Cinco décadas después de su descubrimiento, el ébola sigue escribiendo uno de los capítulos más complejos de la historia de la salud pública. Más de cuarenta brotes, algunos con tasas de letalidad cercanas al 90 %, dan cuenta de una enfermedad que hoy mantiene vigente una Emergencia de Salud Pública de Importancia Internacional y para la que aún no existen vacunas ni tratamientos específicos frente a todas sus variantes. Su persistencia, además de responder a la complejidad biológica del virus, obedece a sistemas de salud frágiles, conflictos armados, desigualdades persistentes y una cooperación internacional cada vez más tensionada. Analizar esa combinación resulta especialmente pertinente porque, con sus propias particularidades, esos desafíos también están presentes en América Latina.
Según la Organización Panamericana de la Salud (OPS), las Américas figuran entre las zonas más expuestas a emergencias sanitarias asociadas a enfermedades infecciosas y eventos climáticos extremos. La región alberga cerca del 40 % de la biodiversidad del planeta y la transformación acelerada de sus ecosistemas incrementa el contacto entre las personas y la fauna silvestre, favoreciendo la aparición de nuevos patógenos. A ello se suma la circulación persistente de enfermedades como el dengue, la malaria y la fiebre amarilla, en un contexto marcado por profundas desigualdades sociales y sistemas de salud que aún enfrentan importantes brechas de acceso y capacidad de respuesta.
Controlar el ébola, lecciones para América Latina
El ébola pertenece a un grupo de virus denominado filovirus, caracterizados por su forma alargada y filamentosa. Se cree que su reservorio natural está en algunas especies de murciélagos frugívoros, desde donde puede pasar a otros animales silvestres y, ocasionalmente, a los seres humanos. Una vez ocurre ese salto, la transmisión entre personas se produce por contacto directo con sangre, secreciones u otros fluidos corporales de alguien infectado, así como con objetos contaminados.

Tras ingresar al organismo, el virus invade inicialmente células del sistema inmunitario, altera la respuesta de defensa del huésped y desencadena una intensa reacción inflamatoria que puede comprometer múltiples órganos. Fiebre, debilidad intensa, vómito, diarrea y, en algunos casos, hemorragias son parte del cuadro clínico. Sin atención médica oportuna, la enfermedad puede evolucionar hacia falla multiorgánica y la muerte.
Desde que fue identificado por primera vez en 1976, en lo que hoy es la República Democrática del Congo, el ébola ha reaparecido en distintos brotes que han causado más de 17.000 muertes en África central y occidental. El episodio más devastador ocurrió entre 2014 y 2016, cuando más de 28.000 personas contrajeron la enfermedad en Guinea, Liberia y Sierra Leona.
A comienzos de este año apareció un brote del ébola Bundibugyo, una de las seis especies conocidas del género Orthoebolavirus, en una comunidad minera de la provincia Ituri, al noroeste de la República Democrática del Congo. Identificado por primera vez en Uganda en 2007, ha causado pocos brotes por lo que sigue siendo una de las variantes menos estudiadas del virus del ébola.
Hasta el 12 de julio, la República Democrática del Congo había notificado 1.963 casos confirmados y 719 muertes. Uganda acumulaba 20 casos confirmados y dos fallecimientos. A diferencia de otras epidemias recientes, está causado por una especie del virus para la que todavía no existen vacunas ni tratamientos específicos ampliamente aprobados, lo que ha obligado a acelerar la evaluación de candidatos desarrollados durante los últimos años.
“Al inicio del brote actual el virus pasó desapercibido, precisamente porque las pruebas disponibles no lo detectaban. Eso ya se corrigió y hoy se identifica con precisión, pero todavía queda adaptar y validar vacunas y tratamientos específicos”, afirma Zulma Cucunubá, experta en enfermedades infecciosas y directora del Instituto de Salud Pública de la Pontificia Universidad Javeriana.
El 02 de julio, la Organización Mundial de la Salud (OMS) incorporó a su lista de uso de emergencia el primer diagnóstico molecular diseñado para detectar el virus Bundibugyo, un avance que permite confirmar los casos con mayor rapidez. Ese mismo mes comenzó en la República Democrática del Congo un ensayo clínico que evalúa el anticuerpo monoclonal experimental MBP134 —diseñado para bloquear el virus—, el antiviral remdesivir y la combinación de ambos. El objetivo es determinar si alguno de estos tratamientos logra reducir la mortalidad de la enfermedad.

El problema del ébola no es solamente que sea “difícil” de erradicar biológicamente. Como señala Cucunubá, “los virus se propagan en contextos sociales concretos y las respuestas sanitarias dependen de las condiciones de los territorios donde ocurren”. En este caso, el brote se desarrolla al noroeste de la República Democrática del Congo, una región marcada por décadas de conflicto armado, desplazamientos forzados y limitaciones persistentes en el acceso a los servicios de salud.
En mayo, la OMS advirtió que la provincia de Ituri albergaba 273.403 personas desplazadas y cerca de 1,9 millones de habitantes necesitados de asistencia humanitaria, de acuerdo con el Plan de Respuesta Humanitaria 2026 para la República Democrática del Congo. La violencia restringe el acceso de los equipos de vigilancia, dificulta el transporte de muestras y deja contactos sin seguimiento. A ello se suma la movilidad asociada con el comercio, la minería y los desplazamientos hacia Uganda y Sudán del Sur, que facilita la aparición de casos lejos de los primeros focos.
“La capacidad para realizar pruebas y la infraestructura de los laboratorios aún no se encuentran al nivel necesario para interrumpir la transmisión. La inseguridad, el desplazamiento y el movimiento de la población complican estos esfuerzos, al igual que la profunda desconfianza existente en las comunidades locales”, afirmó Tedros Adhanom Ghebreyesus, director general de la OMS, tras visitar la zona afectada en junio.
Por otro lado, los recortes de financiación anunciados por Estados Unidos para programas de salud global en 2025, junto con la suspensión o reducción de algunos proyectos de cooperación internacional, han generado preocupación entre organismos sanitarios por su impacto en la vigilancia epidemiológica, la capacidad de los laboratorios y la respuesta temprana frente a brotes emergentes.
Jean Kaseya, director general de Africa CDC (Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades de África), advirtió sobre las consecuencias de esta situación en una entrevista con The New Humanitarian. “Nos preocupa que la transmisión haya comenzado antes de que el brote se confirmara oficialmente. Precisamente por eso son tan importantes la detección temprana, la vigilancia local y las alertas comunitarias. Cuando se recortan los fondos destinados a la vigilancia, los laboratorios, los trabajadores de salud comunitarios, los equipos de respuesta rápida y los sistemas de salud locales, los brotes se detectan tarde. La detección tardía cuesta vidas. Y también cuesta mucho más dinero”.
América Latina hacia la soberanía sanitaria
Explorar las causas que dificultan el control del ébola resulta importante para América Latina porque, aunque el ébola no circula en la región, muchas de las condiciones que favorecen la propagación de enfermedades infecciosas como esta sí están presentes. Según la Organización Panamericana de la Salud (OPS), las Américas figuran entre las regiones más expuestas a emergencias sanitarias asociadas a brotes de enfermedades infecciosas y eventos climáticos extremos, en un contexto marcado además por sistemas de salud frágiles, donde, según la misma organización, una de cada tres personas reporta necesidades insatisfechas de atención en salud.
América Latina es una de las regiones con mayor biodiversidad del planeta y también uno de los principales puntos de contacto entre personas, fauna silvestre y ecosistemas en transformación, un escenario que facilita el salto de patógenos entre especies. A ello se suma la circulación persistente de enfermedades como dengue, malaria y fiebre amarilla. Solo en 2024, las Américas registraron la mayor epidemia de dengue desde que existen registros, con más de 12,6 millones de casos y 7.700 muertes; Argentina, Brasil, Colombia y México concentraron el 90 % de los casos notificados.

A estos desafíos se suma la capacidad de respuesta de los sistemas de salud. La pandemia de covid-19 dejó al descubierto debilidades estructurales en buena parte de la región, desde dificultades para acceder oportunamente a vacunas, pruebas diagnósticas y cuidados intensivos, hasta una fuerte dependencia de cadenas internacionales de suministro. La propia OPS reconoce que América Latina y el Caribe fue la región con el mayor número de muertes reportadas por covid-19 en el mundo y advierte que sus efectos continúan condicionando la capacidad de los sistemas sanitarios para responder a nuevas emergencias.
Para Zulma Cucunubá, quien participó en el Taller de Evaluación de Necesidades de Actores Clave para la Preparación y Respuesta frente a Epidemias, realizado en Nairobi (Kenia), el aprendizaje que deja el brote de ébola va mucho más allá de África central. La preparación frente a futuras epidemias depende de construir lo que denomina soberanía sanitaria: la capacidad de generar conocimiento, desarrollar tecnologías y responder con recursos propios, sin depender exclusivamente de decisiones tomadas fuera de la región.
Esa capacidad pasa por cuatro frentes. El primero es fortalecer la producción regional de insumos estratégicos —diagnósticos, medicamentos y vacunas— mediante una articulación entre academia, industria y Estado. El segundo, aumentar la inversión en investigación y desarrollo para formar el talento humano que sostiene esa innovación. El tercero, consolidar sistemas de vigilancia con laboratorios, secuenciación genómica, análisis de datos y personal especializado que permita detectar brotes de manera temprana y tomar decisiones basadas en evidencia. Y el cuarto, construir confianza ciudadana y respaldo político para entender que invertir en salud pública es una inversión en seguridad sanitaria.
“No significa aislarse, se construye en red y la OPS es la plataforma natural para ello. América Latina tiene con qué, pero es una capacidad desigual entre países y todavía muy dependiente del financiamiento y la dirección técnica externos. Ese es el margen que debemos cerrar”, concluye Cucunubá. Mientras el brote continúa en África central, las decisiones que tomen hoy los países latinoamericanos determinarán su capacidad para enfrentar la próxima emergencia. El patógeno probablemente será distinto; las condiciones que permiten contenerlo o dejarlo avanzar serán, en buena medida, las mismas.



