En Bogotá, justo en la Carrera 7 con Calle 44, hay un edificio que pasa desapercibido para la mayoría, pero que guarda una historia extraordinaria. Mientras nuevas construcciones compiten por llamar la atención, al costado sur aparece una obra que, en lugar de imponerse, se adapta al terreno y enmarca la presencia imponente de los cerros orientales. Es un edificio que no grita, pero sí revela, a quien lo observa con calma, una arquitectura llena de sentido: muros que hablan a través de sus texturas, detalles que cuentan una época, y una manera de habitar el lugar que refleja una profunda sensibilidad hacia la ciudad y su paisaje. Es, en pocas palabras, una obra arquitectónica oculta a plena vista, esperando ser descubierta.
Se trata del edificio Pablo VI, diseñado por el arquitecto Aníbal Moreno y construido en la década de 1960, una época de transición en términos estéticos, culturales y técnicos para el país. Desde su inauguración en 1967, se ha consolidado como mucho más que un conjunto de aulas y auditorios y hoy es una reflexión construida: un lugar que vincula emoción y técnica, sensibilidad y rigor, experiencia y razón.
Fue concebido inicialmente para albergar la Facultad de Enfermería, posteriormente adaptado para las actividades de la Facultad de Artes, y hoy funcionan allí el Instituto de Salud Pública y el Instituto Pensar, entre otras dependencias, sin que ello altere la solidez de su esencia arquitectónica. Actúa como un punto de referencia silencioso sobre cómo deben concebirse la proyección y la habitabilidad arquitectónica en Bogotá. Su vigencia, más de medio siglo después, se explica precisamente porque articula con notable maestría dimensiones que pocas obras logran integrar: ética, memoria, paisaje, ingeniería, tradición y modernidad.
Un edificio que surgió en un periodo decisivo para la arquitectura colombiana
Para entender la importancia del Pablo VI es necesario situarlo en el contexto en que se construyó. En los años sesenta del siglo XX, la arquitectura colombiana buscaba definirse entre dos polos contrapuestos. Por un lado, el racionalismo heredado del movimiento moderno internacional, una arquitectura guiada por la lógica, la funcionalidad y la estandarización, con ejemplos notables en el país como el edificio del Banco Industrial en Cali. Por otro, búsquedas más sensibles y orgánicas que intentaban responder al territorio, al clima y a las tradiciones constructivas locales.
Era un momento de cuestionamientos fundamentales: ¿Cómo debía construir Colombia su modernidad? ¿Qué significaba ser moderno en un país con una geografía abrupta, una historia compleja y una identidad cultural en formación?
En ese escenario, la figura de Aníbal Moreno cobró particular importancia. Nació en 1925 en Socorro (Santander) y se formó en Arquitectura en la Universidad Nacional. Encontró, sobre todo en la arquitectura colonial de Santander, una referencia esencial para el desarrollo de su pensamiento profesional. Esta influencia no se expresa como nostalgia, sino como una reinterpretación: Moreno no replica la arquitectura colonial, sino que la transforma en el lenguaje de su época, recuperando sus principios de mediación, su forma de entender el clima y su lógica espacial.
El valor del Pablo VI va mucho más allá de su calidad formal. Es un testimonio de una época en la que la arquitectura colombiana buscaba su independencia conceptual, técnica y cultural. En un país donde gran parte del patrimonio moderno se encuentra en riesgo por falta de reconocimiento, este edificio se convierte en referencia obligada para comprender cómo se construyó la modernidad arquitectónica en Colombia.
Es un recordatorio de que la arquitectura puede y debe pensarse desde la sensibilidad, el clima, la historia y el paisaje. Su presencia en la Séptima, en un sector cargado de memoria y tradición universitaria, lo convierte en un hito silencioso pero firme, capaz de dialogar con el pasado y proyectarse hacia el futuro.
Reconocer, preservar y difundir el valor del edificio Pablo VI es una responsabilidad colectiva. No se trata solo de proteger un objeto arquitectónico, sino de cuidar una pieza fundamental del pensamiento moderno en Colombia. En tiempos en que la arquitectura corre el riesgo de reducirse a la imagen rápida o al rendimiento económico, el Pablo VI nos recuerda que pensar el espacio es pensar la ciudad, la sociedad y la humanidad misma.


Un diálogo entre tradición y modernidad
El Pablo VI retoma elementos tradicionales como el zaguán, un espacio de transición entre la calle y el interior, que regula el ingreso y la privacidad; y recursos como la secuencia de umbrales, las galerías o corredores protegidos y la idea de espacios que se adaptan a la luz y al clima del lugar. Todo ello se reinterpreta en los materiales y las técnicas modernas, manteniendo la esencia sin caer en la copia.
La tensión entre modernidad y tradición colonial se manifiesta en el empleo del patio central, que funciona como el eje organizador del proyecto, y en cómo las escaleras o el balcón se transforman en componentes de transición entre áreas; una dinámica que también ocurría en las casonas coloniales del país. De manera más cercana, el arquitecto Aníbal Moreno se dedica a tomar formas simples y geométricas, como volúmenes prismáticos alargados y rectangulares, y a combinarlas con terrazas organizadas en niveles o escalones, lo que le permite integrarse con el terreno o resaltar las vistas.

El paisaje se construye a través de taludes, superficies inclinadas de terreno revestidos en ladrillo, y sistemas de agua que hacen visible y gestionan la lluvia como parte de la experiencia espacial del edificio. Utiliza grandes ventanas para dejar entrar abundante luz natural, creando así una sensación de apertura y conexión con el exterior. Además, juega con el concreto y el ladrillo más allá de la funcionalidad, de una forma estética, materiales que transmiten solidez y textura y muestra la textura y el carácter de ellos para agregar un toque de personalidad y modernidad a sus construcciones.
Maestría estructural y claridad espacial
Una de las características más destacadas de Pablo VI es su innovadora solución estructural que utiliza vigas pretensadas, es decir, piezas de concreto en las que los cables internos se tensan antes de verter el concreto o dejarlo endurecer, lo que les permite soportar más peso. Las vigas se apoyan sobre cajas portantes, volúmenes estructurales rígidos hechos de concreto o mampostería reforzada, y actúan como los elementos clave para soportar y estabilizar el edificio. Este sistema permitió cubrir espacios amplios sin requerir columnas intermedias, lo cual generó plantas libres y espacios más flexibles.
Decisiones técnicas como las mencionadas, sin embargo, no se limitan al ámbito de la ingeniería. Para Moreno, la estructura es también una decisión ética y estética: liberar los espacios interiores de columnas significa permitir una relación más franca entre interior y exterior, fortalecer la claridad espacial y favorecer una arquitectura que respira, se abre y se adapta.

La pretensión estructural aporta, además, un excelente desempeño sísmico, anticipando preocupaciones que hoy son fundamentales en el diseño arquitectónico en Colombia. El edificio, al resolver su estructura con precisión y racionalidad, se convierte en ejemplo de cómo la técnica puede estar al servicio de la poética del espacio, y no en su contra.
Al ser el patio central el corazón perceptual del proyecto, la relación del edificio con la ciudad es más reservada: sus fachadas exteriores se presentan cerradas, casi introspectivas, como si guardaran en su interior algo que debe ser descubierto con calma. Este gesto puede interpretarse como una crítica a la velocidad y al ruido urbano, o como una invitación a detenerse y entrar en un espacio donde el tiempo se percibe de otra manera. Desde el exterior, el Pablo VI no se exhibe, se insinúa. Desde el interior, se abre, respira y dialoga.
Por todo ello, el Pablo VI no solo debe conocerse: debe comprenderse, defenderse y transmitirse. Es un patrimonio vivo, un legado intelectual y un punto de equilibrio entre la memoria y el porvenir. Es, en esencia, una invitación permanente a pensar la arquitectura desde su raíz más profunda: la relación entre espacio, cultura y humanidad.
Una obra que enseña y piensa
Pocas obras arquitectónicas en Bogotá tienen la capacidad de enseñar como lo hace el Pablo VI. Su claridad espacial, su cuidadosa transición entre espacios, su manejo de la luz, su relación con la topografía y su materialidad honesta lo convierten en un espacio que educa sin palabras. Es una arquitectura que forma a quien la recorre, que sensibiliza a quien la contempla y que invita a pensar a quien la habita.
Más que un edificio universitario, es una lección tridimensional sobre cómo construir con conciencia, sobre cómo entender el espacio como experiencia y no solo como función. La arquitectura del Pablo VI demuestra que la racionalidad puede convivir con la emoción; que el cálculo estructural puede generar belleza; que el detalle técnico puede producir atmósferas; que la arquitectura, finalmente, puede convertirse en pensamiento.



