ISP - Instituto de Salud Pública

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14° Coloquio de Investigación en Salud Pública
"De la Salud Pública y el Buen vivir" 

14 Coloquio de Investigación en Salud Pública

Mejorar la salud mental de los desplazados internos en las zonas urbanas de Colombia

En convenio con la Universidad de Friburgo de Alemania, hemos dado inicio a este proyecto el cual tendrá una duración total de cuatro años. La amplia experiencia de la Universidad de Friburgo en casos de posconflicto en contextos de Asia y África, a través del abordaje de la atención en salud mental desde el enfoque psicosocial, da un gran respaldo a este proyecto; además, la Facultad de Medicina, a través del Departamento de Psiquiatría formará parte del mismo y estará a cargo de los aspectos clínicos que desde la salud mental, harán parte de esta investigación.

El Instituto de Salud Pública, tendrá a su cargo aspectos relacionados con la salud mental de las poblaciones, teniendo en cuenta las necesidades poblacionales, culturales y sociales, para poder dar un abordaje integral que comprenda la realidad de país, en el contexto de pos-acuerdo.

Para dar inicio a este trabajo, se ha establecido un primer acercamiento con poblaciones de excombatientes que forman parte de la Zona Veredal ubicada en el municipio de la Paz en el Departamento de El Cesar. Este primer acercamiento espera conocer de primera mano las necesidades de esta población en materia de atención en salud mental, en cuyo caso, el apoyo prestado por la Secretaría de Salud del Departamento ha sido muy importante.

 

V Congreso de Sistemas de Salud

 


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Columna de opinión

A propósito de la propuesta de Chimamanda Adichie... "Todxs deberíamos ser feministas"

Por: Angélica Torres Quintero. Profesora Investigadora del ISP

Luego de ver la conferencia "Todxs deberíamos ser feministas" de Chimamanda Adichie, me surgen un par de reflexiones que quisiera compartir con ustedes a propósito de este 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer.

En principio pienso que aun cuando Chimamanda dio esta conferencia en 2012 para hablar de lo que ocurre en Nigeria, las anécdotas que comparte en las que están presentes la inequidad de géneros y la discriminación de las mujeres, NO resultan ajenas a lo que pasa en nuestro territorio latinoamericano y más específicamente en Colombia en 2019. Aquí también es frecuente escuchar en distintos escenarios que la conquista de derechos que en su momento reclamó el movimiento sufragista, nos ha puesto en igualdad de condiciones a hombres y a mujeres y que por tanto, las luchas feministas del siglo XXI carecen de valor por anacrónicas.

He escuchado a mis estudiantes decir cosas como: ¿la inequidad de géneros es un asunto del pasado, esas peleas se las dieron nuestras abuelas para que nosotras estemos sentadas en este salón?. ¿Hoy en día las mujeres pueden estudiar y trabajar en lo que quieran, pueden decidir incluso si quieren o no tener hijos?. Y por supuesto, no se trata de negar los avances obtenidos en estas décadas de lucha de los movimientos feministas; indudablemente las condiciones de las mujeres en Colombia son significativamente mejores en expectativa, trayectorias y calidad de vida, a las que tenían las mujeres en la conquista y la colonia. Pero de ahí, a suponer que las relaciones de género inequitativas; las situaciones de discriminación, marginalidad, desigualdad y los ejercicios de poder, dominación y violencia a las que hemos sido sometidas las mujeres a lo largo de la historia por ser mujeres, han sido superadas en la actualidad, hay una gran distancia.

Solo hay que observar la cotidianidad con un poco de detenimiento como nos invita a hacerlo Chimamanda, para descubrir que en esa categoría que llamamos mujer no podemos encapsular ni homogenizar el abanico diverso de mujeres que vivimos en este país (incluso en esta ciudad) y que en virtud de la generación a la que pertenecemos, a nuestra clase social, raza, procedencia urbana o rural, intereses sexuales, afiliación política, credo religioso, etc, las estructuras de dominación y poder que constriñen y configuran nuestras subjetividades y campos de acción, son diferenciales en sus manifestaciones y efectos.

El solo hecho de estar escribiendo estas líneas, haber tenido acceso a internet para ver este video que atraviesa fronteras y disponer de un tiempo exclusivo para reflexionar sobre este asunto, me sitúa en una condición privilegiada de mujer mestiza de clase media, que pudo acceder a la universidad y decidir no tener hijos. Esta, mi realidad, dista mucho de la realidad de la gran mayoría de mujeres colombianas mestizas, indígenas, afro, campesinas, en condiciones de pobreza o fragilidad económica, atravesadas por una guerra que se resiste a llegar a su fin y que no siempre pueden decidir sobre su cuerpo, ni sobre el número de hijos, ni mucho menos culminar su educación básica, ni pensar en acceder a la Universidad. Estas mujeres han vivido y continúan viviendo el rigor de situaciones de injusticia, inequidad y violencia, en el ámbito privado, en sus relaciones de pareja e íntimas, pero también en el espacio público: en los medios de transporte, en la calle, en el trabajo, en el sistema de salud.

Pero, también sería ingenuo pensar que los logros que han conseguido las luchas feministas para que algunas mujeres puedan ejercer derechos fundamentales en condiciones de igualdad, nos blinda de la violencia o de la inequidad de género. Reconozco en mi historia, incluso reciente, haber tenido que experimentar situaciones de violencia, discriminación y exclusión por atreverme a ser una mujer irreverente, contestataria o como diría Hector Abad, una mujer brava que se resiste a adaptarse pasivamente a los cánones sociales que establecen modos particulares de ser mujer en nuestras sociedades. Algunas veces de forma directa y explícita y, otras con sutiles y sofisticados artificios, las formas de dominación, han buscado silenciarme, censurar mi deseo, apaciguar mis modos y ubicarme en el lugar "que me corresponde" como mujer.

Así que esto me lleva a pensar que en este nuevo milenio, aún siguen estando vigentes los argumentos que han motivado las luchas feministas, que promueven transformaciones en las relaciones de poder basadas en la asimetría y no solo cambios o adecuaciones de los roles sociales de hombres y mujeres. Tal vez para afrontar este reto, sea necesario afinar los sentidos y prestar atención a las realidades particulares, diferenciales y situadas de mujeres y hombres que se ven atravesados por estas formas de dominación y colonialidad contemporáneas que aún continúan permeando nuestras relaciones cotidianas y que intersectan además nuestra clase social, raza, nacionalidad, credo político y religioso. Es por ello que coincido con Chimamanda en que todxs: hombres, mujeres, niñas, niños, jóvenes y ancianos deberíamos ser feministas, si por feminismo entendemos una transformación profunda en nuestros modos tradicionales de relacionarnos que jerarquizan, someten, doblegan e imponen modos particulares y exclusivos de ser y habitar el mundo.