¿Cómo va la economía en el contexto global?

¿Cómo va la economía en el contexto global?

China, como la mayoría de los países orientales, ha estado bajo la lupa de las grandes potencias mundiales, como Estados Unidos y Rusia, durante las últimas décadas. El crecimiento económico del gigante asiático desde los años 80, la oferta de su mano de obra a bajo costo y su competitividad en el mercado internacional con la tecnología de punta han hecho que países latinoamericanos, como Chile y Panamá, le sigan la pista en su justa medida. Pero, aunque el de China es un caso exitoso, Colombia, cuyas condiciones de desarrollo han sido similares, aún está muy por debajo de alcanzar a sus vecinos y consolidar un modelo económico, político y social que apunte a reducir las brechas de equidad que aún permanecen.

Con el fin de encontrar respuestas sólidas y argumentadas a esta situación, el economista colombiano Luis García Echeverría recopiló documentos institucionales, cifras nacionales e internacionales provenientes del Banco de la República de Colombia, el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial, entre otras fuentes, y analizó minuciosamente el escenario en relación con las teorías económicas, producto del conocimiento empírico adquirido en sus cerca de 40 años de vida docente. Resultado de este proceso, y de más de tres años de reescritura y edición con la Editorial Javeriana, es el libro La economía colombiana y la economía mundial, 1950-2017.

Se trata de una ruta de navegación que comprende las dinámicas políticas y sociales de la historia económica mundial a partir de un análisis de las teorías económicas globales, y de sus efectos en eventos socioeconómicos que han tenido lugar durante los últimos 67 años. García Echeverría seleccionó este periodo (1950-2017) por la solidez y consistencia del material obtenido de sus fuentes y en cuya fiabilidad basa el análisis.

Colombia, en relación con la economía mundial, es uno de los casos de estudio de este libro, pues García, quien también fue decano de la Facultad de Ciencias Económicas de la Pontificia Universidad Javeriana, se propuso presentar una serie de reflexiones y críticas sobre el modelo económico del país a la luz de algunos periodos clave, como la era del café en los años 50, el sistema de valor constante (UPAC), el narcotráfico, la gran crisis global de finales del siglo XX y la era del petróleo en el siglo XXI. De ahí su premisa: Colombia no ha superado la barrera del subdesarrollo económico y social, ni tampoco ha mejorado efectivamente las condiciones de vida de la mayoría de las personas para otorgarles bienestar.

En sus palabras, “los costos sociales, no fácilmente cuantificables, de la violencia y el conflicto armado no solamente retrasaron el desarrollo de la economía y la población, sino que también resquebrajaron sensiblemente el tejido social […]. El reto pendiente es mejorar la distribución de las oportunidades”.

El fin último de esta obra es proporcionarle al lector herramientas para repensar la economía, evidenciarla en su cotidianidad y, como en el aula de clase, poner a prueba el instinto, perspicacia y rigor investigativo. García, quien ha trabajado como analista de modelos económicos y desarrollo regional en el Fondo Monetario Internacional, insiste: “Si las teorías económicas no se enseñan de manera práctica, se quedan en eso, en meras teorías puestas en libros”.

De esta manera, quien abra las páginas de esta cartografía económica no solo se encontrará con un análisis profundo de la historia de la economía colombiana y mundial, sino que también verá un material actualizado, comprensible y bien fundamentado, pues esta obra no solo está dirigida a estudiosos de la economía sino a lectores de otras disciplinas que buscan enlaces con esta ciencia social.

De la prosperidad al caos: la vía venezolana

De la prosperidad al caos: la vía venezolana

Alguna vez hubo en la esquina superior de Suramérica un país diferente: con carreteras e infraestructuras de lujo, una clase media que se daba el lujo de adquirir productos de las mejores marcas e ir fines de semana completos a Estados Unidos, y una clase alta que se preciaba de comprar apartamentos de lujo en Miami. En aquel país, bendecido con unas reservas petroleras enormes y con precios internacionales altos para sus exportaciones, el desempleo se mantenía en niveles considerables frente a los de sus vecinos, el nivel de consumo estaba por encima de la media regional y, pensando en un futuro mejor, se invertían grandes presupuestos en educación universitaria y servicios sociales. Solían llamarlo la ‘Venezuela Saudita’.

Pero a la vuelta de 40 años pasó de un extremo a otro: en términos económicos, al desabastecimiento repetido de productos básicos y una inflación en alza; en los sociales, a la mayor expulsión de población en su historia, que ha llegado a ser calificada de ‘crisis humanitaria’; y en los políticos, a un régimen autoritario cerrado, hoy prácticamente aislado en el escenario internacional.

Las causas, los protagonistas y el desarrollo de aquella transformación serán abordados durante el XV Congreso La Investigación en la Pontificia Universidad Javeriana. El 12 de septiembre, durante el segundo día de actividades, se realizará el panel Mitos y realidades sobre Venezuela, en el cual la académica colombiana Socorro Ramírez, postdoctora en Ciencia Política e investigadora de la Universidad Nacional de Colombia, y el venezolano Tomás Straka, doctor en Historia y profesor de la Universidad Católica Andrés Bello (UCAB), en Caracas, dialogarán sobre el pasado, presente y futuro del vecino país, con Martha Lucía Márquez, directora del Instituto Pensar de la Javeriana.

Con motivo de este diálogo, Pesquisa Javeriana conversó con Márquez sobre los cambios que están ocurriendo en Venezuela, las decisiones de sus dirigentes y los efectos que todo esto tiene en la política interior y exterior de Colombia.


Pesquisa Javeriana: ¿Cómo se dio el tránsito de Venezuela de un país modelo en la región a uno tan problemático, tan conflictivo…?

Martha Lucía Márquez: Para comenzar, no estoy de acuerdo con esa definición de ‘país modelo’. Venezuela hizo su transición a la democracia en el año 1958 y en 1961 redactó una Constitución que garantizaba los derechos sociales, en un escenario en el que había los recursos para cumplir con esas garantías gracias a los ingresos petroleros. Pero desde ese momento se construyó también un modelo de Estado, que algunos autores han llamado ‘Estado mágico’, porque satisfacía las necesidades de los ciudadanos y parecía hacer realidad sus sueños. Por ejemplo, con el recurso petrolero se podían garantizar altos salarios a los empleados públicos, a los trabajadores petroleros, subsidios a las clases bajas y apoyo a los empresarios.

Por eso, se puede decir que la crisis económica actual de Venezuela tiene mucho de histórico porque se mantuvo ese mismo modelo de Estado a pesar de que en un momento se agotaron los recursos para financiarlo. Específicamente, el chavismo sobredimensionó el ‘Estado mágico’ incurriendo en más gastos de los que podía pagar, gastos no sólo para los venezolanos sino, incluso, para subsidiar a otros países como lo que se hizo en el marco de PetroCaribe.

A esta crisis contribuyó también algo coyuntural, como fue que a partir del año 2008 comenzaron a caer los precios del petróleo y el Estado se quedó sin poder pagar todos esos compromisos que había adquirido; adicionalmente, muchísimos recursos se perdieron por cuenta de la corrupción. En conclusión, la fórmula fue la de un Estado gigante e hiperactivo, originado en 1958, que se magnificó en la Revolución Bolivariana, llegando incluso a atender gastos de otros países. Por eso no se puede decir que el Estado venezolano haya sido un Estado modelo.

Ahora bien, en el campo político, aunque se puede decir que la democracia venezolana nació en 1958 puesto que desde ese entonces los presidentes fueron elegidos por elecciones regulares más o menos transparentes, el sistema político  se edificó sobre la capacidad del Estado de repartir la renta petrolera para crear consenso entre la población. Por eso, la crisis de la democracia venezolana comienza justamente cuando a finales de los años 80 el Estado no tiene cómo pagar para crear consenso entre los ciudadanos y ni atender sus demandas, lo que es antecedente de la llegada al poder de Hugo Chávez .


PJ: ¿Y los otros países de la región, lo consideraban un modelo regional?

MLM: Esta pregunta es más complicada, porque depende de cuándo y desde dónde se mire a Venezuela. En los años 70, cuando Caracas impulsó el tercermundismo, era modelo para América Latina pero no para Estados Unidos. En tiempos de Chávez, Venezuela vuelve a ser mal vista por Estados Unidos por el cuestionamiento al ALCA y la creación del ALBA pero era bien vista por los países que recibían petróleo subsidiado y que tenían acuerdos de cooperación regional con ella.

Hoy, para muchos países de la región, a excepción tal vez de Bolivia, Nicaragua y Cuba, Venezuela aparece como una amenaza a la seguridad regional por el número de venezolanos que han emigrado, que ―dicen algunos― son cerca de cerca de 4 millones que han salido por la crisis económica. La mala imagen del país también se relaciona con la connivencia del régimen con el narcotráfico.


PJ: ¿Y Colombia?

MLM: En cuanto a las relaciones binacionales ha habido una larga historia de cooperación así como momentos de conflicto ―lo que se comentará en el panel del Congreso― . Por ejemplo, desde la desgolfización de las relaciones al finalizar los años 80 primaron las relaciones de cooperación puesto que el mayor desafío para Colombia era su conflicto armado, lo que no quiere decir que en el pasado no hubiera cierto recelo por las compras y la dotación de las Fuerzas Armadas Venezolanas. Estas compras se hicieron porque Venezuela era consciente del valor estratégico del petróleo, razón por la cual ha hecho siempre una inversión grande para defender sus reservas de amenazas externas.

Más recientemente, durante el gobierno de Hugo Chávez que coincidió con la presencia de Álvaro Uribe en el poder, hubo momentos de distanciamiento entre los países, pero también de cooperación, por ejemplo, Caracas actuó como facilitador del Proceso de Paz; también fue mediador en procesos de liberación con los secuestrados. No obstante, tras la muerte de Chávez  y la sucesión de Maduro, las relaciones entraron en una fase de deterioro que permanece.

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Martha Lucía Márquez, directora Instituto Pensar. / Cortesía, archivo particular


PJ: La semana pasada se reveló que el gobierno de Nicolás Maduro está sosteniendo diálogos con EE.UU. para aliviar las tensiones y las sanciones impuestas. ¿Cree, entonces, que la salida militar a la crisis venezolana queda descartada?

MLM: Creo que Estados Unidos está endureciendo sus sanciones para lograr una salida negociada, en otras palabras, que las sanciones han sido escalonadas. Una de las últimas fue el bloqueo de activos de CITGO, y el anuncio de que los países y las empresas que compraran crudo venezolano, serían sancionadas por Estados Unidos. Con esto evidentemente, los directamente impactados van a ser los ciudadanos, pero progresivamente lo van a ser también las burocracias del Estado y los militares… eso aumenta la posibilidad de que ellos, que son los que finalmente están apoyando al gobierno ―y me estoy refiriendo a rangos medios― puedan apartarse del régimen, como ya ha ocurrido, porque de hecho hay un número enorme de ellos en las cárceles. Eso también lleva al aislamiento de la cúpula en el poder, que se lucra al mantener el control del Estado ―lo que uno podría llamar una cleptocracia de gobierno que se apropia de los recursos―, pues la pone en una situación mucho más difícil que debe llevarla a una negociación.

En otras palabras, lo que se quiere construir es un escenario en el cual, quien está en el poder, sienta que es muchísimo más costoso y riesgoso permanecer ahí que dejar su puesto, y será entonces un escenario de negociación en el que participaran no solo Estados Unidos y la oposición, sino China y Rusia. Allí el régimen buscará su salida en las mejores condiciones.

Este escenario cada vez está más cerca pero no a la vuelta de la esquina puesto que las transiciones tienen su timing; son procesos largos, y lo digo en teniendo en mente la transición del Frente Nacional en Colombia, que fue una negociación que duró dos años. Lo que sí es claro es que el régimen de Maduro no es sostenible en el tiempo por su baja legitimidad, su aislamiento internacional, por la migración descontrolada y por la precaria situación económica.


PJ: Estamos hoy a menos de año y medio de que se acabe esta década. Pensando ya en los próximos 10 años, ¿hay posibilidad de que haya un gobierno socialista en América Latina? Y si la hay, ¿qué lecciones debería aprender de Venezuela y su socialismo del siglo XXI?

MLM: Lo que se ha conocido y en algunos casos se ha autonombrado como socialismo del siglo XXI son, en realidad, regímenes políticos muy distintos. En él se incluyen la propuesta indigenista de Evo Morales, las laboristas de Luis Inazio Lula da Silva y Dilma Rousseff, que contaban con un apoyo obrero muy grande, y, por supuesto, el socialismo bolivariano de corte militarista. Son experiencias todas muy distintas que, en los últimos cinco años, fueron reemplazadas por gobiernos de derecha. Sin embargo, en las últimas semanas, a raíz de la derrota de Macri se avizora un nuevo ciclo de gobiernos de izquierda con el posible regreso del partido justicialista en Argentina.

Estos partidos de izquierda, y entre ellos las propuestas socialistas , siempre tendrán eco entre la población latinoamericana mientras la región continúe siendo el continente más inequitativo del mundo. Sería de esperar que esos gobiernos aprendan de la experiencia venezolana un sentido de realismo político, particularmente que entiendan que los Estados no pueden incurrir en gastos que no puedan sufragar y que lo que tienen que hacer es priorizar gastos dirigidos a los sectores muchísimo más vulnerables, sin poner en riesgo la estabilidad macroeconómica. Adicionalmente, deben prevenir  los riesgos del autoritarismo, explorando formas de construir consensos sin la necesidad de darle excesivos poderes a los presidentes. Finalmente,
deben abocarse a una tarea que tiene que librar prácticamente todo el mundo, esta es la batalla contra la corrupción, que se ve muchísimo más favorecida cuando hay autoritarismo y no existe la alternancia del poder.


PJ: ¿Por qué la academia colombiana tiene que estudiar a Venezuela? ¿Y qué es lo que debe estudiar?

La ciencia puede nutrirse del arte

La ciencia puede nutrirse del arte

El ‘bichito’ de la divulgación científica picó a Ángela Posada-Swafford en los años 80. Para entonces supervisaba la sección de cocina en El Nuevo Herald, la edición en español del periódico estadounidense Miami Herald, y entre las recetas, las fotos de algunos platos y las reseñas de restaurantes decidió incluir información sobre ciencia. Cuando el experimento funcionó, esta colombiana, escritora de profesión (se licenció en idiomas en la Universidad de los Andes y se graduó de la Maestría de Periodismo en la Universidad de Kansas) pero bióloga marina frustrada, encontró su camino. Seguiría escribiendo, por supuesto, pero sobre estrellas, climas extremos, los vehículos que exploran el universo, los científicos… En fin, sobre ese sueño que no pudo ser.

Entre ensayo y ensayo, prueba aquí y prueba allá, se ha consolidado como una de las periodistas científicas más importantes de Colombia. Lo ha logrado a pulso, escribiendo de todo y para todos: ha publicado en las revistas Muy Interesante, National Geographic y Esquire, en diarios como El Tiempo, y también ha dejado su sello en medios tan diversos como National Public Radio (NPR, la cadena de emisoras públicas más grande de EE.UU.) o en el Discovery Channel.

Ese recorrido como periodista independiente le ha enseñado que la ciencia siempre es interesante para el público, incluso en los formatos menos pensados. “Ahora soy consultora científica de guiones en cine, y eso es genial porque uno le dice al director cómo tiene que tratar el tema desde el punto de vista científico, y también involucro a los investigadores. De hecho, tengo ahora a cuatro implicados en un libreto”, explica con una sonrisa.

De paso por Bogotá, donde dictó un taller y la conferencia inaugural de la Maestría en Periodismo Científico que ofrecerá la Javeriana el año entrante, y aprovechó para dirigir una serie de charlas científicas en escenarios como Maloka y la Biblioteca Luis Ángel Arango. Posada-Swafford habló con Pesquisa Javeriana sobre la percepción que tiene el público de la ciencia y el papel que deben jugar todos los integrantes de la comunidad científica colombiana para divulgar con éxito las investigaciones que se realizan en el país.


Pesquisa Javeriana: ¿Por qué es tan difícil que el medio ambiente tenga la misma importancia para los medios que las noticias políticas, deportivas o de farándula?

Ángela Posada-Swafford: En los años 70 el movimiento ambientalista estaba en su clímax, pero después la gente se comenzó a aburrir. Y sucedió lo que en EE.UU. llaman backlash, o un efecto contraproducente sobre qué tanto se le dijo a la gente  que los seres humanos éramos una bacteria en el planeta. Ese fue uno de los pilares del ambientalismo, y se resumía en decir que La Tierra estaba muriéndose “porque usted existe”.

Muchos ―yo misma incluida― se dejaron llevar por esa corriente, que era aleccionadora. Y llegó el ‘aburrimiento del verde’, haciendo que el tema medioambiental cayera en un letargo. Ahora se empezó a despertar nuevamente esa conciencia de que estamos acabando con el planeta. Lo chévere es que esta conciencia ahora la tienen los jóvenes del mundo entero, estilo Greta Thunberg, la niña sueca que aboga por el cambio climático, y también las corporaciones; cuando yo cubría medio ambiente para el Miami Herald, en 1995, eso no se daba: las grandes casas automotrices, por ejemplo, no lo hacían, pero ahora pensar en verde hace parte no solo de su responsabilidad social empresarial, también se están dando cuenta de que no hacerlo les puede afectar gravemente la billetera.


PJ: ¿Cómo puede el periodismo científico aprender de ese error y aprovechar este entusiasmo de las audiencias más jóvenes?

AP: Tenemos que hacer un trabajo desde la raíz y no ser ni castigadores ni aleccionadores, ni hablar desde el púlpito, sino muy cercanos. Yo creo que debemos comenzar con los niños y seguir con ellos. Me ha funcionado trabajar con los jóvenes, porque son permeables a ciertos temas y se interesan. En mis libros, en la colección Juntos en la aventura, toco algunos de esos temas; de hecho, el próximo es sobre calentamiento global: en Arde la tierra les enseño a los niños mucha ciencia a través de un relato y explico qué es la geoingeniería, una disciplina del futuro que pretende modificar el clima; en esta novela presento además a unos investigadores basados en científicos reales, que estudian la respuesta de los insectos al cambio climático… ¡a punta de música rock! Es decir, hay que enseñarles a los chicos la ciencia de forma muy lúdica, con personajes y temas con los que se puedan relacionar, en plataformas y temas que les interesen. Es un trabajo que nos falta hacer también con los medios masivos de comunicación, especialmente con la radio y la televisión.

/ Cortesía, archivo particular.
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PJ: Precisamente, ¿por qué es tan difícil que los medios masivos se interesen por el medio ambiente y resalten por ejemplo, la advertencia de la ONU de que los ecosistemas globales sufrirán un cambio drástico para 2050?

AP: Porque a los medios les parece que es llover sobre mojado. Las alertas se producen cada rato en mayor o en menor medida, y se vuelven como el pastorcito mentiroso… Y sí, el de la ONU es un tema importantísimo, pero el editor de noticias pensará que es otra alerta más. Hay que presentar eso de otra forma. Por ejemplo, si presentáramos un gran especial, un documental con todos los fierros, en un medio masivo que, como en el caso de Colombia, lo vean en horario prime time, tendría un pequeño impacto, pero hoy para la televisión es más rentable pasar Betty la fea ―que es una historia maravillosa― que hacer este documental: no tienen el dinero ni el interés. Los pocos periodistas ambientales que hay en el país necesitan el apoyo de sus jefes para hacer este tipo de contenidos, para que les den más de un minuto y medio en el noticiero de vez en cuando.

Y por otro lado, como sector ambiental y científico, no hemos hecho industria, no hemos hecho el trabajo de hacerles entender a los medios que esto también puede ser rentable.


PJ: ¿Ese interés por parte de los medios masivos existe en otros países?

AP: Por lo menos en EE.UU. y en Europa le ponen interés, de ahí el gran éxito que tuvieron Discovery Channel y National Geographic, o el mismo History Channel, porque a la gente le gusta la ciencia, le gusta aprender, entender y deleitarse con imágenes importantes y entrevistas a gente importante. Claro que son medios que también sufren y tienen problemas de baja sintonía, no es un mundo perfecto, pero de vez en cuando emiten unos especiales impresionantes que vuelven a sacudir a la audiencia; allá Nat Geo le invierte los US$2 millones o lo que cueste un conjunto de episodios sobre la Antártida, por ejemplo, y aquí necesitamos que un Caracol y un RCN hagan eso, que se unan. ¡Qué maravilla que todas hicieran un grupo de medios!, incluso con los internacionales, y presenten un especial específicamente para nuestra región. Por ejemplo, sobre cambio climático: que nos muestren qué está pasando en Cartagena con la subida en el nivel de mar, por qué estamos sufriendo en el país con las sequías, cuál es el estado de nuestros ríos. ¡Pero algo bien lindo, bien hecho, con buenas fuentes!

Nos falta mostrar más el territorio nacional a fondo, no en la noticia de 60 segundos.


PJ: En esa especie de mundo ideal, ¿qué papel debe jugar la academia?

AP: La academia, así como la industria privada, tiene un papel fundamental. Son varios ejes: periodismo, academia, industria privada, es como un trípode. La academia tiene en sus manos ni más ni menos que la investigación, y lo que le hace falta es no solo tener publicaciones sino sacarlas al público en general de forma lúdica.

Qué lindo que la academia también se uniera en un sector. ¿Por qué no nos unimos cinco universidades importantes del país para hacer un especial con nuestras investigaciones sobre el territorio nacional, y le metemos la plata que haya que meterle para que la gente se entere? No solo por televisión, hay otras vías, como las redes sociales, pero necesitamos que sea más visible.

Yo pienso en la unión. En EE.UU. uno ve que la Universidad de Wisconsin en Madison se une con el Instituto Lamont-Doherty para hablar de geología en el Polo Sur porque sí, porque son los expertos en ese tema. Eso es lo que necesitamos en Colombia.


PJ: ¿Y qué estrategia debería seguir esa unión de ejes científicos para enamorar a las audiencias?

AP: Es un reto gigantesco. Europa y EE.UU. hacen algo que me encanta, que trato de implementar cuando puedo porque me estoy enamorando de eso, que es unir la ciencia con el arte. Tenemos que llegarle a la gente de forma que jale su corazón y sus emociones, y que, además, use los cinco sentidos para describir lo que Humboldt llamaba “la poesía descriptiva de la naturaleza”. Tenemos las artes escénicas, las plásticas, el cine… ¿Por qué no hacer por el medio ambiente lo que Jurassic Park hizo por los dinosaurios? No importa que la película no fuera exacta científicamente, pero gracias a ella la cantidad de paleontólogos que se formaron fue enorme.

En Colombia hemos tenido películas sobre medio ambiente pero no ha habido algo nacional, y eso que tenemos unos cineastas maravillosos… Yo estoy incursionando en el cine porque creo que es el camino. Por ejemplo, en series de Netflix, que cada vez necesita más contenido de América Latina. Pero que, en lugar de los temas tradicionales del conflicto, traten thrillers científicos.

Maravilloso también que se una la academia con la industria cinematográfica, con los artistas. No hay que pensar solo en un científico, un periodista o un profesor, la ciencia y el medio ambiente nos tocan a todos. Tenemos que convencer a los productores y a los consumidores. El punto es que tenemos que llegarle a la gente en las plataformas que consume. Sí, sé que estoy siendo un poco inocente en el hecho de, por ejemplo, hacer un vallenato sobre medio ambiente, ¿y por qué no? Tenemos que meter al medio ambiente y a la ciencia dentro de la vida cotidiana.

/ Cortesía, archivo particular.
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PJ: ¿Qué nos falta para llegar a ese escenario?

AP: Nos falta la voluntad. Obviamente falta plata, pero hay proyectos que siempre se pueden hacer más baratos… Nos falta la voluntad y unirnos como hormiguitas, estamos muy separados. Hoy el periodista científico no tiene que ver nada con el artista ni el conferencista, pero podemos unirnos de forma consciente. Como decía Mr. Spock en Star Trek: “El bien común pesa más que el bien individual”. Yo lo aplico como el bien de la ciencia, del público allá afuera, que es el que recibe las noticias y, en última instancia, las acciones de una industria o de una decisión política que ayude al problema ambiental. Ese beneficio en común pesa más que solo el periodismo científico, que solo el artista, que solo el comunicador de la ciencia.

Yo soy muy de unión, y lo veo en países como Noruega, donde piensan como colmenas de abejas. Eso es lo que tenemos que hacer.

Los imborrables años 70

Los imborrables años 70

Por las carreteras colombianas circulaba incólume, con sus inconfundibles curvas, el Renault 4. Concebido originalmente en Francia como un carro para la naciente clase media urbana, se consolidó como el ícono de las vacaciones familiares al cruzar el Atlántico y llegar a nuestras tierras. ‘El Cuatro’ se posicionó como el carro aspiracional por excelencia de una década que inició con una elección polémica y políticas regresivas que inspiraron un levantamiento popular a favor de distintas reivindicaciones sociales.

Todas estas ideas y su representación en el arte visual colombiano son abordadas en Múltiples y originales: arte y cultura visual en Colombia, años 70, el trabajo de los artistas plásticos e investigadores javerianos María Sol Barón y Camilo Ordóñez Robayo, publicado este año por la Editorial Javeriana. En sus páginas se redescubren las tensiones políticas, el auge de los medios visuales y la publicidad, la situación económica, las instituciones artísticas y todas las demás influencias en la obra de artistas colombianos como Bernardo Salcedo, Antonio Caro, Carlos Mayolo y Luis Ospina, entre otros.

 

 


FICHA TÉCNICA
TÍTULO:
Múltiples y originales: arte y cultura visual en Colombia, años 70
AUTORES: María Sol Barón Pino y Camilo Ordóñez Robayo
NÚMERO DE PÁGINAS: 502
AÑO DE PUBLICACIÓN: 2019
Editorial Javeriana

Celebraciones bicentenarias: vista a nuestro pasado, presente y futuro

Celebraciones bicentenarias: vista a nuestro pasado, presente y futuro

El 2010 fue un año de conmemoraciones bicentenarias para Venezuela, Argentina, México, Chile y también para Colombia, donde la vida cotidiana se interrumpió por las múltiples actividades de festejo, todo con motivo de la celebración de los 200 años de las acciones ocurridas el 20 de julio de 1810 en Santafé de Bogotá, día considerado como el punto de partida para el nacimiento del Estado-nación colombiano; esta fecha es uno de los símbolos más profundos de la identidad nacional, a pesar de que la independencia se consiguiera solo hasta el 7 de agosto de 1819.

Cada conmemoración de Independencia, sin distinguir lugar o nación, se festeja de forma diferente. Por ejemplo, “el Centenario de 1910 y el Bicentenario de 2010 en Colombia contó cada uno con sus particularidades, pues, aunque las personas honraron lo mismo, para 1910 fue evidente el predominio de un régimen de historicidad moderno, con un discurso que le apuntaba al futuro, al progreso y la modernización; entre tanto, en la época bicentenaria predominó la categoría del presente ante la incertidumbre del futuro y la necesidad de volver la mirada al pasado”, asegura Sebastián Vargas, doctor en historia y magíster en Estudios Cultura­les de la Pontificia Universidad Javeriana. A esto se suma que, a diferencia de lo sucedido en el Centenario, los Estados no monopolizaron la festividad pública y participaron distintos sectores (organizaciones y movimientos sociales, empresas privadas y los medios de comunicación).

Estos actos sociales, como los sucedidos en 1910 o en el 2010 en Colombia, son una oportunidad para volver a narrar lo que nos contaron, re-presentar, actuar el pasado mítico y vivirlo con la emotividad y el sentimiento de haber estado presente aquel 20 de julio de 1810, en ese lugar y a esa hora, así solo lo hayamos escuchado de las voces de nuestros maestros de colegio, lo hayamos leído en libros o visto en la televisión. Igual, permanece en la memoria colectiva como si lo hubiéramos vivido en carne propia.

Estas celebraciones, además, están mediadas por lo que Vargas denomina como políticas de conmemoración; en otras palabras,  “son el espejo de las identidades presentes de la nación, en ellas participan diferentes actores y cada uno lo hace a su manera”. Los olvidados luchan por hacerse visibles, otros sacan a la luz sus intereses políticos; asimismo se recuerdan eventos, personajes y cosas, pero también se olvidan y se deja por fuera a otros. “Hay conmemoraciones en las que el Estado tiene más control que otras, por ejemplo, el Centenario de 1910 fue más controlada por el Estado que la del Bicentenario. Esto, por la necesidad de las élites estatales de visibilizar los avances materiales y morales de la nación”, añade el historiador.

Sebastián Vargas se ha dedicado a estudiar la conmemoración bicentenaria de 2010 en Colombia con el fin de explicar los usos de la historia que hay detrás de estos festejos, así que escudriñó documentos de diverso tipo que dieran cuenta del contexto de dicha celebración: documentos oficiales, páginas web que sirven de repositorio de la mayoría de actividades públicas estatales; documentos alternativos: audiovisuales, fanzines (publicaciones temáticas de bajo presupuesto), publicaciones, comunicados de prensa y otros que, por su parte, muestran tensiones frente a las formas en las que han sido representados algunos sectores en el pasado. Además, recorrió actos conmemorativos, exhibiciones, museos, monumentos, memoriales y obras públicas. “Lo que hice fue ver cómo operó la celebración, en diferentes lenguajes, diferentes registros, formas discursivas, por ejemplo, el espacio público, las fiestas o conciertos”, explica.

En su investigación Después del Bicentenario: políticas de la conmemoración, temporalidad y nación, Colombia y México, 2010, plasmó los resultados de este recorrido histórico. Dentro de los hallazgos encontró que, a pesar de los intentos del Estado por diseñar e implementar una agenda conmemorativa oficial, por un lado, irrumpieron diversos actores sociales con sus memorias que hicieron contrapeso a la agenda conmemorativa oficial; y por otro, pese a estas irrupciones, y a que diversas propuestas oficiales reconocían la multiplicidad histórica y cultural del pasado, se terminó por reproducir la historia patria, pues los protagonistas de la celebración fueron una vez más Hidalgo, Bolívar, el grito de Dolores o el florero de Llorente, desconociendo nuevamente a los que también estuvieron en la lucha pero han sido olvidados.

Las distintas actividades fueron pensadas para visibilizar la diversidad y la pluralidad oculta de la historia teniendo en cuenta los avances multiculturales del país y la ya reconocida diversidad nacional; sin embargo, no modificó la interpretación tradicional del proceso histórico de la Independencia. Las minorías estuvieron presentes, se convocaron a movimientos afrodescendientes e indígenas así como a sectores populares para que participaran de la conmemoración, pero las exclusiones y silencios de la historia se mantuvieron. “La diversidad de culturas, memorias y sujetos de la nación que los gobiernos pretendieron reconocer durante el Bicentenario quedó desdibujada por la reiterada recordación de acontecimientos y personajes históricos canonizados por la historia tradicional”, asegura Vargas. Esto, sumado a que tampoco mejoraron las condiciones de vida de las poblaciones rurales, indígenas y afrodescendientes contemporáneas.

Tal parece que, como menciona el historiador, “la celebración bicentenaria se quedó en la mera espectacularización. Se desaprovechó una oportunidad única para hacer un balance sobre el pasado, el presente y el futuro de nuestra nación, pues se puso el énfasis en la reproducción de lugares comunes y en la dimensión festiva y espectacular, dejando en un segundo plano la reflexión y divulgación histórica”, y añade que “de aquí que la banalización de la historia, una vez pasado el año, e incluso el mes de festejo, haya sido un monumental y costoso evento histórico, pero efímero a ojos de los colombianos”.

Y por si fuera poco, el Estado aprovechó la coyuntura bicentenaria para promover y legitimar políticas en materia de defensa y seguridad, cosa que no solo sucedió en Colombia, pues, como afirma Vargas, “una de las principales coincidencias entre la conmemoración colombiana y la mexicana que estuvo presente fue que en ambos casos los Estados incorporaron uniformes, vehículos y tropas de tiempos pasados en los desfiles militares llevados a cabo durante los días de fiesta nacional como una manera de representar la seguridad democrática, en el caso colombiano, impulsada por el gobierno de Álvaro Uribe Vélez”. Así mismo, la investigación demuestra que los discursos presidenciales durante la conmemoración estuvieron atravesados por la mención a las luchas por la Independencia y la libertad del pasado, y su supuesta conexión con los conflictos internos del presente.

En cuanto a las representaciones museográficas, hay que decir que fue en estos escenarios donde se propuso generar en los públicos una reflexión sobre la historia y, particularmente, sobre la Independencia como un proceso abierto, en construcción, del cual todos estaban llamados a participar. En la investigación, Vargas enfatiza que en los museos se utilizaron recursos interactivos y virtuales que posibilitaran recrear un ambiente de inmersión y una vívida experiencia. Por su parte, los medios de comunicación y las empresas no se quedaron atrás, pues el historiador javeriano evidenció que estos también se sirvieron en términos económicos y de visibilidad en la coyuntura.

“Mi hipótesis es que, por el presentismo de la conmemoración, a nadie le importa y la gente iba y asistía a los eventos pero por una cosa como de patriotismo e incluso por la fiesta, por el hecho de ir a un evento público y celebrar que Colombia cumplía 200 años de Independencia, pero a nadie le interesa ver realmente eso qué implica y cómo fue el proceso histórico”, afirma el investigador.

Hoy se conmemora el bicentenario del 7 de agosto de 1819 que recuerda la Batalla de Boyacá y el día oficial de la Independencia de la Nueva Granada. Por un tiempo se evaluó cuál sería la fecha de festejo más importante, si 1810 o 1819, pero “no se trata de cuál es más importante sino de ver en estas fechas una oportunidad para reconocer nuestra historia, evaluar nuestro presente y mirar hacia el futuro”, finaliza Vargas.

Ahora solo queda esperar con qué novedades llega este nuevo año de libertad para Colombia y cómo se revive la historia de la Batalla de Boyacá durante estos días, y si, como colombianos en medio de nuestro presentismo, lo vivimos y luego lo olvidamos como arena que se lleva el agua.

Un año con Iván Duque

Un año con Iván Duque

Simplificación del sistema tributario para empresas y personas naturales, la no implementación de fracking en la extracción de hidrocarburos y respeto por los acuerdos de paz firmados en La Habana, fueron algunas propuestas hechas por el presidente colombiano Iván Duque Márquez durante su campaña para el periodo presidencial 2018-2022.

Dichas propuestas, así como su fidelidad al Partido Centro Democrático, en el cual ejerció como senador a partir de julio de 2014 y donde participó en la formulación de varias leyes, como la que busca impulsar en Colombia la llamada ‘economía naranja’ y la que amplía la licencia de maternidad de 14 a 18 semanas, llevaron a este abogado a convertirse en presidente de la República con 10’398.689 votos y un programa de gobierno basado en la legalidad, el emprendimiento y la equidad.

Aunque la victoria en las urnas se conoció el 17 de junio de 2018, su posesión como mandatario se llevó a cabo el pasado 7 de agosto de 2018 en la Plaza de Bolívar, de Bogotá. Hoy, a pocos días de cumplirse su primer año de gobierno, una serie de cuestionamientos acerca del cumplimiento de sus propuestas de campaña y decisiones bastante criticadas, como la radicación de la Ley de Financiamiento (reforma tributaria) que busca recaudar más de 14 billones de pesos para completar el presupuesto general de la Nación de 2020, ha generado duros juicios y viscerales defensas.
Pesquisa Javeriana conversó con Luis Carlos Reyes, director del Observatorio Fiscal de la Pontificia Universidad Javeriana y especialista en temas de desarrollo económico, economía pública y microeconomía aplicada, acerca del desempeño y administración del presidente sobre el gasto público de los colombianos y el actual hueco fiscal con el recorte de impuestos a las empresas.

Lo que nunca nos contaron del 20 de julio de 1810

Lo que nunca nos contaron del 20 de julio de 1810

Esta es una historia perdida, de esas que nuestros abuelos o maestros nunca nos contaron. Han transcurrido 209 años desde aquel 20 de julio, en el que unos personajes desconocidos, en las entrañas de la Nueva Granada (Santafé de Bogotá), firmaron el Acta del Cabildo Extraordinario, la que abriría un difícil y amargo camino hacia la independencia de Colombia con un dulce sabor a victoria.

En 1810, mientras España se las arreglaba para sobreponerse a la guerra que libraba contra las tropas francesas, la invasión napoleónica, el cautiverio del rey Fernando y demás momentos que llevaron a la crisis constitucional de la monarquía, en Santafé, lejos de que la idea de independencia se inmiscuyera como objetivo principal en la memoria de sus pobladores, lo que pedían los santafereños era la constitución de una junta de gobierno que defendiera la autonomía de los territorios americanos por regiones, es decir, mantener el control de Santafé frente a lo que estaba sucediendo en la Península, y así se consolidó la Junta Suprema.

Sin mencionar palabra que insinuara el deseo por liberarse de la monarquía, se firmó el Acta del Cabildo Extraordinario. Para ese viernes 20 de julio bastó solo una pluma y un papel donde se plasmaron las ideas que indicarían la autonomía territorial: la Junta Suprema del Nuevo Reino de Granada ejercería la autoridad, convocaría al Congreso y en conjunto dictarían una Constitución; luego se mencionaba a la Junta como garante de la seguridad del territorio y, entre otros, se reconocía formalmente un nuevo gobierno comandado por este cuerpo interino en ausencia del rey.

Se firmó un acta, pero ¿quiénes escribieron sus nombres en ella?

Sin duda resulta de interés saber de la existencia del acta, pero es aún más interesante conocer la ‘historia perdida’ de quiénes fueron los firmantes. “Hay quienes piensan que los hombres que la firmaron son criollos y que siempre estuvieron marginados por el Estado, por el rey, o que eran unos recónditos que iban pasando por Santafé y aprovecharon para firmar”, afirma Juana María Marín Leoz, historiadora y profesora javeriana, quien llegó desde Navarra, España, para estudiar la historia que desconocemos de nuestro país y relatar con su caluroso acento hispano los hallazgos de su obra.

¿Qué hay detrás de los nombres que aparecen en ese papel, aquéllos que han tenido el privilegio de ser denominados héroes y próceres de la patria? ¿Realmente los firmantes estaban subordinados por la corona? ¿Qué estudiaban? ¿Cuántos años tenían? ¿De qué familias venían y de dónde?

Marín Leoz, quien hoy en día se considera una criolla por la cantidad de años que lleva radicada en Colombia, escudriñó cada uno de los 53 nombres que aparecen en la emblemática acta del 20 de julio, mal llamada ‘Acta de Independencia de San­tafé’ porque, según ella, la independencia llegaría algunos años después. “Esta denominación de independencia se construye posteriormente, cuando los patriotas y los granadinos ganaron todas las guerras de la independencia y finalmente consiguieron la ruptura con la monarquía tras la victoria en la batalla de Boyacá, en 1819”, afirma.

Para el desarrollo de su investigación Genealogía de un acta. Los firmantes del Acta del Cabildo Extraordinario de Santafé del 20 de julio de 1810, Marín utilizó la prosopografía, es decir, recogió las biografías extendidas de cada uno de los firmantes, sustentadas en los datos personales, sus actividades administrativas, políticas y econó­micas, al igual que la reconstrucción de sus contornos familiares y sociales, lo que le permitió cruzar informaciones, analizar similitu­des y divergencias y, con esto, construir una biografía colectiva.

La historiadora asegura que después de la lectura de mu­chas de las obras queda la sensación, en un sentido amplio, de que no es relevante saber quiénes eran los firmantes.  “Su familia, sus matrimonios y sus relaciones políticas, profesionales, amistosas, familiares… pasan a un segundo plano priman­do la construcción de una imagen plana, sin aná­lisis crítico, que sirve para engrosar las relaciones de ‘héroes y patriotas’, en las que todo es luz y no tiene cabida ninguna sombra a excepción de aquellas que oscurecen las trayectorias de aque­llos ‘traidores’ que mudaron sus fidelidades tras la firma del acta”, explica.

Con su investigación, Marín encuentra las sombras difusas de nuestra historia. Sus hallazgos demuestran que son criollos (hijos de españoles nacidos en América o españoles con más de 5 años en la Nueva Granada), o peninsulares, que llevaban participando e integrando los resortes de poder político-administrativo y socio-económico santafereño desde la década de los 90 del siglo XVIII; personas que, más allá de su origen geográfico, tienen un recorrido vital y profesional de larga duración en la capital.

“No son gente marginada, recién llegados al sistema, que asaltan la institucionalidad desde fuera sino que se convierten en garantes de ella desde antes; cuentan con una larga experiencia siendo parte del sistema y, además, al estar en las instituciones, son gente con plata, que hacen parte de la élite”, explica.

También logra desfigurar la idea, para muchos, de que este suceso estuvo liderado por jóvenes alborotados y rebeldes buscando la libertad. De hecho, la media de edad de los firmantes, según la investigación, es de 40 años: “No son jóvenes incautos luchando por la libertad y el futuro que amanece o que tenemos ahí anhelante; opuesto a esto, tienen ya mucho recorrido”.

Dentro de los otros datos curiosos, poco explorados y perdidos en nuestra historia, a Marín Leoz le llama la atención que la familia Caicedo y Flórez no firmara el acta porque eran quienes mandaban en Santafé a finales del siglo XVIII y principios del XIX, eran los dueños del cabildo y tenían mucho dinero. “Yo dije: ¡qué raro!, no están firmando aquí. Pero no es que no estén, porque cuando revisé el acta con más detalle me encontré con un señor que se llama Fernando Benjumea, y dije ya está, ahí están”. Benjumea es un señor sevillano y, cuenta la historiadora, era el apoderado de los Caicedo y Flórez.

Este fue el indicio para responder a otra extrañeza que surgió en el camino: ¿por qué José Ignacio Pescador Amaya firmó, y sorprende porque lo definen como un indio, cura de Villeta nacido en Choachí. Para el momento histórico, donde incluir a un indio no era una necesidad de principios del siglo XIX, tal participación parecía difícil de creer. Pero “si nosotros viajáramos en una máquina del tiempo al 20 de julio de 1810 y preguntáramos por el señor Pescador, nos dirían: ‘sí, él es el apoderado de fulanito, está representando a este señor de la élite’”, es la hipótesis de la investigadora.

Otro hallazgo es que dentro de los firmantes hay una jerarquía de poder interna. Unos firmarían en un momento y otros después. “Los que firman primero son los que mandan en la organización de ese régimen de transformación, y de esos 35, los que mandan de verdad son 17, que están presentes en la administración desde antes, algunos desde 1770, y van a estar en los diferentes escenarios hasta 1816”, concluye.

¿Y qué pasó con los firmantes después de dar un cauteloso paso con el acta para transitar a la independencia? De los que se tiene conocimiento, unos fueron encarcelados, otros desterrados o fusilados; hoy integran la larga lista de mártires de la independencia. Después de todo, esta investigación es un aporte para acercarnos a nuestra historia y desfigurar mitos, conocer quiénes fueron los que por tanto tiempo hemos llamado héroes de la patria y reconocer que quienes se han consolidado casi como ‘santos’ también tienen oscuridades que pocas veces nos han contado.

Los Universitarios, la historia no contada del vallenato en Bogotá

Los Universitarios, la historia no contada del vallenato en Bogotá

Pocos se imaginan que el vallenato, ese género que despierta amores y odios entre los bogotanos, tenga una historia tan arraigada a la capital. Los más autorizados escritores del género han pasado por alto este conjunto de anécdotas que se empolvan en la memoria de aquellos, sus,  hoy viejos, protagonistas. Y es que la música de acordeón –como se le conocía cuando llegó a la capital– apareció en Bogotá en los años 50 para quedarse, y generar la primera modernización, así como la popularización definitiva del vallenato en el país.

Entre 1951 y 1973, la capital creció y pasó de tener 700.000 habitantes a 2,9 millones. Este dato es suficiente para hacernos una idea del flujo de personas que llegaron, procedentes de todas partes de Colombia. Y como esta es la historia de una música que no nació en Bogotá, es, entonces, una historia de migrantes, de sus costumbres y de sus cuentos. Es  el relato de la colonización mulata en tierra fría, cuya arma fue la diplomacia (poco refinada para muchos) del acordeón. Se trata de la vida musical de Los Universitarios y de su asombroso talento para la parranda.

La capital nunca estuvo acostumbrada al bullicio costeño y, aunque para los años 40 las orquestas caribeñas de Lucho Bermúdez y Pacho Galán empezaron a figurar con éxito en el Hotel Granada o en el Grill Colombia, el vallenato carecía de la sofisticación y elegancia que, con acierto, las Big Bands habían utilizado para conquistar a la élite. El vallenato parecía ser una música contraria al gusto bogotano, sus cantos tenían más sentimiento que afinación y el sonido grueso del acordeón tenía un aire campesino que se acompañaba de los nada refinados caja y guacharaca que formaban un conjunto de notas fandangueras y provincianas.

Aun así, cuenta la historia oficial que a mediados de los años 50 un grupo de políticos bogotanos se comenzó a interesar por la música de acordeón gracias a la influencia de sus homólogos de los departamentos de Bolívar y Magdalena. Entre ellos se encontraban figuras como Alfonso López Michelsen, Fabio Lozano Simonelli, Miguel Santamaría Dávila y Rafael Rivas Posada. Fue en sus casas del barrio La Magdalena, de Teusaquillo, donde se realizaron las primeras parrandas con un marcado carácter aristocrático.


La (buena) vida de parranda

A finales de los años 50, vestidos con camisas de manga corta, pantalón negro y zapatos oscuros, llegaron jóvenes de provincia para estudiar en las universidades Nacional y Libre. Eran proclives a la amistad, al licor y la palabra. En la cultura caribeña encontraron un punto común a sus diferencias políticas y así formaron un enclave regional para recitar poesía, echar cuentos, deleitarse con el sabor del ron, de un bolero y una guitarra, y recordar las canciones campesinas de Abel Antonio Villa y Francisco “Pacho” Rada. De allí nacieron Los Universitarios como un grupo de más de 20 contertulios (algo así como a lo que hoy llamaríamos ‘colectivo cultural’). El núcleo más festivo de esta camada llevaría el nombre de Los Universitarios a todas las parrandas estudiantiles y luego a la radio, el cine y la televisión.

Pedro García como cantante, Víctor Soto en el acordeón, Reynaldo López en la guacharaca, Pablo López en la caja y Esteban Salas en los coros fueron los integrantes de esos primeros años en los que Los Universitarios se vieron tocando cada fin de semana en una casa y en un barrio distinto. Así fue como encarnaron fielmente el espíritu de la juglería que traían en sus genes. Quisieron abrazar la ciudad en una sola parranda y trazaron un sentido en la trashumancia. Eran tiempos en los que lo vivido era lo narrado y no al revés, y por eso nunca la vida fue más real que en el deleite de un son o de un paseo, acompañados de una botella de aguardiente.

Los Universitarios – De izquierda a derecha: Nazario Zabaraín, Pablo López, Álvaro Cabas, Esteban Salas y Pedro García
Los Universitarios en televisión. De izquierda a derecha: Nazario Zabaraín, Pablo López, Álvaro Cabas, Esteban Salas y Pedro García.

Si bien la música de acordeón siempre permaneció cercana a los altos círculos de poder, como cuando Los Universitarios ingresaron en 1967 al Capitolio para ‘serenatear’ al Congreso de la República antes de comenzar la última sesión que debatiría la creación del departamento del Cesar, el vallenato se dio a conocer en las clases populares gracias a las parrandas del conjunto  en la vida cotidiana de la ciudad.

En el estadio ‘El Campín’, por ejemplo, se dieron cita regularmente para animar desde la gradería los triunfos del Unión Magdalena campeón de 1968, acompañados por un joven de nombre Emiliano Zuleta, quien viajaba desde Tunja. Como no existían divisiones pasionales, los partidos terminaban en un auténtico carnaval, animado por el público de ambas hinchadas y, particularmente, por las primeras parejas bogotanas que bailaron vallenato.

“Un mes y once días duramos parrandeando en el Quiroga. Fue una fiesta que tuvo que repetirse todas las noches siguientes en una casa diferente”, cuenta Esteban Salas, guacharaquero y corista del conjunto, refiriéndose a ese jolgorio que se vivió durante un paro estudiantil de la Universidad Libre. Recuerda que dentro de los animadores estuvieron, además, Gustavo Gutiérrez, Colacho Mendoza, Hugues Martínez y Abel Antonio Villa (la primera figura publicitada del vallenato), quienes enamoraron con su música a los amables vecinos de la Fragua, el Restrepo y el Quiroga: “Fue una vaina bohemia, grande.”

Con el grado profesional llegó la vida laboral, la cual no significó que estos personajes dejaran de parrandear en conjunto. El trabajo de Comisario de Policía que consiguió Pedro García facilitó las cosas: a bordo de la patrulla policial pudieron llegar hasta pueblos de la Sabana de Bogotá y nunca más volvieron a tener las quejas por ruido de los vecinos que obligaban a los agentes a intervenir para acallar la bulla.

A propósito de las visitas de los oficiales en las parrandas, Libia Vides, matrona de la familia Bazanta, relata: “En aquella época llegaban a terminar la vaina, pero aquí los emborrachábamos. Más de uno amaneció dormido en esta sala.” Libia, la más antigua parrandera que recuerda la ciudad, rememora a sus 97 años las interminables fiestas celebradas junto a Los Universitarios en su casa del barrio Ciudad Jardín Sur; a la fiesta llegaron acordeoneros de todo el país como Luis Enrique Martínez, Alejo Durán, Andrés Landero, Lorenzo Morales y otros grandes de la música costeña, como Los Gaiteros de San Jacinto y Estercita Forero.

Tomándose una cerveza contra una ventana de su casa, contó antes de su muerte que ella nunca abandonó la parranda y que la parranda nunca la abandonó a ella: “Todo lo que me quedó de tantos años de rumba fue esta casa y mi hija Totó, La Momposina, que hoy pasea por Europa.” Todas sus ganancias siempre se fueron en aguardiente, sancochos y arroces de cerdo para los invitados, pues cuando faltaban la comida y el licor, moría la parranda.


Acordeón en directo

 Pablo López, Poncho Zuleta y Álvaro Cabas, en una visita de Emiliano.
Pablo López, Poncho Zuleta y Álvaro Cabas, en una visita de Emiliano a la capital.

Los Universitarios también contribuyeron a la difusión masiva del vallenato de los años 60 con sus apariciones en radio, cine y televisión. Una de las curiosidades de esta historia es la grabación del material que harían para la banda sonora del mediometraje La Sarda, de Julio Luzardo, que aparecería en la película Tres cuentos colombianos en 1963.

Y tal vez esta fue la misma intención que Los Universitarios expresaron en canciones repletas de pedazos de realidad, tal como ocurrió en la grabación de  La muerte de un comisario (LP)en 1967 para el sello Orbe.

En ese año, debido al cambio de gobierno, Pedro García se encontraba afectado porque había sido recién relevado de su trabajo como Comisario de Policía. Sus tardes las pasaba junto con su amigo Esteban Salas en el Café de Doña Rosa, en la Calle 19 con Octava, un lugar de encuentro frecuente entre los músicos de la Costa. Un día apareció por allí un amigo de ellos para invitarlos a Rincón Costeño, el programa radial del locutor más reconocido de la ciudad, Miguel Granados Arjona, ‘el viejo Mike’. Acudieron a la cita en Radio Continental acompañados del acordeonista Alberto Pacheco y del maestro Francisco Zumaqué en el bajo eléctrico, e interpretaron el tema La muerte de un comisario, que se refería al despido de García.

La sonoridad de estos músicos costeños llamó la atención del productor Jaime Arturo Guerra Madrigal, quien, inmediatamente, los contrató para grabar un larga duración con la disquera Orbe. El resultado fue el primer disco bogotano completamente dedicado al canto vallenato e incluyó canciones que se convertirían en éxitos de la radio en Bogotá y también en toda la Costa Atlántica, como Canto al Tolima. En este disco, García incursionaba en el mundo del vallenato como el primer cantante que no se acompañaba a sí mismo con el acordeón. Igualmente, Esteban Salas introducía la figura del corista, superando así la del ‘ayhombero’, ese entusiasta cuyo único rol en grupo consistía en gritar “¡Ay, hombe!” para animar la parranda, aunque eso no lo hacía menos necesario que los demás.

En su Canto al Tolima, García tuvo la intención de hablar directamente de la dura realidad que se vivía en el campo colombiano. Unos años antes, según contó Carlos H. Escobar Sierra, gestor y jurado del Segundo Festival Vallenato , la canción llegó a oídos del presidente Guillermo León Valencia en una parranda convocada en el Palacio San Carlos junto con Rafael Escalona. Cuando escuchó el canto de Pedro García, el político no pudo contener las lágrimas, manifestando quizás un sentimiento de culpa por no haber cumplido su promesa electoral de alcanzar la paz en el campo. Con el tiempo la canción se convirtió en uno de los temas fundamentales del vallenato y marcó el inicio de lo que más adelante se conocería como vallenato protesta:

Hoy los odios fraticidas/
se apoderan de los campos/
y ya no se escuchan cantos/
en esta tierra sufrida
”.

Por todas estas características, Pedro García es reconocido por las figuras más importantes del vallenato como maestro de cantantes; no es de extrañar que en múltiples ocasiones Jorge Oñate lo haya citado como una de sus influencias más grandes en el canto.

Luego de este disco vinieron más presentaciones en Radio Continental, así como otras en Radio Santa Fe y Radio Juventud, en los programas Meridiano en la Costa y Concierto Vallenato, respectivamente. Este último originó la grabación de otros tres discos vallenatos para el sello Orbe, en los cuales participó como acordeonero Colacho Mendoza, reconocido por ser el segundo Rey Vallenato de la historia. Los tres discos tuvieron una acogida grande en Bogotá y en la Costa Atlántica, pues incluyeron, entre otros, la primera versión de La gota fría en acordeón.

Sus apariciones en televisión fueron de gran alcance, pues al ser el grupo más representativo de Bogotá eran invitados constantes de los programas musicales que se grababan en la capital para publicitar el Festival Vallenato de Valledupar.

Pablo López, Alejo Durán y Miguel López en parranda
Pablo López, Alejo Durán y Miguel López, en parranda.

Es en el mismo ámbito televisivo donde Los Universitarios, diez años después de graduados, deciden poner fin al conjunto para continuar por caminos musicales por separado. Pepe Sánchez los invita en 1972 a grabar el tema principal de su telenovela Vendaval, que hacía referencia a la situación de las bananeras a principios del Siglo XX. Los Universitarios se reúnen y Pablo López graba por última vez con Pedro y Esteban, quienes, para las actuaciones posteriores de la telenovela, formarían el grupo Los Cañaguateros junto con Florentino Montero en el acordeón.

“Para la década de los 70 la vaina ya estaba pegada acá en Bogotá, así que decidí empezar con los Hermanos López y Jorge Oñate, mientras Esteban Salas formó el conjunto de los Hermanos Zuleta, que habían llegado también a Bogotá”, cuenta Pablo López sobre la manera en la que Los Universitarios dieron origen a las agrupaciones vallenatas más exitosas de los años 70 y principios de los 80.


Menos parranda, más vallenato

Con este acumulado de experiencias de más de una década, Los Universitarios dieron paso a una modernización definitiva del vallenato en la que se popularizaron las grabaciones de discos completos dedicados al género, se diferenciaron los roles entre acordeonista y los cantantes, y la música llegó a los medios masivos de comunicación. Su rol fue tan importante que contribuyó a que Los Hermanos López y Los Hermanos Zuleta, alcanzaran éxito a nivel nacional y posicionaran ‘la música de acordeón’ en diferentes regiones; sus andanzas consolidaron el gusto por el vallenato tradicional en Bogotá, que hacia finales de los 80 se transformaría en el vallenato romántico, pero esa es otra historia.

Hoy, sin embargo, los tiempos han cambiado y es casi imposible pensar en alguna de las parrandas de la época sin estrellarse de frente con las restricciones del Código de Policía o con el anonimato de los vecinos de una misma cuadra. Las duras condiciones de subsistencia para los músicos han hecho casi imposible la existencia de presentaciones no remuneradas, y la desaparición de los patios de las casas en Bogotá han canalizado todos los momentos festivos hacia espacios especializados, como bares y discotecas. Todo parece indicar que la vida moderna le está ganando la batalla a la parranda.

 


*Sociólogo cultural y docente de Facultad de Ciencias Sociales de la Pontificia Universidad Javeriana; magister en Investigación para las Ciencias Sociales de la Universidad de Ámsterdam, Holanda.

La ópera en Colombia está viva

La ópera en Colombia está viva

Col CPlata

“Pese a sus limitaciones, la ópera sigue viva en Colombia”, afirmó Gloria Zea en una entrevista que concedió a Ricardo Moncada Esquivel en 2011, a raíz de la celebración de los 35 años de la Ópera de Colombia. Hoy, ocho años después de esa afirmación, me atrevo a decir que —justamente, gracias a la labor de una gestora cultural como ella— la ópera en Colombia no solo está viva, sino que está en un punto de desarrollo muy interesante y con un potencial enorme para que se siga fortaleciendo en cuanto a cantidad, calidad, diversidad y cobertura de las producciones que se hacen en el país.

Hay varios aspectos que hacen que hoy en día tengamos un panorama atractivo para el desarrollo de la ópera —y del canto lírico en general—. Empiezo por el que me resulta más cercano, que es el de los programas de formación en canto lírico: en Colombia no solo ha habido un aumento en el número, podemos afirmar que la calidad de la formación ha mejorado notoriamente. Esto genera un efecto multiplicador, ya que tener un buen perfil profesional a nivel de pregrado mejora significativamente las posibilidades de continuación de estudios y de vinculación laboral. A su vez, para las instituciones culturales resulta beneficioso contar con artistas locales de calidad y actualmente están dándole cada vez mayores oportunidades a los cantantes colombianos en sus proyectos.

Con respecto a las instituciones que están produciendo ópera y zarzuela, no solo se han ido sumando nuevos teatros sino que se ha empezado a trabajar a través de alianzas y redes. En el caso de Bogotá, a la Ópera de Colombia y la Fundación Arte Lírico se ha sumado el Teatro Mayor Julio Mario Santo Domingo; además, el Teatro Colón y la Orquesta Filarmónica de Bogotá están haciendo sus propias producciones. Adicionalmente, las coproducciones entre instituciones nacionales o internacionales (a través de la red Ópera Latinoamérica) están permitiendo realizar proyectos de mayor envergadura y han promovido una diversificación en el repertorio que se programa. En otras ciudades del país se mantiene la labor de Prolírica, de Antioquia, hay producciones del Festival Internacional de Música de Cartagena y está la labor de talleres de ópera de universidades en Cali, Manizales y Barranquilla.

Por otra parte, la existencia de estímulos estatales también está teniendo un efecto dinamizador en la actividad del canto lírico. La Orquesta Filarmónica de Bogotá continúa con la organización del Festival Ópera al Parque, que este año tendrá su edición número veintidós. Asimismo, dentro del Programa Distrital de Estímulos hay algunos dirigidos al canto lírico en particular, como el Premio de Canto Ciudad de Bogotá y la Beca Ópera al Parque.

Desde la academia también se están generando nuevas oportunidades gracias a la existencia de apoyo a proyectos de creación artística que pueden incluir la interpretación o composición de obras de repertorio lírico.

Muchos jóvenes cantantes, egresados de programas de pregrado en Colombia, están cursando o han terminado ya sus posgrados (varios de ellos becados) en prestigiosas escuelas internacionales, como Manhattan School of Music, New England Conservatory, Royal Academy of Music, Escuela Superior de Música Reina Sofía y Mannes School of Music, entre otras. Recientemente, el barítono Laureano Quant —egresado javeriano— fue seleccionado como joven artista del Merola Opera Program 2019, uno de los más importantes de su clase en el mundo.

Con respecto a las oportunidades laborales, y también para ejemplificar la solidez del nuevo talento, vale la pena mencionar tres excelentes producciones recientes de ópera que han tenido no solo elenco totalmente colombiano, también un equipo de trabajo mayoritariamente nacional: Florencia en el Amazonas, de Daniel Catán; La Vuelta de Tuerca, de Benjamin Britten; y La Cenicienta, de G. Rossini; además, la propuesta de esta última tuvo un claro propósito de llegar a un público más amplio, incluyendo niños y jóvenes.

Los frutos también se ven en el trabajo conjunto: el año pasado tuvimos Ascenso y caída de la ciudad de Mahagonny, de Kurt Weill, coproducción de los Teatros Colón de Buenos Aires, Municipal de Santiago y Teatro Mayor Julio Mario Santo Domingo de Bogotá, y El Caballero de la Rosa, de Richard Strauss, coproducción de la Ópera de Colombia con el Teatro Mayor Julio Mario Santo Domingo.

Por último, y a manera de primicia, puedo anticipar que el próximo semestre estrenaremos en la Javeriana una ópera del joven compositor colombiano Felipe Hoyos y del libretista venezolano George Galo.

Es por esto que podemos afirmar que la ópera en Colombia está viva.

 


* Soprano, doctora en canto lírico y profesora asociada del Departamento de Música de la Pontificia Universidad Javeriana. Se ha presentado en escenarios de Canadá, Estados Unidos, México, Perú, España, República Checa y Colombia; sus producciones fonográficas incluyen Rachmaninov, Liszt Wieck: canciones para voz y piano de tres grandes pianistas e Indigenismo.