Columnista invitada
Opinión
Mayo 12, 2026

Carta a las y los estudiantes

Ingrid Catherine Bermejo Camacho
Profesora asistente del Departamento de Estudios del Lenguaje, Facultad de Comunicación y Lenguaje 

Tengo el trabajo más bello del mundo: escribo y leo con ustedes, construyo y deconstruyo textos en su compañía, aprendo a transformar mis prácticas académicas a través de la mirada crítica que me regalan.

Queridas y queridos estudiantes: 

Recibí la semana pasada la invitación a escribir esta carta. Al principio, me invadió una profunda emoción cargada con la lluvia de temas que me hubiera gustado incluir en este texto. Esa misma emoción se transformó, luego, en incertidumbre y, también, en ansiedad. Enfrentarme a la escritura no debería ser un ejercicio tan retador, si se tiene en cuenta que eso es, precisamente, lo que hago todos los días, ya que tengo el trabajo más bello del mundo: escribo y leo con ustedes, construyo y deconstruyo textos en su compañía, aprendo a transformar mis prácticas académicas a través de la mirada crítica que me regalan, veo -también- el mundo con sus ojos y cada semestre tengo el privilegio de actualizar esa mirada. Sin embargo, escribir sigue siendo la tarea más exigente que tenemos, tejer un texto -sin ayudas artificiales- se constituye hoy en un quehacer casi épico; traducir en la escritura lo que somos, sentimos y pensamos es todavía lo más estimulante, honesto y terrorífico que puede haber.  

Pienso ahora en ustedes, en los miedos que atraviesan cuando escriben y cuando viven; porque, ahora mismo me enfrento a la escritura con temor y vivo el mundo que ustedes viven llena, también, de incertidumbre. Me gustaría decirles que ese miedo y esa incertidumbre, en lugar de neutralizarme me movilizan. Muchas veces, me levanto con angustia, conmocionada por las noticias, la desigualdad y el tiempo que atravesamos. Otras veces, mi vida personal también está colmada de frustraciones, dolores, anhelos y preguntas. Sin embargo, he reconocido en ustedes mi lugar seguro, porque entrar en las aulas es el mejor camino para que mis certezas no se cristalicen en creencias inamovibles, es evitar que mis seguridades se conviertan en arrogancias inmodificables. 

El aula es un lugar en donde compartimos nuestros miedos y navegamos en la incertidumbre; no en un sentido negativo sino en uno transformador. Y claro que lo anterior nos da miedo, porque como aprendimos con Pasolini, no nos educan nunca en el valor de la derrota; en su lugar, nos convierten en neuróticos del éxito. Creo, después de estar por muchos años en esta casa común, que el verdadero éxito no está en aquellas y aquellos de ustedes que obtienen promedios muy altos; tampoco, creo que el fracaso real esté en quienes, por cualquier motivo, obtienen notas bajas. Para mí, la medida del éxito está en el momento en el que su mirada me muestra lo que hacen con sus miedos y la manera en la que, a pesar de ellos, navegan conmigo el barco de la incertidumbre. De la misma manera, en las clases, los contenidos que imparto son sagrados –la escritura académica, el vínculo entre género y lenguaje, el análisis discursivo-, pero nada se compara al momento en el que los afectos se ponen sobre la mesa en el aula, cuando lo vital se conecta con lo teórico o cuando la casa común se habita con generosidad.  

 

Para mí, la medida del éxito está en el momento en el que su mirada me muestra lo que hacen con sus miedos y la manera en la que, a pesar de ellos, navegan conmigo el barco de la incertidumbre. 

 

Recuerdo ahora el mito griego de Prometeo encadenado, que aprendí de mis maestras y maestros en esta misma Universidad, cuando era un poco más joven. Recuerdo cómo aquel titán osó robar el fuego a los dioses para entregárselo a la humanidad y siento que acompañar el camino de mis estudiantes en sus búsquedas es la actualidad de ese mito y no, necesariamente, porque mi admiración esté puesta en Prometeo. Lo digo, porque cuando tenemos el fuego de los dioses en nuestras manos, tal vez, la tarea más difícil sea reconocer en la mirada de las y los otros quiénes pueden estar a la altura de su incandescencia. Hoy, agradezco a quienes me entregaron el fuego y me pidieron hacer algo con él: pensar, reflexionar de manera crítica, creer en mi escritura, crear. De la misma manera, me gustaría agradecer a quienes lo reciben, porque no hay paralelo en el universo con el que se pueda comparar esa complicidad.   

El fuego de hoy tiene muchos tonos y ninguno se escapa a la tarea de producir reflexiones científicas y sociales politizadas y éticas. Como estudiantes, ustedes se hacen siempre la misma pregunta de investigación ¿cómo construir tejidos sociales más justos? Sus respuestas varían, porque todas y todos la contestan atravesados por sus experiencias vitales, en las que el telar infinito deja ver varias escenas sobre su lugar de enunciación. 

Mi periodista favorita, la escritora mexicana Elena Poniatowska, quien retrató lo ocurrido al movimiento estudiantil en la trágica Noche de Tlatelolco en 1968, dijo alguna vez: “Atesoro hasta el más mínimo papel en que has trazado una línea”. Creo que esa es la función de cualquier profesor/a: atesorar cada palabra que sus estudiantes dicen o escriben. Gracias, entonces, a todas y todos esos Prometeos que deciden compartir el fuego. Y, al unísono, gracias a mis estudiantes por la valentía (con miedo y en tiempos de incertidumbre política) con la que mantienen encendida la llama. Estudiar, pensar, investigar es eso, nunca dejar apagar el fuego.