Como si se tratara de una carrera armamentista, la evolución dota de atributos excepcionales a las especies, en procesos que duran miles de años. Esto es particularmente desafiante cuando esos organismos son sacados de su contexto e introducidos en otros donde les ganan a sus competidores nativos y pueden representar un riesgo para su existencia. Esto es lo que se llama invasión biológica y para los seres humanos, ha sido difícil encontrar formas de manejarla. No obstante, los Parques Nacionales Naturales de Colombia (PNN) podrían ser el lugar ideal para experimentar cómo hacerlo.
Desde hace más de una década, científicos de la Escuela de Restauración de la Pontificia Universidad Javeriana y de Parques Nacionales vienen haciendo del Santuario de Fauna y Flora (SFF) Otún-Quimbaya un laboratorio para hacerle frente a una especie potencialmente invasora: la matandrea, también conocida como mariposa blanca, cuyo nombre científico es Hedychium coronarium.

Este esfuerzo colaborativo por resolver un acertijo biológico se ha vuelto parte integral de la educación de estudiantes de las áreas ambientales. Pesquisa Javeriana dialogó con guardaparques, investigadores y estudiantes que han hecho parte de este proyecto.
Una invasión por venir en los Parques Nacionales
En Colombia se han declarado oficialmente 26 especies como invasoras. Es un listado diverso que incluye desde el canutillo hasta el caracol de jardín. La matandrea, como muchas otras, no está en este listado, pero está clasificada como una planta de alto riesgo de invasión.
Las especies invasoras, sean o no reconocidas oficialmente como tal, son aquellas que se encuentran fuera de su distribución nativa (a esto se le denomina especies exóticas) y que tienen los siguientes atributos:
- Reproducción rápida.
- Son generalistas, es decir, capaces de aprovechar una amplia gama de recursos.
- Se dispersan con facilidad.
- Son excelentes compitiendo por los recursos disponibles en el ambiente.
- Desplazan a las especies nativas.
Estas características hacen que sean letales para la diversidad nativa, y la matandrea las tiene todas. Pocas personas sospechan que no es nativa de América, tanto así que ha cobrado cierto valor cultural en los lugares donde ha sido introducida. Por ejemplo, fue declarada la flor nacional de Cuba debido a que era usada por las mujeres allí a finales del siglo XIX, durante las guerras independentistas, y se dice que se hacían arreglos con ellas que contenían mensajes secretos.

En realidad, la matandrea proviene de Asia. Es familiar del jengibre y se reproduce principalmente de forma asexual a través de su raíz, que se extiende horizontalmente y da lugar a nuevos individuos, lo cual agiliza su colonización. Su rápido crecimiento y agresivo acaparamiento de recursos hacen que, en poco tiempo, acabe con otras especies vegetales del ecosistema y forme amplios parches donde nada más puede crecer.
La transformación de ecosistemas saludables, biodiversos y heterogéneos hacia espacios productivos degradados ha propiciado las invasiones biológicas. La presencia de especies como la matandrea indican una historia de disturbio que ha afectado la composición de especies, la estructura y la función del ecosistema, por lo que el problema es mucho más profundo. En este orden de ideas, el manejo de especies invasoras es solo una parte de una solución más amplia, la restauración ecológica.
Un laboratorio del tamaño del SFF Otún-Quimbaya
En Colombia se ha detectado en trece departamentos, dentro de los que se encuentra Risaralda, hogar del SFF Otún-Quimbaya. Allí, la matandrea comenzó a crecer de forma preocupante en 2005, pero en 2011 decidieron tomar acción frente al asunto. “La directora del Santuario de ese momento consultó a la Escuela de Restauración sobre si habría algún profesional que estuviera interesado en ir y que supiera de restauración y plantas invasoras”, recuerda Mauricio Aguilar, investigador y profesor de restauración ecológica de la Universidad Javeriana.
Aguilar llevó a cabo diversos ensayos entre 2011 y 2013 para desarrollar estrategias de manejo de esta especie, los cuales derivaron en un protocolo exitoso que permite su erradicación total cuando se aplica correctamente. Dicho protocolo contempla la detección de focos de invasión, la remoción manual de la matandrea, poniendo especial énfasis en la extracción completa de sus raíces, así como la recolección y el picado de la biomasa resultante para su aprovechamiento como abono orgánico. Además, incluye la revegetación mediante el uso de especies nativas y un seguimiento continuo mediante monitoreo.
“Los PNN tienen condiciones que hacen que la experimentación sea muy fácil. Tienen los problemas, pero también los terrenos, operarios y metas concretas, que muchas veces representan recursos”, explica.

Otún-Quimbaya se convirtió en el lugar idóneo para la experimentación con el manejo de esta planta pues, a diferencia de otros lugares de Colombia, el área que ha colonizado es de alrededor de 4 hectáreas, bastante pequeña con respecto a la invasión en otras zonas. Esto hace que el asunto sea más manejable y da licencia a que el proceso de investigación se pueda realizar en el tiempo que necesite, a pequeña escala, para que los resultados se puedan aplicar en contextos donde la invasión es más severa.
“La matandrea está en todas partes. La colonización que ha tenido en la cuenca del río Otún es de locos. Aquí hay muchas oportunidades para hacer investigación y restauración, y a partir de los estudios que está haciendo la Javeriana se podría generar una base para hacer planes de manejo de esta planta a nivel regional”, propone Juan Camilo Mantilla, biólogo encargado de investigación y monitoreo en el SFF Otún-Quimbaya.
Si bien en la actualidad la matandrea no ha sido erradicada del todo en esta área protegida, la Escuela de Restauración de la Javeriana, ha gestionado las pasantías de múltiples estudiantes para que puedan seguir descifrando la mejor forma de restaurar zonas afectadas por esta planta antes de que sea demasiado tarde. En el último semestre de 2025 se realizaron tres prácticas alrededor de este tema.
La primera, llevada a cabo por la estudiante de Biología Paola López, evaluó la diferencia en el rebrote y la colonización de especies nativas entre parcelas donde se aplicaron distintos métodos de erradicación de la matandrea. Natalia Cossio, de la carrera de Ecología, estudió cómo gestionar la materia vegetal resultante de la erradicación para obtener compost que pueda ser usado de manera segura en cultivos. Otra practicante de Ecología, Sara Soto, le dio un giro social a su trabajo de grado y comparó la gobernanza de dos procesos de manejo de la matandrea en la región.
Se planea que el proceso de investigación y educación profesional de la mano del SFF Otún-Quimbaya permanezca abierto por mucho tiempo más. Aún hay muchas preguntas acerca de cómo las disciplinas socioambientales pueden acercarse a las invasiones biológicas. “Las áreas protegidas son ‘mangos bajitos’”, concluye Aguilar, es decir, sitios donde se pueden lograr avances importantes para el conocimiento y la gestión con mucha facilidad. Eso sí, todo depende de que haya estudiantes e investigadores animados por hacerlo.



