Me lanzo o no me lanzo

Me lanzo o no me lanzo

Rosa acaba de recoger a Carlitos en el colegio y debe dejarlo en casa de la abuela antes de las dos de la tarde. Pedro tiene un retraso en el pago de las cuotas de vivienda y se ha comprometido con el banco a hacer un abono. Mateo corre a imprimir el trabajo de la universidad. Gloria espera llegar a tiempo a una terapia de rehabilitación de rodilla. Junto a ellos, otros 20 peatones se encuentran en la esquina de la carrera 13 con calle 53. El semáforo está en rojo. Deben esperar. Sin embargo, observan el flujo de carros, motos y buses que llevan la vía y sopesan la opción que tienen de cruzar y salir ilesos al tomar el riesgo.

Como Mateo es buen deportista, decide lanzarse. Pedro tiene tanto afán de llegar al banco que opta por seguir al universitario. Motivadas por el arrojo o la confianza que muestran ellos dos, varias de las personas que esperan se unen a los avezados peatones y avanzan a pesar de la señal en rojo.

La escena se repite día a día en las calles bogotanas. Allí mismo y a esa misma hora podría haberse presentado uno de los aproximadamente 35.000 accidentes de tránsito que se reportan anualmente para la capital, y Mateo o Pedro serían una más de las casi 300 víctimas mortales ocasionadas por estos accidentes en la ciudad.

En el mundo, según un informe de la Organización Mundial de la Salud (OMS), 1,2 millones de personas pierden la vida cada año en accidentes de tránsito, con lo que, si se tiene en cuenta el rápido crecimiento del número de vehículos en circulación, en 2020 esta se convertiría en la tercera causa de muerte y discapacidad a nivel mundial.

Preguntarse qué enferma a la gente o cuál es la causa de muerte de las personas en un país e impulsar investigaciones que den cuenta de ello resulta esencial para el desarrollo de la ciencia, el establecimiento de políticas públicas y la definición de prioridades. Del cáncer, por ejemplo, hoy en día sabemos mucho más que hace unos años; incluso, para algunos tipos de cáncer existen mecanismos de prevención y protocolos de curación. Para otros, todavía los científicos en el mundo no han logrado saber cómo prevenirlos o curarlos, pero la ciencia avanza buscando dar respuestas efectivas y seguramente en unos años estas serán presentadas a la humanidad. Lo paradójico con el tema de los accidentes de tránsito es que, siendo prevenibles en un alto grado, en el mundo cada día mueren más personas debido a ellos.

Fue precisamente la pregunta “¿de qué muere la gente en Colombia?” la que llevó a un grupo de investigadores de la Universidad Javeriana a plantearse nuevos interrogantes frente a un hecho contundente: la segunda causa de muerte violenta en nuestro país son los accidentes de tránsito. Por qué ocurren estos accidentes y cuáles son las razones que hay detrás de esas muertes fueron las preguntas iniciales que dieron origen a la investigación “Análisis de los factores que determinan el comportamiento de los peatones en los cruces de alta criticidad en la ciudad de Bogotá D. C.”, liderada por el profesor Lope Hugo Barrero Solano, de la Facultad de Ingeniería de esta universidad, y en la que participaron psicólogos e ingenieros. El equipo contó con el apoyo técnico y financiero del Fogarty International Center (del National Institute of Health), la School of Public Health y el Southwest Center for Occupational and Environmental Health (los dos últimos de la Universidad de Texas).

Lo que se buscaba era lograr entender las decisiones que toma un peatón, asunto que pareciera esencial en el diseño de sistemas viales seguros.

Minimizar el impacto del error humano

El supuesto del que partían los investigadores es que una gran cantidad de los comportamientos de las personas son planeados. De ahí que utilizaran como base la teoría del comportamiento planeado (TPB, por sus siglas en inglés) de Ajzen, en relación con el cruce de las vías por parte de los peatones. El investigador Barrero nos explica que esta teoría plantea que cuando las personas se comportan de una o de otra forma, cuando deciden actuar de forma particularmente riesgosa, lo hacen por algunas razones que pueden ser agrupadas en grandes bloques que, para el caso de esta investigación, tu- vieron que ver con actitudes de los peatones, el control percibido y las normas subjetivas. “La actitud hacia el riesgo puede resumirse como el gusto de la persona ante un comportamiento determinado; el control percibido se relaciona con qué tanto la persona cree que puede, a pesar de asumir un comporta- miento riesgoso, alcanzar exitosamente una meta sin salir afectada negativamente, y las normas subjetivas, con aquellos referentes de comportamiento que tiene la persona provenientes de sus círculos familiares, sociales o laborales, que podrían indicarle, frente a una determinada situación, ‘no lo hagas’ o ‘puedes hacerlo y nadie te lo va a reprochar’”

Mateo, por ejemplo, como es buen deportista, seguramente hizo un cálculo de la velocidad estimada en que venían los carros, consideró que podría correr y alcanzar el andén sin salir afectado negativamente; de ahí que tomara el riesgo de cruzar la vía. Pero las percepciones pueden engañar o quizá no se cuente con la posibilidad de una distracción o de un tropiezo. Gloria tal vez hizo una evaluación similar a la de Mateo, pero decidió no arriesgarse, consciente de que la lesión de su rodilla no le permitiría avanzar a la velocidad que requería el momento. Lo que hicieron los investigadores fue utilizar la TPB en el desarrollo de unos instrumentos que posibilitaran estudiar las actitudes, el control percibido y las normas subjetivas que tienen los peatones, y lo que estos sienten y piensan con respecto a qué tan fácil es cruzar una calle en situación de riesgo.

El estudio trabajó con población adulta (18 a 60 años), peatones hombres y mujeres que cruzaran la vía, en días no lluviosos, en la carrera 13 con calle 37 y en la carrera 13 con calle 53, dos puntos de Bogotá con alta densidad de tráfico y de peatones. Hubo dos momentos de recolección de datos: el primero, una entrevista una vez los peatones cruzaban la calle; y el segundo, la grabación en video desde la parte alta de un edificio adyacente para capturar el comportamiento de las personas antes y durante el cruce de la calle.

Se midieron actitudes afectivas, como si cruzar la calle los hace sentirse bien, si creen que no van a salir lesionados o que van a ser capaces de cruzar de manera calmada, si creen que pueden evitar un robo; e instrumentales, como el ahorro de tiempo o energía. Frente al control percibido se estudiaron factores como capacidad física, existencia de infraestructura, otras personas que cruzan (se ha aprendido que los conductores tienen más probabilidad de frenar al ver a varias personas cruzar) y presencia de autoridades. Con referencia a las normas subjetivas, se estudiaron frente a lo que podrían pensar los conductores, otros peatones o personas importantes en la vida del peatón sobre su comportamiento.

Este estudio de carácter exploratorio, aunque no es representativo y no se puede hacer una generalización de sus resultados, deja aportes valiosos como un diseño novedoso y hallazgos que van en la dirección esperada. Mediante la investigación del comportamiento autorreportado y del observado, se logró conocer las razones que con mayor probabilidad impulsan a un peatón a asumir el comportamiento de cruzar una calle de manera riesgosa. Los dos factores que resultaron más importantes en la población estudiada fueron la posibilidad física percibida y el cruce simultáneo de otros peatones. Según Barrero, esto “nos dice que debemos enseñarles a las personas a no confiar tanto en la percepción de sus capacidades físicas, porque estas los pueden engañar, y que es importante seguir trabajando en medidas de autorregulación y de regulación social, pero también en las que se basan en la ingeniería, de tal manera que, partiendo de la casi segura ocurrencia del error humano, se diseñen sistemas viales seguros que eviten que las personas salgan perjudicadas cuando se equivocan”.

Otros resultados tienen que ver con que, para la muestra estudiada, no es importante lo que un conductor piensa sobre el peatón, si es maleducado o irresponsable; tampoco lo que piensan otros peatones o sus familiares, ya que estos también incurrirían en comportamientos censurables. Saber esto ha servido para reflexionar sobre estrategias de prevención, como la de las estrellas negras, implantada en ciudades como Bogotá. “La peor consecuencia de cruzarse una vía con riesgo es la muerte, sin embargo, a pesar de reconocer que podría morir, este reconocimiento no hace modificar el comportamiento riesgoso del peatón”, explica Barrero. El control percibido resulta más importante que la posible consecuencia, por eso una estrategia como la de las estrellas negras podría no haber sido efectiva.

Conocer más y mejor los comportamientos de los peatones, no solo en Bogotá sino en todo el país, es algo en lo que está empeñado este grupo de investigadores al que le preocupa que en Colombia se registraran en 2011 5.792 muertes derivadas de accidentes de tránsito (y que hubiera ese mismo año 40.806 víctimas con lesiones no fatales). Las cifras van en aumento cada año. La pregunta, nos dice Barrero, también tiene que ver con la voluntad política para hacer frente a esta problemática. Pone como ejemplo el plan de acción de la Unión Europea en este campo, que busca llevar las muertes por accidentes de tránsito a niveles razonables, un plan al que el Congreso sueco respondió al establecer para su país la meta de cero muertes y asumir la inversión que esto representa.

Para saber más:
  • »  Barrero, L. H., Quintana, L. a., Sánchez, a., Forero, a., Qui- roga, J. & Felknor, S. (2013). “Pedestrians’ Beliefs about road Crossing in Bogotá: Questionnaire development”. Universitas Psychologica 12 (2): 433-444. disponible en: https://revistas.javeriana.edu.co/index.php/revPsycho/ article/view/1704. recuperado en: 20/09/2013.
  • »  Fondo de Prevención Vial. estadísticas. disponible en: https://www.fpv.org.co/investigacion/estadisticas. recuperado en: 20/09/2013.

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    Tomar conciencia

    Tomar conciencia

    Al lado de los puestos de comidas rápidas y los centros de fotocopiado, los establecimientos de venta de licor proliferan alrededor de las universidades. Y así, de forma desapercibida, el alcohol se instala en la rutina de los jóvenes universitarios, quienes, recién egresados del colegio, están iniciando una etapa que supone mayor autonomía. Sin embargo, lo que empieza con un par de cervezas los viernes en la tarde podría terminar convirtiéndose en una adicción.

    De acuerdo con el II Estudio Epidemiológico Andino sobre Consumo de Drogas en la Población Universitaria1, en Colombia 1 de cada 12 estudiantes, entre los 18 y los 25 años, que ha reconocido haber consumido alcohol en el último año presenta signos de dependencia. Este dato está en línea con los hallazgos de un estudio liderado por la Universidad Javeriana en 2010 (ver “Para leer más”), que a través de entrevistas a estudiantes de 10 universidades de Bogotá permitió evidenciar los altos niveles de consumo de alcohol en jóvenes.

    Ante este contexto, pensar en un programa de prevención era el paso a seguir. Una vez se socializaron los resultados del estudio de diagnóstico con 80 estudiantes universitarios, surgieron las claves para empezar a trabajar en prevención. La propuesta de los estudiantes era crear iniciativas dinámicas de prevención que tuvieran en cuenta la perspectiva de los jóvenes, tanto en su planeación como en su puesta en marcha. A partir de esa retroalimentación nació el programa “Tómate el control”.

    Un reto de grandes magnitudes

    “La literatura muestra que es difícil alcanzar ciertos niveles de prevención de consumo de alcohol, pero nosotros nos la jugamos”, asegura la directora del programa de prevención “Tómate el control”, María Liliana Muñoz, psicóloga y magíster en Comunicación Social, quien también fue la directora del estudio de diagnóstico en el que participaron como coinvestigadoras Gloria del Pilar Cardona, Margareth Méndez, Lucía Carolina Barbosa y Luisa Fernanda Ruiz. Según Muñoz, el programa se creó con el objetivo de lograr que los jóvenes asumieran una actitud crítica con respecto al consumo de alcohol. “Se busca que ellos mismos analicen qué les aporta el licor, pero también cómo los afecta su consumo, para que a partir de ese análisis puedan tomar sus propias decisiones”. El hecho de que los mensajes de “Tómate el control” fueran creados y socializados por los mismos estudiantes marcó una diferencia en relación con proyectos anteriores. El programa se implementó entre 2010 y 2011, y desde entonces se vienen realizando actividades de seguimiento que le han dado continuidad a la iniciativa. El proyecto se realizó con el apoyo de Colciencias, la Secretaría Distrital de Salud y la Universidad Javeriana en dos universidades privadas de Bogotá, incluida la Javeriana.

    El programa se diseñó desde un enfoque de prevención integral, que buscaba identificar las características del consumo de alcohol en los jóvenes, las variables asociadas con las situaciones de consumo de alcohol y la relación entre estas situaciones y los niveles de consumo. Este enfoque hizo posible que la estrategia de prevención partiera del reconocimiento, por parte de los mismos jóvenes, de las señales personales y contextuales que les permitirían ejercer la regulación de su conducta en lo que respecta al consumo de alcohol.

    En la Universidad Javeriana el programa se puso en marcha en las facultades de Comunicación y Lenguaje, Ciencias Económicas y Administrativas, e Ingeniería, dado que estas fueron las que más altos índices de consumo de alcohol demostraron en el estudio de diagnóstico. Posteriormente, en el desarrollo de las actividades de seguimiento, se involucró también a las facultades de Enfermería, Arquitectura y Diseño, y Psicología. Durante el primer año de intervención del programa, “Tómate el control” llegó a 9.020 estudiantes a través de actividades como videoforos, charlas, encuentros culturales y deportivos, etc.

    Gracias al apoyo de la comunidad universitaria, algunas de las actividades del programa se realizaban directamente en las aulas, durante las horas de clase. Del mismo modo, momentos como el almuerzo o el espacio entre clases eran aprovechados por el equipo del programa para llevar a cabo actividades lúdicas y culturales en los lugares abiertos de la universidad.

    El programa “Tómate el control” se organizó en dos líneas: “Tómatela suave” y “No te tomes tu vida”. La primera buscaba llegar a todas las personas que de alguna forma están expuestas al consumo de alcohol debido a su contexto, como es el caso de los universitarios. Por su parte, la segunda trabajó con los estudiantes que están en riesgo de tener un consumo de alcohol problemático o que ya lo tienen. En el marco de este programa, los casos muy serios de consumo problemático solo se identificaban y se remitían a otras instancias especializadas.

    Una iniciativa desarrollada por y para los jóvenes

    Sebastián Piña, estudiante de último semestre de ingeniería, fue uno de los jóvenes que trabajó en el programa “Tómate el control”. Piña asegura que abordar el tema del consumo de alcohol no es fácil, pues no todos se sienten cómodos al compartir sus experiencias personales. “Nuestro objetivo no es decir ‘no tome’, ‘no salga’, ‘no haga nada’, porque es algo que nosotros también hacemos. La clave es concientizar sobre el consumo responsable del alcohol”.

    Piña considera que la participación de los jóvenes en el proyecto fue un elemento clave en su éxito. “La recepción del mensaje se logró en todos los casos. La gente se sentía identificada con nosotros, y cuando contábamos casos y experiencias, las personas se animaban y empezaban a intervenir y a participar en las sesiones”.

    En esa misma línea, Lorena Storino, estudiante de psicología de quinto semestre que también apoyó “Tómate el control”, asegura que este programa se diferencia de otros por cuanto cada actividad fue planeada por un grupo de jóvenes que conocían los gustos, los incentivos, las necesidades y los problemas de sus compañeros.

    Para los jóvenes que hicieron parte del equipo que diseñó e implementó el programa, trabajar en este tipo de iniciativas es un elemento clave de su formación integral. Semestralmente “Tómate el control” contó con la participación de cerca de 25 estudiantes de diferentes facultades. La mayoría de ellos eran becarios de la universidad que tenían la opción de trabajar en el programa para completar sus horas de servicio social. “Pu- dimos contar con un equipo interdisciplinar muy creativo. Teníamos quién apoyara la realización de videos, el funcionamiento de la página web, el manejo de las redes sociales, etc.”, asegura Muñoz.

    Actualmente, tras sistematizar los resultados, Muñoz no duda en calificar el proyecto “Tómate el control” como una iniciativa exitosa e innovadora. De acuerdo con el informe final del proyecto, se evidenció una diferencia estadísticamente significativa entre el nivel del riesgo en el consumo de alcohol que se identificó en la evaluación inicial y el de la evaluación posterior a la implementación del programa. Después de la ejecución de “Tómate el control” el riesgo perjudicial y de dependencia del alcohol disminuyó en cinco puntos porcentuales, y el consumo de riesgo se redujo en ocho puntos.

    Estos resultados hicieron que la Vicerrectoría del Medio Universitario de la Universidad Javeriana haya tomado la decisión de asumir “Tómate el control” como iniciativa institucional. Adicionalmente, Muñoz y su equipo buscan alternativas para replicar el modelo en más universidades públicas y privadas de Bogotá, el departamento de Cundinamarca, e incluso a nivel nacional.

    Para saber más:
    » Muñoz, L., Barbosa, C., Bríñez, a., Caycedo, C., Méndez, M. & oyuela, r. (2012). “elementos para programas de prevención en consumo de alcohol en universitarios”. Universitas Psychologica 11 (1): 131-145. disponible en: https://revistas.javeriana.edu.co/index.php/revPsycho/ article/view/602. recuperado en: 20/09/2013.
    » Naciones Unidas, oficina contra la droga y el delito & organización Mundial de la Salud (oMS). (2006). Seguimiento y evaluación de programas de prevención del uso indebido de sustancias por los jóvenes. Viena: Naciones Unidas. disponible en: https://www.unodc.org/pdf/youthnet/action/planning/m&E_S.pdf recuperado en: 20/09/2013.
     
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    Red abierta para la interacción

    Red abierta para la interacción

    La odisea de encontrar a un profesor que aborde un tema con una mirada similar a la propia o localizar a un grupo de investigación que se interese en atender una problemática del sector productivo o público del país pronto serán labores más fáciles. En la Pontificia Universidad Javeriana se desarrolla una plataforma virtual para socializar las capacidades de investigación de la institución y fortalecer los vínculos y redes entre los profesores, y entre estos y el entorno.

    Se trata de un proyecto de la Dirección de Innovación de la Vicerrectoría de Investigación, que inició en 2011, cuyo propósito es brindarle a la comunidad académica, así como a la sociedad en general, una herramienta para encontrar las capacidades artísticas, científicas y tecnológicas de los profesores y grupos de trabajo de la universidad.

    En la problemática que detecta la universidad, y a partir de la cual decide emprender esta iniciativa, confluyen diversos factores como los insuficientes mecanismos para la socialización de las capacidades de investigación de las universidades colombianas; la no existencia de una solución adecuada para realizar una efectiva articulación entre esas capacidades y las necesidades de las organizaciones, de tal forma que estas últimas puedan ser atendidas mediante actividades de investigación y de consultoría, o la necesidad de expresar esas capacidades de las universidades en un lenguaje diferente al académico,

    capaz de llegar a amplios y diversos públicos. A esa problemática se suma una tendencia internacional que implica reajustes dentro de las instituciones de educación superior, como la creación de los cimientos para la construcción y consolidación de las relaciones entre los académicos y su entorno, y ser capaces de responder con calidad y mayores esfuerzos a lo que hoy supone la gestión y el mantenimiento de estas relaciones.

    “Se entiende por capacidades el conjunto integrado de conocimientos, competencias, habilidades, destrezas, técnicas y know-how disponibles para la aplicación en el desarrollo de soluciones integrales y eficientes a los problemas de la sociedad, buscando el mejoramiento o creación de nuevos bienes, servicios, procesos, equipos o tecnologías”, explica Claudia Montoya, líder del proyecto.

    Así, los interesados podrán encontrar en la Plataforma Virtual para la Gestión de Relaciones y Capacidades, grupos de investigación, proyectos, resultados, tecnologías y la infraestructura de la Javeriana para atenderlos. Esto permitirá el mutuo reconocimiento entre docentes y vinculará audiencias externas a su quehacer.

    La plataforma estará a disposición del público, así que cualquier persona podrá declarar necesidades que partan de demandas específicas, y a las que se espera responder desde proyectos de investigación, desarrollo e innovación, así como desde consultorías y servicios. Si un representante de una institución o un empresario, por ejemplo, tienen una necesidad, podrán registrarla y encontrar a un grupo de investigación que esté en capacidad de atenderla.

    El ambicioso trabajo contempló tres fases. La primera etapa, finalizada en octubre de 2011, consistió en el levantamiento de la información de las capacidades de los grupos de investigación e institutos de la universidad. La segunda contó con la participación de 30 profesores y 15 empresarios, con quienes se desarrollaron alrededor de 20 sesiones de grupo para definir el diseño, la selección de los actores que estarán presentes y la forma en que se relacionarán. Finalmente, vino el proceso de desarrollo, liderado por una firma experta en diseño e interacción. El paso a seguir es la implementación dentro y fuera de la Javeriana.

    “El trabajo colaborativo entre los diferentes estamentos de la sociedad permitirá la creación conjunta de soluciones y conocimientos, que al ser apropiados o aplicados podrán impactar positivamente la calidad de vida y el bienestar de los ciudadanos. Es una de las herramientas para darle visibilidad a la universidad en su quehacer académico e investigativo, y al impacto que este puede tener en la transformación tanto regional como nacional”, concluye Fanny Almario, directora de Innovación. Se espera que esta propuesta reciba una acogida importante y sea un referente interinstitucional para las regiones y para el conjunto de nuestro país.

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    Libro rojo de las aves de Colombia

    Libro rojo de las aves de Colombia

    Los gorriones

    El trinar de los gorriones entró por la ventana abierta,
    pero yo desperté lleno de brumas: casi hasta el amanecer
    busqué palabras sin provecho de belleza.
    Los gorriones cantan una cascada
    de notas rápidas y precisas.
    Ellos ya resolvieron su problema
    y cantan por oficio de sus cuerpos,
    pero no los veo entre las espesas ramas del ficus.
    Quizá ya se fueron,
    quizá ya no existen gorriones en el mundo
    y ahora el canto que persiste
    es el gorrión verdadero, la dulce materia
    de los gorriones que se extinguieron.

    José Watanabe

    Desde siempre el hombre ha sentido una profunda fascinación por las aves. Pinturas, poemas y canciones de variadas culturas y épocas así lo demuestran. Su variedad y belleza, sus colores, y el hecho de que la gran mayoría sean diurnas, incita a su observación. Las labores de muchos colombianos, algunos académicos y otros aficionados observadores de pájaros, son en buena parte la materia que alimenta el Libro rojo de las aves en Colombia, cuyo primer volumen, Bosques húmedos de los Andes y la costa pacífica, saldrá publicado el próximo mes de noviembre. En esta región se concentran las tres quintas partes de las especies amenazadas del país. Un siguiente volumen versará sobre las aves en riesgo de extinción en el resto de Colombia.

    En entrevista para Pesquisa, Luis Miguel Renjifo, líder del grupo investigador, de la Facultad de Estudios Ambientales y Rurales de la Pontificia Universidad Javeriana, precisó que en nuestro país, que alberga la avifauna más diversa del mundo ―por la complejidad de su geografía― y donde se conocen 1.877 especies de aves, los datos sobre sus características, hábitats y formas de vida son escasos. “La gente no creería lo difícil que es obtener la información para hacer este tipo de investigación, ni lo costoso que resulta, o el tiempo que toma, por eso el libro rojo 2013 involucró las labores de cerca de doscientas personas que ven hoy este resultado como algo suyo”, nos contó Renjifo.

    Para entender mejor lo que significa este estudio, el investigador nos ilustró sobre el origen de los libros rojos en el mundo. Estos fueron publicados por primera vez gracias a la iniciativa de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN) en los años sesenta, época en que se tomó conciencia del peligro de extinción de algunas especies. Esos libros estaban basados en opiniones de expertos y, por tanto, en criterios subjetivos que reflejaban el estado del conocimiento en su momento. Con el paso del tiempo la UICN desarrolló un sistema de evaluación de riesgo de extinción para varias especies a partir de categorías y criterios objetivos de carácter cuantitativo y, por ende, de validez mundial. De esta manera se puede comparar hoy el riesgo de extinción, por ejemplo, de una ballena con el de la urraca chocoana.

    Justamente con base en ese sistema el grupo de investigadores realizó estimaciones cuantitativas de parámetros como tamaño poblacional, extensión de presencia, rango de ocupación y disminución de hábitat, cuyos resultados fueron consignados en el Libro rojo de las aves de Colombia de 2002.

    La metodología de la UICN se apoya en un sistema de categorías y criterios que permite evaluar el riesgo para especies cuando se cuenta con diferentes grados de información y llegar a resultados coherentes y comparables entre especies distintas. Bajo un criterio se examina si la población de la especie está disminuyendo muy rápido, independientemente de su tamaño; otro criterio analiza si la distribución de la especie es muy pequeña (esto es, que solo exista en un área de pocos kilómetros) y se encuentra en disminución, y bajo otro criterio se analiza si la población de la especie es pequeña y además está decreciendo. La aplicación de esta metodología pudiera parecer un proceso conceptualmente sencillo, pero requiere un gran acervo de conocimiento para su utilización, nos explica Renjifo.

    Los estudios de extinción deben realizarse periódicamente

    En 2008 Renjifo y su grupo consideraron que era tiempo de realizar un nuevo análisis del riesgo de extinción de las especies de aves. Cinco años es el tiempo recomendado para repetir este tipo de evaluaciones y el país había experimentado cambios que lo ameritaban. “Durante la investigación de 2002 no se vislumbraba la expansión en la producción de biocombustibles ni el boom minero y energético que vinieron después, y que podrían tener un efecto negativo en las poblaciones de aves en Colombia. También del lado positivo algunas regiones del país han experimentado una recuperación de cobertura boscosa”, comentó Renjifo.

    Era necesario entonces hacer un seguimiento de las poblaciones de aves amenazadas y evaluar si las medidas a favor de su conservación habían tenido éxito, o si por el contrario era preciso refinar las políticas. Por otra parte, las herramientas de investigación habían evolucionado introduciendo métodos como el modelamiento de nicho para hacer evaluaciones más precisas que las realizadas en 2002. “Una vez se cuenta con los puntos geográficos en los que fueron avistadas las aves, esta información se complementa con datos sobre condiciones climáticas, de altitud, etc., de tal manera que donde sea posible reconstruir estas condiciones se inferirá que se puede encontrar allí la misma especie. Así se recrea un modelo de nicho”, nos explicó el investigador. Por último, la publicación del anterior libro rojo estimuló el desarrollo de nuevas investigaciones sobre las especies amenazadas, de modo que se contaba con más información, así como con otra sobre nuevas especie.

    Sin embargo, todos esos datos se encontraban dispersos en libros, artículos e informes, así como en observaciones personales no publicadas; por eso el grupo investigador realizó una amplia convocatoria. Se llevaron a cabo 11 talleres para ornitólogos y observadores de aves en diferentes partes del país, se hicieron invitaciones personales y se desarrolló una plataforma en Internet para que los interesados pudieran poner allí su información. De ahí que este libro tenga 95 autores que suministraron información de cada una de las especies, siguiendo los lineamientos entregados por el grupo investigador conformado por los biólogos María Fernanda Gómez, Jorge Iván Velázquez, Gustavo Kattan, Juan David Amaya, Ángela María Amaya-Villarreal y el ecólogo Jaime Burbano, para la edición 2013.

    Geográfico Agustín Codazzi posibilitó el acceso del equipo a la versión digital del mapa de ecosistemas de Colombia. Por último, la Pontificia Universidad Javeriana apoyó el proyecto institucional y económicamente de principio a fin.

    Un libro para todos

    En la obra se analizan 118 especies, incluidas todas las pertenecientes a los bosques húmedos de los Andes y la costa pacífica que estaban en el libro anterior, y otras que podrían estar amenazadas. No están incluidas aves que son comunes o muy adaptables a los cambios en su medio ambiente, como los copetones o las mirlas. Treinta especies de aves no se habían analizado antes y 30 son endémicas de Colombia (solo existen en nuestro país). Como era de esperarse, la situación para algunas aves es crítica y de las medidas que se adopten en los próximos años dependerá su supervivencia. En otros casos, la situación de algunas aves mejoró en relación con el libro de 2002.

    De cada ave hay una hermosa fotografía en color, y en los casos en que fue imposible obtenerla el ave se representa a través de una ilustración de gran calidad y detalle. Luego el libro da a conocer, para cada ave, los lugares en donde puede encontrarse, las características de su hábitat, cuántas hay, de qué se alimentan, cuánto viven y cómo se reproducen. Para esta síntesis se contó con la ayuda de los 95 colaboradores cuyos nombres aparecen en el libro.

    Luego se presenta la evaluación del riesgo de extinción de la especie, en la que intervienen los siete autores principales. En esta se describen las amenazas que enfrenta la especie, por ejemplo, pérdida de hábitat, cacería, comercio, contaminación, etc., así como las acciones de conservación emprendidas, como programas de cría en cautiverio, y si el rango de distribución de la especie incluye áreas protegidas. Cada sección finaliza con unos mapas que ilustran la distribución de la especie en el país, así como la pérdida del hábitat y distribución del hábitat remanente. En otro mapa se señala la idoneidad del hábitat.

    Estas características del libro apuntan a lograr la comprensión de un público diverso, de acuerdo con Luis Miguel Renjifo, desde el observador de aves, hasta una autoridad ambiental y un ornitólogo. No obstante no se trata de una cartilla, ya que posee datos duros producto del análisis científico. El diseño del libro agrupa la información más compleja en recuadros o subtítulos que pueden ser saltados sin desanimar la lectura del público lego.

    Para saber más:
    » BirdLife International. disponible en: https://www.birdli fe.org/. recuperado en: 15/09/2013.
    » Hilty S. L. & Brown, W. L. (2001). Guía de las aves de Co- lombia. Cali: Sao, Universidad del Valle & american Bird Conservancy (aBC).
    • »  renjifo, L. M., gómez, María F., Velázquez, J. I., Kattan, g., amaya, J. d., amaya, Á. M. & Burbano, J. (2013). Libro rojo de aves de Colombia. Volumen I: Bosques húmedos de los Andes y la costa pacífica. Bogotá: Pontificia Universidad Javeriana.
    • »  “the IUCN red List of threatened Species”. disponible en: https://www.iucnredlist.org/. recuperado en: 15/09/2013.
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    Microorganismos en las hortalizas: no hay enemigo pequeño

    Microorganismos en las hortalizas: no hay enemigo pequeño

    El cultivo de la lechuga se remonta 2.500 años atrás, por lo que tanto griegos como romanos la conocieron. Desde entonces, esta hortaliza de hojas verdes ha ocupado un lugar importante en las mesas de diferentes culturas del mundo, como en la colombiana, en donde —según la Corporación Colombia Internacional— el consumo aparente en 2006 se aproximó a 39.800 toneladas, equivalente a 711 veces la producción de oro del país en 2011.

    Sin embargo, y pese a la amplia cabida de su cultivo y consumo en el país, sigue constituyendo un producto de cuidado. Una investigación realizada en la línea de investigación de calidad de aguas y lodos del Departamento de Microbiología de la Pontificia Universidad Javeriana devela que existe un gran riesgo sanitario de transmisión de enfermedades de origen hídrico en la sabana de Bogotá por cuenta de este alimento que, durante su periodo de cultivo, es regado con aguas residuales sin tratamiento. Como consecuencia, alberga bacterias, virus y parásitos que pueden resultar perjudiciales para la salud.

    En Colombia, el Ministerio de Ambiente y Desarrollo Sostenible se interesó en la evaluación de este riesgo por lo que, en el marco de un proyecto más amplio que incluyó pesticidas y metales pesados, contrató a la Universidad Nacional de Colombia, y esta a su vez delegó la investigación del riesgo microbiológico a la Javeriana, por su trayectoria en evaluación microbiológica y toxicológica de la calidad del agua utilizada para riego agrícola.

    De este modo, entre los años 2009 y 2010, la profesora María Claudia Campos —bacterióloga y doctora en biología— desarrolló un estudio enfocado en la evaluación del riesgo por riego con aguas residuales de las hortalizas, en un cultivo seleccionado de lechuga en el Centro de Investigaciones Agropecuarias Marengo (CAM) de la Universidad Nacional, ubicado a 14 kilómetros de Bogotá.

    “Escogimos un cultivo de lechugas porque tiene un tiempo entre la siembra y cosecha de un mes, es un alimento que se sirve crudo y es uno de los vegetales más consumidos por la población”, explica la investigadora, quien añade que, durante un mes consecutivo y durante tres periodos de cosecha, se tomaron muestras del agua con que se regaba el cultivo, así como del suelo y de las lechugas.

    Bacterias, parásitos y virus al acecho

    El estudio de las muestras develó que el agua de riego —proveniente del río Bogotá— tiene una alta concentración de bacterias: alrededor de diez mil, o incluso un millón, por cada cien mililitros. Estas cifras superan las directrices de la Organización Mundial de la Salud (OMS), entidad que sugiere un máximo de mil bacterias por cada cien mililitros para el riego de este tipo de cultivos.

    Si bien el alto número de bacterias en estas aguas resulta alarmante, la investigación encontró que cuando los microorganismos llegaban al suelo su número se reducía, debido al cambio de las condiciones ambientales que encuentran, como la humedad, la temperatura, la acción de los rayos solares y el pH (medida de acidez). Esto afecta sus posibilidades de supervivencia, que también pueden prolongarse en cosechas que son regadas de manera permanente.

    Campos indica que, “si bien no encontramos altas concentraciones de bacterias en las lechugas, sí encontramos virus y parásitos, ya que son más resistentes a las condiciones ambientales y a los procesos de desinfección. De hecho, con muy pocos virus y parásitos se pueden generar infecciones o enfermedades de origen hídrico, como diarrea o hepatitis”.

    Estos microorganismos provienen de la materia fecal, pues habitan dentro del intestino; no obstante, cuando son expulsados, se convierten en patógenos (originan y desarrollan enfermedades). Una vez se eliminan, van por el agua a los sistemas de alcantarillado y finalmente a los ríos, cuyas aguas luego son utilizadas para riego agrícola. Esta práctica es común en todo el mundo, con la diferencia de que las aguas residuales se someten, en la mayoría de los casos, a tratamientos previos para reducir la contaminación y evitar el riesgo sanitario.

    De otro lado, la Procuraduría General de la Nación señala que, aunque el país cuenta con sistemas para tratar el 20% de las aguas residuales producidas en el área urbana, la utilización efectiva de dichos sistemas cubre apenas un 10%, debido a fallas en la operación o a falta de mantenimiento. Esto deja ver que la calidad del agua es baja y aún no existe una respuesta adecuada por parte de las autoridades para mejorar esta problemática.

    Lo que resulta aún más inquietante es que, según la investigadora, en el ciento por ciento de las ocasiones, el riego agrícola se hace con aguas contaminadas o que han tenido un uso previo. Esto implica la necesidad de insistir en la instauración de mejores prácticas agrícolas, con el propósito de que garanticen no solo cultivos buenos, en cuanto a la calidad de los productos, sino que también sean seguros para los consumidores, porque “naturalmente encontramos que existe un riesgo sanitario de transmisión de enfermedades por el consumo de alimentos que ya vienen contaminados de las granjas o fincas donde se cultivan”.

    ¿Un colombiano entre diez mil?

    Con base en estudios epidemiológicos y microbiológicos, la OMS establece que se puede aceptar un riesgo de que una persona entre diez mil se enferme al consumir un alimento que está contaminado, pero la decisión final es de cada país ya que debe garantizar los mecanismos para cumplir el objetivo. Por ejemplo, en Estados Unidos se busca que ninguna persona se enferme por cuenta de este tipo de alimentos contaminados.

    Para alcanzar este riesgo, los estudios sugieren la necesidad de asegurar que el agua residual se trate antes de llegar a los ríos. En Colombia la cobertura es muy baja, por lo que resulta difícil lograr la meta de riesgo determinada por la OMS. “Estamos muy lejos de un tratamiento adecuado de aguas residuales, así que habría que tomar otras medidas para mejorar la situación, por el momento”, señala la profesora Campos.

    El estudio microbiológico sugiere entonces dos posibilidades concretas: realizar el riego de cultivos con agua tratada de buena calidad y cosechar el alimento cuatro o cinco

    días después de haber hecho el último riego. En este lapso los microorganismos podrían morir por cuenta de los rayos del sol, cambios de temperatura y otros factores ambientales, con lo cual se disminuiría el riesgo de contaminación.

    Una vez en manos del consumidor, la investigadora apunta que se debe mantener refrigerada la hortaliza y, cuando se vaya a consumir, realizar un buen lavado. ¿Qué significa esto? Separar las hojas de la lechuga y ubicarlas en una solución de agua con gotitas de cloro, lo cual elimina parte de los microorganismos. Posteriormente, es conveniente volver a lavar con agua potable.

    “Si en toda la cadena productiva de las hortalizas —desde el cultivo hasta el consumo— se lograra establecer una serie de pautas de cuidado y de higiene, el riesgo de adquirir enfermedades, por cuenta de los virus, parásitos y aun de las bacterias, disminuiría drásticamente”, concluye la investigadora. Se trata, pues, de medidas iniciales para en- marcarnos en el riesgo de que un colombiano entre diez mil se enferme por el consumo de hortalizas, o disminuya el porcentaje de trasmisión de enfermedades por cuenta del riego con aguas residuales.


    Para saber más:
      • »  Campos, C. (2008). “New Perspectives on Microbiological Water Control for Wastewater reuse”. Science Direct, De- salination 218: 34-42.
      • »  Cárdenas, M., Moreno, g. & Campos, C. (2009). “evaluation of Fecal Contamination Indicators (Fecal Coliforms, Somat- ic Phages, and Helminth eggs) in ryegrass Sward Farm- ing”. Journal of Environmental Science and Health 44 (3) (parte a): 249-257. disponible en: https://dx.doi.org/10.1080/10934520802597846. recuperado en: 20/09/2013.

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    Liseth Yamile Wilches Buitrago

    Liseth Yamile Wilches Buitrago

    Hay quienes descubren su vocación en la primera etapa de sus vidas; otros tardan años en encontrarla; a algunos, en cambio, la vida misma les marca una ruta vocacional de acuerdo con sus pasiones. Este último es el caso de Liseth Wilches Buitrago, estudiante del Doctorado en Ciencias Biológicas de la Pontificia Universidad Javeriana, quien sin tener muy claro su rumbo profesional supo hallar la verdadera pasión de su vida: la investigación.

    Desde niña Liseth sintió fascinación por las ciencias de la salud. Esa afinidad con la anatomía y la biología se evidenciaba en sus calificaciones y en las charlas que mantenía con sus allegados. Al finalizar su bachillerato Liseth optó por matricularse en la carrera de Odontología en la Javeriana.

    Durante su pregrado siempre se esmeró por adquirir información extra, lo que le permitió profundizar en los conceptos impartidos en las aulas: indicios del rol que más adelante desarrollaría.

    Una vez se graduó como odontóloga, Liseth, como muchos jóvenes colombianos, tuvo que enfrentarse a la crudeza de un mundo laboral estrecho en el que las “palancas” son el trampolín para conseguir empleo y en el que la competitividad hace que los salarios sean bajos.

    Frente a esa realidad, Liseth empezó su práctica profesional en La Dorada, Caldas, y más adelante regresó a Bogotá en donde trabajó, en medio de una complicada situación salarial, en distintas empresas del sector privado.

    Con la certeza de saberse desconforme con su realidad laboral y sin tener claridad sobre la idea de armar un consultorio propio, decidió profundizar en su saber. Fue así como ingresó a la Especialización en Ortodoncia de la Pontificia Universidad Javeriana.

    La prevención, el diagnóstico y el tratamiento de las anomalías de la forma de los dientes, así como su posición y la corrección de las alteraciones dentales resultaban fascinantes para Liseth. Sin embargo, la odontóloga no se sentía plenamente cómoda cursando la especialización. Algo le faltaba.

    Fue entonces cuando prefirió cancelar sus estudios y decidió, por consejo de Liliana Otero, directora del Centro de Investigaciones Odontológicas (CIO), hacer una pasantía en el centro de investigación. Allí por primera vez Liseth sintió que estaba desarrollando el lado práctico de su carrera en compañía de otros estudiantes, pero que a la vez estaba realizando aportes a la academia desde la investigación.

    Esa primera tarea la llevó más adelante a trabajar bajo la tutoría de la doctora Liliana Otero en diferentes líneas de investigación: biología del movimiento dentario, bioingeniería de tejidos y alteraciones en el desarrollo y crecimiento craneofacial (fisura labiopalatina no sindrómica). Gracias a estas intervenciones Liseth logró hacerse acreedora de una beca de Colciencias, que le permitió llevar a cabo con éxito una investigación llamada “Comparación de la respuesta biológica generada por un sistema de brackets convencional y brackets de autoligado”.

    Según la doctora Otero, Liseth ha sido el nexo perfecto entre los residentes de posgrado y las investigaciones que en el ámbito institucional se vienen ejecutando en el Centro de Investigaciones Odontológicas (CIO). “Su conocimiento en el área de odontología y de técnicas de laboratorio ha permitido a los estudiantes del posgrado comprender mejor las temáticas de los trabajos de grado de su especialidad y hacer parte activa de la práctica en el laboratorio”, señala la tutora.

    Pero eso no es todo. La labor investigativa de esta profesional de la odontología ha contribuido también al buen desarrollo de los trabajos que se realizan en red con otras universidades del país. En palabras de Otero: “Liseth está siempre atenta a trasmitir las inquietudes de los investigadores de otras universidades, para que estos tengan una respuesta oportuna a sus requerimientos”.

    Hoy Liseth sueña con terminar su doctorado, tener una experiencia profesional en el exterior y contribuir desde su rol investigativo a la academia, para que su campo profesional cuente con mejores herramientas teórico-prácticas, y así brindarle un mejor servicio a la sociedad.


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