El cambio climático puede enfrentarse con la regeneración de bosques altoandinos

El cambio climático puede enfrentarse con la regeneración de bosques altoandinos

Este artículo fue ganador del concurso Conviértete en divulgador científico, organizado por la Facultad de Ciencias de la Pontificia Universidad Javeriana y Pesquisa Javeriana, una iniciativa que busca invitar a los investigadores a compartir sus experiencias y acercar la ciencia a los colombianos.

El aumento anormal de la temperatura es tal vez uno de los principales síntomas de alarma sobre la presencia de alguna enfermedad en nuestro organismo. Ahora bien, si el organismo al que estamos tomando su temperatura fuera el planeta, no tendríamos la más mínima duda acerca de su delicado estado de salud.

Y es que dentro de los muchos padecimientos que La Tierra experimenta actualmente, existe una amenaza de especial importancia, debido a lo poco que sabemos acerca de sus efectos en el mediano y largo plazos. Me refiero con esto al cambio climático. Sin embargo, más importante aún es encontrar la cura para esta enfermedad, la cual puede hallarse en la regeneración de los bosques, especialmente en aquellos que se distribuyen en las franjas altas de los Andes entre los 2600 y 3200 metros de elevación.

En Colombia, dentro de los ecosistemas menos valorados —aunque al mismo tiempo más transformados históricamente— se encuentran los bosques altoandinos de la Sabana de Bogotá.

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Tominé de los Blancos (Guatavita, Cundinamarca).

Pese a la inclemente destrucción de las zonas boscosas del altiplano cundiboyacense desde hace más de tres siglos, algunos fragmentos persisten y continúan albergando una exuberante biodiversidad, colmada no solo de varias especies singulares de fauna y flora silvestre —muchas de las cuales no existen en ninguna otra parte del mundo— sino también de importantes beneficios en la regulación climática que nos prestan especialmente a quienes somos habitantes de esta región.

Sin embargo, muy poco sabemos acerca de las dinámicas ecosistémicas y los flujos de carbono de estos bosques y su papel en la mitigación y adaptación al cambio climático.

Con el objetivo de mejorar nuestra comprensión de la ecología de los bosques altoandinos, desde el año 2013 se creó el proyecto Rastrojos, como resultado de alianzas entre investigadores de las universidades Javeriana y Rosario.

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Montaje del experimento de descomposición de hojarasca.

En este proyecto se estableció una red de parcelas permanentes en distintas localidades de la Sabana de Bogotá con el fin de proporcionar información novedosa y relevante sobre la distribución de la diversidad florística en el paisaje, así como del ciclo del carbono de los bosques que persisten alrededor de Bogotá.

Esto ha sido posible gracias a la colaboración de los propietarios, que nos han permitido el acceso a sus predios ubicados en los Cerros Orientales de la capital y en los municipios de Tabio, Guasca, Guatavita, San Francisco y Soacha. Durante estos ocho años hemos empezado a comprender la importancia funcional de los bosques en regeneración y sus implicaciones en la regulación y el secuestro de carbono mediante la cuantificación de sus compartimientos y el estudio de rasgos o atributos propios de las comunidades vegetales.

La regeneración natural, como heridas que sanan

De manera similar a las heridas en nuestra piel generadas luego de algún accidente que lacera su tejido natural, la regeneración de los bosques se puede entender bajo esta misma mirada: su cobertura empieza a regenerarse naturalmente.

Las cicatrices que se perpetúan en los bosques son, al igual que ocurre con la piel, marcas indelebles que evidencian un legado incidente sobre la trayectoria que siguen estos ecosistemas dependiendo de la magnitud del evento de perturbación. No obstante, ¿Qué tan importante puede ser este proceso de recuperación natural en la regulación climática? Y en particular, ¿cuál puede ser el papel potencial de los bosques altoandinos en la atenuación de este fenómeno?

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Potreros cerca de bosques periurbanos en Tabio, Cundinamarca.

A pesar de ser una cobertura dominante en el paisaje, los bosques que se forman luego de un evento de intervención antropogénica —también denominados bosques secundarios— han sido infravalorados y no se considera que tengan una importancia ecológica a diferencia de los bosques maduros que han sido conservados durante varias décadas o incluso siglos.

Lo cierto es que como resultado del acelerado proceso de transformación de la tierra durante las últimas siete décadas, la expansión de zonas agropecuarias con algún uso comercial ha generado un incremento de las áreas de bosque secundario y la región Andina no ha sido ajena a este fenómeno. De hecho, menos de un tercio de la cobertura de bosque original sobrevive en los Andes colombianos, región que representa el mayor músculo económico y que adicionalmente concentra la mayor población del país.

Ante este escenario es fundamental cambiar el paradigma hacia la importancia potencial de potreros abandonados que, con el paso del tiempo, empiezan a recuperarse y establecer coberturas vegetales, siendo así elementos trascendentales en la configuración del paisaje, al no solo constituir hábitat para una variedad de especies características de los bosques montañosos y conectar funcionalmente los fragmentos de bosque remanentes, sino también al ser claves en el secuestro de carbono.

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Dennis Castillo Figueroa, autor de este artículo y parte del equipo de investigación del proyecto Rastrojos.

Esto cobra aún más importancia si tenemos en cuenta que más de la mitad de los bosques tropicales del planeta son secundarios, y que la mayor captura de carbono por parte de los árboles se da en las primeras etapas de desarrollo. Empero, la información que tenemos a este respecto en la Sabana de Bogotá, aunque suene increíble, es prácticamente inexistente.

Con el objetivo de contribuir a llenar estos vacíos de información, en el marco del proyecto Rastrojos, hemos encontrado que, con el avance de la sucesión —es decir, el reemplazo de especies en el tiempo—, además de un incremento en la biomasa hay cambios en algunas características de las comunidades vegetales, pues en bosques secundarios algunos rasgos como la densidad de madera promedio en la comunidad tiende a aumentar, mientras que en bosques maduros dicho atributo tiende a reducirse. Otra serie de rasgos y atributos vegetativos (foliares) y reproductivos (semillas) se están analizando para complementar estos análisis.

Cambio climático y el papel de los suelos

Recientemente algunos investigadores han propuesto a los bosques altoandinos como ecosistemas potencialmente estratégicos para el secuestro de carbono, dado que muchos de los bosques tropicales maduros de zonas bajas, como los bosques húmedos de la Amazonía, están llegando al límite de captación de carbono. No obstante, uno de los componentes posiblemente más ignorados sobre las funciones que cumplen estos bosques en el ciclo de carbono es, indiscutiblemente, el suelo y todos sus elementos asociados.

En gran medida nuestro enfoque hacia la comprensión del papel que juegan las coberturas boscosas es análogo a la punta de un Iceberg; se ha centrado en lo que vemos sobre la superficie, pero ha soslayado todo el componente subterráneo que sustenta el sistema. Por ejemplo, las raíces que constituyen el suelo ha sido un aspecto ampliamente desconocido, el cual es necesario indagar con mayor profundidad.

Dentro de los resultados que hemos encontrado en nuestra red de parcelas, hay una extraordinaria variabilidad en la producción de raíces finas del suelo en tan solo unos pocos metros de distancia. Las raíces finas —aquellas raíces menores a 2 mm de diámetro— además de ser componentes esenciales en la obtención de nutrientes y agua para las plantas pueden acumular enormes cantidades de biomasa subterránea, convirtiéndose así en uno de los reservorios de carbono más importantes de los bosques altoandinos.

Según nuestros hallazgos, su producción se explica parcialmente por elementos asociados a la fertilidad del suelo (como la concentración de aluminio y el flujo de nitrógeno), y la diversidad de plantas que favorecen la generación de raíces.

Hemos encontrado también que los bosques secundarios almacenan en promedio el 60 % de la producción de raíces finas que presentan los bosques maduros, una cifra nada despreciable si se tiene en cuenta la extensión de este tipo de coberturas boscosas.

Descomposición de hojarasca, la clave para entender el ciclo del carbono

De todos los estudios realizados sobre el ciclo del carbono en ecosistemas tropicales de alta montaña, solo el 25 % ha investigado flujos como la respiración de suelos, la caída y descomposición de hojarasca.

Precisamente es a través de la caída de hojas, por un lado, que se conforma gran parte de los suelos a través de la hojarasca acumulada que enriquece el sustrato con diferentes nutrientes —muchos de ellos limitantes como el nitrógeno o el fósforo— mientras que, por otro lado, esa hojarasca es una fuente notable de carbono que al descomponerse libera gases a la atmósfera que pueden incrementar el efecto del cambio climático.

Conocer cuánto tiempo tarda en descomponerse la hojarasca en ecosistemas que tienen una gran cantidad de carbono almacenado en el suelo como lo son los bosques altoandinos, es fundamental para determinar su función en la captura y flujo de carbono.

Y este es precisamente otro de los enfoques que se están estudiando en el proyecto Rastrojos, en donde se está realizando un experimento que pretende determinar la descomposición de hojarasca, a través de la instalación de 2856 bolsas de descomposición de 15 especies de plantas nativas de estos ecosistemas.

Con base en los resultados del experimento, ya en curso, se espera entender de forma integral las dinámicas de uno de los principales flujos de carbono de los bosques altoandinos.

La responsabilidad que tenemos actualmente sobre el cambio climático es totalmente decisiva para el futuro de la humanidad. Tal como lo mencionó en alguna ocasión el naturalista británico David Attenborough: “No hay duda de que el cambio climático está ocurriendo; el único punto discutible es qué papel los seres humanos están teniendo sobre él”. Por esto, frenar la deforestación y acelerar la regeneración natural de potreros abandonados puede ser una estrategia sustancial para contrarrestar este fenómeno global.

Es necesario continuar sumando esfuerzos de investigación que nos permitan diagnosticar mejor esta enfermedad que está sufriendo el planeta. Solo así podremos encontrar la cura que reestablezca la integridad de la Tierra. Al igual que ocurre con un paciente enfermo, la clave de la mitigación y adaptación al cambio climático puede estar en su recuperación natural, la cual podemos acelerar mediante el uso del conocimiento científico.


Título de la investigación: Estudio de dinámicas socio-ecológicas ante escenarios de cambio climático en bosques secundarios peri-urbanos Altoandinos.

Investigadores principales: Juan Manuel Posada y Natalia Norden.

Coinvestigadores: Ana Belén Hurtado, Carolina Álvarez, y Dennis Castillo-Figueroa.

Pontificia Universidad Javeriana, Universidad del Rosario, Instituto de Investigación de Recursos Biológicos Alexander von Humboldt, y Fundación Cedrela.

Periodo de la investigación: 2013- actual.

La memoria de los ecosistemas acuáticos amazónicos está en sus sedimentos

La memoria de los ecosistemas acuáticos amazónicos está en sus sedimentos

Este artículo fue ganador del concurso Conviértete en divulgador científico, organizado por la Facultad de Ciencias de la Pontificia Universidad Javeriana y Pesquisa Javeriana, una iniciativa que busca invitar a los investigadores a compartir sus experiencias y acercar la ciencia a los colombianos.

Tengo la impresión de que cada vez que alguna persona habla sobre el Amazonas imagina lo verde, la naturaleza, los animales, las plantas y el agua, mucha agua enmarcada en todo lo que le rodea al majestuoso río Amazonas, inspiración de poetas que el propio Dios pintó.

Soy hija de esa tierra, soy amazonense y desde que era una niña tenía la concepción de que era ahí donde quería estar todo el tiempo.

Cuando me hice mayor y al momento de elegir una carrera, la biología era mi primera opción y con el paso de los años mi formación académica me llevó al estudio de los ecosistemas acuáticos amazónicos.

Navegar las aguas del río Amazonas y sus afluentes entre tres países (Colombia, Brasil y Perú) me dio una de las experiencias más gratificantes de mi vida.

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Sin embargo, pocas personas reconocen los problemas ambientales que se presentan en la región y uno de ellos se relaciona con las intensas sequías e inundaciones que desde la década de los ochenta se han intensificado.

Esta problemática ha sido la inspiración de mi estudio durante los últimos seis años.

La grave inundación que azotó la región Amazónica en 2010 dejó diversas comunidades aisladas debido a la falta de la navegabilidad de los ríos, y una nueva y extrema inundación, en 2012, hizo que los pobladores de la ribera perdieran sus casas y siembras por el aumento descomunal de las aguas.

Pero también las fuertes y extensas sequías en la Amazonia central y sur en 2005, 2010 y 2015, hicieron que se perdiera navegabilidad por el río Amazonas debido la pérdida de sus canales de conexión, así como la disminución de las actividades de pesca, entre otros.

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Foto tomada por: Santiago R. Duque

Paleolimnología: por la memoria de los ecosistemas acuáticos amazónicos

Tanto las sequías como las inundaciones han hecho que la dinámica natural del río esté cambiando. Es por ello que desde la academia existe la paleolimnología, una ciencia que estudia la información de las características de la física, química y biológica de los sedimentos que se acumulan con el tiempo en el fondo de los lagos, lo que permite que se guarde una información histórica, con la cual se puede realizar una reconstrucción ambiental.

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Esta información es útil porque permite conocer cómo ha cambiado, por ejemplo, un lago en 200 años y, con esta información, realizar modelaciones de cómo han sido los procesos de inundaciones y sequías.

En la actualidad me encuentro desarrollando un estudio sobre los “Cambios históricos en la acumulación de carbono de un lago amazónico de la cuenca media”, en el marco de mi estudio doctoral en Ciencias Biológicas en la Pontificia Universidad Javeriana. Para ello he extraído tres núcleos o testigos de sedimentos del lago Yahuarcaca, ubicado en las proximidades de Leticia.

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Para la toma de los núcleos -o porciones- de sedimentos que se extraen del fondo del lago, construimos una plataforma de madera de 3 m2 con un hueco de 1 m2 en el centro donde se ensambla el sistema de preformación utilizando un piston corer, un tubo con un pistón interno. Inmediatamente hecha la perforación, sellamos los extremos, marcamos y trasportamos al laboratorio.

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Este proceso lo ha hice en diferentes zonas de conexión con el río Amazonas, con ello realizo análisis físicos, químicos y biológicos y así poder conocer la influencia del río en los procesos de sedimentación del lago para determinar las fuentes principales de materia orgánica y dar información que responda a futuros procesos de inundación y sequías.

Realizar este estudio, el primero de su tipo para la cuenca media del Amazonas, ha tenido una serie de retos y experiencias únicas, como la mayoría de las investigaciones científicas que realizamos en Colombia, aparte del aspecto económico.

Tuve la oportunidad de viajar a Uruguay y Argentina y visitar universidades, centros de investigación que me han permitido . Algunos de estos primeros hallazgos han permitido conocer que el sistema de lagos de Yahuarcaca es relativamente joven, con edades entre 1827 y 1828 CE (era común), presenta una alta tasa de sedimentación y acumulación de material, donde los valores más altos ocurrieron en la superficie del registro (núcleo).

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Todo este camino recorrido – en el que he conocido personas maravillosas, nuevos climas y nuevas culturas que me permitieron enamorarme de esos países- sigue valiendo la pena y no solo por los nuevos resultados académicos que obtengamos, sino porque esperamos contribuir a la toma de decisiones sobre un problema ambiental recurrente en la Amazonía y todo lo que conlleva la dinámica del río Amazonas en el sector colombiano.

También espero que al finalizar este estudio haya una discusión sobre la recuperación de la historia ambiental de cerca de un siglo donde los pobladores locales, (en especial de las comunidades indígenas tikuna y cocama que viven en el sector de Yahuarcaca, con quienes he conversado y tengo el compromiso de presentarles los resultados). Estas comunidades relatan con gran profundidad y agudeza los cambios ambientales que perciben en la naturaleza.

Sin duda encontraré un diálogo entre el conocimiento local y el científico, en este caso el paleolimnológico, de elementos muy profundos de comprensión y de búsquedas de las condiciones naturales y humanas que han transformado los ecosistemas y la vida de estos pobladores que dependen fundamentalmente de estos servicios ecosistémicos para su supervivencia.

Ya van 26 conferencias de las Naciones Unidas sobre el cambio climático… ¿Y?

Ya van 26 conferencias de las Naciones Unidas sobre el cambio climático… ¿Y?

Uno quisiera ver en acciones las metas, objetivos y compromisos que han firmado y ratificado los países frente a la crisis climática reportada por la comunidad científica con suficiente evidencia desde hace décadas.

Pero son muchos los intereses que están en juego y quienes tienen la última palabra son los representantes de los gobiernos de los 193 estados miembros de las Naciones Unidas, el organismo internacional que promueve las Conferencias de las Partes (COP) sobre cambio climático. Pero no todos han firmado, y eso pesa.

Las alertas sobre las consecuencias de continuar generando gases de efecto invernadero a la atmósfera son pan de cada día; se manifiestan de diferentes formas y de manera extrema, incluso en Colombia, donde pueden verse en forma de inundaciones y crecientes súbitas en Antioquia, huracanes en Providencia, sequías y consecuentes incendios en diferentes regiones de los Andes, que afectan a las poblaciones, generalmente a las más necesitadas.

Los gobiernos anuncian ayudas -que son bienvenidas-, pero si además pusieran en práctica rápidamente a lo que se comprometen, la historia sería diferente. ¿Para qué sirven los Memorandos de Entendimiento? (acuerdos bilaterales o multilaterales) ¿O los Conpes? El primero, un saludo a la bandera; y el segundo, un ejercicio para demostrar el estado del arte de un tema, interesante, sí, pero ninguno de los dos documentos es vinculante, o sea, quienes firman, no se comprometen… O se comprometen a ritmo de las burocracias que en lugar de agilizar, dilatan.

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Estos son algunos de los compromisos que asumió Colombia en la pasada Conferencia sobre el Cambio Climático (COP26), llevada a cabo del 31 de octubre al 12 de noviembre en Glasgow, Escocia.

  • Para 2022: sembrar 180 millones de árboles y lograr que un 30 % de los océanos y del territorio colombiano sean reserva ambiental. En una columna de opinión publicada en el diario El Tiempo, el ministro de Ambiente y Desarrollo Sostenible, Carlos E. Correa, aseguró que es “una excelente noticia para la conservación de la biodiversidad”. Más allá de la noticia, en sus manos está cumplirla.
  • Para 2030: reducir en un 51 % las emisiones de gases efecto invernadero y lograr carbono neutro, disminuir en un 30 % las emisiones de metano y lograr que el calentamiento no supere 1.5⁰C; además, “detener” la deforestación gracias a acuerdo firmado por 137 países.

Los países ricos demandan y los que estamos en otra condición intentamos responder. Por ejemplo, después de la COP26, la Unión Europea anunció la iniciativa de prohibir importaciones de carne, aceite de palma, cacao, soja, café y madera si su cultivo está ligado a la deforestación.

Sobre lo anterior, Colombia se comprometió, junto con Brasil, Perú y Uruguay a incentivar la práctica sostenible de la agricultura y su respectivo comercio con medidas propias para la trazabilidad, la transparencia y a apoyar la investigación y la innovación con apoyo a pequeños agricultores. Seguramente se hará con dineros que vienen de los países ricos y que se ejecutan a través de organizaciones no gubernamentales y del mismo gobierno.

Quizá, de los 5.772 grupos de investigación del país, algunos trabajen temas de cambio climático, no solo desde el enfoque ambiental, sino social y económico. Con seguridad tendrán mayor capacidad para desarrollar estas iniciativas, en tanto se trata de científicos que demuestran tener líneas de investigación a las que dedican su vida. Eso al menos da confianza de que sus esfuerzos se prolonguen en el tiempo y no terminen cuando los recursos se agotan, como pasa con otro tipo de instituciones.

¿De qué han servido entonces los 26 años de reuniones de la COP de cambio climático? Lo positivo, puede ser una mayor conciencia ciudadana. Lo demuestran las declaraciones por los pasillos de las COP, las manifestaciones por las calles de las ciudades y poblaciones, las iniciativas ciudadanas, aquellas golondrinas que anuncian el verano.

Lo que falta: más información sobre lo que representan esos compromisos en la vida del ciudadano común y corriente. Por ejemplo, reducir la emisión de metano significaría una ganadería sostenible para poder abastecer el mercado. Mientras se logra, ¿cómo será la oferta para el consumidor? Cero deforestación significa dejar de tumbar unos bosques claves para la biodiversidad, pero ¿permitir la motosierra en otros? De no ser así, ¿cómo abastecer industrias que dependen de la madera?

Esos son dos ejemplos, pero serían muchos más, y en ese ejercicio de cuestionar es importante que los medios de comunicación vayan más allá de los anuncios oficiales. El llamado a quienes tenemos la responsabilidad de informar es a formular preguntas de fondo y hacer seguimiento e investigación periodística. Una reportería responsable e informativa permitiría darle relevancia a los compromisos ambientales pactados y así contribuir a que estos acuerdos dejen de ser solo anuncios y se vuelvan realidad.

* Estudiante universitaria

El periodismo ambiental en Colombia: una historia de lucha, resistencia y supervivencia

El periodismo ambiental en Colombia: una historia de lucha, resistencia y supervivencia

Mantener la temperatura global por debajo de los 2 ºC y hacer lo posible para que no supere los 1,5 ºC. Estos parámetros, propuestos en los Acuerdos de París de 2015, se han convertido en verdaderos mantras contemporáneos para los políticos, los ambientalistas y las organizaciones civiles de todo el mundo. No obstante, la realidad parece no coincidir con las promesas y los compromisos a los que se llega en las asambleas internacionales. De hecho, el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente estima que, a este paso, la temperatura de la Tierra aumentará en un 2,7 ºC para el fin del siglo.

Esta crítica situación se ve reforzada por la falta de políticas efectivas, la desinformación de los ciudadanos y la falsa concepción de que esta es una problemática reciente. La lucha por la conservación y la recuperación del medio ambiente tiene una historia rica y extensa, y en ella han puesto su esfuerzo y su vida un gran número de personas que se han encargado de denunciar los abusos y los excesos que se cometen contra el clima, la fauna y los recursos naturales en todo mundo.

El caso colombiano no es la excepción, y esto queda demostrado en el reciente libro de Maryluz Vallejo Mejía, Una historia todavía verde, publicado por la Editorial Pontificia Universidad Javeriana. Esta obra recoge la singladura de los periodistas, naturalistas, líderes sociales, ecologistas, religiosos y publicaciones periódicas que han marcado la historia ambiental del país y que han influido en la implementación de políticas ambientales, el seguimiento de su cumplimiento y la denuncia de aquellas actividades y proyectos que han intentado explotar y lucrarse de la enorme diversidad nacional.

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Empezando con los naturalistas ilustrados de finales del siglo XVIII, esta historia construye un puente entre la divulgación científica, impulsada por proyectos monumentales como la Expedición Botánica de José Celestino Mutis y las dos etapas de la Comisión Corográfica de la segunda década del siglo XIX, con unos primeros intentos a inicios del siglo XX por promover un pensamiento ecológico en publicaciones como la revista Caldasia, y con las denuncias y las investigaciones de la revista Semana y del periódico El Espectador.

Luego, se centra en la labor incansable del padre Enrique Pérez Arbeláez, uno de los exponentes más destacados del periodismo ambiental en Colombia, a quien la autora considera su padre fundador. Por medio de sus denuncias en su columna de El Tiempo, su trabajo como botánico y sus múltiples viajes y proyectos en defensa del medio ambiente, el padre Pérez Arbeláez marcó toda una generación de periodistas y científicos que se encargarían de velar por la conservación de los recursos naturales en Colombia.

La segunda mitad del siglo XX se caracteriza por la consolidación del periodismo investigativo ambiental, gracias al trabajo de Daniel Samper Pizano y Alberto Donadio en la Unidad Investigativa de El Tiempo; a la tribuna y los diversos escritos de Álvaro Torres Barrero; a varios artículos de la revista Alternativa; a las campañas conjuntas en defensa de los ríos Magdalena y Amazonas, de la sierra de la Macarena y del Parque Natural de Salamanca; y a un creciente número de denuncias públicas en contra del tráfico de fauna, la contaminación ambiental y el uso de pesticidas venenosos.

Al terminar el siglo XX y empezar el XXI, esta historia de Maryluz Vallejo rescata las nuevas voces del periodismo ambiental en el país, trasladando su investigación del discurso histórico a un escenario contemporáneo en el que entrevista a los periodistas Olga Cecilia Guerrero Rodríguez, Ruby Marcela Pérez Jiménez, Pablo Correa Torres y Tatiana Pardo Ibarra.

Este libro termina con una advertencia, pues la lucha contra el cambio climático y por la conservación de los recursos naturales no solo no ha terminado, sino que se está perdiendo. En uno de los países más biodiversos del mundo, las políticas de doble filo, los ‘micos’ legales y los contratos multimillonarios parecen a veces tomar la ventaja, por lo que el trabajo de los periodistas ambientales y de las asociaciones civiles y la presión popular son vitales. Tal vez así podremos admirar las maravillosas fotografías tomadas por el padre Pérez Arbeláez que se encuentran al final del libro y sentir orgullo frente a lo que se ha conservado y no nostalgia por aquello que ya no se podrá recuperar.

Arquitectura verde en Bogotá contra el cambio climático

Arquitectura verde en Bogotá contra el cambio climático

La naturaleza es porosa y multicolor. Las ciudades tienden a ser sólidas y grises, y muchas de sus construcciones han desconectado los espacios urbanizados de los ecosistemas que las rodean?.

Los grandes edificios, rascacielos y la arquitectura que privilegia el concreto y el hormigón generan un efecto de absorción de calor y aumentos en la temperatura: a esto se le conoce como islas de calor. Esta condición climática urbana es propia de ciudades densamente pobladas.

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A las urbes con más de 10 millones de habitantes se les conoce como megaciudades y son un desafío para la sostenibilidad del planeta. Bogotá, con más de siete millones de habitantes, se proyecta a mediano plazo como una de las megaciudades de Latinoamérica, junto a Río de Janeiro, São Paulo, Ciudad de México, Lima y Buenos Aires.

Cuando el suelo no está cubierto por ladrillo y cemento, la tierra absorbe el agua y así regula la temperatura. Esa capacidad de absorción se pierde en las megaciudades, por eso la infraestructura verde, aquella que vincula la naturaleza a los procesos de diseño y construcción, es clave para convertir las megaciudades en lugares sostenibles.

A través de estas tecnologías de construcción se pueden diseñar ciudades con propiedades ecosistémicas que tengan la capacidad de absorber y aprovechar las aguas de escorrentía -o aguas lluvias-, además de regular el CO2, la temperatura y la contaminación auditiva (los techos verdes también pueden ser reguladores acústicos).

Techos verdes en Bogotá

Los techos cubren grandes superficies en las ciudades y por eso representan un potencial para la transición hacia una ciudad sostenible.

Los parámetros técnicos básicos para la construcción exitosa de estas arquitecturas verdes en todos los continentes fueron establecidos por la FLL ( Sociedad Alemana de Investigación, Desarrollo y Construcción del Paisaje). Sin embargo, aún son muy escasos los estudios sobre pautas alternativas o adaptadas a los diferentes contextos de cada ciudad.

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Una investigación interdisciplinar de la Pontificia Universidad Javeriana, realizada por Ricardo Andrés Ibáñez Gutiérrez, del Departamento de Arquitectura, y Mónica Ramos-Mejía, del de Administración, adapta estas directrices internacionales al contexto colombiano y muestra la manera en que una guía inclusiva aporta transiciones urbanas hacia la sostenibilidad.

La investigación denominada Function-Based and Multi-Scale Approach to GreenRoof Guidelines for Urban Sustainability Transitions: The Case of Bogota, identifica aspectos técnicos que incluyen la participación de actores más diversos en la construcción de infraestructura verde.

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Los techos autorregulables, los jardines en los techos y los techos para cultivo permiten cambios sociotécnicos para una transición urbana hacia la sostenibilidad. Con enfoques como el de la restauración ecológica se diseñó esta clasificación general de cubiertas bióticas (con componentes vivos) en Bogotá.

Esta guía abre múltiples posibilidades de innovación en las formas de construcción de techos bióticos y sirvió como base para que el profesor Ibañez, por medio de una consultoría, permitiera a la Secretaría de Medio Ambiente de Bogotá establecer las Directrices Técnicas Sociales para Techos Verdes (BBRG).

Este estudio estableció cinco categorías que facilitan la comprensión de todas las partes interesadas: El propósito, los aspectos clave, los requisitos, las propiedades y unidades, y las recomendaciones.

Una de las disposiciones es que el diseño y construcción de un techo verde albergue plantas endémicas, huertos o jardines ornamentales dependiendo de su función. Así, el contenido de estos lineamientos se basa en el propósito que tendrá la infraestructura verde y no en el tipo de material o sistema que debe usarse en su construcción.

De esta manera, el BBRG establece cuatro parámetros básicos: la microescala, que es la selección del tipo de tecnología disponible que se usará; la mesoescala, que comprende la adaptación e instalación del sistema de techo verde específico; la macroescala, que es la conexión con la infraestructura de toda la edificación; y la metaescala, que relacionaría toda la edificación verde con la red ecológica de la ciudad.

En Bogotá se pueden encontrar diversidad de edificaciones que han implementado el sistema de techos verdes,  como la Secretaría Distrital de Movilidad o el nuevo edificio de ingenierías de la Pontificia Universidad Javeriana.

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Existen muchas posibilidades dentro del diseño de una arquitectura verde, y aunque suele asociarse con construcciones de alto costo, está investigación desarrollada por Ibañez y Ramos -Mejía es una adaptación al contexto ambiental, social y económico de un país con los retos socio-ecológicos que plantean las megaciudades, como es el caso de Colombia.

Para los expertos, la implementación de la arquitectura verde es urgente para adaptar las ciudades y combatir el cambio climático y para hacer de las megaciudades espacios sostenibles.

COP26: se necesita un compromiso urgente para salvar los océanos

COP26: se necesita un compromiso urgente para salvar los océanos

Hoy terminó en Glasgow, Escocia, la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático -COP26-, un evento en el que se cuestionó el compromiso de las potenciales mundiales en la lucha contra el calentamiento global, pues aún no se cumple la totalidad de los compromisos en materia de protección ambiental a los que se ha llegado en ediciones anteriores.

Durante la conferencia, y a raíz del informe del Panel Intergubernamental del Cambio Climático (IPCC por sus siglas en inglés), en el que se asegura que es “inequívoco que la influencia humana ha calentado la atmósfera, el océano y la Tierra”, fueron contundentes los llamados a las naciones para evitar que la temperatura aumente 1,5 grados Celsius a fin de siglo.

Y aunque la mayoría de las miradas se han enfocado en los ecosistemas terrestres, en esta ocasión dos grandes temas han centrado el debate sobre los ecosistemas marinos: el papel de la fauna y flora marina para adaptar-mitigar y el nivel de gravedad de las amenazas que enfrentan.

Animales víctimas del calentamiento global

Océanos: claves en la lucha contra el cambio climático

A estos ecosistemas también se les conoce como hábitats de carbono azul -por las grandes posibilidades que tienen de capturar gases de efecto invernadero- y se calcula que lo hacen hasta cinco veces más que los sumideros terrestres.

Durante la COP26, Jason Hall-Spencer, profesor de Biología Marina de la Universidad de Plymouth, Inglaterra, explicó que los océanos enfrentan tres problemas mortales: el calentamiento, que lleva ondas de calor y tifones sobrecargados; la acidificación, que mata los organismos; y las zonas muertas -aquellas en las que el nivel de oxígeno es bajo debido a la polución- que se están expandiendo en todo el mundo.

Para el experto, estos efectos ya son irreversibles. “Pueden pasar miles de años para que podamos darle vuelta al reloj, pero por lo menos deberíamos dejar de empeorarlo”, aseguró.

Hall-Spencer comentó que, por ejemplo, las salineras- ecosistemas importantes para la adaptación porque son muros en contra de las inundaciones y la mitigación, ya que absorben carbono- han caído un 85 % en el Reino Unido. Además, que las algas marinas disminuyeron 90 % en Estados Unidos, aunque reconoció que hay iniciativas esperanzadoras, pues se plantaron dos kilómetros de algas y se han diseminado hasta cubrir 36 kilómetros, lo que es un aumento importante -aunque insuficiente- para el secuestro del carbono.

Contaminación, polución y cambio climático

Sobre manglares y los procesos marinos

“Desde que nació Greta Thunberg hemos perdido el 60 % de los manglares mundiales, eso es fatal”, dice Hall-Spencer. En África, empresas como Shell hablan de cuidar los manglares, pero han sido responsables de unos doscientos derrames de crudo que matan mariscos y los peces, sustento de las comunidades locales, además de generar gases de efecto invernadero.

En un video grabado para la COP26 , Lisa A. Levin, investigadora del Center for Marine Biodiversity and Conservation de la Universidad de San Diego, en Estados Unidos, explicó que los procesos marinos son sabios, por ejemplo, los del fito y zooplancton –algas y pequeños animales marinos-, no solo sirven como alimentos para cientos de peces, sino que al migrar verticalmente a las zonas profundas y defecar, son esos desechos los que secuestran carbono, y  los cambios súbitos de los ecosistemas afectan profundamente la bomba biológica, como se le conoce a este proceso.

“El cambio climático y el aumento de las temperaturas hacen menos efectivas estas bombas biológicas. Se exporta menos carbono al mar profundo, lo que aumenta la acidificación y la calcificación”, comentó la investigadora.

Manglares en Colombia

Explicó además que no todos los ecosistemas marinos tienen los mismos efectos. Por ejemplo, los cañones y fiordos secuestran biomasa y algunos arrecifes se centran en carbono inorgánico, mientras que distintos peces y moluscos emergen del lecho marino en los sumideros de metano. Muchas de estas áreas están en peligro por la industrialización.

“Si el mar, en lugar de capturar, libera ese carbono, la situación será mucho peor”, dijo Levin, e hizo un llamado a pensar inteligentemente las próximas decisiones de la humanidad y a entender que estos ecosistemas no son enemigos sino aliados poderosos en la carrera contra el cambio climático.

Los océanos en Colombia

Si en el mundo llueve, en Colombia no escampa. Por años hemos escuchado que nos bañan dos océanos, que somos una capital mundial del agua o que contamos con el mar de siete colores -en San Andrés-; pero poco se discute sobre cuál es el estado de los ecosistemas marinos y qué tanto los hemos afectado.

La realidad es que al ritmo que llevamos, es posible que la mayoría de estas bellezas naturales sean solo un recuerdo en unos veinte o treinta años con efectos devastadores, no solo para su fauna y su flora, sino para el propio ser humano.

La situación de los corales en el país

Andrea Luna, directora del Instituto Javeriano del Agua de la Pontificia Universidad Javeriana, comenta que de la mano de diferentes investigadores han registrado la situación de los ecosistemas marinos nacionales- como corales, manglares, pastos marinos, litorales y playas de arena- tanto del Caribe como del Pacífico colombiano.

Los resultados arrojan que están en alerta naranja, es decir, en un riesgo alto y muy considerable.

Los corales, por ejemplo, son animales sensibles a los cambios de temperatura, explica la profesora Luna, por lo que un cambio de dos grados centígrados es una gran amenaza. Además, ya han perdido el 50 % de su cobertura, y en algunos casos, hasta el 85 %. “Viven en asociación con algas, cuando hay cambios se pierde esa relación simbiótica que le permite tener ciertos alimentos”, lo que las hace frágiles.

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En la Lista Roja de los Ecosistemas Marinos y Costeros de Colombia, una investigación de Edwin Uribe en la que Andrea Luna y el profesor Andrés Etter -doctor en Ecología- fueron sus tutores, los investigadores encontraron que cada tipo de coral responde de maneras distintas al cambio climático, pero en general, que el aumento del nivel del mar hará que estos ecosistemas se hundan, lo que disminuirá la luz solar que les llega. Mientras algunos han mostrado procesos adaptativos a esas nuevas condiciones, otros, seguramente, no podrán superarlos.

El cambio climático nos acerca a episodios cada vez más extremos. El huracán Iota, primero en categoría 5 en tocar tierras colombianas, destruyó Providencia y afectó a San Andrés. Luna explica que estos eventos naturales pueden fácilmente destruir los corales que están lejanos de la costa, mientras los cercanos no solo deben soportar eso sino procesos de pesca de arrastre, incluso, con dinamita, contaminación, acidificación, transformación de los hábitats, tala entre otros.

“El estado general no es muy positivo. Hay una degradación muy importante en los corales de Colombia, a pesar de ser uno de los países con mayor área coralina en comparación con muchos otros en el mundo”, cuenta Luna y a esta ecuación le añade el aumento del nivel del mar, de las temperaturas y la acidificación de los océanos

“Como el agua se está volviendo más acida, el pH está disminuyendo y eso afecta el esqueleto interno de los corales porque está compuesto de carbonato de calcio. Entonces el esqueleto va a ser más frágil y si hay un evento fuerte van a resistir menos”, asegura la investigadora.

El país cuenta con legislación de protección de zona marina pero la realidad, –comentan los investigadores– que las leyes escritas en Bogotá, pero sin planes de acción en los territorios, son difíciles de aplicar. Por tal motivo es necesario incluir a las comunidades para que sean ellas mismas las que identifiquen en estos ecosistemas valores económicos y no solamente productos para la subsistencia.

¿Qué se puede hacer?

Tanto en la COP 26 como en Colombia se proponen iniciativas que buscan disminuir la velocidad con la que los ecosistemas marinos se degradan y, ojalá, regenerarlos.

Para el profesor Hall-Spencer son cuatro puntos esenciales: cancelar el apoyo financiero a actividades que afecten estos ecosistemas -como la pesca excesiva, o a quienes vierten sus desechos directamente en las cañerías o hacen exploración de petróleo y minería; también blindar por lo menos el 30 % de los océanos a través de protección completa o de alta protección.

Otra idea del profesor es resguardar más de la mitad del planeta que no cuenta con ningún mecanismo de cuidado y readaptar hábitats que apoyan la recuperación de la vida marina.

Por su parte, Levin reseñó algunas propuestas para fertilizar el fondo marino con hierro y así mejorar los procesos de secuestro de carbono y potenciar la bomba biológica, pero los impactos en el mar profundo son desconocidos.

En Colombia, la Pontificia Universidad Javeriana lidera proyectos que buscan apoyar la reproducción sexual y asexual de los corales. La reproducción sexual coralina es compleja y sensible, por eso estudian los procesos de desove -la puesta de huevos- de distintas especies en laboratorios para transferirlos a corales más grandes y potenciar la diversidad genética y la resiliencia de estos ecosistemas.

Para la reproducción asexual, la profesora Luna contó que fragmentan los corales y los ubican en otros arrecifes para clonarlos. Pero nada de esto es suficiente si no se trabaja de la mano con las comunidades, que son la primera línea. Por eso es esencial, dice la investigadora, potenciar los procesos de turismo ecológico y de pago por servicios ecosistémicos, como la protección de esos corales.

Finalmente, Denis Allemand, director del Centro Científico de Mónaco, presentó el trabajo conjunto entre nueve países para construir un informe de la IPCC sobre la vida marina -que absorbe 30 % de todas las emisiones de gases efecto invernadero y 90 % del exceso térmico-.

“El océano nos permite vivir en un mundo más tranquilo. Es hora de volver a los océanos, enfatizar en sus sistemas, en el carbono azul que a través de sus manglares y altamar nos permiten matar dos pájaros de un tiro: combatir la erosión de la biodiversidad ofreciendo protección en la forma de las áreas marinas protegidas y participar en la reducción de los gases de efecto invernadero”.

*Docente de la U. de Manizales. Enviado especial del proyecto GROW Colombia, financiado por el Global Challenges Research Fund como parte del año UKCOL 2020 – 2021.

Lagos de páramo colombianos, ni las zonas de protección los salvan

Lagos de páramo colombianos, ni las zonas de protección los salvan

Los páramos son reconocidos como ‘fábricas de agua’, no porque en realidad la produzcan, sino por su capacidad de condensar el vapor que está en el aire a bajas temperaturas. De ahí su importancia, pues este tipo de ecosistema es la fuente de abastecimiento del líquido para muchas poblaciones urbanas y rurales.

Una investigación de la Pontificia Universidad Javeriana revela que a pesar de estar en zonas protegidas y de difícil acceso, las condiciones ambientales y la intervención del hombre tienen en riesgo a estos cuerpos de agua.

¿Qué cuenta la investigación?

Carlos Rivera, director del Departamento de Biología de la Javeriana y uno de los investigadores del estudio, argumenta que estos resultados demuestran que dichos ecosistemas son muy sensibles a las condiciones ambientales locales y que por causas climáticas demoran mucho más tiempo en recuperarse.

El metabolismo de este tipo de ecosistemas es lento por las bajas temperaturas y el poco oxígeno, dadas las alturas a las que se encuentran. Cualquier alteración física o en la temperatura tomará periodos de tiempo prolongados para su recuperación.

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Expone Rivera que la poca profundidad de los lagos estudiados puede resultar problemática, pues tienen menor capacidad para amortiguar los impactos ambientales y los causados por los humanos. “Los lagos se estratifican, se hacen más cálidos arriba y el agua cerca al fondo suele ser uno o dos grados más fresca. Los lagos profundos pueden mitigar más los cambios de temperatura que suceden en la superficie”, explica.

El investigador muestra preocupación, pues más del 70 % de los lagos estudiados tienen menos de 10 metros de profundidad, lo que no permite una estratificación muy pronunciada y así la temperatura es relativamente homogénea en toda la columna de agua.

Según el estudio, los lagos de páramo en Colombia son relativamente pequeños, pues la mayoría no supera las diez hectáreas y están entre los 3.700 y los 4.300 metros sobre el nivel del mar. Esta localización geográfica mantiene temperaturas entre los 10° y los 12°centígrados.

Pero un aumento de la temperatura implicaría que se acelere la descomposición de la materia orgánica vegetal. A mayor materia descompuesta, mayor liberación de nutrientes o compuestos químicos que consumen el oxígeno del agua. Así, el líquido ya no es potable.

Esto podría llevar a un proceso de eutrofización en el que las cianobacterias, un tipo de microalgas, se pueden multiplicar al punto de generar una capa en la superficie que impide el paso de la luz y la oxigenación del agua.

La afectación a los lagos repercute directamente en el estado de todo el ecosistema. “Alrededor de un 60 % del agua que se consume en la región andina proviene directamente de los páramos”, dice Rivera. “A nivel ecosistémico permite una enorme diversidad de flora y fauna por los humedales y lagos que están esparcidos a lo largo de las cordilleras”, agrega.

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Dice el estudio titulado Lagos de páramo de Colombia: una descripción general de su distribución geográfica y características fisicoquímicas, que en Colombia hay 3.250 lagos de páramo y que el 71 % se ubican en zonas protegidas. Además, el 44 % del total están en la cordillera Oriental, que fue justamente donde los investigadores eligieron 51 para hacer análisis químicos y conocer su estado.

Cifras del DANE -Departamento Administrativo Nacional de Estadística- calculan que en la región andina colombiana habitan cerca de 34 millones de personas, alrededor de un 70 % de la población nacional. Según Parques Nacionales Naturales de Colombia los páramos proveen el 70 % del agua potable que tiene todo el país. No se trata de un riesgo menor.

Para Rivera “debido a su posición geográfica son muy buenos almacenando el registro de cambios climáticos en el pasado. Los lagos a estas alturas funcionan como una memoria de variaciones hasta de varios cientos de años. Parte de nuestro interés es tener una base de referencia para entender qué tanto han cambiado”.

Una problemática global

La ley 99 de 1993 fundamentó la política ambiental del país y reconoció a los páramos como objeto de protección ambiental, ofreciendo así herramientas legales para su cuidado y resguardo de actividades humanas que implican riesgos para su funcionamiento.

Sin embargo, antes de esta normativa se realizaba ganadería, agricultura, construcción de represas, introducción de especies exóticas como las truchas, que aún se pueden ver en algunos de los lagos de la cordillera Oriental, y minería, que ha disminuido gracias a la reglamentación.

Pero para el profesor Rivera hay indicadores de afectación que van más allá. El docente pone sobre la mesa los efectos de la industrialización y la contaminación  en el planeta. “En los últimos 50 años se liberaron muchos contaminantes a la atmósfera, algunos de estos ricos en nitrógeno y azufre. Eso causó que a escala global cayera mucha lluvia ácida en los ecosistemas”, afirma.

A pesar de que Colombia no ha tenido un desarrollo industrial muy amplio, para el investigador es indudable el efecto de este tipo de contaminación en ecosistemas apartados. “Hay datos de Groenlandia o la misma Antártida que están muy lejos de las zonas de desarrollo industrial que demuestran que allá también llovió nitrógeno y azufre”, manifiesta.

Aun estando en zonas protegidas por la legislación colombiana, la contaminación global termina impactando en los ecosistemas de páramo al agregar compuestos químicos que afectan el pH y su normal funcionamiento. En Colombia todavía faltan estudios que midan estos impactos.

El cambio climático: el gran enemigo

Dentro de las muchas amenazas que tienen los lagos de páramo, Rivera alerta sobre el cambio climático. Las proyecciones del aumento de la temperatura media del planeta se calculan entre un grado y un grado y medio, pero manifiesta que estas son más cercanas para ecosistemas de tierras bajas. Para los ecosistemas de montaña, como los páramos, el calentamiento es más alto y puede llegar a ser del doble.

“Los ecosistemas acuáticos son particularmente eficientes reciclando. Son muy buenos evitando que se pierdan los nutrientes. Ellos siguen trabajando y hacen que el sistema sea muy productivo. Con el aumento de la temperatura muchos de estos humedales probablemente se van a llenar de cianobacterias que afectan la calidad del agua”, explica.

¿Y ahora?

Frente a este panorama, poco alentador, las acciones deben enfocarse en reducir los riesgos de colapso de los lagos de páramo, y para el profesor Rivera lo primero es asegurar la protección de este tipo de ecosistemas.

“Definitivamente el tema de ciertos usos en la zona de páramo hay que seguirlos revisando. Por razones históricas había algo de ganadería y este tipo de actividades hay que seguirlas restringiendo a largo plazo. No son convenientes”, manifiesta.

Rivera también es crítico frente a la propuesta de minería dentro de la zona de páramo por la cantidad de contaminantes que genera.

“Hay que asegurar que la protección se esté dando, pero eso tiene que estar conectado con los usos y las necesidades de las poblaciones locales. Son ellas las que están más cercanas y dependen directamente de estos ecosistemas. Lo que se haga ahí, se debe negociar con las comunidades para que funcione a futuro”.

Ciencia para conservar la tradición alimentaria: ¡Ya circula Pesquisa 57!

Ciencia para conservar la tradición alimentaria: ¡Ya circula Pesquisa 57!

Descubrir si hubo relación entre los antiguos pobladores de lo que hoy conocemos como Colombia y Venezuela o entender cómo ha evolucionado el oído medio de varias especies de lagartos. Aunque estos dos propósitos no surgen de un enigma cuya respuesta sea vital en la actualidad para la continuidad de la existencia humana, hacen parte de la indagación científica.

“La investigación no tiene como requisito exclusivo atender problemáticas inmediatas de la sociedad. La generación de nuevo conocimiento orientada por la curiosidad es tan necesaria como la investigación aplicada”, así lo señala Luis Miguel Renjifo, vicerrector de Investigación de la Pontificia Universidad Javeriana.

En el editorial titulado De la curiosidad a la solución de problemas concretos, que presenta la edición 57 de Pesquisa Javeriana, Renjifo explica que el conocimiento generado por la curiosidad motiva preguntas aparentemente lejanas al contexto actual, pero que cuyo seguimiento puede resultar imprescindible en cualquier momento, “y si no, ¿cómo se explica que, tras desatarse la pandemia, en menos de un año contáramos con vacunas para enfrentar la covid-19? Es muy claro: gracias a la histórica pesquisa sobre la evolución genética de virus (…) hoy se pueden desarrollar vacunas así de rápido”.

En la nueva edición de Pesquisa Javeriana se reúnen tanto investigaciones motivadas por la curiosidad de la ciencia básica, como por las posibilidades de atender problemáticas actuales. Con gusto le presentamos qué puede encontrar en esta nueva entrega de la revista:

Si quiere descargar el PDF, puede hacerlo a través de este enlace.

Portada / Campesinos y científicos: dos sabidurías para enfrentar el cambio climático

Varios años de trabajo entre investigadores de la PUJ y campesinos de Boyacá lograron establecer no una relación de benefactor y beneficiario, sino de pares, pues la academia ha llevado soluciones al campo y los agricultores han complementado el conocimiento gracias a su sabiduría ancestral.

Así las cosas, pequeños agricultores de tres municipios boyacenses –Ventaquemada, Turmequé y Tibasosa– unieron su conocimiento con el de la ciencia para lograr una alimentación saludable y adaptarse al cambio climático. A través de diversos proyectos de investigación han trabajado para aportar a la seguridad y a la soberanía alimentarias, y a la dinámica de adaptación al cambio climático, que les ha pegado duro a los campesinos.

Ciencia profunda / El bajo Magdalena y Venezuela, ligados genéticamente

En los años ochenta, Carlos Angulo Valdés, antropólogo colombiano, planteó una relación entre la población prehispánica del bajo Magdalena y la Orinoquía venezolana. Su idea solo estaba soportada en la similitud entre cerámicas de estas poblaciones que datan de hace tres mil años, por lo que no pudo comprobar su idea. Ahora, investigadores de la Pontificia Universidad Javeriana y de la Universidad del Norte lograron identificar un vínculo genético a través del análisis de restos óseos hallados en su momento por Angulo Valdés, con lo que confirmaron su teoría.

Creación Artística / Aprender jugando para llegar al sol

¿Cómo enseñar la historia y arquitectura de las culturas maya, azteca, inca y tairona? Aunque los aprendizajes basados en el juego (ABJ) no son muy comunes en entornos universitarios, la profesora de la Facultad de Arquitectura y Diseño de la PUJ, Yenny Real, creó junto a sus estudiantes Camino al sol, un juego de mesa con el que profundiza de manera dinámica y lúdica en la enseñanza de la arquitectura prehispánica.

Paisajes Científicos / Un mundo pequeño con mucho ruido: El oído medio de los lagartos

Los biólogos Paola Sánchez y Julio Mario Hoyos, y el zoólogo Juan Diego Daza lograron caracterizar cómo han cambiado las estructuras del oído medio en diversos lagartos. “Tomamos los ejemplares y los pasamos por un procedimiento químico que nos permitió transparentar los especímenes y dejar visibles los huesos, como si fuera una radiografía, pero que se puede ver en 3D”, explica Paola Sánchez. “Esta investigación es una puerta de entrada a varias opciones de pregunta, por ejemplo, ¿cómo estas diferencias morfológicas podrían o no influenciar en la función del oído? O ¿esta evolución tiene alguna relación con los hábitos de los lagartos?”, resume Hoyos.

Javeriana Cali Investiga / Controlar los cultivos de arroz y su productividad, mejor desde el aire

Grandes extensiones de terreno y un tiempo entre cuatro y cinco meses son necesarios para producir una cosecha de arroz. El reto es lograrlo de la forma más productiva posible y responder oportunamente ante cualquier plaga, condición climática o inconveniente. Tres investigadores del Departamento de Electrónica y Ciencias de la Computación de la Pontificia Universidad Javeriana, seccional Cali, y uno más del Instituto de Tecnología de Grenoble, en Francia, llevan año y medio trabajando en una tecnología que permite hacer seguimiento a cultivos de arroz usando imágenes multiespectro recolectadas con drones.

Investigar el país / Rastreando a los rastreadores

Las enfermedades arbovirales, aquellas transmitidas por artrópodos —como los insectos—, han sido muy recurrentes en la historia, afectando a amplias franjas de población en el mundo. El Banco Interamericano de Desarrollo planteó un proyecto de investigación en el que participaron Colombia, Ecuador, Perú, Bolivia y Chile con el objetivo de medir cómo estos países vigilan y responden ante el dengue, zika, chikunguña, fiebre amarilla (todas transmitidas por el mosquito Aedes aegypti) y malaria (transmitida por mosquitos del género Anopheles). ¿Cómo le ha ido a Colombia en esta vigilancia?

Jóvenes que investigan / El joven que investiga los usos medicinales de plantas endémicas

El abuelo de José María Velasco le inculcó la pasión por la botánica. Este hobby con el tiempo se convirtió en más que eso y la fascinación por las plantas lo llevó a estudiar cómo la uva caimarona y el corozo, cuando se incluyen en la dieta, pueden tener un efecto protector en enfermedades crónicas como alzhéimer, párkinson y esclerosis lateral amiotrófica. Conozca la historia de este joven investigador.

Ciencia y sociedad / El Sol: energía para la educación

En pleno siglo XXI es imposible pensar en educación de calidad sin acceso a, por lo menos, electricidad. Es por eso que un grupo de investigadores llevó paneles solares al Centro Etnoeducativo Nuestra Señora del Carmen de Kuisa, ubicado a cinco horas en carro desde Riohacha en el corregimiento de Taparragí.

“La instalación de los paneles solares significa un sueño hecho realidad, avance y progreso”, comenta Adelco Larrada Ipuana, autoridad ancestral de la comunidad de Kuisa. “Antes se tenía que tratar de hacer todo temprano, nuestros niños se tenían que acostar temprano y levantarse con la luz del día, lo cual limitaba el horario de clases. Ahora nuestros alumnos realizan sus tareas con tranquilidad y utilizan los medios tecnológicos que antes no podían usar”, complementa Larrada.

Novedades editoriales

Las desesperantes horas de ocio. Tiempo y diversión en Bogotá (1849-1900). Así se titula el libro escrito por Jorge Humberto Ruiz Patiño, quien estudió la función que desempeñaron el tiempo, el ocio y las diversiones en la construcción, transformación y legitimación del orden político republicano en Bogotá durante la segunda mitad del siglo XIX.

En esta investigación, publicada por la Editorial Pontificia Universidad Javeriana, Ruiz documenta cómo los juegos de azar, las fiestas en chicherías, las riñas de gallos y las corridas de toros a la vieja usanza dejaron de estar vinculados con las fiestas civiles y religiosas, y se convirtieron en parte de los ritmos del día a día. Incluso la fisonomía de la ciudad se vio afectada por este proceso de transición: las antiguas plazas coloniales, en donde antes se reunía la población y tenían lugar las fiestas, fueron remplazadas poco a poco por parques, en los que se podía pasear, admirar los jardines, escuchar conciertos al aire libre y ver todo tipo de exhibiciones.

Antropoceno: la etapa que exprime la Tierra

Antropoceno: la etapa que exprime la Tierra

El Antropoceno es la etapa geológica que tiene como eje a los seres humanos, es decir, que son el principal factor cambiante de las condiciones de la Tierra por la sobreexplotación de los recursos naturales.

Factores como la acumulación de Gases de Efecto Invernadero (GEI), la pérdida de biodiversidad y el aumento de la temperatura evidencian que el planeta cambió y que se está llegando a un punto de no retorno.

Pablo Ramos, profesor de la Facultad de Estudios Ambientales y Rurales de la Pontificia Universidad Javeriana, hace una reflexión en esta videocolumna sobre estos fenómenos y sus consecuencias, que las viven todos los seres humanos, sin importar el lugar en el que se encuentren. También plantea algunas alternativas para enfrentar algunos de los problemas ambientales que se presentan en Colombia.

El mito de que Colombia es un país rico en agua

El mito de que Colombia es un país rico en agua

No por tener abundancia en ríos y costas sobre dos mares, Colombia es un país rico en agua. Es cierto que su posición privilegiada en una de las zonas más lluviosas del planeta, produce grandes y torrentosos ríos que corren a lo largo de la geografía. Además, de acuerdo con un estudio del Instituto Alexander von Humboldt publicado en 2015, más del 25% del territorio nacional está constituido por humedales. Esto parece ser consistente con que en los años en que el Fenómeno de la Niña es más fuerte, una parte importante del país sufre de inundaciones. Pero ¿toda esta agua está disponible para su uso por parte de las poblaciones?

La emergencia invernal que sucede cada cierto tiempo nos muestra el poder de los ríos que reclaman sus humedales. Tal es el caso reciente del río Atrato en el departamento del Chocó, que se llevó puentes y enseres de los pobladores en sus riberas. Estos fenómenos son recurrentes en una de las zonas más lluviosas del mundo: sobre cada metro de la superficie de este departamento, una columna de agua de más de siete metros de altura cae al año en forma de lluvia. Lo que parecería inverosímil es que los pobladores de estas zonas sufran por falta de agua, tanto, que hace unos años, fruto de unas semanas de sequía, fue necesario que la Fuerza Aérea Colombiana llevase agua desde Bogotá a Quibdó para suplir las necesidades básicas de la población. Debido a que en esta zona, generalmente llueve prácticamente todos los días, cada cual puede recoger el agua lluvia usando sistemas instalados en sus tejados. Pero claro, más de siete días sin un aguacero puede causar un serio desabastecimiento.

El concepto de riqueza tiene varias interpretaciones, pero se suele dar valor al agua en función de su uso. Es muy frecuente que en los primeros meses del año abunden las noticias de municipios que no tienen suficiente agua para la población. La discrepancia que existe entre la cantidad y la disponibilidad de agua para su uso, se explica principalmente por la estacionalidad de las lluvias. La estación seca define realmente cuánta agua queda disponible para el consumo y la agricultura. Cuando el agua que cae es menos que la que se evapora y la que usan las plantas, se habla de que existe un déficit y algún grado de aridez. De acuerdo con datos del Instituto de Hidrología, Meteorología y Estudios Ambientales (IDEAM), la cuarta parte del país sufre de sequía, siendo las zonas más pobladas donde este déficit es mayor. Colombia, tal vez es un país muy rico en la variedad y cantidad de ecosistemas acuáticos, pero el agua disponible para el uso de la población es otro asunto.

Algunos de los escenarios del cambio climático sugieren que los períodos de lluvias serán mucho más húmedos, y la estación seca será más intensa. Las primeras proyecciones sobre los escenarios de dicho fenómeno fueron realizadas hace más de 20 años y el futuro se ha vuelto un presente en donde cada año el clima parece más extremo. Así, en términos de las necesidades de los colombianos, el país está más cerca de ser deficitario que rico en agua.

Bajo este panorama, es necesario afrontar con urgencia varios temas pendientes, como el desarrollo de la infraestructura que permita el aprovisionamiento básico de agua para toda la población, la gestión integral del recurso y la protección de los ecosistemas acuáticos. Algunos tenemos la percepción de que las décadas pasan en Colombia y no se avanza de manera efectiva en estos temas. Es cierto que la complejidad física, la variabilidad climática y la naturaleza anfibia del territorio requieren de una creatividad en el desarrollo de las obras que garantice agua de buena calidad en todas las regiones. No obstante, hoy en día existen en el mundo las tecnologías para afrontar las singularidades de nuestro territorio.

Es irónico que algunos países con menor cantidad de lluvia como Israel o España puedan garantizar una mejor cobertura del recurso. Por otro lado, cada día hay más evidencias de que el desarrollo económico solo puede ocurrir garantizando la sostenibilidad de los ecosistemas. No es un secreto que la mayor parte de las cuencas más importantes del país están sometidas a grandes afectaciones y que urge la restauración de muchas áreas y un manejo integral y sostenible de las mismas. Abordar y resolver todos estos problemas nos ayudará a pasar del mito de la riqueza a la realidad del déficit.

*Director del Departamento de Biología de la Facultad de Ciencias de la Universidad Javeriana. Investigador del Instituto Javeriano del Agua.


Esta columna de opinión es la primera entrega del especial que se suma a la conmemoración de los 50 años de la Facultad de Ciencias de la Pontificia Universidad Javeriana.