Para manejar un carro se requiere coordinación, práctica y conocimiento de sus funciones. Quien dirige, debe ejecutar dichas acciones mientras inspecciona el camino a través del retrovisor y el parabrisas. Conocer el camino permite detenerse, girar o seguir de largo sin que ocurran accidentes.
Las decisiones en políticas públicas suelen surgir más del uso del retrovisor para responder a contingencias que de una proyección deliberada. Por ello es necesario usar más el parabrisas para prever lo que está por suceder.
Para saber cuándo hay que mirar al pasado y cuándo al futuro, hay que coordinar a la comunidad que genera conocimiento sobre los problemas importantes del planeta y los tomadores de decisiones que estructuran las leyes y los presupuestos que hacen andar el país.

Durante su reciente visita a Colombia y a la Pontificia Universidad Javeriana, la inmunóloga y especialista Fulbright, Luz M. Cumba García compartió una ruta que puede convertir a investigadores en copilotos permanentes de la toma de decisiones de país: la diplomacia científica.
La trayectoria de la especialista invitada combina la investigación y la experiencia en política pública, cooperación internacional y relaciones gubernamentales. Ha ocupado cargos en el Gobierno de Estados Unidos, roles de liderazgo en redes internacionales de diplomacia y actividades de asesoramiento a universidades, gobiernos y organizaciones, traduciendo la evidencia científica en políticas públicas.
Ciencia para construir vínculos
La diplomacia científica es el uso de la ciencia como herramienta para construir relaciones internacionales y fomentar la cooperación entre dos o más países. Su propósito es facilitar la colaboración global, establecer convenios, fortalecer los lazos entre las naciones e informar la toma de decisiones para aportar soluciones a los desafíos globales. En pocas palabras, la diplomacia científica consiste en usar el conocimiento científico para ayudar a que países, gobiernos y organizaciones colaboren mejor frente a problemas comunes.
En la práctica, este tipo de diplomacia funciona en tres dimensiones:
| Diplomacia para la ciencia | Esfuerzo diplomáticos o políticos para impulsar la colaboración científica global. |
| Ciencia para la diplomacia | La colaboración científica actúa como puente para construir, mejorar o mantener relaciones diplomáticas entre países. |
| Ciencia en la diplomacia | Cuando el conocimiento y la evidencia se utilizan para sustentar decisiones y políticas internacionales, y así orientar la creación de estándares y regulaciones conjuntas. |
Además, existe la diplomacia subnacional, un enfoque particularmente llamativo en América Latina donde actores locales, como universidades públicas y privadas, alcaldías o gobernaciones, asumen un rol para relacionarse con el mundo y proyectar sus prioridades en el escenario exterior, todo esto sin necesitar la intervención o intermediación del gobierno nacional.
Un traductor indispensable
De nada sirve tener la cura para una enfermedad o un modelo exacto para proteger el Páramo de Sumapaz si no es posible persuadir a quien firma las leyes o asigna los recursos. La diplomacia científica exige que los investigadores desarrollen destrezas de comunicación intercultural, empatía, negociación y narración de historias para que el conocimiento que producen y sus propias experticias tengan impacto en las decisiones de política y en la vida cotidiana de las personas.
Como los tomadores de decisiones operan con tiempos limitados y prioridades distintas, quien produce nuevo conocimiento necesita aprender a destilar información compleja y responder rápidamente a la pregunta: ¿por qué esto importa? “Sin comunicación, la ciencia no puede informar políticas ni construir alianzas”, advierte la especialista puertorriqueña. Esta traducción es la que permite que un hallazgo de laboratorio influya en un acuerdo binacional o una estrategia regional contra el cambio climático.
Además, una persona que se involucra en la diplomacia debe entender que actores como el sector público, el sector privado y la academia tienen prioridades y necesidades muy distintas. Identificar los intereses y buscar puntos de convergencia son la base para construir acuerdos entre las partes.

Para ejercer la diplomacia científica con éxito, los investigadores necesitan desarrollar destrezas que van mucho más allá del conocimiento técnico o el dominio de un segundo idioma y que permiten verdaderamente utilizar la ciencia como un vehículo de impacto y cooperación internacional.
Romper los silos del ecosistema científico en Colombia
Según la especialista Fullbright, el ecosistema científico colombiano produce investigación de alta calidad, pero se enfrenta a una barrera estructural. La existencia de silos, haciendo alusión a las grandes construcciones utilizadas para guardar granos y cereales que evitan que entren en contacto con la luz o la humedad. Muchas instituciones de educación superior desarrollan iniciativas extraordinarias pero operan de manera aislada y con frecuencia, desconocen los avances de sus pares, explica la especialista.
Para que la ciencia sea relevante en la vida nacional e internacional, los investigadores deben salir de esos nichos aislados en los que funcionan de manera cotidiana. Aquí es donde entra en juego la diplomacia científica, pues funciona “como un vehículo para fomentar esas relaciones entre países”, explica Cumba García, esto permite hacer posible avanzar las prioridades de un país y de una región.
Para comenzar a conectar esos silos, seis universidades colombianas: la Pontificia Universidad Javeriana, la Universidad de La Sabana, la Universidad de Antioquia, la Universidad El Bosque, la Fundación Universitaria Juan N. Corpas y la Universidad de América se unieron a la Comisión Fulbright Colombia para crear el proyecto SD-USA: Science Diplomacy Upskilling Alliance.
Esta alianza, catalogada por Cumba García como “sin precedentes” por integrar a universidades públicas y privadas, reunió a casi 200 investigadores para capacitarlos en una ruta de formación estratégica.
El objetivo de la formación fue entregar una panorámica de las herramientas que no suelen hacer parte de la cotidianidad de la investigación académica, pero que son claves para poner a conversar ese conocimiento con quienes toman las decisiones de los países.
Escribir un memorando de política pública, traducir la evidencia para el sector privado y participar en diálogos de alto nivel, son algunos de los elementos que hacen parte del ejercicio de la diplomacia científica.

Diplomacia científica a escala local
Para Colombia y el Sur Global, el modelo de diplomacia tiene matices propios. Aquí, gran parte del rol recae en la diplomacia subnacional, explica Cumba García. Son las universidades, las gobernaciones y los actores locales quienes a menudo lideran las alianzas internacionales para conseguir financiamiento y solucionar problemas territoriales, logrando impacto directo sin esperar la intervención del gobierno central.
En tiempos de polarización, desinformación médica y debates ambientales urgentes, la diplomacia científica permite generar consensos y las universidades están llamadas también a ser mediadoras de confianza en la sociedad.
Por ello, el 12 de junio de 2026 se consolidó la firma de la Declaración Conjunta de la Alianza SD-USA (Science Diplomacy Upskilling Alliance). Este acto permite asegurar que la alianza perdure y se convierta en una política institucional de largo plazo. A quienes investigan les permite convertir su trabajo y su experiencia en vehículo de impacto social, conectar con nuevas fuentes de financiamiento y posicionarse a nivel global.
A quienes formulan políticas, les permite estar mejor informados y tomar decisiones respaldadas mientras tienen la posibilidad de ver el camino por el parabrisas e ir acompañados del conocimiento científico como copiloto. A quienes conforman las sociedades, les permite confiar en que serán beneficiados por la transferencia del conocimiento producido en la academia y que las decisiones que afectan sus vidas son ponderadas entre varios actores antes de convertise en realidad.



