusto con el camino que tomó: “De aquí no quiero salir. La investigación permite tomar el conocimiento para hacer propuestas novedosas, claro está, todo con base en pruebas”.
Córdoba nació y creció en un hogar de estudiosos y creativos, lo que de alguna forma debió influir para que se le reconozca hoy por su dinamismo y su interés en el aprendizaje constante, según señala el profesor Quintana. Su mamá es artista plástica, su padre es abogado y su hermana, bióloga, trabaja en el Centro Internacional de Agricultura Tropical.

Mientras algunos de los compañeros con los que se graduó se dedican al desarrollo de objetos que acompañan estrategias publicitarias, al diseño de mobiliario o al diseño gráfico, sus jornadas trascurren en la producción de conocimiento, como él mismo señala. Actualmente, desde el CEE explora en el diseño de cuartos de control, es decir, aquellos lugares desde los que una determinada industria o empresa controla que los procesos funcionen de forma adecuada, teniendo en cuenta variables como temperatura, iluminación y exposición a vapores, entre otros.

La docencia es uno de los campos en los que quiere incursionar, con el objetivo de demostrar que los profesionales no solo están destinados a ser empleados o empresarios. Desde la academia, Córdoba se propone invitar a los jóvenes a que se conviertan en generadores de conocimiento.


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Yenny Real Ramos

Yenny Real Ramos

Yenny Real no se cansa de escuchar cada semestre: “Profe, me acabé de inventar el mejor edificio”. Una y otra vez ha tenido que decirle a sus alumnos que en el siglo pasado a alguien ya se le había ocurrido esa misma idea. Tal vez esta anécdota refleja la importancia que la historia tiene para esta investigadora de 31 años.

No se puede decir que la vocación de Yenny por la arquitectura fue algo heredado. En su familia no hay rastros de arquitectos, dibujantes, artistas ni creadores. De hecho, su padre fue comerciante y su mamá, ama de casa. Sin embargo, fue en el Colegio de La Salle donde empezaron a verse los primeros trazos de su talento. Las matemáticas definitivamente no eran lo suyo, y la balanza empezó a inclinarse por el dibujo.

Después de su grado como bachiller, estudió arquitectura en la Universidad Javeriana. Entonces, viviendo en el centro de Bogotá, se dio cuenta de que muchas obras de la Colonia y de la República se estaban cayendo a pedazos. Supo que esas casas y edificios se podían recuperar, para que no se convirtieran en tristes estructuras abandonadas.
Con esta inquietud en mente y una vez terminado el pregrado empezó la Maestría en Restauración de Monumentos Arquitectónicos, en la misma universidad. Fue entonces cuando vio la oportunidad de trabajar el tema del patrimonio y de aplicar la experiencia y conocimientos adquiridos como practicante en el Instituto Javeriano de Vivienda y Urbanismo, Injaviu.

La metodología de investigación, que afinó cuando trabajaba en el Injaviu, le sirvió como base para hacer los bocetos de lo que se convertiría en su tesis de magíster. Día y noche, como si se tratara de poner un ladrillo sobre otro, esta aplicada estudiante, como la define la profesora Olga Lucía Ceballos, fue construyendo su exploración, hasta que por fin se dieron los resultados.

La idea de la investigación fue dejar un testimonio de lo que era el eje de la Carrera 7ª entre los años 2006 y 2008, tiempo en el que esta joven hizo sus estudios de maestría. Como arquitecta, Yenny es consciente de que cada vez hay más gente, más congestión, más usos del espacio, y de que las propuestas del Metro y de Transmilenio están a la vuelta de la esquina. Pero como ciudadana, también sabe que dentro de unos años, sólo quedará un difuso recuerdo y una indeleble huella de lo que hoy conocemos de este importante tramo de la ciudad.

Posteriormente, el trabajo dio paso a la publicación de su primer libro titulado Paisaje urbano. Estudio patrimonial de la Carrera 7ª de Bogotá entre el Centro Fundacional y Chapinero. Para el estudio, dividió este eje en cuatro unidades: la primera, corresponde al Centro Internacional; luego, el sector universitario con las universidades Javeriana y Distrital a la cabeza, para ser exactos; después, el sector clásico de Chapinero, con sus edificios de cuatro o cinco pisos y casas antiguas, como las de Quinta Camacho y, por último, el centro financiero ubicado en la zona de la calle 72. Al mirar el eje de la Carrera 7ª como un todo, parece un collage de arquitectos expertos y principiantes, de patrimonio y construcciones nuevas, de vidrio y cemento, de amas de casa y ejecutivos, de estudiantes e indigentes, de buses, carros, colectivos, motos y transeúntes.

La 7ª no es estática; ningún espacio lo es. Al caminar por sus andenes, aparecen, ante los ojos de quien la observa como un todo, la diversidad de ciudadanos y vivencias, usos y cotidianidades.

Cuando se habla de patrimonio, muchos piensan en un elemento aislado: un edificio, una plaza, una fachada. Pero la Carrera 7ª, en su conjunto, es una historia llena de retazos. Como eje vial contiene la esencia de Bogotá entre un paso y otro, entre casa y casa, entre cuadra y cuadra. Es escenario fundamental de la vida urbana.

Y fue precisamente esta visión de conjunto del paisaje urbano contemporáneo de la 7ª, uno de los principales aportes del trabajo de esta joven investigadora.

La profesora Yenny Real muestra en su pesquisa algo que todos vemos, pero que pocos observamos. Se adentra en los componentes, las características y las variables del lugar, los valora y los interpreta. Despieza, minuciosamente este territorio. Lo espacial, lo funcional y lo contextual cobran vida.

Esta amante del patrimonio, desde hace años cambió el casco y las botas amarillas por el libro y el pizarrón y le apostó a dejar a los bogotanos una memoria que refleja, a escala, la identidad de nuestra capital.

Hoy, cuando se le pregunta sobre sus planes futuros, no sabe aún si el reconocimiento y estabilidad laboral que brinda un doctorado pesa más que el esfuerzo y sacrificios que implican hacerlo. Sobre lo que sí tiene certeza es que cualquier camino que tome estará delimitado por la historia y el patrimonio e influenciado por los trabajos de Frank Lloyd Wright, Antoni Gaudí y Le Corbusier, sus arquitectos de cabecera.


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Juan Manuel Dávila Dávila

Juan Manuel Dávila Dávila

La historia no llegó a la vida de Juan Manuel Dávila por azar. Su padre, quien fuera profesor titular de la Universidad Distrital Francisco José de Caldas en el área de las ciencias sociales durante varios años, armó en su casa una biblioteca compuesta por cerca de mil libros que acompañaron la infancia de Juan Manuel y sus tres hermanos. Sin embargo, cuando se graduó, pensando en las profesiones tradicionales, quiso convertirse en ingeniero industrial, pero el cálculo y la física lo “sacaron corriendo”. Entonces, dejó atrás los prejuicios, se preguntó qué era lo que más le gustaba cuando estaba en el colegio y se matriculó en Historia en la Universidad Javeriana.

Desde entonces han pasado 11 años y aún sigue convencido de que ése es su camino, por lo que actualmente está finalizando la Maestría en Historia. “Esto es algo que uno lleva en la sangre”, asegura Dávila cuando se refiere a su gusto por esta materia. Su interés como historiador, más allá de buscar causas en el pasado de lo que son hoy las sociedades, es recrear cómo pensaba y actuaba la gente y cuáles eran las condiciones en las que se vivía en otras épocas, independientemente de si eso da pistas para entender el presente.

A comienzos de 2008 Dávila se presentó a la convocatoria que abrieron la Vicerrectoría Académica y la Oficina para el Fomento de la Investigación de la Javeriana, y que otorgó dos becas de investigación a estudiantes de la Maestría en Historia con motivo de la celebración del Bicentenario de la Independencia. En junio fue escogido como joven investigador con el proyecto “Ciencias útiles y planes de estudio en la Nueva Granada (1764-1836)”, un trabajo que, además de permitirle dar continuidad a su tesis de pregrado, le ha servido como base para su tesis de maestría.

Desde que se graduó, trabaja como asistente de investigación del grupo Saberes, Poderes y Culturas en Colombia, del Departamento de Historia de la Universidad Javeriana, y se ha dedicado a hacer historia de la educación. Principalmente, ha trabajado en la revisión de los currículos académicos oficiales (del siglo XIX en el pregrado y del siglo XVIII en la maestría) para lo que se denominaba en aquel entonces la Facultad de Artes, que luego se llamó Facultad de Filosofía y Letras, y que equivale a lo que hoy en día es el bachillerato.

La importancia de la investigación radica en conocer qué clase de educación recibía la gente durante su paso por esta facultad, en la que las personas adquirían cierto bagaje cultural que, se supone, debía ser común para todos los ciudadanos y que, en esa época, los habilitaba para desarrollar distintas labores, como la de secretarios, escribientes e incluso abogados.

Uno de los hallazgos que más han llamado la atención de Dávila dentro de su investigación está relacionado con una reforma realizada en cuanto a los manuales de estudio en 1774, que fue reversada en 1779. Según explica el historiador, se tenía la idea de que esa reforma había sido un retroceso escandaloso, pues, tras implementar un texto en el que se pasaba de la filosofía de la época colonial a la filosofía moderna (el curso de filosofía de Fortunato de Brescia), se había sugerido volver al anterior manual (el curso de filosofía de Antonio Goudin), un texto escrito ciento veinte años atrás. Lo que se desconoce, y que Dávila descubrió al revisar en las bibliotecas, es que el manual que se utilizó a partir del 79 era una edición corregida y actualizada del texto original, acorde con las discusiones de la época. En otras palabras, no hubo ningún retroceso.

Hallazgos como ése han sido posibles dado que, además de revisar los programas académicos, Dávila busca los textos escolares que se usaban en la época, los lee y los analiza, lo cual es un aporte importante a la historia de la educación, pues las investigaciones en esta materia han estado concentradas en la organización institucional de las escuelas, el manejo presupuestal, las políticas estatales, la población estudiantil y el análisis de la efectividad de los métodos pedagógicos empleados.

Actualmente este historiador, nacido en Bogotá hace 37 años, se encuentra consolidando los hallazgos de su investigación. Está dedicado por completo al proyecto, por lo que abandonó temporalmente su otra pasión: la música. Por más de siete años trabajó como programador de la franja “Clásicos del rock” de Javeriana Estéreo. Sin embargo, desde 2006, sus compromisos como asistente de investigación han absorbido prácticamente la totalidad de su tiempo.

¿Y qué sigue para Juan Manuel? “Pues el doctorado”. La respuesta es inmediata y en un tono que evidencia que para Dávila es el paso lógico en su carrera. Sin embargo, no ha pensado mucho en eso por estos días. Posiblemente vaya al exterior para obtener su título de doctor y quizá se decida por la historia de la educación. Son opciones que lo atraen, pero que por ahora no lo inquietan, pues su única preocupación actual es concluir con éxito su trabajo.


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Diego Alberto Sáenz Meneses

Diego Alberto Sáenz Meneses

La ola de calor que desató el fenómeno del niño hizo que, durante el cierre de 2009 y comienzo de 2010, los bogotanos tuviéramos que convivir con la imagen de varias columnas de humo que se elevaban desde distintos puntos de los cerros orientales. Sin embargo, la temporada de lluvias llegó, disminuyendo la frecuencia de los incendios forestales y el problema volvió a archivarse. Lo que pocos saben es que, tras un evento como este, la vida microbiana del suelo afectado puede tardar entre dos y tres años en recuperarse.

Eso fue lo que Diego Sáenz, microbiólogo industrial de la Universidad Javeriana, pudo constatar hace cinco años, cuando en la población de Suesca, Cundinamarca, tuvo lugar un incendio forestal que afectó cerca de 1.000 hectáreas de bosque. Por ese entonces, Sáenz terminaba sus estudios de pregrado y decidió realizar, como trabajo de grado, una evaluación de la manera en que esas llamas habían afectado las bacterias del suelo y sus propiedades. Hasta ese momento, no había en Colombia ningún trabajo en esa línea.
De acuerdo con las expectativas del joven bogotano, la evaluación permitiría identificar que, pasado un año del incendio, las condiciones del suelo estarían restablecidas. No obstante, al comparar el número de bacterias y la actividad de las mismas en el suelo adyacente al afectado, con el de la zona impactada por el fuego, Sáenz pudo identificar que en tres años el suelo no se había podido recuperar.

“La calidad del suelo puede verse afectada por la alteración de sus procesos, ya que la pérdida de su fertilidad puede llevar a la erosión”, señala Sáenz, quien hoy, a sus 29 años, adelanta estudios de doctorado en Ciencias Ambientales en la Universidad Autónoma de Barcelona.

Cuando Sáenz cursaba octavo semestre en la Universidad, se enamoró de la microbiología ambiental. “Particularmente, el tema de suelos es muy apasionante y me gustó por el rol que uno puede llegar a ejercer. Tiene mucha aplicabilidad y es una herramienta clave para el desarrollo de un país, ya que desde aquí es posible impulsar mejoras en la agronomía y también en el medio
ambiente”.

Desde ese entonces, Sáenz ha seguido desarrollando su producción investigativa en torno a los suelos. En su trabajo de Maestría en Gestión y Auditorías Ambientales, abordó el tema de la afectación que, por cuenta de los fertilizantes químicos, se puede registrar en agrosistemas cafeteros, y, actualmente, en el doctorado, pretende analizar la influencia positiva de los suelos en el cambio climático.

A través de este proyecto, busca explorar cómo se puede capturar el carbono que está en la atmósfera, y que contribuye con el cambio climático, mediante diferentes herramientas como el biochar, una técnica basada en la tradición de una antigua civilización amazónica que empleaba mezclas de residuos domésticos para recuperar la fertilidad de suelos ácidos y estériles y que permite captar hasta el 50% del carbono atmosférico. El biochar, además de servir como soporte de crecimiento a los microorganismos del suelo, y como receptor de agua y nutrientes, es depósito de carbono estable en el suelo, que no se libera a la atmósfera sino después de miles de años. El trabajo de Sáenz consiste en probar distintos tipos de biochar.

La conciencia ambiental

Aunque Diego es el único microbiólogo de su familia, la preocupación y el compromiso medioambiental que hoy enmarca su actividad profesional no es un asunto ajeno en su hogar. Los padres de este científico, una santandereana y un boyacense hoy radicados en Bogotá, decidieron ganarse la vida a través de un negocio responsable:
la gestión de residuos industriales. La hermana de Diego gerencia la empresa familiar, mientras él brinda asesoría técnica.

Quizá por eso, cuando Sáenz tuvo en sus manos el programa de la carrera de Microbiología Industrial, no dudó en tomar ese camino. Luego, mientras adelantaba su maestría, tras obtener la beca de Colciencias para convertirse en joven investigador del Laboratorio de Ecología de Suelos y Hongos Tropicales de la Universidad Javeriana (en donde trabajó en 2008 en el proyecto “Valoración de bienes y servicios de la biodiversidad para el desarrollo sostenible de paisajes rurales colombianos: Complejo Eco regional de los Andes del Norte”), descubrió que quería dedicarse a la ciencia.
“Mientras haya mentes científicas, se puede hacer ciencia”, asegura Sáenz, y por eso planea regresar al país cuando acabe el doctorado, aunque considere que en Colombia es necesario que el Estado destine mayores recursos para la investigación y la ciencia. Este joven cree en el potencial del país, por lo que le gustaría poder contribuir, desde la docencia, con la formación de nuevas generaciones de científicos.
La vida de Diego siempre se ha dividido entre su familia y el estudio, y hoy, cuando se encuentra a kilómetros de su hogar, pasa los días en compañía de su novia, Diana Santos, una joven microbióloga industrial que también adelanta estudios de posgrado en Barcelona. Juntos se han dedicado a conocer la ciudad española en la que vivirán durante los próximos dos años. Ambos aprovechan la oportunidad de hacer inmersión en una cultura distinta, mientras disfrutan su pasión por la ciencia.


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Gina Pilar López

Gina Pilar López

La historia de la ciencia está llena de personas obsesionadas con descubrir nuevos mundos. Algunas de ellas se embarcaron en travesías por tierras ignotas o viajaron a la luna. Otras se han sumergido en submarinos para explorar el fondo de los océanos. Pero la joven investigadora del Departamento de Biología de la Facultad de Ciencias de la Universidad Javeriana, Gina Pilar López Ramírez, ha descubierto esos nuevos mundos en lugares que por estar más cerca no dejan de ser sorprendentes y abren puertas a universos inexplorados. Esta microbióloga de 28 años, que cursa su segundo año de doctorado en la Universidad bajo la tutoría de la profesora y científica Sandra Baena, se ha impuesto la misión de entender cómo algunos microorganismos pueden no sólo sobrevivir sino prosperar en ambientes extremos. Una de sus primeras contribuciones a este campo de investigación la hizo durante su trabajo de tesis de pregrado en 2002, cuando documentó, junto con Baena, la existencia de microorganismos reductores de hierro férrico (FE3+) en los manantiales termominerales de Paipa en Boyacá. “Esa etapa fue crucial porque descubrí que me interesaba la investigación. Es muy poco lo que se conoce de ese universo microbiano en ambientes extremos aquí en Colombia y comenzar la búsqueda era, como decía mi tutora, explorar una caja negra”. Esta idea y la de mirar las potenciales aplicaciones para la microbiología industrial guió el ejercicio.
En 2006, con alguna experiencia laboral en el sector de biofertilizantes y en la industria de alimentos, López volvió a trabajar en la Universidad, en la Unidad de Saneamiento y Biotecnología Ambiental (USBA). En ese momento se encontraba motivada por su selección como joven investigadora de Colciencias; bajo este esquema pudo darle continuidad a la primera etapa investigativa. Gina asegura que una de las claves para forjar una carrera científica es la paciencia. Los resultados no se obtienen de manera súbita y sólo la perseverancia y la creatividad permiten resolver problemas con recursos técnicos limitados.

Para esta colombiana la ciencia siempre ha sido parte de su vida. Su padre es un licenciado físico especialista en meteorología y su madre es una ingeniera geógrafa. Pero no todo es laboratorio y microscopios. Reconoce que es necesario tomar distancia de los problemas para volver a ellos con nuevas y mejores ideas. Y en el caso de Gina, nacida por accidente en España, nada mejor que un partido improvisado de básquetbol o una salida a bailar salsa, su música favorita.

Pasión, motor del investigador

Otra parte crucial de su labor científica se ha concentrado en apoyar diversos proyectos de la Universidad, entre los que se encontraba el recuento de poblaciones microbianas en un reactor tipo UASB (por su sigla en inglés, Upflow Anaerobic Sludge Blanket, es decir Reactor Anaeróbico de Flujo Ascendente y Manto de Lodos) para tratamiento de aguas residuales de las cervecerías. Tanto su tesis de pregrado como los resultados con el equipo investigativo javeriano y Colciencias fueron el comienzo de una prometedora carrera en la cual ha recibido el apoyo y la guía constante de su mentora, quien reconoce que su pupila, al igual que los demás jóvenes miembros que componen la unidad, pertenece al tipo de investigadores que hacen su trabajo motivados más por la pasión que por la remuneración. “Son jóvenes que lo dan todo sin reparar en las largas horas de trabajo en los laboratorios. Ellos hacen parte ya de la generación de relevo que está fortaleciendo la comunidad científica del país”.

Gina tiene también en su haber la caracterización de una nueva especie. Junto a Carolina Díaz Cárdenas (también estudiante de doctorado), Sandra Baena y Bharat K. C. Patel, describieron en un artículo publicado en agosto del año pasado en el International Journal of Systematic and Evolutionary Microbiology la existencia del organismo que llamaron Dethiosulfovibrio salsuginis. Esta microbióloga tiene claro que “siempre hay que trabajar en equipo. El que trabaja sólo puede llegar a estancarse y caer en sus propios errores. Se corre el riesgo de trabajar siempre en lo mismo”.

En este momento está explorando la biodiversidad microbiana en el Parque Nacional Natural de Los Nevados. La principal contribución es la de explorar y valorar la diversidad de estos ambientes extremos, con miras a efectuar un estudio de bioprospección, que permita obtener enzimas lipolíticas que tienen gran potencial en el desarrollo de aplicaciones en la industria farmacéutica, cosmética, de alimentos y de química fina. Este proyecto se articula con las actividades investigativas del GEBIX (Centro Colombiano de Genómica y Bioinformática de Ambientes Extremos) en el que trabajan por lo menos diez instituciones que incluyen universidades y grupos investigativos.

Y en el curso de esta empresa científica, Gina tiene la tarea de escoger la universidad europea en donde realizará su pasantía internacional, un componente básico de su plan de estudios doctorales.

Luego de unos meses de trabajo en estos laboratorios, volverá para presentar los resultados de su investigación y emprender la recta final de su preparación, que marcará el comienzo de nuevas búsquedas en el inmenso mundo de la microbiología.


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Ricardo Wilches

Ricardo Wilches

Hijo de un veterinario y una contadora santandereanos, Ricardo Wilches Buitrago desarrolló una destacada capacidad de observación y análisis a la que él atribuye su fascinación por las ciencias. Por eso, pese a que muchos en su familia habían optado por la arquitectura, y ésa era la profesión de moda a finales de los años noventa, la balanza se inclinó a favor de las ciencias naturales en el momento de escoger carrera. “Cuando estaba en el colegio creía que la única opción para profesionalizarme en la biología era la medicina, pero luego, al indagar con más gente, vi que el mejor camino era estudiar la primera, pues lo que me interesaba era usar el conocimiento para hacer ciencia”, explica Wilches.

Con ese objetivo se matriculó en la Universidad Javeriana para formarse como biólogo; uno bastante particular como él mismo explica: “Yo era de esos escasos estudiantes a los que les interesaba muy poco ir al campo a contar animales. Lo mío era el trabajo en el laboratorio entre procesos biológicos a menor escala”. Cuando cursaba segundo semestre, se presentó al Instituto de Genética de la Universidad para que le permitieran “estar en el laboratorio y ver qué era lo que hacían allí”. Lo aceptaron como pasante en el de Citogenética. Desde ese entonces, Wilches se apasionó por la genética.

Luego vendría el hallazgo del que él considera su nicho: la genética de poblaciones. Este descubrimiento se dio a partir de la realización de su segunda pasantía, esta vez en el Instituto de Errores Innatos del Metabolismo, de la misma institución. Allí, bajo la supervisión del profesor Luis Alejandro Barrera, se acercó a la bioquímica y encontró su primer modelo para llevar a cabo un estudio con enfoque genético. Desarrolló una investigación sobre la enfermedad de Gaucher, desorden generado por la ausencia de una enzima en el hígado que produce la acumulación de sustancias y el consecuente agrandamiento del órgano.

Después de esa experiencia, Wilches ganó una beca como joven investigador de Colciencias para desarrollar un estudio sobre la hipolactasa, nombre de la condición con la que se denomina la intolerancia a los lácteos. Sin embargo, antes de que la investigación concluyera, debió renunciar por cuenta de otra beca que ganó, esta vez para realizar sus estudios de posgrado en Alemania.

Wilches siempre había tenido claro que debía familiarizarse mejor tanto con la teoría como con las técnicas para el estudio de la genética, por eso uno de sus objetivos era salir del país y acceder a las herramientas y conocimientos disponibles en Norteamérica y en Europa. Así, con mucha expectativa, se radicó en la ciudad alemana de Múnich en 2007.

Pese a que en Colombia venía trabajando con seres humanos, escogió investigar en genética evolutiva, área en la que el modelo de estudio no son las personas sino, para su caso, la mosca de la fruta, científicamente denominada Drosophila melanogaster, un organismo con el que se empezó a investigar en genética a principios del siglo XX y que hoy se usa para estudios en neurobiología y biología del desarrollo, entre otros. Actualmente, para su tesis de doctorado, este colombiano de 28 años se ocupa de identificar, en la Drosophila, los genes responsables de su adaptación climática, pues aunque estas moscas son originarias de África, han sobrevivido por generaciones a las frías temporadas del invierno en las zonas templadas.

Precisamente, durante la última semana del pasado mes de agosto, Wilches viajó a la ciudad italiana de Turín para participar en el congreso de la Sociedad Europea de Biología Evolutiva (ESEB), en donde presentó la primera parte de su trabajo.“Encontramos dos genes que tienen que ver con esa adaptación, sin embargo, el genoma de la Drosophila tiene cerca de 15.000 genes y posiblemente muchos estén involucrados en esa adaptación”. Por eso, tiene claro que lo que queda de su estancia en Alemania lo dedicará a continuar experimentando con las moscas y sus genes.

Varias opciones conforman su baraja de planes para el futuro. Una de ellas es regresar a Colombia a trabajar en genética de las poblaciones humanas. Indagar sobre la historia genética de los pueblos del país y el continente, e identificar si ha habido cambios adaptativos. Los demás intereses, que debió aplazar por cuenta de los genes y las mutaciones que hasta ahora lo han ocupado, no están descartados por completo. La posibilidad de hacer una maestría en historia de la arquitectura, por ejemplo, sigue latente.

Entre tanto, Wilches disfruta la vida en Alemania, intercalando sus compromisos académicos con los conciertos de música clásica a los que asiste para evocar los sonidos con los que creció, y con el aprendizaje de un par de platos de las distintas tradiciones europeas que prepara por placer propio y para poder compartir con sus hermanas cada vez que tiene la oportunidad de escapar hacia estas latitudes.


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Nicolás Cárdenas Ángel

Nicolás Cárdenas Ángel

Todo empezó en Dibulla, el 16 de agosto de 1970, con el asesinato de Hilario Valdeblánquez por parte de José Antonio Cárdenas. Desde ese momento las familias, pioneras de la colonización dibullera de la Sierra Nevada, y opulentas, gracias a la llamada bonanza marimbera, comenzaron una venganza de sangre.

Ése fue el relato que Nicolás Cárdenas Ángel oyó de boca de los habitantes más viejos en Villanueva, Guajira, cuando en julio de 2001 suspendió un semestre de su carrera de Ciencias Políticas en la Universidad Nacional para emplearse en el programa Computadores para Educar. Desde entonces, su primer viaje a la zona más septentrional de Suramérica no fue el único.

Cuatro años después, al empezar su trabajo de grado, no lo pensó dos veces: agarró su mochila y junto al también politólogo Simón Uribe partió hacia la costa atlántica a desentrañar una de las historias más famosas de la región. El resultado fue La guerra de los Cárdenas y los Valdeblánquez, una investigación casi antropológica de una guerra familiar que duró cerca de 20 años debido a “un lío de faldas”.

Fuera de los enfoques de análisis del Estado y del sistema político, se arriesgaron a explorar una sociedad casi hermética para dos cachacos que corrieron con suerte al encontrar una especie de padrino bogotano en Dibulla y le apostaron a una escritura sencilla, testimonial, de tal manera que “la pudiera leer hasta la mamá”, como dice Cárdenas.

El proceso de investigación incluyó un arduo trabajo etnográfico en lugares como Villanueva, Riohacha, Dibulla, Santa Marta y Barranquilla, con el cual los jóvenes alcanzaron uno de sus propósitos más importantes: corroborar la riqueza de la tradición oral y entender lo invaluable del conocimiento del otro en la producción de registro histórico.

El estudio empezó a dar frutos cuando fue laureado y publicado por el Instituto de Estudios Políticos y Relaciones Internacionales (IEPRI) de la Universidad Nacional. A la vez, los autores fueron merecedores del primer lugar en el área de Ciencias Sociales y Económicas del Concurso Nacional Otto de Greiff de Mejores Trabajos de Grado, año 2006.

Como parte del premio, Cárdenas recibió la beca Jóvenes Investigadores otorgada por Colciencias. Fue acogido entonces por el grupo de investigación Política Social y Desarrollo de la Pontificia Universidad Javeriana, consiguió hacerle el quite al mundo oficinista que aborrece y, entre el calor y los vallenatos, siguió descubriendo la realidad caribeña, esta vez bajo una propuesta titulada: La cultura política en la sociedad criolla de La Guajira.

Conducido por su inquietud profesional vivió en Villanueva durante 2007, año de las elecciones departamentales y municipales. Con el objeto de conocer cómo la cultura intervenía en la participación política, realizó una inmersión en las prácticas cotidianas que los villanueveros tenían para acceder al poder del Estado y a sus instituciones.Concluyó que las elecciones en esta región eran como una dramatización conformada por escenarios, actores y estrategias, en las que los candidatos parecían gallos de pelea, los electores ponedores y el voto, una simple apuesta.

Según Socorro Vásquez, directora del departamento de Antropología de la Pontificia Universidad Javeriana y tutora de este proyecto, Nicolás, “además de tener un alto interés por el conocimiento, siempre estuvo dispuesto a aprender y a someter su escritura a la crítica de profesores y grupos de estudio que enriquecieran su trabajo”.

El análisis de los fenómenos sociales desde la interdisciplinariedad, la constante interacción con la gente y su autoexigencia le han permitido forjar con éxito un camino en el campo investigativo; sin embargo, ésta no es su única destreza. Cárdenas también ha sido profesor de ciencias sociales, editor, diagramador y redactor de revistas universitarias como Vanalidades y Juventud Titiritera y, además, actualmente es pieza clave de Chanfle, el equipo de fútbol de ex alumnos del Colegio San Carlos de Bogotá.

Este politólogo de 29 años, para quien la investigación en Colombia es una opción de vida y una herramienta de trasformación social, desea seguir trabajando en programas sociales que le permitan ampliar su visión de mundo, tal como sucedió con los talleres de recuperación histórica que impartió en los corregimientos guajiros de Mingueo y Tomarrazón y, como sucede hoy, cuando adelanta junto al Instituto Colombiano de Antropología e Historia un estudio sobre el impacto de la declaratoria como patrimonio cultural en San Basilio de Palenque.


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