Canadá y Colombia: investigación cooperativa de punta

Canadá y Colombia: investigación cooperativa de punta

Con el propósito de desarrollar actividades para mejorar la calidad de educación superior en Colombia y estrechar lazos con investigadores de otros países, la oficina de Relaciones Internacionales de ICETEX y 18 universidades nacionales, entre ellas la Pontificia Universidad Javeriana, recibieron a 48 académicos canadienses en el Primer Encuentro de Investigadores Canadá – Colombia.

Por medio de esta iniciativa, la red de universidades de Quebec e instituciones de educación superior colombianas se preparan para construir bases de colaboración científica en aras de lograr los más altos estándares académicos en ambos países.

Con base en el acuerdo de cooperación suscrito entre ICETEX y la Universidad de Quebec en noviembre de 2017, en el que se comprometieron a sumar esfuerzos para incentivar y mejorar la calidad de la educación superior, una comitiva canadiense llegó al país el pasado 20 de noviembre para participar de este encuentro. En él, rectores, vicerrectores, personal de las oficinas de relaciones internacionales y de investigación de las universidades colombianas, al igual que representantes de las instituciones internacionales, compartieron sus experiencias y saberes.

Col-Canadá 1

Hoy, 21 de noviembre, la Javeriana recibe a la delegación para abordar sesiones y debates de alto nivel entre académicos canadienses y colombianos, construir bases de colaboración científica a partir de los focos estratégicos planteados por el programa Colombia Científica: energía sostenible, salud, alimentos, sociedad y bioeconomía, los cuales son importantes para el desarrollo sostenible del país a mediano y largo plazo. Cabe recordar que el pasado mes de mayo, la Javeriana fue galardonada con la financiación de dos de los cuatro proyectos ganadores de la segunda convocatoria de este programa .

Este escenario es un espacio perfecto para que instituciones como la Universidad de Antioquia, EAFIT, la Universidad Nacional de Colombia y la Javeriana, entre otras, trabajen con la Universidad de Quebec en sus diferentes sedes, Montreal (UQAM),Trois-Rivieres (UQTR), Chicoutimi (UQAC) y seis instituciones más de la misma entidad en la creación de nuevos proyectos de investigación y fortalecimiento de la educación superior de calidad.

Pesquisa Javeriana conversó con Erika Ospina Rozo, asesora para la internacionalización de la Vicerrectoría de Investigación de la Javeriana, quien explicó la importancia de esta visita y sus implicaciones.

Un niño, un científico, una bata y un tubo de ensayo pueden cambiar al mundo

Un niño, un científico, una bata y un tubo de ensayo pueden cambiar al mundo

Col Bryann Avendaño

Sí, un niño, un científico, una bata y un tubo de ensayo pueden cambiar al mundo. Parafraseo la famosa frase de Malala Yousafzai, quien recibió el premio Nobel de Paz en 2014: “Un niño, un profesor, un libro y un lápiz pueden cambiar el mundo”, porque me atrevería a decir que estamos viviendo una revolución científica en Colombia.

¡Los niños y jóvenes colombianos se pusieron la bata!, esta fue nuestra frase bandera durante la semana del 18 al 24 de junio de este año (2018), cuando se realizaron los Clubes de Ciencia Colombia, programa creado por estudiantes de posgrado en Boston que lleva la educación científica a zonas apartadas del país. Esta iniciativa de alto impacto para la región arrancó en México a mediados de 2014 y se ha replicado en cinco países de América Latina (Bolivia, Brasil, Paraguay, Perú), llegando a Colombia en 2015. En su cuarta versión se realizaron 84 clubes en los que participaron 138 científicos colombianos provenientes de las 20 mejores universidades del mundo, y cerca de 300 colaboradores y aliados, gracias al patrocinio del SENA y COLCIENCIAS; así se benefició a más de 1.600 estudiantes entre los 11 y 17 años.

Los Clubes de Ciencia son cursos intensivos en ciencias, tecnología, ingeniería y matemáticas —áreas conocidas como STEM— acompañados por instructores extranjeros y científicos colombianos comprometidos con la transformación social del país. Además de hacer educación científica con niños y jóvenes, los Clubes de Ciencia conectan también a investigadores colombianos en el exterior con sus colegas residentes en Colombia y teje redes de colaboración científica entre los diversos actores involucrados, desde universidades, centros de investigación, tecnoacademias y tecnoparques del SENA, hasta colegios e instituciones y fundaciones para el fomento de la educación STEM en Colombia.

Yo dedico mi tiempo, motivación y esfuerzos para aportar a este programa que para mí significa “despertar vocaciones científicas”, para hacer de Colombia una nación de ciencia. El programa Clubes de Ciencia trata de cambiar mentalidades y generar habilidades científicas y técnicas no sólo en los estudiantes que participan aprendiendo sobre cualquier disciplina, sino para los científicos instructores que, a cambio de una experiencia transformadora, desarrollan habilidades sociales y emocionales al trabajar con población vulnerable del país;  se conectan con la realidad rural de Colombia y se comprometen a volver a su patria para construir el futuro de una nación que valore y apoye la ciencia como motor de transformación social.

Temas como diseño de aeronaves, robótica para el emprendimiento, computación, energías renovables, internet de las cosas, química de productos naturales y genética forense, entre muchos otros que traen los instructores a partir de sus tesis de maestría y doctorado, prometen motivar en niños y jóvenes colombianos la pasión por la ciencia y la tecnología para descubrir nuevos talentos. Al final del curso que combina teoría y práctica, los participantes realizan un proyecto de investigación y lo presentan en la feria científica y de emprendimiento que se lleva cabo entre el 18 y 24 de junio, y del 8 al 13 de octubre al finalizar la semana.

“Es importante volver a Colombia e incentivar vocaciones científicas porque es fundamental que desde pequeños cambiemos la mentalidad de que sí es posible hacer ciencia de primer nivel en este país. Eso nos abre las ventanas del mundo para conocerlo y aprender de lo que se ha hecho bien, pero también en lo que nos hemos equivocado. La ciencia es eso: aprender de los errores, mejorar y construir sobre ellos. Me parece que lo que aportamos esta semana será beneficioso para todos”, decía con gran ánimo el instructor colombiano Miguel Tovar, PhD, científico del Instituto Leibniz en Jena, Alemania, participante de uno de los clubes en 2018 en el departamento de Nariño.

Por otro lado, las sonrisas y comentarios positivos de los participantes se veían y escuchaban en los laboratorios, espacios de taller y pasillos de las tecnoacademias y universidades donde se realizaron los clubes. “Uno de los momentos más felices de mi vida fue tener la oportunidad de participar, porque a mí me gusta investigar y es el tema que me apasiona; los clubes me cambiaron la vida”, dijo Francy Basante, participante del club ‘¡Energizando! – Búsqueda de soluciones energéticas alternativas’, realizado en las Tecnoacademias del municipio de Túquerres, Nariño.

Tener investigadores de renombre internacional en diferentes municipios de Colombia compartiendo no solamente sus conocimientos sino sus experiencias de vida con los estudiantes, es una oportunidad única. Con este programa estamos convencidos de estar cerrando las brechas educativas que tiene la ciencia en el país. Estamos seguros, como científicos, de que el aporte de una semana puede ser potente para que niños y jóvenes vean que sí es posible una vida dedicada a la ciencia, que se puede mejorar nuestra calidad de vida sin importar el lugar geográfico donde nacemos y que es posible, siendo embajador de este importante encuentro científico, inspirar a la nueva generación de científicos colombianos en lo que es el evento en ciencia y tecnología para jóvenes más importantes para el futuro del país.

 


*Científico, miembro de Clubes de Ciencia Colombia y líder en Educación STEM -ciencia, tecnología, ingeniería y matemáticas; becario del Programa de Liderazgo en Competitividad Global de la Universidad de Georgetown, Washington D.C.

Memoria en torno a un sancocho

Memoria en torno a un sancocho

En septiembre finalizó la primera etapa de la construcción de memoria colectiva de la comunidad negra y campesina de Puerto Gaviotas, Guaviare, la cual tomó cuatro años de trabajo y resultó en el libro El vuelo de las gaviotas, lanzado en en la Pontificia Universidad Javeriana. En él participaron investigadores del Semillero Colectivo de Estudios sobre Memoria y Conflicto en Colombia, el Centro de Estudios Sociales y Culturales de la Memoria (CESYCME) de la Facultad de Ciencias Sociales y las comunidades de Puerto Gaviotas y Calamar, en alianza con el Centro Nacional de Memoria Histórica.

El siguiente relato se construyó a partir de entrevistas a los investigadores creadores del libro y su respectiva retroalimentación:

 

Ver a Don Laureano Narciso Moreno Gómez, miembro y líder del Consejo Comunitario de Calamar, Guaviare, de quien luego sabríamos que es un chocoano, que ha atravesado, durante sus 82 años diferentes territorios del país, que desde joven participó en las luchas sindicales azucareras en el Valle del Cauca, de donde en gran medida surgió su capacidad de planeación y organización. Hombre carismático, un líder nato, apodado ‘Tío Nacho’ por adultos y jóvenes, a quienes reitera: “yo ya estoy terminando mi papel, es hora de que ustedes se apropien y sigan por el camino de la paz y de la recuperación de nuestras tierras”. Verlo exponer cómo su comunidad necesitaba con urgencia dar cuenta de sus luchas, sus resistencias, para tener lo que les pertenecía: la tierra, que en Colombia es la columna vertebral del conflicto. Saber que había viajado más de 10 horas para vernos desde Puerto Gaviotas, y percibir la confianza que nos brindaba, a pesar de que la mayoría de nosotros éramos estudiantes, hizo que no hubiera lugar a dudas. Supimos que nuestra respuesta debía ser sí, un sí sincero y comprometido, a él y a la comunidad negra y mestiza de Puerto Gaviotas y Calamar.

Y eso fue lo que marcó el proyecto de fortalecimiento con el Consejo Comunitario que arrojó, como uno de sus resultados, el libro El vuelo de las gaviotas, el cual no surgió de la intencionalidad del “investigador” desde Bogotá sino de una demanda comunitaria, de una preocupación local por el derecho a la vida; que se entrelazó con las motivaciones de jóvenes que le apuestan a los procesos de investigación como ejercicios de transformación de la realidad social en las regiones del país. Nosotros, que hacemos parte de dos espacios recientes pero potentes: el Semillero Colectivo de Estudios sobre Memoria y Conflicto en Colombia, de la Facultad de Ciencias Sociales de la Javeriana, y el Centro de Estudios Sociales y Culturales de la Memoria (CESYCME) de la Facultad de Ciencias Sociales.

Tras un sí de 12 jóvenes y del profesor Jefferson Jaramillo Marín, lo siguiente fue un viaje de 12 horas para conocer a la comunidad y el territorio. Salimos a las 10 de la noche en bus, llegamos a las 6 a.m. a San José del Guaviare, desayunamos un pescado delicioso en el restaurante El Dorado y luego salimos hacia Calamar, trayecto que dura entre dos y cuatro horas en camionetas D-MAX, dependiendo del estado de la carretera. Como es la zona norte del trapecio amazónico, se sentía la humedad y el calor.

En Calamar, nos reunimos con la comunidad en un salón que había gestionado el Consejo Comunitario. Nos fijábamos en los rostros y las expresiones, en cómo nos transmitían la necesidad de acompañamiento y fortalecimiento para seguir con el proceso de titulación colectiva de tierras a la vez que iban relatando sus propias historias, las historias de sus familias.

Ese día hicimos una especie de pacto, fue el día más importante porque acordamos que la estrategia del proyecto era desarrollarlo conjuntamente, una investigación-acción-participativa que profundizara en los vínculos y en los afectos, y que nos ubicaba a nosotros como facilitadores de un proceso que era de la comunidad. Desde ese momento, mediados de 2015, en el Salón Comunal se leía en las carteleras los acuerdos, compromisos que en un comienzo no eran más que letras en las paredes; sin embargo, bajo los principios ético-políticos del semillero, y teniendo de antesala el desarrollo de los Acuerdos de Paz entre el Gobierno y las FARC-EP, estábamos pactando acuerdos de respeto, confidencialidad, apoyo mutuo y la posibilidad de construir un futuro transformador como una gran familia que trabaja ante la necesidad y que hace de esta una virtud.

Gaviotas 1
Laureano Narciso Moreno Gómez, líder del Consejo Comunitario de Calamar / Luis Fernando Gómez – Cortesía CESYCME

Es así como El vuelo de las gaviotas se tejió con las historias de la comunidad y con nuestras inquietudes conceptuales y metodológicas. En ese crisol de narraciones y sentires en el que nos dejaron entrar, al inicio todo giraba en torno a preguntas que nos hacíamos para entender cómo y porqué había pasado lo que sucedió en esta región. Nuestra experiencia en trabajo con negritudes era poca, pero paulatinamente comprendimos sus maneras particulares de habitar el espacio y las facilidades que tienen para transmitir sus vivencias a través de la tradición oral. Esto lo vimos cada vez que hacíamos visitas y estancias, más de 15 en los cuatro años de trabajo; siempre hubo un biche o arrechón para brindar y una gallina o un cachirre para compartir.

Historias de la violencia que sufrió Puerto Gaviotas surgían en torno a un delicioso sancocho de gallina con yuca y arroz. Historias negras. Historias indígenas. Historias de mujeres y hombres. Historias de dolor. Historias de reivindicación. Historias de resistencia. Historias de colonización. Diálogos en torno a un plato caliente, eso era lo que teníamos y éramos, palabras que tejían las historias de Puerto Gaviotas y que las transformaban en cada pronunciación.

Historias en las que descubrimos que en Colombia los territorios se alimentan de otras tierras, de otras costumbres y de otras formas de relacionarse con la naturaleza, pues en Puerto Gaviotas se encontraba población negra que llegó del Valle del Cauca, del Chocó y de Nariño, también había indígenas, campesinos que habían llegado por diversos motivos de muchos lugares de Colombia, algunos venían de Santander, Cali, Antioquia, Boyacá, la región Andina; todos con una misma necesidad: encontrar mejores condiciones de vida y la posibilidad de echar piquita para tener un terreno y montar rancho.

Día a día nos adentramos en un sinnúmero de memorias que llevaron al fortalecimiento colectivo del proceso. Memorias que dialogaban sobre un mismo hecho y  cogieron forma en los relatos. Nosotros dialogábamos con las memorias de jóvenes, mujeres, líderes, lideresas, hombres, ancianos, profesores, profesoras, raspachines; lo que propiciábamos eran los espacios de conversación. Sin embargo, no es fácil cuando se trabaja con tantas voces y se busca generar un relato colectivo, tener claro qué es hacer memoria.

El manuscrito de Ostaciana Moreno nos suscitó ese momento de reflexión. Cuando nos sentamos a leerlo descubrimos un relato impactante y doloroso que describía la muerte de un hijo, nos impactó mucho pues habíamos construido una historia que podía revictimizar. Poníamos la atención en sucesos de mucho dolor, y eso nos regresa a la pregunta: ¿Qué es hacer memoria?

cartografía social, investigadores con la comunidad – Foto tomada por Luis Fernando Gómez Investigador del Cesycme
Cartografía social, investigadores con la comunidad /Luis Fernando Gómez – Cortesía CESYCME

 

Nuestra intención no era revivir hechos atroces sino centrarnos en las historias de vida y rescatar las solidaridades, los repertorios colectivos de amor y las múltiples resistencias. Éramos muy conscientes de que el conflicto en Colombia ha generado millones de situaciones de violencia y dolor, pero no queríamos poner el foco de atención allí. Así que tras discutir reiteradamente, les preguntamos a las mujeres si querían que esa parte de sus relatos siguiera haciendo parte del texto, porque cada historia que lo componía se había nutrido desde los recuerdos de varias personas con coincidencias, dolores, esperanzas, sanaciones, perdones y olvidos estratégicos.

En ese encuentro nos dividimos en grupos. Cada joven escritor, según el relato que había construido, leyó su fragmento a las personas que posiblemente se reconocerían con cada uno de los siete relatos: la de Marceliano Moreno y la lucha de los negros en el Guaviare, la de Ostaciana Moreno y las huellas femeninas de la colonización negra, la de Floro: ¡ya son tres generaciones peleando y corriendo!, la de laa profesora Norelis Mosquera y la colonización educativa del Guaviare, la de los hermanos Rodríguez: de la tierrita a Puerto Morocho, la de Hugo Angulo,  el andariego juvenil que se quedó en Puerto Gaviotas, y la de los hermanos Carrizo, entre el miedo y la esperanza..

Cuando las mujeres, ancianos, jóvenes u hombres, escuchaban la lectura e iban ubicándose y reconociendo los lugares por donde transitaron, se sonreían o decían en voz alta: “Esa es mi historia”. Algunos lloraban, otros reían cuando les parecía ver aquellos paisajes que habían descrito en conversaciones, se sonrojaban y decían: “Ahí inicia mi parte”, “Esa soy yo”, “Ese es mi marido”, “Ese es mi hijo”. Eran instantes en que estábamos juntos en un espacio de confianza mutua donde todos construíamos una historia común.

Gaviotas 4
Paisaje del Guaviare /Luis Fernando Gómez – Cortesía CESYCME

La gente disfrutaba y compartía en torno a sus relatos, los corregían y se entusiasmaban al verse reflejados. Nosotros nos llegamos a sentir creadores de las historias; sus retroalimentaciones, comentarios y aportes nos recordaban que eran memorias colaborativas, que, yendo más allá de la guerra y las situaciones de dolor que genera, estábamos tejiendo un relato a muchas manos.

El vuelo de las gaviotas fue eso, construir y deconstruir una palabra, un gesto, un paisaje, llorar sobre mojado, revivir y resignificar, callar, decidir cuándo contar, qué olvidar o cómo sonreírle al pasado. Siete relatos que visibilizan historias de vida colectivas, historias de esas otras colombias que difícilmente se pueden escuchar en las calles, los parques, los salones, en otros lugares distintos al Salón Comunal en que se gestaron, y que solo son posibles en el encuentro cómplice de comunidades con proyectos de futuro trazados y grupos de investigadores que asumen el fortalecimiento comunitario como un propósito central del ejercicio académico.

El relato con el que cuentan hoy los habitantes de Puerto Gaviotas y que narra sus trayectorias, resistencias y demandas, les permite contar con una nueva herramienta para interlocutar con otras organizaciones, con instituciones del Departamento, alcaldías, asociaciones de negritudes, la gobernación y con otros grupos que quieren hacer procesos de memoria histórica de sus comunidades. Con un testimonio que da cuenta de su condición de sobrevivientes del conflicto armado, de la importancia de haber preservado muchas de sus costumbres ancestrales en una región distante de sus lugares de origen y de la necesidad de la titulación colectiva de las tierras que antes habían habitado, como parte de los procesos de reparación colectiva en un país que demanda memoria pero olvida con sistematicidad. La comunidad actual de Puerto Gaviotas y quienes tuvieron que abandonar ese territorio se han fortalecido y algunos tejidos sociales vuelven a tenderse en la posibilidad de un retorno.

Don Laureano dice agarrando el libro en lo alto: “Esta es la bandera del Guaviare, esta es la bandera de la paz en el Guaviare”. Y al llevar el libro a buen término podemos estar seguros de que cumplimos el papel como parte de la academia: fortalecer y aportar a procesos comunitarios sin crear relaciones extractivas, dependientes y paternalistas, por esto decimos que creemos en una academia crítica que dialogue con las agendas de las comunidades.

Gaviotas 5
Investigadores y miembros de la comunidad de Puerto Gaviotas y Calamar -/Colectivo Supresión Alternativa – Cortesía CESYCME

 


Miembros del Semillero Colectivo de Estudios sobre Memoria y Conflicto en Colombia: Johana Paola Torres, Luis Fernando Gómez, Diego Mauricio Fajardo, Diana Paola Salamanca, María Alejandra Grillo, Juliana Cubides, Marcos Alejandro Daza, Tomás Vergara, Daniel Ortiz, Laura Alexandra Valencia, Andrés Pacheco, Jefferson Jaramillo, Juan Sebastián Torres.

Sobre esta experiencia, el CESYCME produjo un documental que puede consultar aquí.

Acceda al libro resultado de la investigación aquí.


* María Gabriela Novoa es coordinadora de Comunicaciones de la Facultad de Ciencias Sociales de la Pontificia Universidad Javeriana.

El lenguaje de Humboldt

El lenguaje de Humboldt

Col Gomez C

“En tiempos de nuestro viaje, un viejo papagayo nos fue indicado en Maypures,
del que los habitantes locales decían, y el hecho es importante de anotar, que
ellos no entendían lo que decía, porque hablaba la lengua de los atures”.
Alexander von Humboldt
Relation historique du voyage aux régions équinoxiales du Nouveau Continent


“En las selvas del Orinoco,
vive solitario un viejo papagayo,
frío e inmóvil, como si su imagen
hubiera sido esculpida en la piedra.
Olas espumosas cubren el cavernoso río,
que truena en los vuelos del torrente,
más arriba, las gráciles palmeras
se bañan en la luz de un sol alegre.
[…] Abajo, donde ruedan las olas,
yace una nación hundida y muerta;
rechazada de su hogar y tierras,
halló refugio en estas rocas.
Allí murieron los aturianos,
libres y valientes como habían vivido;
y sus últimos vestigios permanecen
en la tumba bajo el limo espeso del río.
Es aquí donde el último de los aturianos,
el viejo papagayo, se queja en su duelo;
afila su pico en las ramas
y hace resonar su grito por los aires.
Ay! de los niños que le enseñaron
a repetir su lengua materna,
y de las mujeres que lo criaron
construyéndole su nido:
Yacen exterminados y olvidados,
tendidos sobre las riberas,
y sus gemidos plañideros
no despiertan ya a nadie.
Así, abandonado e incomprendido,
los llama en un lenguaje extraño;
sólo el ruido de las olas le responde.
No hay un alma que comprenda.
Y el salvaje hoy que lo percibe,
pasa raudo en su canoa;
nadie, sin un secreto terror
ve al papagayo de los aturianos”.
Ernst Curtius
The Parrot of the Aturians

Alexander von Humboldt, como el papagayo de los aturianos descrito en el epígrafe anterior, le habla a nuestros contemporáneos en un lenguaje que parece no comprenderse hoy. Un lenguaje que el académico alemán Ottmar Ette analizó bajo el título de Ciencia, paciencia y conciencia. Este lenguaje, aparentemente arcaico en una sociedad vertiginosa de inmediateces, logró concretar y sintetizar en el siglo XIX —muy pacientemente a través de tres cuartos de siglo verdaderamente vitales— las ilusiones holísticas que habían surgido en la antigua Grecia con las elaboraciones de los filósofos presocráticos.

El lenguaje del menor de los Humboldt en el siglo XIX buscaba conectar el todo, investigando cómo se entretejen todas las fuerzas naturales en una concatenación general que no tiene una dirección simple y lineal, unívoca, sino que conforma un tejido entrelazado en forma de red.

En este sentido, puede parecer paradójico haber presentado en esta obra una sucesión lineal y escalonada de capítulos disciplinares que, tras dar cuenta del paso a paso de la comisión humboldtiana y sus contactos neogranadinos y luego colombianos, tratan de manera independiente la cartografía, la astronomía, el paisajismo, la arqueología, la zoología, la paleontología, la geografía e hidrología, la antropología, la geología y la botánica. De la misma manera, parecería un contrasentido haber desagregado los hallazgos específicamente neogranadinos de su obra global que cubrió al menos dos continentes y postuló conceptos fundamentales, como las líneas isotermas y la geografía de las plantas, en diferentes latitudes y longitudes.

Sin embargo, tanto como el prusiano llenó paciente y conscientemente, página por página, sus diarios de viaje y cuadernos de notas, hemos optado por esta misma estrategia en torno a lo descrito en un territorio que no ha terminado de definir sus límites dentro de fronteras que son más políticas que geográficas. La reunión de los eslabones neogranadinos (o colombianos) a partir de la obra de Humboldt, una vez dispuesta sobre la mesa la mayoría de los elementos disponibles para configurar esta sección del entramado humboldtiano, permitirá tejer la red de nociones biogeográficas y sociales para este territorio —y para los circundantes— tal y como lo requiere el modelo propuesto por el viajero alemán.

A través de hallazgos disciplinares, en lo que hemos llamado una Humboldtiana neogranadina, se relacionan los componentes percibidos por Humboldt en su paso por territorio del Virreinato de la Nueva Granada entre 1800 y 1803, así como en sus correspondencias entre 1804 y 1859 con diferentes protagonistas decimonónicos del naciente país que se llamó Colombia. Esta misma estrategia, que permitirá a los estudiosos de cada disciplina —y a los totalizadores de la ecología— ajustar la trama de la naturaleza meridional, servirá a los historiadores de la ciencia para dar cuenta de un tejido social relativamente desconocido hasta el presente, cuyos componentes se han descrito previamente de manera fragmentada y, diríamos, sesgada, bajo el signo de las luchas políticas más que bajo el de contiendas intelectuales y científicas.

Después de todo, la mayoría de los neogranadinos citados por Humboldt se conocen solo desde el ángulo de su función sociopolítica en las luchas de la independencia, y muy poco en sus eventuales dimensiones complementarias, incluyendo la dimensión científica.

Una red de hallazgos disciplinares humboldtianos en los dominios de la naturaleza neogranadina, sumados a la red de contactos neogranadinos y colombianos que se presenta en los primeros tomos de esta obra, permitirán consolidar a Alexander von Humboldt como uno de los mayores conectores universales que ha producido la humanidad. Pero, en realidad, más allá de una nueva exaltación hagiográfica de este personaje histórico, esperamos que la presente elaboración aporte elementos clave al estudio del desarrollo de nuestra sociedad a través de una de las más abundantes series de contactos y personajes del siglo XIX, sintetizada en un índice onomástico que incluye cerca de 2.000 individuos, entre los que se deben destacar un número que sobrepasa los 250 personajes, explícitos o genéricos, que interactuaron con el prusiano en (o en torno al) territorio que hoy comprende Colombia en la esquina norte de Suramérica.

El fútbol que nos une

El fútbol que nos une

Historias de frustración, de llanto y derrota, pero al mismo tiempo de esperanza, de alegría y unidad. Son diversos los relatos que se tejen alrededor de un deporte como el fútbol, que, además de aglutinar, ayuda a construir la historia de un país socialmente fragmentado como los es Colombia.

Un tema que ha estudiado Andrés Dávila, director del departamento de Ciencias Sociales de la Pontificia Universidad Javeriana, desde la óptica del politólogo, y Jorge Cardona, director general de El Espectador y departamento de Comunicación, a partir del enfoque periodístico.

De la mano de ambos recorrimos aquellos episodios en los que el fútbol ha marcado la historia tanto deportiva como política, social y cultural del país. El siguiente es el registro de nuestra charla:

La participación: clave en manejo de recursos naturales

La participación: clave en manejo de recursos naturales

Sin agua no hay bosque y sin bosque no hay alimento. Eso lo han sabido las comunidades ancestrales por cientos de años, al tiempo que reconocen la importancia de la biodiversidad y la utilizan en su cotidianidad. Pero el mundo cambia, sus territorios entran a formar parte de estructuras políticas, sociales y económicas y la relación dinámica del ser humano con la naturaleza se transforma. Entonces surge la necesidad de llegar a acuerdos de manejo con las instituciones públicas y privadas presentes en los territorios.

Los consejos comunitarios de las comunidades negras del bajo río Calima y del alto y medio Dagua, habitantes del Pacíficosur colombiano, se unieron a un grupo de investigadores de la Universidad Javeriana para buscar modelos de administración de los recursos naturales, principalmente de toda la biodiversidad y los ríos que nutren sus territorios, amenazados como están por diversos conflictos socioecológicos, como la extracción ilegal de madera y de minerales, la caza,la sobreexplotación del bosque y la pesca y el desarrollo de infraestructura, así como por la presencia de cultivos ilícitos y de grupos armados al margen de la ley.

Durante tres años, los nativos –actuando como coinvestigadores– y académicos fueron conversando, exponiendo sus conocimientos, planteando problemas y sus posibles soluciones, para poder llegar a modelos comunitarios de gobernanza y gestión de los recursos del bosque, de cara a la creciente demanda que jalona su uso y a los efectos del cambio climático. Los consejos comunitarios tienen la responsa bilidad legal de administrar de manera autónoma sus territorios, que les fueron entregados por mandato de la Constitución de 1991 y la Ley 70 de 1993, y lo deben hacer adaptándose a las presiones externas, tarea que no ha sido fácil.

Inmersos en estas preocupaciones, la construcción de la doble calzada Buga-Buenaventura les puso una prueba, de la que las comunidades salieron victoriosas. En un trabajo conjunto entre las comunidades y la Pontificia Universidad Javeriana, estas se capacitaron en manejo técnico de sus recursos naturales y en fortalecer su organización y los javerianos tuvieron la oportunidad de conocer cómo estaban conformados los consejos comunitarios, con sus dinámicas y culturas de administración, de modo que cuando se citaron las consultas previas estos ya estaban empoderados para enfrentar las negociaciones.

“Qué más que uno mismo, siendo dueño de los territorios, pueda hacer las cosas a conciencia, como debe ser”, dice Lucila Martínez, líder del Consejo Comunitario del alto y medio Dagua y parte de su grupo ambiental. “Nosotros ya teníamos la capacidad técnica para hacer el establecimiento de las parcelas y no hubo que traer gente de otra parte a hacer el trabajo”, dice, reconociendo las capacitaciones recibidas, así como un curso del Servicio Nacional de Aprendizaje (SENA) y el apoyo de laFundación Fundapav. Así que la recuperación de todas las áreas forestales afectadas por la construcción de la vía fue una tarea hecha “conciencia” por las propias comunidades y lo mismo se hizo con las parcelas reforestadas.


Consejos comunitarios, estructuras socioecológicas complejas

En esos espacios de liderazgo, las comunidades crean “unas estructuras organizacionales que les permiten mejorar sus niveles de bienestar y los medios de vida que administran en esos entornos, para lo cual necesitan del bosque y de los recursos naturales”, explica César Ortiz, ingeniero, experto en desarrollo rural y planeación regional, profesor y director del Departamento de Desarrollo Rural y Regional, y añade que “las estructuras ecológicas que encontramos en el Pacífico y las estructuras sociales no se pueden separar, tienen una racionalidad que se ha venido construyendo hace cientos de años”.

Recursos Pacífico 1
Los nativos del suroccidente de Colombia y los profesores javerianos buscan un modelo para el manejo ecosostenible de los recursos naturales.

No ha sido una tarea fácil para las comunidades, porque no tienen presupuesto para dedicarse a pensar en un modelo de manejo que las blinde de las adversidades y les solucione su diario vivir. Por ello, en acuerdos de colaboración, buscaron conjuntamente llegar a un modelo que les facilitara el manejo ecosostenible de los recursos naturales que encuentran en sus territorios. Por esta vía, llegaron a consensos sobre la forma de adelantar el proyecto y sobre la estructura ideal para el manejo, por ejemplo, involucrando a los jóvenes para que participaran y aprendieran a hacer investigación. “Recibimos como parte del equipo de investigación a 15 jóvenes entre mujeres y hombres, los capacitamos en elementos básicos de conocimiento para poder abordar la investigación a través de cursos en métodos de participación e investigación, sobre sistemas socioecológicos para que adquirieran las habilidades necesarias y entraran a trabajar a la par como coinvestigadores”, continúa Ortiz.

Entre todos hicieron encuestas, trabajo de campo, recolección, sistematización e interpretación de datos, para construir conocimiento conjuntamente, basados en la adaptación de dos técnicas recientes en el campo de la administración de recursos: el análisis constructivo y el manejo de escenarios. Se logró comprender que es necesario hacer el análisis desde una perspectiva sistémica, donde, a partir de las diferentes variables que inciden en una situación, se piensa en los posibles escenarios o proyecciones de futuro.

“Qué más que uno mismo, siendo dueños de los territorios, pueda hacer las cosas a conciencia, como debe ser”.
Lucila Martínez, líder de Consejo Comunitario del Alto y Medio Dagua y parte de su grupo ambiental.


El camino de la investigación

El primer reto fue involucrar a las comunidades en el ejercicio, si bien ya tenían un camino recorrido en trabajos previos adelantados por colegas. El segundo consistió en identificar las variables que inciden en el sistema socioecológico, para lo cual todos se internaron en el bosque para entender cómo lo usan y de qué manera lo transforman. El tercer reto exigió ver de qué manera esa “creación de escenarios afectaba el proceso de toma de decisiones” y qué impacto podría generar. Identificaron diferentes elementos de gobernanza, como el ‘conocimiento ecológico tradicional’, que se transmite de generación en generación, como por ejemplo cuándo cazar a cuál especie.

“Eso les ha permitido crear unas instituciones muy específicas que se reflejan en esa dimensión política, en términos de orientaciones, de normas, de condiciones para poder utilizar esos recursos naturales; por ejemplo, tener presente que cierta especie no se puede cazar durante cierta época del año, porque en ella sucede la reproducción; o sea que, si usted la caza, la está afectando”.

Recursos Pacífico 2

También identificaron la necesidad de reforzar escuelas de líderes jóvenes que permitan continuar con el legado de las propias comunidades. Finalmente, insiste Ortiz, es necesario reconocer todo ese conocimiento que la gente ha venido creando en el campo. “No solo aplaudirlo, sino reconocerlo”, dice. “Solamente de la conjunción de esas dos formas de conocimiento, la que viene por el lado tradicional y la que viene por el lado formal de la academia, nos permitirá reorganizar de nuevo el papel de la ciencia”. Lucila reconoce la importancia de ese diálogo de saberes: “Yo creo que fue de parte y parte: que nosotros aprendimos en las capacitaciones y nos fortalecimos, pero también les dimos a conocer a ellos cómo funcionaba un consejo comunitario”.


Proyecto trinacional

El proyecto fue financiado por el Séptimo Programa Marco de la Comisión Europea y contempló tres estudios de caso, donde la relación entre la sociedad y la naturaleza fuera muy evidente: el de Colombia, centrado en biodiversidad y agua; el de México, en bosque y tierra; y el de Argentina, en áreas costeras y marinas.

Compartir los resultados de las experiencias permitió reafirmar que “tenemos que cambiar esas formas lejanas teledirigidas centradas en el cientificismo occidental, para administrar la naturaleza”, dice Ortiz. “Fue interesante ver similitudes a partir de las diferencias. Eso nos ayuda a mejorar sustancialmente la forma como administramos los recursos naturales en el país”. Silvia London, coordinadora del análisis social del proyecto argentino, dijo a PESQUISA JAVERIANA que las técnicas usadas, como el análisis de escenarios, son instrumentos muy útiles para el manejo de recursos naturales. “Aun así”, continuó, “fue muy difícil llevarlo a cabo en un contexto con tanta incertidumbre macroeconómica general, sumado a que, por idiosincrasia, al argentino le cuesta pensar en el futuro”.


TÍTULO DE LA INVESTIGACIÓN: Community-based Management of Environmental Challenges in Latin America – COMET-LA
INVESTIGADORA PRINCIPAL: María Adelaida Farah Quijano
COINVESTIGADORES: César Ortiz, Diana Lucía Maya, Pablo Ramos, Bryann Avendaño U., Natalia Ocampo
D., Lina Pinzón, Evelyn Garrido
Facultad de Estudios Ambientales y Rurales, Departamento de Desarrollo Rural y Regional, Pontificia Universidad Javeriana
Consejos Comunitarios de Comunidades Negras del Bajo Calima y de Alto y Medio Dagua (Buenaventura)
Universidad de Córdoba, España
Comité Español de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN), España
Norsk Institutt for Luftforskning, Noruega
The James Hutton Institute LBG, Reino Unido
Sagremarisco-Viveiros de Marisco Lda, Portugal
Universidad Nacional Autónoma de México
Estudios Rurales y Asesoría Campesina, México
Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET), Argentina
Fundación Aquamarina-CECIM, Argentina
Séptimo Programa Marco de la Comisión Europea
PERIODO DE LA INVESTIGACIÓN: 2012-2015

El arte de describir el mundo con trazos

El arte de describir el mundo con trazos

Nadie ama lo que desconoce y mucho menos cuando no existe alguien que se encargue de mostrar que eso no solo es capaz de transformar cómo se ve la vida, sino también de narrar la historia de la humanidad. Por eso, Juan Pablo Vergara Galvis, profesor de la Facultad de Artes de la Pontificia Universidad Javeriana, ha dedicado más de 30 años de su vida a enseñar que las manos de los artistas pueden ser guiadas por los ojos del botánico y el zoólogo para hacer arte con trazos.

La cita está agendada de dos a tres horas por semana para encontrarse con jóvenes de diversas facultades de la Javeriana y mostrarles en cada sesión su pasión por la ilustración científica: el arte de describir el mundo a través del dibujo. Cada estudiante llega a la clase con un lápiz y papel; a partir de recursos gráficos, como diapositivas y copias con diseños impresos de especies botánicas, Vergara les enseña las formas que deben seguir.

Asisten de 20 a 30 estudiantes por clase, algunos de ellos pertenecen a colegios jesuitas y que inscriben esta asignatura con el propósito de definir si se dedicarán a este arte por el resto de sus vidas. Además, una de las actividades predilectas del docente javeriano consiste en llevar a los jóvenes al Jardín Botánico José Celestino Mutis, en donde les enseña a bocetar la estructura de hojas, follajes y diversos perfiles de vegetación.

Durante cada encuentro, este bogotano de 64 años discute con sus alumnos cómo ilustrar conceptos de biología, botánica o zoología, por mencionar algunas disciplinas, porque, según él, primero es necesario aprender a observar el mundo para posteriormente ilustrar y hacer de esta actividad un recurso sublime de narración gráfica. Tal y como lo señalaba el científico francés Yves Coineau: “El dibujo es una forma de expresión tan preciosa para la morfología como el lenguaje hablado lo es para la filosofía”.

I. Botánica 1
Las sesiones en el Jardín Botánico José Celestino Mutis, de Bogotá, son esenciales para que el profesor Vergara explique los aspectos fundamentales del trazo a sus estudiantes.

Con sus botas de escalador, Vergara entra al salón e inicia la clase. Uno a uno, sus alumnos hacen silencio mientras él acomoda una bufanda sobre su camisa a cuadros color azul; un sorbo de agua y está listo, empieza con una frase del francés George Cuvier, reconocido como el padre de la paleontología: “Sin el arte del dibujo, el desarrollo de la historia natural no hubiera sido posible”. ¿Qué quiere decir? ¿Qué significa esa afirmación en el contexto en el que se cree que la fotografía “ha reemplazado” al dibujo? ¿Cuál es la importancia del arte?

Si bien la ilustración científica se empezó a gestar en Europa desde la época del Renacimiento, los siglos XVIII y XIX fueron decisivos para el surgimiento de los primeros viajes y expediciones en las Américas, lo cual permitió el desarrollo de la historia botánica en el país.

Colombia fue uno de los primeros países suramericanos del siglo XVIII donde se empezó a hablar de una tradición histórica sobre ilustración botánica, cuenta el profesor Vergara durante su clase. Y menciona a José Celestino Mutis, a su juicio el precursor de este arte con el trabajo que realizó en la Real Expedición Botánica (1783 a 1816), en el cual produjo un inventario de la naturaleza que tenía el Virreinato de Nueva Granada durante el reinado de Carlos III de España; a este empeñole siguió la Comisión Corográfica, de 1850 a 1859, en cabeza del italiano Agustín Codazzi. Durante la segunda mitad del siglo XIX y hasta comienzos del XX, Colombia es recorrida por cerca de 140 exploradores, la gran mayoría europeos, muchos de ellos también dibujantes

La Expedición Botánica le permitió al país clasificar y registrar 2.708 especies de plantas y 974 anatomías en 7.618 dibujos de gran formato, monocromos y coloreados, y en 40 óleos sobre especies animales y grupos étnicos –llamados “fauna cundinamarquesa”–, según narra Vergara; para lograrlo fue necesario el trabajo de muchos dibujantes y pintores.

Su experiencia de más de 30 años como ilustrador, le ha permitido a Juan Pablo Vergara desarrollar un ojo experto hacia el más mínimo detalle botánixo y zoológico.
Su experiencia de más de 30 años como ilustrador, le ha permitido a Juan Pablo Vergara desarrollar un ojo experto hacia el más mínimo detalle botánixo y zoológico.

Así fue como la influencia traída por los españoles al continente permeó el oficio de la ilustración con un estilo lúgubre, originario de las pinturas religiosas y de la nobleza de aquella época. Sin embargo, gracias a las exploraciones hechas por los científicos, la interpretación de la ilustración cobraría después un nuevo significado con la botánica.

“El inventario de la ilustración botánica, obtenida luego de la Expedición Botánica, fue de 104 cajones de especímenes colectados, dibujos y grabados, de los cuales hay solo 1.270 piezas firmadas”, recuerda el profesor javeriano, quien añade que su gusto por el dibujo inició desde muy pequeño y por eso decidió estudiar Biología en la Universidad Nacional y Bellas Artes en la Academia de Artes Guerrero de Bogotá, para posteriormente poner en práctica sus habilidades como dibujante en el Jardín Botánico José Celestino Mutis.

Este maestro, como muchos lo reconocen, sabe muy bien que para ilustrar no solo se necesita disposición y voluntad, también “un deseo ferviente por investigar, conocer, amar, proteger y administrar la biodiversidad del país”. Por eso, pasar noches enteras en el herbario de la Universidad Nacional durante los años 80 le permitió entender que la labor de los botánicos, astrónomos y científicos durante la Expedición Botánica fue el primer paso para transformar la ilustración en Colombia y, por ende, el punto de partida para la apertura de instituciones que se encargaran del patrimonio natural del país.

La Escuela de Ciencias Naturales de la Universidad Nacional de Colombia fue la primera academia de este tipo fundada en 1867, seguida del Instituto de Ciencias Naturales de la misma universidad, la Oficina de Longitudes y Fronteras en 1902 –conocida ahora como Instituto Geográfico Agustín Codazzi– y el Instituto de Investigación de Recursos Biológicos Alexander von Humboldt en 1993, entre otros.

Así luce el trabajo del profesor Vergara.
Así luce el trabajo del profesor Vergara.

Aunque su particular candado blanco sobre su rostro es una de sus características más evidentes, el profesor Vergara se destaca por la firmeza de sus manos, la seguridad con la que traza líneas, la calidad de sus obras y la paciencia que desborda cuando de educar se trata. Pero, ¿cómo entender que todavía es vigente una clase de ilustración botánica en una época en la que día a día nacen nuevos dispositivos tecnológicos con altas capacidades para capturar imágenes instantáneas?

A pesar de los enormes progresos tecnológicos ocurridos durante los últimos años, como la creación de la primera cámara fotográfica en 1826, el primer computador digital en 1940, el surgimiento de la era del internet en 1969 o el desarrollo de aplicaciones móviles como Instagram, en 2010, con la cual se pueden capturar y publicar fotografías inmediatamente, la perspectiva de un ilustrador científico presenta detalles y cuestiones de precisión en los trazos que ni aún estas innovaciones son capaces de exponer.

“Sin desvirtuar a la fotografía, resulta bastante complicado, a veces imposible, mostrar los diversos temas de la Ilustración científica con todo el detalle, volumen y textura que requiere”, reconoce Vergara. En ese sentido, la mano del hombre ha plasmado las huellas que él mismo ha dejado sobre la Tierra desde sus inicios; un ejemplo es la fuente de información arrojada por las pinturas rupestres en Colombia de los abrigos rocosos de Chiribiquete, o las presentes en el Desierto del Sahara datadas de hace más de 4.000 años.

Gif Armadillo

En ese sentido, la educación en arte y la responsabilidad que hay tras ello fueron dos de las tantas motivaciones que llevaron a Vergara a dedicarse a la docencia. De 1992 a 1994, mientras este ‘cachaco’ estudiaba arte y trabajaba como dibujante en el Jardín Botánico de Bogotá, la reflexión sobre su trabajo y la pasión por compartir su conocimiento lo llevaron a perfeccionar su técnica en la ilustración de plantas y animales para darlo a conocer a jóvenes interesados en desarrollar la ilustración como un medio para comunicar la ciencia, los mismos que ahora asisten a sus clases.

“Esto ha sido mi modo de vida por más de 30 años, con altos y bajos, pero he llegado a ver que la ilustración es fundamental en la comunicación por la frase ‘una imagen vale más que mil palabras’”, concluye.

Ciencia en Colombia, ¿una utopía?

Ciencia en Colombia, ¿una utopía?

Lisbeth

La gota que rebosó la copa de la situación actual de Colciencias y del Sistema Nacional de Ciencia, tecnología e Innovación fue la expedición de la Ley 1286 de 2009. Por muchas razones, entre ellas porque puso a la ciencia, la tecnología y la innovación (CTI) al servicio de un modelo productivo “para darle valor agregado a los productos y servicios de nuestra economía y propiciar el desarrollo productivo y una nueva industria nacional”, dejando el apoyo a la generación del conocimiento, que no necesariamente tiene utilidad inmediata, en el último rincón de las prioridades. Así se demostró en 2015 cuando los científicos sociales se sintieron marginados por el desinterés en las convocatorias de Colciencias frente a este tipo de investigación, pero también porque el concepto de innovación se asumió exclusivamente desde la perspectiva “productivista”, sin tener en cuenta que el proceso para lograr innovaciones de impacto exige tiempo para pensar, investigar, crear, ensayar, aprender sobre la teoría y la práctica y sobre el conocimiento histórico, enfrentar el error y construir sobre él, así como generar alianzas entre diferentes disciplinas y, sobre todo… contar con tiempo. Las innovaciones no surgen frotando lámparas.

Pasaron por la dirección de Colciencias Jaime Restrepo –fue uno de los autores de la Ley junto a la hoy candidata presidencial Marta Lucía Ramírez–, Jorge Cano, Carlos Fonseca, Paula Marcela Arias, Alicia Ríos (QEPD), Yaneth Giha, Alejandro Olaya, César Ocampo y ahora, nuevamente, el economista Olaya, cada uno con enfoques diferentes, con muy poco tiempo para diseñar su ‘política científica’ –ni siquiera alcanzan a activarla cuando salen de su cargo– y lograr resultados.

Se necesitaba tiempo también para sentarse a armar esta nueva institución y proyectarla hacia 2050, con visión de largo plazo, como lo exige la investigación en CTI. La ley tiene párrafos interesantes que podrían haber guiado una política coherente, por ejemplo, preguntándose: ¿cómo lograr que el país, como dice la ley, incorpore “la ciencia, la tecnología y la innovación como ejes transversales de la política económica y social del país”? ¿Cómo insertar la CTI y comprometer a todas las instancias que nos gobiernan, a aquellas del sector industrial, a las familias, al sector educativo, a las comunidades minoritarias, etc., etc., para que las incluyan en su ‘canasta familiar’, como proponía el propio Gabriel García Márquez en 1994 cuando integró la Misión de Sabios? ¿Qué se puede rescatar de las recomendaciones de dicha Misión?

No hubo tiempo. Las responsabilidades asumidas bajo el nuevo estatus de la entidad se multiplicaron –la ley ascendió a Colciencias de Instituto a Departamento Administrativo– y la inversión del gobierno fue disminuyendo sistemáticamente en los últimos cinco años, lo que demuestra falta de coherencia. ¿Cómo pensar en entrar a la OCDE en esa situación? Se necesitan hechos, no palabras. Pero la promesa ha sido que lograremos llegar a una inversión del 1% del PIB para CTI… y tampoco. Ni siquiera hemos llegado a la tercera parte.

Con la expedición de la ley, el gobierno prometió ampliar la nómina de Colciencias: con más responsabilidades se necesitaba más gente para cumplir. Pero el número de funcionarios de planta hoy no supera los 130 –cifra muy similar a la de 2008–, y los contratistas –que llegan a ser 300, de acuerdo con el actual director Olaya– no tienen estabilidad por las características de sus contratos, y así no es posible pensar en la Colombia ‘científica’ del largo plazo.

La ley 1286 constituyó un Consejo Asesor que no se reúne con regularidad, o cuando se cita es cancelado porque no asiste alguno de los cuatro ministros o el director del DNP que no pueden delegar su asistencia, y cuando logran reunirse, y en el mejor de los casos asesorar, lo máximo que alcanzan las propuestas de sus miembros es quedar en el acta.

Se asoman algunas iniciativas que pueden ser exitosas, como Colombia Bio –aún no es tiempo de cantar victoria– o los resultados que pueda estar generando el Programa Ondas, pero no ve uno coherencia en el nivel del diseño de una política integral, que lleve a la CTI a posicionarse, actuar en el concierto nacional y traspasar fronteras. ¿Cuántas veces el Consejo de Ministros ha citado al director(a) de Colciencias? Es que ni siquiera el propio presidente Santos los recibe en su despacho, a excepción, muy probablemente, de la actual ministra Giha, con quien tiene una mayor cercanía, y con quien firmó el enorme cheque en el que se comprometieron a invertir el 1% del PIB en Actividades de CTI –no en Investigación y Desarrollo, que es diferente–, “con al menos 50% de inversión privada” para agosto de 2018. Les quedan menos de siete meses para alcanzar esa meta y no se vislumbra que lo logren.

Por último, aunque podría ir párrafo por párrafo demostrando lo absurdo de la práctica de la Ley 1286, se establece que “el Conpes determinará anualmente, las entidades, la destinación, mecanismos de transferencia y ejecución y el monto de los recursos en programas estratégicos de ciencia, tecnología e innovación, para la siguiente vigencia fiscal, mediante la expedición de un documento de política, en el cual además, se especificarán las metas e indicadores de resultado sobre los cuales se hará medición del cumplimiento”. ¿Dónde están esos Conpes? El único que se elaboró en decenas de versiones se archivó como ‘borrador’.

Desidia total por parte de los tomadores de decisión en las altas esferas. Politización e incoherencia en el gobierno, por un lado quitándole recursos de regalías a la ciencia para destinarlas a carreteras mientras aprueba un préstamo del Banco Mundial para hacer lo que hubiera podido ejecutar con recursos de regalías.

Buena parte de la Ley 1286 se ha quedado en letra muerta. Por eso difícilmente lograremos metas como entrar a la OCDE, o volver a Colombia la más educada, o consolidar a la comunidad científica, o ser visibles a nivel nacional e internacional, o lograr una cultura científica nacional. No sé cómo ha resistido Colciencias este abandono. Las circunstancias en que despierta en este 2018 de elecciones no permiten ser positivos. Lástima.

¿Cómo hablan los jóvenes bogotanos?

¿Cómo hablan los jóvenes bogotanos?

Todo empezó como un ejercicio de clase, en 2007. El oído afinado de varios lingüistas identificó el uso recurrente de dos prefijos, re- y super-, en el habla de jóvenes colombianos. “Super lindo”, “re tierno”, “super rico”, “re mamón”, escuchaban repetidas veces. La clase terminó, pero después de seis años seguían escuchando frases como “la fiesta estuvo re chimba”. Así empezó una investigación en la que participaron los lingüistas Juliana Molina, del Departamento de Lenguas de la Universidad Javeriana, Jhon Jairo Aguirre, de la Universidad EAN, y Bibiana Romero, del Colegio Mayor de Antioquia, en la que compararon el uso de estos dos prefijos durante 2007 y 2013 en el habla coloquial de los jóvenes en Bogotá.

En Colombia tenemos una gran variedad de dialectos y esto se refleja en un “país con muchas actitudes lingüísticas”, afirma Juliana Molina, y con esto se reafirma que también existe un prestigio lingüístico relacionado con la clase social de una persona. De ahí el “no hable ñero” o “no hable gomelo”, que algunas personas expresan frente a una forma determinada de hablar. De esa manera, la investigación buscó ver cómo funciona el uso de esos prefijos en relación con la estratificación socioeconómica de los jóvenes bogotanos.

“¿Qué dirías si te dicen que te descubrieron una enfermedad terminal?” o “¿qué dirías de una cerveza fría a la orilla del mar Caribe?”. Así empezaban las entrevistas que hacían a jóvenes de 15 a 20 años, a los que también les mostraban varias imágenes que representaban desde un plato de fresas con crema hasta un cadáver. De 60 entrevistas que se realizaron en 2007, 37 personas hicieron uso de los prefijos re- y super- 91 veces; y en 2013, de 60 entrevistas realizadas, 43 personas los usaron 108 veces.

Resultados de la investigación:

Clase socioeconómica baja:
– En 2007 utilizó el prefijo re- 28 veces, y en 2013, el prefijo super- seis veces.
– En 2013 usó el prefijo re- 18 veces, y en 2013, el prefijo super- seis veces.

Clase socioeconómica media:
-En 2007 utilizó el prefijo re- 16 veces, y en 2013, el prefijo super- cuatro veces.
-En 2013 utilizó el prefijo re- solo do veces, y en 2013, el prefijo super- 37 veces

Clase socioeconómica alta:
-En 2007 usó el prefijo re- 20 veces, y el prefijo super-, 17 veces
-En 2013 usó el prefijo re- solo cinco veces, y el prefijo super-, 40 veces

La gente suele pensar que los jóvenes son inmaduros y que su habla no es elaborada, sin embargo, el uso de estos prefijos y sus variaciones a través del tiempo reflejan una identidad juvenil y un rasgo constitutivo que los hace pertenecientes a esa colectividad llamada jóvenes. Cada persona tiene una actitud lingüística frente a los dialectos presentes en Colombia pero, desde este campo de conocimiento, no se puede afirmar que haya una variedad mejor que otra, según Molina.

Para estos lingüistas, no se trata de calificar a alguien como “bien hablado” o “mal hablado” sino de entender que el uso de estos prefijos hace parte de una identidad lingüística que no empobrece el habla sino todo lo contrario, refleja una riqueza lingüística y una creatividad de los jóvenes, algo constitutivo en esa etapa de su vida.

Por ahora, los investigadores han publicado un artículo sobre esta investigación en Colombian Applied Linguistics Journal, publicación de la Universidad Distrital. Estos intereses investigativos se han continuado estudiando, desde el campo de la sociolingüística, en otros espacios sociales.


TÍTULO DE LA INVESTIGACIÓN: Estratificación socioeconómica del uso de los prefijos re- y super- en los jóvenes de Bogotá: acercamiento a un estudio diacrónico
INVESTIGADORES: Juliana Angélica Molina Ríos, Jhon Jairo Aguirre Londoño y Bibiana Yaneth Romero Chala
PERIODO DE LA INVESTIGACIÓN: 2007 – 2015
Con el apoyo de Universidad Eafit y Colegio Mayor de Antioquia
Departamento de Lenguas
Facultad de Comunicación y Lenguaje

La Claraboya | Episodio 3: Murciélagos

La Claraboya | Episodio 3: Murciélagos

¡Hola a todos!

En esta edición de La Claraboya, nuestro podcast sobre ciencia para los que no somos expertos, hablaremos sobre los murciélagos.

Colombia tiene un importante sistema de cuevas en la región de Santander que no ha sido explorado completamente, por lo que su importancia para la conservación de los murciélagos sigue siendo en gran parte desconocida. Esta investigación del profesor Jairo Pérez, además de buscar diversas especies, también surge de la necesidad de generar conocimiento, políticas de conservación y educación ambiental sobre las especies de murciélagos en el departamento de Santander a turistas y comunidades aledañas.

Además, junto al profesor Pérez, derrumbamos algunos mitos que han convertido a los murciélagos en especies temidas por el humano.

Lee aquí nuestro artículo sobre esta investigación.