Si en días como este nos lamentamos porque no tenemos esa media naranja con la cual compartir San Valentín. Si lloramos en las bodas. Si sentimos el impulso de envejecer junto a alguien, es por una serie de razones. Una de ellas es evolutiva: en algún punto, los grupos formados por dos individuos como una pareja reproductiva exclusiva y estable, comenzaron a tener más éxito en la supervivencia.
Si bien la biología no debería ser usada como una brújula moral para el comportamiento humano, algo podemos aprender al observar a nuestros colegas del reino animal. Para muchas especies, la monogamia surge como una estrategia reproductiva y como una forma de organización social que ha asegurado el éxito evolutivo.
Si bien es una estrategia reproductiva entre muchas otras igual de exitosas — como la poligamia, la poliandria y la poliginia, en la que un individuo, macho o hembra, se aparea con varios miembros del sexo opuesto, mientras que estos mantienen exclusividad reproductiva con él o ella —, llama la atención que haya permanecido en el tiempo a pesar de que la mayoría de los animales sean polígamos.
El profesor de ecología evolutiva de la Pontificia Universidad Javeriana, Javier Vega, define la monogamia como, “una organización social, en la cual un macho establece una pareja estable con una sola hembra, al menos por una temporada reproductiva o de por vida”, aunque vale la pena resaltar que también se pueden formar vínculos monógamos entre individuos del mismo sexo. Aves, mamíferos, peces, reptiles y hasta algunas especies de insectos recurren a esta estrategia. Pero ¿qué significa que la monogamia sea exitosa? ¿qué intereses persigue?
El biólogo Richard Dawkins, en su libro El Gen Egoísta, propone que los seres vivos somos una clase de vehículos conducidos por genes, cuyo objetivo es ser heredados de generación en generación, y así, permanecer en el tiempo. La capacidad de un individuo de perpetuar su información genética a través de su decendencia se conoce como fitness (o aptitud, en español). Esta medida de éxito evolutivo influye en la adopción de comportamientos monógamos o polígamos en los animales.

Las mil maneras de ser monógamo
Hablar de “la monogamia” se siente reduccionista ante la gran variedad de formas que puede adoptar, casi tantas como especies en las que se presenta. Por ahora, podemos decir que se puede describir según la duración del vínculo, el arreglo social, la forma de cuidado parental y la voluntariedad de la exclusividad reproductiva.
El primer descriptor, la duración del vínculo, tiene dos variantes. “Hay monogamia social, que ocurre cuando los individuos se reproducen juntos y forman pareja, normalmente durante una temporada o varias, donde ambas colaboran en el cuidado de las crías, aunque eso no siempre implica exclusividad reproductiva. Pero luego, cuando acaba la estación, cada uno coge por su lado. Es el caso de muchas palomas. Pero también hay monogamia sexual, que es cuando una pareja se queda junta toda la vida, como los albatros”, explica Juan Pablo Ríos, biólogo javeriano y actual director de un proyecto en la Universidad Estatal de Florida, que ha investigado durante 27 años al Saltarín lanceolado (Chiroxiphia lanceolata), un ave nativa del Neotrópico.

Hay ocasiones en las que el comportamiento monógamo se ve mediado por condiciones del ciclo de vida o que es acompañado por adaptaciones físicas. “Hay algunas especies de insectos que tienen una restricción de tiempo, porque viven poco, y solo alcanzan a reproducirse con un individuo. Hay otras en las que el macho, a la hora de aparearse con la hembra, deja una especie de tapón que evita que esta se reproduzca con cualquier otro macho. Ambas son formas de monogamia forzada”, propone la filósofa javeriana, Maria del Mar Yunis, cuyo trabajo gira en torno a la intersección entre la filosofía, la naturaleza y la estética.
La explicación de conductas tan escatológicas como la del tapón copulatorio es simple, pero crucial: el macho se asegura de que las crías que nazcan de la hembra porten sus genes y no los de otro competidor. Además, en organismos como algunas arañas y las mantis religiosas, es muy probable que esa sea la única cópula del macho, pues la hembra puede devorarlo después del apareamiento.
En estos casos, el macho cumple una doble función: fecunda y, al mismo tiempo, se convierte en un recurso energético que contribuye a la producción y el desarrollo de la descendencia.
Las parejas reproductivas pueden ser solitarias, o hacer parte de un sistema social más complejo. Los cisnes, por ejemplo, están incluidos en el primer grupo, en el que el cuidado de las crías es biparental, es decir, hembra y macho se encargan de que su descendencia salga adelante.
En sistemas sociales más complejos, como el de los lobos, si bien puede haber parejas solitarias, aquellas que hacen parte de un grupo tienen cuidado aloparental. Significa que varios miembros están involucrados en el cuidado de las crías del grupo, así no sean sus padres biológicos. Según Vega, la aparición de la monogamia está ligada justamente a la evolución de los sistemas sociales y el cuidado parental, y hay varias hipótesis que van de la mano con esto.
La primera tiene que ver con la inversión de energía de la cría. La monogamia está presente en animales que tienen pocas crías en las que invierten mucha energía, como las aves. Para ellas, la reproducción involucra gastar energía en la gestación, la búsqueda de alimentos, el lugar de anidación y el cuidado de los polluelos, entre otras cosas. Si solo la hembra cargara con esto, moriría, por lo que la repartición de tareas con el macho se vuelve una necesidad. Tal vez por eso alrededor del 90 % de las aves son monógamas, añade Ríos.

Yunis señala que, en aves como los albatros, la monogamia de por vida está relacionada con un mayor desarrollo de las glándulas olfatorias, útiles para determinar si una pareja es compatible a nivel reproductivo o no. Las especies socialmente monógamas (en particular las del orden Passeriformes), no son tan buenas detectando esta compatibilidad, así que, si se juntan con una pareja no tan buena en una temporada, pueden elegir otra mejor en la siguiente.
En los pingüinos emperadores, por ejemplo, la hembra pone un solo huevo, que es incubado por el macho mientras ella pasa semanas alimentándose en el mar, a kilómetros de la colonia. La eclosión coincide con el regreso de la hembra, quien busca al macho entre la multitud para relevarlo y permitir que vaya al mar a traer alimento para él y la cría. “Por eso se generan muchos llamados de reconocimiento para encontrar a la pareja”, agrega Vega.
Emocionalmente vinculados
Otra hipótesis está más asociada a los mamíferos, en los que solo entre el 3 y el 9 % de las especies presentan monogamia. Para las hembras, gestar y criar requiere de una dieta rica y especializada, por lo que necesitan un territorio bastante amplio para suplirlo. En consecuencia, las hembras se separan, abarcan un territorio más amplio y se vuelve muy difícil para un macho copular con varias a la vez.
Además, en los mamíferos el desarrollo de la corteza prefrontal es mayor, lo que favorece que la interacción del macho con la hembra y su cría libere neurotransmisores como la vasopresina y la oxitocina, sustancias que generan un vínculo que puede mantenerlos unidos hasta el final de la temporada.

Otra ventaja de la monogamia tiene que ver con que los animales no humanos también tienen enfermedades de transmisión sexual (ETS). Así que, copular de forma exclusiva con una pareja puede ser una forma de evitar contagios por ETS, y, por ende, vivir más.
No obstante, esta es solo la arista biológica de la monogamia en algunos animales. Para el caso de los humanos, la vida en sociedad y los avances tecnológicos han hecho que el asunto se complejice mucho más, y que no solo baste la biología para explicarla, o para determinar cuál es el comportamiento más adecuado.
Datos para romper con la idealización
Sería ingenuo pensar que el comportamiento y las estrategias de los animales hacen parte de un libro inquebrantable de normas en el que la monogamia es absoluta. Al contrario, existen varios factores que nos llevan a flexibilizar la manera en la que pensamos sobre cómo, por qué y con qué duración distintas especies eligen sus parejas.
En primer lugar, la monogamia trae desventajas biológicas. Las especies monógamas tienen menor viabilidad genética, lo cual implica menor resiliencia poblacional. También incentiva la competencia entre hembras y no solo en machos, lo cual puede ser un gasto energético extra. Tal vez, la desventaja más grande es que, en algunos animales, si llega a faltar alguno de los padres, la descendencia corre un altísimo riesgo de morir.
En segundo lugar, la “infidelidad” también existe. Es común que individuos de especies monógamas tengan comportamientos no monógamos. En aves, puede suceder que un macho copule con una hembra mientras su pareja oficial está lejos. Esto está asociado con que la hembra observa que algunos comportamientos de su pareja reflejan descuido. Si posterior a la “infidelidad” el macho original se percata de la cópula con otro macho, su cuidado empeorará aún más.
Según la hipótesis del “hijo sexy”, propuesta por el biólogo Ronald Fischer, ser un individuo polígamo puede ser atractivo dentro de una población monógama, pues es un comportamiento “novedoso” y, de esta manera, ser sexy. Así que con el tiempo, más individuos serán polígamos hasta que se vuelva el rasgo habitual y, luego, gire la rueda otra vez para que lo novedoso sea ser monógamo. A esto se le llama oscilación comportamental.
Y es que, entre monogamia y poligamia hay zonas grises. Existen especies en las que solo un género es monógamo. Por ejemplo, en manatís la hembra es seguida por un grupo de machos que copularán exclusivamente con ella mientras está en celo.
Así que ya lo sabe. Si se siente solo en San Valentín o la próxima vez que asista a una boda, recuerde estas razones biológicas en el mundo animal. Para ellos, no es la única forma de relacionarse en pareja: la monogamia en su realidad es mucho más amplia de lo que se intuye.



