En una de las escenas más icónicas del cine de ciencia ficción, Thomas Anderson, abre sus ojos dentro de una cápsula llena de un líquido rosáceo y viscoso. En un intento por respirar, estira su mano hasta romper la delgada membrana que sella la cápsula. El dispositivo que lo contiene y se enchufa a su cuerpo es una charada del útero materno, que lo mantiene vivo solo para explotar su energía. En estos minutos de la primera película de la saga Matrix, el protagonista (Anderson) renace como Neo y es capaz de comprender realmente cómo es la relación entre humanos y máquinas.
Para Wilmar Roldán, teólogo y profesor de la Pontificia Universidad Javeriana, estas escenas de la saga funcionan como un guiño a la resurrección mesiánica y como profecía de la relación actual entre humanos y tecnología. En un mundo donde es casi imposible imaginar la cotidianidad sin las tecnologías, investigadores como Roldán y José Edwin Cuellar, director de la maestría en Bioética de la Javeriana, proponen a la espiritualidad como una herramienta para vivir plenamente desde la humanidad. Una postura que toma distancia de otras que entienden los desarrollos tecnológicos como fines en sí mismos.

Las tres dimensiones del ser humano
Para entender el rol de la espiritualidad en una vida mediada por la tecnología, es importante precisar qué somos los seres humanos. Para Cuellar, podemos ser estudiados en tres dimensiones articuladas: una físico-corporal, una intelectual y emocional, y una última, espiritual.
La dimensión físico-corporal incluye nuestra anatomía y fisiología. La intelectual y emocional es donde habitan el pensamiento y la mente. Y la dimensión espiritual es entendida como el alma “encarnada”, es decir, que está ligada necesariamente a un cuerpo, y que, a su vez, está conectada a otras almas del mundo. La espiritualidad es, entonces, el estudio de esta última dimensión, en interacción con las otras.
Ahora, la encarnación del alma supone que el aspecto tangible (cuerpo) e intangible (alma) del ser humano son indivisibles, e intentar separarlos, para Cuellar, es un error. En esa convivencia habita la experiencia humana y la posibilidad de trascendencia por medio de su descubrimiento, un camino que involucra preguntas existenciales, como: ¿Quién soy? ¿Qué hago aquí?, y, ¿para dónde voy? Atravesar estos interrogantes abre la posibilidad de que la persona desarrolle una consciencia universal.
Matrix, un relato mesiánico
En Neo, ¿elegido o el nuevo hombre? La presencia de lo religioso en The Matrix, un capítulo publicado en el libro Teologías y nuevas antropologías, el profesor Roldán postula que la saga de las hermanas Wachowsky es, justamente, una forma de dar respuesta a esas preguntas. Para hacerlo recurren a un relato mesiánico con un “perfil altamente religioso” desde credos como el cristianismo, el budismo y el hinduismo.

En la trama de la saga se pueden hacer un sinnúmero de paralelismos. En la historia de Neo se puede leer la de Jesús, donde Morfeo juega la figura de Juan el Bautista —quien le da la pastilla azul al protagonista y un nuevo nombre—; el Oráculo — la mujer con quien se encuentran a lo largo de la película—, es una profeta, y Cypher, quien traiciona la misión, es Judas.
“La finalidad que tiene esta película no es hacer a la gente religiosa, sino rescatar algo que es muy propio del ser humano: su vida interior”, aclara Roldán. En el caso de Matrix, la profecía es la de un mundo donde la tecnología esclaviza a la humanidad para perpetuarse a sí misma, y el propósito de Neo es resolver esa relación —no únicamente a través de la lucha física contra las máquinas—, sino a través de su despertar espiritual.
La tecnología como medio, no como fin
El mundo en el que Neo despierta es uno en el que el cuerpo ha sido separado de la mente y el alma. En la película, las máquinas han vencido a la humanidad y utilizan los cuerpos humanos como fuente de energía, al conectarlos a programas que proyectan realidades virtuales ficticias e impiden la verdadera experiencia humana. En este sentido, el profesor Roldán sostiene que aquí la historia nos habla de un revés en la relación humano-tecnología: esta última ya no es una herramienta para mejorar y asistir la experiencia humana, sino que se ha convertido en un fin.
La relevancia de la profecía de las hermanas Wachowsky radica en esta subversión del sentido de la tecnología, explica Roldán. Por eso, para Cuellar, la tecnología es un medio legítimo cuando está al servicio de un bien mayor. Por ejemplo, los implantes cocleares creados para que personas sordas puedan recuperar la escucha, o los exoesqueletos robóticos diseñados para ayudar a la movilidad del cuerpo.
Por el contrario, cuando la tecnología se vuelve un fin en sí misma, se tergiversa su naturaleza. Para explicar la sutil diferencia entre la tecnología como fin y como medio, Cuellar usa el siguiente ejemplo:
“Imaginemos que un ingeniero quiere crear una herramienta tecnológica grandiosa. La primera pregunta que debemos hacerle es: ¿para qué?, ¿cuál es el fin? Y hay dos respuestas: para que ella sea grandiosa, es decir, crear una tecnología que en sí misma responda a todas las inquietudes que tiene el ser humano (sexuales, económicas, laborales, románticas, etc.). Este es el caso de una tecnología que busca fortalecerse a sí misma y se convierte en un fin. La otra respuesta puede ser: para mejorar el bienestar humano”. En el segundo caso, hablamos de la tecnología como medio.
La tecnología, usada como fin, ha permeado los titulares de la prensa, desde casos de ansiedad, confusión y pérdida de contacto con la realidad después de interacciones intensivas con modelos de inteligencia artificial, comúnmente descritos como psicosis por IA, o el creciente número de aplicaciones que prometen parejas virtuales diseñadas ceñidamente a imagen de los deseos del usuario, y se saltan las complejidades de establecer un vínculo romántico con un ser humano de verdad.
“Hoy en día perfectamente podemos transpolar elementos religiosos al manejo que tiene la tecnología en la sociedad. Hay templos, lugares religiosos, relaciones, textos, ritos y mitos que son los que componen la estructura perfecta de una religión que hoy podríamos llamar la religión de la tecnología”, asegura Roldán. “El gesto de las personas de bajar su cabeza para ver el celular es netamente religioso. En el judaísmo y el cristianismo, al único al que se le baja la cabeza es a Dios. Hoy en día le bajamos la cabeza al celular”.
Hackear el juego
Frente a este panorama, tanto Cuellar como Roldán llegan a conclusiones similares. En la saga Neo es un hacker que descubre que la realidad es manipulable y que su verdadera fuerza no está en el código, sino en su capacidad de amar. Trinity, quien representa el espíritu del amor redentor, es quien lo resucita y le permite cumplir su propósito. Roldán sugiere que este es el gran llamado de atención de la película: “El inteligente eres tú, la máquina es solo el instrumento”.
Por su parte, Cuellar propone convertirnos en “hackers del juego”. En la estructura social actual, existen creadores, programadores, supervisores y consumidores pasivos del sistema. El hacker es aquel que se hace consciente del juego, que no reacciona por impulso, sino que es proactivo, reflexivo y crítico. Ambas propuestas requieren del esfuerzo por realmente dialogar con el mundo que nos rodea y con el otro, así esto represente complejidades y dificultades que el uso de la tecnología pareciera saltarse.




