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Ruralidad
Marzo 5, 2026

Especial 8M | Ruralidad: donde la desigualdad se vuelve múltiple

Camila Medina Posada
Profesional relacionamiento y prensa, Dirección de Comunicaciones 

En el campo, la brecha de género se profundiza. “La principal barrera estructural es la cultura patriarcal; los estereotipos siguen asignando el hogar y el cuidado a las mujeres, aunque trabajen y lideren en lo comunitario. Eso las obliga a doble o triple jornada”, advierte María Adelaida Farah, vicerrectora Académica de la Javeriana y experta en desarrollo rural.  

La tierra es el otro muro. En 2025, la Defensoría del Pueblo alertó que solo el 36,3% de los predios rurales figura a nombre de mujeres y, en su mayoría, son minifundios: menos tamaño, menor calidad, ubicaciones más precarias. “Sin propiedad y sin crédito, la autonomía se estanca”, resalta Farah, quien matiza: “la tierra por sí sola no garantiza poder; se necesitan crédito, asistencia técnica, formación y redes, de lo contrario la titularidad queda en el papel”. 

Farah también advierte errores frecuentes de política pública: “Tratarlas solo como ‘cuidadoras’ o diseñar programas productivos sin contar las horas de cuidado que ya tienen. Y otro: enfocarse solo en mujeres, sin trabajar con los hombres y sin entender que muchas decisiones son familiares y comunitarias. Eso reproduce estereotipos”.  

La Política Nacional de Cuidado (CONPES 4143) recoge esta realidad y propone un tejido de servicios para reconocer, reducir y redistribuir el cuidado, con énfasis territorial y articulación institucional; además, visibiliza que el trabajo no remunerado es columna del bienestar y debe tener infraestructura pública y financiamiento para aliviar la “pobreza de tiempo” de las mujeres en veredas y corregimientos. “Es un paso enorme si llega a los territorios y se ejecuta”, apunta Farah. 

¿La ruta? “Corresponsabilidad real en los hogares rurales —que ellos también cuiden—; titulación con enfoque de género; crédito y asistencia técnica dirigidos a productoras; y servicios de cuidado cercanos para liberar horas. No es solo empoderar mujeres: es transformar relaciones”, resume la vicerrectora. 

Las investigadoras coinciden en un punto esencial: el problema es cultural. La desigualdad de género en Colombia seguirá intacta mientras el cuidado se entienda como tarea femenina; mientras niñas y jóvenes reciban mensajes que minan su confianza; mientras los trabajos feminizados continúen infravalorados; mientras las mujeres rurales no tengan tierra; mientras la academia no ajuste sus sistemas de evaluación a las trayectorias de cuidado. 

La igualdad exige corresponsabilidad en el hogar, transparencia y flexibilidad en las empresas, políticas sostenidas con presupuesto y un sistema científico que no penalice la maternidad. Redistribuir el tiempo, el poder y las oportunidades no es un gesto simbólico, es la única vía para que el país deje de perder talento, productividad e innovación. 

Porque cuando una mujer reduce su jornada, renuncia a un ascenso o deja de estudiar por cuidar, no es solo ella quien pierde. Pierde su familia, su comunidad y pierde el país.