Por: María Daniela Delgado, Juliana García, María Antonia Guarín, Gabriela Paris, Laura Gutiérrez Escobar y Biviana Unger
La travesía para llegar a Sarrapia, la comunidad más grande del pueblo Üwotjüja –nombrados en español como piaroas– en Colombia es extensa y hermosa. Desde Bogotá viajamos en Satena hasta Puerto Inírida, la capital del Guainía. Allí pasamos la noche y al otro día, nos embarcamos en una voladora por el río Inírida que cae al Guaviare el cual, a su vez, alimenta la majestuosa Estrella Fluvial del Inírida, para desembocar en el caudaloso Orinoco luego de una hora de trayecto. Navegamos por aproximadamente otras tres horas hasta encontrar el caño Matavén y, remontándolo, tomamos su afluente, el caño Fruta, en cuya orilla se encuentra Sarrapia.
Los Piaroa son un grupo indígena cuyo territorio se encuentra en la cuenca alta y media del Orinoco a ambos lados de la frontera entre Colombia y Venezuela. En Colombia son un pueblo minoritario con aproximadamente mil personas y se ubican principalmente en el Resguardo Unificado Selva de Matavén (Vichada), un territorio ancestral de 1’849.613 hectáreas que comparten con otros cinco pueblos indígenas —sikuani, cubeo, piapoco, puinave y curripaco— cada uno con lenguas, ontologías y formas de vida distintas. Estos pueblos comparten historias de violencia colonial y neocolonial, marcadas por sucesivas oleadas de extractivismo, incluida la explotación del caucho, el comercio de pieles y la pesca comercial.
Desembarcamos cuatro estudiantes y tres profesores de la Facultad de Filosofía y el Departamento de Antropología de la Pontificia Universidad Javeriana, y una investigadora independiente. Estaríamos seis días en Sarrapia para atender al Encuentro de medicina propia y espiritualidad del pueblo Piaroa, una salida de campo que buscó acercarnos a las formas de pensamiento y de vida piaroa a partir del interés de este pueblo por establecer un diálogo entre su sistema de conocimiento y la academia, en el marco del proceso de implementación de su Plan de Vida.
No era la primera vez que algunas de nosotras íbamos a Sarrapia. Habíamos realizado otras salidas de campo entre enero y abril de 2025, verano, en el marco del proyecto de investigación ¿Cuál es el valor de un bosque? Justicia ambiental, derechos territoriales y políticas de conservación en los programas REDD+ en la Amazonía colombiana financiado por la Convocatoria Apoyo a proyectos de investigación relacionados con la Encíclica Laudato si´ de la Javeriana.
Esta investigación etnográfica y colaborativa fue desarrollada entre el Grupo de Investigación Justicia Climática y Carbono de la Universidad Javeriana y la Asociación de las Comunidades Indígena del Pueblo Üwotjüja-Piaroa-Colombia. Buscamos analizar la contribución de las iniciativas de Reducción de Emisiones por Deforestación y Degradación de los Bosques (REDD+) a la (in)justicia ambiental y a la protección de derechos territoriales de los pueblos indígenas de la Amazonía colombiana, en particular los Piaroa.
En verano, al desembarcar en el puerto de Sarrapia, se extiende una pequeña loma de roca de aproximadamente un kilómetro, coronada por una casa de material. Esta vez llegábamos en octubre de 2025, en época de invierno, y el paisaje se había transformado por completo. La colina estaba inundada y el puerto había desaparecido bajo el agua, por lo que atracamos la lancha a pocos metros de la casa. De no haber sido por nuestros guías piaroas, no habríamos podido reconocer la entrada a Sarrapia.

Al bajar de la lancha se sentía en el ambiente que algo importante pasaba. Después de guindar las hamacas, caminamos hacia la escuela, lugar de reunión y espacio privilegiado de la comunidad de Sarrapia al cual llegan niños de otras etnias del resguardo como la Sikuani y Puinave, y vimos con sorpresa que toda la comunidad estaba alrededor de una gran cancha.
Los adultos hacían fila para hacer sus tiros con la cerbatana y al frente los niños se preparaban para el concurso de “Tejido de objeto con cogollo de Mavaco”; una actividad donde los más jóvenes hacen distintas artesanías con una palma amazónica. Los grupos estaban organizados por grados y los espectadores mirábamos con curiosidad y emoción la destreza con la que las niñas hacían diferentes figuras. En cada grupo había favoritas y no decepcionaron: en minutos las tiras de Mavaco se convertían en figuras que parecía guardar una historia antigua, como si la selva misma susurrara en esos gestos aprendidos sin prisa. Las niñas no solo hacían figuras, daban forma a un mundo que resiste y florece en lo cotidiano. Observamos en silencio ese entrelazarse de hilos, cuerpos y miradas.
Quienes íbamos por primera vez a Sarrapia no sabíamos qué esperar. Intuíamos que se trataba de una comunidad organizada y abierta a nuestra visita, pues habíamos tenido reuniones virtuales con algunos de los miembros de la comunidad que iban a ser los intérpretes en nuestras charlas y talleres. Con la calurosa bienvenida que nos dieron niños y adultos en medio de actividades escolares, tuvimos una introducción a la vida vivida en otros ritmos.
A la mañana siguiente, nos reunimos en nuestro primer conversatorio para compartir saberes sobre las nociones de los procesos salud-enfermedad, y las diferentes formas de aproximarse a la enfermedad, desde el uso de plantas medicinales (como el uso del agua de yucuta, una bebida hidratante elaborada a partir del mañoco —una preparación tradicional de la yuca brava— remojado en agua, para las diarreas) hasta aquellos signos que indican que deben asistir al hospital de Inírida.

En la tarde, nos reunimos para discutir acerca de las etiologías de las enfermedades. Nos acompañaba el cacique Antonio de la comunidad de Pueblo Nuevo, una de las principales autoridades tradicionales del pueblo Piaroa. Su imponente presencia inspiraba respeto en todos los presentes, aunque también resaltaba su sencillez y su apertura al diálogo y la escucha.
El cacique compartió reflexiones muy relevantes con respecto a las enfermedades crónicas no transmisibles, descritas inicialmente como “las que vienen de adentro del cuerpo”. En su reflexión, el cacique hizo hincapié en el papel del consumo de comida industrializada y procesada, entendiendo que en muchas ocasiones es la causa de enfermedades como la hipertensión o la diabetes, que han aumentado en las comunidades Piaroa: “esta comida nos enferma, pero no hay un rezo o una pastilla para evitar eso”, concluyó.
En otra de nuestras experiencias de intercambio de conocimientos, realizamos talleres acerca del cuidado con perspectiva de género. Conversamos sobre cómo funciona la complementariedad de género en la comunidad piaroa, lo cual enriqueció también nuestra perspectiva y permitió acercarnos a su forma de estar en el mundo. En este espacio, gestionado a través del dibujo, la conversación, el juego y la confianza, entendimos que el cuidado desde lo masculino estaba profundamente asociado al cuidado espiritual, tanto de la selva como de las personas, por medio de medicinas ancestrales enteógenas y cantos de curación, mientras que las mujeres estaban asociadas a labores como el cultivo de subsistencia llamado conuco, la partería, la crianza y cuidados cotidianos.
Los participantes también mencionaron transformaciones en hábitos y costumbres asociados a la llegada de tecnologías y prácticas occidentales, cambios que inciden en la pérdida de dinámicas comunitarias —como la conversación colectiva— con implicaciones en la salud individual y colectiva. Estos elementos reflejan el rol que tienen los sabedores y Caciques en la comunidad, y el enfoque a la vez espiritual y medicinal con que se entiende el cuidado en este contexto. Al mismo tiempo, las nuevas tecnologías le han permitido a la comunidad comunicarse más fácilmente con familiares y amigos y crear contenidos audiovisuales que narran los eventos importantes y recogen los saberes y la memoria cultural en formatos que pueden preservarse más fácilmente que la oralidad y llegar a otras audiencias.
En la noche nos reunimos para ver el corto documental Mateveni Ukuo Deiyu realizado por la Asociación de las Comunidades Indígena del Pueblo Üwotjüja-Piaroa-Colombia bajo la dirección de Heriberto Herrera García en el marco del proyecto de investigación. Heriberto es el documentalista de Sarrapia, quien ha recibido formación en audiovisual y ha aprendido por su cuenta mediante tutoriales en línea.
Otras de nuestras conversaciones con las mujeres giró en torno a los embarazos y los partos, surgieron preguntas acerca de si el mejor lugar para parir es el hospital (el más cercano es el de Puerto Inírida que queda a varias horas de lancha) o si se debe continuar haciendo en casa cerca a la comunidad.
María Carmen, la partera no oficial de la comunidad aprendió el trabajo de la partería buscando que sus hijas y hermanas tuvieran experiencias seguras y amables. Conversamos con ella y con su hija y aprendiz, quién además nos sirvió como intérprete tejiendo lazos comunicativos entre el piaroa y el español. María Carmen comenzó acompañando a sus familiares más cercanos y con el tiempo empezó a ser reconocida por la comunidad como una persona interesada y hábil para acompañar los partos.
Para ella, “la mejor forma de hacerlo [parir] es en el lugar en que mejor se sientan [las mujeres embarazadas]”, y nos contó también que los esposos usualmente prefieren estar presentes durante todo el trabajo de parto hasta el momento del nacimiento, así como el enfermero de la comunidad, cuando no está en otras actividades fuera del pueblo. También, expresó su preocupación por algunas mujeres que han tenido complicaciones en su parto, así como su deseo de que haya más mujeres parteras que tengan más conocimientos diversos, para que cada vez sea mejor parir dentro de la comunidad.
Los espacios de conversación más formales también fueron fructíferos para todos. Uno de ellos fue la socialización de la sentencia T-248 de 2024 de la Corte Constitucional sobre créditos de carbono en territorio indígena del Pirá Paraná (Vaupés). Esta sentencia dictaminó que las diferentes empresas involucradas en el proyecto REDD+ “Baka Rokarire ~ia tir+~dito” —así como el Ministerio del Medio Ambiente y Desarrollo Sostenible por omisión de funciones—vulneraron los derechos fundamentales indígenas a la integridad cultural, la libre determinación, el autogobierno y el territorio dado que, entre otros aspectos, no obtuvieron el genuino consentimiento libre, previo e informado para llevar a cabo este proyecto.
La exposición —con traducción simultánea al piaroa— incluyó un relato sobre los hechos que llevaron al pleito judicial, así como las conclusiones relevantes para el Resguardo de Matavén. El espacio despertó el interés y entusiasmo de los asistentes quienes visiblemente desean seguir fortaleciendo su organización y gobernanza. Por supuesto, el aprendizaje se produjo en doble vía, pues de este lado reafirmamos que la voluntad de las comunidades, permeada por su experiencia situada, debe ir antes que nuestros sesgos académicos.
En concreto, aprendimos que la situación dolorosa e ilegal vivida por las comunidades del Pirá Paraná no debería llevarnos a desestimar la forma en que la comunidad piaroa ha decidido gestionar el Proyecto REDD+ en su territorio y beneficiarse de él; al contrario, debería convocarnos a respaldar su autonomía como pueblo y contribuir a su ejercicio con una pedagogía diferencial, con enfoque de derechos humanos, que permita tomar decisiones más informadas y con perspectiva crítica.
Durante nuestra salida de campo visitamos uno de los sitios sagrados que, de acuerdo con la cosmogonía piaroa, no puede ser nombrado. Ascendimos por un complejo rocoso que, desde arriba, tiene forma de delfín y desde donde se puede observar el exuberante paisaje de la Selva de Matavén. Desde la mirada citadina, la selva se ve como una entidad casi homogénea: un mar verde con algunos lugares aquí y allá donde cambia la coloración del follaje, lo surca el imponente río Orinoco o se ven formaciones rocosas pertenecientes al Escudo Guyanés.

Desde la mirada piaroa, la selva es “la casa de los espíritus”: un territorio que les proporciona bienestar y subsistencia y que comparten con otros seres vivos bajo el permiso de entidades espirituales. La Selva de Matavén es también un entramado de vida diverso y complejo que está en constante dinamismo dependiendo de las actividades humanas, en especial el conuco — parcelas de tierra para el cultivo de productos de subsistencia como la yuca brava, la piña, el copoazu, entre otros— del régimen de lluvias o de su cercanía a las sabanas o a distintos cuerpos de agua, dado que Matavén es un ecosistema de transición entre la Orinoquía y la Amazonía.
La lengua piaroa refleja el profundo conocimiento ecológico de la selva y su complejidad. Por ejemplo, I¸midea pἅ iome es la selva que nunca se inunda, mientras que Buṛ u ̣’ Kärisä es la selva de rebalse o que se inunda durante la temporada de lluvias. Bu¸ru¸ dubora es la selva cercana a las lagunas; Meje’ ka te¸a¸wäjäkua o Mejèkiyu es la selva cercana a las sabanas, y Te¸a¸wäja¸¨’ kua es la selva de color verde claro con yebä’ kua (hojarasca) y sin lianas.
La torpeza existente en la comunicación es intrínseca a los nuevos vínculos. Sin embargo, esta torpeza varía de nivel de acuerdo con las afinidades entre las personas que se encuentran. Por ejemplo, la dificultad de tener temas de conversación en común se hace más accesible en tanto más ajenas a los contextos sean las personas sujetas del encuentro. Esto es un rasgo fundamental que sentimos a lo largo de nuestra visita a Matavén.
Algunos de nosotros, durante los viajes en lancha, en medio de apreciar los paisajes y la plácida sensación de la brisa, sentíamos las ganas de entablar conversaciones con nuestros acompañantes piaroa, pero la natural distancia era una fuerte contracorriente en el caudal del río. Esta falta de fluidez, en algunos momentos trascendía las diferencias culturales que caracterizaban tanto a los Piaroa como a nosotras las bogotanas. En algunos casos llegaba a ser una cuestión de traducción, no obstante, esto es reduccionista ante la complejidad de los hechos. La forma de vida, la percepción y el encuentro mismo con el mundo de los piaroa dista de las formas bogotanas. Más que traducción, esta juntanza conlleva la apertura de posibilidades retadoras de encuentro entre dos realidades distintas.
Uno de estos momentos se dio alrededor de compartir con otros seres vivos no humanos, en especial los delfines. Cuando volvíamos del sitio sagrado hacia Sarrapia, se acercaron a nuestro bote unos delfines –llamados en Piaroa Muñé –. Para nosotros fue un momento emocionante y no dudamos en saltar del bote para nadar con los delfines ante la mirada cautelosa y curiosa de los niños piaroa quienes nos acompañaron con sus cantos de protección para pedir a los espíritus antiguos que nos reconocieran como parte de su entorno.

Al finalizar nuestra estadía en Sarrapia nos despedimos de la comunidad y, con la nostalgia de no poder quedarnos más tiempo, nos subimos de nuevo a la voladora. Sobre todo los niños, nuestros mejores compañeros de viaje, nos despidieron con sonrisas y promesas de reencuentro. La travesía de vuelta no estuvo carente de aventura dado que nos varamos en la mitad del Orinoco y tuvimos que ser remolcados a la orilla por una lancha que pasaba cerca, para embarcarnos de nuevo, luego de un par de horas de espera, rumbo a Puerto Inírida.
Regresamos a Bogotá con el entusiasmo por seguir conociendo esos otros territorios y realidades de pueblos como los Piaroa de la Orinoquía-Amazonía de nuestro país en estos tiempos donde es fundamental no solamente la transdisciplinariedad sino el diálogo y aprendizaje respetuoso entre la academia y otros sistemas de conocimiento indígena para enfrentar la crisis socio-ambiental que nos aqueja.
Queremos agradecer al pueblo Piaroa y a la Asociación de las Comunidades Indígena del Pueblo Üwotjüja-Piaroa-Colombia por la posibilidad de pensar y crear juntos y por acogernos en su territorio. Igualmente agradecer a Nelsa De la Hoz, Nathalia Hernández y al equipo editorial de la Revista Pesquisa, en especial a Juan Manuel Rueda Castaño y María Camila Duque Jamaica, por las revisiones a este artículo.



