Ciencia colombiana, en manos de los más pequeños

Ciencia colombiana, en manos de los más pequeños

También hay científicos que van al colegio, salen a recreo y comparten la lonchera con sus amigos en diferentes rincones del país.

En el marco del IX Encuentro Nacional Ondas 4.0, celebrado del 6 al 8 de noviembre, alrededor de 90 niños pertenecientes a 36 grupos de investigación dieron a conocer los resultados de sus proyectos, que más allá de mostrar estadísticas y teorías, evidenciaron la solidaridad y compromiso que la infancia y la juventud tienen con sus comunidades.

El evento contó con la participación de 9 delegaciones internacionales provenientes de Costa Rica, Panamá, México y Ecuador.

“Queremos que nuestros padres sepan que podemos aportarles, ayudarles y demostrar que la juventud de ahora también puede seguir adelante”, afirma Valentina Rodas, estudiante de La Unión (Valle del Cauca) y protagonista de dicho evento, celebrado en la Pontificia Universidad Javeriana.

Pesquisa Javeriana decidió mirar desde la perspectiva de los futuros científicos del país y saber qué los está motivando a investigar. Por eso esta serie de fotografías no solo muestra proyectos; también revela los rostros de estos pequeños que dejaron volar su imaginación para responder preguntas que para algunos resultan ‘bobas ’ pero que para ellos significaría solucionar grandes problemas de salud pública, agricultura y medio ambiente, entre otros.

Proyecto de investigación: Diseño de estrategias para disminuir el índice de consumo de cocaína en estudiantes de la institución basándose en el uso ancestral de la coca de la cultura Murui.

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En Puerto Leguízamo (Putumayo), el 80% de la población es indígena y por eso la coca se considera una planta tradicional y medicinal capaz de curar dolores, que ha sido utilizada de generación en generación. Cristian Cortés y Fernanda Medina hacen parte de un grupo de 15 estudiantes que buscan resignificar la coca mientras dan a conocer la ritualidad de su uso y disminuyen el consumo de estupefacientes entre sus compañeros.


Proyecto de investigación: Kispichidurkuna Sachakunata “Protectores de la plantas”.

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Luis Becerra mezcla 70 gramos de barbasco, 60 de ortiga y 50 de ají picante en un frasco de un litro para crear un insecticida natural que elimina las plagas de un vivero de su resguardo. Para ello se basaron en la sabiduría de los mayores sabios y así preservar el conocimiento ancestral. Él trabaja con otros 14 compañeros y una docente en Yurayaco (Caquetá) y al graduarse del colegio quiere estudiar ingeniería ambiental, ayudar a su comunidad y validar los productos que hace.


Proyecto de investigación: Hallazgo de un método de clonación in vitro de una especie frutal en condiciones de manejo de laboratorio.

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La Unión (Valle del Cauca) es un municipio dedicado a la agricultura. Valentina Rodas, como sus amigos, tiene padres que cultivan la papaya y por eso sabe que el cultivo de esta fruta les puede generar pérdidas, pues solo una de cada 15 cumple con los estándares de exportación. Con este antecedente decidió crear un método de clonación para que los cultivos mejoren y este fruto también deleite paladares en otros países.


Proyecto de investigación: Robot Hydrocleaner.

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En Cartago (Valle del Cauca) hay un parque. En el parque hay un lago. Y en el lago hay basura. “Ahora, ¿cómo la sacamos?” Con esta pregunta Luna Chaverra creó Hydrocleaner, un robot que remueve los residuos sólidos del lago hasta la orilla para mejorar la calidad del agua y la supervivencia de tortugas, peces, patos y otros animales que viven en este hábitat. Ella, al graduarse, quiere seguir con sus pasiones: la mecatrónica y la química.


Proyecto de investigación: Significado de la simbología en los tejidos artesanales de la comunidad Inga, del municipio de Colón.

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Reconocer el sol, una rana, un colibrí y hasta la figura de una mujer en los tejidos artesanales impulsó a estos niños investigadores a conocer y difundir el significado de los 12 símbolos más representativos del pueblo iInga en el municipio de Colón (Putumayo). Así, los más pequeños de la comunidad están recuperando las tradiciones milenarias y generando apropiación en las nuevas generaciones.


Proyecto de investigación: Diseño de un dispositivo electrónico basado en lenguaje braille.

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En Atlántico, María Camila Puello y su grupo de investigación piensan que la discapacidad no se puede ver como una barrera de comunicación y por eso trabajan en un dispositivo electrónico efectivo, económico y portátil, basado en el lenguaje braille, que le permite a una de sus compañeras de colegio, con discapacidad auditiva y visual, una comunicación más asertiva.


Proyecto de investigación: Patrones ecoepidemiológicos que determinan la distribución espacio temporal del aedes aegypti del sector urbano del municipio de Soledad, Atlántico.

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¿La cámara de un celular y una aplicación sirven para prevenir el dengue? Pues sí. Luego de observar y clasificar más de 2.500 larvas en parques, viviendas y espacios públicos de Soledad (Atlántico) pequeños científicos detectaron en su barrio la presencia del Aedes aegypti, el mosquito portador del virus de esta enfermedad. Desde ese momento se dedican a combatir este problema de salud pública por medio de campañas de prevención e información sobre los posibles criaderos del insecto.

Conozca los ganadores del evento aquí.

Reviva los mejores momentos del IX Encuentro Nacional Ondas 4.0

 

Hipopótamos en Colombia: un problema de enormes dimensiones

Hipopótamos en Colombia: un problema de enormes dimensiones

Salta el polvo sobre la tierra, el agua se mueve turbulenta sobre un estanque y lo que pareciera ser una estampida se aproxima con fuerza. Son más de cuatro toneladas de carne y huesos galopando, es un animal rígido, de piel gruesa que viaja a 25 kilómetros por hora sobre el noroeste de Colombia. Se trata del hipopótamo Hippopotamus amphibius, uno de los cerca de 70 ejemplares que están sueltos en el Magdalena Medio y por el cual biólogos, comunidades de la región, ambientalistas y entidades gubernamentales están seriamente alarmados.

Este animal es una especie invasora que llegó a Colombia hacia los años 80, cuando Pablo Escobar trajo de África cuatro especímenes —una hembra y tres machos—. Aunque para ese momento su intención era recrear la fauna salvaje del continente africano en su hacienda ubicada en Puerto Triunfo, en el departamento de Antioquia, años más tarde y luego de la expropiación de sus bienes, leones, jirafas y los exóticos hipopótamos terminaron conformando el Parque Temático Hacienda Nápoles, un atractivo turístico que abrió sus puertas al público en 2007 como un recinto para la conservación de especies amenazadas y en peligro de extinción.

Sin embargo, desde 2006, las especulaciones sobre encuentros entre hipopótamos y la comunidad del suroriente de Antioquia, y su posible creciente reproducción, llamó la atención de los biólogos David Echeverri de la Corporación Autónoma Regional de las Cuencas de los Ríos Negro y Nare –Cornare-, encargada de implementar políticas ambientales en la región; Elizabeth Anderson, codirectora del Departamento de la Tierra y el Ambiente, Instituto del Agua y el Ambiente en la Universidad Internacional de La Florida, y Germán Jiménez, docente  del Departamento de Biología de la Pontificia Universidad Javeriana.

Según recuerda Jiménez, su primer acercamiento al tema ocurrió en 2015 cuando cruzó palabras con Anderson en un congreso de conservación en Bolivia. Allí descubrió que esta apasionada por la fauna salvaje estudiaba la misma especie que llegó a Colombia a finales de siglo XX desde el valle del Masái Mara, en África, debido a su latente riesgo de extinción. En la conversación, Anderson le comentó a Jiménez que esta no era su única preocupación ya que, producto de sus investigaciones con su colega Amanda Subalusky, encontraron que los hipopótamos eran unas máquinas demoledoras, unos voraces ingenieros de los ecosistemas que consumen más de 70 kilogramos de pasto al día para alimentarse. Aproximadamente, el 5% de su peso.

De este encuentro surgió la inquietud por recoger información sobre la biología, la ecología y las interacciones de los hipopótamos con los colombianos, y crear estrategias de conservación para el tratamiento de esta poderosa especie. Pasados algunos meses, Anderson volvió a comunicarse con Jiménez, esta vez para comunicarle excelentes noticias: National Geographic había decidido financiar su investigación —Introduced Hippos in Colombia: Consequences for Human and Natural Systems— junto con la participación de varios colegas más como Amanda Subalusky y Ana Rojas de la Universidad Internacional de La Florida;  Juan Felipe Reátiga y Laura Nova, egresados de la facultad de Ciencias de la Universidad Javeriana, y Sebastián García, de la Universidad de Antioquia.

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Las dimensiones del problema

Un viaje de 170 kilómetros en línea recta, 1.500 encuestas a comunidades y visitas a 10 localidades fue el resultado que dejó el recorrido de este equipo interdisciplinar entre Doradal, donde se ubica el Parque Temático Hacienda Nápoles, hasta Puerto Berrío en busca de evidencia histórica que diera cuenta de la presencia de los hipopótamos “prófugos”. La región es ambiente ideal para la supervivencia de estos voraces herbívoros por sus pozos, ríos y caños, temperaturas de 24 a 27 grados centígrados y una humedad relativa de más del 90%.

“La gente nos reportó hipopótamos que habían visto desde 2006 hasta 2016, fueron 10 años de registros históricos. Tomamos varios registros en total, de los cuales validamos 26 mediante fotografías, avistamientos, huellas y la relación con ambientes potencialmente propicios para estos animales”, afirma Germán Jiménez, quien también es miembro de la Unidad de Ecología y Sistemática (Unesis) de la Javeriana.

Una vez procesada la información y validados los registros, el Instituto de Investigación de Recursos Biológicos Alexander von Humboldt contactó a los investigadores con una propuesta inesperada: trabajar mano a mano en el estudio de especies invasoras biológicas a través de la creación de un biomodelo que presentara la distribución del hipopótamo en Colombia; es decir, un sistema que permitiera graficar la ubicación estimada de estos animales para esta cuenca. Esta información también permitiría incluir los datos del visitante africano en la ficha Reporte del Estado y Tendencia de la Biodiversidad (RET 2018).

/ Cortesía.
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Los hallazgos

¡Enormes! De gran magnitud fueron los retos que los investigadores encontraron con el proyecto, ya que evidenciaron que la tendencia de reproducción de los hipopótamos ha ido en ascenso, según datos de Cornare, porque de los cuatro ejemplares iniciales que llegaron a la Hacienda Nápoles en 1980 actualmente hay 28; y de los cerca de 70 hipopótamos que están deambulando por los alrededores de la finca actualmente, se espera que para 2050 lleguen a una cifra de aproximadamente unos 400 animales más.

Así mismo, la vegetación aportó su cuota de vulnerabilidad con graves consecuencias como el daño a ecosistemas que producen estos animales con su fuerte pisoteo, la disminución de pastos respecto a su alto requerimiento alimenticio y la contaminación de afluentes que generan los hipopótamos durante sus periodos de apareamiento dado que expulsan altas cantidades de materia orgánica que luego esparcen con su cola a manera de ventilador, proceso también conocido como eutrofización.

“El desplazamiento de la fauna nativa es una consecuencia debido a que los hipopótamos van a estar ocupando un nicho que antes estaba reservado a las especies nativas, y dado que estos animales presentan mejores adaptaciones, los hace una especie supremamente tolerante y resistente a las condiciones ambientales de la región. Esto va a desplazar a otras poblaciones como el manatí del Magdalena Medio, la nutria, el chigüiro y el caimán”, explica Echeverry, de Cornare.

Con esto en mente y el latente riesgo al que estarían enfrentadas las poblaciones aledañas a Doradal al encontrarse con estos corpulentos y territoriales animales, urge la necesidad de buscar alternativas viables para su control, pues acuerdos internacionales como The Convention on International Trade in Endangered Species of Wild Fauna and Flora —CITES—, así como los riesgos biológicos restringen el regreso de los hipopótamos a su lugar de origen debido a la importancia de conservar su material genético en el territorio en el que nacen; alternativas como la castración química o física son altamente costosas, al alcanzar valores de más de 20 millones de pesos por animal, y poco eficientes pues los hipopótamos continuarían afectando la vegetación, y la posibilidad de hacer control poblacional ha sido un asunto altamente debatido tras el fallo de la Corte Constitucional de prohibir su caza en la sentencia C-283/14.

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Y ahora, ¿qué sigue?

El grupo de investigadores se prepara para recibir en diciembre la primera publicación de los resultados de su investigación en la revista Oryx (Cambridge University Press), artículo que podrá ser consultado con el título Potential Ecological and Socioeconomic Effects of a Novel Mega Herbivore Introduction: the Hippopotamus in Colombia.

Sin embargo, los investigadores buscan abordar una segunda fase del proyecto para determinar cuáles especies estarían siendo afectadas por la presencia de este pesado mamífero y trabajar con inteligencia artificial en la simulación de escenarios futuros de los hipopótamos en terreno colombiano, en caso de que ambientes ideales, similares a los de África en temperatura, humedad y pastos, les sigan facilitando la vida a estos animales.

“Toda esta investigación evidencia la necesidad de levantar una alerta nacional que motive a organizaciones y corporaciones a financiar esta investigación para mirar cómo detener el problema. Nosotros conocemos las herramientas, sabemos cómo potencialmente detener el movimiento de los hipopótamos y su crecimiento, pero necesitamos la información de base: dónde están y cuántos hay”, puntualiza Jiménez.

Las diferentes caras del territorio

Las diferentes caras del territorio

Las calles que recorremos, los parques donde juegan los niños, los citadinos centros comerciales, aquellos pueblos donde el tiempo avanza mucho más lento, los campos en donde cultivamos nuestros alimentos, los caminos que pisaron nuestros ancestros y hasta los campos olvidados, todos son espacios en donde construimos nuestra identidad. Ellos conforman esa noción que bautizamos como territorio, el lugar donde lo que ocurre es una fotografía que se suma a la película de vida de cada uno de sus habitantes, con múltiples significados atravesados por la felicidad, el progreso, pero también por la opresión y la violencia.  

De aquí que se generen diferentes lecturas por parte de la academia para explicar el entramado de hazañas que ocurre en los lugares que transitamos a diario. En el XV Congreso La Investigación en la Pontificia Universidad Javeriana, el panel El territorio como escenario de investigación y acción reflexionó sobre los significados y las dinámicas que construimos en cada uno de estos lugares. 

Una conversación que giró en torno al urbanismo, la tenencia y acceso a la tierra en zonas rurales, la restauración ecológica de áreas afectadas, las dimensiones políticas del territorio e, incluso, el cine como documento para leer los espacios que habitamos. 


El urbanismo no siempre es progreso

En las ciudades es fácil toparse con grandes edificios, las particularidades estéticas hacen sobresalir a unos rascacielos más que otros y, según su ubicación, varía no solo la forma en como se ven sino las relaciones que se tejen allí. Sin embargo, en estas urbes, en medio de automóviles, centros comerciales, edificaciones que apuntan cada vez más a la modernidad, el bullicio y el ajetreo, desaparecen espacios que no tienen algún tipo de funcionamiento o actividad. Son los llamados espacios indeterminados.

Con el fin de estudiar los efectos que tienen estos lugares en ciudades como París y Medellín, Doris Tarchópulos, arquitecta y doctora en Urbanismo, estudió su geografía urbana; concluye que por un lado, son lugares que aíslan o dividen partes de la ciudad, causando problemas de inseguridad y violencia, y, por otro, pueden incorporar nuevos contenidos que permiten la generación de dinámicas de integración, convivencia social y manifestación cultural. 

Tanto en Europa como en Suramérica, la investigadora se centró en las periferias urbanas y, concretamente, en sus poblaciones condenadas aparentemente a la exclusión del circuito social (los hijos de los extranjeros de las antiguas colonias francesas y los ciudadanos paisas de clase más baja), pero que, con el paso del tiempo, los gobernantes se vieron obligados a incluirlos en la dinámica urbana por medio de diferentes obras de infraestructura, tanto educativa y cultural como de transporte masivo. 

Por esa misma vía se ubican los trabajos del sociólogo Manuel Enrique Pérez, doctor en Estudios Territoriales, sobre la ‘rururbanidad’ del sur de Bogotá: aquellos territorios intermedios entre la urbe capitalina y el campo colombiano, en donde los habitantes llevan a cabo actividades tanto agrícolas como ganaderas, pero se benefician de la cercanía a la gran ciudad para vender sus productos, beneficiándose, de paso, de los servicios que en ella encuentran.

“Los he bautizado sujetos rururbanos, porque están por fuera de las políticas públicas de territorio”, explicó Pérez, quien en sus 17 años de trabajo con las comunidades de Usme y Ciudad Bolívar ha logrado establecer la existencia de más de 2.500 campesinos. Por eso afirma que la Bogotá de hoy en día es 25% urbana y 75% rural.

Su trabajo ha calado en las discusiones que la administración local ha venido organizando sobre el próximo Plan de Ordenamiento Territorial (POT) y el papel que el sur debe jugar en medio de la expansión urbana que se proyecta a partir de 2019. Y no duda en afirmar: “En algún momento, el sur le va a poner el norte a esta ciudad”.


¿A quién pertenece la tierra en el territorio?

En los territorios rurales el panorama de desigualdad y jerarquías en la tenencia de tierra está fuertemente marcado por dinámicas patriarcales, en donde el hombre es el que provee los recursos y la mujer es quien desempeña las labores del hogar. Por ejemplo, en municipios como Pradera, Florida y Tuluá, en el Valle del Cauca, resulta difícil encontrar a mujeres que tan siquiera entiendan el concepto de ser propietaria o poseedora de tierra. ¿Cuál es la economía ciudadana de las mujeres que viven en estas zonas?, ¿cuál es su participación política y comunitaria?, y, ¿qué implicaciones tiene el hecho de que una mujer sea propietaria de tierra o no?

María Catalina Gómez,  magister en Ciencias Sociales, con su investigación Condiciones de tenencia y acceso a la tierra de las mujeres campesinas del Valle del Cauca, demostró que “el acceso diferencial entre hombres y mujeres a la titulación de la propiedad rural es un grave problema, que afecta no solo la independencia económica de las mujeres y las familias, también la autonomía en otros espacios de la vida social, tanto individuales como colectivos. Son pocos los casos en los que la mujer es propietaria, por ejemplo, cuando son líderes o están separadas”. Las mujeres a quienes se les brinda un territorio logran mejores condiciones de vida, sin embargo, están bajo dinámicas en las que por lo general no son reconocidas. 

Situaciones como estas se han vuelto casi cotidianas en nuestro país, tanto por las jerarquías como también por el conflicto armado, que a su vez ha estado atravesado por conflictos en la tenencia de tierra. Por esto las investigaciones alrededor de los territorios y la paz cada vez son más fuertes, y el Observatorio de Territorios Étnicos y Campesinos de la Facultad de Estudios Ambientales de la Pontificia Universidad Javeriana se hizo presente para relatar su experiencia investigativa de 10 años alrededor de la degradación ambiental y las disputas históricas por la propiedad de la tierra que están conectadas con conflictos ecológicos y de distribución. 

Ellos hacen un llamado a ir más allá de la academia e involucrar a las personas directamente afectadas, pero para esto es necesario prepararse “para conducir con nuestros datos a posibles transformaciones. Ahí estamos desencontrados entre los tiempos de la investigación, los de las comunidades y los institucionales. Quizá los académicos debamos entrenarnos mejor en entender los contextos y en las formas para transmitir nuestros conocimientos”, aseguró Johana Herrera Arango, magister en Estudios Culturales e investigadora del Instituto. 

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En un sentido similar trabajó el Instituto de Estudios Interculturales, de la Javeriana Cali, que, entre sus proyectos, destacó la investigación sobre hacinamiento productivo llevada a cabo en el norte del Cauca, región en la cual el 40% de la tierra productiva está en manos de tan solo el 1% de los habitantes. Allí se encuentra una fuerte presencia de comunidades campesinas, indígenas y afrodescendientes, correspondientes al 77% de la población, quienes viven en microfundios (parcelas de tierra menores a tres hectáreas) con una infraestructura limitada para llevar a cabo sus proyectos agrícolas y ganaderos. Por si fuera poco, su actividad está limitada por las grandes extensiones de cultivos industriales, como la caña de azúcar y plantaciones maderables, la presencia de la minería ilegal y los cultivos de uso ilícito.

Esta caracterización es vital para que las autoridades locales y regionales puedan formular políticas públicas que, en el tiempo, reviertan este “hacinamiento productivo”, y con las que también se garanticen las aspiraciones sociales de un departamento en el que el 62% de su población vive y depende del campo.


La huella humana en el paisaje

La constitución del territorio también incluye la huella que las poblaciones dejan en el ecosistema. José Ignacio Barrera, doctor en Biología Animal, Vegetal y Ecología y director de la Escuela de Restauración Ecológica, lideró el proyecto de restauración ecológica del embalse del Neusa, en Cundinamarca, una investigación desarrollada entre 2014 y 2018 que buscó reestablecer las condiciones de flora y fauna en un área que, desde los años 50 del siglo pasado, fue alterada por la mano del hombre tanto en la construcción de infraestructura hídrica como en la inclusión de especies vegetales foráneas, como el pino espátula.

Este proyecto contempló técnicas de restauración ecológica en las que se plantaron, sobre una extensión de 3.700 hectáreas, diferentes especies vegetales nativas de la zona y se monitoreó su crecimiento y expansión a lo largo del tiempo. Como resultado han visto aumentar las poblaciones locales de árboles, insectos y, en especial, pájaros.


Dimensiones políticas del territorio 

Quienes han sufrido el conflicto armado en Colombia, asumen el reto de prepararse para generar cambios y responder a retos de construcción de paz territorial. Pero en ese camino se enfrentan a diversas políticas, como las extractivas, que limitan su trabajo pero no lo socavan: ahora las expectativas están puestas en una nueva generación, más enérgica, que realice esas aspiraciones y sueños.

Es el caso de del corregimiento de Micoahumado, en la Serranía de San Lucas, Bolívar, lugar caracterizado por la ausencia del Estado y el actuar de grupos armados ilegales que buscan apoderarse de los recursos naturales de la zona, expresamente de su oro y cobre. Allí, los habitantes buscan generar un relevo generacional ante la preocupación de quién asumirá la defensa del territorio. Esta necesidad llamó la atención de Claudia Tovar Guerra, doctora en Ciencias Sociales y Humanas, quien acompañó a la comunidad en la formulación de su plan de formación de nuevos líderes. 

“El amor por el territorio y la defensa por su tierra, el deseo de construir la paz y defender la vida, servir a la comunidad en su ejercicio de liderazgo, buscar el bienestar y la calidad de vida de la comunidad y la educación como una vía para la transformación, aún está en la mira de los jóvenes como lo estuvo en la de sus ancestros”, aseguró la investigadora, quien, no obstante, explicó que, a diferencia de los mayores, quienes encontraban como foco defender la vida, para los jóvenes el proceso político ha sido principalmente a través de una expresión cultural, artística y una acción política directa.

Se trata de los signos de un nuevo tiempo tal y como lo establece Juan Felipe García, doctor en Antropología, uno que necesita repensarse para llegar a una auténtica construcción de la paz. En sus trabajos sobre los liderazgos de comunidades que habitan territorios en disputa, atravesados por el conflicto armado, el investigador ha formulado la necesidad de pensar el país desde una perspectiva diferente: no desde un tiempo nacional, atado a la visión de Bogotá, en el cual predomina el discurso de que la periferia debe insertarse, por la vía de la economía, a la proyección productiva que debe asumir el país.

En su lugar, y basándose en los estudios postcoloniales, García propone pensar “en un tiempo heterogéneo, pensar el territorio en estructuras regionales que han sido afectadas por el conflicto armado”, lo cual implica pensar en el tiempo concreto de las poblaciones, en sus limitaciones y aspiraciones. En síntesis, “partir de la escala local para la construcción de la Nación”.

En sus más de 10 años de trabajo sobre los proyectos campesinos que se vieron limitados por una visión desde Bogotá, que imponía los intereses capitalinos a los regionales, García ha realzado la importancia de la paz territorial, esa que se construye desde la participación de las comunidades periféricas, las que viven más allá de las cabeceras municipales, en la planeación de un país que tenga en cuenta sus necesidades. “Es la forma de superar el tiempo de la catástrofe, ese en el cual se perdió el sentido que tenían estas comunidades de la vida por cuenta de la violencia”, resaltó.


Cine como documento para leer los espacios que habitamos

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Pero el territorio también se construye desde el arte, como lo demuestra la propuesta de Joaquín Llorca, doctor en Teoría e Historia de la Arquitectura, siguiéndole el paso a la historia de cambios urbanos que entre 1971 y 1995 ha vivido Cali, y para ello se vale de las películas, concretamente las producidas por Carlos Mayolo y Luis Ospina, por considerarlos documentos históricos para el análisis de la ciudad, su arquitectura y las transformaciones de la sociedad. 

El investigador se detuvo en cada uno de los planos posibles para evidenciar los detalles urbanísticos, geográficos y arquitectónicos de la Cali de mediados del siglo XX, y les ha seguido la pista tanto a sus transformaciones estéticas como al sentido que les ha ido asignando una sociedad que hoy suma más de 2 millones de habitantes.

Los resultados de su investigación han derivado en la construcción de un gran repositorio geográfico de Cali, en donde pueden localizarse los lugares en donde se grabaron las escenas de películas emblemáticas como Oiga, vea! (1971), cada uno con su respectivo fragmento audiovisual. Se busca realizar un recorrido histórico por una Cali diferente, ambientada al mejor estilo del cine del siglo pasado.

Los estudiantes también le apuestan a la ciencia

Los estudiantes también le apuestan a la ciencia

“Urge preparar la próxima generación de colombianos con una óptima educación y con bases sólidas en ciencia y tecnología, en un proceso inicial de veinticinco años”. Con esas palabras, el neurocientífico colombiano —y javeriano— Rodolfo Llinás exhortaba en la páginas de Colombia: al filo de la oportunidad, el documento construido por la llamada ‘Misión de Sabios’ en los años 90 para revolucionar el estado de la ciencia y la educación en el país, a reformar el sistema de enseñanza con el objetivo de empoderar a los estudiantes para que asumieran con toda autoridad los desafíos de un mundo cambiante.

Con esta misma intención y la de facilitar el diálogo para nuevos trabajos colaborativos, además de resaltar los retos de hacer investigación en el país, la Pontificia Universidad Javeriana consolidó desde 1990 su congreso de investigación. Se trata de un espacio para fomentar el intercambio de conocimiento entre docentes y estudiantes, al igual que facilitar el diálogo para nuevos trabajos colaborativos entre jóvenes e investigadores con mayor trayectoria profesional.

De ahí que, fruto de más de 29 años trabajo y 15 ediciones, la asistencia de los jóvenes estudiantes vaya en ascenso, así como también su participación como ponentes en los simposios académicos.

No en vano el 27% de estudiantes participaron como asistentes en el XIII congreso, en 2015; el 36%, en el XIV Congreso de 2017, y el 38% de jóvenes estudiantes de pregrado, maestría y doctorado se ha inscrito a la edición XV, cuya jornada de inauguración será hoy, 10 de septiembre, y se prolongará hasta el próximo viernes 13.

Así mismo, la participación de los estudiantes ha sido un motor para fomentar el interés por la investigación, la innovación y la creación artística en las nuevas generaciones de la Universidad. Evidencia de esto es la creciente conformación de semilleros de investigación, de los cuales son los estudiantes su eje articulador: a finales del 2018, la Javeriana contaba con más de 584 jóvenes en 146 semilleros, cifra que aumentó, pues, a la fecha, cuenta con cerca de 644 estudiantes participando en 161 de estos grupos.

De esta manera, la apuesta javeriana con su congreso de investigación, y en particular con su más reciente edición, es movilizar a más de 2.000 invitados y convocar a la comunidad educativa para evidenciar, a través de 42 ponencias de estudiantes en el simposio ‘Investigación de estudiantes javerianos’, los resultados de las pesquisas producidas en sus trabajos de grado, tesis de maestría, proyectos de semilleros de investigación y experiencias académicas estudiantiles.

Con este tipo de espacios es posible construir apuestas de investigación que trasciendan las fronteras del conocimiento e impacten a la sociedad, y parafraseando a Llinás, construir una estrategia a largo plazo en ciencia, educación y desarrollo para que Colombia tenga la participación que amerita en el futuro de la humanidad.

Maryluz se escribe con “M” de maestra

Maryluz se escribe con “M” de maestra

Escuchar a Maryluz Vallejo es, hasta cierto punto, peligroso. Si en el interlocutor existe interés en la literatura, la historia y el periodismo, lo más probable es que de manera sutil —como actuaría un veneno refinado— se apodere de la víctima un deseo de saber más sobre los temas de los que ella habla, de leer los libros que ha leído, de salir a gastar suela en las calles de la ciudad en busca de una historia que contar… ¡Pero no de cualquier manera!, sino a través de una crónica. Hay pruebas que indican que, incluso, hubo en quienes operó el deseo inevitable de recluirse en una hemeroteca para hacer una tesis sobre algún protagonista de la historia del periodismo nacional.

La pasión de Maryluz por el periodismo, la literatura y la investigación —sin caer en la vana exageración— es contagiosa. Sus más de 25 años de docencia, transcurridos entre la Universidad de Navarra, la Universidad de Antioquia y, sobre todo, la Pontificia Universidad Javeriana, dejan un sinnúmero de profesionales que en su diario ejercicio ponen en práctica las lecciones aprendidas con ella. “Como profesora es absolutamente encantadora porque logra que uno se enamore de los temas, pero a la vez es extremadamente exigente. En eso radica su genialidad”, comenta Juan Pablo Calvás, editor de W Radio.

Hoy en día sus aulas trascienden las de la Javeriana. Podría decirse que se extienden a las salas de redacción de los medios del país entero, pues su trayectoria investigativa, su producción intelectual y criterio la han convertido en una experta del oficio, autorizada para dar luces sobre qué es y cómo se hace el periodismo de calidad. De hecho, ha sido parte del jurado del Premio Nacional de Periodismo Simón Bolívar durante los últimos cinco años. ¿Cómo llegó a ese punto?


Instrucciones para comprender a Maryluz

Como primera medida, determine si algunos de los siguientes apellidos le son familiares: Carver, Cheever, Fallaci, Kapuściński, Orwell, Cortázar… En caso de que le sean ajenos, preocúpese, porque la primera y más relevante instrucción para aproximarse a la sensibilidad de esta mujer es ser un ávido lector y disfrutar el tacto de los libros y periódicos impresos. Ella es, ante todo, lectora.

Desde niña leyó en compañía de su abuela, de quien heredó el gusto por la lectura de los suplementos culturales de los periódicos. Desde entonces la literatura ha sido su pasión. Y habría estudiado literatura, de no ser porque en Medellín, su tierra natal, no existía la carrera. Así que como ‘atajo’ hacia ese mundo novelado y ensayado se inscribió en Comunicación Social y Periodismo, en la Universidad Pontificia Bolivariana.

Fue en esa época cuando aprendió a escribir con los 10 dedos. “Cuando pasé a la Universidad me dije: ‘¡cómo no voy a escribir rápido!’, entonces me compré un método de mecanografía y mi máquina Olivetti. Fueron horas y horas de ejercicios, porque cuando digo que voy a hacer algo, lo hago”. Esta anécdota refleja otro aspecto fundamental de su modus operandi: la disciplina unida a la perseverancia.

Otro buen ejemplo de ese rasgo fue la manera en que consiguió su primer trabajo en el periódico El Mundo, del que admiraba su espíritu progresista. Antes de graduarse iba allá a hacer los trabajos, y no solo eso, iba también en las vacaciones a trabajar en lo que le ofrecieran, desde secretaria hasta todera. Al graduarse, aunque ya la conocían, le hicieron presentar unas pruebas y, finalmente, la contrataron. Pronto pasó a la sección cultural y terminó como editora del suplemento, su sueño.

En ese momento el director del periódico era Darío Arizmendi, que daba lecciones en cada consejo de redacción. También tuvo excelentes jefas y editoras, todas mujeres. Recordar sus aprendizajes en la sala de redacción la lleva a analizar un tema delicado en los medios actuales: están dejando de contratar editores. “En la universidad, a los estudiantes les damos herramientas, pero ellos deben seguir formándose en las salas de redacción porque el criterio se forma en el día a día, en la práctica. Y los medios están ahorrándose a los editores”, comenta. La consecuencia más grave —advierte— son los errores y, en suma, la falta de calidad en la información.

Maryluz H C


Docencia y viajes en el tiempo: hallazgos en el Viejo Mundo

Maryluz descubrió en España que era buena para la docencia. Se fue becada con el Programa de Graduados Latinoamericanos (PGLA) de la Universidad de Navarra, en Pamplona, y escribió una tesina sobre criterios de edición de suplementos literarios. Allí se quedó haciendo el Doctorado en Ciencias de la Información, con una beca de profesora ayudante y, por primera vez, exploró esta faceta, rol que no dejaría de ejercer en adelante. Enfocó su tesis doctoral en un tema que publicó en un libro titulado La crítica literaria como género periodístico, obra que, hasta la fecha, sigue siendo consultada.

Su voraz curiosidad intelectual se potenció allí, cuando descubrió que podía emprender viajes al pasado desde un lugar solitario llamado hemeroteca, en el que reposan revistas y periódicos, y que en la Universidad de Navarra estaba ubicado en el sótano. Allí pasó cerca de un año, leyendo periódicos viejos para documentar la tradición de la crítica literaria española. Su recién adquirida pasión por los viajes en el tiempo sería determinante en su posterior trayectoria investigativa y académica.

Tras cinco años en el Viejo Mundo regresó para cocrear y dirigir la primera especialización en Periodismo Investigativo, en la Universidad de Antioquia, de la mano de uno de sus grandes maestros: el periodista Juan José Hoyos. “Tuvimos a reconocidos periodistas, como Javier Darío Restrepo, Arturo Alape, Alberto Donadio y Germán Castro Caycedo. Ahí empezó mi faceta de gestora”, recuerda.

Hoyos dictaba Historia del Periodismo en Colombia durante el Siglo XIX, y ella debía encargarse de la del siglo XX, pero esa historia no estaba consignada en ningún libro, al menos con una mirada crítica, así que se dedicó a investigarla en las hemerotecas. “La misma fascinación que sienten los científicos con sus microscopios al observar pequeños organismos vivos la siento yo observando estos organismos muertos que son los periódicos”.

La historia del periodismo colombiano ha sido, desde entonces, una línea de investigación permanente en su vida. De ahí nace su libro A plomo herido, que es “una historia política y sociocultural del periodismo escrito en Colombia —desde 1880 hasta 1980— contada a manera de crónica”, como explica en el prólogo de su obra, considerada de consulta obligada en las escuelas de periodismo.

La historia del periodismo colombiano fue el tema de uno de los primeros cursos que dictó en la Javeriana, cuando llegó a dirigir el campo de Periodismo de la Facultad de Comunicación y Lenguaje, en 2001. Para ella, los estudiantes tienen que conocer la tradición periodística en la que se insertan y sentir orgullo por su profesión al reconocer que el periodista, por definición, es un intelectual.

Otros cursos con los que ha hecho escuela en estos años y que han derivado en investigaciones propias y de los estudiantes han sido los de periodismo de opinión, periodismo cultural y teoría de la argumentación.

Maryluz H 1


Directo Bogotá
: referente de la crónica urbana

En tiempos en que resulta difícil mantener vivo un medio de comunicación, Maryluz ha participado de la fundación y ha dirigido dos medios universitarios de periodismo urbano que aún palpitan: De la Urbe, nacido en la Universidad de Antioquia, y Directo Bogotá, de la Javeriana, que a la fecha cuenta con 64 ediciones. En Directo Bogotá —tanto en la revista impresa como en la plataforma digital— tienen cabida la cultura popular, personajes cotidianos de bajo perfil, historias que narran la ciudad oculta y las distintas tendencias artísticas.

Por sus páginas han pasado multitud de estudiantes que hacen parte de la escuela de Maryluz. “Con Directo, en las primeras clases, ella te enseña la importancia de la reportería. Es muy cuidadosa en la forma de enseñar el uso del lenguaje de la crónica, también nos insistía en la consulta de distintas fuentes”, recuerda María Mónica Monsalve, expupila, hoy periodista de El Espectador. “Lo que más me enorgullece es haber dejado una escuela, que es un estilo y una manera de narrar con buena prosa y sentido ético”, comenta la maestra.

Entre sus más recientes retos está el diseño de la nueva Maestría en Periodismo Científico, que se iniciará en 2020. Pero mientras inicia esa nueva etapa, ella continuará avanzando en sus pesquisas sobre la historia del periodismo ambiental —línea de investigación de la maestría—, al tiempo que dicta clases, asesora tesis, caza gazapos en Directo Bogotá antes de su publicación, comenta un libro en un evento, escribe una crítica literaria para una revista, ve noticieros, avanza en la redacción de un libro, hace recortes de periódico para su colección personal y para los estudiantes… Y, en medio de sus múltiples proyectos, saca tiempo para las tareas domésticas y pasear a su mascota, ir a cine, ver alguna serie de Netflix, chatear con su hija ―que estudia en el exterior―, regar las matas y cultivar sus amistades, “mi línea de investigación favorita”.

Ciencia ciudadana, una alternativa de investigación colaborativa

Ciencia ciudadana, una alternativa de investigación colaborativa

Por décadas ha sido común escuchar comentarios de inconformidad acerca del estado de la educación en Colombia, particularmente sobre las brechas de acceso a la formación académica debido a sus altos costos, la precariedad de los salarios de los docentes y el rígido pensum académico, de ahí que jóvenes e investigadores conformen la extensa diáspora de colombianos que buscan un mejor futuro profesional en el exterior. Según el Ministerio de Relaciones Exteriores, cerca de 4,7 millones de colombianos están fuera del país, siendo Estados Unidos, España y Canadá los de los destinos más frecuentes.

Además, como si fuera poco, lamentables cifras como el puesto 57 entre 72 que ocupó el país en las pruebas Pisa de 2015, con las cuales la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) mide el nivel de calidad del sistema educativo, o casos más alarmantes como los aproximadamente 260 millones de niños en el planeta que no asisten al colegio, presentan la importante necesidad de fomentar y garantizar la participación ciudadana en programas de formación académica capaces de garantizar una sostenibilidad en el quehacer profesional, así como también la incursión en prácticas de investigación que promuevan la integración de la academia, la industria, el Estado y las mismas comunidades.

Pesquisa Javeriana conversó con Viviana Ruiz Gutiérrez, investigadora asociada y ecóloga cuantitativa para el Programa de Ciencia de la Conservación en el Laboratorio de Ornitología de Cornell, en Estados Unidos, especialista en ciencia ciudadana e invitada de honor a la XV edición del Congreso La Investigación en la Pontificia Universidad Javeriana, acerca del rol que juega la ciencia colaborativa en el quehacer de la investigación universitaria y la formulación de estrategias para resolver los retos de la formación académica en Latinoamérica.


Pesquisa Javeriana: ¿Cuál fue su motivación para dedicarse al estudio estadístico de la conservación?

Viviana Ruiz: Estudié Biología Tropical en la Universidad Nacional de Costa Rica, ahí me empecé a interesar en cursos de ecología aplicada pero identifiqué la necesidad de hacer análisis profundos de datos, y me di cuenta de que en América Latina en general no había mucha capacidad para ello. Por eso busqué programas especializados porque, si uno quiere hacer algo en conservación, lo primero que tiene que asegurar es que sus resultados y su ciencia sean lo más confiable posible. Así terminé haciendo mi doctorado en el Departamento de Ecología y Biología Evolutiva en la Universidad de Cornell, en Estados Unidos.


PJ: ¿Encontró modelos estadísticos que respondieran a sus necesidades?

VR: Sí. Por ejemplo, uno se llama modelo poblacional integrado y con él analizamos una especie endémica del estado de California; la tarea era demostrar que la especie Agelaius tricolor estaba en peligro de extinción a pesar de que por años no se había logrado evidenciar científicamente su presencia. Usamos los datos de ciencia ciudadana que tenemos en el Laboratorio de Ornitología de Cornell y este modelo estadístico, que toma en cuenta la incertidumbre que existe cuando uno quiere ver una tendencia poblacional. Con esto pudimos estimar que en los últimos 10 años la población se había reducido en un 34%, que el declive era de una magnitud mucho más grande y que la forma más efectiva de conservar esta ave es invertir en su éxito reproductivo.


PJ: ¿Por qué el nombre de ciencia ciudadana? ¿En qué consiste el término?

VR: Es un proceso cíclico, que no solo consiste en decirle a la gente que colecte datos para que los use un investigador sino que se trata de un proceso en el que ellos se apropian de la información, la usan y la comparten. Es un ejercicio de sostenibilidad, uno realmente colaborativo en el que yo, como investigadora, estoy aprendiendo de las acciones de ellos y ellos ven de los resultados que genera el proceso científico que estoy liderando.


PJ: Según su respuesta, este proceso contempla un componente de apropiación social del conocimiento. ¿Estadísticamente es posible cuantificarlo o cualificarlo?

VR: Realmente son pocos los ejemplos de la integración entre un análisis realmente confiable de información científica sobre apropiación del conocimiento, al menos en vida silvestre, y las comunidades. Este es más un proceso colaborativo y participativo, pues antes de empezar la investigación uno aprende cuáles son las necesidades de las comunidades para, con los resultados del proyecto, satisfacer sus necesidades.


PJ: ¿Cuál es el reto de trabajar con comunidades?

VR: El reto no está con las comunidades, está con los científicos, pues no están entrenados para verlas como un recurso, como aliados en lo que es el proceso científico. Para mí ese es el reto porque vemos la investigación lejana de las comunidades. Datos son datos al final del día, no importa si los colecta un técnico, si los colecto yo o un miembro de la comunidad; el hecho de no aprovechar el conocimiento que existe en las comunidades como parte de nuestra investigación es el reto más grande!

Viviana Ruiz Gutiérrez, conferencista invitada al XV Congreso La Investigación en la Pontificia Universidad Javeriana. / Cortesía
Viviana Ruiz Gutiérrez, conferencista invitada al XV Congreso La Investigación en la Pontificia Universidad Javeriana. / Cortesía


PJ: Hoy se habla del término ‘cuádruple hélice’, la articulación del Estado, la academia, la industria y la sociedad en proyectos investigativos para el desarrollo comunitario. En ese sentido, ¿puede la ciencia ciudadana pensarse como una estrategia para alcanzar los Objetivos de Desarrollo Sostenible, planteados por la ONU?

VR: Sí, esto es fundamental. Algo que hace la ciencia colaborativa es aumentar y mejorar la gobernanza entre esos mismos sectores- el académico, gubernamental, el sector privado y la sociedad. Entonces cuando uno piensa: ¿sostenible para quién?, o, ¿qué significa sostenibilidad?, Estos se pueden definir en conjunto. No se trata solo del resultado de una investigación, sino cómo estos los benefician a estos diferentes sectors, y cómo la información que se usó para hacer ciencia les permite hablar el mismo lenguaje de sostenibilidad.


PJ: ¿Podría darnos un caso exitoso sobre ciencia colaborativa en Colombia?

VR: Sí. Actualmente hago parte de un proyecto llamado ‘Nuestras aves, nuestro café’ en el municipio de Jardín, en el departamento de Antioquia. Allí estamos trabajando con caficultores en el registro formal de todas aves que conocen que habitan sus cafetales. Trabajamos con los hijos de los caficultores, en las escuelas a través del programa ‘Amigos de las aves y el café’, en el que se les enseña los beneficios que les traen las aves al café y los retos que tienen las aves y el café frente al cambio climático; también con el SENA para certificar a los jóvenes como guías locales para ofrecer tours de aves y café, y nosotros, desde el Laboratorio de Ornitología de Cornell, usamos toda esta información de ciencia ciudadana para investigar como incentivos para practicas productivas sostenibles para el café generan un beneficio para la biodiversidad de este paisaje natural.


PJ: Usted será una de las invitadas al XV Congreso La Investigación en la Pontificia Universidad Javeriana, cuyo lema es ‘¿Ciencia para qué? ¿Ciencia para quién?’. En este caso, ¿cómo respondería a esas preguntas?

VR: Yo he dedicado mucho de mi trabajo a crear capacidades; es decir, entré a ser parte de la Academia en EE.UU. porque sabía que desde acá yo podía impactar en el acceso al conocimiento y a herramientas, porque al final del día es lo que construye ciencia, el conocimiento de la ciencia es la que da acceso a ella. La respuesta está en llevar ese conocimiento a las zonas apartadas, esos recursos, esas herramientas, a las zonas más remotas de América Latina porque el mayor problema es que allí hay mucha voluntad para la conservación, pero no hay opciones.


PJ: ¿Cuáles serían los retos por resolver en Latinoamérica?

VR: Muchos de nuestros retos vienen de desigualdades, de falta de acceso a la educación, a recursos en formación, por eso la mayoría de mis proyectos, los talleres y cursos que doy, tienen que ver con el acceso al conocimiento para que la gente no tenga que irse de sus países, de sus zonas rurales para aprender.


PJ: ¿Nos daría un adelanto sobre el tema que tratará en el Congreso?

VR: Voy a hablar sobre los beneficios del conocimiento científico en la ecología aplicada y las ramas de la conservación, y la importancia de involucrar a las comunidades en diferentes aspectos de investigación, especialmente cuando ellas son insumo de gran cantidad de información que nunca vamos a adquirir con los fondos limitados que existen para este fin.

Por eso, si nosotros como científicos solo generamos información y no involucramos a las comunidades en la colecta de datos o en la toma de decisiones, no tendremos el impacto que queremos tener. Tendremos publicaciones, pero nunca un impacto verdadero. Trabajando directamente con las comunidades es como se construye la ciencia ciudadana.


PJ: ¿Cuál es su reflexión sobre la participación ciudadana en los procesos de investigación?

VR: Los estudios sobre conservación nunca se deben hacer de manera individual o venir solo de la academia. Si el proceso de recopilar información, digerir datos y apoyar la identificación de conocimiento no es algo colaborativo, algo participativo, nunca va a haber confianza en esta labor.

 


El XV Congreso La investigación se llevará a cabo del 10 al 13 de septiembre en la Pontificia Universidad Javeriana. Puede inscribirse aquí.

Momento histórico de la ciencia que requiere decisión política

Momento histórico de la ciencia que requiere decisión política

La ciencia atraviesa un momento histórico en el país. Se unieron dos hitos que sitúan el nuevo conocimiento científico en el primer nivel de las preocupaciones de Estado y, espero, como hoja de ruta para nuestro desarrollo económico, ambiental y social. Me refiero a la creación del Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación, con la Ley 1951 de 2019, y a la conformación de la Misión Internacional de Sabios, que en su reunión de junio volvió sobre los requerimientos básicos: una educación de calidad desde la primera infancia, la inversión en investigación y desarrollo, y el fortalecimiento de una ciudadanía crítica e innovadora.

Estas apuestas conllevan desafíos de mayor envergadura, especialmente en un país que resuelve sus desbordados afanes de manera reactiva. Además, le otorgan a la Ciencia, la Tecnología y la Innovación (CTI) la importancia que tiene para brindar soluciones creativas y de largo aliento. Ambos eventos son de aplaudir e invito a no desfallecer en el intento histórico por encontrar en el conocimiento científico el complemento para una visión integral de reconstrucción de país.

El solo hecho de que la CTI haya escalado al primer nivel del Gobierno nacional con un espacio en el Consejo de Ministros es la oportunidad tanto para incidir tanto en la agenda de país como para facilitar la articulación de actores de la academia, la política, la economía y la sociedad. Además, permitirá aportar una perspectiva crítica e informada, alimentada por la evidencia científica.

En Iberoamérica, países como España, Brasil, Costa Rica, Chile, Argentina y Cuba han contado con carteras similares al Ministerio de Ciencia y Tecnología, otros lo han conjugado con educación o productividad. Unas naciones más han ubicado la CTI en viceministerios, consejos u órganos consultivos de las presidencias. No existe un único camino ni una fórmula infalible para replicar o apropiar en nuestro contexto. Sin embargo, se deben tener en cuenta factores significativos para que esta oportunidad de carácter histórico –enfatizo– no se pierda en el universo de los buenos deseos ni se diluya entre las urgencias nacionales.

El presupuesto es un factor que genera incertidumbre. La misma ley indica que no habrá recursos adicionales a los que tiene actualmente Colciencias. Justamente la Misión de Sabios reflexionó sobre este particular: es inadmisible que en Colombia se siga invirtiendo menos del 1% del PIB en CTI.

Además, desde la academia existe temor ante el cambio nominal de Colciencias a ministerio, ya que implicaría desconocer funciones complementarias de ambas instancias. Mientras que el ministerio tendría la responsabilidad de la discusión en política pública y estratégica de la ciencia, así como la articulación con otros sectores, Colciencias continuaría su labor de gestión técnica para el fomento de la investigación y la articulación con el ecosistema científico.

Los dineros de la ciencia no se pueden destinar únicamente a procesos de gestión y diseño de política pública. La actividad investigativa requiere recursos para avanzar y trascender las fronteras del conocimiento y hacer presencia en todos los frentes: laboratorios, salidas de campo, diálogos con empresas y comunidades y con el entorno científico internacional para brindar soluciones sostenibles y efectivas, tanto en lo local como en lo global.

Países con contextos similares al nuestro muestran resultados muy concretos con una apuesta de largo aliento en investigación, desarrollo y emprendimiento: es el caso de Chile, ad portas de ser el primer país desarrollado en Latinoamérica y el Caribe.

Esperamos que este momento, junto con las recomendaciones de la Misión Internacional de Sabios, sea un hito real para propiciar giros relevantes en las decisiones para la ciencia que impacten en el destino del país.


Luis Miguel Renjifo Martínez
Vicerrector de Investigación
Pontificia Universidad Javeriana

En busca de los huevos de oro

En busca de los huevos de oro

“Sentir que puedo contribuir es muy motivante”, dice con la decidida confianza que la caracteriza.

Es Nini Vanesa Rueda. Ha dedicado los últimos seis años de su vida a cambiar calificaciones por descargas eléctricas. Es la creadora de los circuitos utilizados en procesos de descontaminación de agua y de tratamiento de gases, a través de la producción de plasma frío. Para lograrlo, utiliza la tecnología de descarga de barrera dieléctrica, con la cual le ha dado unos minutos más de pureza al medio ambiente.

El plasma es un estado de la materia con características similares a las del gas, pero, a diferencia de este, una porción de las partículas son ionizadas, creando la posibilidad de inyectar energía en diferentes procesos industriales. El trabajo actual de Vanesa implica crear las condiciones eléctricas idóneas para que el plasma permita descontaminar los gases de escape de los motores diésel, gases que contienen material particulado tóxico que llega directo a nuestros pulmones.

“No me considero propiamente ambientalista, pero claramente soy consciente de los problemas ambientales, y que el trabajo que haga tenga un impacto importante fue un punto decisivo para trabajar en este tema”, continúa la ingeniera electrónica que de niña soñaba con ser médica, hacía piruetas de porrista y daba uno que otro paso en las clases de danza del colegio. Aunque nada le generó tanta pasión como la física. Predecir el mundo a través de la ciencia era, entonces y ahora, su obsesión.

Sin embargo, le fue difícil convencer a su padre, el ingeniero civil Álvaro Rueda, al momento de ingresar a estudiar ingeniería. “Decía que nosotros éramos los obreros del mundo, que nunca llegábamos a tener cargos grandes y que revolucionaran. Que éramos obreros con título”. Pero Vanesa tiene claro que no quiere trabajar para otros. Sabe que la investigación le permite apropiarse de lo que hace, reconocerse en sus logros y aprender de sus fracasos. Son suyos. Igual que sus preocupaciones. Y es que ser mujer investigadora no es fácil.

“Me he preocupado bastante, de pronto más conscientemente que los hombres, por dejar siempre una buena impresión con la calidad de lo que hago. No hay muchos modelos a seguir de mujeres en la ciencia y creo que todas siempre estamos demostrándonos y a los demás que la calidad de la investigación no depende del género. Pero es un reto”.

Justo después de embarcarse en la ingeniería, cambió las porras, la danza y las clases de guitarra del colegio por el grupo estudiantil de la Asociación Internacional de Ingenieros Eléctricos y Electrónicos (IEEE), del que más tarde se convertiría en líder. Fue allí donde conoció a profesores y estudiantes, ponentes y expertos, que la atraparon con sus experiencias como investigadores y le dieron el insumo necesario para convertirse en joven investigadora.

Desde el final del pregrado hasta la maestría, su trabajo con el grupo de investigación de la Pontificia Universidad Javeriana en Sistemas de Control, Electrónica de Potencia y Gestión de la Innovación Tecnológica (Cepit) fue reconocido en 2015 por el programa Jóvenes Investigadores, de Colciencias.

Después de terminar la maestría en Ingeniería Electrónica con énfasis en Electrónica de Potencia, Vanesa viajó a Francia para hacer una pasantía. Continuó el doctorado y ahora, en cotutela con la Javeriana, vive la mitad del año en Francia y la otra mitad en Colombia, cumpliendo su sueño de ser una viajera incansable.

joven-investigadora

“Últimamente me dedico mucho a viajar. Me enamoré de conocer culturas, lugares diferentes y cada vez estoy buscando destinos más lejanos. El solo hecho de planear el viaje, escoger las ciudades y paradas de un roadtrip, te obliga a conocer la cultura y la historia”.

En dos años se graduará como doctora en Ingeniería. Ella sabe quién estará en primera fila: “Mi mamá es mi todo. Mi mamá es la que siempre está ahí, me alcahuetea todo, siempre está superorgullosa de todo lo que hago, está de primeras mostrando los logros y apoyándome”, dice con satisfacción.

Y luego, ¿qué viene? “Quiero seguir en la investigación, ya sea dentro de la academia o en el sector privado. Quiero tener la oportunidad de trabajar en el extranjero para traer luego esos conocimientos de ciencia al país”. Vanesa parece no darse cuenta de que ya lo ha estado haciendo.

El sueño de esta ingeniera es una mezcla de aeropuertos y tecnología. Mientras conoce el mundo, Vanesa busca descubrir sus propias capacidades para innovar y estar detrás del desarrollo de la tecnología en su propio país. Cuando esto ocurra, Vanesa habrá encontrado sus huevos de oro.

La ciencia para ver más allá de lo evidente

La ciencia para ver más allá de lo evidente

El pasado 4 de junio la revista Tropical Conservation Science publicó el artículo “Species Distribution Modeling in Latin America: A 25-Year Retrospective Review”, en el que dos profesores javerianos presentan una revisión sobre los países e instituciones que han marcado tendencia investigativa sobre modelado de distribución de especies (SDM, por sus siglas en inglés) a nivel internacional, que cubre la literatura publicada en la historia de esta temática a nivel global entre 1993 y 2018.

Gran parte de los datos y resultados que expone la publicación se obtuvieron gracias al trabajo colaborativo entre Nicolás Urbina, postdoctor en Ciencias Biológicas y docente de la Facultad de Estudios Ambientales y Rurales (FEAR), y Hernán Morales, bibliotecólogo de la Biblioteca General Alfonso Borrero Cabal, S.J. Ambos participaron en uno de los pilotos de creación del nuevo servicio que ofrecen entre la Dirección de Innovación de la Vicerrectoría de Investigación y la Biblioteca General: el de inteligencia competitiva.

Este servicio, presentado ante la comunidad académica el martes 15 de julio, desarrolla una metodología que permite analizar grandes volúmenes de información de manera sistémica a partir de bases de datos científicas y de patentes con las que cuenta la Universidad. La inteligencia competitiva se compone de varios niveles de aproximación, entre ellos, la inteligencia científica, la inteligencia tecnológica y la inteligencia comercial.

Con esta metodología, la apuesta de la Javeriana es apoyar a los investigadores en aspectos como la definición del estado del arte de sus proyectos, identificación de redes de colaboración de autores u organizaciones, sugerencias de las posibles revistas para publicar sus resultados de investigación, entre otros. “Todo esto con el fin de aumentar el impacto de la investigación que se realiza al interior de la Universidad”, explica la Dirección de Innovación de la Universidad.

De hecho, Urbina escuchó por primera vez el concepto de inteligencia competitiva en el Congreso de Investigación de la Pontificia Universidad Javeriana de 2015, en el que Sergio Cuéllar, asesor de la Dirección de Innovación, habló sobre bibliometría y minería de datos.

“En mi doctorado ya había hecho varias revisiones de literatura de manera más conceptual, buscando el diálogo entre conceptos y teorías, pero no había visto la posibilidad de trabajar cosas más analíticas. Cuando vi la charla, me dije: ¡Qué verraquera, hay redes, hay nubes de palabras! Esto puede mejorar un montón las futuras revisiones de literatura que haga”, recuerda.

Por eso se acercó a Sergio Cuéllar al final de la charla para ahondar más sobre la temática. Este primer encuentro culminó no sólo en una explicación de la herramienta VantagePoint, sino también en un posterior trabajo de minería de datos como director y codirector de una tesis de la Maestría en Conservación y Uso de Biodiversidad de una egresada de FEAR, con la que actualmente están trabajando en una revisión del estado del arte que ha desarrollado mapas de servicios ecosistémicos a nivel global.

Más adelante, a finales de 2017, la Facultad de Ciencias, a través de su decana, Concepción Puerta, generó un contacto entre Hernán Morales y Urbina para configurar una red de autores con base en unos registros de proyectos de investigación, con miras a conformar un panorama visual de la interacción de los profesores y unidades académicas con el Comité Institucional de Cuidado y Uso de Animales (CICUA) para el informe anual de la Unidad de Biología Comparativa (UBC) de la Facultad.

Gracias a esas experiencias previas en minería de datos, Urbina ya tenía un panorama más claro de lo que se podía potencializar con el servicio de inteligencia científica que proyectaba la Biblioteca General junto con la Dirección de Innovación; paralelamente, en mayo de 2018, la revista Tropical Conservation Science invitó al investigador a publicar un artículo, y él inició un manuscrito que apuntara a revisión de literatura. Así, armó un equipo de seis personas, entre las que incluyó a Morales, para responder su pregunta de investigación.

El profesor Urbina tenía claro que buscaba identificar, entre diversos tipos de software de modelamiento en distribución geográfica de especies, los que más se usan en el mundo, qué instituciones los usan, en dónde y cómo colaboran con otras entidades u organizaciones para acelerar los estudios de distribución de especies en Latinoamérica y finalmente apoyar la toma de decisiones a la hora de generar estrategias para conservar esas especies.

Hernán Morales se encargó de ayudar a Urbina con la generación de las cadenas de búsqueda, así como con toda la limpieza y procesamiento de datos para las gráficas. Tanto el investigador como el bibliotecólogo trabajaron más allá de las horas laborales para intercambiar percepciones sobre las palabras clave, la mejor manera de visualizar la información y, en general, todos los elementos que les permitieran arrojar resultados con exactitud.

“La minería de datos es la descomposición de un documento en un montón de nuevas cosas. Nosotros desde la Biblioteca General la realizamos con datos estructurados extraídos de las bases de datos especializadas. Por ejemplo, tomamos las palabras clave, el resumen, los autores, la institución, el país, etc. Dependiendo de los resultados que se arrojen, el proceso puede ayudar a identificar dónde no hay nada hecho”, explica Oscar Chaves, bibliotecólogo asignado a las Facultades de Artes y Arquitectura y diseño.

Usualmente un investigador se sienta a leer la bibliografía que tiene, y crea nueva información por inferencia a partir de la lectura que realiza. “En el caso de la minería de datos no se produce información solo por la lectura, sino por extracción de temas particulares o de tendencias que generan los mismos documentos a través de un software o herramienta diferente, que puede ser incluso un Excel”, agrega el bibliotecólogo.

El trabajo, que en principio pensaban sería de un par de meses, se extendió por un año, dado que desde la revisión por pares se recibieron recomendaciones para mejorar y ampliar la información bajo un esquema de revisión sistemática de literatura. Esto permitió una mayor exhaustividad para el análisis de información y más precisión con los datos y resultados obtenidos.

Para Urbina, “esta aproximación analítica permite identificar patrones macro tan contundentes que evidencian otras cosas nuevas, dados los datos. Una cosa es lo que el investigador obtiene de la lectura de los artículos en una revisión, haciendo una investigación cualitativa de los conceptos (que es lo que yo he hecho desde hace unos años), y otra es este proceso que es como la espada del augurio: te permite ver más allá de lo evidente porque conecta metadatos. Tu cerebro no logra conectar, integrar y entender la interacción entre 5.000 instituciones que colaboran para formar un cuerpo del conocimiento”.

No obstante, considera que el servicio de inteligencia científica “tiene que ser supervisado porque puede haber mucho ruido. En la primera versión teníamos 151 artículos, pero luego de depurar las cadenas de búsqueda y leer el título de 13.388 documentos, nos dimos cuenta que el cuerpo y análisis era de 1.000 documentos. Nos estábamos perdiendo un porcentaje altísimo de la literatura publicada. Parte de mi conclusión es que hay que estar encima de los algoritmos y hacer una buena pregunta de investigación. El investigador tiene que tener un gran nivel de claridad sobre para qué lo va a usar. No publicar la red o gráfica porque esté linda, sino por cómo le saca información”, explica.

Lanzamiento del Servicio de Inteligencia Competitiva en la Javeriana. /Carlos Prieto
Lanzamiento del Servicio de Inteligencia Competitiva en la Javeriana. /Carlos Prieto


Un camino competitivo

Antes de presentar formalmente el Servicio de Inteligencia Competitiva a la comunidad académica, las directivas de la Javeriana, y especialmente de la Biblioteca General Alfonso Borrero Cabal, S.J., elaboraron dos proyectos piloto para asegurarse de que su potencial académico fuera aprovechado de la mejor forma por los investigadores.

Entre ellos resaltan diversos resultados, como el liderado por Oscar Chaves y el profesor de la Facultad de Filosofía Juan Samuel Santos, , en torno a la revisión de documentos sobre mentira en política. Esta experiencia no fue del todo positiva porque las fuentes que por el momento se emplean (Scopus y WoS), no cuentan con suficiente cantidad de información en filosofía.

En la otra orilla sobresale el piloto con estudiantes de doctorado en ingeniería pertenecientes al grupo de nanotecnología, que culminó en la publicación de los capítulos iniciales de sus respectivas tesis. Adicionalmente, se dieron fundamentos en uso de software especializado que redundaron en la publicación del artículo “The Bio-Nano Offer and its Impact on Environment, Energy, Agriculture, and Health en el Journal of Nano – Science and Technology. Con esos mismos resultados, los estudiantes presentaron varios afiches en “Nanotech”, evento realizado en Boston, Massachusets, entre el 17 a 19 de junio.

Ambas experiencias permitieron articular el actual servicio, que cuenta con dos niveles: uno de monitoreo y otro de direccionamiento. El primero se puede solicitar en cualquier momento del año y su resultado final será la presentación de grafos y datos explicados para su comprensión y lectura; el segundo nivel se ofrecerá a partir de las convocatorias de la universidad. En el resultado final no solamente se entregarán los grafos, también un análisis más detallado de la información obtenida.

Dada la complejidad del proceso y la capacidad del equipo de Servicios Especializados de la Biblioteca General, en un inicio únicamente se realizarán 15 estudios de monitoreo y cuatro de direccionamiento al año disponibles para profesores de planta y estudiantes de doctorado de la Javeriana.

“Con este nuevo servicio buscamos generar impacto en el quehacer investigativo, ya que incide en el hecho de que el investigador pueda convertir la información en conocimiento, garantizando que al finalizar el proceso de depuración y análisis se logre la construcción del estado del arte de su tema de investigación y la valorización de la información”, destaca Zulma Fajardo, Jefe Sección Servicios especializados de la Biblioteca.

Es el momento de actuar en política científica

Es el momento de actuar en política científica

Lisbeth

Tres son los temas sobre política científica que se están moviendo activamente en Colombia durante 2019, lo que ha permitido una mayor visibilidad de la ciencia para el ciudadano común y corriente.

El primero —y quizá el que más se conoce— es la conformación de la Misión Internacional de Sabios, lanzada en febrero pasado con 42 miembros, cuyo número aumentó a los pocos días a 47. Está dividida en ocho temas que el gobierno consideró claves y cada grupo o foco está integrado por colombianos residentes en el país y en el exterior, así como por extranjeros.

Durante el primer semestre entiendo que han abierto el diálogo para consultar a sus sectores a través de diferentes mecanismos y se reunieron en pleno a comienzos de junio para integrar los resultados y alinearse entre todos los grupos. Pesquisa Javeriana informó sobre este encuentro realizado en Medellín.

Tanto en esta nota como en las demás que se han publicado al respecto en los diferentes medios y portales resalta el tema de la educación, algo que no es nuevo porque es una verdad de a puño que un país educado tiene más posibilidades de ser consciente de su desarrollo, de generar nuevo conocimiento y de lograr la equidad para sus ciudadanos. Por un lado emociona, para ver si al fin logramos un cambio de 180 grados en la manera como estamos educando a nuestros niños y jóvenes, pero también sorprende porque desde hace décadas —o por lo menos desde la anterior misión de 1994— esa fue una de las conclusiones y recomendaciones más sobresalientes.

Los sabios tienen el reto de identificar barreras y oportunidades en cada uno de sus campos y de entregar el 5 de diciembre recomendaciones oportunas y factibles. Muy probablemente las harán para el mediano y largo plazos porque así se debe pensar un país, y el reto para el gobierno será empezar a ponerlas en marcha cuanto antes, sin necesidad de hacer un nuevo análisis porque, para eso, estuvo deliberando la Misión.

El segundo tema es el Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación, creado mediante la ley 1951 de 2019 y que debe empezar a funcionar el 24 de enero de 2020. Colciencias está liderando la implementación del nuevo órgano del ejecutivo, ha participado en reuniones por todo el país hablando al respecto, y también hace lo propio Iván Darío Agudelo, el senador que impulsó la iniciativa. El pasado 13 de junio en el Salón Boyacá organizó un evento titulado ‘Avances en el Ministerio de Ciencia’, en el que nuevamente, como en ocasiones anteriores, se escucharon diversas voces de apoyo con propuestas —cada uno desde su orilla— para la nueva institucionalidad. En conversación con Pesquisa Javeriana fue enfático, cuando le preguntamos sobre la relación entre Colciencias y el Ministerio: “Colciencias ya fue fondo, instituto y departamento; no vamos a permitir que sea el cuarto nombre”.  Pero cómo, esa la pregunta, si el parágrafo 2 de la ley dice: “El Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación para iniciar su labor no debe generar gastos adicionales de personal ni generales a los que al momento de su creación tenga presupuestado el Departamento Administrativo de Ciencia, Tecnología e Innovación (Colciencias)”.

Si es a costo cero, ¿cómo se lo imaginan entonces? Aún no hay una respuesta y todos los involucrados elucubran —elucubramos— al respecto. ¿Se podría pensar en un esquema, por ejemplo, en el cual el personal del Ministerio estuviera conformado por gente de la academia y de la industria que trabajaran ‘prestados’ por sus actuales lugares de trabajo y cumplieran el objetivo de dictar los lineamientos de la política pública en ciencia, tecnología e innovación? ¿Unos cerebros que durante el primer año, con las recomendaciones de la Misión y con su conocimiento experto piensen el país, fortalezcan y consoliden el Sistema Nacional de CTI, y establezcan una hoja de ruta que active Colciencias con unos recursos cada vez más sólidos?

Y así llegamos al tema del dinero, el tercero. Ya por lo menos pasó el susto de que le iban a quitar el 10% de regalías a la ciencia. La tarea ahora es continuar enderezando el proceso de adjudicación de los dineros que provienen de este rubro a proyectos que cubran y beneficien a las diferentes regiones para que sea posible consolidar en sus territorios la ciencia, la tecnología y la innovación.

Pero también resulta muy conveniente aclarar que cuando el gobierno promete subir la inversión en ciencia a mínimo el 1% del PIB, se refiera a Investigación y Desarrollo (I&D) más que a actividades de CTI (ACTI), concepto que incluye a I&D pero también la promoción, difusión y aplicación de los conocimientos científicos y técnicos, entre los cuales se destacan la formación y capacitación, las actividades de innovación y los servicios de apoyo a la actividad investigativa.

El presupuesto siempre será un dolor de cabeza hasta que nuestros gobernantes no se convenzan del todo de la importancia de invertir en educación y ciencia.

Es el momento de actuar y de apoyar todos estos espacios para que 2020 sea el año de iniciar con pie derecho esta nueva etapa de la investigación científica y la innovación en nuestro país. Y también es el momento de velar para que sea una investigación de calidad que allane con inteligencia el camino del desarrollo y se convierta en modelo a nivel internacional.