Así como se habla de soberanía alimentaria ―el derecho a definir los propios sistemas de alimentación―, la soberanía audiovisual es la autonomía para representar el mundo en los términos de quien se enuncia, como explica Mauricio Durán, investigador principal del proyecto de investigación+creación “Procesos de soberanía audiovisual: escuela para hacer escuela”, y profesor del Departamento de Artes Visuales de la Pontificia Universidad Javeriana.
Esta iniciativa, que articula la práctica comunicativa del Colectivo Audiovisual Bunkuaneyuman, del pueblo wiwa, de la Sierra Nevada de Santa Marta, y el saber académico-artístico de un grupo de profesores javerianos, presenta una postura que desafía las narrativas sobre los pueblos originarios y busca que las comunidades sean creadoras de su propio relato. Para ello, propone una mirada que cuestiona la noción estandarizada del proceso secuencial de la producción audiovisual.
Una metodología rizomática
En este proceso, la intención del colectivo Bunkuaneyuman ―cuyo nombre en lengua wiwa significa ‘lenguaje para una mejor comunicación’―, es utilizar el audiovisual para construir memoria y defender su territorio. Por eso, cada producto nace de las preguntas y motivaciones del colectivo y de la autonomía sobre su imagen, de manera que ellos deciden qué mostrar, cómo hacerlo y con qué fin.
En concordancia con esta apuesta, la investigación+creación se desarrolló bajo una lógica rizomática. En los rizomas, como el jengibre, el tallo crece en todas las direcciones y cualquiera de sus ramas puede conectarse con las otras. Así, la creación que surge con esta lógica es una red de ideas para explorar las conexiones entre tecnología, territorio y espiritualidad, materializada en la propia representación.
“Claramente no íbamos a enseñar y, menos, a capacitar”, asegura Durán, pues habría sido contradictorio construir soberanía mediante estrategias tradicionales de formación. Por eso, se optó por metodologías que favorecieran la colaboración, como la investigación-acción participativa, pensada para analizar, planificar y ejecutar ejercicios que le sean útiles a la comunidad.
También se tuvo en cuenta el concepto de ‘maestro ignorante’, del filósofo francés Jacques Rancière, según el cual los investigadores actúan como acompañantes que confían en la capacidad de descubrimiento de sus interlocutores. Todo esto tuvo lugar en círculos de la palabra (presenciales y virtuales), cuya dinámica permitió que los conocimientos fluyeran en varias direcciones.
El proyecto confrontó la metodología académica ―heredera del pensamiento cartesiano― con la visión wiwa: una mirada holística en la que “todo tiene que ver con todo, todo el tiempo”, explica Durán. En este escenario, un plan lineal se desmorona, no por falta de disciplina, sino porque resulta limitado ante los ritmos y las prioridades de los participantes. Entonces, ¿qué se propusieron? Hacer flexible y cíclico el proceso, dejar de lado las estructuras occidentales y abrazar un flujo en el que los momentos de la investigación+creación estaban en conversación permanente.
Visualizar lo invisible
Más allá de la capacidad técnica, la experiencia de narrarse en audiovisual involucró entender cómo la cosmovisión wiwa atraviesa la creación. En este universo, lo invisible del mundo espiritual, los sueños y los mensajes de la naturaleza hacen parte de lo cotidiano. Este elemento se hizo explícito en una de las preguntas más desafiantes del proyecto: ¿cómo mostrar lo invisible?
La respuesta se halló en el complemento sonoro: un vehículo para representar lo que no se ve. Fue a partir de la escucha profunda que los sonidos de la naturaleza dejaron de ser paisaje para los investigadores y ayudaron a dar forma a la creación wiwa. Con el fin de explorar esta potencia, los miembros del colectivo cursaron un taller de sonido en Bogotá para fortalecer sus habilidades técnicas. Allí, experimentaron con la escucha acusmática (escuchar sin ver la fuente) y la construcción de paisajes sonoros que evocaran su mundo invisible.
Durante esta investigación+creación también se estableció una relación crítica con la tecnología. Esta no es neutra, sino que “tiene objetivos y domestica al usuario”, señala Durán. La intención entonces fue ‘desdomesticar’ las herramientas de sus usos predeterminados y alinearlos con la cosmovisión wiwa.
Para el artista visual javeriano, desdomesticar implica ir más allá del uso estándar del dispositivo y ponerlo al servicio de una visión propia. Un ejemplo es el ritual de consulta con los mamos, quienes ‘bautizan’ las cámaras y los micrófonos para que entren al territorio sin violar la Ley de Origen, es decir, el sistema de sabiduría ancestral que orienta el equilibrio entre la vida humana, la naturaleza y el mundo espiritual.
Una ventana de observación se vuelve espejo
Sin duda, lo más valioso de este proyecto es el proceso. Los investigadores javerianos tuvieron que confrontar sus visiones ‘idealistas’ del mundo indígena para ver más allá de los estereotipos. El colectivo wiwa, por su parte, pudo reflexionar sobre sus dinámicas creativas y tomar conciencia de las influencias externas en la creación de su lenguaje audiovisual. La colaboración fue el espejo que llevó a ambas orillas a reflexionar sobre sus prácticas y a cumplir el propósito de esta peculiar escuela.
La soberanía audiovisual en este proyecto se materializa en el trabajo de Gregorio Mojica, miembro del colectivo, quien ha integrado los aprendizajes en su labor pedagógica en la escuela de la comunidad de Gotzeshy, un poblado del pueblo wiwa ubicado en la Sierra Nevada de Santa Marta. Este espacio busca que los jóvenes exploren cómo interpretar su contexto y la forma de contar sus propias historias. Actualmente, planea un documental para entender cómo apropian el conocimiento los niños indígenas en su relación directa con la naturaleza, la tierra y los mayores.
La soberanía audiovisual en este proyecto se materializa en el trabajo de Gregorio Mojica, miembro del colectivo, quien ha integrado los aprendizajes en su labor pedagógica en la escuela de la comunidad de Gotzeshy, un poblado del pueblo wiwa ubicado en la Sierra Nevada de Santa Marta. Este espacio busca que los jóvenes exploren cómo interpretar su contexto y la forma de contar sus propias historias. Actualmente, planea un documental para entender cómo apropian el conocimiento los niños indígenas en su relación directa con la naturaleza, la tierra y los mayores.
La soberanía audiovisual en este proyecto se materializa en el trabajo de Gregorio Mojica, miembro del colectivo, quien ha integrado los aprendizajes en su labor pedagógica en la escuela de la comunidad de Gotzeshy, un poblado del pueblo wiwa ubicado en la Sierra Nevada de Santa Marta. Este espacio busca que los jóvenes exploren cómo interpretar su contexto y la forma de contar sus propias historias. Actualmente, planea un documental para entender cómo apropian el conocimiento los niños indígenas en su relación directa con la naturaleza, la tierra y los mayores.
TÍTULO DE LA INVESTIGACIÓN: Procesos de soberanía audiovisual: escuela para hacer escuela
INVESTIGADOR PRINCIPAL: Mauricio Durán Castro
COINVESTIGADORES: Ana Teresa Arciniegas Martínez, María Alejandra Bernal Ricaurte, Francisco Huichaqueo, Nicolás Leyva Townsend, Ana María Ochoa, Pablo Mora Calderón, Claudia Liliana Salamanca Sánchez
Coinvestigadores de la comunidad wiwa: Rafael Mojica, Carlos Andrés Mojica, Gregorio Mojica, Carlos Mojica, Nicolás Mojica, Verónica Rodríguez
Departamento de Artes Visuales
Departamento de Música
Facultad de Artes
Pontificia Universidad Javeriana
Colectivo Bunkuaneyuman
Universidad de Columbia
Universidad de Concepción
PERIODO DE LA INVESTIGACIÓN: 2021– 2024



