Las huellas del patrimonio industrial

Las huellas del patrimonio industrial

Corría el año 1834 y faltaban pocas horas para inaugurar un innovador proyecto que debería haber civilizado a los indómitos y poco educados habitantes de Bogotá e impulsado la industria y la economía del naciente Estado nacional, cuando un fuego arrasador consumió el edificio destinado a darle vida.

La esperanza que albergaba la Sociedad de Industria Bogotana, liderada entre otros por Rufino Cuervo, entonces gobernador de Bogotá, y el coronel Joaquín Acosta en la fábrica de loza fina que abriría sus puertas aquella mañana debió postergarse quizá indefinidamente, pues a pesar de que la fábrica inició labores meses después, su ideal de transformar las clases bajas y desarrollar la economía no llegaría a cumplirse.

170 años después, la búsqueda de respuestas complejas a las preguntas sencillas que se hace un arqueólogo por los objetos que rodean la vida cotidiana de una comunidad revela historias fascinantes como la que tejen alrededor de la Fábrica de Loza Bogotana, Mónika Therrien, directora de la Maestría en Patrimonio Cultural y Territorio de la Facultad de Arquitectura de la Universidad Javeriana, y su equipo de trabajo.

Todo parte, como lo explica Therrien, “de un elemento con el cual desayunamos, almorzamos, o decoramos parte de nuestra casa, porque en él se reflejan los cambios que se dan en la sociedad, sus desigualdades o los gustos de quienes la conforman”. Fue en el año 1997, en medio de esa búsqueda, cuando se produjeron dos hechos significativos: la aparición en las excavaciones de muchas casas del centro de Bogotá de un tipo de material industrial muy persistente y la publicación en la prensa de una noticia titulada “Una familia vive en un antiguo horno de una fábrica de loza”.

Frente a la noticia, Therrien no pudo más que exclamar “¡esto no puede ser!”. Y, por supuesto, allá fue a parar. Lo que vio no fue ya el fragmento de la loza sino la gigantesca estructura del edificio de la Fábrica de Loza Bogotana que estaba en pie, del cual se conservaba el 80% de su estructura y en el que aún habitaban algunos de los descendientes de los antiguos operarios.

Activadores de memoria

Así nace la investigación “De fábrica a barrio. Urbanización y urbanidad en la Fábrica de Loza Bogotana” que se enfocó en “entender cómo las ideologías concretas formuladas por ciertas élites en los siglos XIX y XX, se propusieron introducir y orientar prácticas sociales, habitacionales y laborales consideradas apropiadas para la evolución de la ciudad”.

La investigación en su conjunto es múltiple y diversa. Su carácter multidisciplinario y la riqueza y variedad de sus fuentes de información permiten dar un sentido y un significado no sólo a ese elemento urbano de la ciudad de hoy, sino a buena parte de su historia, porque en ella confluyen, como lo explica Therrien, las transformaciones sociales, culturales, políticas y económicas a las que dieron pie aquellas nuevas prácticas laborales.

El equipo de trabajo logró articular las miradas histórica, arquitectónica, arqueológica, artística, urbanística, antropológica y sociológica. Tuvo también la capacidad de manejar de manera ejemplar la información proveniente de cuidadosas pesquisas en fuentes muy disímiles. Sus integrantes indagaron en documentos públicos, recorrieron notarías y oficinas de catastro para abordar la historia de la propiedad del predio que de fábrica en el siglo XIX pasó a convertirse en barrio en el siglo XX e hicieron seguimiento de sus sucesivos propietarios.

Rastrearon noticias, crónicas, fotografías y material publicitario publicados en periódicos como La Caridad, que en 1864 se refería a las vicisitudes del propietario de la fábrica por sacar adelante su empeño, el Papel Periódico Ilustrado que en 1883 daba cuenta de “una vida de angustias, de labor incansable y de todo género de contrariedades para sostener y adelantar la fabricación de loza”, o más contemporáneas en El Vespertino, Cromos, El Espacio o El Tiempo que contribuyeron sin duda a la estigmatización de los habitantes de este sector de la ciudad, utilizando frases como “el tenebroso subfondo criminal de Bogotá”, “matar es muy común” o “el escondite del hampa”. Indagaron en estudios históricos con el fin de hacer un levantamiento arquitectónico de la antigua fábrica y entender cuánto de vigilancia y castigo tenían los trazados industriales de la época, inspirados en el modelo inglés, que incluían en un mismo espacio las áreas de habitación y las de producción, y realizaron también un análisis morfológico. Contrastaron mapas y planos antiguos.

Estudiaron los planes urbanísticos de Bogotá y examinaron su incidencia en el desarrollo del centro de la ciudad y en el de un sector que, por tener el carácter de límite, ha sido abiertamente condenado durante casi 200 años a ser asociado con la criminalidad. Caracterizaron de forma detallada la loza que se fabricó allí, repartida por los museos de la ciudad, anticuarios y colecciones personales, sus técnicas de fabricación, sus materias primas, su proceso de producción, sus diseños, su decoración, los gustos de la época y las tendencias del consumo y la comercialización de los productos.

Recogieron en un rico y complejo proceso etnográfico las valiosas historias de vida de los habitantes del barrio Antigua Fábrica de Loza, quienes fueron muy generosos con su aporte de información y de memoria, y abiertos a recibir una investigación que también se construyó con ellos.
El trabajo, que hace parte de la línea de investigación “Patrimonio, cultura y sociedad”, se adentra en el patrimonio industrial colombiano y examina la forma en que industrias como la de la loza configuraron paisajes y oficios. “Se está perdiendo la memoria de una época, de unos oficios como el de los textiles, la producción de sal, la cura de la madera en la arquitectura vernácula, la ferrería… Nadie lamenta la pérdida de memoria de los oficios industriales”, dice Therrien.

>Legado vigente de exclusión

La Fábrica de Loza Bogotana, que dejó de funcionar en 1887, se instaló en la parte más alta del recorrido de la quebrada San Juanito, en el piedemonte de Guadalupe, contra los cerros orientales. Se calcula que los terrenos comprendían dos hectáreas. El complejo industrial de la locería, explica Mónika Therrien, “se convirtió en punto central y estratégico dentro de un singular ignominioso terreno delimitado en su arista nororiental por el cementerio de los suicidas, al sur por los chircaleros y al occidente por los capuchinos, un grupo de hedonistas descritos por Cordovez Moure como ´enemigos acérrimos de las virtudes cardinales y decididos partidarios del mundo, del demonio y de la carne´”. Hoy, el sector de la fábrica se sitúa entre las carreras segunda y cuarta, y las calles tercera y quinta en el centro de la ciudad.

Therrien cuenta que paradójicamente, “la fábrica surgió en su momento como un paisaje destinado a civilizar los contornos de la ciudad ideal, sin embargo, hoy su edificio está destinado a sucumbir ante los nuevos discursos del progreso, formulados en las últimas décadas del siglo XX y materializados en otro tipo de paisaje, aquel surcado por autopistas y parques”.

Precisamente, este equipo de investigación, permeado por la tremenda carga de información y de conocimiento del lugar y de sus habitantes, vive las profundas transformaciones que ha traído al barrio la implacable construcción de la Avenida Los Comuneros, con sus desplazamientos y las renovadas estigmatizaciones. “Eran 60 familias cuando nosotros estábamos trabajando, pero efectivamente ya hoy no quedan más de 30 y de ellas solamente dos o tres son raizales. La vía, definitivamente, ha hecho un rompimiento de la memoria y de los lazos profundos que allá existían”.

Las preguntas ahora no están en la información que pueden aportar unos trozos de loza. Una mirada desde el patrimonio cultural hace que Mónika Therrien y su equipo busquen respuestas alternativas al uso de bienes patrimoniales y de interés cultural, como ha sido declarado parcialmente el edificio de la Fábrica de Loza Bogotana, para que estos sean más incluyentes de los habitantes de las zonas donde se encuentran ubicados. “Uno podría decir que el patrimonio en general lo que ha fomentado es más desplazamiento, más exclusión, más alejamiento de la comunidad”, concluye Therrien.


Para leer más…
+Therrien, Mónika (2007). De fábrica a barrio. Urbanización y urbanidad en la Fábrica de Loza Bogotana. Editorial Pontificia Universidad Javeriana. Colección Libros de Investigación. Bogotá.
+Therrien, Mónika (2008). “Patrimonio y arqueología industrial: ¿investigación vs. protección? Políticas del patrimonio industrial en Colombia”. En revista Apuntes, vol. 21, núm 1, (2008). Disponible en:
https://revistas.javeriana.edu.co/sitio/apuntes. Recuperado en 08/03/2010
+Monroy Álvarez, Silvia (2004). “Los gozos del arrabal: la permanencia de objetos rituales y las identidades marginales en el suroriente de Bogotá”. En Boletín de Antropología, Universidad de Antioquia, año 2004, vol. 18, núm 35. Medellín. Disponible en: https://200.24.17.69/descargas/boletinAntropologia/Bol3503_Los_gozos_del_arrabal.pdf. Recuperado en 08/03/2010
 

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Conocer más para prevenir mejor

Conocer más para prevenir mejor

Consumo de alcohol en jóvenes universitarios

El consumo de alcohol por parte de jóvenes universitarios ocurre a la vista de todos, sin que la cuestión aparezca con mucha frecuencia en las discusiones públicas. Aunque en los últimos meses han circulado iniciativas políticas que buscan restringir la cercanía de bares y discotecas a los centros universitarios –uno de los factores, aunque no el único, que favorece el consumo–, el tema parece enfriarse frente a problemas aparentemente más urgentes. El estudio “Niveles, situaciones y características del consumo de alcohol en estudiantes universitarios. Elementos para el diseño de programas de promoción y prevención”, de los grupos de investigación en Psicología y Salud y Laboratorio de Psicología de la Pontificia Universidad Javeriana, es una contribución desde la academia a la búsqueda de entender las dimensiones de un asunto que afecta distintos niveles de la vida estudiantil: disminuye el rendimiento académico, acrecienta problemas de depresión, contribuye a la deserción universitaria y puede estar asociado –según la literatura científica al respecto– con el riesgo de embarazos no deseados, el consumo de drogas, los accidentes de tránsito, las lesiones personales y el deterioro físico y psicológico.

¿Bebedores sociales?

El consumo de alcohol es, a pesar de la tolerancia cultural y legal que lo rodea, un problema de salud pública, como lo ha reconocido la Organización Mundial de la Salud y lo puede corroborar cualquiera. Según la Encuesta Nacional de Salud del Ministerio de Protección Social y la Pontificia Universidad Javeriana, publicada en 2008, entre los 18 y los 29 años, un 8,4% de la población presenta características de alcohol-dependientes. Este rango de edad es muy similar al de la población –entre los 19 y los 27 años– que fue objeto de estudio en la investigación dirigida por María Liliana Muñoz Ortega, y corresponde a las edades habituales en que se vive la experiencia universitaria.
En la investigación se tomó la opción de medir los porcentajes de sujetos que pueden estar en riesgo de presentar alguno de los niveles de consumo y las situaciones que llevan a él, y a partir de este conocimiento fundamentar posibles programas de prevención, mientras se dejó de lado la atención sobre las consecuencias de la ingesta de alcohol. Se trata, según la profesora Muñoz, de la primera fase de una pesquisa que debe continuar con el tiempo hasta lograr desarrollar estos programas en la práctica.
La investigación, de acuerdo con su explicación, fue de carácter no experimental, descriptiva y de asociación. Es decir, se trató de analizar el fenómeno como se está dando en este momento entre la población universitaria, describiendo las experiencias y buscando asociaciones entre unas variables y otras, para determinar las características y los niveles del consumo en relación con determinadas situaciones. Se convocó la participación de diez universidades de Bogotá, entre las cuales se tomó la muestra de 2.910 estudiantes. Los jóvenes, que voluntariamente accedieron a participar en el estudio, pertenecían a las jornadas diurnas de alguna de las diez universidades. Entre los centros educativos los había grandes y pequeños, tradicionales y nuevos. Según los investigadores, no hubo un estudio estadístico sobre el estrato social que permita cuantificar dicha variable, y aunque todas las universidades que aceptaron la convocatoria son privadas, se tuvo participación de distintos grupos de población. Queda abierta, entonces, la oportunidad para estudios posteriores que confirmen o no si se obtienen resultados similares en universidades públicas.

El grupo de investigación, del que también hicieron parte Lucía Carolina Barbosa Ramírez, Arturo Bríñez Horta, Claudia Cay­cedo Espinel, Margarita Méndez Heilman y Raúl Oyuela Vargas, aplicó tres instrumentos iniciales para la cuantificación y el análisis de la información: una ficha de datos generales, un cuestionario para evaluar el Nivel de Desarrollo de los Problemas Relacionados con el Consumo de Alcohol (CEAL), y el Inventario Situacional de Consumo de Alcohol (ISCA).

El primero de ellos es un instrumento diseñado por el grupo de trabajo en una investigación previa; esta herramienta, tipo cuestionario, se utilizó para determinar las características del consumo y tuvo validación por expertos. El CEAL es un instrumento diseñado en Colombia y que también ha tenido su proceso correspondiente de validación; se usa para medir niveles de consumo y determinar los riesgos de intoxicación, dependencia y abuso. En estos tres niveles, la investigación mostró que el riesgo de intoxicación es alto en un 52,6%, y moderado en un 47,4%; el de dependencia es muy alto en un 1%, alto en un 37,6% y moderado en un 69,1%. Finalmente, el riesgo de abuso es muy alto en 1,5%, alto en 21,2% y moderado en 77,3%.

El ISCA, por su parte, es una herramienta que ha sido utilizada y validada en México y da información de las situaciones personales (emociones desagradables, malestar físico, emociones agradables, probando control, necesidad física y urgencia por consumir) y las situaciones con otros (momentos agradables, presión social, conflicto con otros), en las que la persona bebió en exceso en el último año. Mientras en las situaciones personales el riesgo mayor se da cuando se experimentan emociones agradables, en situaciones con otros se encontró que el mayor riesgo se presenta en los momentos agradables, seguido de las situaciones en que se ejerce presión social para el consumo.

Más que estadísticas

Posteriormente, 80 de los 2.910 estudiantes participaron en 15 grupos focales, en los cuales se encontraron claves sobre el contexto cultural en el que los jóvenes universitarios consumen alcohol. “Concebimos el consumo de alcohol del joven bajo una mirada sociocultural”, asegura Muñoz. En la mayoría de las respuestas los estudiantes reconocen el problema sin que eso implique necesariamente la capacidad de actuar sobre él, o la existencia en ellos de mecanismos que les permitan controlarlo. “El comportamiento es distinto a la verbalización”, dice la coinvestigadora Margarita Méndez, quien insiste en que “actuar sobre el tema sociocultural es uno de los grandes retos, ya que implica trabajar el problema desde las mismas familias, en los colegios, las universidades y los distintos entornos. Es un tema multifacético que requiere atención a todos los factores”.

La frecuencia de las respuestas que se escucharon en los grupos focales, lo mismo que una investigación anterior titulada “El consumo de alcohol en escolares”, muestran evidencias de la intervención de los entornos y los contextos en la aparición de la problemática, como se ve en expresiones que revelan patrones culturales como “el más macho toma y revuelve tragos”; o competitivos: “los muchachos se bajan las cervezas de un sorbo”, y la insistencia en que existe una “cultura universitaria” y que los “bares incitan a tomar”. Se argumentan como motivaciones para consumir alcohol el “conflicto armado”, “el país vuelto mierda”, “masacraron a no sé cuántas personas”, los “conflictos familiares”, “el papá le pega a la mamá”, “la mamá está deprimida”, “el alcohol que es legal”, “los papás que están trabajando”. La soledad, la independencia recién adquirida y la distancia de la familia, se mencionan insistentemente. Los mismos jóvenes coinciden en que cuando ingresan a la universidad ganan en libertad y muchas veces no saben hacer uso de ella. Se sienten muy sujetos a las presiones de los compañeros. “Cuando se llega a la U uno puede liberarse de las prohibiciones y se quiere experimentar”, reconoce alguien en sus respuestas. La dificultad de socializar sin licor muchas veces se deriva del propio ambiente familiar: “Tómese unito, y diez personas encima de uno”, “los padres les ofrecen vinitos a los niños”, “si tu papá y tu mamá toman, cuando llegues a la universidad te va a parecer bien tomar” son otras de las respuestas.

Más vivencias y menos miedo

Esta investigación, que sin estar centrada en lo cuantitativo midió las situaciones de consumo y los niveles de riesgo de intoxicación, abuso y dependencia, aporta elementos para una segunda investigación que se dirigirá a la solución de la problemática, a través de un programa de prevención diseñado en la universidad y por estudiantes universitarios. “En la prolongación de la investigación se parte de una mirada integral donde intervienen los distintos actores: los jóvenes, los padres, la legislación, entre otros”, afirma la profesora Méndez. Los lineamientos de la segunda investigación, en proceso, se desprenden de las ideas expresadas en los grupos focales, donde los jóvenes manifiestan la convicción de que no es generando miedo como se va a producir un cambio de actitud frente al consumo de alcohol. “En contraste, proponen campañas de tipo propositivo que permitan generar en el joven otras alternativas de diversión, facilitar o favorecer habilidades específicas de autocontrol y socialización, para lograr un mejor desenvolvimiento y poder controlar así las presiones que tienen frente al consumo”, dice Liliana Muñoz. Aunque advierte que “no sobra que se den otras condiciones, como conocimiento sobre las consecuencias del consumo en la salud, inmediatas y a largo plazo”.

Pero lo claro es que se buscan mecanismos de persuasión más amigables. Los jóvenes proponen que estos programas de prevención sean desarrollados por los propios estudiantes, porque ellos mismos son los que saben qué los motiva y “entre pares se podrían hacer frente, cuestionarse y entenderse”. Están convencidos, asimismo, de que estas campañas deben involucrar el entorno familiar, el escolar y los entes públicos, y que en ellas se deben emplear componentes visuales que evoquen aspectos vivenciales. “Lo pedagógico no son las charlas pichas”, dice uno de ellos. “Aquí hay electivas sobre consumo de alcohol pero que sea más real, como ver los accidentes, videos, eso llega más, así le entra a uno más que las estadísticas”. La segunda parte de la investigación “Niveles, situaciones y características del consumo de alcohol en estudiantes universitarios. Elementos para el diseño de programas de promoción y prevención”, tiene por delante el reto de transformar esta información en programas con resultados eficaces.

Acuerdo de voluntades

Paralelamente, las universidades bogotanas, representadas por los propios rectores, se han aliado en un acuerdo de voluntades que las compromete a trabajar de manera permanente con los congresistas, los concejales, la Secretaría de Gobierno Distrital y la Policía para intentar formalizar una propuesta de legislación más restrictiva frente al consumo de alcohol, sobre todo en los entornos que rodean a las universidades. Sin desconocer que una nueva ley, más estricta, no evitaría el consumo de manera total, mientras no se actúe al mismo tiempo sobre las variables culturales, que tienen un proceso de transformación muy lento. Por lo pronto, en la Pontificia Universidad Javeriana se busca lograr una mayor formalidad y centralización de una política corporativa frente al consumo de alcohol de los estudiantes. En estas iniciativas participan la Vicerrectoría del Medio Universitario y el programa Universidad Saludable, apoyados por la Facultad de Psicología. La investigación ya concluida y la que está en marcha se inscriben dentro de esta iniciativa mayor. Se quiere de esta manera ofrecer unos lineamientos que puedan ser aplicados por todas las facultades, y que en el futuro provoquen transformaciones sociales más allá de la Universidad. En la Oficina de Asesoría Psicológica, que también depende de la Vicerrectoría del Medio Universitario, cualquier estudiante puede acercarse y solicitar orientación. Es un primer paso, estrictamente individual, sin el cual ninguna propuesta de mayor alcance puede tener éxito.


Para leer más…
<style=”color: #999999;”>+Londoño, C., García, W., Valencia, S., Vinaccia, S. (2005), “Expectativas frente al consumo de alcohol en jóvenes universitarios colombianos”, en Anales de Psicología, Vol. 21, núm. 2, pp. 259-267.
<style=”color: #999999;”>+Ministerio de Protección Social y Pontificia Universidad Javeriana (2008), Encuesta Nacional de Salud, Bogotá, Ministerio de Protección Social.
<style=”color: #999999;”>+Muñoz, L., Barbosa, C., Bríñez, A., Caycedo, C., Méndez, M., Oyuela, R. “Niveles, situaciones y características del consumo de alcohol en universitarios. Elementos para el diseño de programas de promoción y prevención”, Encuentro de Investigación sobre Consumo de Drogas REDLA, 21-23 de octubre de 2009, disponible en:<style=”color: #999999;”>https://es.calameo.com/read/0000133024d014dc32434. Recuperado 03/03/2010
 

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Kodály a la colombiana

Kodály a la colombiana

Arthur Schopenhauer pensaba que entre las artes, la más abstracta, metafísica y difícil de conceptualizar era la música. El filósofo alemán le confirió una altísima importancia al efecto que de ella provenía al sostener que era mucho más poderosa y penetrante que las demás expresiones estéticas, pues éstas, creía, respondían solamente a la sombra, en cambio la música enunciaba la esencia.
“En la música no reconocemos la repetición de ninguna idea de la naturaleza interna del mundo. Y aún así, se trata de un gran y excelso arte, y su efecto en la naturaleza del hombre es tan poderoso, que es completa y profundamente entendido por éste como un lenguaje universal”, escribió el filósofo. Ese pensamiento fue compartido por Zoltán Kodály, uno de los más destacados compositores húngaros de todos los tiempos, quien contemplaba la música como “una manifestación del espíritu humano” similar al lenguaje, pues, según él, ambos resultaban intraducibles a cualquier otro idioma. De esta manera, si no se quería que esas formas de descifrar el mundo, esos idiomas, se convirtieran en “tesoros muertos”, era preciso crear una fórmula para que el mayor número posible de personas pudiera entender este arte. Y así lo hizo.

Al tiempo que se doctoraba en letras, Zoltán Kodály asistía también al conservatorio de Budapest. Allí, Hans Von Koessler, su profesor alemán, supo despertar su interés por la música tradicional de Hungría. En poco tiempo, él y su amigo y compañero de clases, Béla Bartók, recorrieron el país europeo realizando un amplio trabajo de musicología étnica. Fue tal el significado de esa experiencia que Kodály llegó a coleccionar cerca de 100.000 canciones de la música tradicional húngara y las hizo objeto de una singular perfección musical. Hoy, para el campo pedagógico el trabajo investigativo realizado por el músico resulta imprescindible.

Kodály, el renovador

A partir del deseo de ver su país culturizado musicalmente, el compositor optó por no enseñar música de salón alemana o vienesa, la única opción educativa en ese entonces, sino que centró su actividad pedagógica en la música popular húngara y tuvo como primera idea formar a los maestros de escuela. Junto a ellos inició lo que se convertiría en un verdadero paradigma musical. Pensaba el artista: “Es mucho más importante saber quién es el maestro de Kisvárda, que quién es el director de la Ópera de Budapest… pues un mal director fracasa sólo una vez, pero un mal maestro continúa fracasando durante 30 años, matando el amor por la música a 30 generaciones de muchachos”.

Fueron numerosos los esfuerzos que él, sus alumnos y sus colaboradores hicieron para desarrollar un método de pedagogía escolar que consolidara un alto nivel instructivo, pero todas y cada una de las capacitaciones, revisiones, transcripciones y adaptaciones surtieron efecto. Los resultados ya entonces fueron sorprendentes como lo describió Kodály: “Hungría, un país de 10 millones de habitantes tiene actualmente ochocientos coros adultos, cuatro orquestas profesionales en Budapest, cinco en otras ciudades y numerosas orquestas aficionadas”. Y cualquier persona que no tenga educación musical es considerada inculta. Además, el método se expandió por los cinco continentes bajo la batuta de la Kodály International Society, fundación que hoy en día ofrece becas para que estudiantes extranjeros puedan estudiar el método Kodály en su sede principal en Kecskemét, lugar de nacimiento del músico.

La música como lenguaje

El plan que trazó el compositor húngaro para favorecer el aprendizaje musical de la mayoría de los habitantes de su país consistía en reconocer la música como una necesidad implícita de la vida misma. Para ello había que ser consciente de que la educación musical de un ser humano empezaba al momento de ser concebido. Se hacía indispensable, entonces, la colaboración de todos los sentidos corporales desde los primeros momentos vitales: el oído para captar los sonidos, la vista para leer la música, el tacto: las manos para tocar un instrumento, seguir el ritmo y la melodía y el corazón para sentir, para potenciar la expresividad y la sensibilidad.

Kodály pensaba que era casi natural que el aprendizaje musical se iniciara con las canciones infantiles, éstas constituían una herramienta eficaz en el adiestramiento porque, al compartir notas y ritmos similares que se repetían constantemente, el niño podía comprender, progresivamente, las melodías de una manera agradable a sus oídos. Después de hallar gusto en la praxis, la teoría se asimilaba de una manera más perceptible. El niño empezaba a tocar las mismas piezas musicales que habían estado experimentando sus sentidos, por lo que tenía ya cierta familiaridad. La musicóloga Pilar Azula dice que la importancia del método radica en la edad de quien lo ejecuta: a menor edad, mayor dominio, pues el aprendizaje musical se desarrolla de manera similar que al lenguaje hablado: casi sin percatarse.

Con acento colombiano

Según Alejandro Zuleta Jaramillo, profesor del Departamento de Música de la Pontificia Universidad Javeriana, la práctica pedagógica musical en Colombia durante los últimos 50 años ha sido variada y creativa en sus propuestas alrededor de las músicas tradicionales; sin embargo, la conformación multiétnica no ha permitido agrupar a ese abanico melodioso en un método nacional de pedagogía musical. Dice el maestro: “Tal vez el error está precisamente allí: en creer que debemos crear métodos o procedimientos nacionales en lugar de crear propuestas diversas que puedan entrar en diálogos creativos”. Para romper con ese esquema tradicional, y como solución a la falta de exposición que hay en las familias y escuelas del país a los estímulos musicales, el también asesor del programa Nacional de Coros de Ministerio de Cultura quiso orientar una investigación basada en el método Kodály en Colombia.

“El método no es un manual de instrucciones ni una receta de cocina”, dice Zuleta en su investigación. “Es una manera de proceder, de cocinar, adaptable a diferentes comensales por cocineros diferentes en circunstancias variadas. Esta adaptación comenzó con un trabajo de recopilación y clasificación de material musical folclórico y tradicional colombiano; “Bunde de San Antonio”, “Que llueva”, “La petaquita” y “El puente está quebrado” hicieron parte de las numerosas rondas, canciones populares y de compositores reconocidos que el investigador, junto a María Olga Piñeros y Helena Barreto recopilaron para ser utilizados dentro del método de enseñanza del músico húngaro.

No se pretendió realizar una investigación etnomusicológica ni una antología de campo de música folclórica o tradicional colombiana. Se partió del trabajo de compilación realizado a través de años por músicos, folcloristas, pedagogos musicales, antropólogos y etnomusicólogos.

Como resultado, Alejandro Zuleta Jaramillo condensó en el libro El Método Kodály en Colombia una secuencia pedagógica planteada por tres niveles de contenidos divididos en grupos de edad. El nivel de iniciación va desde preescolar hasta los ocho años; el nivel I y II de ocho a 12 años y el nivel III desde los 12 años en adelante. Con cada uno de estos grupos, la pedagogía se centra en las premisas fundamentales de Kodály: trabajar un método coral que tenga como base la música tradicional para llegar a través de ella a la música del mundo, buscar la alfabetización musical dándole la misma importancia que la alfabetización al lenguaje y enseñar pensando que la música de alta calidad, –entendida por Zuleta como “la de buena factura, la poética, la que mueve el espíritu”– es el mejor material para enseñar música. “Puede ser una obra de Mozart o de Rafael Escalona”, dice.


Para leer más…
<style=”color: #999999;”>Zuleta Jaramillo, Alejandro. (2008). El método Kodály en Colombia. Editorial Pontificia Universidad Javeriana, Bogotá.
<style=”color: #999999;”> “El método Kodály y la formación del profesorado de música” en revista electrónica Léeme. Disponible en:https://www.pdfqueen.com/html/aHR0cDovL211c2ljYS5yZWRpcmlzLmVzL2xlZW1lL3JldmlzdGEvbHVjYXRvMDEucGRm. Recuperado 10/03/2010
<style=”color: #999999;”> Sitio oficial de la Kodály International Society, red que expande el legado del artista húngaro y ofrece becas para estudiar la metodología artística en Europa. Disponible en: https://www.iks.hu. Recuperado 10/03/2010.
 

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Gina Pilar López

Gina Pilar López

La historia de la ciencia está llena de personas obsesionadas con descubrir nuevos mundos. Algunas de ellas se embarcaron en travesías por tierras ignotas o viajaron a la luna. Otras se han sumergido en submarinos para explorar el fondo de los océanos. Pero la joven investigadora del Departamento de Biología de la Facultad de Ciencias de la Universidad Javeriana, Gina Pilar López Ramírez, ha descubierto esos nuevos mundos en lugares que por estar más cerca no dejan de ser sorprendentes y abren puertas a universos inexplorados. Esta microbióloga de 28 años, que cursa su segundo año de doctorado en la Universidad bajo la tutoría de la profesora y científica Sandra Baena, se ha impuesto la misión de entender cómo algunos microorganismos pueden no sólo sobrevivir sino prosperar en ambientes extremos. Una de sus primeras contribuciones a este campo de investigación la hizo durante su trabajo de tesis de pregrado en 2002, cuando documentó, junto con Baena, la existencia de microorganismos reductores de hierro férrico (FE3+) en los manantiales termominerales de Paipa en Boyacá. “Esa etapa fue crucial porque descubrí que me interesaba la investigación. Es muy poco lo que se conoce de ese universo microbiano en ambientes extremos aquí en Colombia y comenzar la búsqueda era, como decía mi tutora, explorar una caja negra”. Esta idea y la de mirar las potenciales aplicaciones para la microbiología industrial guió el ejercicio.
En 2006, con alguna experiencia laboral en el sector de biofertilizantes y en la industria de alimentos, López volvió a trabajar en la Universidad, en la Unidad de Saneamiento y Biotecnología Ambiental (USBA). En ese momento se encontraba motivada por su selección como joven investigadora de Colciencias; bajo este esquema pudo darle continuidad a la primera etapa investigativa. Gina asegura que una de las claves para forjar una carrera científica es la paciencia. Los resultados no se obtienen de manera súbita y sólo la perseverancia y la creatividad permiten resolver problemas con recursos técnicos limitados.

Para esta colombiana la ciencia siempre ha sido parte de su vida. Su padre es un licenciado físico especialista en meteorología y su madre es una ingeniera geógrafa. Pero no todo es laboratorio y microscopios. Reconoce que es necesario tomar distancia de los problemas para volver a ellos con nuevas y mejores ideas. Y en el caso de Gina, nacida por accidente en España, nada mejor que un partido improvisado de básquetbol o una salida a bailar salsa, su música favorita.

Pasión, motor del investigador

Otra parte crucial de su labor científica se ha concentrado en apoyar diversos proyectos de la Universidad, entre los que se encontraba el recuento de poblaciones microbianas en un reactor tipo UASB (por su sigla en inglés, Upflow Anaerobic Sludge Blanket, es decir Reactor Anaeróbico de Flujo Ascendente y Manto de Lodos) para tratamiento de aguas residuales de las cervecerías. Tanto su tesis de pregrado como los resultados con el equipo investigativo javeriano y Colciencias fueron el comienzo de una prometedora carrera en la cual ha recibido el apoyo y la guía constante de su mentora, quien reconoce que su pupila, al igual que los demás jóvenes miembros que componen la unidad, pertenece al tipo de investigadores que hacen su trabajo motivados más por la pasión que por la remuneración. “Son jóvenes que lo dan todo sin reparar en las largas horas de trabajo en los laboratorios. Ellos hacen parte ya de la generación de relevo que está fortaleciendo la comunidad científica del país”.

Gina tiene también en su haber la caracterización de una nueva especie. Junto a Carolina Díaz Cárdenas (también estudiante de doctorado), Sandra Baena y Bharat K. C. Patel, describieron en un artículo publicado en agosto del año pasado en el International Journal of Systematic and Evolutionary Microbiology la existencia del organismo que llamaron Dethiosulfovibrio salsuginis. Esta microbióloga tiene claro que “siempre hay que trabajar en equipo. El que trabaja sólo puede llegar a estancarse y caer en sus propios errores. Se corre el riesgo de trabajar siempre en lo mismo”.

En este momento está explorando la biodiversidad microbiana en el Parque Nacional Natural de Los Nevados. La principal contribución es la de explorar y valorar la diversidad de estos ambientes extremos, con miras a efectuar un estudio de bioprospección, que permita obtener enzimas lipolíticas que tienen gran potencial en el desarrollo de aplicaciones en la industria farmacéutica, cosmética, de alimentos y de química fina. Este proyecto se articula con las actividades investigativas del GEBIX (Centro Colombiano de Genómica y Bioinformática de Ambientes Extremos) en el que trabajan por lo menos diez instituciones que incluyen universidades y grupos investigativos.

Y en el curso de esta empresa científica, Gina tiene la tarea de escoger la universidad europea en donde realizará su pasantía internacional, un componente básico de su plan de estudios doctorales.

Luego de unos meses de trabajo en estos laboratorios, volverá para presentar los resultados de su investigación y emprender la recta final de su preparación, que marcará el comienzo de nuevas búsquedas en el inmenso mundo de la microbiología.


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