Hay algo en común entre sus uñas, un árbol que se pudre, una frijolada y el cambio climático. Comparten una estrecha relación con el sexto elemento de la tabla periódica: el carbono. Toda materia orgánica lo contiene y hace parte de su ciclo. Es su acumulación, como resultado de las actividades productivas de los humanos, la que nos ha conducido a la crisis climática actual.. En esta encrucijada, cuerpos de agua como los humedales, manglares, esteros y bofedales, son cruciales para combatir estos efectos, ya que pueden almacenar altos niveles del elemento.
Históricamente, en los estudios acerca del carbono terrestre, se ha dado gran importancia a ecosistemas forestales, como bosques andinos o secos. Su relevancia es indiscutible, pero este foco ha dejado un vacío de información acerca de otros ecosistemas que podrían jugar un papel aún más significativo en la lucha contra el cambio climático, como los humedales. En Colombia, un conjunto de instituciones lideradas por la Pontificia Universidad Javeriana, se ha dado a la tarea llenar estos vacíos de conocimiento.

El ambicioso proyecto, financiado por el Sistema general de Regalías (SGR), busca crear la primera plataforma pública de datos abiertos y comprensibles acerca de los flujos de carbono en páramos y humedales del país, con el fin de facilitar su gestión por parte de comunidades y tomadores de decisiones. Su nombre es COLFLUX: Sistema integrado de observación y cuantificación de carbono en los territorios de Colombia.
La plataforma integrará conocimiento científico, tradicional, datos oficiales y monitoreo comunitario alrededor de ecosistemas clave para la mitigación del cambio climático en Colombia, como páramos, sabanas, bosques de galería, morichales, humedales y sus suelos orgánicos. Además, contempla una estrategia pedagógica para fomentar la agencia de las comunidades en la gestión de los ecosistemas que habitan, pues además de almacenar carbono, estos lugares albergan un valor mucho más cotidiano y ligado a la subsistencia y formas de vida de las comunidades cercanas.
En este sentido, su objetivo es diseñar un sistema integrado de generación, gestión y transferencia del conocimiento alrededor de las dinámicas de carbono en ecosistemas no forestales.
Poner una década de estudio al servicio de las personas
Para entender el nacimiento de COLFLUX, es necesario hacer un viaje al pasado. Hace diez años el profesor Juan Carlos Benavides Duque llegó a la Facultad de Estudios Ambientales y Rurales (FEAR) de la Javeriana. Desde entonces se ha dedicado al estudio del ciclo del carbono y gases de efecto invernadero, en cabeza del Laboratorio de Ecosistemas y Cambio Climático (LECC).
Los frutos de este laboratorio, por el que han pasado generaciones de estudiantes de Ecología e Ingeniería, entre otros, han ayudado a la comprensión de los humedales de Colombia, en particular, de aquellos ubicados en la alta montaña y en las tierras bajas. Además, estos años de estudio han servido para tender puentes entre la Javeriana y otras instituciones interesadas en investigar los flujos del carbono y el cambio climático, como la Universidad del Rosario, la Universidad de Nariño y el Instituto de Hidrología, Meteorología y Estudios Ambientales (IDEAM).
Estas tres instituciones se sumaron al LECC y hoy integran la investigación de COLFLUX. Por la relevancia de este tema para el país, hoy el proyecto es financiado por el Sistema General de Regalías (SGR).
La carrera por postular el proyecto comenzó en diciembre de 2023 con la detección de la convocatoria. A la gestión se sumó el Equipo de Regalías de la Javeriana, liderado por Gloria Consuelo Rodriguez Caro, que trabajó paralelamente al equipo académico para reunir y estructurar todos los requisitos necesarios. “Son proyectos grandes y complejos”, asegura Rodríguez. En julio de 2025, el SGR dio luz verde a la financiación del proyecto.
Según explica Marian Cabrera, directora científica de COLFLUX, la convocatoria 34 del SGR se presentó como una oportunidad para unir esfuerzos, organizar y ampliar el conocimiento que se tiene sobre el asunto, y realizar una herramienta que pueda poner todos estos datos al servicio de las personas. Además del Rosario, la Universidad de Nariño y el IDEAM se sumaron instituciones como el Jardín Botánico de Bogotá, y la Corporación para el Desarrollo Sostenible del Norte y el Oriente Amazónico (CDA).
Asimismo, organizaciones de la sociedad civil, como la Corporación Corredor del Jaguar, y organizaciones indígenas, como la comunidad Rincón Vitina (Guainía) y la Asociación Zonal Indígena de Cabildos y Autoridades Tradicionales de La Chorrera (Amazonas), hacen parte de la investigación. El proyecto tendrá 36 meses para recabar la información necesaria, llevar a cabo la estrategia pedagógica y poner a andar la plataforma.
El olor a huevo podrido explica cómo los humedales regulan el cambio climático
La palabra humedal puede traer a muchos, de primerazo, una memoria olfativa antes que una visual. En la superficie, rodeando los tallos que se asoman sobre el agua, se amontonan pequeñas burbujas. Revientan y llenan el aire de un olor cálido, salado y espeso, como a huevo podrido. Ese olor hace parte de lo que hace que los humedales estén en boca de todos: su capacidad de almacenar carbono ¿Pero cómo?
Comencemos con su ciclo. Las plantas toman carbono de la atmósfera en forma de dióxido de carbono (CO2) y lo fijan en sus tejidos. Luego es pasado de boca en boca a través de la cadena alimenticia. Cuando un organismo defeca o muere, gran parte de ese material orgánico se descompone en gases como el metano (CH4) y el CO2. Ambos considerados gases de efecto invernadero.

Este proceso ocurre con relativa rapidez cuando hay oxígeno en el ambiente, no obstante, cuando no lo hay la descomposición se da de forma extremadamente lenta. En el caso de los humedales, la inundación constante del suelo crea esta última condición y ese olor a huevo podrido es una pista de ello. Se debe al ácido sulfídrico, un gas que se genera cuando los microorganismos degradan la materia orgánica en estas condiciones. Cuando esta cae en el humedal, se acumula capa tras capa en el fondo del espejo de agua y puede durar miles de años en descomponerse.
Los lugares donde se acumula este tipo de suelo se llaman turberas, y almacenan las reservas más grandes de carbono a nivel mundial: unas 600 gigatoneladas, algo así como apilar 1.2 millones de edificios del tamaño del Burj Khalifa de Dubái (Emiratos Árabes).
No obstante, el mal manejo de los humedales puede voltear las cartas y tornarlos en un acelerador del cambio climático. Como humanos no nos hemos manejado cuidadosamente alrededor de ellos: se drenan para el pastoreo, la agricultura y la minería, entre otras cosas.
Esta degradación hace que la descomposición comience a ocurrir en presencia de oxígeno, por lo que se libera el carbono rápidamente y en cantidades enormes. Se calcula que las emisiones de CO2 provenientes de turberas perturbadas son de 1.9 gigatoneladas anuales, es decir, un 5% de las emisiones totales de CO2 de origen antrópico.
¿Y el trópico qué?
Si bien las turberas se concentran en las latitudes boreales, el trabajo de equipos como el del LECC han demostrado que el trópico también tiene peso en el almacenaje de carbono en humedales. Un reciente estudio publicado por Benavides en el Journal of Geographic Reseach calculó que tan solo en los llanos orientales colombianos podría haber hasta 2.9 gigatoneladas de carbono. Estas cifras hacen urgente una gestión óptima de los humedales.
“Tenemos una línea base, pero la información aún es escasa”, explica Cabrera. Por eso, el papel de múltiples instituciones aliadas es justamente investigar el estado del carbono en zonas donde persisten vacíos de información.
No obstante, el objetivo de COLFLUX es también garantizar las contribuciones de la naturaleza a las personas más allá de la regulación del clima, y sensibilizar al respecto. “La categoría de humedal aplica a un montón de ecosistemas, entonces sus contribuciones a las personas dependen de dónde estén”, explica Pablo Ramos, profesor e investigador en cabeza del componente social del proyecto desde el Observatorio de Territorios Étnicos y Campesinos (OTEC).

“Si bien el uso de los humedales varía, son importantísimos para la regulación hídrica y la provisión. También proveen servicios educativos, culturales, de recreación, incluso espirituales”, continúa Ramos, “son sitios de conexión con lo divino. Muchos mitos fundacionales ocurren en ellos”.
Para Ramos, una plataforma como COLFLUX brinda la posibilidad de reunir saberes, y así, generar un cambio de visión alrededor de estos ecosistemas que desemboque en un cambio de gestión. “El conocimiento de la comunidad acerca del carbono sirve para dos cosas. La primera es ajustar las prácticas productivas tradicionales para que el carbono se mantenga en el suelo. La segunda concierne a la generación de otros beneficios económicos relacionados con el almacenamiento de carbono”, propone.
Para que el proyecto funcione, se impartirán talleres que acerquen a la comunidad al conocimiento actual que se tiene acerca del carbono, para luego dar paso a talleres que pongan en diálogo esa información con los saberes tradicionales y las prácticas cotidianas. A partir de estos procesos se diseñará la plataforma. Además, se harán capacitaciones que permitan a las comunidades monitorear sus propios ecosistemas.
Al final, los humedales, aunque discretos a primera vista, concentran procesos vitales para la vida en el planeta: la forma en que los humedales respiran, almacenan y liberan carbono, sostienen la biodiversidad y regulan el clima. Hacer visible ese entramado, traducirlo en datos, decisiones y acciones, es la apuesta de COLFLUX. Porque entender lo que ocurre bajo el agua y el suelo no solo permite enfrentar el cambio climático, también reconocer y cuidar esos territorios donde se entrelazan la ciencia, la cultura y la vida cotidiana de las comunidades.



