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A comienzos de diciembre del año pasado, ya con casi nueve meses de distanciamiento físico encima (debajo, alrededor, dentro), decidí abrirle una ventana nueva a mi habitación. En un laboratorio virtual desarrollamos junto a Juan Camilo González y Lina Orejuela un dispositivo que me permitió dejar una ventana —más bien una puerta, porque a través de la ventana puedo ver, pero a través de la puerta puedo entrar— abierta para quien quisiera pasar a mi cuarto. En concreto, era una interfaz telemática de comunicación y presencia a distancia a la que se podía acceder por una página de internet. Se trataba de un dispositivo que integraba un circuito cerrado de televisión que registraba mi habitación (24/7) y a través del cual se podían encender las lámparas dentro de ese espacio en tiempo real y a distancia.

Para el Salón Javeriano, en agosto de 2021, a seis meses de haber desmontado el dispositivo, de haberme cambiado de casa y de cuarto y de empezar a compartirlo, mientras todavía trato de entender las nuevas fronteras y de acoplarme y descubrirme en nuevos ritmos —tanto de la vida en pareja como de la vida en medio de una pandemia que no cesa—, decidí volver a abrir una nueva puerta-ventana telemática.

intimidad · distancia · sincronía · contacto · telemática

A comienzos de mayo de 2020, mientras seguía la rutina de las mañanas en cuarentena y terminaba de hacer mi desayuno, me dio por escuchar una charla dirigida a estudiantes de los Andes. Era como cualquier otro podcast de esos días: se introdujo el tema, hubo saludos protocolarios, se hicieron recomendaciones a lxs oyentes, etc. La cuestión fue que en ese saludo cualquiera, a Alejandro Gaviria se le escapó un lamento: “… es que uno ya no se puede encontrar con nadie”.

Y fue ahí que de repente, todavía con media fresa cortada en la mano, estando de pie en esa cocina, sentí con todo el cuerpo una certeza que hasta entonces ni en esa cocina, ni en mi cuarto, ni en el baño, ni en la sala, ni en ningún otro espacio del encierro había sentido en ese par de meses: ya unx no se podía encontrar a nadie. “Ahora”, todo era premeditado; todo encuentro tenía que ser citado y agendado en el calendario. Ya no me iba a encontrar por casualidad con personas en la universidad, ni en la calle, ni en el taller, ni en ningún lado. Sentí, entre otras cosas, que ya ni siquiera podía conocer a alguien por accidente, sin mi consentimiento.

Ese día entendí el distanciamiento social.

A comienzos de diciembre, ya con casi nueve meses de distanciamiento físico encima (debajo, alrededor, dentro), decidí abrirle una ventana nueva a mi habitación. En un laboratorio virtual al que me inscribí desarrollamos, junto a Juan Camilo González y Lina Orejuela, un dispositivo que me permitió dejar una ventana —más bien una puerta, porque a través de la ventana puedo ver, pero a través de la puerta puedo entrar— abierta para quien quisiera pasar a mi cuarto. En concreto, era una interfaz telemática de comunicación y presencia a distancia a la que se podía acceder por una página de internet, un dispositivo que integraba un video de circuito cerrado de televisión que registraba mi habitación (24/7) y a través del cual se podían encender las lámparas dentro de ese espacio en tiempo real y a distancia.

De los encuentros que se dieron y de los que no, del tiempo de espera y de ese momento de la cuarentena que ya pasó, así como de la obra que sucedió, hay un registro aquí.

Para el Salón Javeriano, en agosto de 2021, a seis meses de haber desmontado el dispositivo, de haberme cambiado de casa y de cuarto y de empezar a compartirlo, mientras todavía trato de entender las nuevas fronteras y de acoplarme y descubrirme en nuevos ritmos —tanto de la vida en pareja como de la vida en medio de una pandemia que no cesa—, decidí volver a abrir una nueva puerta-ventana telemática. 

La nueva versión de la interfaz es consecuencia directa de dos condiciones —una nueva, otra que no acaba— que determinan el espacio en el que paso la mayor parte del tiempo ahora. Solo, casi siempre. 

La nueva condición es la vida en pareja. 

En esa configuración de mundo que es el ejercicio de la vida en colectivo, trazamos composiciones y proyectamos el mundo no sólo en función de unx mismx, sino a partir de y junto a el/la otrx con quien se convive. Algo parecido podría decirse de cualquier dinámica vital que establecemos en el mundo —en el barrio, la calle, el trabajo, el bar, el parque, el universo, si se quiere— pero es mucho más evidente cuando se comparte, se construye y se gestiona el espacio dentro de un hogar.

Cortando cables y sacando aparatos para esta instalación, repensé el porqué de la ubicación del dispositivo en mi estudio esta vez. Más allá de que en efecto es el lugar en el que más tiempo paso, la razón es mucho más expresiva en función de lo que el dispositivo ya no es, precisamente por lo que carece frente a la primera versión: el espacio íntimo que significaba la habitación propia.

Y es que mi habitación ya no es mía, sino nuestra, y esta interfaz hace expresivo ese límite, esa configuración vital que dibuja mi (nuestro) mundo. 

El límite de mi intimidad puede estar en la superficie del video, en la interfaz, en la pantalla, en mis invitadxs en las lámparas, pero el límite de nuestra intimidad está en la puerta.

La segunda condición —la que  tristemente aún no cesa— es la pandemia.

Ya estoy saliendo de mi casa mucho más desde entonces y ahora, al menos parcialmente por la vacuna contra el Covid, siento menos angustia. 

Sin embargo, no dejo de sentirla.

Y siendo esta versión del Salón Javeriano una edición virtual, considero que es un lugar privilegiado para lanzar una invitación al vacío, para pasar a mi espacio, para recibirles y para que vean desde su ventana lo que yo veo desde la mía todos los días.

Para entrar, toca al pulpito del cuadro de abajo.

Para hacerme saber que estás ahí, toca alguna parte de mi estudio. Si te vas un rato, es mejor que refresques la página para que las lámparas vuelvan a funcionar.

Como no teníamos —ni tenemos— el tiempo ni la tranquilidad para encontrarnos todxs todo el tiempo, los encuentros se volvieron anhelos. Dejar espacio para la imaginación es también dejar espacio para el anhelo. Y es también una celebración de las personas y encuentros que, como ese y este momento, como yo, como la pieza, como todo, también se irá.

“Acompáñame a estar solo” es un ejercicio de imaginar encuentros posibles. Una invitación sostenida en el tiempo. Un homenaje a lo fortuito, a llenar la vida de la posibilidad del encuentro, como buscando una dimensión mágica en el reconocimiento con otrx.

Si quieres ver lo que se ve en mi ventana, da clic en esta imagen para entrar.

Las ventanas a mi estudio y a mi ventana estarán abiertas casi permanentemente. Sin embargo, algunos días -y noches, especialmente- estarán cerradas. Cualquiera sea el caso de cómo las encuentres, te invito a que vuelvas a pasar pronto.


Instagram: @garciacastro.julian
cargocollective.com/juliangarcia


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