Por: Jerson Andrés Cuéllar Sáenz, Jennifer Murillo Alvarado, Valentina de Zubiría Sánchez, Olga Lucía Salamanca Ruíz – Semillero EMERGE (Epidemiología y Modelamiento de Patógenos Emergentes y Reemergentes)
El 14 de mayo de 1796, en Inglaterra, un niño de ocho años llamado James Phipps protagonizó uno de los experimentos más trascendentales de la historia de la medicina. Aquel día, el médico Edward Jenner tomó material de las ampollas de Sarah Nelms, una ordeñadora infectada con viruela bovina, y se lo administró al pequeño. El niño tuvo fiebre durante algunos días, pero se recuperó pronto. Meses después, cuando Jenner lo expuso deliberadamente a la viruela humana, James no enfermó. Había nacido la vacunación.
Más de dos siglos después, este episodio sigue siendo una de las escenas fundacionales de la salud pública moderna: el momento en que comenzó a tomar forma la idea de entrenar al cuerpo para defenderse antes de que llegue el virus. Con ocasión de la 24.ª Semana de la Vacunación en las Américas (SVA) y la 15.ª Semana Mundial de la Inmunización (SMI), celebradas del 25 de abril al 2 de mayo de 2026 bajo el lema “Tu decisión marca la diferencia. Inmunización para todos”, integrantes del semillero EMERGE (Epidemiología y Modelamiento de Patógenos Emergentes y Reemergentes) de la Pontificia Universidad Javeriana recorren los hitos más importantes de la historia de la vacunación y sus lecciones para los desafíos actuales.

La vacunación, el origen del mayor logro de la salud pública
Antes de Jenner, ya existían intentos de proteger a las personas frente a la viruela. Europa había importado desde China e India una práctica llamada variolización que consistía en introducir por la nariz un macerado de costras de viruela para generar defensas. Era un avance, pero entrañaba riesgos considerables.
Jenner encontró una alternativa más segura al observar que las ordeñadoras que contraían viruela bovina —una enfermedad similar pero menos letal— quedaban protegidas frente a la viruela humana. Concluyó que la exposición a un agente menos peligroso podía generar protección frente a uno más grave. Así nació la vacunación, una estrategia basada en introducir un antígeno en el organismo que activa el sistema inmune sin producir enfermedad. De este modo, el cuerpo aprende a reconocer la amenaza, conserva memoria inmunológica y puede responder con rapidez y eficacia ante futuras exposiciones.
La idea se expandió rápidamente. En 1803, la Expedición Balmis partió de La Coruña con la misión de llevar la vacuna contra la viruela a las colonias españolas en América y Asia. Para mantener el material biológico activo sin refrigeración durante la travesía, los organizadores introdujeron el virus en el cuerpo de niños huérfanos de forma sucesiva, pasando la infección de brazo en brazo a lo largo del viaje. Fue uno de los primeros esfuerzos de vacunación intercontinental y un temprano recordatorio de que distribuir una vacuna exige tanto esfuerzo e inventiva como descubrirla.
Logros de la vacunación y desafíos para sostenerlos
La historia demuestra que es posible erradicar una enfermedad infecciosa mediante la vacunación. El ejemplo más contundente es, precisamente, la viruela humana, una de las enfermedades más devastadoras de la historia y declarada como erradicada en 1980 por la OMS cuando las vacunas interrumpieron completamente su transmisión.
La poliomielitis sigue un camino similar, aunque su erradicación aún está pendiente, la transmisión persiste únicamente en Afganistán y Pakistán, donde el conflicto armado, las barreras de acceso y la resistencia comunitaria impiden alcanzar la cobertura necesaria. Este caso ilustra una lección central: erradicar una enfermedad no depende solo de tener una vacuna eficaz, sino de garantizar acceso universal sostenido, continuidad programática y capacidad operativa en todos los territorios.
Los logros de la vacunación también se extienden a enfermedades infecciosas que, si persisten en el largo plazo, pueden derivar en enfermedades crónicas. Australia está a punto de convertirse en el primer país del mundo en eliminar el cáncer de cuello uterino como problema de salud pública, gracias a la vacunación contra el Virus del Papiloma Humano (VPH) combinada con pruebas diagnósticas para detectar tempranamente el virus en poblaciones aparentemente sanas.

Colombia tiene su propio lugar en esta trayectoria. En 1991 se registró en el departamento de Bolívar el último caso de poliomielitis en el país, poniendo fin a una enfermedad que durante décadas dejó a cientos de personas con parálisis permanente y causaba entre el 5 y el 10% de las muertes en menores de cinco años por parálisis de los músculos respiratorios.
Además, en enero de 2014, un comité internacional de expertos certificó al país como libre de sarampión, rubéola y síndrome de rubéola congénita (condición que durante el embarazo puede causar sordera congénita o retraso en el desarrollo intelectual del bebé, entre otras afectaciones graves). Hoy, Colombia mantiene por doce años consecutivos esta certificación, considerada uno de los indicadores más exigentes del desempeño sanitario, gracias a uno de los programas de vacunación más robustos de la región.
Sin embargo, estos logros no son irreversibles. Cuando una enfermedad desaparece del paisaje cotidiano, la percepción de riesgo se debilita y, con ella, la motivación para vacunarse: a esto se le conoce como la “maldición del éxito”. Para entender sus consecuencias, es útil el concepto de R0, que indica cuántas personas puede contagiar en promedio un individuo infectado en una población sin inmunidad. El sarampión, el virus más contagioso conocido, tiene un R0 de entre 12 y 18, lo que exige que al menos el 95% de la población esté inmunizada para interrumpir su transmisión y proteger a quienes no pueden vacunarse, como recién nacidos o personas inmunocomprometidas. A esto se le llama inmunidad de rebaño.
Cuando las coberturas de vacunación caen por debajo de ese umbral, la inmunidad alcanzada se pierde, como ha ocurrido recientemente con la reaparición del sarampión en países como México, Estados Unidos, Canadá, España y Reino Unido. Solo en las Américas, en 2025 se registraron cerca de 15.000 casos, 32 veces más que en 2024. En Colombia en 2026 se han reportado 4 casos importados, situación que no se registraba desde 2019. Mantener coberturas altas y sostenidas en el tiempo es, por tanto, una condición indispensable para preservar lo alcanzado.
¿Cómo prepararse ante una nueva potencial pandemia?
La pandemia de COVID-19 evidenció tanto la capacidad de la ciencia para responder a una crisis como sus limitaciones en velocidad y equidad. En respuesta, la Coalición para la Preparación frente a las Epidemias (CEPI) formuló la 100 Days Mission, que plantea el objetivo de desarrollar vacunas en tan solo 100 días desde la identificación de un nuevo patógeno con potencial pandémico.
Lograr la meta exige condiciones que deben construirse antes de que llegue la emergencia: plataformas de ARN mensajero y vectores virales ya probados, vigilancia genómica en tiempo real, capacidad de producción escalable y coordinación regulatoria internacional. La preparación, en otras palabras, no empieza solo cuando el virus aparece, sino desde ya.
Sin embargo, el avance tecnológico por sí solo no garantiza el éxito de una estrategia de vacunación. Según Zulma Cucunubá, directora del Instituto de Salud Pública de la Pontificia Universidad Javeriana, “la sostenibilidad de los logros en vacunación depende menos del tipo de tecnología y más de nuestra capacidad para traducir los avances científicos en confianza y acción en las comunidades”.
Construir esa confianza exige relaciones sostenidas en el tiempo entre la ciencia y la sociedad, en las que grupos de investigación, semilleros estudiantiles y actores locales desempeñan un papel central al traducir los hallazgos científicos en respuestas concretas para las comunidades. Como advierte la profesora Cucunubá, “la confianza no se impone; debe construirse a través de relaciones consistentes, comunicación transparente y la participación activa de actores locales”.
Desde el experimento de Jenner en 1796 hasta la misión de los 100 días, la historia de la vacunación es, en el fondo, mucho más que un relato sobre un descubrimiento científico. Es la infraestructura que la hace posible, la confianza social que la sostiene y la voluntad colectiva de mantenerla generación tras generación. Cuando estos tres elementos se alinean, las enfermedades retroceden, pero cuando alguno falla, regresan. Mantener esa alineación es, en última instancia, un compromiso de todos, como lo recuerda cada año la Semana de la Vacunación en las Américas y la Semana Mundial de la Inmunización.



