Opinión
Legado
Abril 6, 2026

Francisco, maestro del encuentro

Andrés Hernández Caro, S.J.
Director Centro Pastoral San Francisco Javier de la Javeriana

Aquel lunes de Pascua en que partió, muchos sentimos que no había muerto simplemente un Papa, sino alguien muy cercano: un abuelo, un tío entrañable. Francisco tuvo la capacidad singular de hacerse parte de la vida cotidiana de las personas. No era una figura distante, lograba que lo sintiéramos dentro de nuestra propia historia.
 

Sé que no es solo una experiencia personal: muchos lo recordamos así, como alguien profundamente humano que habitó nuestras vidas.


Nos conquistaron muchas cosas de él: su manera de conversar, sus metáforas, su humor, su franqueza. Francisco era cercano porque conocía la vida desde dentro: sabía lo que es tomar transporte público, enamorarse, soñar, fracasar, sostener conversaciones difíciles. Sabía, en carne propia, lo que significa ser humano. Y esa experiencia no era un dato biográfico más: era el punto de partida de su manera de ser pastor.

Confieso que aún lo extraño. Me hacen falta sobre todo sus gestos, que muchas veces decían más que sus palabras. Que un Papa se atreva a la ternura, a corregirse públicamente, a hacer fila para almorzar, a reírse con un café en la mano, a hablar sin temor contra la guerra o la indiferencia ambiental y social, revela lo que latía en su corazón.
 

Nos mostró que, si la Iglesia no comienza por la humanidad que todos compartimos, difícilmente podrá ser significativa para la historia.


Recuerdo que me tomó semanas acostumbrarme en la misa a decir “León” en lugar de “Francisco”, por eso una exalumna me regaló un llavero con un león para ayudarme a no olvidar el nombre del nuevo Papa (¡!). Aun así, la imagen de Francisco permanece en mi oficina. A veces lo miro y, con la franqueza que él promovía, le digo: “ayúdame hoy, que estoy desafiado con esto”. Nunca lo sentí como una figura lejana, sino como alguien de quién aprender a vivir.

Tuve la fortuna de encontrarme con él en pocas ocasiones, y siempre me dejaba inquieto. Una experiencia fue especialmente significativa. En 2018, acolitando el Domingo de Ramos que él presidía en plena plaza de San Pedro, me impresionó su cercanía con todos: preguntó con cariño por nuestros nombres, por lo que hacíamos allí, y agradeció de corazón nuestra presencia. Pero lo más impactante ocurrió después, ya que al revestirse para la liturgia, entró en una oración tan profunda que se descuajó su rostro. Llevaba un báculo sencillo, pero lo verdaderamente elocuente era su oración: era como un río hondo que sabía en qué mar desemboca. No sé qué oraba, pero sí lo que producía: una confianza de que oraba por mí, por todos, por la plaza llena, ¡por el mundo entero!

A un año de su partida, la nostalgia es inevitable y no solo porque sea jesuita. Trato en este tiempo traducir lo que siento en una idea que sintetice su legado, así que si tuviera que decirlo en una frase diría que Francisco nos recordó que la Iglesia, si quiere ser maestra en el encuentro con Dios y en el servicio del mundo, debe comenzar por su propia humanidad y por eso debe ser un espacio donde quepamos y nos escuchemos todos —todos como somos—, porque solo así podrá vivir con autenticidad el Evangelio que anuncia.

No se trata de una idea abstracta, sino de una convicción profunda: el corazón del Evangelio late con la alegría de un Dios que nos ama tal como somos. Esa experiencia puede reconectarnos nosotros mismos y con la historia compartida, no desde el mérito, sino desde la gratuidad, porque —como él decía— Dios siempre “nos primerea”.

Este planteamiento, aunque suene muy religioso, resuena directamente con la vida universitaria, pues la universidad es un espacio donde se juega esta misma verdad: si todos somos dignos de ser y estar, entonces todos somos dignos de palabra y de escucha, ¡de una buena conversación! Quizás, entonces, es la Universidad uno de los lugares privilegiados para profundizar en conversaciones auténticas, ¡aun cuando sean difíciles!
 

Francisco entendió que este aprendizaje no ocurre de inmediato, requiere de tiempo, paciencia y apertura, pues dialogando no solo descubrimos que confluimos, sino también nuestros límites… ¡y eso hace parte del proceso! Si a otros pontificados se les comprendía desde la escucha, a Francisco se le comprende caminando, encontrándose con el otro y dejándose afectar por la realidad.


León XIV viene, de manera atrayente, con la “paz desarmante y desarmada” del Resucitado. Parece continuar la senda del diálogo, con realismo: mientras no renunciemos a los gestos amenazantes, no será posible reconstruir la confianza. Su invitación a pasar del “todos, todos, todos” al “juntos, juntos, juntos” marca un matiz importante: no basta incluir y reconocer la diferencia, es necesario que nos valoremos mutuamente. Sí, la pluma cambio de mano, pero la tinta sigue siendo la misma… estos pontificados son un signo de que estamos en un tiempo en el que lo decisivo será nuestra capacidad de conversar sinceramente. Por eso, Francisco permanecerá como una invitación a vivir desde una humanidad compartida, capaz de encontrarse, escucharse y transformarse… tú, ¿con quién hace rato no conversas de corazón?

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