Una ventana a la memoria de los colombianos

Una ventana a la memoria de los colombianos

Queda poco para iniciar la función. Unos diez minutos apenas, antes de que suene el tercer timbre, apaguen las luces y empiece la función. Aún hay tiempo para asegurarse de ocupar la fila indicada, el asiento correcto, y ser testigo de la variada selección de cortometrajes, documentales y videoclips que se reproducirán por primera vez en Centro Ático como parte de la Muestra Audio-Visual Universitaria Ventanas 2019.

Se trata de un espacio creado a inicios del 2005 a manera de laboratorio artístico y cinematográfico que da vida, para algunos, a años de trabajo y, para otros, a solo meses de rodaje; esto, con un fin particular, motivar el intercambio de opiniones y reflexión de estudiantes universitarios de todo el país sobre su creatividad, expresada en propuestas audiovisuales, radiales, publicitarias y fotográficas.

Aunque en principio, este espacio era exclusivo para estudiantes de la Universidad Javeriana, con los años la necesidad de vincular a jóvenes universitarios del resto del país llevó a Maria Urbanczyk, profesora de la Facultad de Comunicación y Lenguaje de la Javeriana y coordinadora del proyecto, a ampliar su visión y apuntarle a una meta mucho más ambiciosa: hacer un encuentro anual para la presentación de producciones audiovisuales y así dar a conocer el talento y conocimiento —a veces oculto– en todas las regiones del país, con un espíritu participativo y fuera de un contexto competitivo.

Para el 2015, Urbanczyk ya había sido curadora y jurado del material presentado en las últimas 11 ediciones de la Muestra Ventanas, junto con un equipo de cineastas, documentalistas, video artistas, artistas sonoros, realizadores de radio, críticos de cine y televisión, académicos. Esa experiencia fue suficiente para que la polaca reconociera un patrón común en cada uno de los trabajos que había evaluado: una mirada constante a la memoria colectiva del país, tejida alrededor de la historia nacional. Es decir, cómo los jóvenes recurrían a sus productos audiovisuales como medio para presentar los significados e imaginarios del pasado en Colombia y las necesidades comunitarias del presente, con la intención de modificar el futuro.

Este tema llamó profundamente la atención de Urbanczyk, lo que la motivó a iniciar un doctorado en Ciencias Sociales y Humanas en la Universidad Javeriana. Su propósito inicial era comprender cómo a partir de las narrativas audiovisuales de trabajos universitarios se construye la memoria en Colombia. Usó como fuente los trabajos que había evaluado en la Muestra Ventanas, por un periodo de diez años, de 2005 a 2014.

“La Muestra Ventanas ha reproducido más de 450 productos audiovisuales a lo largo de sus XV ediciones.”

Fueron más de cien videos analizados. Cortometrajes de ficción, documentales y otros formatos como animaciones, videos experimentales y video clips; días completos reproduciendo una y otra vez los mismos trabajos para construir una matriz de información que le permitiera encontrar características en común y así clasificar los tipos de memoria (memoria de alteridad étnica, memoria del conflicto armado, memoria intergeneracional y memoria de conciencia ambiental). Así, los personajes principales, los escenarios en que se desarrollan los videos y las temáticas y problemáticas abordadas en cada trabajo, le permitieron comprender cómo perciben los jóvenes al país.

“Con frecuencia los videos universitarios no logran transcender las aulas de clase porque quedan archivados u olvidados, y la misma academia parece desconocer el valor que tienen estas obras universitarias como constructoras del sentido, de la memoria y de la comprensión de la complejidad de lo social, lo humano y lo artístico”, menciona Urbanczyk, quien también es una apasionada por la literatura rusa y los dramas polacos.

Los hallazgos

A inicios del 2018, Urbanczyk finalizó la investigación Itinerarios de la memoria colectiva del país en las narrativas audiovisuales universitarias colombianas: Muestra Ventanas 2005 – 2014 , gracias a la cual encontró hallazgos reveladores. Por ejemplo, identificó la reiterada intención de los jóvenes de narrar el conflicto armado en Colombia a partir de experiencias de sufrimiento y dolor como un factor determinante en sus obras, y la importancia de exaltar la paz como un elemento supremo en el pensamiento universitario.

Contar con un panorama nacional también le permitió a la investigadora comprender los intereses narrativos de los jóvenes por regiones. Por ejemplo, identificó la afrocolombianidad y el reconocimiento de las comunidades indígenas como un asunto de especial interés para los estudiantes del Valle y Cundinamarca. De hecho, las muestras audiovisuales presentaron la preocupación por preservar a las comunidades indígenas y la exaltación de características de identidad de los afrocolombianos a partir de sus sonidos, su música -la mayoría del Pacífico- y sus costumbres.

Para sorpresa de la investigadora, los modelos y los estilos de vida contemporáneos que están centrados en el consumo, la tecnología y la inmediatez fue el tema de mayor inconformidad de los estudiantes, pues, su real interés está concentrado en la preservación del medio ambiente.

Con esta información, la investigadora javeriana, quien es miembro del grupo de investigación Comunicación, Medios y Cultura de la Universidad, se propuso crear un producto interactivo para visualizar los videos que analizó en estos años de trabajo y que recogen de manera completa el proceso de producción audiovisual que realizan los jóvenes universitarios, desde el nacimiento de la idea hasta el producto final, la circulación y la socialización del mismo.

Así, año tras año y ahora que se lleva a cabo la XV versión de la Muestra Audio-Visual Universitaria Ventanas 2019 en la Universidad Javeriana del 16 al 18 de octubre, Urbanczyk valida su hipótesis, aquella que dice: “la mayor contribución que tienen los jóvenes universitarios, a través de sus narrativas audiovisuales, es la construcción de memorias de un país multiétnico, pluricultural y multilingüe que está en constante transformación”.

Las diferentes caras del territorio

Las diferentes caras del territorio

Las calles que recorremos, los parques donde juegan los niños, los citadinos centros comerciales, aquellos pueblos donde el tiempo avanza mucho más lento, los campos en donde cultivamos nuestros alimentos, los caminos que pisaron nuestros ancestros y hasta los campos olvidados, todos son espacios en donde construimos nuestra identidad. Ellos conforman esa noción que bautizamos como territorio, el lugar donde lo que ocurre es una fotografía que se suma a la película de vida de cada uno de sus habitantes, con múltiples significados atravesados por la felicidad, el progreso, pero también por la opresión y la violencia.  

De aquí que se generen diferentes lecturas por parte de la academia para explicar el entramado de hazañas que ocurre en los lugares que transitamos a diario. En el XV Congreso La Investigación en la Pontificia Universidad Javeriana, el panel El territorio como escenario de investigación y acción reflexionó sobre los significados y las dinámicas que construimos en cada uno de estos lugares. 

Una conversación que giró en torno al urbanismo, la tenencia y acceso a la tierra en zonas rurales, la restauración ecológica de áreas afectadas, las dimensiones políticas del territorio e, incluso, el cine como documento para leer los espacios que habitamos. 


El urbanismo no siempre es progreso

En las ciudades es fácil toparse con grandes edificios, las particularidades estéticas hacen sobresalir a unos rascacielos más que otros y, según su ubicación, varía no solo la forma en como se ven sino las relaciones que se tejen allí. Sin embargo, en estas urbes, en medio de automóviles, centros comerciales, edificaciones que apuntan cada vez más a la modernidad, el bullicio y el ajetreo, desaparecen espacios que no tienen algún tipo de funcionamiento o actividad. Son los llamados espacios indeterminados.

Con el fin de estudiar los efectos que tienen estos lugares en ciudades como París y Medellín, Doris Tarchópulos, arquitecta y doctora en Urbanismo, estudió su geografía urbana; concluye que por un lado, son lugares que aíslan o dividen partes de la ciudad, causando problemas de inseguridad y violencia, y, por otro, pueden incorporar nuevos contenidos que permiten la generación de dinámicas de integración, convivencia social y manifestación cultural. 

Tanto en Europa como en Suramérica, la investigadora se centró en las periferias urbanas y, concretamente, en sus poblaciones condenadas aparentemente a la exclusión del circuito social (los hijos de los extranjeros de las antiguas colonias francesas y los ciudadanos paisas de clase más baja), pero que, con el paso del tiempo, los gobernantes se vieron obligados a incluirlos en la dinámica urbana por medio de diferentes obras de infraestructura, tanto educativa y cultural como de transporte masivo. 

Por esa misma vía se ubican los trabajos del sociólogo Manuel Enrique Pérez, doctor en Estudios Territoriales, sobre la ‘rururbanidad’ del sur de Bogotá: aquellos territorios intermedios entre la urbe capitalina y el campo colombiano, en donde los habitantes llevan a cabo actividades tanto agrícolas como ganaderas, pero se benefician de la cercanía a la gran ciudad para vender sus productos, beneficiándose, de paso, de los servicios que en ella encuentran.

“Los he bautizado sujetos rururbanos, porque están por fuera de las políticas públicas de territorio”, explicó Pérez, quien en sus 17 años de trabajo con las comunidades de Usme y Ciudad Bolívar ha logrado establecer la existencia de más de 2.500 campesinos. Por eso afirma que la Bogotá de hoy en día es 25% urbana y 75% rural.

Su trabajo ha calado en las discusiones que la administración local ha venido organizando sobre el próximo Plan de Ordenamiento Territorial (POT) y el papel que el sur debe jugar en medio de la expansión urbana que se proyecta a partir de 2019. Y no duda en afirmar: “En algún momento, el sur le va a poner el norte a esta ciudad”.


¿A quién pertenece la tierra en el territorio?

En los territorios rurales el panorama de desigualdad y jerarquías en la tenencia de tierra está fuertemente marcado por dinámicas patriarcales, en donde el hombre es el que provee los recursos y la mujer es quien desempeña las labores del hogar. Por ejemplo, en municipios como Pradera, Florida y Tuluá, en el Valle del Cauca, resulta difícil encontrar a mujeres que tan siquiera entiendan el concepto de ser propietaria o poseedora de tierra. ¿Cuál es la economía ciudadana de las mujeres que viven en estas zonas?, ¿cuál es su participación política y comunitaria?, y, ¿qué implicaciones tiene el hecho de que una mujer sea propietaria de tierra o no?

María Catalina Gómez,  magister en Ciencias Sociales, con su investigación Condiciones de tenencia y acceso a la tierra de las mujeres campesinas del Valle del Cauca, demostró que “el acceso diferencial entre hombres y mujeres a la titulación de la propiedad rural es un grave problema, que afecta no solo la independencia económica de las mujeres y las familias, también la autonomía en otros espacios de la vida social, tanto individuales como colectivos. Son pocos los casos en los que la mujer es propietaria, por ejemplo, cuando son líderes o están separadas”. Las mujeres a quienes se les brinda un territorio logran mejores condiciones de vida, sin embargo, están bajo dinámicas en las que por lo general no son reconocidas. 

Situaciones como estas se han vuelto casi cotidianas en nuestro país, tanto por las jerarquías como también por el conflicto armado, que a su vez ha estado atravesado por conflictos en la tenencia de tierra. Por esto las investigaciones alrededor de los territorios y la paz cada vez son más fuertes, y el Observatorio de Territorios Étnicos y Campesinos de la Facultad de Estudios Ambientales de la Pontificia Universidad Javeriana se hizo presente para relatar su experiencia investigativa de 10 años alrededor de la degradación ambiental y las disputas históricas por la propiedad de la tierra que están conectadas con conflictos ecológicos y de distribución. 

Ellos hacen un llamado a ir más allá de la academia e involucrar a las personas directamente afectadas, pero para esto es necesario prepararse “para conducir con nuestros datos a posibles transformaciones. Ahí estamos desencontrados entre los tiempos de la investigación, los de las comunidades y los institucionales. Quizá los académicos debamos entrenarnos mejor en entender los contextos y en las formas para transmitir nuestros conocimientos”, aseguró Johana Herrera Arango, magister en Estudios Culturales e investigadora del Instituto. 

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En un sentido similar trabajó el Instituto de Estudios Interculturales, de la Javeriana Cali, que, entre sus proyectos, destacó la investigación sobre hacinamiento productivo llevada a cabo en el norte del Cauca, región en la cual el 40% de la tierra productiva está en manos de tan solo el 1% de los habitantes. Allí se encuentra una fuerte presencia de comunidades campesinas, indígenas y afrodescendientes, correspondientes al 77% de la población, quienes viven en microfundios (parcelas de tierra menores a tres hectáreas) con una infraestructura limitada para llevar a cabo sus proyectos agrícolas y ganaderos. Por si fuera poco, su actividad está limitada por las grandes extensiones de cultivos industriales, como la caña de azúcar y plantaciones maderables, la presencia de la minería ilegal y los cultivos de uso ilícito.

Esta caracterización es vital para que las autoridades locales y regionales puedan formular políticas públicas que, en el tiempo, reviertan este “hacinamiento productivo”, y con las que también se garanticen las aspiraciones sociales de un departamento en el que el 62% de su población vive y depende del campo.


La huella humana en el paisaje

La constitución del territorio también incluye la huella que las poblaciones dejan en el ecosistema. José Ignacio Barrera, doctor en Biología Animal, Vegetal y Ecología y director de la Escuela de Restauración Ecológica, lideró el proyecto de restauración ecológica del embalse del Neusa, en Cundinamarca, una investigación desarrollada entre 2014 y 2018 que buscó reestablecer las condiciones de flora y fauna en un área que, desde los años 50 del siglo pasado, fue alterada por la mano del hombre tanto en la construcción de infraestructura hídrica como en la inclusión de especies vegetales foráneas, como el pino espátula.

Este proyecto contempló técnicas de restauración ecológica en las que se plantaron, sobre una extensión de 3.700 hectáreas, diferentes especies vegetales nativas de la zona y se monitoreó su crecimiento y expansión a lo largo del tiempo. Como resultado han visto aumentar las poblaciones locales de árboles, insectos y, en especial, pájaros.


Dimensiones políticas del territorio 

Quienes han sufrido el conflicto armado en Colombia, asumen el reto de prepararse para generar cambios y responder a retos de construcción de paz territorial. Pero en ese camino se enfrentan a diversas políticas, como las extractivas, que limitan su trabajo pero no lo socavan: ahora las expectativas están puestas en una nueva generación, más enérgica, que realice esas aspiraciones y sueños.

Es el caso de del corregimiento de Micoahumado, en la Serranía de San Lucas, Bolívar, lugar caracterizado por la ausencia del Estado y el actuar de grupos armados ilegales que buscan apoderarse de los recursos naturales de la zona, expresamente de su oro y cobre. Allí, los habitantes buscan generar un relevo generacional ante la preocupación de quién asumirá la defensa del territorio. Esta necesidad llamó la atención de Claudia Tovar Guerra, doctora en Ciencias Sociales y Humanas, quien acompañó a la comunidad en la formulación de su plan de formación de nuevos líderes. 

“El amor por el territorio y la defensa por su tierra, el deseo de construir la paz y defender la vida, servir a la comunidad en su ejercicio de liderazgo, buscar el bienestar y la calidad de vida de la comunidad y la educación como una vía para la transformación, aún está en la mira de los jóvenes como lo estuvo en la de sus ancestros”, aseguró la investigadora, quien, no obstante, explicó que, a diferencia de los mayores, quienes encontraban como foco defender la vida, para los jóvenes el proceso político ha sido principalmente a través de una expresión cultural, artística y una acción política directa.

Se trata de los signos de un nuevo tiempo tal y como lo establece Juan Felipe García, doctor en Antropología, uno que necesita repensarse para llegar a una auténtica construcción de la paz. En sus trabajos sobre los liderazgos de comunidades que habitan territorios en disputa, atravesados por el conflicto armado, el investigador ha formulado la necesidad de pensar el país desde una perspectiva diferente: no desde un tiempo nacional, atado a la visión de Bogotá, en el cual predomina el discurso de que la periferia debe insertarse, por la vía de la economía, a la proyección productiva que debe asumir el país.

En su lugar, y basándose en los estudios postcoloniales, García propone pensar “en un tiempo heterogéneo, pensar el territorio en estructuras regionales que han sido afectadas por el conflicto armado”, lo cual implica pensar en el tiempo concreto de las poblaciones, en sus limitaciones y aspiraciones. En síntesis, “partir de la escala local para la construcción de la Nación”.

En sus más de 10 años de trabajo sobre los proyectos campesinos que se vieron limitados por una visión desde Bogotá, que imponía los intereses capitalinos a los regionales, García ha realzado la importancia de la paz territorial, esa que se construye desde la participación de las comunidades periféricas, las que viven más allá de las cabeceras municipales, en la planeación de un país que tenga en cuenta sus necesidades. “Es la forma de superar el tiempo de la catástrofe, ese en el cual se perdió el sentido que tenían estas comunidades de la vida por cuenta de la violencia”, resaltó.


Cine como documento para leer los espacios que habitamos

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Pero el territorio también se construye desde el arte, como lo demuestra la propuesta de Joaquín Llorca, doctor en Teoría e Historia de la Arquitectura, siguiéndole el paso a la historia de cambios urbanos que entre 1971 y 1995 ha vivido Cali, y para ello se vale de las películas, concretamente las producidas por Carlos Mayolo y Luis Ospina, por considerarlos documentos históricos para el análisis de la ciudad, su arquitectura y las transformaciones de la sociedad. 

El investigador se detuvo en cada uno de los planos posibles para evidenciar los detalles urbanísticos, geográficos y arquitectónicos de la Cali de mediados del siglo XX, y les ha seguido la pista tanto a sus transformaciones estéticas como al sentido que les ha ido asignando una sociedad que hoy suma más de 2 millones de habitantes.

Los resultados de su investigación han derivado en la construcción de un gran repositorio geográfico de Cali, en donde pueden localizarse los lugares en donde se grabaron las escenas de películas emblemáticas como Oiga, vea! (1971), cada uno con su respectivo fragmento audiovisual. Se busca realizar un recorrido histórico por una Cali diferente, ambientada al mejor estilo del cine del siglo pasado.

La ciencia puede nutrirse del arte

La ciencia puede nutrirse del arte

El ‘bichito’ de la divulgación científica picó a Ángela Posada-Swafford en los años 80. Para entonces supervisaba la sección de cocina en El Nuevo Herald, la edición en español del periódico estadounidense Miami Herald, y entre las recetas, las fotos de algunos platos y las reseñas de restaurantes decidió incluir información sobre ciencia. Cuando el experimento funcionó, esta colombiana, escritora de profesión (se licenció en idiomas en la Universidad de los Andes y se graduó de la Maestría de Periodismo en la Universidad de Kansas) pero bióloga marina frustrada, encontró su camino. Seguiría escribiendo, por supuesto, pero sobre estrellas, climas extremos, los vehículos que exploran el universo, los científicos… En fin, sobre ese sueño que no pudo ser.

Entre ensayo y ensayo, prueba aquí y prueba allá, se ha consolidado como una de las periodistas científicas más importantes de Colombia. Lo ha logrado a pulso, escribiendo de todo y para todos: ha publicado en las revistas Muy Interesante, National Geographic y Esquire, en diarios como El Tiempo, y también ha dejado su sello en medios tan diversos como National Public Radio (NPR, la cadena de emisoras públicas más grande de EE.UU.) o en el Discovery Channel.

Ese recorrido como periodista independiente le ha enseñado que la ciencia siempre es interesante para el público, incluso en los formatos menos pensados. “Ahora soy consultora científica de guiones en cine, y eso es genial porque uno le dice al director cómo tiene que tratar el tema desde el punto de vista científico, y también involucro a los investigadores. De hecho, tengo ahora a cuatro implicados en un libreto”, explica con una sonrisa.

De paso por Bogotá, donde dictó un taller y la conferencia inaugural de la Maestría en Periodismo Científico que ofrecerá la Javeriana el año entrante, y aprovechó para dirigir una serie de charlas científicas en escenarios como Maloka y la Biblioteca Luis Ángel Arango. Posada-Swafford habló con Pesquisa Javeriana sobre la percepción que tiene el público de la ciencia y el papel que deben jugar todos los integrantes de la comunidad científica colombiana para divulgar con éxito las investigaciones que se realizan en el país.


Pesquisa Javeriana: ¿Por qué es tan difícil que el medio ambiente tenga la misma importancia para los medios que las noticias políticas, deportivas o de farándula?

Ángela Posada-Swafford: En los años 70 el movimiento ambientalista estaba en su clímax, pero después la gente se comenzó a aburrir. Y sucedió lo que en EE.UU. llaman backlash, o un efecto contraproducente sobre qué tanto se le dijo a la gente  que los seres humanos éramos una bacteria en el planeta. Ese fue uno de los pilares del ambientalismo, y se resumía en decir que La Tierra estaba muriéndose “porque usted existe”.

Muchos ―yo misma incluida― se dejaron llevar por esa corriente, que era aleccionadora. Y llegó el ‘aburrimiento del verde’, haciendo que el tema medioambiental cayera en un letargo. Ahora se empezó a despertar nuevamente esa conciencia de que estamos acabando con el planeta. Lo chévere es que esta conciencia ahora la tienen los jóvenes del mundo entero, estilo Greta Thunberg, la niña sueca que aboga por el cambio climático, y también las corporaciones; cuando yo cubría medio ambiente para el Miami Herald, en 1995, eso no se daba: las grandes casas automotrices, por ejemplo, no lo hacían, pero ahora pensar en verde hace parte no solo de su responsabilidad social empresarial, también se están dando cuenta de que no hacerlo les puede afectar gravemente la billetera.


PJ: ¿Cómo puede el periodismo científico aprender de ese error y aprovechar este entusiasmo de las audiencias más jóvenes?

AP: Tenemos que hacer un trabajo desde la raíz y no ser ni castigadores ni aleccionadores, ni hablar desde el púlpito, sino muy cercanos. Yo creo que debemos comenzar con los niños y seguir con ellos. Me ha funcionado trabajar con los jóvenes, porque son permeables a ciertos temas y se interesan. En mis libros, en la colección Juntos en la aventura, toco algunos de esos temas; de hecho, el próximo es sobre calentamiento global: en Arde la tierra les enseño a los niños mucha ciencia a través de un relato y explico qué es la geoingeniería, una disciplina del futuro que pretende modificar el clima; en esta novela presento además a unos investigadores basados en científicos reales, que estudian la respuesta de los insectos al cambio climático… ¡a punta de música rock! Es decir, hay que enseñarles a los chicos la ciencia de forma muy lúdica, con personajes y temas con los que se puedan relacionar, en plataformas y temas que les interesen. Es un trabajo que nos falta hacer también con los medios masivos de comunicación, especialmente con la radio y la televisión.

/ Cortesía, archivo particular.
/ Cortesía, archivo particular.


PJ: Precisamente, ¿por qué es tan difícil que los medios masivos se interesen por el medio ambiente y resalten por ejemplo, la advertencia de la ONU de que los ecosistemas globales sufrirán un cambio drástico para 2050?

AP: Porque a los medios les parece que es llover sobre mojado. Las alertas se producen cada rato en mayor o en menor medida, y se vuelven como el pastorcito mentiroso… Y sí, el de la ONU es un tema importantísimo, pero el editor de noticias pensará que es otra alerta más. Hay que presentar eso de otra forma. Por ejemplo, si presentáramos un gran especial, un documental con todos los fierros, en un medio masivo que, como en el caso de Colombia, lo vean en horario prime time, tendría un pequeño impacto, pero hoy para la televisión es más rentable pasar Betty la fea ―que es una historia maravillosa― que hacer este documental: no tienen el dinero ni el interés. Los pocos periodistas ambientales que hay en el país necesitan el apoyo de sus jefes para hacer este tipo de contenidos, para que les den más de un minuto y medio en el noticiero de vez en cuando.

Y por otro lado, como sector ambiental y científico, no hemos hecho industria, no hemos hecho el trabajo de hacerles entender a los medios que esto también puede ser rentable.


PJ: ¿Ese interés por parte de los medios masivos existe en otros países?

AP: Por lo menos en EE.UU. y en Europa le ponen interés, de ahí el gran éxito que tuvieron Discovery Channel y National Geographic, o el mismo History Channel, porque a la gente le gusta la ciencia, le gusta aprender, entender y deleitarse con imágenes importantes y entrevistas a gente importante. Claro que son medios que también sufren y tienen problemas de baja sintonía, no es un mundo perfecto, pero de vez en cuando emiten unos especiales impresionantes que vuelven a sacudir a la audiencia; allá Nat Geo le invierte los US$2 millones o lo que cueste un conjunto de episodios sobre la Antártida, por ejemplo, y aquí necesitamos que un Caracol y un RCN hagan eso, que se unan. ¡Qué maravilla que todas hicieran un grupo de medios!, incluso con los internacionales, y presenten un especial específicamente para nuestra región. Por ejemplo, sobre cambio climático: que nos muestren qué está pasando en Cartagena con la subida en el nivel de mar, por qué estamos sufriendo en el país con las sequías, cuál es el estado de nuestros ríos. ¡Pero algo bien lindo, bien hecho, con buenas fuentes!

Nos falta mostrar más el territorio nacional a fondo, no en la noticia de 60 segundos.


PJ: En esa especie de mundo ideal, ¿qué papel debe jugar la academia?

AP: La academia, así como la industria privada, tiene un papel fundamental. Son varios ejes: periodismo, academia, industria privada, es como un trípode. La academia tiene en sus manos ni más ni menos que la investigación, y lo que le hace falta es no solo tener publicaciones sino sacarlas al público en general de forma lúdica.

Qué lindo que la academia también se uniera en un sector. ¿Por qué no nos unimos cinco universidades importantes del país para hacer un especial con nuestras investigaciones sobre el territorio nacional, y le metemos la plata que haya que meterle para que la gente se entere? No solo por televisión, hay otras vías, como las redes sociales, pero necesitamos que sea más visible.

Yo pienso en la unión. En EE.UU. uno ve que la Universidad de Wisconsin en Madison se une con el Instituto Lamont-Doherty para hablar de geología en el Polo Sur porque sí, porque son los expertos en ese tema. Eso es lo que necesitamos en Colombia.


PJ: ¿Y qué estrategia debería seguir esa unión de ejes científicos para enamorar a las audiencias?

AP: Es un reto gigantesco. Europa y EE.UU. hacen algo que me encanta, que trato de implementar cuando puedo porque me estoy enamorando de eso, que es unir la ciencia con el arte. Tenemos que llegarle a la gente de forma que jale su corazón y sus emociones, y que, además, use los cinco sentidos para describir lo que Humboldt llamaba “la poesía descriptiva de la naturaleza”. Tenemos las artes escénicas, las plásticas, el cine… ¿Por qué no hacer por el medio ambiente lo que Jurassic Park hizo por los dinosaurios? No importa que la película no fuera exacta científicamente, pero gracias a ella la cantidad de paleontólogos que se formaron fue enorme.

En Colombia hemos tenido películas sobre medio ambiente pero no ha habido algo nacional, y eso que tenemos unos cineastas maravillosos… Yo estoy incursionando en el cine porque creo que es el camino. Por ejemplo, en series de Netflix, que cada vez necesita más contenido de América Latina. Pero que, en lugar de los temas tradicionales del conflicto, traten thrillers científicos.

Maravilloso también que se una la academia con la industria cinematográfica, con los artistas. No hay que pensar solo en un científico, un periodista o un profesor, la ciencia y el medio ambiente nos tocan a todos. Tenemos que convencer a los productores y a los consumidores. El punto es que tenemos que llegarle a la gente en las plataformas que consume. Sí, sé que estoy siendo un poco inocente en el hecho de, por ejemplo, hacer un vallenato sobre medio ambiente, ¿y por qué no? Tenemos que meter al medio ambiente y a la ciencia dentro de la vida cotidiana.

/ Cortesía, archivo particular.
/ Cortesía, archivo particular.


PJ: ¿Qué nos falta para llegar a ese escenario?

AP: Nos falta la voluntad. Obviamente falta plata, pero hay proyectos que siempre se pueden hacer más baratos… Nos falta la voluntad y unirnos como hormiguitas, estamos muy separados. Hoy el periodista científico no tiene que ver nada con el artista ni el conferencista, pero podemos unirnos de forma consciente. Como decía Mr. Spock en Star Trek: “El bien común pesa más que el bien individual”. Yo lo aplico como el bien de la ciencia, del público allá afuera, que es el que recibe las noticias y, en última instancia, las acciones de una industria o de una decisión política que ayude al problema ambiental. Ese beneficio en común pesa más que solo el periodismo científico, que solo el artista, que solo el comunicador de la ciencia.

Yo soy muy de unión, y lo veo en países como Noruega, donde piensan como colmenas de abejas. Eso es lo que tenemos que hacer.