Opinion: En Pascua aprende a amar los dias grises - Hoy en la Javeriana
En Pascua, aprende a amar los días grises
Por. Juan Enrique Casas Rudbeck, SJ
Vicerrector del Medio Universitario
Estamos en tiempo de Pascua, una época de renovación muy esperada por quienes estudiamos o trabajamos en la Javeriana. Digo esto, porque la vida que emana de los jardines y senderos que conectan nuestros edificios es una verdadera fiesta de naturaleza: desde el florecer de los sietecueros, las acacias, los magnolios y los urapanes que custodian el campus, hasta el verde intenso que resalta en medio de las lluvias de abril. Ese recuerdo nos confronta hoy con la realidad de un abril lluvioso. Entre la añoranza de los días soleados y la melancolía de no poder habitarlos, brotó en mi memoria una historia conocida que paso a relatar brevemente.
Dicen que había un ciego sentado en la banqueta, con una gorra a sus pies y un pedazo de madera en la cual se leía: “POR FAVOR, AYÚDENME, SOY CIEGO”. Un creativo de publicidad que pasaba frente a él, se detuvo y vio unas pocas monedas en la gorra. Sin pedirle permiso tomó el cartel, le dio la vuelta, borró el mensaje, tomó un pedazo de tiza y escribió otro anuncio. Volvió a poner el pedazo de madera sobre los pies de la persona ciega y se fue. Por la tarde el creativo volvió a pasar frente al ciego que pedía limosna, su gorra estaba llena de billetes y monedas. El ciego reconoció sus pasos y le preguntó qué había puesto en el cartel. El publicista le contestó: – “Nada que no sea tan cierto como tu anuncio, pero con otras palabras”, sonrió y siguió su camino. El ciego nunca lo supo, pero su nuevo cartel decía: “HOY ES PRIMAVERA, Y NO PUEDO VERLA”.
Una de las primeras consideraciones para quien desea conocer más su interior y movimientos espirituales es saber en qué estado se encuentra. Ignacio de Loyola, con su agudeza para conocer la condición humana, habla en los Ejercicios Espirituales de la desolación y la consolación, dos estados del alma, dos fuerzas que nos habitan y a veces prima una sobre la otra. La consolación se parece a los días llenos de sol en los que nos sentimos alegres, con energía, queremos salir a hacer cosas, encontrarnos con otros, ordenar la casa. La desolación se parece a los días grises y lluviosos en los que nos quedamos encerrados, llega el aburrumiento, nos cuesta más hacer las cosas, sentimos frío interior y exteriormente… ¿Te has dado cuenta de eso?
La consolación es cuando experimentas una alegría interna y un aumento de fe porque sientes los efectos de la resurrección de Jesús en ti, te llenas de esperanza en la realidad y de amor por el mundo, por las personas, por los que te rodean y sientes deseos de hacer el bien. Lejos de la tranquilidad comprada (y bien cara) de un spa, la consolación se trata de una paz honda y un equilibrio difíciles de conseguir por nuestros propios medios porque son un regalo de Jesús. La consolación es el momento en el que podemos percibir de cerca el vínculo que nos une a todo y a todas y a todos.
La desolación, por el contrario, es el tiempo cuando nos sentimos permanentemente acosados por la tentación de claudicar y abandonar todo porque estamos como agobiados, abatidos y rotos. La confusión sobre lo que nos está pasando nos mantiene inquietos y no podemos detener la marea de pensamientos que nos inunda y que se mezclan con las emociones más feas. Esa combinación resulta una combinación deprimente. En palabras más coloquiales, podemos decir que la consolación es “con – sol”, es decir con luz; y la desolación es “sin – sol”, es decir, habitar en lo obscuro y lo confuso.
La consolación nos hace ver a las personas, a las cosas y las situaciones con tonalidades que tienen luz; la desolación nos priva de ver posibilidades, porque el color sólo se puede ver con la refracción de la luz. Está en nuestras manos y en la ayuda que nos viene de Dios, hacer que desde adentro nuestra luz brille y, como en la historia del ciego y el creativo, podamos darle un nuevo sentido a este tiempo. La clave está en tres cosas: darnos cuenta de cómo nos encontramos (si en consolación o desolación); luego, de distinguir que la luz nos viene de Él (Jesús) y que la sombra (desolación) es todo lo que no nos permitimos ver, hacer o sentir. Finalmente, hay que tomar acciones concretas para, en primer lugar, aceptar dichos beneficios que Jesús nos entrega en esta nueva cotidianidad y, en segundo lugar, rechazar todo lo que opaque o apague esa luz.
Seguramente cuando pasen las lluvias, extrañaremos estos días que parecían ser grises, cuando en realidad han estado iluminados por la paz que nos regala el Jesús resucitado llenando de color nuestra primavera interior.











