El valor de los registros fotográficos en la era preantibiótica

El valor de los registros fotográficos en la era preantibiótica

Morir sin saber cuál era la dolencia. Pasar años esperando una respuesta. La enfermedad es una incógnita y se acude a los médicos en busca de respuestas. ¿Y si no las hay? Si no es posible un diagnóstico que permita desencadenar los procesos posteriores de tratamiento, acompañamiento, esclarecimiento y pronóstico, ¿qué pasa con el paciente, qué hacen los médicos, cómo se viven estas situaciones?

Con un espejo retrovisor es posible acercarse a determinadas épocas de la historia, del propio desarrollo de la ciencia o de la práctica médica, en las que los galenos tuvieron ante sí casos clínicos especiales, casos únicos que representaban enfermedades en estados avanzados, tumores de gran tamaño, estados pre y posoperatorios, piezas anatomopatológicas y registro de enfermedades de las cuales desconocían el diagnóstico definitivo.

En Colombia, la Colección Sanmartín-Barberi de la Academia Nacional de Medicina contiene un acervo fotográfico de más de 1.200 imágenes en blanco y negro sobre papel baritado, tomadas entre 1929 y 1930 por la sección de Fotografía y Anatomía Patológica del Laboratorio Santiago Samper del Hospital San Juan de Dios, que representa un grupo de pacientes que sigue esperando un diagnóstico, una respuesta que explique su dolencia. La Colección, por años, estuvo olvidada, no se conservó adecuadamente y sufrió la indolencia nacional típica ante el valor de la historia, los archivos y la memoria.

Noventa años después de que médicos tratantes de la época, entre los que se encontraban figuras importantes de la historia de la medicina en Colombia, como el Dr. José Ignacio Barberi, el Dr. Rafael Ucrós Durán y el Dr. José Nepomuceno Corpas, vieran la importancia de documentar ese tipo de casos a través de un minucioso registro fotográfico, un grupo de investigadores del Instituto de Genética Humana de la Facultad de Medicina de la Universidad Javeriana, liderado por el Dr. Fernando Suárez Obando, emprendió la tarea de ordenar el material fotográfico de la Colección, digitalizar las imágenes y llevar a cabo un análisis clínico de cada caso, con el fin de determinar los posibles diagnósticos, así como de establecer el estadio de cada enfermedad.

La Colección, cuenta a Pesquisa el Dr. Suárez, “es una ventana a un momento histórico en el que el diagnóstico temprano era infrecuente y el concepto de enfermedad apenas comenzaba a reconocer la existencia de organismos microscópicos, aún no existían los antibióticos y la esterilización era precaria. La población, mayoritariamente rural, tenía que desplazarse a las ciudades en busca de tratamientos. No se realizaban vacunaciones masivas, no había redes hospitalarias y la epidemiología apenas se asomaba como una explicación más o menos convincente de las plagas y epidemias. En esas condiciones, los médicos se sorprendieron ante hallazgos semiológicos extraordinarios, personas con padecimientos que representaban no solamente un estadio avanzado de la enfermedad sino enfermedades que cuestionaban al científico que había en cada médico, al detective que se obsesionaba con encontrar la verdad”.

Adentrarse en la Colección fue un trabajo significativo en el que participaron también los doctores Jaime Bernal y Alberto Gómez, del Instituto de Genética Humana, y el doctor Egon Lichtenberger, de la Academia Nacional de Medicina, ya que destaca aspectos de la medicina colombiana que deberían estudiarse en profundidad, entre los que se encuentran la capacidad de registro fotográfico y documentación de la enfermedad, la sabiduría y la habilidad quirúrgica de los médicos de la época, y que merecerían, como dice Suárez, la admiración de las actuales generaciones de médicos.

Imágenes para una interpretación multidimensional

Quien no trajina habitualmente en el mundo de la medicina o la investigación se pregunta qué retos implicó describir, explicar, diferenciar y clasificar la manifestación de lo infrecuente a partir de fotografías que registran casos médicos especiales. El investigador principal comparte su experiencia y señala que, aunque los académicos vinculados al proyecto están acostumbrados a la enfermedad, las imágenes en blanco y negro resultaron impresionantes, y que, más allá de la propia enfermedad, “cada imagen registra toda la dimensión humana, el dolor, el sufrimiento, la incertidumbre, la tensión entre la desnudez, el pudor y la lente fotográfica. En cada caso era inevitable imaginar cómo sería vivir con ese tipo de carga; con un tumor o una lesión claramente visible, vivir con los señalamientos, las burlas, la compasión, el dolor, y acostumbrarse a existir con esa aflicción”.

Para los investigadores, hubo preguntas complejas de responder: ¿cómo reconocer una enfermedad que nunca estudiaron u observaron en sus carreras?, ¿cómo hacer un diagnóstico sin datos demográficos, sin historia clínica, sin examen físico? El reto fue entonces “inferir a partir de la imagen, disecar la semiología registrada en la fotografía y acudir a los libros, preguntar a otros expertos y, no en pocos casos, rendirnos ante la ignorancia. Es probable que en 1930 supieran lo que ocurría con el paciente, pero no siempre sabían qué hacer, y nosotros en el siglo XXI no sabemos exactamente lo que sucedía, pero tal vez, si lo conociéramos, sí sabríamos cómo proceder. En cualquier caso, ya es tarde para el paciente, pero no para la construcción de la memoria y la historia del conocimiento médico colombiano”.

A estas dificultades se sumó la de digitalizar en alta resolución las imágenes, catalogarlas, ordenarlas y reconocer entre varias cuáles constituían diferentes ángulos de un mismo paciente o de un mismo caso.

Con los resultados de esta investigación, un estudiante de Medicina tiene la oportunidad de encontrarse con elementos esenciales de la historia de la medicina colombiana, comprender las transformaciones de la mirada médica, valorar la importancia de la fotografía médica de comienzos del siglo XX o preguntarse por qué la escasez de museos médicos, por qué las cátedras insuficientes de historia de la medicina o por qué este tipo de colecciones se encuentran escondidas y hasta abandonadas. En Colombia, afirma Suárez, “tenemos excelentes facultades de Medicina que están al día con el desarrollo científico, pero que olvidaron su pasado. Rescatar parte de la memoria de la medicina colombiana es el aporte más importante de esta investigación”.

La investigación “Patología exótica en la Colección Sanmartín-Barberi de la Academia Nacional de Medicina” dio nueva vida a esta importante colección. Hoy, sus fotografías originales y las restauradas están en el Museo de Historia de la Medicina de la Academia Nacional de Medicina, la colección digital se encuentra bajo custodia de los investigadores en el Instituto de Genética Humana de la Pontifica Universidad Javeriana y se publicará un libro junto con un atlas digital (CD-ROM) con el trabajo realizado.

Una tradición por revisitar

La Colección Sanmartín-Barberi es quizá la más extensa en fotografías médicas de la época con que cuenta el país. Sin embargo, también es probable que en alguna facultad de Medicina se conserven acervos similares, diferentes a este y a la Colección de Ceroplástica del Museo de Historia de la Medicina de la Facultad de Medicina de la Universidad Nacional de Colombia.

El contenido de la Colección es un buen ejemplo de la tradición de la fotografía médica en Colombia, un campo de amplio desarrollo, como se manifiesta en la gran cantidad de artículos y libros sobre casos clínicos y especialidades médicas en los que la fotografía ilustra la enfermedad, el resultado de un tratamiento, una presentación clínica atípica o una enfermedad infrecuente. Al preguntarle al profesor Suárez por esta tradición en el país, cuenta que hay especialidades médicas, como la cirugía plástica o la dermatología, en las que la fotografía médica ha jugado un papel importante. Trabajos representativos son los de los profesores de la Universidad Nacional, doctores Felipe Coiffman, en cirugía plástica, y Gerzaín Rodríguez, en la enseñanza de enfermedades que son semiológicamente complejas. Recuerda también que en el área de la genética clínica se ha usado la fotografía médica como medio para analizar las enfermedades representadas por culturas precolombinas en figuras de cerámica —trabajo del Dr. Jaime Bernal Villegas, profesor de la Facultad de Medicina de la Pontificia Universidad Javeriana— o en los estudios del profesor Pedro Pinto Núñez, de la Facultad de Medicina de la Universidad del Norte, sobre malformaciones congénitas, que comprenden más de doscientas fotografías que ilustran los signos clínicos de diversos síndromes y enfermedades congénitas. También está el Atlas de semiología médica y genética, publicado por el Instituto de Genética Humana de la Universidad Javeriana, en el que se compilan más de cuatrocientas imágenes que ejemplifican los diversos signos clínicos que definen las enfermedades genéticas.

El cuidadoso registro fotográfico de la Colección Sanmartín-Barberi se da en la era preantibiótica de la medicina, momento en el que el modo de plantear las preguntas es diferente y en el que las claves para develar las enfermedades están en el campo macroscópico; de ahí la importancia del registro fotográfico. Hoy lo visible al ojo humano, explica Suárez, ha perdido importancia. Se mira lo molecular, la célula, el marcador biológico, no al paciente, por lo que se entiende al enfermo de forma fragmentada. La historia, enfatiza Suárez, le da sentido a la actualidad, contribuye a contrastar la evolución de la enfermedad en épocas distintas a la nuestra y amplía la comprensión del saber médico.

Al preguntarle por los dilemas que pueden plantearse al divulgar registros fotográficos de lo que algunos llaman enfermedades exóticas, plantea que “la mirada de la sociedad ante la diferencia, ante lo inusual y ante la enfermedad debe transformarse a través del conocimiento, y el conocimiento no se oculta, se difunde”. La dificultad radica en que existen formas de difusión, como los circos de rarezas o el amarillismo periodístico, que poco contribuyen a la construcción de tolerancia y respeto. Explica Suárez que el objetivo de llevar a cabo la difusión de la información fotográfica y médica de la Colección, con análisis y sustento científico, se planteó claramente desde el inicio del proyecto de tal manera que, con la representación médica de la enfermedad, la búsqueda del diagnóstico etiológico y el uso de la semiología médica en la descripción de los signos clínicos, se aportara a la sociedad haciéndole entender que se trata de enfermedades graves y no de condiciones que resulten de eventos sobrenaturales. En esa medida, la mirada médica y la mirada científica evitan la presencia y el arraigo de la estigmatización.


Para leer más:

+ La Colección Ceroplástica del Museo de Historia de la Medicina de la Universidad Nacional de Colombia. Disponible en: https://www.museos.unal.edu.co/sccs/plantilla_museo_3.php?id_subseccion_museo=279&id_museo=8. Recuperado en 18/10/2011.


Descargar artículo
¿Cómo es ese, el que se va?

¿Cómo es ese, el que se va?

Huyó porque en Colombia no podía ser él. Ni su familia, ni sus amigos, ni la sociedad se lo permitían. Entonces se fue lejos. Viajó a Nueva York, donde sus esperanzas tenían la posibilidad de concretarse y donde su identidad —una encrucijada complicada e inhóspita— no se veía menoscabada. Porque, claro, él lo sabía; a pesar de su preferencia sexual, era un hombre, como todos, pero las mentes parcas y cegatas que habitaban su terruño no lo entendían.

Santiago Martínez Ardila, Sammy, formó su propio hogar en un apartamento en Times Square. Allí escribía. Desde ese lugar del mundo vivía como había soñado desde chico. Nueva York le permitió ser él. El exiliado respiró el aire de la libertad que le daba permiso de actuar como una mujer en el cuerpo de un hombre. Sin embargo, esa aventura entre dos mundos era la suma de sus tensiones.

Sammy, el personaje central de Luna latina en Manhattan, la novela de Jaime Manrique, es tan solo un ejemplo de lo que ha pasado con miles de colombianos que migran a otros lugares en busca de sus sueños, cualesquiera que estos sean. La novela refleja la partida, pero también el asentamiento de quien se va y se convierte en otro, un sujeto amalgamado por dos culturas y dos sociedades, un ser que muta de manera presencial y a la distancia, como en una atemporalidad.

La apuesta del empirismo

Fue en el recuerdo lejano de su tierra y en el presente estructurado de un país del primer mundo donde Liliana Ramírez empezó a cuestionarse sobre la figura del emigrante.

La filósofa, egresada de la Universidad de los Andes, ya había cursado una Maestría en Español y Portugués en la Universidad de Massachusetts, en Estados Unidos, y había decidido estudiar en el mismo lugar el doctorado.

En ese proceso académico, que duró siete años, y a través de su experiencia personal, halló a cubanos, mexicanos y suramericanos que habitaban junto a ella en un pueblo diminuto llamado Amherst, cercano a la ciudad de Springfield. Por medio de ellos y de sus propias vivencias, pudo comprobar cómo, para estas personas, el exilio había sido un elemento determinante en su formación profesional, en su rutina de vida y en la forma de apreciar el mundo.

Poco a poco se fue acercando a la literatura que narraba el tránsito de las personas de un país a otro, y se interesó tanto por el tema que optó por trabajar, en su tesis del Doctorado en Literaturas Hispánicas, el curso de sujetos latinoamericanos entre fronteras en tres diferentes novelas: Balún-Canán, de Rosario Castellanos; Dreaming in Cuban, de Cristina García; y Chambacú, corral de negros, de Manuel Zapata Olivella.

Su trabajo le sirvió para visibilizar los límites y linderos de América Latina con afrodescendientes, indígenas y US latinos, y le reveló cómo, a partir de esos asentamientos, se construyeron nuevas subjetividades dentro de una cultura formada por emigrantes.

A su regreso a Colombia, Ramírez ya contaba con una postura teórica y, a medida que avanzaba en el tema, se percataba del poco interés que la investigación y la academia le prestaban a la figura del sujeto migrante en la literatura colombiana contemporánea. Como excusa, se tendía a homogeneizar ese tipo de temáticas.

Sin embargo, la investigadora se dio a la tarea de estudiar diferentes movimientos de migración en el país. Empezó a leer las obras de los escritores que vivían en exilio y se ocupó de una pregunta fundamental: ¿cómo da cuenta la literatura colombiana de esos procesos de migración?

Plantearse esta pregunta, cuando la literatura colombiana de los últimos quince años ha explorado de manera notable el exilio, significó postularse otros interrogantes: ¿se replantea la identidad colombiana al abordar las experiencias de sujetos que viven en fronteras culturales, lingüísticas y raciales? ¿Cómo son los sujetos migrantes que se están construyendo en la narrativa colombiana contemporánea? ¿Manejan estos textos una retórica de la migración que se basa en la noción tradicional de identidad esencial y estable o proponen una identidad sincrética de las fisuras de la condición migrante? ¿O acaso son discursos descentrados que postulan al sujeto migrante como en un reposicionamiento de identificaciones continuas? ¿Qué horizontes del sujeto predominan en las representaciones en ellos expuestas? ¿Cómo son presentados los lugares de llegada y origen? ¿Desafían la tradicional identidad colombiana o, más bien, perpetúan los discursos de la identidad tradicional concebida como una unidad integradora?

La identidad: ¿una construcción literaria?

Para establecer una concepción de sujeto migrante, Ramírez tuvo en cuenta la definición que propuso Antonio Cornejo Polar, cuando participó en el debate sobre la identidad latinoamericana en los años setenta. El pensador peruano describió al exiliado como un sujeto heterogéneo, lo que significa que no es el resultado de una síntesis armónica, sino, más bien, de un proceso conflictivo.

“No es verdad que en situaciones de cruces de frontera uno no es A ni la suma de A y B. Los mestizajes corresponden a heridas abiertas, pues las mismas fronteras son heridas abiertas”, explica Ramírez. En esa medida, la investigación de la docente del área de Teoría Literaria Latinoamericana de la Pontificia Universidad Javeriana quiso indagar sobre la identidad del sujeto migrante una vez vivida su experiencia en el país extranjero, sobre su situación social en medio de un entorno ajeno y sobre su perspectiva personal desde una ubicación diferente a la de su lugar de origen. Fue preciso también reconsiderar la noción de hibridez de Néstor García Canclini, que se entiende como: “Procesos socioculturales en los que estructuras o prácticas discretas, que existían en forma separada, se combinan para generar nuevas estructuras, objetos y prácticas”.

Con estas definiciones claras, la investigación no debía responder cómo es el colombiano que migra, sino, más bien, cómo se construye la identidad colombiana en los textos literarios; y quién habla del migrante, cómo lo hace, desde qué categorías y para quién.

Autores y obras expatriadas

La diáspora, el exilio y el nomadismo están tan presentes en la literatura colombiana que, si se tuviera que plantear una clasificación de este tipo de relatos, el número de obras sería considerable.

Algunos autores han escrito desde el exilio, pero otros no han tenido que transitar pagos ajenos para reflejar en sus líneas el complejo mundo del viajero que encuentra otra realidad tras dejar atrás las costumbres de su país. Sin embargo, en el panorama literario colombiano no solo el migrante habla, sino que también hay autores no migrantes que lo representan.

Un gran puñado de ellos vive en Estados Unidos, como Luz Macías, Jaime Manrique y Alister Ramírez. Otros optaron por escribir desde Europa, como Eduardo García Aguilar, Anabel Torres y Juan Gabriel Vásquez. Alfredo Molano y Antonio Ungar son algunos de los que mantienen vigente su tránsito por distintos lugares. Y otros, casi desconocidos en el mercado editorial colombiano, como Julio Olaciregui, no han publicado nunca en el país.
Escoger escritores y obras —dentro de la gran gama que brinda la literatura colombiana contemporánea— constituyó un reto para la investigación. Sin embargo, explica Ramírez, poco a poco se pudo resolver esa problemática, “tras el hallazgo de escritores que hablaban sobre el exilio, aunque ellos mismos no se hubieran exiliado, y de quienes sí estaban o habían estado refugiados en otro país. Otro aspecto a tener en cuenta fue la diversidad temática”.

A partir de esa taxonomía y de una delimitación cronológica, Ramírez encontró que la migración, como tema central de la obra literaria, estaba problematizada en novelas como La multitud errante, de Laura Restrepo; Luna latina en Manhattan, de Jaime Manrique; Paraíso Travel, de Jorge Franco; Zanahorias voladoras, de Antonio Ungar; y La celda sumergida, de Julio Paredes, entre otras.

Según la investigadora, en novelas como Luna latina en Manhattan y Paraíso Travel se demuestra el tema de la representación. En la primera, Manrique apunta pedazos de su propia vida en Nueva York y evidencia su condición de US latino cuando el narrador, que es un escritor homosexual (como el escritor), no habla como habitante del mundo, sino como un colombiano ante los ojos de los demás.

En Paraíso Travel, Jorge Franco narra la vida de varios colombianos en Nueva York; sin embargo, la localización del narrador que cuenta su vida es otra. Marlon, el protagonista, no es en este caso un US latino, sino un paisa que viaja detrás de una mujer. La localización del narrador, señala Ramírez, “es la de un colombiano en la diáspora, no un sujeto entre culturas, necesariamente. La vida de los seres en la diáspora aparece en el texto como una exageración del centro, de Colombia misma”.

Y esto se acentúa en las palabras de uno de los personajes: “Cuando la gente sale de su país se convierte en la caricatura de los que se quedan”. Por lo que se concluye que el texto aborda al sujeto migrante solo como extensión del centro: Marlon no deja de ser colombiano, Marlon no es el sujeto roto del que habla Cornejo ni el reposicionado de García Canclini.

La multitud errante coincide con Paraíso Travel en la intención que tiene el protagonista con la migración: el personaje que viaja, viaja en busca de otro. Sin embargo, la novela de Restrepo difiere de la de Franco en que su personaje migra hacia el interior del país. Dice Ramírez: “La multitud errante explora, más que la identidad como sujeto, la condición misma del sujeto que migra. Un sujeto en movimiento, que busca un centro y usa la voz para nombrarse y posicionarse”.

En Zanahorias voladoras, Ungar, en cambio, narra el desplazamiento y el delirio de un hombre que migra a Barcelona y después recorre diferentes ciudades europeas.

A pesar de abordar el tema migratorio de manera diferente, todas las obras tienen en común un vuelco de la narración por el proceso de migración hacia el interior de los personajes: nociones de migración que tienen que ver con el exilio personal, el exilio interior.

Otra coincidencia encontrada es que estas novelas tienen como narradores a personajes masculinos, quienes les asignan a las mujeres un rol específico dentro de los procesos migratorios. Además, como curiosidad, todos estos hombres, protagonistas de las obras, son amantes de la palabra; si no son escritores, están en proceso de serlo.

¿De dónde viene, para dónde va?

Otro aspecto clave de la investigación consistió en ubicar específicamente los lugares de la migración en las obras. En esta búsqueda, Ramírez encontró textos que hablan sobre migraciones hacia el interior del país y de desplazamientos dentro de ese territorio, aunque no se mencione la ubicación geográfica. Desterrados, de Alfredo Molano, algunos cuentos de la antología Lugares ajenos, de varios autores, y La multitud errante, de Laura Restrepo, son algunos de ellos.

Para Ramírez, estos escritos problematizan la construcción de identidad del sujeto migrante desde la clase social y el género, pero descuidan otros factores importantes para dar cuenta de una realidad totalizadora: la lengua, la raza o la preferencia sexual.

Otro es el caso de los libros que hablan de las migraciones de colombianos hacia otros países: El síndrome de Ulises, de Santiago Gamboa; Luna latina en Manhattan, de Jaime Manrique; Paraíso Travel, de Jorge Franco; La ciudad interior, de Freddy Téllez, entre otros.

Personajes como los de Franco y  Manrique migran hacia Estados Unidos, mientras que los de Ungar, Téllez y Gamboa lo hacen a Europa. En este punto, Ramírez establece una diferencia, pues dice que no es lo mismo viajar a Europa que a Estados Unidos: “Los personajes que migran hacia Europa son, en varios textos, como Zanahorias voladoras y El síndrome de Ulises, hombres, intelectuales, de clase media, quienes, como anota Blanca Inés Gómez en su artículo “Postcolonialidad y exilio en la literatura nacional”, pertenecen a la tradición colombiana narrada desde De sobremesa de José Asunción Silva hasta El síndrome de Ulises de Gamboa, pasando por Años de fuga de Plinio Apuleyo Mendoza”.

El lugar adonde se migra, entonces, está relacionado con las causas de la migración y las proyecciones del sujeto migrante, así como con la clase social, la preferencia sexual y la expectativa de un cambio económico. Este último es el caso de los personajes de Franco y Manrique: protagonistas de clase media baja que, en busca de mejores condiciones de vida, viajan a Estados Unidos tras el famoso sueño americano.

¿Costumbre social o exilio interior?

Señala Ramírez que los textos de Lugares ajenos hablan de la migración como consecuencia de condiciones sociohistóricas. La celda sumergida, Zanahorias voladoras y Paraíso Travel, en cambio, postulan la migración o el exilio como una condición humana, en el sentido en que todos perdemos el paraíso cuando perdemos la infancia. Es así como estas obras dejan a un lado las condiciones históricas que son las causas de la migración colombiana en la
mayoría de los casos.

La multitud errante, por su lado, es descrita como “una metáfora de una cadena de desplazamientos: la narradora pretende hacer presente a un ser que no tiene ni nombre (Siete por Tres), quien a su vez intenta hacer presente a Matilde Lina, su amada, que nunca aparece”.

Otro es el caso de los cuentos de Lugares ajenos (obra en la que participan varios autores, como Andrés Burgos, Juan Diego Vélez e Ignacio Piedrahíta) que postulan la migración desde las condiciones históricas que llevan a los personajes a vivir un exilio obligatorio.

De esta manera, se llegó a concluir que la narrativa colombiana contemporánea mantiene una tendencia: presentar a un sujeto migrante pensado desde las nociones tradicionales del sujeto mismo, “un sujeto esencial y unitario que es migrante por su propia condición humana más que por las condiciones históricas, sociales y económicas”.

La preocupación desde la academia recae, entonces, en una problematización que perpetúe los discursos desde los que se representa al sujeto. Así, dice Ramírez, se evidencia la brecha entre los discursos literarios y las prácticas sociales.


Para leer más:

<style=”color: #808080;”> +Ramírez-Gómez, L. (2008). “Sujeto migrante en la literatura colombiana contemporánea”. Cuadernos de Literatura, 13 (24). Bogotá.
+Cornejo Polar, A. (1996). “Una heterogeneidad no dialéctica: sujeto y discurso migrantes en el Perú moderno”. Revista Iberoamericana, LXLL (176-177). Disponible en: https://www.cholonautas.edu.pe/modulo/upload/corn.pdf. Recuperado en 07/09/2011.


Descargar artículo
Con los ojos en la Bogotá que imaginó Le Corbusier

Con los ojos en la Bogotá que imaginó Le Corbusier

Érase una vez una Bogotá de los años cuarenta. Nacía en el centro colonial y se extinguía en la calle 80; iba desde los cerros de la carrera 7ª hasta una incipiente carrera 30, puntos entre los que había aún grandes extensiones de lotes vacíos. Más allá, eso sí, todo era sabana. Verde. Adentro, rodaba un tranvía del que colgaban hombres vestidos como lo haría el tanguero Gardel —de sombrero de ala y sastre fino—, quienes tomaban en las tardes chocolate santafereño con almojábana recién horneada.

Esa fue la Bogotá que vino a conocer el arquitecto franco-suizo Charles-Édouard Jeanneret-Gris (Le Corbusier), cuando la pisó por primera vez, en 1947. Y uno de los planos que él elaboró de la ciudad que imaginaba fue el que inspiró a la docente de la Universidad Javeriana Doris Tarchópulos para contar una historia oculta en su tesis doctoral, “Las huellas del Plan para Bogotá de Le Corbusier, Sert y Wiener”, desarrollada en el Departamento de Urbanismo y Ordenación del Territorio de la Universidad Politécnica de Cataluña, con el patrocinio de una beca de investigación que otorgó el propio Departamento y el apoyo de la Fundación para la Promoción de la Investigación y la Tecnología del Banco de la República.

Fotografías, recortes de prensa, correspondencia, planos traídos de Harvard y París conforman esta pesquisa que reivindica el trabajo hecho por tres técnicos europeos, de sin igual valor. Mediante esta investigación se reconstruyó un evento histórico y se buscaron los vestigios dejados por un plan urbanístico formulado entre 1949 y 1953, en dos etapas. La primera consistió en un Plan Director o Plan Piloto, como se lo denominó en Bogotá, realizado por Le Corbusier como la guía para reglamentar el crecimiento de la ciudad y la base para elaborar el Plan Regulador. La segunda parte fue la confección del Plan Regulador, a cargo de los arquitectos Josep Lluís Sert, catalán, y Paul Lester Wiener, alemán, a través de la Town Planning Associates (TPA), con la asesoría de Le Corbusier.

Este último era, además de arquitecto, teórico y diseñador, un respetado pintor de vanguardia, rebelde ante la academia y de lentes redondos sobre una nariz aguileña, que llegó a Colombia por invitación de Eduardo Zuleta Ángel, ministro colombiano ante la Organización de Naciones Unidas. En aquella época tomaba forma la idea de reconstruir la dulce provincia que aún era la capital y empezar a situarla como un punto moderno estratégico del continente, a pesar de las tensiones políticas del momento. Por eso, el hombre que había elaborado planes para varias ciudades europeas fue elegido por el Gobierno para esa transición histórica.

Más allá del desarrollo que había logrado ordenar el urbanista Karl Brunner, desde finales de los años treinta, Bogotá empezaba a parecer obsoleta en el panorama de los jóvenes arquitectos de la Universidad Nacional, y debía evolucionar para adaptarse a las nuevas exigencias del capitalismo: más zonas residenciales, más vías de acceso, una zona industrial, y puntos culturales y de educación.

El Movimiento Moderno en la arquitectura estaba en furor, y Le Corbusier era uno de sus padres. Sus seguidores creían que la forma debía estar ligada al concepto de función: la ciudad tendría que ser útil a sus ciudadanos. Por eso, la Bogotá que imaginó se soportó en un diseño complejo de sistemas que dependían uno del otro para hacer eficiente su funcionamiento.

Los otros dos colegas europeos expertos en la materia, Sert y Wiener, ya habían hecho planes urbanísticos para Tumaco, Cali y Medellín, y su experiencia en Nueva York los llevó a hacerse cargo de “definir los sistemas de utilización de las zonas en las que se dividió la ciudad, el régimen de alturas y normas para la edificación, las densidades de población, los perfiles, estacionamientos, iluminaciones y arborizaciones de las vías y la planeación de los servicios públicos”, como lo asegura Tarchópulos en su tesis, la primera producción intelectual notable hasta ahora, pues no existía, ni local ni internacionalmente, un proyecto que indagara sobre el propio plan, su proceso y su trascendencia.

París, Nueva York, Bogotá

Desde 1949 hasta 1953, los tres expertos planearon una ciudad guiada por las bases del urbanismo moderno, pero que nunca pudieron ver construida con sus propios ojos. Desde el comienzo, los arquitectos formaron un triángulo de trabajo disciplinado y fluido: París era el taller del franco-suizo; Nueva York, el centro de trabajo de los directores de la TPA; y Bogotá, el núcleo de la Oficina del Plan Regulador, la cual fue presidida por el primer decano de la Facultad de Arquitectura javeriana, Carlos Arbeláez Camacho, quien se encargaría de los asuntos locales.

En 49 planos, Le Corbusier dibujó una ciudad conectada regionalmente, que estuviera guiada por su famosa teoría de las 7 Vs (siete vías): una forma para estructurar la malla vial de la ciudad que va de la calle más general a la más particular y sencilla. “Proyectó la conservación de los cerros como espacio paisajístico unido a los parques lineales de los ríos y quebradas, una zona industrial, la calle 26 que llegaría hasta el aeropuerto, las zonas residenciales del norte y el occidente, y un centro cívico que reuniría los ministerios y las ramas del poder público más significativas”, explica la docente.

El Plan Piloto incluía entonces un modelo regional, otro metropolitano y otro de ciudad; también un plan vial jerarquizado, la zonificación y los sectores y tipos de vivienda. Todo esto estaba acompañado de un informe escrito, el cual fue encontrado por Tarchópulos en el archivo de Josep Lluís Sert en la Universidad de Harvard, porque en Colombia no parece haber registro de dichos papeles, de acuerdo con el estudio de la investigadora. “Es como si se hubiera negado este trabajo, que no era perfecto, pero sin duda era lo más avanzado para la época”, afirma con la convicción que le dio el haber encontrado valiosos documentos de respaldo en la Colección Sert de la Universidad de Harvard, la Fundación Le Corbusier, el archivo de Carlos Arbeláez Camacho en la Universidad Javeriana y el Concejo de Bogotá.

Los materiales fruto de los hallazgos durante el proceso de investigación le permitieron además responder las preguntas que se hacía con curiosidad al inicio del trabajo: ¿cuál era el significado histórico del plan?, ¿cómo fue su proceso de elaboración?, ¿existían o no huellas de él en la Bogotá actual?, y, si existían, ¿a qué se debió que así fuera?

Pues bien, como construido sobre tierra inestable, las grietas del proyecto de los arquitectos empezaron a aparecer: que la dictadura naciente planeaba otras obras, que la ola migratoria por la violencia rural de los años cincuenta empezó a desbordar las proyecciones demográficas, que la crisis mundial y la decadencia del Movimiento Urbano, que no había tanto dinero. Fue una larga hilera de hechos desafortunados que dejaron el Plan Piloto y el Plan Regulador como una maniobra “inadecuada al contexto social y cultural”, concluye Tarchópulos.
Así que se formuló, en los sesenta, un nuevo Plan Piloto Distrital, en el que se retomaron algunas teorías e instrumentos corbusianos, pero se dejó en papel lo que habían planeado los tres arquitectos con ahínco y precisión. Sin embargo, como se concluye en la investigación, es posible distinguir piezas claves de la ciudad que estuvieron tocadas por su trabajo. Ejemplo de ello se da en espacios como las zonas ecológicas que impulsó el Plan de Ordenamiento Territorial de 2000, la jerarquía vial, el trazado de la carrera 30 y los cerros orientales bien conservados. Eso es en el plano. En el mundo moral e intelectual, las ideas de Le Corbusier tocaron a las nuevas generaciones de arquitectos de universidades como la Nacional, los Andes y la Javeriana.

Pero solo esas huellas en particular generarían hoy curiosidad en el franco-suizo. El trazado capitalino quizás lo defraudaría. Y le entristecería saber que algunos estudiantes contemporáneos afirman que él era “un loco que quería tumbar media Bogotá”.

Lo que logran investigaciones como la de Tarchópulos es aportar conocimiento, revisitar y dar nueva dimensión a la historia. Como bien lo explica la autora, con esta tesis doctoral fue posible “poner en relación el material existente en los archivos de los autores del Plan, reconstruir el trabajo realizado, precisar la evolución de las ideas, la toma de decisiones, el proceso de dibujo del Plan, los cálculos, la solución a los problemas técnicos y políticos, y situar su dimensión histórica, tanto en la práctica urbanística de sus autores como en la cultura de planeamiento de la ciudad de Bogotá”. Y, sin duda, haber encontrado el documento final original del Plan Piloto en la Colección Sert y confrontarlo con los dibujos y borradores del Plan que reposan en el archivo de la Fundación Le Corbusier.

Ahora, la ciudad que imaginó el franco-suizo en decenas de planos se conoce mejor, al igual que las cartas que se cruzaba con sus colegas Sert y Wiener, o sus fotos, sonriente, en los periódicos, con la ciudad de fondo. La historia —y pesquisas como la de Tarchópulos— contribuyen a demostrar que hubo un plan que dejó cientos de huellas silenciosas.


Para leer más…
+ Tarchópulos, D. (2006). “Las huellas del plan para Bogotá de Le Corbusier, Sert y Wiener”. Scripta Nova, X (218). Universidad de Barcelona. Disponible en: https://www.ub.edu/geocrit/sn/sn-218-86.htm. Recuperado en 16/10/2011.


Descargar artículo
¿Volver, para qué?

¿Volver, para qué?

Así como se habla de una tercera ola migratoria en la segunda mitad de la década de los años noventa, por el incremento sin precedentes que se presentó en la emigración internacional de colombianos debido a una de las crisis más profundas en la historia de nuestro país, los últimos años podrían marcar una nueva ola de migración en sentido contrario, gracias al notorio aumento en el retorno de compatriotas a Colombia1; algo así como una cuarta ola migratoria, pero de retornados.

De esta manera lo señalan Martha Lucía Gutiérrez, Esteban Nina y María Cristina Ocampo, de la Facultad de Ciencia Política y Relaciones Internacionales de la Pontificia Universidad Javeriana y Andrés Felipe Cubillos y Nelson Ardón, de los posgrados en Salud de la Facultad de Ciencias Económicas y Administrativas de la misma universidad, quienes se dedicaron en 2010 a investigar las “Oportunidades y potencialidades de los ciudadanos retornados del exterior al contexto colombiano”, concretamente a Bogotá. El objetivo del estudio fue sopesar de qué manera encajan estos emigrados que vienen con ciertas habilidades y experiencias nuevas, aprendidas en el exterior ―pero también con necesidades―, dentro de las oportunidades y la respuesta institucional que les brinda la ciudad.

El trabajo fue financiado por el Ministerio de Relaciones Exteriores, con el propósito de ayudar a generar unas políticas para propiciar la inserción social y laboral del creciente grupo de retornados.

Los investigadores abordaron con entusiasmo la tarea con los recursos teóricos y metodológicos de las ciencias sociales, pero pronto se encontraron con un grave obstáculo: no existen en el país estadísticas disponibles sobre retornados. “La única institución que registra los datos de salida y entrada de personas es el DAS, pero esos datos son confidenciales”, nos explica Martha Lucía Gutiérrez. A partir de una pregunta del censo de 2005, se deduce que siete millones de miembros de las familias están por fuera. Esta cifra confirma que Colombia ha sido un país eminentemente expulsor y que sus políticas han estado orientadas a la emigración de su población, en lo que a materia migratoria corresponde. “Ahora debemos pensar en ese retorno y, por qué no decirlo, en la inversión de un modelo expulsor a la adopción de un modelo de atracción de su población, de acogida ―reinserción e inclusión plena―”, afirman los académicos en el informe de la investigación.

Ante la imposibilidad de contar con una base de datos de retornados que permitiera establecer una muestra representativa y obtener resultados generalizables para toda la población, los investigadores acudieron a los registros del programa Bienvenidos a Casa (del Ministerio de Relaciones Exteriores, la Alcaldía de Bogotá y la Organización Internacional para las Migraciones) que les permitió conformar un grupo de alrededor de 60 personas, entre las 117 que fueron integradas en el curso de un año, tiempo de funcionamiento del programa en el momento de la investigación. Con estas personas se diseñaron cinco grupos focales según los países de origen: 1) España; 2) Otros países de Europa; 3) Estados Unidos y Canadá; 4) Venezuela; y 5) otros países de América Latina.

Nuevas habilidades, pero menos oportunidades de trabajo

El nivel educativo de los retornados registrados en el programa es alto: el 31,9% tiene estudios universitarios completos; el 30%, secundaria completa; el 15,5%, técnicos o tecnológicos; y el 7,6%, de posgrado (especialización, maestría o doctorado), lo cual se ajusta de manera amplia a las exigencias de la ciudad y al perfil educativo del promedio de residentes en Bogotá. No obstante, su información económica (medida por la tenencia de la vivienda que habitan actualmente) muestra que apenas el 17% habita en vivienda propia; un 13%, en arriendo; y el 48% vive en una vivienda prestada por un familiar.

A la mayoría los encontraron en una situación muy precaria, nos cuenta Martha Lucía Gutiérrez, “sin trabajo, sin acceso a los servicios de salud, sin dinero, porque el posible ahorro lo enviaban en forma de remesas a sus casas. Cuando se fueron, se fueron con una gran ilusión y, cuando regresaron, lo mismo, una ilusión que no termina de realizarse”.

A juzgar por las narraciones de los retornados, los mayores problemas de inserción al mercado laboral se han dado para quienes tienen secundaria completa y uno o dos años de educación superior, lo cual coincide con las mayores tasas de desempleo para los menores de 25 años con niveles equivalentes de educación entre la población total colombiana. Al respecto, los investigadores señalan que, para este grupo, las tasas de desempleo tienden a ceder en la medida en que los trabajadores ganan experiencia laboral. Por contraste, en el caso de los retornados, se da una doble condición de vulnerabilidad. Por una parte, la de tener el promedio de educación con menor demanda en el mercado de trabajo y, por otra, la de no poder aprovechar la experiencia laboral acumulada en el exterior.

Las potencialidades de estos sujetos al volver suelen ser mayores que cuando se fueron, pero una de las principales dificultades es que han perdido su historia, no solo su historia crediticia, sino que poca gente los conoce. Por esto el programa Bienvenido a Casa tiene como uno de sus propósitos cualificar los oficios que los retornados realizaron afuera, expedirles un certificado, ya que ellos no cuentan con otra manera de garantizar la experiencia adquirida.

La familia impulsa a migrar y también a retornar

En los casos estudiados, la familia actuó como impulso importante para la emigración, pero también como motivo significativo para la decisión de retorno (23%), después de los factores de deterioro económico (40%). Ella significaba apoyo y protección, además de ser un facilitador para la readaptación a sus lugares de origen. Sin embargo, el sueño no se cumple tal como los retornados lo imaginaron. “Las redes sociales no son efectivas, la historia laboral y económica es inexistente y las precariedades familiares se incrementan al regreso. Por ello emergen múltiples conflictos y situaciones de tensión familiar que obligan a la ruptura o a la nueva emigración. En el 54% de las familias de estos retornados, los ingresos no alcanzan y en el 39%, tan solo cubren lo básico”. Para los retornados, en caso de contar con más recursos económicos, el gasto prioritario sería el acceso a los servicios de salud, el 13% dijo que alimentos, e igual proporción invertiría en educación. Casi la totalidad del grupo declara que no se encuentra afiliado al sistema de salud, por tanto, los riesgos de enfermedad para ellos y sus familias son una eventualidad que espera por mínimos recursos de estabilidad. Ante esta situación, los investigadores se preguntan si no cabría una política diferencial para emigrantes retornados en materia de salud que permita el ingreso de esta población como “población especial” al régimen subsidiado. La propuesta se hace, dado que en la Encuesta de Migraciones Internacionales y Remesas (Enmir) y en el estudio realizado la población retornada forma parte, en su mayoría, del estrato 3. Esta población, por la encuesta del Sistema de Identificación de Potenciales Beneficiarios de Programas Sociales (Sisbén), nunca tendría derecho al régimen subsidiado; y por carecer de empleo o de ingresos constantes, no tendría opción de hacer parte del régimen contributivo.

Los resultados del estudio contribuyen a la caracterización de la población retornada, factor indispensable para el delineamiento de unas políticas que propicien su inserción social y laboral. Sin embargo, queda pendiente un trabajo del que sea posible extraer conclusiones generales, el cual no podrá llevarse a cabo sin unas estadísticas que los investigadores sugieren comenzar a recoger de inmediato desde diversas instancias. Una opción podría ser incluir en el censo del DANE una pregunta que indague por la migración y el retorno a las familias. Los investigadores también recomiendan una encuesta continuada del Ministerio de Relaciones Exteriores en la que se pregunte a los que regresan: “‘¿Usted regresa al país de manera definitiva, sí o no; por algún tiempo, o aún no ha decidido?’. Esa pregunta es clave”, afirma Martha Lucía Gutiérrez.

< style=”font-size: 10px;”>1. Según la Encuesta de Migraciones Internacionales y Remesas (Enmir) del Observatorio Colombiano de Migraciones de la Fundación Esperanza junto con el Grupo de Investigación en Movilidad Humana de la Red de Universidades Públicas del Eje Cafetero-Alma Mater, entre 2005 y 2008 la cifra de retornados al país creció de 7,5% a 22,1%.


Para leer más…

<style=”color: #999999;”>+ Gutiérrez, M., Cubillos, A, et al. (2010). Oportunidades y potencialidades de los retornados del exterior al contexto colombiano 2009-2010. El caso de Bogotá. Informe final de investigación para el Ministerio de Relaciones Exteriores, sin publicar. Bogotá.
+ Encuesta de Migraciones Internacionales y Remesas (Enmir) 2008-2009. Disponible en: https://www.youtube.com/watch?v=vTUSnBiE__s. Recuperado en 14/07/2011.


Descargar artículo

Laura María Quiroz López

Laura María Quiroz López

Laura Quiroz reconoce que, cuando la Facultad de Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales de la Universidad Javeriana decidió inscribir su trabajo de grado en el Concurso Nacional Mejores Trabajos de Grado “Otto de Greiff”, prefirió no crearse muchas expectativas. “No pensé que fuera a ganar algo ahí, porque siempre creí que, aunque yo había hecho un gran esfuerzo, el nivel que se manejaba en el concurso era superior”.

Aproximadamente cuatro meses después, cuando la llamaron tres veces a confirmar su asistencia a la ceremonia de premiación, sospechó las buenas noticias. El pasado mes de junio fue galardonada con el tercer lugar de la decimoquinta versión del prestigioso concurso con su trabajo: “Acerca de la desigualdad socioeconómica en la educación media en Bogotá. Lo que escapa a la política educativa”.

Esta investigación, que inició cuando hacía su práctica profesional con la organización Dejusticia, bajo la tutoría de Mauricio García Villegas, también recibió Mención de Honor en la Universidad Javeriana e hizo a Laura merecedora de una beca que otorga la firma Cifras y Conceptos en la Facultad de Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales. Recientemente este trabajo también estuvo concursando por el Premio Alejandro Ángel Escobar 2011, en la Categoría Ciencias Sociales y Humanas.

Su investigación buscaba principalmente identificar la relación que existe entre las condiciones socioeconómicas de los estudiantes de Bogotá, el acceso a la educación y la calidad de esta. Tras consultar y someter a análisis cuantitativo datos como la asistencia de estudiantes en el sector oficial y no oficial, y el puntaje de los estudiantes en la prueba de Estado del Icfes, Laura pudo concluir que la educación media en la capital del país es un medio de reproducción de desigualdad y no una vía de movilidad y ascenso social. “El sistema educativo expresa y mantiene la desigualdad social que es anterior a la desigualdad escolar; por ello, el papel social de la política educativa en Bogotá tiene un alcance limitado”.

Y aunque su labor como investigadora le ha generado múltiples reconocimientos, Laura asegura que su interés es trabajar desde las políticas públicas, y de este modo velar por que los resultados de las investigaciones sean tenidos en cuenta. “Yo soy una convencida de que la investigación es una importante fuente para tomar decisiones políticas, porque muestra el estado de cosas de una situación social determinada. Por eso quiero ser capaz de llevar a la realidad lo que revelan esas investigaciones. Creo que esa es una forma linda de honrar la investigación, para que no se quede simplemente en libros y documentos de política”. Laura incursionó en la investigación desde que estaba en segundo semestre en el Centro de Estudios Sobre Integración (CESI), uno de los grupos de investigación de su facultad.

Mientras avanza en sus planes y se prepara para presentarse a una beca en Harvard (y en el London School of Economics y Oxford, como segunda y tercera opción), para hacer una maestría en políticas públicas, Laura sigue vinculada a la investigación. Actualmente se desempeña como asistente del proyecto “Desde la escuela: construcción de memorias sobre la violencia en Colombia 1948-2008”, que adelanta el Instituto de Estudios Políticos y Relaciones Internacionales de la Universidad Nacional de Colombia (Iepri) y que está próximo a finalizar. Adicionalmente, está cursando una materia de Economía Matemática en la Maestría de Economía de la Universidad Javeriana, para irse familiarizando con la parte matemática del trabajo en políticas públicas, y se alista para cursar, en el primer semestre de 2012, una especialización en Evaluación Social de Proyectos en la Universidad de los Andes.

Esta joven paisa, la única de su familia que se inclinó por los estudios políticos, no descarta, en el largo plazo, participar activamente en política, incluso desde un cargo de elección popular. Y, dada la determinación con que expone sus puntos de vista y la claridad con que habla de sus proyectos, la idea no resulta para nada insensata. Por lo pronto, tiene claro que quiere trabajar por las poblaciones vulnerables en entidades como el Departamento Nacional de Planeación, Acción Social o los ministerios de Educación y de Protección Social, desde donde pueda hacer una conexión entre lo académico y lo práctico, entre la investigación y la acción política.


Descargar artículo
Computadores trabajando al unísono

Computadores trabajando al unísono

Millones y millones de datos en una fracción de segundo. Ya no se habla de gigabytes, ni siquiera de terabytes, sino de petabytes, es decir, 1015 bytes. Así es la información que arrojan las investigaciones científicas y que debe ser almacenada y procesada para tener resultados que aporten al desarrollo del conocimiento. La necesidad de analizar y organizar una cantidad inmensa de datos motivó al ingeniero eléctrico estadounidense Seymour Cray, en los sesenta, a desarrollar el predecesor de los centros de cómputo de alto rendimiento, es decir, de los grupos de computadores conectados que actúan como si fuesen uno y suman sus capacidades de procesamiento y almacenamiento de información. Fabio Avellaneda, investigador de la Universidad Javeriana, magíster en Ciencias Biológicas, puede dar fe de la efectividad de estas innovaciones. Durante su maestría, Avellaneda necesitaba simular un complejo virus, lo que requería mínimo de cuatro procesadores y meses de trabajo. Al unir los ordenadores de las salas del Departamento de Ingeniería de Sistemas, tuvo al servicio de su investigación un total de cien procesadores. Así, “el tiempo de simulación se redujo a menos de una semana”, explica, y agrega que este tipo de infraestructura no se usa únicamente para operaciones de cálculo. “Los estudios de animación digital, por ejemplo, lo utilizan para obtener las películas en el menor tiempo posible”.

En 2007, inspirada por las puertas que abrían estos avances, la Pontificia Universidad Javeriana lideró un proyecto, junto con la Universidad Industrial de Santander y la Universidad de los Andes, que permitió a Colombia contar con una red de centros de cómputo de acceso compartido, llamada Grid, que significa “malla” en inglés.

Grid Colombia es una iniciativa nacional para la construcción de una red de centros de cómputo conectados a lo largo de nuestra geografía. “Para los usuarios es como si existiera un gran computador y no los alrededor de 125 distribuidos en seis ciudades”, explica el ingeniero Enrique González Guerrero, director de la Maestría en Ingeniería de Sistemas y Computación de la Javeriana y director de Grid Colombia.

En la actualidad, 25 universidades del país están vinculadas al programa, que culminó su primera fase el 1.o de abril de este año. Cada una ha puesto al servicio de Grid un cluster, equipos similares comunicados directamente que trabajan de forma paralela, y la Javeriana sigue a la cabeza, en la medida en que los servicios básicos que permiten unir la infraestructura nacional de computación vinculada tienen su base en esta institución.

Ingeniería, física, química, biología y astronomía son algunas de las áreas de la investigación en las que tienen aplicación estos centros de cómputo de alto desempeño. Por eso, aunque ahora existe una red de colaboración general llamada Edu, la segunda etapa del proyecto se enfocará en desarrollar varias mallas, organizadas por comunidades específicas. “Hoy, cada comunidad científica trata de compartir los recursos, no solo porque se conocen, sino porque las aplicaciones son similares”, explica González. Un principio gracias al cual se enriquece la producción científica nacional.


Descargar artículo