Por: Edward Alejandro Díaz y Simón Cortés Bernal
La monogamia ha ocupado un lugar central en la organización de los vínculos afectivos en el mundo occidental. Su persistencia no puede atribuirse únicamente a la biología ni a la cultura, sino al proceso histórico en el que ambas se han configurado mutuamente. Si bien la biología evolutiva ha asociado el comportamiento de elegir una pareja única con necesidades reproductivas y de cuidado, los seres humanos desarrollamos vínculos emocionales y establecemos marcos normativos que los regulan y les otorgan sentido social. En ese cruce se han definido las ideas de amor y familia, cuyo trasfondo histórico exploraremos a través de algunas expresiones literarias.
La monogamia y sus orígenes
Las sociedades cazadoras-recolectoras —es decir, anteriores al 10.000 a. C.— mostraban una gran diversidad de arreglos relacionales. Como documenta El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado, el parentesco se organizaba más por alianzas entre clanes que por filiación biológica estricta. En Ancient Society (1877), Lewis Henry Morgan sostuvo que estas comunidades se basaban en redes amplias de parentesco que compartían crianza y cuidado, no en parejas estables exclusivas. El cambio llegó con la sedentarización y la agricultura (10.000–3.000 a. C.). Con la acumulación de tierras surgió la propiedad privada y la herencia como forma de transmitirla, modificando así las relaciones familiares.
Para Andrea García Becerra, profesora del Departamento de Antropología de la Pontificia Universidad Javeriana, esa cronología del parentesco no describe una regla universal, sino un momento específico dentro de la historia de Occidente. Agrega que, alrededor del mundo y a través de la historia, “han existido diversas formas de organización de los hogares y la reproducción: familias extensas basadas en linajes maternos o paternos —como las longhouses de Norteamérica o las malocas amazónicas—; redes de cuidado colectivo donde varias mujeres crían a los niños; y familias monoparentales o extendidas, en las que otros parientes sostienen el hogar”.
Esto se ve reflejado en las historias que se contaban en Europa. La Odisea, de Homero, es la historia de un hombre —Ulises— que, en un extenso viaje, mantiene relaciones con varias mujeres, mientras que su esposa —Penélope— evita durante años a cualquier tipo de pretendiente, a la espera del retorno de su marido, incluso sin la certeza de si él vive.
Sin embargo, incluso en este relato hay un sentido de monogamia, ya que Ulises es prácticamente forzado a sostener estas relaciones para sobrevivir, manteniendo una lealtad a su esposa Penélope. De hecho, a su regreso a casa, hacia el final de la historia, ella le pide mover su cama de lugar para comprobar que él es quien dice ser, a lo que Ulises responde que no puede, ya que está hecha con un árbol vivo que está incrustado en el suelo. Esto no es solo una manera de comprobar su identidad: es una señal de que el lecho, como símbolo del vínculo entre los dos, permanece firme e inamovible.
El amor bajo tutela
Durante los siglos venideros, la monogamia tuvo varias transformaciones derivadas del derecho y la religión, que se acoplaban al ascenso y caída de culturas, imperios y tradiciones, pero siempre enraizada en un vínculo estratégico, negando la posibilidad de una elección afectiva. “La monogamia y su forma de regularla —es decir, el matrimonio— siempre fue un dispositivo de control del linaje y de la herencia, y la forma que ha usado para garantizarlo es controlando el cuerpo, el deseo y la vida de las mujeres, pues de ellas dependía la certeza de la transmisión legítima de bienes”, afirma García Becerra.
Según Pilar Espitia, directora del programa de Estudios Literarios de la Javeriana, relatos como Tristán e Isolda, una leyenda de caballerías cuyas versiones más antiguas datan del siglo XII, ilustran la manera en la que se entendían en el medioevo la pasión y el matrimonio. En la historia nace un amor ilícito entre el caballero Tristán y la princesa Isolda durante la misión en la que él busca escoltarla para que se case con el rey Marco de Cornualles (historia que funcionó como inspiración para películas como Shrek).
La trama de estos enamorados ilustra las pasiones y entiende las diferencias entre el matrimonio y el amor de la época, dos cosas muy diferentes en función de lo que cada una aportaba.

Sin embargo, ese es solo un ejemplo, pues durante este periodo también hubo expresiones literarias que jugaban con concepciones mucho más amplias de la monogamia y la sexualidad. Por ejemplo, entre los siglos VIII y XV la Península Ibérica (en ese momento conocida como Al-Ándalus) estuvo bajo dominio musulmán y durante este tiempo, en palabras de Espitia, “los árabes escribieron poemas eróticos, homoeróticos y lésbicos. En su literatura tenemos esa segunda línea de tensión entre lo monogámico con lo heteronormativo, con el deseo, con la pasión, con lo sexual y con lo afectivo”, asegura.
De hecho, hubo poetas mujeres que exploraban la no heteronormatividad, reflejo de las expresiones y los deseos que se forjaban en esa sociedad, así nos parezca impensable, especialmente por las ideas islamofóbicas que asocian lo árabe con lo exótico o lo machista, continúa Espitia. Un ejemplo de esta poesía está en las rimas del cordobés Ibn Quzman (c. 1080-1160), quien escribió entre otros versos licenciosos: “Tengo un amado alto, blanco, rubio. / ¿Has visto de noche la luna? Pues él brilla más / Me dejó el traidor y luego vino a verme y saber mis nuevas: / tapó mi boca, calló mi lengua, hizo como la lima con mis barruntos”.
A partir del siglo XVIII, con la llegada del Romanticismo, el vínculo afectivo comenzó a reescribirse desde la interioridad del individuo: casarse por amor dejó de ser una excepción y pasó a convertirse en el criterio dominante. Hasta entonces, “la gente del pueblo no se casaba con la misma regularidad porque el matrimonio estaba asociado exclusivamente a los bienes y a la herencia”, afirma Franklin Gil, profesor de la Escuela de Estudios de Género de la Universidad Nacional de Colombia.
La literatura occidental fue clave durante este periodo histórico y en ocasiones reflejó a cabalidad ese cambio en las expectativas del matrimonio. El siglo XVIII vio nacer novelas como Eugenia Grandet, de Honoré de Balzac y Orgullo y Prejuicio, de Jane Austen, libros que cuestionan los matrimonios por conveniencia y que ponen la lupa sobre el cambio de óptica alrededor de los vínculos.
Orgullo y Prejuicio, por ejemplo, inicia con la famosa línea: “Es una verdad universalmente reconocida que un hombre soltero en posesión de una buena fortuna debe necesitar una esposa”. Mas, a lo largo de la novela, los prejuicios que tienen los personajes entre sí, al igual que la concepción del matrimonio como algo meramente ligado a la riqueza o la conveniencia, se transforman, se redefinen y caen.
La monogamia y las nuevas formas de organizar el amor
En los siglos XX y XXI, el amor comienza a desprenderse —al menos parcialmente— de las obligaciones que durante siglos lo ataron a la herencia, la reproducción y la norma heterosexual. La posibilidad de elegir cómo y con quién vivir deja de ser excepcional y se convierte en un terreno de disputa social. Sin embargo, advierte Gil, “a pesar de la ruptura que significó el Romanticismo sobre la elección de a quién amar, las desigualdades económicas y de género continuaron —e incluso hasta hoy— estructurando las relaciones entre hombres y mujeres”.
En primer lugar, la anticoncepción, la escolarización femenina y el empleo asalariado desplazaron el centro del matrimonio de la reproducción hacia la autonomía individual. La píldora anticonceptiva aprobada en 1960 facilitó separar sexualidad y reproducción, mientras que las reformas al divorcio redujeron el costo legal y moral de disolver una unión. Estos cambios ampliaron la autonomía individual, aunque sus efectos no fueron homogéneos. Franklin Gil explica que, “muchas de esas nuevas oportunidades beneficiaron principalmente a mujeres casadas, mientras que la soltería y las formas de familia no tradicionales continuaron cargando estigmas sociales”.
En segundo lugar, la familia monógama heterosexual como modelo único de parentesco empezó a desquebrajar sus límites, tema central en la novela Las malas, de la escritora Camila Sosa Villada, publicada en 2019. En el libro, un grupo de travestis —como la autora se autorreconoce— que ejercen la prostitución encuentran a un bebé abandonado y lo adoptan. La escena incomoda porque pone en primer plano una forma de familia que rara vez entra en la conversación pública. “Eso es algo de lo que no queremos hablar, todavía es un tema tabú, que espanta”, asegura Espitia.
Eso no extraña pues figuras como el matrimonio de parejas del mismo sexo existen desde hace menos de 30 años y en Colombia, su reconocimiento llegó por vía judicial apenas hace 10. Este acontecimiento amplió el acceso a derechos civiles y transformó la comprensión pública del matrimonio al desligarlo parcialmente de su configuración heterosexual y de su asociación inherente a la reproducción. Sin embargo, como concluye Gil, “representó una oportunidad desaprovechada para repensar el parentesco, las alianzas y las formas de convivencia, más allá de la pareja monógama”.
Eso que llamamos amor depende, a fin de cuentas, de las formas en que nos organizamos, según nuestro contexto histórico y el enfoque desde el que se analice, sin que exista un consenso científico definitivo sobre su origen o fundamento. Este reportaje ofrece un recorrido situado principalmente en la tradición occidental y no pretende agotar la diversidad de perspectivas ni de experiencias históricas, pues como apuntan las fuentes consultadas han existido otras maneras de ordenar socialmente el amor. Y a juzgar por la historia, el amor y las sociedades seguirán cambiando por un largo rato.



