Cuando un carro avanza ante un semáforo intermitente mientras otro conductor cruza la intersección sin advertir lo que sucede y se estrellan, los carros detrás empiezan a pitar, se arma un trancón “terrible o espantoso” y todos estallan en ira… hasta que llega un agente e impone orden, o discurre el caos. El tráfico vehicular emula el del cerebro: ambos son sistemas de flujo en los que hay entradas y salidas; autopistas, rutas secundarias y atajos; vehículos, combustión, esmog, colisiones, señalización y normas de tránsito. Y ¿qué revela todo esto sobre nosotros? Revela cómo nos movemos, cómo pensamos y cómo nos sentimos.
A eso se ha dedicado Janneth González en los últimos 23 años: a desentrañar esa red social que se teje encima de los hombros y que comanda la existencia, de arriba abajo, en los linderos de las células; ese espacio infinitesimal donde la vida se organiza o se desmorona. No ha empleado bisturís, microscopios moleculares, cajas de Petri ni imágenes diagnósticas, pero sí una herramienta que podría ser insospechada para ella como bióloga: los algoritmos.
Ella y su equipo del Laboratorio de Biología Computacional y Bioinformática de la Pontificia Universidad Javeriana exploran, desde la biología computacional, la interacción entre neurotransmisores, proteínas, ácidos nucleicos y otras sustancias. A partir de datos experimentales, esta ciencia crea modelos matemáticos para entender y proyectar el comportamiento de todo ese entramado de elementos integrados dentro del sistema cerebral.
“Ella ha podido describir con modelos qué pasa en contextos específicos y se ha adelantado al conocimiento que la misma evolución tecnológica hoy ofrece y demanda”
Sonia Luz Albarracín
Las reacciones del órgano central del sistema nervioso (el cerebro) son una mezcla de impulsos eléctricos y mensajes químicos que constituyen una red brillante y dinámica que nunca cesa, ni siquiera cuando dormimos, y que regula desde los latidos del corazón hasta la conciencia. González y sus investigadores de pregrado y posgrado retan esa coreografía asombrosa con diversos estímulos, en condiciones normales y en otras patológicas, para dilucidar los cambios metabólicos, genéticos y proteicos, y predecir así las transformaciones de las señales o de las funciones biológicas.
En este universo, la estrella de sus indagaciones ha sido el astrocito —durante décadas, la ‘Cenicienta’ de las neurociencias—: una célula hermana de la célebre neurona que no solo le brinda soporte, sino que también se encarga de controlar el metabolismo y la homeostasis (capacidad de autorregular y mantener el equilibrio ante cambios internos o externos como, por ejemplo, si afuera hace mucho calor o se ha hecho mucho ejercicio) del sistema nervioso central.

Desde 2007, González empezó a explorarla junto al neurocientífico George Barreto, y de su trabajo nació un modelo computacional descriptivo y analítico del astrocito que, según ellos, condensa y decanta la literatura existente sobre este tipo de célula, además de contener, por supuesto, sus propios aportes. Esos miles de datos ómicos (aquellos derivados de un gran número de moléculas implicadas en el funcionamiento de un sistema biológico, en este caso, cerebral) se consolidan en Astrocyte Neuron Simulation Environment Platform (Ansep): una plataforma web de dominio javeriano y código abierto diseñada para que cualquier científico en el mundo pueda hacer simulaciones o adjuntar sus hallazgos.
La FEA tuvo la culpa
Desde pequeña, González se perfiló como una outsider: en una familia de contadores, ella soñaba con ser profesora. Tampoco era de las niñas que escudriñaban los animales o fantaseaban con el mundo natural; las salidas ecológicas eran su pesadilla: odiaba acampar y las actividades campestres le parecían incomodísimas. El trabajo de laboratorio tampoco era lo suyo: reactivos, tejidos, disecciones… ¡guácala! Le iba mal, muy mal.
Lo que para esa jovencita bogotana resultó cautivador fue leer sobre la bioquímica del amor y la fiesta de sustancias y procesos que configuran la atracción, el deseo sexual y el enamoramiento. El conquistador del tema en aquella época finales de los años noventa y principios del nuevo milenio era Leonardo Lareo, entonces director del Departamento de Nutrición y Bioquímica de la Universidad Javeriana. “La batuta la tiene la FEA (feniletilamina), la primera sustancia que hace explosión en el cerebro y cuyo efecto es estar dopado con la presencia real e imaginaria de la persona atraída”, solía explicar el profesor a la multitud interesada en sus chispeantes conferencias. El clic de muchos era inmediato, incluida González.
Poco después tuvo acceso a una revista que desplegó ante sus ojos un mundo inédito para ella: “Se llamaba Innovación y Ciencia, y en uno de sus ejemplares vi la imagen de un computador del que salía una doble hélice de ADN. Leí el artículo y quedé extasiada de lo que podía explorar y comprender a través de herramientas computacionales. Eso llamó poderosamente mi atención”, rememora a sus 49 años.
Durante 23 años, Janneth González se ha dedicado a desentrañar esa red social que se teje encima de los hombros y comanda la existencia, de arriba abajo, en los linderos de las células, ese espacio infinitesimal donde la vida se organiza o se desmorona.
Hasta ese momento no sabía que se enfocaría en los procesos neurodegenerativos y neuroprotectores; eso vino en 2002, cuando, tras regresar de una pasantía en la Universidad de Oviedo (España), tocó las puertas del Laboratorio de Biología Computacional y Bioinformática que había fundado y dirigido Lareo desde 1991 (el objetivo de González, hacer su maestría). La recibió en su grupo con una sencillez desconcertante: “Sus únicas preguntas fueron si sabía manejar Word y Excel. Le respondí que sabía algo, y desde entonces, él me llevó de la mano”, afirma sobre su gran mentor, un convencido de que se podía ser mucho más competitivo en lo computacional que en lo experimental.

Visto desde fuera, resultaba un escenario delirante el hecho de que un físico teórico —Lareo— pretendiera develar un espectro de las complejidades humanas a punta de ecuaciones algorítmicas. Pero ahí estaba él, haciendo frente a la clásica biología experimental para retarla con la biología computacional, campo en el que abrió trocha, junto con su equipo, y en el que es considerado pionero en Colombia. Visionario y osado como pocos, este entusiasta febril era capaz de seducir al más indiferente hasta convertirlo en acólito.
Y entre ellos estaba González, que seguía hasta su sombra. Con él aprendió, más que técnicas, una forma de mirar: la capacidad para entender lo invisible y traducirlo en la resolución de fenómenos biológicos.
Resurge el ave fénix
De repente, ocurrió lo impensable: Lareo falleció en el esplendor de sus pesquisas, y vino la debacle. Su grupo se resquebrajó, todo quedó a la deriva y la diáspora de investigadores fue inminente. Hasta entonces, González era profesora de cátedra y desarrollaba su tesis doctoral, para lo cual había viajado al Instituto de Diseño Molecular de la Universidad de Houston, en Estados Unidos, como muchos del equipo. La orfandad hizo mella y tuvo que replantear su investigación. No obstante, aquella crisis devino en un ofrecimiento de la Facultad de Ciencias: resucitar el laboratorio, asumir los compromisos académicos de Lareo y liderar un nuevo equipo.
Frente al abismo, sintió que nunca estaría preparada para asumir un reto tan grande. Pero decidió pararse en la raya —de inicio— y con la mentalidad de una atleta fondista empezó a correr esa carrera, paso a paso y venciendo muros inimaginados, empezando por la mirada reticente y desconfiada de los biólogos experimentales.

Su personalidad arrolladora, disciplinada, perseverante y paciente hizo posible el resurgimiento, a su manera, del ave fénix. “Al inicio, tener el peso de la sombra de Leonardo fue muy difícil para Janneth. Pero con el tiempo no solo hizo escuela, sino que multiplicó esa herencia recibida. Hoy es una digna representante de ese legado y se ha sabido desmarcar para construir lo propio y consolidarse como una alumna que aventajó a su maestro en muchas cosas”, asegura la bióloga experimental Sonia Luz Albarracín, colega de trabajo de González y viuda de Lareo.
La capacidad de simular fenómenos en un computador para luego validarlos en la realidad es una ventaja competitiva crucial.
“Es una investigadora de punta cuyo aporte ha sido conectar la biología computacional con la experimental, entendiendo que la primera no tiene las limitaciones de la segunda”, recalca esta bióloga. En un país donde solo importar insumos puede tardar meses cuando existen los recursos, la capacidad de simular fenómenos en un computador para luego validarlos en la realidad es una ventaja competitiva crucial.
“Ella ha podido describir con modelos qué pasa en contextos específicos y se ha adelantado al conocimiento que la misma evolución tecnológica hoy ofrece y demanda”, complementa Albarracín, quien destaca que la mayor contribución del trabajo del laboratorio que dirige González ha sido Ansep, “una plataforma valiosísima” que recibe la curaduría permanente de múltiples científicos con contextos disímiles.
No en vano, en la carta en que la Facultad de Ciencias postulaba a González al Premio Bienal Javeriano en Investigación en la modalidad Vida y Obra, en 2025, se destaca de ella que 33 científicos se han formado bajo su tutela, y que gracias a una red de colaboradores académicos dentro y fuera de Colombia han producido conjuntamente 89 publicaciones científicas en revistas indexadas de alto impacto, con más de 2000 citaciones y diez patentes.
Sobrepasando este palmarés, hay algo que a esta avezada investigadora le llena el corazón de felicidad: enseñar y empoderar a sus estudiantes. La mayoría son mujeres, y verlas crecer en sus sueños y ofrecerles las herramientas y los espacios para proyectar su voz —en las ciencias y en la vida— es algo que la colma y la reconecta consigo misma.

Esa visión también se estimula en casa, donde González y su esposo, Andrés Pinzón —también biólogo y docente asociado al Grupo de Bioinformática y Biología de Sistemas de la Universidad Nacional de Colombia—, la inculcan en sus dos hijas: la mayor, bióloga, y enamorada de los bichos y el campo que González siempre evitó, y, la menor, una bajista adolescente que le recuerda que la disonancia también es parte de la vida.
Así, en el entresijo de los algoritmos y la pasión por aprender y educar, González —cocinera aficionada—, emergió de esta carrera de fondo para rastrear las moléculas de la vida, con la certeza de que, aunque el camino sea largo y los muros altos, siempre habrá un nuevo dato y un nuevo kilómetro por recorrer.



