Columnista invitada
Opinión
Abril 28, 2026

El arte: entre la inmediatez digital y la experiencia viva

Patricia Vanegas Ruiz
Profesora asociada de la Facultad de Artes 

A propósito del Día Mundial del Arte proclamado por la UNESCO para ser celebrado el 15 de abril en conmemoración del nacimiento del gran maestro Leonardo da Vinci, se ratifica que el arte no proviene de una sola disciplina, sino que es una forma integral de percibir el mundo. Da Vinci no puede describirse únicamente como pintor, pues también fue inventor, músico y científico, convirtiéndose en un personaje fundamental en la evolución del arte como expresión de la humanidad.  

Hoy esta iniciativa se proyecta en múltiples direcciones. El arte es el resultado de un proceso creativo que recoge la diversidad de las experiencias humanas. Sin embargo, en el siglo XXI, ese lenguaje se mueve entre dos tensiones claras: la inmediatez de los medios digitales y la profundidad de la experiencia del arte en vivo. 

La era digital ha transformado radicalmente la forma en que consumimos cultura. Las redes sociales y plataformas han instalado una lógica de velocidad y fragmentación: una obra puede ser vista en segundos, compartida miles de veces y olvidada casi de inmediato. A esto se suma un fenómeno más inquietante: cada vez es más difícil distinguir si lo que vemos o escuchamos ha sido creado por una persona o por sistemas de inteligencia artificial. Imágenes, voces y sonidos pueden ser simulados con tal precisión que empiezan a diluir los límites de lo real. 

Frente a este escenario, el arte en vivo adquiere un valor especial. Asistir a un concierto, una obra de teatro o una presentación de danza significa hacer parte de un momento irrepetible donde artistas y público comparten en una misma dirección. No hay filtros ni posibilidad de repetición: todo ocurre una sola vez. La respiración del intérprete, la energía del escenario y la respuesta del público construyen una experiencia que no puede trasladarse a la pantalla. 

En ese encuentro, el arte deja de ser contenido para convertirse en experiencia. Se activa la escucha, circula la emoción y emerge un sentido de pertenencia que no necesita explicación. Es allí donde el arte recupera su dimensión más humana. 

Un ejemplo de ello lo vivimos en un concierto didáctico de la Banda Sinfónica Javeriana, en el que interpretamos la obra Leonardo Dreams del compositor español Raúl Gómez Soler. La música se transformó en diálogo con el público infantil: los niños no solo escucharon, sino que participaron activamente y, a partir de los movimientos de la obra, —inspirados en los inventos de Leonardo da Vinci— coreografiaron y representaron corporalmente esas ideas. Sonido, cuerpo e imaginación se integraron en una experiencia viva, colectiva y significativa. 

 

Frente a este escenario, el arte en vivo adquiere un valor especial. Asistir a un concierto, una obra de teatro o una presentación de danza significa hacer parte de un momento irrepetible donde artistas y público comparten en una misma dirección. 

 

Algo similar ocurrió en el cierre de la Pasantía Musical Javeriana, donde reunimos a 78 músicos en el aula múltiple de nuestra Facultad de Artes. Más allá de lo musical, fue un espacio de encuentro: entre abrazos y despedidas, se hizo evidente que el arte deja huella en las personas. Para mí, esos nombres dejaron de ser una lista y se convirtieron en historias, sueños y proyectos de vida atravesados por la música. Allí se confirma algo esencial: el arte no es exclusivo ni lejano, es un espacio cotidiano donde cualquiera puede participar, construir y sentirse parte. 

En Colombia, este equilibrio entre el arte digital y la experiencia viva se ha fortalecido gracias a políticas culturales que amplían el acceso al arte. Instituciones como el Ministerio de las Culturas, las Artes y los Saberes de Colombia, IDARTES y la Orquesta Filarmónica de Bogotá han llevado el arte a barrios, colegios y espacios públicos, ampliando su alcance y diversidad. 

El arte cambia con el tiempo. Se transforman los formatos, los lenguajes y los públicos, pero su esencia permanece: ser un espacio de expresión y encuentro. En medio de la velocidad, la simulación y la sobreoferta de imágenes, el desafío no es elegir entre lo digital y lo presencial, sino reconocer qué aporta cada uno. 

Porque, al final, el arte no compite con la tecnología ni desaparece en ella: se transforma. Y es en esa tensión —entre lo inmediato y lo profundo, entre lo artificial y lo humano— donde encuentra su verdadera fuerza: en la posibilidad de detener el tiempo por un instante y recordarnos, en medio del ruido, que aún somos capaces de sentir juntos.