El sonido de las palabras en el Hay Festival

El sonido de las palabras en el Hay Festival

Col Música IL

El Hay Festival es un encuentro de relatos del mundo desde diferentes miradas y expresiones humanas. Todas las historias se entrecruzan en el Caribe y este lugar se convierte en su epicentro. Y es que el Caribe es esa porción de mundo en el mar en la que todos los continentes convergen y surgen culturas diversas que nos llevan a África, Europa y Asia, pero que no se desprenden de América. Desde el Caribe colombiano, el Hay Festival nos hace una invitación que se convierte en lema: “Imagina el mundo”. Hagamos, pues, el ejercicio.

Imagina el mundo. Imagínalo desde la palabra, el sonido, el gusto, la imagen o el color. Ahora, imagínalo desde el gran Caribe. Allí, entre tierra y agua surge el mundo. Las islas brotan como flores sobre el mar, las costas se mojan en ríos de dulce y océanos de sal. El mundo se despierta con el sol y en la noche la marea le canta un arrullo, entonces todo vibra con la frecuencia de las olas. La música está implícita en la esencia del mar Caribe, porque suena por sí solo. Y allí aparece el son y la cumbia, la salsa y el merengue, el calipso, el reggae. Imagina el mundo y prescinde de todo, menos del sonido. Porque todo lo que existe vibra, y todo lo que vibra suena.

De esa región Caribe es protagonista una de las invitadas musicales al Hay Festival: Totó la Momposina, la gran cultora de la cumbia. Si pensamos en su música, encontramos mestizaje y herencia, pero sus canciones son, antes que nada, literatura. Como poemas, Totó canta versos sencillos y reales, que ha tomado prestados de autores como José Barros para inmortalizarlos. Rima el primero con el tercero, y el segundo con el cuarto para describir su entorno. Las letras son su manera de imaginar el mundo y de hacerlo sonar de acuerdo con su experiencia. Evoca siempre a la naturaleza porque toda su vida ha estado en contacto con ella. Nacer en medio del Magdalena, en una tierra calurosa y tostada por el sol, la lleva a cantarle al Aguacero e’ mayo, a la Candela Viva, a La verdolaga o a El pescador, que narra la cotidianidad de regiones bordeadas por agua: “Habla con la luna, habla con la playa / no tiene fortuna, solo su atarraya…”

Escuchar la música de Totó es remitirse a su entorno, pero, sobre todo, sentirlo. Su música es universal porque es honesta, sin pretensiones; porque los ritmos caribeños nos tocan a todos, pues es ese lugar del mundo donde confluyen los continentes; porque canta a la tierra, que, como el sonido, es parte esencial de nuestra existencia. Totó la Momposina hace literatura que suena y por eso su presencia en el Hay Festival era necesaria para hablar del mundo. La música, acompañada de la palabra, trasciende el discurso y nos permite ir más allá de imaginar el mundo; nos hace sentirlo.

 


*Comunicadora social y música javeriana.

El año sin Premio Nobel de Literatura

El año sin Premio Nobel de Literatura

Henao de Brigard
Este año, la Academia Sueca tomó la decisión de no conceder el premio Nobel de Literatura. Las graves denuncias de acoso sexual y corrupción afectaron la credibilidad de la institución y condujeron a la renuncia de varios de sus miembros, entre ellos la de su presidente, Sara Danius, y la de la escritora Katarina Frostenson, cuyo marido, el francés Jean-Claude Arnault, fue acusado de acosar y abusar de 18 miembros femeninos. Arnault utilizaba un centro cultural —del cual era director, y que se había constituido en el filtro de la escena cultura sueca— para presionar y acosar a las mujeres.

Gran parte de la fama de la Academia se debe al aura de inaccesibilidad que la rodea, la cual ha conducido a que sus miembros hayan tomado con frecuencia decisiones discutibles: unas de ellas arriesgadas, otras mediocres, y algunas otras hasta absurdas. Lo ocurrido ha desvelado que, en realidad, era un grupo que aprovechaba su poder mundial a cambio de favores locales.

Entre tanto, y con la ayuda de un grupo de juristas, la Academia Sueca ha efectuado una interpretación de los estatutos, que datan de 1786, para ajustarla a los tiempos actuales; los resultados, sin embargo, no se han dado aún a conocer.

Hacía 75 años que la Academia Sueca no dejaba de conceder el Premio Nobel de Literatura. En este tipo de casos, se concede un premio doble al año siguiente. Así, pues, en 2019 tendremos a dos ganadores.


*Profesor asociado del Departamento de Literatura, Pontificia Universidad Javeriana.

A vivir la creación en el III Encuentro Javeriano de Arte y Creatividad

A vivir la creación en el III Encuentro Javeriano de Arte y Creatividad

‘Fronteras éticas y estéticas de la creación’ es el marco conceptual del III Encuentro Javeriano de Arte y Creatividad, convocado por la Pontificia Universidad Javeriana, para que la comunidad académica participe de las diferentes actividades que reflexionan en torno a la producción de conocimiento artístico y a los procesos de creación-investigación.

Este Encuentro busca fomentar y divulgar las fortalezas de la Javeriana en áreas creativas como música, artes visuales, artes escénicas, diseño, arquitectura, literatura y producción audiovisual. Por ello, en su programación ofrece exposiciones, foros académicos, talleres de diseño y arquitectura, performances, obras de teatro, premios, diálogos con la industria cultural y conciertos, entre otros.

Al abordar las fronteras o límites de la creación se busca generar espacios para continuar la discusión frente a las transformaciones que han venido sufriendo las prácticas artísticas, especialmente en un momento en el que los límites entre arte, ciencia, tecnología e intervención social se han vuelto cada vez más difusos.

Universitarios, gestores culturales y artísticos de Bogotá, Cali y Medellín reflexionarán alrededor de la creación artística y su papel en la sociedad; además, disfrutarán de una muestra estética diversa desde las artes escénicas, pasando por la música, las narrativas literarias, audiovisuales y periodísticas, y terminando en la música.


Invitados internacionales

Anna Furse, dictará la conferencia ‘Ética en la creación’
Martes 11 de septiembre a las 8:30 a.m.

Bailarina de formación clásica en The Royal Ballet. Dirige en la Universidad de Londres la Maestría en Performance Making en Goldsmiths, un programa de laboratorio internacional en teatro/danza/creación de arte en vivo. Ha desarrollado su propia metodología de entrenamiento de movimiento basada en una variedad de influencias de sus estudios con Peter Brook en el CIRT en París, ‘paratheatre’ con Teatr Laboratorium de Grotowski en Polonia, danza postmoderna (por ejemplo, la improvisación de contacto) y las artes marciales (por ejemplo, Tai Chi, Capoeira y Aikido).


Alberto Levy
, dictará la conferencia ‘Arte, ciencia y tecnología’
Miércoles 12 de septiembre a las 8:00 a.m.

Ingeniero en computación que mezcla arte con tecnología para contar historias de formas no tradicionales. Maestro en Telecomunicaciones Interactivas por la Universidad de Nueva York. Considerado un “Innovation Evangelist” por Harvard Business Review y por el Foro Económico Mundial. Conferencista internacional, consultor de tecnología y mercadeo, estratega ejecutivo y alma creativa con la habilidad de continuamente romper paradigmas con nuevas propuestas para la innovación y la transformación en organizaciones, gobiernos, marcas y consumidores. Ha trabajado en más de 10 países, 1.500 proyectos y 300 clientes incluyendo muchas compañías Fortune 500.


Actividades más destacadas

Exposición Desmárgenes
Del 31 de agosto al 20 de septiembre. Edificio Gerardo Arango, S.J. Inauguración 31 de agosto, 5:30 p.m.

Ocho universidades de Bogotá, Medellín y Cali hacen parte de la exposición ‘Desmárgenes’, un espacio que gira alrededor del concepto de frontera, ya sea que se trate de fronteras éticas, geográficas, conceptuales, estéticas o de otra índole. Esto resuena con la reiterada visión de la generación de conocimiento nuevo como un ejercicio de “correr fronteras”. ¿Qué tipo de fronteras pretende abrir el conocimiento generado en el arte? ¿Cómo se entiende el conocimiento nuevo en un proyecto de investigación-creación? O, por otro lado, ¿hasta qué punto la renuncia a traspasar fronteras puede constituir en sí misma una resistencia a una cultura obsesionada con la innovación?


Foros académicos
11, 12 y 13 de septiembre de 8:30 a.m. a 6:00 p.m.

Incluye las conferencias de los invitados internacionales, paneles de discusión con la participación de profesores y artistas nacionales y la presentación de ponencias y poster de resultados de creación e investigación-creación de estudiantes, egresados y profesores javerianos.


Pitch de emprendimientos culturales
12 de septiembre, 5:00 p.m.

Nueve iniciativas de estudiantes, egresados, profesores y empleados administrativos de la Javeriana en las que expondrán su emprendimiento ante compradores, programadores y representantes de las industrias creativas del país.


Conversatorio sobre patrimonio jesuítico y recital en la Iglesia de San Ignacio
14 de septiembre, 9:00 a.m.

Los panelistas serán Felipe González Mora, Jorge Enrique Salcedo S.J., Gloria Zuloaga. Moderará Germán Mejía, historiador y decano de la Facultad de Ciencias Sociales de la Javeriana.

En el marco del conversatorio sobre la manzana jesuítica y el patrimonio cultural de la Compañía de Jesús, a cargo del Instituto Carlos Arbeláez Camacho (ICAC) de la Facultad de Arquitectura y Diseño, se interpretará la obra Trisagio al Sagrado Corazón de Jesús, del compositor Daniel Zamudio, quien fuera organista de San Ignacio en las primeras décadas del siglo XX.


Otras actividades:
talleres y muestras de arquitectura y diseño, el primer Congreso Latinoamericano de Vientos y Percusión, performance Los Mayúsculos, Festival de Sonidos Enraizados y la entrega del Premio Nacional de Novela Corta PUJ y el Premio Bienal a la Creación Artística Javeriana.

La entrada a las diferentes actividades no tiene costo, está abierto a cualquier persona interesada. Solo debe inscribirse en www.javeriana.edu.co/arteycreatividad.

Historia corta… de novela

Historia corta… de novela

Prólogo

La llamada le quitó el aliento.
—Es para contarte que se murió Miguel…

Aquella noticia a inicios de 2006 alteró por completo el día de Guido Tamayo. El hilo de sus clases de escritura comenzó a diluirse, al igual que los temas que había preparado para esa sesión; por su mente iba y venía una pregunta constantemente: ¿por qué dejé de hablarme con Miguel? Sin respuesta, una imagen comenzó a intrigarlo, a obsesionarlo.
—Me lo imaginé en el momento de su muerte —recuerda hoy, al ritmo de un café. Con la poca información que le habían dado, vio a Miguel de Francisco, su gran amigo de los años 80, moverse con dificultad por su apartamento de París, enfrentando con dignidad el cáncer que le estaba ganando la pelea. Lo vio dirigirse a la cocina por un café y caer allí, dar el último respiro sobre el piso… Tres días después un vecino encontraría su cuerpo sin vida.

Esa imagen que va y viene en la mente de Tamayo, lo ataca en los recesos entre clases, a la hora del almuerzo, antes de dormirse. Y solo encuentra la paz cuando, en un cuaderno al azar, se dedica a capturar los pocos recuerdos que le quedan de la vida con aquel escritor colombiano olvidado por su propio país, que en los años 80 le enseñó las venas profundas de Barcelona, sus sombras, sus excesos.

Así, Guido Tamayo revivía en el recuerdo al hombre que le enseñó lo que implica la rutina del escritor.
—Fue el momento en que el material documental, el material memorístico y la investigación comenzaron a juntarse con la ficción, que es la que lo moldeó todo —dice hoy, 12 años más tarde, la mirada puesta en un punto que no existe.


Capítulo 1

Un lugar común: una mañana fría en Bogotá. Más allá de la ventana, los carros avanzan con prisa por la Avenida Circunvalar pero no se escuchan: adentro, en la oficina de dos ambientes de la Pontificia Universidad Javeriana, el silencio reina. Perfecto para pasarse todo el día leyendo.

Claro que ese silencio no es constante: se interrumpe con la voz fuerte, profunda de Cristo Figueroa. Sus palabras traen el sonido de las sabanas de Córdoba, se adueñan del escritorio repleto con pequeños papeles y artículos académicos, rebotan en el estante donde reposan los libros de consulta frecuente, se posan sobre la mesa auxiliar, allí donde más de 150 documentos anillados esperan ser leídos.

Y el silencio se rompe con una confesión.
—Todo el grupo de profesores teníamos nostalgia de que se nos haya ido la creación por las orillas, si siempre la hemos cultivado.
Figueroa es un testigo de lujo. Fue estudiante javeriano de arquitectura a inicios de los años 70, cuando el frío de las mañanas se colaba hasta los huesos, pero eso es solo un dato menor: su verdadera historia inicia en el segundo semestre de 1971, cuando cambió las reglas y las maquetas por la filosofía y las letras, pero, en esencia, por la palabra escrita. Y así se fue convirtiendo en una voz autorizada de ese intrincado camino que el estudio literario ha tenido con la Javeriana, en especial desde que el padre jesuita Enrique Gaitán regresó de la Sorbona para fundar lo que hoy es el Departamento de Literatura y enseñar a leer más allá del párrafo.

Si bien en la Javeriana se había impulsado desde el principio el estudio de las obras publicadas, también se había animado a sus estudiantes a incursionar en la creación de textos escritos. Pero con el paso de los años, esa labor se había ido perdiendo en la memoria colectiva; en parte, por pensar demasiado las cosas.
—No sé si fue una especie de timidez o que nosotros todo lo decantábamos, el caso es que la Universidad de Antioquia se nos adelantó con el Premio Nacional de Poesía. Más tarde, el Externado organizó su concurso de cuento y el Ministerio de Cultura lanzó el Premio Nacional de Novela… Y de pronto un día reaccionamos.

Tampoco fue un proceso único, inmediato. Ocurrió en 1998, cuando ya Figueroa se había convertido en uno de los directores del departamento, que ese año invitó al escritor puertorriqueño Luis Rafael Sánchez a dictar una serie de seminarios sobre el oficio de escribir. A él le escuchó por primera vez que había que ponerle cuidado a la novela corta, que era su obsesión personal: solía diseccionarla en los cursos de doctorado que dictaba en Nueva York, en Miami, en San Francisco, en Washington.

—Nos comentó que implicaba una mirada peculiar y que era un género que tenía que ver con las urgencias del tiempo. Es una mirada que contrae y dilata. No es un cuento, de una concentración específica, pero tampoco hace suya la ampliación que implica la novela —explica Figueroa entornando los ojos, reviviendo en su memoria aquellos días en que la propuesta fue calando lentamente en todo el cuerpo profesoral—. Eso el país no lo tenía, había que crear una sensibilidad y una praxis, y para eso lo mejor era un concurso.

Aunque la decisión estaba tomada, pasaron muchos años para que se concretara: en el camino había que consolidar económicamente al departamento, fundar la revista especializada Cuadernos de literatura para publicar las investigaciones que se producían cada semestre, becar a los mejores estudiantes para que desarrollaran su obra académica en la Javeriana. Por supuesto, también había que investigar sobre aquello que se llama novela corta…

Más adelante, en 2010, el premio se materializó. Con una partida del presupuesto central lo lanzaron al público, destinaron $10 millones al ganador y, por medio de la Editorial Javeriana, consiguieron que Random House Mondadori publicara la obra ganadora (el segundo lugar vería la luz con el sello javeriano). Así fue como Colombia contó con un nuevo premio literario.


Capítulo 2

Miguel de Francisco seguía con vida. Más allá de los recuerdos de quienes lo conocieron y de sus libros, como las novelas Amigos del alma, Armario de solterones o El enano y el trébol, ausentes en el mercado editorial colombiano, él respiraba, actuaba, se quejaba, deambulaba.

Ahora se llamaba Miguel de Narváez y transitaba las calles de Barcelona, entraba al Marsella, un bar donde bebía absenta, ahuyentaba su soledad por breves momentos en el cuerpo de Encarna, la heroinómana que se vendía a quien pudiera costearle su adicción, se lamentaba por la muerte de la mujer que no completó la traducción de sus libros al francés, trataba de olvidar la herencia que su familia colombiana le había impedido cobrar. Y, por encima de esas tragedias, escribía. Golpeaba con fuerza las teclas de su máquina de escribir para olvidar que era víctima del cáncer de pulmón, un recordatorio incómodo de los bellos años que pasó prendiendo fósforos y aspirando humo.

Eso sucedía en los múltiples cuadernos que Guido Tamayo había venido acumulando por cerca de cuatro años, en el cuaderno rojo en el que trataba de organizar sus recuerdos, en la pantalla del computador donde intentaba darle un orden a todo, hasta el punto de sumar más de 200 páginas.

Así, se dio cuenta de que el texto que aún no tenía nombre ni identidad, era una historia sobre su amigo, sobre él, sobre el mundo que compartieron.
—La novela es muy sobre Barcelona, que cambió tanto con las Olimpiadas de 1992. Es mi testimonio sobre la ciudad que ya no encuentro. Como el café Marsella, que era tan exótico y se volvió un punto turístico espantoso —confiesa.

Entre párrafos y hojas fue recuperando la Barcelona de los años 80, a la que llegó siendo un periodista recién graduado de la Universidad Jorge Tadeo Lozano, la ciudad en que iba a doctorarse de Ciencias de la Información en la Universidad Autónoma de Barcelona, en la que dejó a un lado sus sueños de investigador para crear unos más literarios gracias a sus reuniones con escritores latinoamericanos exiliados y olvidados, a las presentaciones de libros, a las novelas en las que se sumergía, a las funciones de cine donde se permitía soñar. Fue una década intensa, que terminó en octubre de 1990 cuando regresó a Bogotá sin su título de posgrado pero decidido a jugársela toda por la gestión cultural. Y por supuesto, por la literatura.

Ya en 2010, Tamayo se encontró con la convocatoria al Primer Premio de Novela Corta de la Javeriana. La condición de entregar un mínimo de 50 páginas y un máximo de 100 (posteriormente, en esa edición, se ampliaron a 120) lo obligó a convertirse en su propio editor. Recortó los recuerdos excesivos para privilegiar escenas concretas, significativas, y también le dio mayor profundidad al diario de Miguel de Narváez, narrado en una tercera persona extraña que, sin embargo, le permite al lector ir entendiendo cada pliegue de su vida.

Al final, Tamayo obtuvo la extensión requerida a pesar de cierto temor en el resultado final.
—La novela está al borde del lugar común absoluto: del romanticismo, el escritor maldito, la ciudad, la absenta, la puta. Y yo era consciente de que todos ellos amenazaban a la novela.

La tituló El inquilino y envió las tres copias reglamentarias al Departamento de Literatura javeriano. Su nombre en un sobre sellado; un augurio en la portada: Miguel de Camus.

Novela 1


Capítulo 3

En la mañana del 18 de noviembre de 2010 se entregó el premio. Al auditorio Félix Restrepo acudieron los seis finalistas escogidos por los escritores Roberto Burgos Cantor, Luz Mery Giraldo y Rodrigo Parra, los jurados. Su veredicto: El inquilino había sido la novela más destacada de entre los 68 manuscritos recibidos. Guido Tamayo recibió el aplauso del ganador.

Un año después El inquilino vería la luz en una primera edición a cargo de Random House Mondadori, como se había convenido; Malditos hermosos, de Miguel Mendoza Luna, recibió el segundo lugar y fue editada por la Editorial Javeriana. Así se inició la tradición: el premio se entregaría cada dos años a la mejor obra inédita escrita en español por un colombiano (en 2014 ese requisito se eliminó), que sería publicada por una editorial reconocida; el segundo lugar se sumaría al catálogo literario de la Javeriana.

El ganador también se convertiría en jurado de la siguiente edición, salvo contratiempos de fuerza mayor.

Esa tradición ha dejado otros tres premios de novela corta, ganados en 2012 por Carlos Castillo con su relato Alicia Cocaine (por diferencias editoriales fue publicado en 2016 por E-ditorial), en 2014 por el ecuatoriano Raúl Vallejo con Marilyn en el Caribe (Mondadori, 2015), y en 2016 por Marcela Villegas con su ópera prima Camposanto (otras diferencias editoriales la llevaron a ser publicada por Sílaba Editores en 2018); a la par, la Editorial Javeriana ha editado a los segundos lugares: El atajo, de Mery Yolanda Sánchez (2014); El museo de la calle Donceles, de Rigoberto Gil (2015); y Morderse las uñas, de la mexicana Itzel Guevara (2017).

Durante todo este tiempo, El inquilino ha ido conquistando lectores en Estados Unidos, México y Perú, al igual que en Colombia, en las seis ediciones que han salido a librerías (la más reciente, de Tusquets, se dio en 2017); asimismo, Random House Mondadori publicó Juego de niños, la segunda novela de Tamayo, en 2016, a la cual le seguirá otra que hoy atraviesa el mismo camino entre los cuadernos sueltos, el cuaderno rojo que ordena la historia y el computador.

Así ha sido desde entonces. Eso lo acepta Guido Tamayo, quien no duda en afirmar que el Premio de Novela Corta de la Javeriana le torció el rumbo.
—Sin ninguna retórica, el premio lo pone a uno en un lugar que no es esquivo: el de admitir que tiene que dedicarse a la literatura.

Novela 2


Capítulo 4

La mañana ha avanzado un poco, ahora los carros corren con menor prisa por la Circunvalar. Afuera, el sol ha comenzado a asomarse de manera tímida; adentro, Cristo Figueroa sigue rememorando lo que han sido estos últimos ocho años coordinando la logística del premio.
—Aprendimos que la recurrencia de calidad hace que la gente empiece a ver que la novela corta no es un juego —asegura, y su voz envuelve a los 52 manuscritos (cada uno con tres copias, una por jurado) que descansan sobre una mesa en el ambiente contiguo de su oficina—. Esa dimensión de la complejidad de la trama narrativa ha ido in crescendo.

Mucho más tarde, después de que cada copia fue entregada y leída por los académicos María Piedad Quevedo y Jeffrey Cedeño, al igual que por el escritor Giuseppe Caputo, se decidió que los finalistas de la edición 2018 fueron:

  • Siempre nos quedará Bogotá, de Nina Murray.
  • Una camisa invisible, por Thackeray.
  • La superficie del día, de A. Madero.
  • Si es que el sur es un lugar abajo, escrita por Estéfano Tsitsipas.

Los propietarios de cada seudónimo descansan en un sobre que solo conocen los jurados y el propio Figueroa. El ganador será anunciado el 12 de septiembre, durante la celebración del Tercer Encuentro Javeriano de Arte y Creatividad.

Pero mientras llega ese día, Figueroa, hoy como profesor pensionado, se aventura a delinear lo que puede venir.
—Ya está decidido que el premio tiene que ser bienal, pero echo de menos si no será necesario crear unos talleres específicos para novela corta como forma de praxis —afirma, y sus ojos se clavan en el estante con sus libros de cabecera —. Tendríamos que volver a hacer un estudio, porque la brevedad también se estira.