Columnista invitado
Terremoto
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Septiembre 21, 2026

Terremoto milagro

Por: Vicente Durán Casas SJ
Rector Pontificia Universidad Javeriana Cali

A mi edad puedo decir que ya había vivido uno que otro temblor, recuerdo uno en Manizales, por allá en 1983, y otros más leves en Bogotá, pero ninguno tan aterrador como el terremoto que vivimos en Cali el pasado lunes 10 de agosto a las 7:34 de la mañana.  

Ya se habían iniciado las clases, yo estaba sentado y me disponía a salir caminando desde la residencia de los jesuitas hasta mi oficina en la Universidad, pero el movimiento telúrico me dejó inmóvil, como sembrado en una silla, con la inexplicable sensación de no poder levantarme porque no encontraba piso firme.  

Pasado el susto primero y recuperada la certeza de que sí había donde pisar, salí presuroso. Por el camino me encontré con estudiantes, profesores y personal administrativo: casi todos aterrados, algunos lloraban, y todos, nerviosos, buscaban con ansiedad información en teléfonos celulares que lentamente se iban desconectando digitalmente del mundo sin permitir saber mucho sobre cómo se encontraban los familiares más cercanos. Una muy extraña sensación colectiva de soledad y abandono. 

Había que tomar decisiones pronto, y así lo hicimos: hoy no hay clases, todos se van para sus casas y estén muy atentos a los mensajes que van a recibir de la Universidad. En esos momentos nadie podía evaluar la dimensión y el alcance de lo que había sucedido. Lo más importante, en esos momentos, además de mantener la calma y verificar que nadie en el campus había resultado herido, era que  todos pudieran retomar el contacto con sus familias, los abuelos y los más pequeños, atender a los heridos, rescatar de los escombros a los sobrevivientes, atender las necesidades más urgentes, revisar el estado de la estructura física de la Universidad, hacer los primeros diagnósticos, organizar equipos de trabajo en lo académico, en infraestructura física y en atención psicosocial para todos los que la requerían -que éramos también todos.  

Las noticias no eran alentadoras. Poco a poco fuimos tomando conciencia del tamaño de nuestros problemas como comunidad universitaria, como ciudad, como región y como país: terremoto de intensidad 7,4 en la escala de Richter, epicentro en San José del Palmar (Chocó, en línea recta a 166 kilómetros de Cali). Hoy sabemos que en total hubo 335 fallecidos (de ellos 154 en Cali), 4.516 heridos, 105 desparecidos, 303.934 familias perjudicadas en los departamentos de Chocó, Valle del Cauca, Risaralda, Caldas y Quindío, 36.478 viviendas destruidas y 206.931 averiadas, y 4.316 centros educativos y 397 centros de salud afectados. Según cálculos del PNUDi, las pérdidas materiales representan cerca de US$ 13.200 millones, equivalentes al 2,3% del PIB, y la recolección de escombros ha llegado a 16,9 millones de metros cúbicos.  

Eso sonaba y olía a derrota, pero estuvo muy lejos de serlo. Al día siguiente del feroz terremoto comenzamos a percibir la fuerza y el testimonio de innumerables gestos de solidaridad, no menos reales que los escombros. Colegios, parroquias, asociaciones civiles y políticas de todo tipo, clubes deportivos, empresas y gremios, sindicatos y juntas de acción comunal, el Banco de Alimentos en cada una de sus sedes del país, diversidad de iglesias y asociaciones religiosas, iniciativas privadas de todos los colores ideológicos… Eso fue un maravilloso estallido de solidaridad cívica. 

 

 En Colombia las diferencias ideológicas, políticas, religiosas o filosóficas no nos impiden hacer cosas juntos. 

 

En Cali fuimos testigos de un verdadero milagro: descubrimos que había muchas semillas de solidaridad y fraternidad sembradas en todos los sectores sociales y en todas las orillas del lago de la política partidista, semillas que rápidamente germinaron y dieron fruto abundante. Obedeciendo a un espíritu de fraternidad reprimido por la furia energúmena de la ideología que divide, el terremoto hizo que se atenuaran y redujeran la polarización y las rencillas que habían sido avivadas tres días antes a raíz de la posesión del nuevo Presidente de la República, precisamente aquí, en Cali, y cedieran milagrosamente el protagonismo medial a la imagen de la mano extendida de la fraternidad, y al hallazgo feliz de que todos estábamos dispuestos a emprender algo juntos, no en virtud de la comunión ideológica, sino bajo el reconocimiento maduro de que, a pesar de nuestras diferencias políticas y religiosas, juntos podemos hacer muchas cosas buenas en favor de los demás.  

El mensaje que muchos estábamos dispuestos a enviar era claro: después del terremoto nadie está solo, nadie tiene por qué sentirse abandonado. El terrible terremoto había levantado y revivido de su postración por la política la simiente siempre fecunda de la solidaridad, superior a cualquier credo político y más fuerte que cualquier ideología.  

De todo esto obtengo la siguiente conclusión que hoy quiero compartir con los lectores de Hoy en la Javeriana: en Colombia las diferencias ideológicas, políticas, religiosas o filosóficas no nos impiden hacer cosas juntos. En Cali ese es un milagro que está en marcha, es como haber verificado que, después de aquella pavorosa sacudida, bajo nuestros pies sí hay un piso firme que es común y sobre el cual podemos apoyarnos todos.