Hace dos años, la periodista Catalina Sanabria visitó un cálido y biodiverso territorio de Colombia asentado en una amplia planicie del valle del río Magdalena a la que se suman unas lomas conocidas como la serranía de las Quinchas. Es un municipio pequeño, con cerca de 50 000 habitantes, muchos de los cuales se dedican a la ganadería, pues gracias a los suelos fértiles allí crecen variedad de pastos; también se cultiva plátano, yuca, cítricos, se explota madera… También se cultiva plátano, yuca, cítricos, y se explota madera.
Ni hablar de su riqueza hídrica: además del Magdalena, entre sus activos están los ríos Negro, Guayaquí y Ermitaño y el humedal Palagua, lugares donde muchos de sus moradores se dedican ―aunque cada vez menos― a la pesca artesanal.
Este municipio es Puerto Boyacá (Boyacá), y sus tierras también albergan otra riqueza, cuya explotación viene prosperando desde 1946, hace casi ochenta años, en detrimento de la biodiversidad: la del llamado ‘oro negro’. “La actividad petrolera en el municipio es responsable de 109 sitios contaminados […]. Pescadores, ganaderos, habitantes e incluso las autoridades del municipio han presentado denuncias judiciales por las afectaciones al ecosistema y a los cuerpos de agua de la región, sin que hasta ahora se hayan realizado acciones de remediación”, describió Sanabria en un artículo publicado en 2023 en los portales de noticias ambientales Mongabay y Rutas del Conflicto.
Tenemos un descuadre
Este es solo un ejemplo de la forma como determinadas empresas generan riqueza económica en detrimento de un tipo de riqueza que sostiene la vida de todos en el planeta: la naturaleza. La cuestión es: ¿realmente los ‘informes de sostenibilidad’ de las empresas permiten cuantificar con exactitud los impactos ambientales que generan? Si esto es así, ¿por qué es tan común encontrarse con reportajes y noticias sobre ‘pasivos ambientales’ o ‘impactos’ sin resolver por parte de las empresas? ¿Qué es lo que está mal en todo esto?
La profesora María Angélica Farfán Liévano, del Departamento de Ciencias Contables de la Pontificia Universidad Javeriana y doctora en el área de Contabilidad, expresa con conocimiento de causa lo que muchos sospechan: “Esos informes tienen bastantes problemas de transparencia de la información […]. Y no es tan transparente precisamente porque hay una primacía del interés económico”.
Farfán Liévano, quien además es directora del Laboratorio de Sostenibilidad Empresarial de la Javeriana, ha venido trabajando en un tema tan inusual como necesario: la biocontabilidad. Recientemente publicó el artículo académico “Bioaccounting measurement of environmental assets: beyond environmental accounting” en la revista Meditari Accountancy Research, con la participación de Olga Inés Ceballos y Eutimio Mejía Soto, de la Universidad del Quindío. En este documento propusieron un modelo —por ahora teórico— que permitiría hacer una contabilidad más precisa y justa, en la que los conocidos ‘impactos ambientales’ realmente se expresarían en su verdadera dimensión.
Cambio de perspectiva
¿Qué hace la contabilidad? En palabras simples: ayuda a identificar, medir y registrar la riqueza, todo tipo de riqueza. En la contabilidad tradicional (y la más popular), conocida como contabilidad financiera, el foco está puesto en que la empresa gane, y ese es el problema. “Hemos tomado al medio ambiente muy desde la perspectiva utilitarista: nos provee las materias primas, pero hay demasiados equilibrios que hemos roto y que son relevantes para que exista la vida en todas sus formas”, explica la investigadora.
En este contexto, la propuesta de Farfán, Ceballos y Mejía se origina, de fondo, en un cambio de perspectiva: “Dejar de pensar que nosotros somos el centro del universo y que la única vida que importa es la nuestra”, recalca Farfán.
Su propuesta de biocontabilidad pone en el centro a la naturaleza, no al beneficio económico de la empresa. Y tiene sentido, pues, en últimas, si no hay naturaleza, no hay vida, ni riqueza económica ni empresas. “Los informes de sostenibilidad hablan de un equilibrio de lo ambiental, lo social y lo económico. Pero en realidad no hay un equilibrio. Por eso, nosotros hablamos de una pirámide en la que la base es lo ambiental”.
En la contabilidad tradicional, todo —propiedades, deudas, ahorros, préstamos— se puede reducir a una cuantificación económica: el dinero. Pero con la naturaleza es un poco diferente. Un mismo recurso, por ejemplo, el agua, no solo es diverso (hay ríos, lagos, etc.), sino que, además, se puede medir de modos distintos (metros cúbicos, litros) y tiene cualidades diversas: puede estar limpia o contaminada. Así las cosas, ¿de qué forma podrían convertirse los ‘activos ambientales’, como el agua, el aire, la fauna, la flora, el suelo y el subsuelo, en algo medible en sus propios términos?
Hagamos cuentas
Como no se puede medir lo heterogéneo, la clave estuvo en encontrar modos de homogenizar los activos ambientales para poder contarlos a través de una unidad de medida que no sea el dinero, sino una que exprese la lógica y el valor de los ecosistemas. Y tras una gran variedad de fórmulas, el equipo llegó a la síntesis máxima de su idea: la unidad de valor ambiental (UVA). ¿Y cómo llegaron a ese punto? Para empezar, generaron una analogía con la contabilidad tradicional y, de ella, tomaron su modo de clasificar cuentas grandes y otras más pequeñas. Vamos por partes.
En una contabilidad tradicional, hay cuentas grandes que se subdividen en otras más pequeñas. Es decir, en el nivel superior estarían los ‘activos’. Estos se dividen en cuentas, por ejemplo, ‘bancos’, que pueden dividirse en subcuentas (los diferentes bancos en donde la empresa tiene su dinero) y, en mayor nivel de desagregación, en cada una puede haber cuentas corrientes o de ahorro.
Para hacer posible la biocontabilidad se hizo la analogía con este tipo de esquema. Para la cuenta ‘agua’, habría unas subcuentas, por ejemplo: agua superficial, agua subterránea, agua marina, y unos recursos, como ríos, embalses, lagos. Lo que se mide son los recursos, homogeneizando la unidad de medida a través de factores de conversión cuantitativos y cualitativos que permitan su agregación en el nivel superior, por ejemplo, unificar mediciones en metros cúbicos o litros. Y, para contabilizar el componente cualitativo, se darían valores diferentes a sus cualidades, por ejemplo, el estado del recurso: que la fuente esté limpia o contaminada.
Luego de ese ejercicio de homogenización, y varios cálculos después, se produce esta joya biocontable: la UVA. “Esas diferentes cuentas ambientales —la atmósfera, el suelo, el subsuelo, el agua, etcétera— se pueden representar en esta unidad de valor ambiental y es con la que se busca estandarizar la pluralidad de unidades de medida de estos diferentes activos ambientales. Con ella, básicamente, se hace la medición cuantitativa y cualitativa de los activos, indica la investigadora.
Las ventajas son múltiples y la más significativa es lograr que los informes de sostenibilidad expresen los impactos ambientales de manera precisa y en la lógica de la naturaleza, no en la del dinero. “Lo que no se mide adecuadamente no se gestiona adecuadamente. Y hay muchas cosas que, en la actualidad, no se están midiendo. Lo que esperaríamos es que hubiera una mejor administración y gestión de esos activos ambientales y que haya un mayor control sobre los que una empresa o una organización usa o afecta”, concluye la docente.
Retos
Por ahora, esta propuesta es una construcción teórica que debe seguir trabajándose. El siguiente paso sería aplicarla a casos reales y, en un futuro próximo, lograr incidir en la legislación y en las políticas públicas. “Nuestra conceptualización parte desde lo contable y sabemos que para que pueda llevarse a cabo hay que trabajar con otros. Vamos a necesitar ayuda de físicos, ecólogos y biólogos, pues se tiene que abordar interdisciplinariamente”, expresa Farfán.
En un mundo donde, a pesar de la acción ciudadana y estatal, la crisis climática sigue profundizándose, la academia consigue articular propuestas con capacidad de trascender el papel y convertirse en cambios concretos. Pero requiere de apoyo: un cambio de perspectiva por parte de las empresas. “Pasar de solamente decir: ‘Esto es para temas de reporte’ o ‘para temas de imagen’, a decir: ‘Lo estamos haciendo para que haya ese cuidado y esa gestión adecuada’. Eso es lo más importante, más allá de la unidad de valor ambiental: el cuidado de la salud de los ecosistemas y de la vida”.
Para leer más:
- Farfán-Lievano A , Ceballos OI , Mejía Soto E (2024), “Medición biocontable de activos ambientales: más allá de la contabilidad ambiental”. Investigación contable de Meditari, vol. 32, n.º 6, págs. 2001-2033, doi: https://doi.org/10.1108/ MEDAR-09-2022-1796
TÍTULO DE LA INVESTIGACIÓN: Bioaccounting measurement of natural wealth: beyond environmental accounting
INVESTIGADORA PRINCIPAL: Angélica Farfán-Liévano
COINVESTIGADORES: Olga Inés Ceballos, Eutimio Mejía Soto
Departamento de Ciencias Contables Facultad de Ciencias Económicas y Administrativas Pontificia Universidad Javeriana – Universidad del Quindío
PERIODO DE LA INVESTIGACIÓN: 2021-2022



