Recorrer el Canal del Dique por tierra consiste en impresionarse una y otra vez. El cuerpo de agua que se deja ver entre los árboles y humedales que lo separan de las carreteras, a veces pavimentadas y, en su mayoría, destapadas y llenas de barro, podría engañar a quien no conoce su historia. Sus cerca de 100 metros de ancho y 115 kilómetros de largo hacen que sea difícil pensar que es una construcción humana.
Desde el cielo es otra historia. Todo aquel que haya viajado por aire a Cartagena puede reconocer que en su bahía desemboca lo que parece ser un río, demasiado recto y uniforme como para haber sido obra de la naturaleza.

Actualmente avanza el estudio de impacto ambiental de una nueva intervención de gran magnitud sobre el Canal del Dique: el proyecto Ecosistemas del Dique, que busca regular el caudal del canal y, al mismo tiempo, reconectar algunas de las ciénagas ubicadas a lo largo de su recorrido. El estudio está liderado por investigadores del Instituto Javeriano del Agua, quienes están aplicando una metodología novedosa que involucra las voces de los pescadores de la zona para evaluar el impacto ambiental de la obra.
Casi cuatro siglos de historia
La primera vez que la bahía de Cartagena recibió agua dulce fue el 20 de agosto de 1650, día en el que se inauguró el Canal del Dique. Esta megaobra colonial surgió para suplir la necesidad de acortar el recorrido que hacían los barcos cargados de mercancías desde la bahía de Cartagena, por la costa, hasta Barranquilla, para alcanzar la desembocadura del Magdalena. Era un recorrido trabajoso y peligroso, sobre todo por la presencia de piratas que patrullaban la zona en busca de botines. Así, se decidió abrir un canal para atravesar directamente desde La Heroica hasta el río.

La conexión, que partía desde el Magdalena, en la actual población de Calamar, Bolívar, hasta la bahía de Cartagena, se daba a través del inmenso sistema cenagoso que separa el río más grande del país con el mar. El trabajo de los españoles consistió en construir pasos lo suficientemente profundos y anchos entre ciénagas como para permitir el cruce de embarcaciones. Con el correr de los siglos, el canal fue intervenido cerca de 18 veces, con el fin de rectificar su curso y optimizar el transporte.
Esta serie de intervenciones llevaron a un panorama actual complejo. Para entender ese escenario hay que iniciar en las turbulentas aguas del Magdalena. Su color recuerda al café con leche, pero ¿por qué el agua se vea así? Resulta que, a medida que el agua fluye, va arrastrando consigo sedimentos, es decir, partículas de material sólido que viajan suspendidas en el agua, junto a algunos componentes, como grava, arena gruesa o piedras, que van arrastrados cerca del fondo. En el caso de este río, este contenido es enorme.
Al llegar a Calamar, parte del agua del Magdalena se desvía por el Canal, junto a toneladas de sedimentos. Estos no solo se asientan en el fondo del Dique y la bahía de Cartagena, sino también en las ciénagas, que se han ido secando por cuenta de los sedimentos. A esto se suma la llegada de especies invasoras y la sobrecarga de nutrientes. El Canal cuenta con dragado constante, un proceso en el que se sacan los sedimentos del fondo con maquinaria pesada y así asegurar la profundidad necesaria que permita el paso de embarcaciones. Pero el sistema cenagoso no corre con la misma suerte.
Pablo Velásquez, presidente de la Asociación de Pescadores de Puerto Badel, Bolívar, recuerda cómo lucía ese cuerpo de agua, uno de los más importantes para su subsistencia: “la ciénaga de Palotal era hondísima ¡Era como un mar! Ahora uno alcanza a pararse en cualquier parte”.
Otra megaobra para corregir los errores
El flujo de sedimentos le cuesta miles de millones al Estado colombiano anualmente, por eso se creó el proyecto Ecosistemas del Dique, concesión que asumió la empresa Sacyr, que trabaja de la mano con la Agencia Nacional de Infraestructura (ANI). Es un esfuerzo por reducir el caudal y la cantidad de sedimentos del canal, mientras procura devolver la conectividad entre ciénagas, parcialmente rota a causa del Dique.
Si bien el proyecto contempla 36 obras en total, que incluyen diques, realces viales, controles de flujo y trabajos de interconexión, entre otras cosas, el grueso del proyecto se centra en dos complejos de esclusas que regularán la entrada y salida del agua por el canal. El primero se ubicará en Calamar, donde se controlará la entrada de agua desde el río Magdalena. El segundo en Puerto Badel, Bolívar.
Como es de esperar, un proyecto de tal magnitud tendrá impactos sociales y ecológicos enormes, por lo que la Autoridad Nacional de Licencias Ambientales (ANLA) requirió hacer un estudio de impacto ambiental con una metodología específica para abarcar la complejidad de la zona y de las obras. Para lograrlo, la empresa Sacyr solicitó la consultoría del Instituto Javeriano del Agua.
Como explica la ecóloga Samia Milena Salomón, el reto de evaluar el impacto ambiental del proyecto es entender a detalle el funcionamiento del sistema. Para esto, el equipo de la Pontificia Universidad Javeriana adelanta un modelo integrado que pueda representar teórica y (en parte), numéricamente, la relación entre las cientos de variables y componentes que hacen parte de Ecosistemas del Dique.

Evaluar el impacto de una megaobra a partir de los pescadores
Una de las variables más dicientes, a nivel social y ecológico, son los peces. Son parte fundamental del día a día de las comunidades del Dique, y, a su vez, hablan del estado del canal y las ciénagas. “Nuestra función aquí es decir qué le va a ocurrir a la comunidad de peces con las construcciones que vienen”, explica el profesor javeriano e ictiólogo Saúl Prada. Junto con su colega, Omar Melo, asumió la tarea de estudiar las dinámicas y condiciones de los peces en estos ecosistemas.
Esta tarea la hacen a través de los ojos de quienes más las conocen: los pescadores. La decisión de recurrir a su mirada surge de la falta de información específica acerca de los peces en la zona. “Ya hemos recolectado información bibliográfica para zonas aledañas. Esta se puede validar y complementar con los diálogos, porque no hay información propia para la zona”, aclara Melo, “siempre es importante robustecer lo que sabemos y llegar a lo más cercano a la realidad del territorio”, concluye.

Se espera que estos diálogos — que se realizarán con asociaciones de pescadores a lo largo de las ciénagas del Dique y que incluyen una serie de preguntas alrededor de las dinámicas de los peces, como las épocas de migración, lugares de desove y crianza, así como especies comunes y especies que han desaparecido a través de los años— aporten a la comprensión de los ecosistemas afectados por el canal del Dique, de cara al licenciamiento de la megaobra y su posible construcción, que tomará cerca de cuatro años.



