Hipopótamos en Colombia: un problema de enormes dimensiones

Hipopótamos en Colombia: un problema de enormes dimensiones

Salta el polvo sobre la tierra, el agua se mueve turbulenta sobre un estanque y lo que pareciera ser una estampida se aproxima con fuerza. Son más de cuatro toneladas de carne y huesos galopando, es un animal rígido, de piel gruesa que viaja a 25 kilómetros por hora sobre el noroeste de Colombia. Se trata del hipopótamo Hippopotamus amphibius, uno de los cerca de 70 ejemplares que están sueltos en el Magdalena Medio y por el cual biólogos, comunidades de la región, ambientalistas y entidades gubernamentales están seriamente alarmados.

Este animal es una especie invasora que llegó a Colombia hacia los años 80, cuando Pablo Escobar trajo de África cuatro especímenes —una hembra y tres machos—. Aunque para ese momento su intención era recrear la fauna salvaje del continente africano en su hacienda ubicada en Puerto Triunfo, en el departamento de Antioquia, años más tarde y luego de la expropiación de sus bienes, leones, jirafas y los exóticos hipopótamos terminaron conformando el Parque Temático Hacienda Nápoles, un atractivo turístico que abrió sus puertas al público en 2007 como un recinto para la conservación de especies amenazadas y en peligro de extinción.

Sin embargo, desde 2006, las especulaciones sobre encuentros entre hipopótamos y la comunidad del suroriente de Antioquia, y su posible creciente reproducción, llamó la atención de los biólogos David Echeverri de la Corporación Autónoma Regional de las Cuencas de los Ríos Negro y Nare –Cornare-, encargada de implementar políticas ambientales en la región; Elizabeth Anderson, codirectora del Departamento de la Tierra y el Ambiente, Instituto del Agua y el Ambiente en la Universidad Internacional de La Florida, y Germán Jiménez, docente  del Departamento de Biología de la Pontificia Universidad Javeriana.

Según recuerda Jiménez, su primer acercamiento al tema ocurrió en 2015 cuando cruzó palabras con Anderson en un congreso de conservación en Bolivia. Allí descubrió que esta apasionada por la fauna salvaje estudiaba la misma especie que llegó a Colombia a finales de siglo XX desde el valle del Masái Mara, en África, debido a su latente riesgo de extinción. En la conversación, Anderson le comentó a Jiménez que esta no era su única preocupación ya que, producto de sus investigaciones con su colega Amanda Subalusky, encontraron que los hipopótamos eran unas máquinas demoledoras, unos voraces ingenieros de los ecosistemas que consumen más de 70 kilogramos de pasto al día para alimentarse. Aproximadamente, el 5% de su peso.

De este encuentro surgió la inquietud por recoger información sobre la biología, la ecología y las interacciones de los hipopótamos con los colombianos, y crear estrategias de conservación para el tratamiento de esta poderosa especie. Pasados algunos meses, Anderson volvió a comunicarse con Jiménez, esta vez para comunicarle excelentes noticias: National Geographic había decidido financiar su investigación —Introduced Hippos in Colombia: Consequences for Human and Natural Systems— junto con la participación de varios colegas más como Amanda Subalusky y Ana Rojas de la Universidad Internacional de La Florida;  Juan Felipe Reátiga y Laura Nova, egresados de la facultad de Ciencias de la Universidad Javeriana, y Sebastián García, de la Universidad de Antioquia.

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Las dimensiones del problema

Un viaje de 170 kilómetros en línea recta, 1.500 encuestas a comunidades y visitas a 10 localidades fue el resultado que dejó el recorrido de este equipo interdisciplinar entre Doradal, donde se ubica el Parque Temático Hacienda Nápoles, hasta Puerto Berrío en busca de evidencia histórica que diera cuenta de la presencia de los hipopótamos “prófugos”. La región es ambiente ideal para la supervivencia de estos voraces herbívoros por sus pozos, ríos y caños, temperaturas de 24 a 27 grados centígrados y una humedad relativa de más del 90%.

“La gente nos reportó hipopótamos que habían visto desde 2006 hasta 2016, fueron 10 años de registros históricos. Tomamos varios registros en total, de los cuales validamos 26 mediante fotografías, avistamientos, huellas y la relación con ambientes potencialmente propicios para estos animales”, afirma Germán Jiménez, quien también es miembro de la Unidad de Ecología y Sistemática (Unesis) de la Javeriana.

Una vez procesada la información y validados los registros, el Instituto de Investigación de Recursos Biológicos Alexander von Humboldt contactó a los investigadores con una propuesta inesperada: trabajar mano a mano en el estudio de especies invasoras biológicas a través de la creación de un biomodelo que presentara la distribución del hipopótamo en Colombia; es decir, un sistema que permitiera graficar la ubicación estimada de estos animales para esta cuenca. Esta información también permitiría incluir los datos del visitante africano en la ficha Reporte del Estado y Tendencia de la Biodiversidad (RET 2018).

/ Cortesía.
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Los hallazgos

¡Enormes! De gran magnitud fueron los retos que los investigadores encontraron con el proyecto, ya que evidenciaron que la tendencia de reproducción de los hipopótamos ha ido en ascenso, según datos de Cornare, porque de los cuatro ejemplares iniciales que llegaron a la Hacienda Nápoles en 1980 actualmente hay 28; y de los cerca de 70 hipopótamos que están deambulando por los alrededores de la finca actualmente, se espera que para 2050 lleguen a una cifra de aproximadamente unos 400 animales más.

Así mismo, la vegetación aportó su cuota de vulnerabilidad con graves consecuencias como el daño a ecosistemas que producen estos animales con su fuerte pisoteo, la disminución de pastos respecto a su alto requerimiento alimenticio y la contaminación de afluentes que generan los hipopótamos durante sus periodos de apareamiento dado que expulsan altas cantidades de materia orgánica que luego esparcen con su cola a manera de ventilador, proceso también conocido como eutrofización.

“El desplazamiento de la fauna nativa es una consecuencia debido a que los hipopótamos van a estar ocupando un nicho que antes estaba reservado a las especies nativas, y dado que estos animales presentan mejores adaptaciones, los hace una especie supremamente tolerante y resistente a las condiciones ambientales de la región. Esto va a desplazar a otras poblaciones como el manatí del Magdalena Medio, la nutria, el chigüiro y el caimán”, explica Echeverry, de Cornare.

Con esto en mente y el latente riesgo al que estarían enfrentadas las poblaciones aledañas a Doradal al encontrarse con estos corpulentos y territoriales animales, urge la necesidad de buscar alternativas viables para su control, pues acuerdos internacionales como The Convention on International Trade in Endangered Species of Wild Fauna and Flora —CITES—, así como los riesgos biológicos restringen el regreso de los hipopótamos a su lugar de origen debido a la importancia de conservar su material genético en el territorio en el que nacen; alternativas como la castración química o física son altamente costosas, al alcanzar valores de más de 20 millones de pesos por animal, y poco eficientes pues los hipopótamos continuarían afectando la vegetación, y la posibilidad de hacer control poblacional ha sido un asunto altamente debatido tras el fallo de la Corte Constitucional de prohibir su caza en la sentencia C-283/14.

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Y ahora, ¿qué sigue?

El grupo de investigadores se prepara para recibir en diciembre la primera publicación de los resultados de su investigación en la revista Oryx (Cambridge University Press), artículo que podrá ser consultado con el título Potential Ecological and Socioeconomic Effects of a Novel Mega Herbivore Introduction: the Hippopotamus in Colombia.

Sin embargo, los investigadores buscan abordar una segunda fase del proyecto para determinar cuáles especies estarían siendo afectadas por la presencia de este pesado mamífero y trabajar con inteligencia artificial en la simulación de escenarios futuros de los hipopótamos en terreno colombiano, en caso de que ambientes ideales, similares a los de África en temperatura, humedad y pastos, les sigan facilitando la vida a estos animales.

“Toda esta investigación evidencia la necesidad de levantar una alerta nacional que motive a organizaciones y corporaciones a financiar esta investigación para mirar cómo detener el problema. Nosotros conocemos las herramientas, sabemos cómo potencialmente detener el movimiento de los hipopótamos y su crecimiento, pero necesitamos la información de base: dónde están y cuántos hay”, puntualiza Jiménez.

Laboratorios naturales para entender el cambio climático

Laboratorios naturales para entender el cambio climático

Más allá del debate sobre sus causas, y en particular sobre la incidencia de la actividad humana en el cambio climático, lo que los investigadores de las más diversas disciplinas intentan es comprender sus efectos en el corto y en el largo plazo.

Por ejemplo, el biólogo Jorge Jácome, profesor e investigador de la Universidad Javeriana, desde hace seis años observa cómo ha ido cambiando la vegetación en los páramos colombianos ubicados en dos parques nacionales, el de Chingaza, desde el 2008, y el del Cocuy, desde el 2010.

A través de la instalación y la puesta a punto de sensores de temperatura y precipitación, así como de una completa caracterización de la estructura y composición de la vegetación en espacios definidos llamados parcelas, Jácome monitorea el comportamiento de las plantas de páramo y el papel que desempeñan dentro del ecosistema en donde habitan, es decir, la ecología funcional.

Si bien aún no hay resultados contundentes —obtenerlos exige un seguimiento continuo y de largo plazo a la vegetación de las parcelas—, la investigación realizada por Jácome integra a la academia colombiana con iniciativas globales para caracterizar las consecuencias reales del cambio climático sobre los diversos ecosistemas de nuestro planeta. El objetivo final del proyecto será establecer el nivel de riesgo y el potencial de cambio de la vegetación de páramo ante el aumento reciente de la temperatura atmosférica. “Actualmente se da por hecho la alta vulnerabilidad de estos ecosistemas ante el cambio climático; sin embargo, aún no se tienen suficientes evidencias”, dice Jácome.

¿Cómo nace el proyecto?

Las variables directas principales para estudiar el cambio climático son la temperatura y la distribución y frecuencia de las lluvias. Otra variable, no por indirecta menos importante, consiste en evaluar el impacto del fenómeno sobre ecosistemas biológicos, por ejemplo, los cambios en su biodiversidad o en el comportamiento de las plantas que los conforman. Son de particular importancia los ecosistemas situados en alta montaña, ya que son los más expuestos a condiciones ambientales extremas.

Entre 1996 y 1999, una serie de iniciativas lideradas por diferentes organizaciones internacionales, como la Universidad de Viena, el Gobierno austriaco y el International Geosphere-Biosphere Programme, dio origen, en el año 2000, a un ambicioso consorcio de investigación —Global Observation Research Initiative in Alpine Environments (Gloria)—, con el objetivo de establecer una red global de observación en ambientes de alta montaña (sistemas alpinos) a largo plazo.
Con datos en mano sobre vegetación y temperatura es posible identificar tendencias de cambio en la biodiversidad, así como posibles amenazas en un futuro cercano.

El consorcio creció y pronto incorporó miembros latinoamericanos. Bajo el auspicio de la red Gloria, se creó el proyecto de Monitoreo del Impacto del Cambio Climático en la Biodiversidad de Alta Montaña en la Región Andina, conformado por instituciones de Argentina, Bolivia, Ecuador, Perú, Venezuela y Colombia. La Pontificia Universidad Javeriana y el Instituto de Investigación de Recursos Biológicos Alexander Von Humboldt fueron los líderes nacionales.

Sin embargo, las diferencias sustanciales entre ecosistemas alpinos y de alta montaña andinos —particularmente los ubicados en los páramos— obligaron a los investigadores latinoamericanos de Gloria a desarrollar una metodología propia. ¿La razón? En primer lugar, la vegetación alpina no es tan extensa ni tan exuberante como la de Suramérica. Por otro lado, los ecosistemas alpinos son muy dinámicos por las estaciones climáticas: muchas plantas mueren y resurgen en primavera. En cambio, los ecosistemas de páramo evolucionan lentamente, porque allí las plantas persisten durante periodos prolongados de tiempo (décadas) y reaccionan ante condiciones adversas, por ejemplo, perdiendo área de cubrimiento.

En el caso colombiano, los esfuerzos del Instituto Humboldt y de la Universidad Javeriana se han enfocado en identificar las transformaciones en el ecosistema de páramo en pequeñas parcelas y entender cómo el cambio climático podría afectar las comunidades de plantas. Ahora que el clima vuelve a ser noticia por la realización de la Conferencia de las Partes de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático, que tiene lugar en Lima, Perú, del 1 al 12 de diciembre del 2014, esto es fundamental para proponer estrategias de conservación, así como para garantizar a futuro los servicios ambientales, como la regulación hídrica.

Parcelas: microcosmos para observar el cambio climático

El montaje de una parcela Gloria plantea exigencias precisas desde el punto de vista metodológico. Por ejemplo, el área seleccionada debe tener baja actividad volcánica y presentar diferentes altitudes, y es preferible que las cumbres tengan relieves moderados y homogéneos. La vegetación debe ser representativa del área seleccionada y las condiciones geológicas tienen que ser similares a las observadas en la zona circundante. Quizás la condición más difícil de cumplir es que la actividad humana no haya alterado la zona elegida, algo que es necesario mantener durante el tiempo del monitoreo.

El investigador Jácome lideró la creación de las dos parcelas colombianas de la red Gloria, para lo cual ha sido necesario completar un registro fotográfico preciso, que facilite el seguimiento futuro del área estudiada y que pueda conducir a identificar los patrones de cambio que esta pueda experimentar con el paso del tiempo.

Jácome es biólogo egresado de la Universidad Nacional, y en su tesis doctoral para la Universidad de Göttingen (Alemania), estudió los factores que determinan la distribución de plantas en los Andes bolivianos. Fue precisamente esa investigación la que lo vinculó a la red Gloria.

El trabajo conjunto entre entidades académicas e institucionales es clave para estudiar las parcelas. Para Jácome, estas solo pueden sobrevivir si hay un compromiso institucional para su mantenimiento; de ahí la importancia de que Parques Nacionales haga suyo el proyecto. Esta dualidad académica/institucional también se manifiesta en las diferentes metodologías usadas para recolectar y administrar información. Por un lado, existe una toma de datos con propósitos académicos, para responder preguntas de investigación en ciencias básicas. Por el otro, datos orientados a la administración de sistemas de gestión ambiental.

Los de naturaleza académica permiten entender cómo está cambiando el ecosistema, y pueden ayudar a proyectar escenarios futuros mediante la simulación de diversas circunstancias de origen ambiental o producidas por el hombre. “Estos diferentes escenarios pueden mostrar a la opinión pública los verdaderos efectos del cambio climático, pero no son muy útiles para la gestión ambiental. No se puede esperar cinco años para darse cuenta del deterioro ambiental del páramo y solo entonces tomar medidas al respecto”, dice Jácome. Para la gestión ambiental se debe empoderar a los parques nacionales a registrar sus propios datos, pues recopilarlos con la suficiente velocidad posibilita tomar decisiones rápidas que impacten el entorno local.

Saber es cuestión de método

Todas las parcelas Gloria, tanto nacionales como internacionales, estudian la vegetación y no la fauna. Esto no es una casualidad sino una elección consciente. Los animales responden a los cambios en su medio ambiente desplazándose y migrando a zonas más propicias para su desarrollo. Las plantas, por el contrario, son organismos sésiles, es decir, están sujetos a un sustrato. Por esta razón no pueden desplazarse y responden a los cambios ambientales adaptándose o muriendo, lo que las convierte en candidatas perfectas para observar cambios en el corto plazo. Otros organismos sésiles ampliamente estudiados para intentar evaluar el impacto del cambio climático son los corales.

A pesar de que las plantas no pueden escapar de las presiones experimentadas por el cambio climático, los efectos en su ecosistema no se perciben de manera instantánea. Por el contrario, es necesario repetir las observaciones periódicamente, utilizando la misma metodología. Siguiendo este procedimiento, los investigadores encargados del montaje y monitoreo de las parcelas Gloria ubicadas en Europa lograron detectar modificaciones en la distribución de la vegetación alpina, en particular, que la zona norte comenzaba a aumentar su población, mientras que en la zona sur (el ambiente seco mediterráneo) se observaba el fenómeno contrario. Este hallazgo fue fruto de un monitoreo que duró entre ocho y diez años. En el caso latinoamericano, solo se han hecho visitas de control en parcelas ubicadas en Argentina y Bolivia, pero los datos son aún materia de análisis.

La siguiente fase del proyecto liderado por el profesor Jácome es volver a visitar las parcelas de los parques nacionales Chingaza y Cocuy. La nueva inspección implica varios retos. En primer lugar, conseguir el apoyo financiero para ejecutar la tarea, pues aunque la red Gloria suministra el estándar metodológico que debe ser usado, es responsabilidad de cada investigador conseguir los recursos necesarios. Un reto más grande es conciliar los cambios en la metodología utilizada para la captura de los datos, ocasionados por la necesaria adaptación a las peculiaridades de la vegetación de páramo. Desde el momento en que se montaron las primeras parcelas, la metodología se ha transformado, y la única manera de no desperdiciar los datos originales es usar dos metodologías diferentes durante la visita de control: la empleada inicialmente, para establecer comparaciones con la primera serie de mediciones, y la nueva, para comparar los datos tomados con los recopilados en las visitas futuras que deben realizarse.

Aparte de la puesta a punto de las parcelas (con su respectiva recopilación de datos), Jácome y otros científicos se han interesado en otros temas que ya hacen parte del proyecto (ver recuadros). Sin duda, lo más enriquecedor para este biólogo ha sido el diálogo fructífero entre los investigadores de la red, algo que ha permitido establecer aproximaciones y metodologías diversas en la comprensión de los efectos del cambio climático en las plantas.


Para saber más:
» Jácome, J. (2012). “Descripción individual y línea base de los sitios de monitoreo Gloria. Parque Nacional El Cocuy, Colombia (COCCY)”. Biodiversidad y cambio climático en los Andes tropicales (pp. 66-69). Condesan. Disponible en:https://www.condesan.org/gloria/sites/default/files/GLORIA,%20finalweb%20p%C3%A1gina%20doble_1.pdf. Recuperado en: 22/10/2014.
» Jácome, J. & Menjura, T. (2011). “Monitoreo del impacto del cambio climático en la biodiversidad de alta montaña en la región andina”. Informe de implementación de parcelas Gloria en el PNN Cocuy. Disponible en:https://www.condesan.org/gloria/sites/default/files/CONDESAN_Propuestas%20Andinas_10_GLORIA%20(1)_0.pdf. Recuperado en: 22/10/2014.
» Pauli, H.; Gottfried, M.; Dullinger, D.; Abdaladze, O.; Akhalkatsi, M.; Benito Alonso, J. L. et al. (2012, abril). “Recent Plant Diversity Changes on Europe’s Mountain Summits”. Science 336 (6079): 353-355. DOI: 10.1126/science.1219033.
Consulte la red Gloria en: https://www.gloria.ac.at/ https://www.condesan.org/gloria/

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