Artículo: Hacer la paz no es un discurso, sino un compromiso continuo - Hoy en la Javeriana
Hacer la paz no es un discurso, sino un compromiso continuo
Marco Impagliazzo, presidente internacional de la Comunidad de Sant’Egidio compartió una mirada crítica y esperanzadora sobre los conflictos armados y las violencias que atraviesan el mundo.
La Javeriana fue el escenario sobre uno de los grandes desafíos de nuestro tiempo: la paz. Bajo el título La paz es posible: la experiencia de la Comunidad de Sant’Egidio, el profesor Marco Impagliazzo, presidente internacional de esta comunidad y profesor de Historia Contemporánea en la Universidad Roma Tre, compartió una mirada crítica y esperanzadora sobre los conflictos armados y las violencias que atraviesan el mundo.
El evento se llevó a cabo el pasado 23 de enero, en el Auditorio Félix Restrepo, S. J. de la Universidad y reunió a representantes del mundo académico, religioso y diplomático.
Luis Fernando Múnera Congote SJ, rector de la Universidad Javeriana
“El compromiso con la paz y el bien común sigue siendo una tarea urgente y compartida”, afirmó el rector de la Pontificia Universidad Javeriana, Luis Fernando Múnera Congote SJ, durante el encuentro académico. Al dar la bienvenida al invitado especial, expresó: “Nos sentimos profundamente honrados con su presencia. Esta es su casa”, y resaltó “el incansable trabajo en favor de la paz que se ha desarrollado en nuestro país y en tantos lugares del mundo”.
El rector subrayó que el encuentro buscaba “fortalecer aún más los lazos que nos unen” y “animarnos a seguir trabajando juntos en el servicio de la paz y del bien común”. En este contexto, presentó al profesor Marco Impaiazzo, a quien describió como “un reconocido historiador, investigador del fenómeno religioso y un referente en el diálogo entre culturas y religiones”.
Para el profesor italiano, hablar hoy de paz implica mirar de frente una realidad. “Según los institutos de investigación más acreditados, hoy en día hay en el mundo 50 casos de conflictos extremos, graves o turbulentos”, afirmó, recordando que, aunque las guerras entre Estados disminuyeron en los años noventa, han vuelto a aumentar en el nuevo milenio. Lo que nunca ha disminuido, subrayó, es la violencia ligada a crisis internas, criminalidad organizada y terrorismo.
Marco Impaiazzo junto al padre Fernando Escobar
Desde su experiencia personal, Impagliazzo evocó algunos de los escenarios donde Sant’Egidio ha trabajado directamente. Recordó la guerra civil de Argelia en los años noventa, “que se cobró alrededor de 200.000 víctimas”, así como las intervenciones en Guatemala y El Salvador, en apoyo a procesos de paz impulsados por Naciones Unidas y la Iglesia. En Colombia, destacó el acompañamiento en la liberación de personas secuestradas y los esfuerzos por facilitar el diálogo en medio del conflicto armado.
No obstante, uno de los énfasis de su reflexión fue la transformación de la violencia después de los acuerdos o del fin formal de las guerras. “El final de los conflictos deja atrás de sí una estela de violencia que se transforma”, advirtió, refiriéndose a fenómenos como el narcotráfico, las maras y la criminalidad urbana que continúan cobrando vidas, especialmente entre los jóvenes. Recordó, por ejemplo, el asesinato de William Quijano, un joven de Sant’Egidio que trabajaba con niños en barrios pobres de El Salvador, y el martirio de Floribert Bwana Chui en el Congo, beatificado recientemente por el papa León XIV.
Mirar el mundo desde las víctimas
Frente a este panorama, Impagliazzo propuso un cambio de perspectiva fundamental: mirar el mundo desde las víctimas. “La única manera de escuchar la fuerte petición de paz de los pueblos es ponerse del lado de las víctimas”, afirmó. De quienes mueren, de quienes resultan heridos, de quienes pierden a sus seres queridos, su casa o su país.
El profesor llamó la atención sobre una paradoja: “Se habla muchísimo de guerra y de armas, pero no se conoce el número de víctimas”. Ni siquiera existen cifras precisas sobre quienes mueren bajo los escombros, por hambre o durante el desplazamiento forzado. En Gaza, en Ucrania, en Sudán, en América Latina, la mayoría de las víctimas son civiles, y especialmente personas indefensas: niños, mujeres, ancianos y pobres.
Esta mirada crítica se extendió también a la manera como la guerra se ha naturalizado en el lenguaje político y mediático. “Nos acostumbramos a la guerra y a la respuesta militar como instrumento para solucionar los problemas”, señaló, advirtiendo que esa costumbre se convierte en resignación y termina por rehabilitar la violencia como algo inevitable. En este contexto, la diplomacia y el diálogo parecen perder legitimidad: “Hoy la fuerza parece el único lenguaje racional en las relaciones internacionales”.
Desde una perspectiva cristiana, Impagliazzo aseguró: “Para los cristianos, la guerra es un terreno imposible. Es siempre fratricida, enemiga de la vida humana”. Retomando palabras del papa Francisco, afirmó que la guerra es “una derrota vergonzosa” y recordó que el papa León XIV ha insistido en una “paz desarmada y desarmante”. Para Sant’Egidio, la guerra no es una opción ni un mal necesario, sino “el verdadero enemigo del ser humano”.
Lejos de idealizar la paz, el profesor la presentó como un trabajo exigente y prolongado. “Hacer la paz no es un discurso, sino un compromiso continuo, un trabajo fatigoso, un cuidado permanente”, afirmó. La experiencia de mediación en Mozambique en 1992 —uno de los casos más conocidos de Sant’Egidio— mostró, según explicó, que “se puede hacer la paz a manos desnudas, resistiendo al mal”, incluso después de años de violencia extrema.
La conferencia dejó un mensaje claro para la comunidad universitaria: la paz no nace de cálculos geopolíticos abstractos, sino del reconocimiento de la dignidad humana y del compromiso con quienes más sufren. “Quien trabaja por la paz debe partir de la vida y la muerte de personas reales”, afirmó Impagliazzo, recordando que detrás de cada cifra hay historias, rostros y ausencias.
En un mundo que parece habituarse a la guerra, la experiencia de la Comunidad de Sant’Egidio propone una resistencia distinta: la del diálogo, la cercanía y la memoria de las víctimas. Una paz frágil, siempre incompleta, pero humana. Una paz que, contra todo pronóstico, sigue siendo posible.

