Rodolfo Llinás, la pregunta difícil

Rodolfo Llinás, la pregunta difícil

A partir de hoy, los colombianos tendrán la posibilidad de conocer cómo fue que el neurocientífico bogotano Rodolfo Llinás Riascos se convirtió en uno de los cerebros colombianos que se ha sumergido por muchos vericuetos de ese órgano humano indescifrable para entender su funcionamiento y plantear posibles curas a enfermedades que aún son un misterio.

Desde que se decidió a escribir el libro sobre el médico javeriano Llinás, el periodista científico –también javeriano– Pablo Correa Torres sabía que se enfrentaba a muchas preguntas difíciles. Quizá también a situaciones difíciles, porque a Llinás hay que aprender a conocerlo, como lo hizo su abuelo, el psiquiatra Pablo Llinás, quien con la paciencia del santo Job respondía todas y cada una de las preguntas difíciles que le formulaba su nieto. Preguntón, pero además escéptico. La duda es esencia de la filosofía y de la ciencia, y Rodolfo Llinás, el protagonista del libro de Correa, la ejerce en cada momento de su vida.

Luego de dar las puntadas precisas para entender la infancia y la juventud de Llinás, en anécdotas que demuestran una curiosidad inagotable y el decidido carácter ­–a veces obstinado– de su personaje, el autor va explicando pausada y serenamente las preguntas difíciles que Llinás le hacía a la vida, como saber qué sueña un ciego, cómo ven las ranas o los gatos, cómo se relacionan las neuronas en el cerebro, dónde habita la conciencia, qué está pasando en el lejano universo. Aunque esta última pregunta responde más a uno de sus hobbies, no dudó en construir un gran observatorio en su casa de Woods Hole, Massachussetts, para detallar la Vía Láctea y otras galaxias. Sus preguntas son infinitas y aunque ha podido responder a muchas de ellas, aún son innumerables las que le faltan por resolver.

La original postura frente al mundo que lo rodea y un inteligente argumento para discutir cualquier tema que se le plantee, sustentan los debates que promueve Llinás. Le encanta generar controversias científicas con cada descubrimiento al que ha llegado en su vida profesional. Y para rastrear algunos casos, Correa debió viajar por varias ciudades estadounidenses, europeas y colombianas, buscando respuestas en otros científicos que pasaron por la vida de Llinás en algún momento. Una de sus colegas científicas lo define así: “Es muy creativo. Siempre tiene un punto de vista diferente”.

Correa se adentra, entonces, en cada proyecto de investigación, cada proceso, cada obstáculo y cada triunfo y los va explicando de la misma manera como relató la vida familiar y social de Llinás: con soltura, describiendo, narrando, contando la ciencia. Y trae sorpresas de procedimientos realizados en pacientes con trastornos neuropsiquiátricos, como el caso del multimillonario que le regaló un poderoso magnetoencefalógrafo por haber curado a su hermano esquizofrénico.

A pesar de los esfuerzos de Llinás por lograr una Colombia mejor educada, donde la investigación científica sea el eje del futuro, el libro Rodolfo Llinás, la pregunta difícil evidencia su profundo desconcierto por los intentos fallidos. Llinás ha triunfado en el planeta, pero en Colombia, a pesar de ser uno de los pocos iconos conocidos de la ciencia nacional, todos lo escuchan pero finalmente lo que propone queda a medio camino. Así no se puede.

Quizá porque a sus 80 años Llinás sigue trabajando incansablemente, el libro termina con la historia que lo unió con el artista plástico Carlos Jacanamijoy, como redondeando las respuestas a un mundo de preguntas desde diferentes miradas, como lo hacen la ciencia y el arte. Aún habrá mucho por contar sobre Llinás muy seguramente, como ciertos secretos que Correa descubrió pero que resolvió dejar en el silencio de la intimidad que se respeta.

Presentación del libro Rodolfo Llinás, la pregunta difícil

A cargo de: Alejandro Gaviria
Fecha: martes 28 de noviembre de 2017
Lugar: Librería Lerner. Carrera 11 # 93ª-43, Bogotá, D.C.
Hora: 6:30 pm

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Gustavo Perea Insaciable deseo de aprender

Gustavo Perea Insaciable deseo de aprender

La relación de Gustavo Perea con la investigación es relativamente reciente, pero tiene sus raíces en una mucho más antigua y profunda: su relación con el conocimiento, cuyo recuerdo más lejano se ubica cuando él cursaba cuarto de primaria.

De esa época, Gustavo recuerda una conversación con su profesora en el Gimnasio Farallones que marcó su vida académica. “Mi hermano ya había pasado por ese curso porque estaba dos años adelante mío. Cuando la profesora llamó a lista me dijo: ‘¿Eres hermano de Darío?’, contesté que sí y me dijo que él era muy buen estudiante y que esperaba que yo también lo fuera”.

Darío era el referente académico en su familia, el de mostrar por sus logros escolares. “Siempre lo admiré en silencio”. A partir del ejemplo de su hermano y de la sentencia de su profesora, Gustavo empezó a apropiar herramientas que fue integrando a su aprendizaje. “Me volví amante del conocimiento, de la responsabilidad, de ‘ser bueno’”. En el bachillerato siempre fue el mejor estudiante y, sumando reconocimientos, fortaleció su relación con el saber. “Es un amor por querer estar cada día más empapado de conocimiento”.

Ese deseo insaciable de aprender llevó a Gustavo no solo a estudiar Derecho —se graduará en mayo próximo—, sino a aprovechar la doble titulación que ofrece la Javeriana Cali, e ingresar a Filosofía, carrera en la que cursa cuarto semestre. En medio de ese proceso, en 2013 se encontró con la investigación. “Ingresé al grupo De Humanitate como monitor del proyecto Responsabilidad social empresarial a la luz de la doctrina social de la Iglesia, y en 2014 pasé a ser miembro del semillero de investigación del grupo, adscrito a la Facultad de Humanidades y Ciencias Sociales”, punto de encuentro de las dos disciplinas que estudia.

Durante estos tres años, su producción académica ha merecido diversos reconocimientos. Además de haber sido beneficiario de la convocatoria de semilleros de investigación de Colciencias en 2014 y de la convocatoria interna de la Universidad en 2015 —participando en el semillero Wittgenstein—, ha publicado un capítulo del libro Semillas de Wittgenstein. Gracias a su paso por el semillero de Derecho Procesal, participó exitosamente en un foro sobre el tema, fue ponente del Nodo Suroccidental de la Investigación Sociojurídica en 2015 y, en el campo de la filosofía, a partir de su trabajo sobre Ludwig Wittgenstein, ha sido conferencista en Bogotá, Cali y Lima.

A sus escasos 25 años, Gustavo es hoy asistente del Departamento de Humanidades, donde acompaña, promueve y fortalece todos los procesos de los semilleros. Y, como cuando estaba en cuarto de primaria, no ha perdido la costumbre de ganarse la confianza de los docentes que encuentra en su camino. “La mayoría de estudiantes se queda con lo de clase y ya”, comenta Ana María Giraldo, docente del Departamento de Humanidades y quien inició con G
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ustavo el semillero sobre Wittgenstein. “Él está abierto a distintas formas de conocimiento, diferentes actores, distintas maneras de investigar y eso permite enriquecer mucho todo el conocimiento que recibe”.

En ese proceso, donde la investigación es ahora su campo de acción, la fuerza de su relación con el conocimiento jamás ha mermado. “Hace poco, en la biblioteca, miraba los libros y decía: ‘Ojalá pudiera tener el tiempo y la facilidad para leer al menos la mitad de los libros de uno de esos estantes’. Eso me atrae muchísimo, me exhorta a comprender”.

Y aunque algunas cosas no han cambiado desde su niñez, incluyendo su admiración por su hermano Gustavo, tiene claro algo que sí cambió la forma como lo ve su familia: “Ahora soy yo al que mandan a otro país a presentar ponencias, el que escribe libros. Ahora soy yo el referente académico”.

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Ángela Calvo de Saavedra. La verdadera filosofía es conversación

Ángela Calvo de Saavedra. La verdadera filosofía es conversación

Caricatura de Ángela Calvo de Saavedra
Caricatura de Ángela Calvo de Saavedra

Rodeada de sus ocho gatos persas, de libros, de los recuerdos que abundan en el caserón inglés estilo Tudor donde nació y donde espera vivir hasta el último día, Ángela Calvo piensa que, si algo no ha dejado de hacer desde que se graduó como filósofa de la Pontificia Universidad Javeriana, ha sido dictar clase. Por eso si alguien le pregunta quién es Ángela, ella responde sin dudarlo: “¡Yo soy maestra!, a ello he dedicado mi vida desde 1981”.

Su vocación pedagógica se remonta, por un lado, al ambiente culto que respiraba en la familia tradicional bogotana en la que creció; por el otro, al San Patricio, el colegio donde estudió: “un lugar fantástico que marcó mi estilo de vida, mi manera de pensar”, dice. Allí valoraban las humanidades y, en particular, la tarea del educador y así decidió estudiar filosofía y letras. “Me encantó el mundo de las preguntas por la existencia, la cuestión ético-política que, de hecho, ha sido el eje de mi trabajo académico”.

Desde que entró a la Javeriana como estudiante se sintió en casa, y por eso ha permanecido allí hasta la actualidad. Era la década del setenta, una época marcada por Mayo del 68, cuando era crucial la pregunta sobre el papel del intelectual en la transformación de la sociedad, tanto para estudiantes como para docentes. “Mis profesores eran muy generosos con el saber, con la bibliografía, y si bien eran autoridades en sus temas, mantenían una relación muy cercana con los estudiantes. La coyuntura política de aquel entonces invitaba a que los filósofos fuéramos muy activos y participativos, y el escenario idóneo era el entorno universitario. Vivíamos una época de entusiasmo y compromiso con las posibilidades de la filosofía. El maestro no se enfocaba tanto en la investigación, sino en el pensar, en conversar y debatir, y yo debo reconocer y agradecer que tuve maestros realmente excepcionales”. Maestros que a través del diálogo le enseñaron que la filosofía hay que mirarla en el conjunto de la cultura, no como algo que surgió “de unos genios que se encerraron a escribir y a inventar el mundo”.

“Si la filosofía no nos permite vivir de una manera más razonable, es poco lo que pueda aportar”
“Si la filosofía no nos permite vivir de una manera más razonable, es poco lo que pueda aportar”

De sus años como estudiante conserva en su memoria el testimonio de personas apasionadas por la enseñanza de la filosofía. En sus palabras, destaca “los aportes de mis colegas y amigos de la Facultad de Filosofía”, y recuerda con especial cariño y admiración a Fabio Ramírez S. J., Gerardo Remolina S. J., Jaime Barrera, Alicia Lozano y, especialmente, a su gran mentor y amigo, Guillermo Hoyos. Este último fue su maestro de pregrado y, años después, su director de tesis doctoral. Con él dictó durante diez años, hasta poco antes de su muerte, un seminario a dos voces sobre filosofía moral y política.

El diálogo entre profesores y estudiantes estaba iluminado por los grandes pensadores de la tradición filosófica, y fue allí donde surgió el encuentro apasionante con David Hume. “A Hume llegué porque cuando empecé a hacer mi tesis doctoral, que la hice por gusto, no por una exigencia laboral, Guillermo Hoyos me dijo: ‘Mira, podríamos trabajar a Habermas pero tú no hablas alemán’. ‘Y no voy a aprender’, le contesté. Entonces me dijo: ‘hay que buscar un autor que tú puedas leer en su lengua original’. Cuando en mi pesquisa encontré a este filósofo escocés, me emocioné enormemente y supe que sobre él sería mi tesis. No era un autor muy trabajado, no lo es todavía”.

De Hume le atrajo descubrir cómo la verdadera filosofía es conversación y tiene un papel fundamental en la configuración de ciudadanía, idea que le pareció poderosa y atractiva. A través de él se percató de la importancia de la sensibilidad moral, de los sentimientos y las emociones en la ética y la política. En vista de que la bibliografía en español era poca, decidió viajar a Inglaterra como investigadora invitada por el Birkbeck College de la Universidad de Londres, allí pasó días enteros a punta de agua y manzanas en la British Library y en el Senate House. De sus visitas quedaron múltiples cuadernos que hoy son para ella verdaderas joyas. Esta tarea la complementó en la biblioteca Lamont de Harvard, un lugar que la hizo sentir en el topus uranus.

“Si la filosofía no nos permite vivir de una manera más razonable, es poco lo que pueda aportar”
“Si la filosofía no nos permite vivir de una manera más razonable, es poco lo que pueda aportar”

La elaboración de su tesis duró diez años, un tiempo que para muchos puede ser una exageración pero que para ella apenas fue el necesario para conocer en profundidad al autor. “Tenía clarísimo que tenía un nombre que cuidar y por eso le puse a este trabajo todo mi corazón, como si fuera la obra de mi vida; había, quizás, un poco de orgullo”, dice. La tesis, El carácter de la ‘verdadera filosofía’ en David Hume, que concluyó hace cinco años, fue laureada y por ende publicada en 2012 en la Colección Laureata; así mismo, mereció en 2013 el Premio Bienal al Investigador Javeriano. Su participación en la Hume Society fue decisiva en la elaboración de este trabajo, la cual, en 2014, la eligió como miembro del Comité Ejecutivo, distinción que pocos profesores latinoamericanos han obtenido.

Un dato curioso es que la dedicatoria de la tesis dice: ‘A mis estudiantes’, pues, como ella dice, “sus voces han sido determinantes en la consolidación de mi pensamiento”. Ellos han gozado sus clases tanto como ella, los ha motivado con la idea de que la filosofía se deje escuchar en el concierto de la vida cotidiana. “Si la filosofía no nos permite vivir de una manera más razonable, es poco lo que pueda aportar”, les ha dicho una y otra vez en clase.

Al observar el conjunto de su vida como profesora, Ángela Calvo no duda en afirmar que ha sido feliz, pues ha tenido la fortuna de trabajar en algo que la satisface plenamente. Durante todos estos años, nunca enfrentó el dilema entre trabajo y familia; siempre ha tenido el tiempo suficiente para preparar bien sus clases, para calificar en detalle los trabajos de los estudiantes y para ser buena esposa y una excelente mamá. Su esposo le ha ayudado a que todos sus proyectos salgan adelante, por algo en los agradecimientos de su tesis doctoral dice que “si no hubiera sido por la inteligencia práctica de Germán, probablemente ni la tesis ni la casa, esta casa que tiene 80 años, hubieran sobrevivido todo este tiempo”. A sus hijos les inculcó la autonomía, la libertad, los dejó andar solos y los mimó bastante porque, después de todo, opina que “la vida es muy dura siempre y que una reserva de consentimiento extra no sobra”.

“En síntesis, parafraseando la canción My Way, podría decir que he vivido a mi manera, y la verdad, son muchas menos las cosas de las que tengo que arrepentirme que las que tengo que agradecer en este período de trabajo que ha sido maravilloso”, concluye la profesora Ángela mientras uno de sus gatos le acaricia una pierna con su cola y se va.

Pasión, entrega, honestidad y vocación definen, en palabras de sus familiares y amigos, la carrera de Ángela Calvo

Germán Saavedra (esposo)

Es una persona de una honestidad proverbial en todo sentido: en términos morales, éticos, sociales, económicos. Desde el punto de vista académico le admiro su rigor, su perseverancia, cosa que no es fácil. Ella se sienta a las 9 a.m. y se levanta a las 2 p.m. de su mesa de trabajo, y si es por las noches, por las noches. Dentro del hogar, resalto su amor incondicional por la familia.

Carolina Saavedra (HIJA)

Es una mujer admirable por su capacidad de generar pensamiento y su compromiso con enseñar, investigar y con la filosofía. Me parece una afortunada por poder hacer lo que ama desde hace tantos años y de disfrutarlo, tanto así, que su trabajo no se percibe como un trabajo que implica cansarse, esfuerzo y desgaste, sino que implica pasión y energía, disposición e interés.

El matrimonio de Germán Saavedra y Ángela Clavo, décadas de conversaciones y gran comprensión.
El matrimonio de Germán Saavedra y Ángela Clavo, décadas de conversaciones y gran comprensión.
Juan Samuel Santos (Estudiante y, actualmente, profesor de la Facultad de Filosofía de la Javeriana)

Ha sido una guía en mi carrera; ella me ayudó a encontrar qué temas y qué autores estudiar, de qué forma estudiarlos y la importancia de esos autores y esos temas para hacerme una carrera en la Filosofía. Ha sido una compañera cuando entré a la Facultad de Filosofía como profesor. Y ha sido una amiga con quien he compartido varios episodios de mi vida. La enseñanza más valiosa que aprendí de ella fue a leer con mucha atención a los autores, ser paciente con ellos y con los textos.

Fabio Ramírez (Amigo personal, colega, director de la Biblioteca Mario Valenzuela)

Describir a una persona a la que uno quiere mucho es muy difícil; sin embargo, lo que más destaco de ella es el ser maestra, ella capta a los estudiantes, les dice lo que es importante decirles, les ayuda en la dirección de sus estudios, es una gran maestra. Es una persona que no se calla nada, ella es miembro del Consejo Directivo y yo creo que logra que la oigan sin necesidad de pelear, es muy clara en sus ideas y las dice sin miedo. Ella es uno de los puntos de referencia de la Facultad de Filosofía y, en buena parte, ella es la continuidad de la presencia de Guillermo Hoyos en la universidad.

Gerardo Remolina (Ex rector de la Pontificia Universidad Javeriana y profesor de Filosofía)

En Ángela Calvo admiro su profunda calidad académica y humana, que le han merecido de parte de la Universidad el premio Vida y Obra de una gran maestra. Aprecio profundamente su vocación universitaria e investigativa, la constancia y profundidad en sus trabajos filosóficos y su interés por la educación de ciudadanos responsables y comprometidos con la problemática de nuestra sociedad. Admiro y aprecio, igualmente, su pasión por la filosofía y sus cualidades de docente.

“La vida es muy dura siempre y que una reserva de consentimiento extra no sobra”, dice Ángela Calvo de Saavedra.
“La vida es muy dura siempre y que una reserva de consentimiento extra no sobra”, dice Ángela Calvo de Saavedra.
Emilia Calvo (hermana)

Desde el punto de vista académico, siempre he admirado en Ángela su absoluta integridad y fidelidad a sus valores, su claridad de pensamiento y su creatividad.

Desde el punto de vista intelectual, nuestras paralelas disciplinas, filosofía y psicología, nos han permitido un continuo intercambio de ideas, siempre enriquecedor y en ocasiones encontrando un terreno común de curiosidad y descubrimiento, como ha sido el caso con las ideas de narrativa y constructivismo social. Nuestra creencia compartida en perspectivas múltiples nos ha permitido abordar temas desde nuestro propio punto de vista, pero siempre con interés y respeto por la voz de la ‘otra’. Emocionalmente, nos une un hilo indestructible que, a pesar de la enorme distancia geográfica, nos permite estar siempre conectadas, siempre unidas.

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Héctor Galindo Silva

Héctor Galindo Silva

A unos minutos del apartamento de Héctor Galindo, mientras hablábamos, miles de hinchas del Barcelona y del Real Madrid respiraban profundo, gritaban y se abrazaban en el estadio de fútbol Camp Nou, en Barcelona (España). Millones de aficionados esperaban que Messi ratificara su récord como el goleador histórico de los clásicos. Otros confiaban el juego a Cristiano Ronaldo, el mejor jugador de 2014. Para Galindo –colombiano, egresado de la Pontificia Universidad Javeriana y doctor en economía de la Universidad de Montreal– daba igual si Messi metía gol o si Ronaldo hacía bien su trabajo. Lo importante para él era su próximo paper científico: plantear un problema, utilizar metodologías de estudio apropiadas, aplicar los hallazgos más allá del papel y enviar el producto a una revista científica.

Héctor estudió antropología durante tres semestres en la Universidad Nacional de Colombia. Después de luchas internas la dejó; pensaba que era una ciencia blanda. Luego estudió física y unos semestres más tarde empezó filosofía. En séptimo semestre, a uno o dos años de ser físico, se retiró y se graduó únicamente como filósofo. El problema –de nuevo– era que la madre de todas las ciencias tampoco llenaba sus expectativas. “Mi mamá me crió con la idea del ensayo-error y eso se reflejó en la universidad”, dice. “Eso estuvo bien, pero me castigó a nivel profesional porque encontré tarde lo que me gustaba”.

Durante la tesis de grado apareció la economía, así que resolvió hacer la maestría con énfasis en economía política. Desde ahí empezó a jugar –literalmente– con la teoría de juegos y la econometría.

En el segundo año de maestría tomó una clase con Jorge Restrepo, profesor de la Pontificia Universidad Javeriana y director del Centro de Recursos para el Análisis de Conflictos (Cerac), quien meses después se convirtió en el tutor de su tesis, la cual demostraba cómo la desigualdad y la polarización económica provocaban los conflictos. Restrepo también le dio trabajo como asistente de investigación y “me metió la idea de producir papers académicos y no solo ideas”.

Con esa enseñanza en el bolsillo, Héctor viajó a Canadá para hacer su doctorado en economía en la Universidad de Montreal. “En el doctorado tenía que tener mis propias ideas”, dice. “También tenía que plantear problemas generales que se pudieran entender más allá de Colombia y aplicarlos, además, a otros países”.

Así, “ensayando y errando”, este economista encontró su piedra filosofal en las áreas de gobernabilidad y conflicto; juntas se podían aplicar no solo a Colombia, sino a países que tienen estructuras similares de representación política, como España o Grecia.

En 2014 dio la estocada final a sus intereses académicos con una investigación que relacionaba los gobiernos de los nuevos partidos políticos colombianos (y sus integrantes) con el gasto público y los ingresos de estos. En pocas palabras, demostró que las gobernaciones de los nuevos partidos en Colombia tenían un mayor gasto público que las gobernaciones de los partidos tradicionales (Liberal y Conservador). Pero no solo eso, el investigador también afirmó que ese gasto fue consecuencia del afán de los nuevos partidos para perpetuarse en las siguientes elecciones mediante la provisión de bienes públicos en acciones populares.

Esa investigación, que pronto será publicada en el Journal of Public Economics, una de las revistas científicas sobre economía pública más importantes del mundo, “es la única buena que yo tengo”, confiesa. “Lo importante en este medio, trabaje donde trabaje el investigador, es publicar en revistas científicas reconocidas. Al fin y al cabo, la academia es un mercado de trabajo”. Punto y pausa: “La clave no es producir mucho; la clave es publicar cosas buenas”, concluye.

Mientras Galindo termina esta frase, en el estadio, luego de que el Barcelona ganara dos contra uno, un hincha catalán dirá seguramente que lo importante no fue hacer muchos goles sino haber ganado.

Actualmente Héctor está en Barcelona haciendo un posdoctorado en el Institute of Political Economy and Governance. Allí hace lo que mejor ha hecho toda su vida: ensayar y errar.


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Alicia Chamorro

Alicia Chamorro

En su pregrado, la tesis y el grado de Alicia Chamorro fueron summa cum laude; el promedio acumulado en su maestría fue de 4,92. Ha publicado un libro, ha participado en varios grupos de investigación, ha sido becaria, fue joven investigadora de Colciencias en el Instituto Pensar, con tutoría de Guillermo Hoyos, y sus propuestas de ponencias se aceptan en cuanto congreso existe sobre filosofía. ¿Cómo hace una filósofa (¡de 29 años!) para sobrevivir en un país donde, como dice el adagio popular, estudiar filosofía es como estudiar enfermedades tropicales en Dinamarca?

Alicia estudió Filosofía y Lengua Castellana en la Universidad Santo Tomás y continuó sus estudios de maestría, y ahora de doctorado –en Filosofía– en la Pontificia Universidad Javeriana. “Esta mujer la tiene clara”, dirán los más optimistas con el dedo pulgar hacia arriba. Sin embargo, cuando escogió su carrera, nuestra científica debutante lo hizo con los ojos medio cerrados, sin convicción ni razones plausibles: “yo me choqué con la filosofía; entré a la facultad sin muchas pretensiones, luego me di cuenta de que me iba bien y seguí”.

Sus respuestas son directas y puntuales: no se demora más de un minuto en cada intervención y no pretende decir más de lo que se le insinúa en una pregunta. En su oficina, en la Facultad de Filosofía de la Universidad Javeriana, tiene tan solo un computador; ni un libro ni una taza para tomar tinto: “me dieron este escritorio porque soy becaria de Colciencias; no he querido tener cosas en él, porque en cualquier momento otra persona lo utiliza”. A su lado, en el mismo cubículo, está su compañero de doctorado; él sí personalizó su espacio: tiene una fotografía de su hijo, libros de filosofía y una agenda, publicaciones y figuras de El Principito de Antoine de Saint-Exupéry. No es que Alicia sea aburrida; simplemente, es una trabajadora empedernida que es consciente del azar y de las circunstancias: “la investigación es un trabajo arduo, pero azaroso”; puede llegar otra persona, o ella misma puede cambiar su pregunta de investigación o sus intereses personales por cualquier razón; entonces, ¿para qué decorar el escritorio?

En medio de ese “eterno devenir”, como dijo Cortázar, lo que salva a Alicia no es la foto de un niño o El Principito; lo que compensa algunos de sus dolores en la vida, parafraseando al filósofo francés Jacques Derrida, es el sismógrafo que detecta los movimientos telúricos internos para pensar y repensar preguntas que parecen obvias. El quid está en pensar en la vida para salvarse de ella.

Ha dedicado buena parte de sus actividades académicas a la investigación, porque la filosofía debe desbordar las clases universitarias, ir más allá del papel de profesor, “tener otros tentáculos”, dice. Por esa razón, después de ser profesora en varias universidades, pasa más tiempo frente a un libro que frente a unos alumnos; más tiempo buscando métodos de investigación que métodos de enseñanza; más tiempo preguntando que respondiendo. Actualmente, sus intereses científicos giran alrededor de la pregunta, desde la antropología filosófica, “¿Cómo se las apaña el hombre para poder sobrevivir?”. Esta pregunta la está desarrollando en el grupo de investigación Filosofía del Dolor, en conjunto con el profesor Luis Fernando Cardona.

“La idea de este grupo es, mediante el trabajo interdisciplinar, pensar las diferentes dimensiones del dolor humano. Mi investigación, con base en lo anterior, pretende encontrar las posibilidades y las formas de compensación del ser humano a través del habitar y del dolor mediante la fenomenología y la hermenéutica”. En palabras más sencillas, entender cómo el ser humano compensa los déficits de su vida (el dolor es uno de ellos) para balancear (mediante la felicidad, el perdón, el consuelo) su situación en el mundo, o como dijo el poeta alemán Friedrich Hölderlin, “donde hay peligro, crece lo que nos salva”.

“Yo creo que seré una científica debutante mientras me guíen algunos profesores; ellos son los que comprenden las dudas que tengo”, confiesa. “Como dice Manquard, tanto hoy como antaño, cursar estudios de filosofía no significa el comienzo de una carrera exitosa, sino el comienzo de una tragedia personal”. Sonríe. “¡Ojalá siga siendo una científica debutante!”.


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