Investigación invalida la terapia con imanes

Investigación invalida la terapia con imanes

Esta nota titulada Investigación invalida la terapia con imanes fue publicada originalmente el 9 de agosto de 2009*

El uso de imanes con propósitos terapéuticos no es nuevo. Muchos coinciden en rastrear sus orígenes hacia la época de Paracelsus (en el siglo XV), el médico y alquimista que dedujo que si los imanes tienen el poder de atraer el hierro, quizás podrían atraer las enfermedades y por consiguiente retirarlas del cuerpo. Hoy, los vendedores de accesorios magnéticos utilizan argumentos que van desde una mejoría en la circulación de la sangre, pasando por una modificación de los impulsos nerviosos, hasta un incremento en el contenido de oxígeno o en la alcalinidad de los fluidos del cuerpo. No hay estudios científicos que respalden estos efectos en el organismo y sin embargo se siguen vendiendo elementos magnéticos para aliviar diversas dolencias.

Las ganancias entre los productores de brazaletes magnéticos, vendas, plantillas, colchones, etc. que los promocionan como solución casi milagrosa ante el dolor, son crecientes y multimillonarias. Se estima que las ventas anuales en Estados Unidos son de 300 millones de dólares y que en el mundo alcanzan más de 1.000 millones. Si bien la terapia con imanes es relativamente inofensiva, ya que no tiene medicamentos ni efectos colaterales, sí puede evitar que la gente busque una solución efectiva ante sus padecimientos.

No se han realizado muchos estudios sobre terapias magnéticas y los que hay presentan resultados distintos. Además se les objeta el utilizar grupos muy pequeños de pacientes, o sólo de aquellos sometidos a tratamiento, cuando se sabe que el poder de sugestión por sí solo es capaz de aliviar las dolencias.

Con el objetivo de superar estas deficiencias y para evaluar la eficacia de la terapia magnética, un grupo de investigadores de la Unidad de Epidemiología Clínica de la Pontificia Universidad Javeriana, liderado por la doctora Soledad Cepeda Ph.D., seleccionó pacientes con dolor postoperatorio agudo y los sometió a terapia magnética observando cuidadosamente su efecto sobre el dolor; se contó con un grupo de control para evaluar los resultados.

¿Cómo se hizo el estudio?

El diseño fue un ensayo clínico aleatorizado doble ciego. Doble ciego ya que ni los investigadores, ni los investigados supieron a cuáles de los pacientes se les estaban colocando imanes. Aleatorizado ya que los individuos seleccionados para el estudio fueron elegidos al azar.

Se escogieron 161 pacientes mayores de 12 años sometidos a procedimientos quirúrgicos bajo anestesia general, que refirieran al menos dolor moderado tras despertar de la anestesia. Las características demográficas, la duración y el tipo de cirugía, la dosis intraoperatoria de analgésicos y la intensidad de dolor fueron similares en ambos grupos.

Ochenta y uno fueron asignados a los imanes activos y 84 a los imanes placebo. Los imanes (activos y placebos) se colocaron en cada extremo de la incisión y alrededor de ésta de acuerdo con las instrucciones del fabricante. Los pacientes calificaron la intensidad de dolor con una escala de cero a diez cada diez minutos, y recibieron dosis incrementales de morfina hasta que la intensidad del dolor fuera menor o igual que cuatro en una escala sobre diez.

La intensidad del dolor fue similar en ambos grupos. El grupo con imanes activos tuvo un promedio 0.04 unidades más en la intensidad de dolor que el grupo placebo. Los requerimientos de analgésicos también fueron similares en ambos grupos. El grupo con imanes activos requirió 1.15 mg más de morfina que el grupo de control. Con lo anterior se demostró que la terapia magnética no disminuye la intensidad del dolor postoperatorio ni los requerimientos de opioide, por lo que no debe usarse para el tratamiento de dolor agudo postoperatorio u otros síndromes dolorosos, en los cuales la fuente del dolor sea la lesión del tejido.

Cuenta la investigadora

Soledad Cepeda es médica anestesióloga, especialista en manejo del dolor de la Pontificia Universidad Javeriana, y doctora en epidemiología de la Universidad de Pensilvania en Filadelfia. Actualmente reside en Estados Unidos donde se encuentra vinculada con la industria farmacéutica. Pesquisa dialogó con ella para profundizar en algunos aspectos de su investigación.

¿Qué los motivó a evaluar un tipo de terapia con muy pocas simpatías entre la comunidad científica?

Nos pareció interesante evaluar la terapia magnética con el mismo rigor con que se evalúa cualquier tratamiento farmacológico, a pesar de que nos criticaron argumentando que no valía la pena que desperdiciáramos recursos en estudiar algo que de antemano se sabe que no sirve. Sin embargo, mucha gente usa los magnetos y gasta millones en ellos, eso justifica que se les preste atención.

Uno de los objetivos del estudio fue propiciar que la comunidad científica desaconseje el uso de magnetos para el tratamiento del dolor. ¿En qué medida se ha logrado esto?
No creo que un estudio científico llegue a tener efecto sobre los pacientes ya que tiene muy poca fuerza frente a los esfuerzos publicitarios de los fabricantes de magnetos. El estudio fue publicado en Anesthesia & Analgesia, una de las revistas del dolor más importantes del mundo, donde le dedicaron tres editoriales, pero los pacientes no leen las revistas médicas.

Lo que hay que hacer es regular el mercado, que se pongan avisos en los productos así sea en letras pequeñas: “hay estudios que muestran que estos magnetos no sirven…”; el problema es que no están regulados como no lo están muchas de las vitaminas, pero esa es otra cuestión.

El efecto de la terapia magnética fue evaluado por su capacidad para aliviar el dolor, sin embargo, la única forma de medirlo es preguntándole a los pacientes qué tanto dolor sienten, ¿esto no introduce una dosis de subjetividad en el estudio?

Sí, en parte, idealmente lo que se quiere es una medida muy objetiva de tal manera que si uno repite el estudio obtenga exactamente los mismos resultados. En dolor no tenemos eso por lo que se necesita un mayor número de casos para demostrar lo que se quiere. Y para que sean representativos lo que se hace es establecer un procedimiento aleatorizado de selección. Así es como se asegura que los grupos sean similares.

La subjetividad influye pero en este caso no invalida los resultados, ya que ésta se controla. Se aumenta el número de casos y se tiene un grupo experimental (el que se somete a la terapia) y otro de control (el que no recibe ningún tipo de terapia, pero donde los individuos creen recibirla; incluso las personas que toman las mediciones no saben a qué grupo pertenece cada quien).

¿Después de su investigación, realizada en 2005, qué avances ha habido en el campo del tratamiento del dolor?

Se han lanzado nuevas drogas al mercado que podrían tener mayor efectividad y menos efectos adversos; ahora hay más opciones que antes. También se ha desarrollado una cultura más sensible a los efectos del dolor, sobre la calidad de vida de los enfermos y sus familias, y que considera el tema como una prioridad. Por otra parte, conocemos más sobre cómo se transmite el dolor y por qué éste se vuelve crónico. Hay un mayor entendimiento de lo que pasa y esto se revierte en drogas y aparatos de mayor calidad y en discernir la mejor manera de intervenir en las distintas fases de su evolución.

El rigor con el que se llevó a cabo el estudio permite concluir que la terapia magnética no sirve para el tratamiento de dolor agudo postoperatorio u otros síndromes dolorosos, en los cuales la fuente del dolor sea la lesión del tejido. ¿Se pueden generalizar estos resultados a otros tipos de dolor?

No, nosotros evaluamos un tipo específico de dolor, donde hay una herida física. Los mecanismos para otro tipo de dolor, por ejemplo el neuropático, pueden ser diferentes. Yo extrapolaría los resultados a otros tipos de dolor agudo. Creo que los magnetos no son eficaces en esos casos, pero no puedo asegurarlo ciento por ciento hasta que no se estudie científicamente cada caso. Es más, si el abogado de un productor de magnetos nos llevara a una corte yo no podría argumentar sino que la terapia magnética no es efectiva en el tipo de dolor estudiado.

A pesar de los avances en drogas y terapias para aliviar el dolor, muchos siguen optando por artefactos magnéticos con escaso apoyo científico. Como sugiere la doctora Cepeda, mientras no se compruebe en cada caso de dolor que los imanes no son efectivos habrá que conceder el beneficio de la duda. Y reconocer, como también lo hizo Paracelsus, que el poder de la sugestión, la confianza o la fe son ingredientes importantísimos de cualquier proceso curativo.


Para leer más…
Flam, B.L. (2006). Magnet Therapy. A Billion-dollar Boondoggle. Skeptical Inquirer Magazine. Recuperado el 23 de julio de 2009, de https://www.csicop.org/si/2006-04/magnet-therapy.html­­­­­­­­­­­
 

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Mapas de la conciencia

Mapas de la conciencia

Las palabras de Carlos Fuentes en Los cinco soles de México son reveladoras: “cuando las dinastías pusieron la grandeza del poder por encima de la grandeza de la vida, la delgada tierra y la tupida selva no bastaron para alimentar tanto y tan rápidamente, las exigencias de reyes, sacerdotes, guerreros y funcionarios”.

No sólo la arrogancia del poder deja marcas a su paso. Cada ser humano, cada sociedad, con sus formas de entender el mundo y sus hábitos cotidianos, han tocado la tierra produciendo señales que podrían ser heridas abiertas o síntomas positivos de recuperación.

Una mirada sistemática a las actividades del hombre, a través del uso de los recursos naturales y del territorio, muestra los impactos que ellas generan sobre la tierra y las transformaciones de la biodiversidad y los ecosistemas. Cómo han cambiado en Colombia con el paso del tiempo esos usos en espacios y contextos determinados, es la pregunta a la que está dando respuestas un grupo de investigadores de la Pontificia Universidad Javeriana liderado por Andrés Etter Rothlisberger, doctor en Ciencias Ambientales y profesor titular de la Facultad de Estudios Ambientales y Rurales.

En el país, la información sobre el estado de la intervención de los ecosistemas es deficiente cuando la singularidad y la importancia de nuestros recursos naturales demandan, por el contrario, un cuidadoso seguimiento. Basta pensar en la deforestación de amplios territorios o en la expansión progresiva de la frontera agropecuaria para determinar la importancia de este tipo de estudios.

Para comprender estas transformaciones, los científicos cuentan con diversas aproximaciones teóricas. Una de ellas es la Huella Ecológica que, como explica el profesor Etter, fue desarrollada por el suizo Mathis Wackernagel y el canadiense William Rees; se trata de un enfoque que “pretende cuantificar el impacto de un individuo promedio sobre la biósfera partiendo de su consumo de energía, alimentos y recursos naturales, en relación con la capacidad que tiene el ambiente biofísico para subsanar este impacto, con lo que es posible derivar en el cálculo comparativo de índices por países y su variación en el tiempo”.

Las preguntas, entonces, empiezan a multiplicarse: ¿cuál es la capacidad de carga del planeta si cada vez se convierten los recursos en desechos más rápido de lo que la naturaleza puede convertir los desechos en recursos? ¿Cuánta tierra y cuánta agua se requieren para ritmos de consumo como los actuales? ¿Hay conciencia social y ambiental sobre los estilos de vida que se llevan? ¿Las políticas de Estado sobre uso de la tierra responden a información documentada, que permita hacer intervenciones apropiadas a la hora de planificar la conservación de la biodiversidad o de orientar la expansión de la frontera agropecuaria y los procesos de urbanización para mitigar sus efectos negativos en determinados territorios?

Los rastros de la Huella

Colombia no es un país con amplia tradición en investigaciones de Huella Ecológica. Si bien es cierto que estos estudios buscan mirar el tipo, el nivel y el grado de impacto que tienen o han tenido las actividades humanas sobre los recursos naturales, presentan el problema de ser a-espaciales. Deficiencia que pretende contrarrestar el equipo de Etter, en el Grupo de Investigación Ecología y Territorio, del que también hacen parte los profesores Clive McAlpine, Armando Sarmiento y Luis A. Villa, al introducir el elemento espacial en los análisis ya que los impactos pueden ser muy variados dependiendo del tipo de uso, el tiempo que lleva ese uso y el sitio específico en donde se ha dado. Se podría hablar, entonces, de “Huella Ecológica espacial de los usos sobre el territorio”.

El profesor Etter lo explica así: “un sitio más pendiente tiene una susceptibilidad mayor que otro de menor pendiente de que el suelo se degrade por erosión si, por ejemplo, se elimina la capa vegetal. O si a un lugar que tiene pocos nutrientes, que no es tan fértil, empiezo a extraérselos, la tendencia será a degradar la reserva de nutrientes. Y si se trata de un territorio de gran diversidad biológica y endemismo del que se elimina su cobertura vegetal y sus animales, el impacto es mayor que en otro con menor diversidad”.

Restringirse a los parámetros que utiliza la Huella Ecológica llevaría a hacer afirmaciones relacionadas con lo que sucede al agrupar la actividad de todos los colombianos comparada con el potencial que tiene el país como un todo de afrontar el impacto. De esta manera, gran parte de la Huella Ecológica en Colombia estaría concentrada en ciertos sitios como el altiplano cundiboyacense, donde está la mayoría de la población andina, pero no se estaría reflejando su verdadera incidencia, ya que se trata de un país diverso con un territorio muy heterogéneo.

Estudios como Análisis general especializado de Huella Ecológica en los paisajes colombianos, que motiva el presente artículo, muestran que en el país se dan cinco procesos principales de transformación del uso del territorio y de los ecosistemas que determinan la extensión espacial y la intensidad acumulada de la Huella Ecológica: la expansión de la frontera agropecuaria, la intensificación de la agricultura en sectores de alta productividad y accesibilidad, la urbanización, el abandono de tierras marginales y la creciente creación de áreas de conservación y de restauración de la biodiversidad y los servicios ambientales.

Lo que hay tras los resultados de la investigación, y que merece destacarse, es que presenta una nueva visión de país al permitir identificar a nivel macro “áreas en las que el conflicto entre las actividades humanas y el territorio, históricamente, ha sido mayor”, dice Etter.

Trazos para conocer

Los mapas son un componente determinante del trabajo porque permiten visualizar en el territorio la huella que ha dejado la historia de su ocupación por el hombre. Los investigadores levantan datos relacionados con el uso de recursos determinado por una actividad humana en un lugar específico. No es lo mismo desarrollar una ciudad que establecer un cultivo de papa. Es grande la diferencia entre un uso ganadero y uno minero, o incluso entre una agricultura de corte campesino y una de característica agroindustrial. A estos datos hay que sumarle los que se derivan de la variabilidad temporal, es decir, por cuánto tiempo se ha hecho ese uso en dicho lugar y cuál ha sido la sucesión de los usos.

Donde hay una determinada actividad humana es posible que antes haya habido otra. La mirada histórica permite contextualizar mejor lo que sucede en la actualidad.

Finalmente, se tiene en cuenta el contexto biofísico en el que se está haciendo el uso. El profesor Etter enfatiza: “No son iguales las consecuencias de la actividad ganadera en la región andina con fuertes pendientes que en la Amazonía en donde hay que tumbar la selva, o en los Llanos donde se pueden aprovechar los herbazales naturales”.

¿Qué se está haciendo? ¿Desde cuándo? ¿Cómo se ha hecho? ¿En dónde se está haciendo? Éstas son preguntas esenciales. Por lo general, el dominio temporal y el contexto no se aplican lo suficiente. Hacerlo contribuye a tener una visión más completa.
Viene el proceso de tomar toda la información e integrarla. Como la dimensión espacial adquiere relevancia e interesa decir “en este lugar pasa esto”, se requieren datos que puedan ser representados geográficamente en mapas. Así, los usos se visualizan sobre el espacio. “Hacemos operaciones con esos mapas”, dice Etter. Los investigadores cuentan hoy con herramientas valiosas como los sistemas de información geográfica, la tecnología de las imágenes satelitales y el modelamiento espacial, que permiten, precisamente, manipular e integrar la información sobre mapas, y verificar y corregir problemas relacionados con la calidad de la información, propios de países como el nuestro, ya que de ello dependen los márgenes de error y los niveles de precisión.

Los mapas que acompañan este artículo, resultados de la investigación, permiten visualizar el impacto de las actividades humanas sobre los ecosistemas y los recursos. Son, como lo dice Etter, “una aproximación cuantitativa y espacializada de un índice de Huella Ecológica para Colombia, con base en tres insumos: el tiempo de intervención del territorio (años de intervención directa), la intensidad de uso (usos actuales, distancia a vías de transporte y a poblados, índice de fragmentación, proporción de biomasa potencial) y la vulnerabilidad biofísica (fertilidad del suelo, pendientes, disponibilidad de agua)”. Así, es posible concluir que las áreas del país con mayor Huella Ecológica acumulada son la región Caribe, los altiplanos de la cordillera Oriental, y los valles interandinos secos. (Ver los mapas “Índices de Huella Ecológica para cada dimensión” e “Índice de Huella Ecológica para Colombia”).

Aportes para enriquecer la historia

Es preciso enfatizar otro ingrediente que da el sello a los trabajos de este grupo de investigadores: la perspectiva histórica. Merece la pena detenerse en los mapas que aportan al conocimiento del curso de los asentamientos humanos, ya que su “análisis y reconstrucción ayuda a la comprensión de la dinámica y la persistencia de los ecosistemas actuales”, dice Etter. En el artículo “Historical Patterns and Drivers of Landscape Change in Colombia Since 1500: A Regionalized Spatial Approach”, escrito por Andrés Etter, Clive McAlpine y Hugh Possingham, y publicado en la revista Annals of the Association of American Geographers, los investigadores identifican y analizan los factores históricos que direccionaron el cambio del paisaje durante siete periodos comprendidos entre los años 1500 y 2000. Allí, por ejemplo, es posible visualizar cómo los ecosistemas más afectados han sido los bosques andinos y los tropicales secos, siendo las tendencias más recientes el desmonte de los bosques húmedos de selva baja, especialmente en el Amazonas y en el Pacífico, o el impacto demográfico de la colonización y de la introducción del ganado como impulsores importantes en el cambio.

La pregunta a los investigadores parecería obvia: ¿es posible evidenciar el conflicto por la tierra que vive hoy Colombia con los resultados de estos estudios? Etter señala que “de alguna manera sí se puede hacer, pues si uno mira la geografía colombiana, gran parte de la tierra está dedicada a una ganadería extensiva. Grandes propiedades con bajos niveles de productividad y altos impactos sobre la base biofísica. Un costo muy alto frente a lo que realmente se está obteniendo. Es claro que hay muchos usos inadecuados soportados en formas de tenencia que no son las más apropiadas”.

Otra visión de país

Un ciudadano común, preocupado por el futuro de la tierra, podría apropiarse de esta información y llevarla a su vida cotidiana. En asuntos de participación ciudadana sería posible imaginar intervenciones en los debates sobre planes de ordenamiento territorial, en acciones populares que exijan la protección de los recursos naturales o en presiones para garantizar su adecuada planificación. Así como “en la construcción de una visión de país”, interviene Etter. “Que los niños puedan reconocer en dónde está el capital natural del país y cuáles son los lugares que han sido más afectados por la actividad histórica del hombre para comprender lo determinantes que son las decisiones sobre el uso de los recursos naturales”.

Y si se tratara, a partir de los resultados, de reflexionar sobre estilos de vida individuales y colectivos, perfiles de la gestión industrial o agropecuaria, formas de explotación de la minería y tendencias de la urbanización, muchas serían las alertas.
Los investigadores reconocen, por su parte, cinco ámbitos de incidencia: el asesoramiento local o nacional sobre el valor de los recursos ecológicos del país, el monitoreo y la gestión de esos recursos, la identificación de riesgos asociados con el déficit ecológico, la definición de políticas y la medición de progreso.

Desafortunadamente, el debate aún se restringe a círculos académicos. “En Colombia todavía hay un divorcio muy grande entre lo que se investiga y lo que realmente se aplica”, dice Etter. De hecho, “muchas de las decisiones que se toman en la planeación del desarrollo y en la gestión territorial no están sustentadas en conocimiento; con frecuencia son fruto de manejos políticos o de misteriosos datos que se vuelven verdades aceptadas sin serlo. Lo que estamos tratando de hacer inicialmente con estas investigaciones es detectar áreas críticas desde el punto de vista del impacto que han recibido los ecosistemas, que permitan fijar prioridades”.

No hay duda: la tierra nos soporta a sus espaldas. Imágenes poéticas como las del turco Nazin Hikmet hablan con otro lenguaje de esos mismos mapas de la conciencia: “Lo siento por las mariposas / cuando apago la luz / y por los murciélagos / cuando la enciendo / ¿Es que no puedo dar un paso / sin agraviar a alguien?”


Para leer más…
+Etter, A. & Sarmiento, A. (en prensa). La reconfiguración del espacio rural en Colombia: entre la expansión de la frontera agropecuaria y la intensificación de la agricultura. En F. Lozano (Ed). Las configuraciones de los territorios rurales en el Siglo XXI. Bogotá: Pontificia Universidad Javeriana.
+Etter, A. & Villa, L.A. (2006). El impacto humano sobre los ecosistemas y regiones colombianos. Revista Javeriana, 724, 30-33.
+Palacio, G. (Ed.). (2001). La naturaleza en disputa: Historia ambiental de Colombia, 1850-1995. Bogotá: Universidad Nacional de Colombia.
Sitio oficial de Global Footprint Network, red global orientada a motivar el uso de la huella ecológica como herramienta para el diálogo mundial sobre la sostenibilidad y el futuro del planeta, recuperado el 2 de julio de 2009, de https://www.footprintnetwork.org/en/index.php/GFN/
 

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Ese instante en que la radio cambia los hechos

Ese instante en que la radio cambia los hechos

En plena expansión de las multinacionales de la comunicación, como son los emporios de las cadenas radiales, los sonidos de la radio comunitaria y ciudadana recrean un paisaje polifónico en el territorio colombiano. Acentos y realidades de un centenar de municipios cobran su existencia en el dial, en pequeñas estaciones que retratan la vida cotidiana y diversa de sus habitantes, más próximos a una naturaleza de entornos rurales que a las costumbres de la gran ciudad.

Estas emisoras locales, que han venido consolidándose desde hace más de una década, son un referente, e incluso, un patrimonio, en cada uno de sus municipios, como la plaza, la casa de la cultura o la casa cural. Escenario de lo social y lo político, acompañan las horas con músicas populares y crean sentidos a las formas de existir a través de mensajes o programas realizados con las voces de niños, jóvenes, mujeres, hombres y ancianos, que poco saben de radio pero han aprendido el valor que tiene la palabra.

De hecho, no estamos hablando de la radio “formato”, tampoco de una parrilla con estándar de programación. Nos referimos a la radio como lugar de encuentros y diálogos de una comunidad. Por lo tanto, es clara la dificultad para clasificar y definir estas emisoras en el marco de un modelo de medio de comunicación, e incluso en la categoría que les asigna el Ministerio de Comunicaciones –“servicio comunitario de radiodifusión sonora”– al otorgarles el derecho a hacer uso legal del espectro electromagnético. De ahí su complejidad y riqueza: la comprensión de las radios comunitarias y ciudadanas se da en la dimensión cultural.

Entre 1997 y 2008 el Gobierno asignó frecuencia de radiodifusión a 831 emisoras comunitarias, 31 en ciudades capitales; las demás, el 96%, en poblaciones intermedias y municipios lejanos geográfica y socialmente. Pero no todas las frecuencias asignadas están al aire, muchas han sido cerradas, otras están en proceso de conformación; así mismo, se da el caso de aquéllas que no cumplen con la misión comunitaria. Aun así, no se puede desconocer el trabajo de movilización social y reconocimiento a su población, que una gran proporción está llevando a cabo.

La radio comunitaria y ciudadana, de acuerdo con la política pública, responde a la intención de “promover la participación social y la democracia”, un logro de organizaciones y movimientos sociales que buscan y protegen el derecho a la democratización de las comunicaciones, discusión que en Colombia se está dando desde hace más de diez años. De esta manera, en su ideal como medio ciudadano, de interés colectivo e inclusión, la radio comunitaria se está construyendo y muestra proyectos comunicativos en proceso que dejan aprendizajes para fortalecer su sentido y la acción de quienes impulsan su existencia.

Sin embargo, por la naturaleza efímera de este medio de comunicación, no se cuenta con mecanismos o metodologías que puedan dar cuenta del impacto que logra en sus audiencias. Aquello que dicen, lo que conmueve y transforma, lo que provoca una respuesta colectiva, crea o fortalece un vínculo social que no tiene otro testimonio demostrativo distinto a la memoria de los protagonistas. Tan ligero es su actuar que ni siquiera la misma emisora lleva un registro o un archivo con su historia.

La memoria como evidencia

Frente a la ausencia de conocimiento y metodologías que permitan observar y sistematizar el impacto de un medio de comunicación comunitario, se lleva a cabo, entre 2004 y 2007, la investigación Sistematización de experiencias de comunicación y medios ciudadanos. Caso de Aredmag.

Aredmag es la sigla de la Asociación Red de Emisoras Comunitarias del Magdalena Medio, una de las primeras organizaciones que surge en torno al movimiento radial comunitario, con un componente adicional: cuenta con el respaldo del Programa de Desarrollo y Paz del Magdalena Medio, PDPMM, factor que la vincula a un trabajo continuo de resistencia para mantener a la población del sur de Cesar y de Bolívar, noroeste de Antioquia y noroeste de Santander al margen del conflicto armado colombiano. Aredmag integra 17 emisoras comunitarias que tienen en común tanto aspectos culturales como diferencias.

El proyecto se constituye en un modelo de investigación participativa. Vincula dos universidades colombianas, la Javeriana y la del Norte; dos norteamericanas, la de Oklahoma y la British Columbia, y Aredmag. La coordinación está a cargo de Amparo Cadavid, profesora de la Facultad de Comunicación y Lenguaje de la Pontificia Universidad Javeriana, y cuenta con la asesoría de Pilar Riaño de la Universidad de British Columbia en Canadá. Se desarrolla en distintos momentos a lo largo de cuatro años de los cuales dan cuenta documentos publicados, registros en video y debates públicos, todos ellos cuerpo y resultado del proceso de investigación.

En esencia, propone “un diálogo de saberes entre activistas y académicos”, explica Amparo Cadavid, con el fin de poner a prueba un modelo metodológico que permita confirmar si estas emisoras tienen incidencia en la transformación de la sociedad como se presume lo están haciendo. Es decir, la investigación consiste en una reflexión sobre la forma de investigar procesos sociales y comunicativos de la complejidad de la radio comunitaria, discusión que pone sobre la mesa, en primer lugar, el concepto de audiencia bajo el cual los medios tradicionales interpretan a sus públicos.

El concepto de audiencia, uno de los puntos de partida, marca hondas diferencias entre la definición teórica de un medio de comunicación convencional y la apropiación que ejerce un grupo social o una comunidad de un soporte y una técnica comunicativa. En este sentido, la audiencia de la radio comunitaria se desplaza, abandona el estado pasivo. Son el bombero, el ama de casa, el estudiante, el médico, el docente, el creador de las músicas campesinas, el cura y el predicador evangélico quienes están actuando como generadores de contenidos, a la vez que son parte de la audiencia, en un diálogo que se ha de prolongar en los espacios de encuentro cara a cara, como el mercado o el parque, que pertenecen a esa pequeña y única comunidad.

Por consiguiente, no operan allí y se ponen en tela de juicio para estos medios las metodologías cuantitativas con que se miden las audiencias masivas; igualmente, queda en evidencia que la radio comunitaria y ciudadana más que un medio de comunicación es un “proyecto social comunicativo”, por consiguiente, no puede observarse a partir de técnicas y variables tradicionales.

En consecuencia, los investigadores optan por aplicar una dinámica participativa en la que intervienen los actores sociales y políticos que han hecho posible la radio, y a través de testimonios, relatos, debates, reflexiones e imágenes hacen que vaya apareciendo en el tiempo que dura la investigación el objeto de estudio, es decir la evidencia del cambio social.

La metodología aplicada se caracteriza por un enfoque etnográfico que se sustenta en los trabajos de dos investigadores, Jo Tacchi y el concepto de “ecologías comunicativas”, y Pilar Riaño y los talleres de recuperación de la memoria denominados “colcha de retazos” y “mapa mental”. Tacchi propone observar las relaciones sociales a través de círculos concéntricos en donde se ubica en el centro el objeto de estudio, que para el caso corresponde a Aredmag, y, a su alrededor, se van configurando como ondas los actores que en distinto nivel interactúan con éste: los miembros de la Red, las instituciones y organizaciones locales y regionales, y la sociedad.

El método de Tacchi permite organizar la investigación y dar cuenta del proceso que tiene la radio desde el momento en que se crea. Lo complementa la metodología de la “colcha de retazos”, una acción participativa y lúdica que recupera en primera instancia la memoria individual y en segundo lugar, la colectiva. De esta manera, y haciendo uso de técnicas cualitativas complementarias, es posible recuperar en el tiempo ese instante en que la radio cambia el curso de los hechos.


Para leer más…
+Cadavid, A. (2006, julio). Resolviendo viejos retos. Una alianza académicos-activistas. UNIrevista 1 (3). Recuperado el 30 de junio de 2009, de https://www.unirevista.unisinos.br/_pdf/UNIrev_Cadavid.PDF
+Cadavid, A., Rodríguez, C. & Durán, O. (2008). De la violencia al discurso: Conflicto y radios ciudadanas en el Magdalena Medio. Lo que le vamos quitando a la guerra. Medios ciudadanos en contextos de conflicto armado en Colombia. Bogotá: Centro de Competencia en Comunicación para América Latina, Fescol. Recuperado el 30 de junio de 2009, de https://www.c3fes.net/docs/capitulo4_quitandoguerra.pdf
Sitio web de la Red de Emisoras Comunitarias del Magdalena Medio: https://www.aredmag.org.co/

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Pymes éticas y responsables

Pymes éticas y responsables

Se ha vuelto costumbre que los medios de comunicación dediquen páginas enteras a publicar fotos de gerentes de grandes compañías que cortan cintas de escuelas en sectores marginales, o de altos ejecutivos vestidos como albañiles poniendo los primeros ladrillos en un proyecto de vivienda de interés social en un municipio remoto del Pacífico. Ése es, a grandes rasgos, el contenido que a diario circula bajo el rótulo de responsabilidad social empresarial (RSE), un concepto que se desdibujó al ponerse de moda y que muchos han reducido a una suerte de “cara amable” de los negocios.

Sin embargo, aunque la oleada de noticias sobre RSE ha contribuido a que grandes empresas antes vistas como monopolios monstruosos tengan hoy una mejor reputación, asociar la RSE con filantropía ha hecho que el 99.9% del universo empresarial colombiano, constituido por las micro, pequeñas y medianas empresas, tenga una profunda confusión en relación con lo que significa ser una organización responsable.

Eso fue lo que se encontraron los investigadores del Grupo Rethos de la Pontificia Universidad Javeriana cuando se dieron a la tarea de construir indicadores de gestión ética y de responsabilidad social para las pequeñas y medianas empresas (pymes). Por casi tres años, este grupo se dedicó a trabajar con más de 300 empresas pyme en cinco departamentos del país, para orientarlas acerca del modo de controlar la gestión de sus negocios y de operar como una organización, en el sentido estricto.

Para Roberto Solarte, investigador principal del proyecto, la idea de trabajar en unos indicadores, un modelo y un sistema de evaluación que beneficiara a las pymes surgió de la importante participación que tiene este segmento en el empresariado colombiano. Adicionalmente, en materia de RSE, las pequeñas y medianas organizaciones estaban casi abandonadas, puesto que, mientras las grandes empresas tienen fundaciones y estructuras dedicadas a la responsabilidad social, una pyme está concentrada, la mayor parte del tiempo, en sobrevivir. Además, la literatura existente sobre RSE, aunque es abundante, suele estar alejada de la realidad de las pymes colombianas y contiene estándares muy altos o imposibles de cumplir para este tipo de organizaciones.

Se conformó entonces un grupo interdisciplinar, encabezado por las facultades de Ciencias Económicas y Teología de la Universidad, con la participación activa de integrantes de las facultades de Filosofía, Psicología y Arquitectura y del Instituto Pensar, que propuso una serie de indicadores éticos que permitan evaluar la responsabilidad social en las pequeñas y medianas empresas colombianas, a partir de los mínimos éticos establecidos en los estándares internacionales.

Hoy el grupo está ad portas de publicar un libro que condensa el modelo y se prepara para iniciar una investigación centrada en la evaluación del impacto de su implementación, que ya cuenta con el respaldo del Banco Interamericano de Desarrollo (BID), organismo que adoptó el producto de la investigación para aplicarlo en otros países de América Latina.

Conociendo a las pymes

Con base en el problema de informalidad que caracteriza a las pymes, el modelo de gestión que diseñó el Grupo Rethos, además de contribuir a la formalización del segmento, se desarrolló como una herramienta sencilla, de fácil uso y, más que todo, favorable en términos económicos para los empresarios.

El equipo de investigación trabajó en conjunto con Confecámaras en el programa Comprometerse, un proyecto de promoción de RSE en pymes que desarrolla el Banco Interamericano de Desarrollo (BID) en América Latina, por lo que fue posible subsidiar económicamente a las empresas incluidas en el estudio para que empezaran a trabajar el modelo sin ningún costo.

Al empezar el proceso, una de las principales preguntas que debieron responder los empresarios fue si realizaban alguna acción en materia de responsabilidad social, a lo cual la mayoría respondió inmediatamente de forma negativa. Sin embargo, fue allí en donde surgió el primer hallazgo importante: la mayoría de empresarios creían que la RSE era equivalente a filantropía, y en esa medida consideraban que sus organizaciones no estaban haciendo nada en esa línea.

Contrario fue el descubrimiento del equipo: “Todas hacían una cantidad de cosas impresionantes, aunque no de forma sistemática, y ahí fue donde vimos que debía actuar el modelo. Por ejemplo, dentro de las empresas que trabajamos, había una prestadora de salud en la que el gerente decía que no tenían ningún proyecto en esa materia, pero cuando fuimos a mirar, esa empresa le pagaba la educación a los hijos de sus empleados, hacía donaciones en el barrio donde operaba y trabajaba en varios programas medioambientales”, resalta Solarte.

Eso permitió que los investigadores establecieran que las acciones de RSE se realizaban espontáneamente, sin mucha preocupación respecto a lo que eso les fuera a reportar. Para el investigador principal este hallazgo da cuenta de que los empresarios de las pymes actúan con base en un sentido humanitario, muchas veces fundamentado en la tradición moral, y no por interés de incrementar su competitividad.

Apareció entonces el segundo hallazgo interesante. Además de que las pymes sí realizan acciones en materia de RSE, éstas responden a la voluntad del gerente, “la ética del líder es la que funciona para el resto de la empresa”, asegura Solarte. Y a esta conclusión se llegó tras observar que muchos gerentes iniciaban el proceso con mucho entusiasmo, pero cuando avanzaban y quedaban expuestos ante problemas de incoherencia en su organización preferían cerrar la puerta. Por el contrario, en aquellas organizaciones en las que el líder era una persona con una estructura ética sólida el proceso fluyó armoniosamente.

El modelo desarrollado por el Grupo Rethos es una apuesta de coherencia de la empresa con los valores en todas sus relaciones internas y externas. Por eso, en él, la RSE se entiende de forma integral y tiene que ver con todo lo que pasa en la empresa. No es un área de la compañía, sino una forma de ser de la empresa. Las cuentas, las relaciones externas, el manejo ambiental y los aspectos sociales están incluidos. Así, una empresa es responsable si lo que hace está ajustado a sus valores como organización.

Los indicadores que propone el modelo del Grupo Rethos abarcan las dimensiones económica, ambiental y social: los derechos humanos, la sociedad y las relaciones propias de los productos o servicios de la empresa. Para hacer la evaluación del impacto de estos indicadores los investigadores optaron por aplicar el modelo del GRI (Global Reporting Initiative), una herramienta creada por un grupo de expertos de talla mundial con el fin de desarrollar lineamientos aplicables en el ámbito global y para promover la rendición de cuentas del desempeño empresarial en cada una de sus dimensiones. De esa forma, los empresarios podrán medir aspectos que van desde el gasto de recursos que hace la empresa para su operación, hasta el impacto económico indirecto que genera la compañía en su comunidad.

La mayoría de pymes ostenta en las paredes de sus oficinas carteles con su misión y su visión inscritas, como señala Solarte, pero pocas veces esas consignas son el producto de un diálogo con los empleados, los clientes y los demás grupos de interés a los que impacta de algún modo la operación de una compañía. Por eso, el modelo que desarrolló el Grupo Rethos es una propuesta participativa e incluyente: “La preocupación nuestra, teóricamente, es que la empresa no excluya porque el mercado es excluyente de por sí”, asegura Solarte, para quien es necesario acabar con los vestigios que quedan en la sociedad colombiana del pasado colonial, en el que las relaciones se desarrollaban entre patrones y peones.

Con el trabajo que desarrolló el grupo, los pequeños y medianos empresarios del país tienen una nueva herramienta para estar de cara a lo que sucede en el resto del mundo. Sin desconocer su realidad y sus limitaciones, este modelo facilita la resolución de conflictos, tanto internos como externos, y posibilita el control de la gestión que resulta clave para que la empresa funcione a través de la planeación y sea sostenible en el tiempo.


Para leer más…

+Küng, H. (1999). Una ética mundial para la economía y la política. Madrid: Trotta.
+Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE). (2004). Libro blanco sobre gobierno corporativo en América Latina. Recuperado de julio de 2009, de www.ecgi.org/codes/documents/latin_america_es.pdf
+Organización Internacional del Trabajo (OIT), Centro Internacional de Formación. (2004). La responsabilidad social de las empresas y su contribución al desarrollo local. Recuperado el 4 de julio de 2009, de https://campus.delnetitcilo.net/public/es/publicaciones/documentos-de-trabajo/la-responsabilidad-social-de-las-empresas-y-su-contribucion-al-desarrollo-local?set_language=es


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Nicolás Cárdenas Ángel

Nicolás Cárdenas Ángel

Todo empezó en Dibulla, el 16 de agosto de 1970, con el asesinato de Hilario Valdeblánquez por parte de José Antonio Cárdenas. Desde ese momento las familias, pioneras de la colonización dibullera de la Sierra Nevada, y opulentas, gracias a la llamada bonanza marimbera, comenzaron una venganza de sangre.

Ése fue el relato que Nicolás Cárdenas Ángel oyó de boca de los habitantes más viejos en Villanueva, Guajira, cuando en julio de 2001 suspendió un semestre de su carrera de Ciencias Políticas en la Universidad Nacional para emplearse en el programa Computadores para Educar. Desde entonces, su primer viaje a la zona más septentrional de Suramérica no fue el único.

Cuatro años después, al empezar su trabajo de grado, no lo pensó dos veces: agarró su mochila y junto al también politólogo Simón Uribe partió hacia la costa atlántica a desentrañar una de las historias más famosas de la región. El resultado fue La guerra de los Cárdenas y los Valdeblánquez, una investigación casi antropológica de una guerra familiar que duró cerca de 20 años debido a “un lío de faldas”.

Fuera de los enfoques de análisis del Estado y del sistema político, se arriesgaron a explorar una sociedad casi hermética para dos cachacos que corrieron con suerte al encontrar una especie de padrino bogotano en Dibulla y le apostaron a una escritura sencilla, testimonial, de tal manera que “la pudiera leer hasta la mamá”, como dice Cárdenas.

El proceso de investigación incluyó un arduo trabajo etnográfico en lugares como Villanueva, Riohacha, Dibulla, Santa Marta y Barranquilla, con el cual los jóvenes alcanzaron uno de sus propósitos más importantes: corroborar la riqueza de la tradición oral y entender lo invaluable del conocimiento del otro en la producción de registro histórico.

El estudio empezó a dar frutos cuando fue laureado y publicado por el Instituto de Estudios Políticos y Relaciones Internacionales (IEPRI) de la Universidad Nacional. A la vez, los autores fueron merecedores del primer lugar en el área de Ciencias Sociales y Económicas del Concurso Nacional Otto de Greiff de Mejores Trabajos de Grado, año 2006.

Como parte del premio, Cárdenas recibió la beca Jóvenes Investigadores otorgada por Colciencias. Fue acogido entonces por el grupo de investigación Política Social y Desarrollo de la Pontificia Universidad Javeriana, consiguió hacerle el quite al mundo oficinista que aborrece y, entre el calor y los vallenatos, siguió descubriendo la realidad caribeña, esta vez bajo una propuesta titulada: La cultura política en la sociedad criolla de La Guajira.

Conducido por su inquietud profesional vivió en Villanueva durante 2007, año de las elecciones departamentales y municipales. Con el objeto de conocer cómo la cultura intervenía en la participación política, realizó una inmersión en las prácticas cotidianas que los villanueveros tenían para acceder al poder del Estado y a sus instituciones.Concluyó que las elecciones en esta región eran como una dramatización conformada por escenarios, actores y estrategias, en las que los candidatos parecían gallos de pelea, los electores ponedores y el voto, una simple apuesta.

Según Socorro Vásquez, directora del departamento de Antropología de la Pontificia Universidad Javeriana y tutora de este proyecto, Nicolás, “además de tener un alto interés por el conocimiento, siempre estuvo dispuesto a aprender y a someter su escritura a la crítica de profesores y grupos de estudio que enriquecieran su trabajo”.

El análisis de los fenómenos sociales desde la interdisciplinariedad, la constante interacción con la gente y su autoexigencia le han permitido forjar con éxito un camino en el campo investigativo; sin embargo, ésta no es su única destreza. Cárdenas también ha sido profesor de ciencias sociales, editor, diagramador y redactor de revistas universitarias como Vanalidades y Juventud Titiritera y, además, actualmente es pieza clave de Chanfle, el equipo de fútbol de ex alumnos del Colegio San Carlos de Bogotá.

Este politólogo de 29 años, para quien la investigación en Colombia es una opción de vida y una herramienta de trasformación social, desea seguir trabajando en programas sociales que le permitan ampliar su visión de mundo, tal como sucedió con los talleres de recuperación histórica que impartió en los corregimientos guajiros de Mingueo y Tomarrazón y, como sucede hoy, cuando adelanta junto al Instituto Colombiano de Antropología e Historia un estudio sobre el impacto de la declaratoria como patrimonio cultural en San Basilio de Palenque.


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Diseño con dimensión ética

Diseño con dimensión ética

Incursionan en los procesos productivos de comunidades de artesanos y de sistemas de creación de mercados, no siempre tratados por el diseño como fuentes fundamentales para el desarrollo, desde la perspectiva del capitalismo moderno y de las diversas formas de neoliberalismo.

Dos aspectos se amalgaman para consolidar la noción de diseño socialmente responsable: ideología y participación. Para abordar el trabajo, las autoras buscan informarse sobre las posturas más críticas con respecto a lo que significa responsabilidad social. En este debate, como se sabe, hay aguas peligrosas y obstáculos para deslindar la diversidad de posiciones desde las cuales se relaciona dicha actividad con las estructuras sociales. Se cuidan de no caer en “la modernidad” de los discursos elaborados con persistencia por el neopositivismo y la escuela más pragmática exhibida por el empirismo y el desarrollismo de nuevo cuño.

Un elemento de evidente interés para el debate es la relación estrecha que tiene el diseño con la dimensión ética. En este apartado asumen una postura muy definida en relación con la educación de los diseñadores. El marco de referencia se valida de forma eficiente con las propuestas que la Pontificia Universidad Javeriana ha estructurado para la formación de los profesionales en esta área. Las autoras examinan y analizan los ciclos de educación, sus intenciones y los cambios curriculares. Además, los desafíos pedagógicos que la Universidad adopta de acuerdo con las dinámicas y las transformaciones generadas en la sociedad en su conjunto.

Como colofón del estudio, las autoras acentúan la capacidad que tiene el diseño con las características anotadas para analizar y proponer alternativas frente a problemas prioritarios de la sociedad.


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Vivienda social en Colombia: mirada crítica a su legislación

Vivienda social en Colombia: mirada crítica a su legislación

Sus contenidos se refieren a la acción estatal (1918-1942), la institucionalización de la acción estatal frente al problema de la vivienda (1942-1965), la transición en el manejo institucional del problema de la vivienda (1965-1972), la creación de las corporaciones de ahorro y vivienda (1972-1990) y el sistema nacional de interés social (1990-2001).

Tres autores –Olga Lucía Ceballos, Alberto Saldarriaga y Doris Tarchópulos– se encargan de recolectar la legislación y de algunas notas acerca de los elementos más importantes en cada tramo cronológico escogido, es decir, casi un siglo de reglamentación.

Las diferentes administraciones pasan frente a los ojos del lector con sus respectivos énfasis, transiciones, ajustes y nuevas modalidades de cara a las demandas de la nación y, por lo que se intuye, a procesos políticos, sociales y culturales. Destaca en el texto la continuidad de las políticas de vivienda, por lo menos en lo que corresponde a la norma. Queda para la discusión si éstas han cumplido cabalmente con sus propósitos.

El texto es robusto en la recopilación de la información (gran esfuerzo de investigación documental) y sugiere, para otros estudiosos, ahondar en las relaciones múltiples y las contradicciones que, como se sabe, forman el entramado real desde el cual es posible tener un mapa crítico del estado de la vivienda en Colombia.


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Aproximación plural a las industrias culturales

Aproximación plural a las industrias culturales

El libro recoge las ponencias presentadas en la Cátedra Unesco de Comunicación Social, organizada por la Facultad de Comunicación y Lenguaje de la Pontificia Universidad Javeriana. El material enriquece una colección que ya cuenta con tres publicaciones más: Entre miedos y goces, Tecnocultura y comunicación y Comunicación, cultura y globalización.

Los trabajos oscilan, en cuanto a enfoques, en niveles que abarcan lo puramente descriptivo, análisis de recuperación de información, campos estadísticos e intentos críticos. Los cobija la amplia sombrilla de las industrias y los estudios culturales y, en este mosaico, la oferta, como es superior, es múltiple y en algunos ensayos de valor conceptual.

Destacamos la reacomodación que se plantea en el campo de la comunicación desde la denominación “cultura mundo”, las nuevas relaciones de los medios masivos insertados en los fenómenos de la complejidad industrial y las aperturas que lo cultural alcanza a la luz de lo simbólico, lo cotidiano, las modas, las tendencias y los gustos.
El libro respira vitalidad en muchos de sus ensayos. Otros, podría decirse, no son meros llamados a la bibliografía más reconocida del tema. Aun así, las diversas aproximaciones son una fuente de análisis y de conocimiento que orienta al lector y lo induce a profundizar en conceptos y aplicaciones.

Resulta a todas luces importante reconocer que estudiosos de la comunicación, algunos incluidos en el libro, superan con creces el manido discurso de los medios masivos, las visiones recalcitrantes y reiteradas con tono de generalidad y proponen, desde lógicas plurales, situaciones vinculantes y convergencias que dan oportunidad de ubicar nuevos debates para ser tratados por las ciencias sociales en su conjunto y superar el esquematismo disciplinario tan perjudicial cuando se quiere, como propósito último, correr las fronteras del conocimiento.


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