Literatura infantil, clave para resolver conflictos de niños y niñas

Literatura infantil, clave para resolver conflictos de niños y niñas

Había una vez una niña bonita, bien bonita.
Tenía los ojos como dos aceitunas negras, lisas y muy brillantes.
Su cabello era rizado y negro, muy negro, como hecho de finas hebras de la noche.
Su piel era oscura y lustrosa, más suave que la piel de la pantera cuando juega en la lluvia”.

Este es el inicio del cuento Niña Bonita, escrito por la brasileña Ana María Machado. Es uno de los ocho cuentos que los profesores de Psicología de la Pontificia Universidad Javeriana, Andrea Escobar y Mario Gutiérrez, utilizaron como herramienta para entender el rol que asumen los niños frente a conflictos o situaciones que se les presentan en la cotidianidad a partir de la literatura. Buscan con ello trabajar temas como la ansiedad por el abandono o el encuentro con los amigos, entre otros.

Su interés por conocer cómo los niños se posicionan frente a los conflictos nace de diversas preguntas: ¿Cómo están resolviendo sus problemas? ¿Cómo hablan de sus puntos de vista? ¿Cómo los transforman? “Este proceso se da por medio del uso de herramientas que pertenecen a su cotidianidad, no por herramientas pedagógicas o psicológicas. El cuento resulta ser un mediador muy importante que propicia entender al otro y, gracias a éste, surgen posiciones diferentes en el diálogo, encuentros y desencuentros acerca de lo que pasa en la narración”, explica Escobar.

La metodología de investigación se concentró en varios espacios de lectura con los niños de un colegio en el barrio El Codito, al norte de Bogotá. En estos momentos compartidos por niños de transición a quinto de primaria, leyeron con ellos varios cuentos para ver cómo interactuaban con la historia teniendo en cuenta que hay un conflicto subyacente a lo largo del cuento y posiciones diferentes entre los personajes.

Niña Bonita, por ejemplo, cuenta la historia de un conejo blanco que ha quedado sorprendido por la belleza de una niña afrodescendiente, especialmente por su color de piel, que considera hermoso. Esta situación puso en conflicto a los niños no solo por su concepción de la belleza, sino de la mentira, pues cada vez que el conejo le preguntaba a la niña “Niña bonita, niña bonita, ¿cuál es tu secreto para ser tan negrita?”, la niña inventaba alguna respuesta. La resolución de conflictos en los niños se da desde aceptar que el otro puede equivocarse, y al ponerse en sus zapatos -en este caso de los personajes- entender que los demás sienten y piensan igual que ellos. A la vez hay cosas que les duelen, desarrollan comprensión y aceptación frente a quienes los rodean.

A partir de esta experiencia notaron reacciones particulares por cursos. Inicialmente, les llamó la atención que “el niño pequeño está mediado por el punto de vista del adulto y cuenta mucho más lo que pasa con éste. A la vez, lo que más rescatan suele ser la apariencia física del conejo o de la niña, pero más relacionados con me gusta o no me gusta, o con experiencias de la vida de ellos”, continúa Escobar. Por el contrario, a medida que aumenta la edad, la descripción de personajes pasa a un segundo plano y se van introduciendo temas nuevos, “por ejemplo, hablar de racismo fue algo que apareció hasta tercero de primaria y es traído por ellos gracias a la manera como los niños conversan frente al cuento infantil. Eso nos llevó a pensar si realmente los niños más pequeños estaban hablando de racismo en algún punto, y encontramos que no. Es algo que se va construyendo, entre otras cosas por el contacto del niño con el entorno, o con otros actores sociales”, agrega.

También resultó llamativo que la edad no impedía a los niños disfrutar de la lectura del adulto, pues, como dice la escritora infantil Yolanda Reyes, “el cuento lo que le genera al niño es la sensación de que mientras él esté con el adulto y el cuento dure, el vínculo no se va a acabar”. De ahí la importancia de leer cuentos con niños y niñas; es ese vínculo con el adulto lo que realmente lo hace interesarse por la historia del cuento.

Durante los momentos de reflexión que se llevaron a cabo después de leer los cuentos, los psicólogos notaron que aunque los niños tendían a ser quienes guiaban las conversaciones, las niñas aportaban comentarios con mayor contenido temático para las discusiones. Y aunque hubiese algunos niños que parecían distraídos o tímidos frente a la conversación propuesta, al conectarse, aportaban puntos de vista que muchas veces cambiaban el ritmo de la discusión e introducían otros temas de debate. Esto se encontró principalmente en los cursos superiores, es decir, niños de tercero, cuarto y quinto realizaron un análisis con mayor profundidad frente a la historia misma y la implicación de las identidades múltiples de los personajes en el desarrollo del cuento, lo cual demuestra que a medida que los niños crecen tienen mayor posibilidad de realizar análisis de los conflictos, contando con muchos más elementos que enriquecen la trama, y al leer cuentos con historias conflictivas podrán situarse desde muchas más perspectivas y entender el conflicto desde diferentes puntos de vista.

Desde el psicoanálisis, Escobar concluye: “Hay que tener cuidado con la estereotipación de los marcos teóricos. Muchas veces, en el afán de clasificar características, se fuerza un marco teórico sobre un hallazgo, y en este caso no podemos decir que todos los niños tendrían más o menos el mismo tipo de posicionamiento de la identidad frente a conflictos ni podemos hablar de una identidad única, total, acabada, íntegra, sino más bien de posiciones de la identidad de acuerdo con los temas que asumen”.

Una de las conclusiones principales de esta primera fase de la investigación es que es fundamental generar conversaciones desde la literatura con los niños. Desde las que se les permita no solo interactuar con la historia misma, sino con los conflictos que puedan vivir los personajes para reconocer al otro como un ser diferente de sí mismo. Además, dicen, se generan espacios de reflexión y aprendizaje en la vida propia, especialmente en el contacto con el otro que le permiten al niño desarrollar múltiples posibilidades para su identidad a un ritmo único en cada caso.

Un recorrido histórico por los Premios Nobel

Un recorrido histórico por los Premios Nobel

Con el anuncio de que los médicos estadounidenses William G. Kaelin Jr. y Gregg Semenza, al igual que el biólogo británico Sir Peter Ratcliffe, obtuvieron el Premio Nobel de Medicina, se dio inicio hoy a una de las semanas más esperadas por la comunidad científica, académica, literaria y política del mundo: la revelación de los ganadores de este reconocido galardón internacional.

Hacia las 5:00 de la mañana, hora colombiana, y después de que el vocero del Instituto Karolinska explicara que el premio se debía a “sus descubrimientos sobre cómo las células sienten y se adaptan a la disponibilidad de oxigeno”, Kaelin Jr., Semenza y Ratcliffe se convirtieron en los galardonados número 110, 111 y 112 en la categoría de Medicina, la cual se entregó por primera vez en 1901.

A lo largo de estos 118 años se ha reconocido el trabajo, investigación y dedicación de 691 científicos y académicos en las áreas de Medicina, Física, Química y Economía (este último comenzó a entregarse en 1968 por iniciativa del banco central sueco), al igual que a la obra literaria de 114 creadores y la mediación propuesta por 133 líderes y expertos en la resolución de conflictos globales.

Con este reconocimiento, se han galardonado a 938 personas y organizaciones con la distinción creada a partir del testamento del químico y empresario sueco Alfred Nobel, más conocido por la invención de la dinamita; consciente del poder destructivo de su obra, en 1895 consignó como su última voluntad que su fortuna fuera dividida en cinco partes para financiar “a aquellos que, durante el año anterior, le hayan prestado el más grande beneficio a la humanidad”.

Por ser una semana destacada en el campo científico, Pesquisa Javeriana conmemora la historia de los Premios Nobel por medio de esta infografía.

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Premios Nobel Línea

Del cuento de hadas a la realidad y el mercado

Del cuento de hadas a la realidad y el mercado

Los sonidos abundan en medio del inmenso espacio de techos altos, luces por doquier y paredes de ladrillo: los gritos infantiles que se repiten de stand en stand, las expresiones de asombro, el paso de las hojas, las voces de los padres explicando ―incluso leyendo― lo que se encuentra en cada página, la pregunta inevitable: “Mami, ¿me lo compras?”. Escenas que se repiten una y otra vez en los pabellones 10 a 16 de Corferias, en Bogotá, el espacio dispuesto durante la Feria Internacional del Libro 2019 para un público especializado y exigente: los lectores de literatura infantil y juvenil.

Decenas de expositores se reúnen en este espacio, acogen las preguntas sobre libros puntuales, proponen nuevos títulos, incluso rebuscan en su inventario o en el de sus allegados por esa edición especial. Sobre las mesas se encuentra todo tipo de mundos: cuentos de hadas, fantasía, novela gráfica, álbumes ilustrados, adaptaciones de clásicos literarios, versiones en prosa de éxitos cinematográficos… Ni qué hablar de los múltiples temas tratados: problemas en el colegio, la llegada de un nuevo hermano, los cambios en la fisionomía, el primer amor, la guerra, la justicia, la decepción, la amistad…

Es el resultado, a fin de cuentas, de un género literario con vida propia. “Es un campo donde se pueden hacer los textos más tradicionales posibles y también los experimentos más diversos”, explica Andrés Montañés Lleras, doctor en Literatura para Niños y Jóvenes de The Ohio State University, autor de El dragón de vapor (Norma, 2015)  y otros libros para el público infantil y profesor de la Especialización en Literatura Infantil y Juvenil de la Pontificia Universidad Javeriana, quien enumera algunas de sus características distintivas: “Más allá de contar con imágenes, sus personajes tienden a ser niños, las temáticas están conectadas de alguna manera con la infancia, la narración tiende a ser lineal y tiende a privilegiarse la perspectiva del niño, así como la acción y el diálogo sobre la descripción”, precisa el académico.

Curiosamente, para muchos autores e ilustradores reconocidos la asociación de sus libros con un público infantil es accidental. Por ejemplo, fueron famosas las palabras de Maurice Sendak, creador de Donde viven los monstruos ―en 2009 se estrenó la película basada en este libro infantil, dirigida por Spike Jonze― sobre su aversión a los niños, producto de una infancia problemática, pues su obra era más bien un escape para expurgar esos demonios internos. Otros autores, como Quentin Blake, han declarado su preferencia por una vida en pareja sin hijos.

Pero es la posibilidad de crear relatos a través de las experiencias personales y esa alquimia entre arte y literatura lo que más atrae a los autores a escribir, principalmente, para niños. O, en el caso de los escritores de historias para jóvenes, hablar sobre los temas que, supuestamente, están vedados al público infantil.

“Mucho artista plástico que ha sido ilustrador se ha pasado a este campo porque se da cuenta de que es un espacio idóneo para la experimentación, donde siempre está abierta la posibilidad de crear, de abordar los intereses personales desde lo narrativo hacia lo visual”, destaca Juliana Capasso, artista plástica, magíster en Ilustración para Niños y Jóvenes de la Universidad de Cambridge, en Inglaterra, ganadora de varios concursos de ilustración y edición infantil y juvenil, y docente de la Especialización en Literatura Infantil y Juvenil de la Javeriana.

C´redito
Ilustración de ‘Donde viven los monstruos’, de Maurice Sendak. / A. Currell, Flickr.


Y Caperucita roja se volvió adolescente…

De entre las miles de opciones que un padre puede elegir para su hijo a la hora de comprarle un libro infantil, sobresalen los cuentos clásicos para niños. Historias como Caperucita roja o Barba Azul, por ejemplo, a menudo editadas en gran formato y con ilustraciones multicolor, consideradas aptas para niños por traer un mensaje aleccionador. Lo curioso es que, en sus orígenes, estos relatos distaban mucho de ser aquellos “cuentos inocentes” que conocemos hoy en día.

“En la época de los Hermanos Grimm, lo que el adulto creía que el niño debía conocer no es lo mismo que el niño de hoy necesita. Y como esa concepción de la infancia cambia según la cultura, el tiempo y el contexto, también lo hace en la literatura”, explica Capasso para ilustrar que los llamados cuentos de hadas a menudo tratan historias de muerte, abandono, castigos extremos por fallas en el comportamiento (como la curiosidad femenina, precisamente, en el caso de Barba Azul), guerra…

Un caso especial es Caperucita roja, la historia clásica del folclor europeo cuyo origen puede rastrearse hasta el siglo X. La versión más conocida es la adaptación hecha en 1697 por el escritor francés Charles Perrault sobre la niña que se pierde en el bosque por desobedecer a su mamá y cae víctima de un lobo malvado, para, al final, ser rescatada por un leñador; sin embargo, la obra original de Perrault no contemplaba el rescate y terminaba de forma trágica pero aleccionadora: “Era un cuento específico para las niñas que vivían en la Corte del rey, pues corrían ciertos peligros”, añade Capasso.

Aquella versión traía una moraleja que se perdió con el tiempo:

“La niña bonita, la que no lo sea
que a todas alcanza esta moraleja,
mucho miedo, mucho, al lobo le tenga,
que a veces es joven de buena presencia,
de palabras dulces, de grandes promesas,
tan pronto olvidadas como fueron hechas”.

Crédito
/iStock.

Hablar sobre los orígenes de la literatura infantil es entender también el nacimiento de la industria editorial. Si bien algunos teóricos se remontan a la Grecia antigua para señalar a las fábulas de Esopo como el primer referente histórico, un consenso generalizado establece a la Europa del siglo XVII como su cuna. Y el pionero es Orbis Sensualium Pictus (cuya traducción puede ser El mundo visible en imágenes), un libro de texto escrito en latín y alemán por el educador checo John Amos Comenius, publicado en Nüremberg (actual Alemania) en 1658, que explicaba lecciones sobre religión, botánica, zoología y actividades humanas, entre otros temas, por medio de grabados. “Es el primer libro álbum, el primero con imágenes, aunque con un fin educativo”, explica Montañés.

En las décadas siguientes, Inglaterra fue consolidando su industria editorial con innovaciones técnicas y nuevas temáticas que muy pronto conquistaron audiencias entre los más chicos; así surgieron otros referentes como John Newberry, creador de A Little Pretty Book For Children o The History of Little Goody Two-Shoes, textos con protagonistas humildes que gracias a su virtud logran salir de la pobreza. Pero más allá de sus historias, Montañés resalta su visión: “Él, curiosamente, fue más editor que autor. Fue el primero en darse cuenta de la existencia de un negocio para venderles libros a los niños; de hecho, sus primeras ediciones venían en combo con un juguete incluido”.

Más adelante, tras la Revolución industrial, se crearon las condiciones propicias para el desarrollo de un mercado. “Desde el punto de vista de industria, muchos de los inventos y de las innovaciones editoriales estaban en Inglaterra. De una u otra manera había que pasar por ese mercado para distribuir libros. Es también cuando los editores se dan cuenta de que la audiencia es una mina de oro y los autores se convierten en celebridades. Y surge el potencial de lo que es un personaje, una colección, una serie que gira en torno a ese protagonista”, comenta Capasso, quien pone de ejemplo a Beatrix Potter, creadora de Peter Rabbit, un conejo travieso que apareció a comienzos del siglo XX en seis álbumes con ilustraciones a color, todo un avance para la época. Potter se convirtió en una auténtica celebridad porque fue de las primeras escritoras en conceder derechos para la explotación comercial de sus personajes, que aparecieron en figuras cerámicas, platos, muñecos, entre otros.

El siglo XX trajo también sus propias transformaciones, incluido el surgimiento de la llamada literatura juvenil. Fue debido a las guerras mundiales y a sus trágicas consecuencias que los autores comenzaron a tratar ciertos temas “vedados” para el público estrella del mercado editorial, tales como la guerra, la muerte, y la idea de un mundo idealizado que se ha perdido para siempre. Estas historias comienzan a mezclarse, en un primer momento, con la fantasía y la ciencia ficción, produciendo referentes como El hobbit y El señor de los anillos, del académico inglés J.R.R. Tolkien.

El segundo momento se daría en los años 60 en Estados Unidos, producto de la contracultura y los cambios sociales de la época , así como la aparición del adolescente (que en el mundo editorial suele situársele a partir de los 15 años) como consumidor. “Se empieza a hablar de enfermedades mentales, sexo, padres solteros, divorcio, alcohol, drogas, pandillas, todo muy relacionado a eventos como la revolución feminista y la lucha por los derechos civiles”, cuenta Montañés.


¿Y la producción colombiana?

A la salida del Pabellón Infantil en la FILBO, los gritos, las preguntas y expresiones de asombro vuelven a repetirse. Padres y niños se centran ahora en la exposición ‘Pombo, el aprendiz’, que la Fundación Rafael Pombo ha dispuesto con réplicas de los conocidos personajes del escritor bogotano: Simón el Bobito, La Pobre Viejecita, El Gato Bandido, Mirringa Mirronga.

Pombo es, de hecho, el padre de la literatura infantil en Colombia, pero su trabajo fue muy diferente del que se acostumbra a enseñar en el aula de clase. “Hay que destacar a Rafael Pombo, pero él no es autor: fue traductor y adaptador, y uno muy bueno”, comenta Capasso. La investigación literaria ha establecido que el colombiano se sirvió, durante sus viajes a Nueva York en la segunda mitad del siglo XIX, de las canciones populares inglesas para crear su particular mundo: Simón el Bobito reproduce pasajes específicos de Simple Simmon, un ingenioso niño que busca salir de la pobreza, o Rin Rin Renacuajo se asemeja bastante a Frog Went A-Courting, cuyo protagonista es una rana con tintes de donjuán.

Sin embargo, Capasso desestima cualquier reparo que pueda surgir ante el trabajo de Pombo: “El cogió textos ingleses y norteamericanos, los trajo al país y los tradujo al español adaptándolos al costumbrismo cachaco de la época. Y eso no lo demerita para nada: es dificilísimo ser un buen traductor y adaptador”.

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Pasaje ilustrado de ‘Simple Simmon’. /Internet Archive Book Images, Flickr.

Durante el siglo XX, aquel sería un cuadro común del mercado editorial colombiano, mucho más pequeño que sus contrapartes europeo o norteamericano: las traducciones y las adaptaciones dominarían la producción nacional. Pero a finales de los años 70, con la presencia de Carlos Valencia Editores y de Norma, se dio un renacer del campo, pues fueron los responsables de la publicación de nuevos referentes, como Chigüiro, de Ivar da Coll, y el descubrimiento de nuevos talentos.

Estos esfuerzos se tradujeron también en políticas públicas para promover la lectura, y prueba de ello es el surgimiento de Fundalectura, en 1990, uno de los responsables de que el país cuente actualmente con planes lectores en los colegios. Sin embargo, los años 90 trajeron consigo cambios abruptos en materia económica, lo que llevó a la quiebra o la fusión de los principales actores de la industria. Así, muchos autores se quedaron, de repente, huérfanos. Y por si fuera poco, abundaron las teorías sobre la inminente desaparición del libro a favor de los formatos digitales y electrónicos.

Hoy, el panorama es radicalmente diferente. “El público se da cuenta de que hay un valor agregado como libro-objeto: el libro de colección, que vale la pena tener”, dice Capasso, quien pinta una imagen mucho más esperanzadora: gracias a la aparición de editoriales independientes y de librerías especializadas en temáticas infantil y juvenil, se puede hablar de un renacimiento del campo. “Curiosamente, la literatura infantil es el campo más fuerte de la industria, compite directamente con los libros de autoayuda. Es muy diciente que una editorial como Norma haya cerrado su línea de literatura para adultos pero siga con los libros para niños, porque sigue habiendo un público amplio”, añade Montañés.

Según las cifras más actualizadas de la Cámara Colombiana del Libro, la industria editorial colombiana produjo 18.508 títulos en 2017 de los cuales 921 fueron para público infantil (el segundo grupo más importante, por detrás de los 1.341 registros de textos educativos) y 22 de temáticas juveniles. Ese mismo año el sector facturó $673.900 millones con la venta de 36,8 millones de ejemplares, de los cuales 8,25 millones correspondieron a la categoría temática “infantil-juvenil” (el 22,4%). Este momento coincide con un nuevo interés en el país por la lectura: los resultados de la Encuesta Nacional de Lectura 2017, la más reciente medición del Dane sobre este tema, revelaron que el 51,7% de los colombianos mayores de cinco años lee libros, con un promedio de 5,1 libros leídos al año.

Para los académicos, en el contexto actual se están dando paradojas como padres que no leen y buscan que sus hijos se aficionen por los libros, así como nuevas oportunidades por parte de los editores para buscar nuevo talento y la próxima gran obra que pueda plasmarse, y reproducirse, en otros formatos, como películas, videojuegos, etc. Pero todo esto puede traer grandes riesgos asociados: “Hay una producción importante, hay consumo de literatura infantil y juvenil, pero estamos quedados en la reflexión acerca del campo y en la creación de un ámbito crítico en torno a él”, señala Montañés.

Un ejemplo se encuentra en la industria editorial local, que, a pesar de este boom, sigue marcada por iniciativas independientes, casi en solitario. “Ha habido prácticas desde lo solitario, pero si no nos unimos como gremio, en todo el sentido de la palabra unión, va a ser muy difícil profundizar en el campo. Hay que dejar de lado el pensamiento de ‘soy yo con mis cosas’, es importante saber cómo funciona la parte del otro y cómo nos damos la mano”, comenta Capasso, quien añade que los espacios académicos pueden tener un fin articulador: “Desde el ámbito académico el mensaje es compartir y hacer un trabajo en equipo, pero ha sido difícil porque la academia ha estado alejada de esta labor”.

/Juliana Capasso
/Juliana Capasso
El sonido de las palabras en el Hay Festival

El sonido de las palabras en el Hay Festival

Col Música IL

El Hay Festival es un encuentro de relatos del mundo desde diferentes miradas y expresiones humanas. Todas las historias se entrecruzan en el Caribe y este lugar se convierte en su epicentro. Y es que el Caribe es esa porción de mundo en el mar en la que todos los continentes convergen y surgen culturas diversas que nos llevan a África, Europa y Asia, pero que no se desprenden de América. Desde el Caribe colombiano, el Hay Festival nos hace una invitación que se convierte en lema: “Imagina el mundo”. Hagamos, pues, el ejercicio.

Imagina el mundo. Imagínalo desde la palabra, el sonido, el gusto, la imagen o el color. Ahora, imagínalo desde el gran Caribe. Allí, entre tierra y agua surge el mundo. Las islas brotan como flores sobre el mar, las costas se mojan en ríos de dulce y océanos de sal. El mundo se despierta con el sol y en la noche la marea le canta un arrullo, entonces todo vibra con la frecuencia de las olas. La música está implícita en la esencia del mar Caribe, porque suena por sí solo. Y allí aparece el son y la cumbia, la salsa y el merengue, el calipso, el reggae. Imagina el mundo y prescinde de todo, menos del sonido. Porque todo lo que existe vibra, y todo lo que vibra suena.

De esa región Caribe es protagonista una de las invitadas musicales al Hay Festival: Totó la Momposina, la gran cultora de la cumbia. Si pensamos en su música, encontramos mestizaje y herencia, pero sus canciones son, antes que nada, literatura. Como poemas, Totó canta versos sencillos y reales, que ha tomado prestados de autores como José Barros para inmortalizarlos. Rima el primero con el tercero, y el segundo con el cuarto para describir su entorno. Las letras son su manera de imaginar el mundo y de hacerlo sonar de acuerdo con su experiencia. Evoca siempre a la naturaleza porque toda su vida ha estado en contacto con ella. Nacer en medio del Magdalena, en una tierra calurosa y tostada por el sol, la lleva a cantarle al Aguacero e’ mayo, a la Candela Viva, a La verdolaga o a El pescador, que narra la cotidianidad de regiones bordeadas por agua: “Habla con la luna, habla con la playa / no tiene fortuna, solo su atarraya…”

Escuchar la música de Totó es remitirse a su entorno, pero, sobre todo, sentirlo. Su música es universal porque es honesta, sin pretensiones; porque los ritmos caribeños nos tocan a todos, pues es ese lugar del mundo donde confluyen los continentes; porque canta a la tierra, que, como el sonido, es parte esencial de nuestra existencia. Totó la Momposina hace literatura que suena y por eso su presencia en el Hay Festival era necesaria para hablar del mundo. La música, acompañada de la palabra, trasciende el discurso y nos permite ir más allá de imaginar el mundo; nos hace sentirlo.

 


*Comunicadora social y música javeriana.

El año sin Premio Nobel de Literatura

El año sin Premio Nobel de Literatura

Henao de Brigard
Este año, la Academia Sueca tomó la decisión de no conceder el premio Nobel de Literatura. Las graves denuncias de acoso sexual y corrupción afectaron la credibilidad de la institución y condujeron a la renuncia de varios de sus miembros, entre ellos la de su presidente, Sara Danius, y la de la escritora Katarina Frostenson, cuyo marido, el francés Jean-Claude Arnault, fue acusado de acosar y abusar de 18 miembros femeninos. Arnault utilizaba un centro cultural —del cual era director, y que se había constituido en el filtro de la escena cultura sueca— para presionar y acosar a las mujeres.

Gran parte de la fama de la Academia se debe al aura de inaccesibilidad que la rodea, la cual ha conducido a que sus miembros hayan tomado con frecuencia decisiones discutibles: unas de ellas arriesgadas, otras mediocres, y algunas otras hasta absurdas. Lo ocurrido ha desvelado que, en realidad, era un grupo que aprovechaba su poder mundial a cambio de favores locales.

Entre tanto, y con la ayuda de un grupo de juristas, la Academia Sueca ha efectuado una interpretación de los estatutos, que datan de 1786, para ajustarla a los tiempos actuales; los resultados, sin embargo, no se han dado aún a conocer.

Hacía 75 años que la Academia Sueca no dejaba de conceder el Premio Nobel de Literatura. En este tipo de casos, se concede un premio doble al año siguiente. Así, pues, en 2019 tendremos a dos ganadores.


*Profesor asociado del Departamento de Literatura, Pontificia Universidad Javeriana.

A vivir la creación en el III Encuentro Javeriano de Arte y Creatividad

A vivir la creación en el III Encuentro Javeriano de Arte y Creatividad

‘Fronteras éticas y estéticas de la creación’ es el marco conceptual del III Encuentro Javeriano de Arte y Creatividad, convocado por la Pontificia Universidad Javeriana, para que la comunidad académica participe de las diferentes actividades que reflexionan en torno a la producción de conocimiento artístico y a los procesos de creación-investigación.

Este Encuentro busca fomentar y divulgar las fortalezas de la Javeriana en áreas creativas como música, artes visuales, artes escénicas, diseño, arquitectura, literatura y producción audiovisual. Por ello, en su programación ofrece exposiciones, foros académicos, talleres de diseño y arquitectura, performances, obras de teatro, premios, diálogos con la industria cultural y conciertos, entre otros.

Al abordar las fronteras o límites de la creación se busca generar espacios para continuar la discusión frente a las transformaciones que han venido sufriendo las prácticas artísticas, especialmente en un momento en el que los límites entre arte, ciencia, tecnología e intervención social se han vuelto cada vez más difusos.

Universitarios, gestores culturales y artísticos de Bogotá, Cali y Medellín reflexionarán alrededor de la creación artística y su papel en la sociedad; además, disfrutarán de una muestra estética diversa desde las artes escénicas, pasando por la música, las narrativas literarias, audiovisuales y periodísticas, y terminando en la música.


Invitados internacionales

Anna Furse, dictará la conferencia ‘Ética en la creación’
Martes 11 de septiembre a las 8:30 a.m.

Bailarina de formación clásica en The Royal Ballet. Dirige en la Universidad de Londres la Maestría en Performance Making en Goldsmiths, un programa de laboratorio internacional en teatro/danza/creación de arte en vivo. Ha desarrollado su propia metodología de entrenamiento de movimiento basada en una variedad de influencias de sus estudios con Peter Brook en el CIRT en París, ‘paratheatre’ con Teatr Laboratorium de Grotowski en Polonia, danza postmoderna (por ejemplo, la improvisación de contacto) y las artes marciales (por ejemplo, Tai Chi, Capoeira y Aikido).


Alberto Levy
, dictará la conferencia ‘Arte, ciencia y tecnología’
Miércoles 12 de septiembre a las 8:00 a.m.

Ingeniero en computación que mezcla arte con tecnología para contar historias de formas no tradicionales. Maestro en Telecomunicaciones Interactivas por la Universidad de Nueva York. Considerado un “Innovation Evangelist” por Harvard Business Review y por el Foro Económico Mundial. Conferencista internacional, consultor de tecnología y mercadeo, estratega ejecutivo y alma creativa con la habilidad de continuamente romper paradigmas con nuevas propuestas para la innovación y la transformación en organizaciones, gobiernos, marcas y consumidores. Ha trabajado en más de 10 países, 1.500 proyectos y 300 clientes incluyendo muchas compañías Fortune 500.


Actividades más destacadas

Exposición Desmárgenes
Del 31 de agosto al 20 de septiembre. Edificio Gerardo Arango, S.J. Inauguración 31 de agosto, 5:30 p.m.

Ocho universidades de Bogotá, Medellín y Cali hacen parte de la exposición ‘Desmárgenes’, un espacio que gira alrededor del concepto de frontera, ya sea que se trate de fronteras éticas, geográficas, conceptuales, estéticas o de otra índole. Esto resuena con la reiterada visión de la generación de conocimiento nuevo como un ejercicio de “correr fronteras”. ¿Qué tipo de fronteras pretende abrir el conocimiento generado en el arte? ¿Cómo se entiende el conocimiento nuevo en un proyecto de investigación-creación? O, por otro lado, ¿hasta qué punto la renuncia a traspasar fronteras puede constituir en sí misma una resistencia a una cultura obsesionada con la innovación?


Foros académicos
11, 12 y 13 de septiembre de 8:30 a.m. a 6:00 p.m.

Incluye las conferencias de los invitados internacionales, paneles de discusión con la participación de profesores y artistas nacionales y la presentación de ponencias y poster de resultados de creación e investigación-creación de estudiantes, egresados y profesores javerianos.


Pitch de emprendimientos culturales
12 de septiembre, 5:00 p.m.

Nueve iniciativas de estudiantes, egresados, profesores y empleados administrativos de la Javeriana en las que expondrán su emprendimiento ante compradores, programadores y representantes de las industrias creativas del país.


Conversatorio sobre patrimonio jesuítico y recital en la Iglesia de San Ignacio
14 de septiembre, 9:00 a.m.

Los panelistas serán Felipe González Mora, Jorge Enrique Salcedo S.J., Gloria Zuloaga. Moderará Germán Mejía, historiador y decano de la Facultad de Ciencias Sociales de la Javeriana.

En el marco del conversatorio sobre la manzana jesuítica y el patrimonio cultural de la Compañía de Jesús, a cargo del Instituto Carlos Arbeláez Camacho (ICAC) de la Facultad de Arquitectura y Diseño, se interpretará la obra Trisagio al Sagrado Corazón de Jesús, del compositor Daniel Zamudio, quien fuera organista de San Ignacio en las primeras décadas del siglo XX.


Otras actividades:
talleres y muestras de arquitectura y diseño, el primer Congreso Latinoamericano de Vientos y Percusión, performance Los Mayúsculos, Festival de Sonidos Enraizados y la entrega del Premio Nacional de Novela Corta PUJ y el Premio Bienal a la Creación Artística Javeriana.

La entrada a las diferentes actividades no tiene costo, está abierto a cualquier persona interesada. Solo debe inscribirse en www.javeriana.edu.co/arteycreatividad.

Historia corta… de novela

Historia corta… de novela

Prólogo

La llamada le quitó el aliento.
—Es para contarte que se murió Miguel…

Aquella noticia a inicios de 2006 alteró por completo el día de Guido Tamayo. El hilo de sus clases de escritura comenzó a diluirse, al igual que los temas que había preparado para esa sesión; por su mente iba y venía una pregunta constantemente: ¿por qué dejé de hablarme con Miguel? Sin respuesta, una imagen comenzó a intrigarlo, a obsesionarlo.
—Me lo imaginé en el momento de su muerte —recuerda hoy, al ritmo de un café. Con la poca información que le habían dado, vio a Miguel de Francisco, su gran amigo de los años 80, moverse con dificultad por su apartamento de París, enfrentando con dignidad el cáncer que le estaba ganando la pelea. Lo vio dirigirse a la cocina por un café y caer allí, dar el último respiro sobre el piso… Tres días después un vecino encontraría su cuerpo sin vida.

Esa imagen que va y viene en la mente de Tamayo, lo ataca en los recesos entre clases, a la hora del almuerzo, antes de dormirse. Y solo encuentra la paz cuando, en un cuaderno al azar, se dedica a capturar los pocos recuerdos que le quedan de la vida con aquel escritor colombiano olvidado por su propio país, que en los años 80 le enseñó las venas profundas de Barcelona, sus sombras, sus excesos.

Así, Guido Tamayo revivía en el recuerdo al hombre que le enseñó lo que implica la rutina del escritor.
—Fue el momento en que el material documental, el material memorístico y la investigación comenzaron a juntarse con la ficción, que es la que lo moldeó todo —dice hoy, 12 años más tarde, la mirada puesta en un punto que no existe.


Capítulo 1

Un lugar común: una mañana fría en Bogotá. Más allá de la ventana, los carros avanzan con prisa por la Avenida Circunvalar pero no se escuchan: adentro, en la oficina de dos ambientes de la Pontificia Universidad Javeriana, el silencio reina. Perfecto para pasarse todo el día leyendo.

Claro que ese silencio no es constante: se interrumpe con la voz fuerte, profunda de Cristo Figueroa. Sus palabras traen el sonido de las sabanas de Córdoba, se adueñan del escritorio repleto con pequeños papeles y artículos académicos, rebotan en el estante donde reposan los libros de consulta frecuente, se posan sobre la mesa auxiliar, allí donde más de 150 documentos anillados esperan ser leídos.

Y el silencio se rompe con una confesión.
—Todo el grupo de profesores teníamos nostalgia de que se nos haya ido la creación por las orillas, si siempre la hemos cultivado.
Figueroa es un testigo de lujo. Fue estudiante javeriano de arquitectura a inicios de los años 70, cuando el frío de las mañanas se colaba hasta los huesos, pero eso es solo un dato menor: su verdadera historia inicia en el segundo semestre de 1971, cuando cambió las reglas y las maquetas por la filosofía y las letras, pero, en esencia, por la palabra escrita. Y así se fue convirtiendo en una voz autorizada de ese intrincado camino que el estudio literario ha tenido con la Javeriana, en especial desde que el padre jesuita Enrique Gaitán regresó de la Sorbona para fundar lo que hoy es el Departamento de Literatura y enseñar a leer más allá del párrafo.

Si bien en la Javeriana se había impulsado desde el principio el estudio de las obras publicadas, también se había animado a sus estudiantes a incursionar en la creación de textos escritos. Pero con el paso de los años, esa labor se había ido perdiendo en la memoria colectiva; en parte, por pensar demasiado las cosas.
—No sé si fue una especie de timidez o que nosotros todo lo decantábamos, el caso es que la Universidad de Antioquia se nos adelantó con el Premio Nacional de Poesía. Más tarde, el Externado organizó su concurso de cuento y el Ministerio de Cultura lanzó el Premio Nacional de Novela… Y de pronto un día reaccionamos.

Tampoco fue un proceso único, inmediato. Ocurrió en 1998, cuando ya Figueroa se había convertido en uno de los directores del departamento, que ese año invitó al escritor puertorriqueño Luis Rafael Sánchez a dictar una serie de seminarios sobre el oficio de escribir. A él le escuchó por primera vez que había que ponerle cuidado a la novela corta, que era su obsesión personal: solía diseccionarla en los cursos de doctorado que dictaba en Nueva York, en Miami, en San Francisco, en Washington.

—Nos comentó que implicaba una mirada peculiar y que era un género que tenía que ver con las urgencias del tiempo. Es una mirada que contrae y dilata. No es un cuento, de una concentración específica, pero tampoco hace suya la ampliación que implica la novela —explica Figueroa entornando los ojos, reviviendo en su memoria aquellos días en que la propuesta fue calando lentamente en todo el cuerpo profesoral—. Eso el país no lo tenía, había que crear una sensibilidad y una praxis, y para eso lo mejor era un concurso.

Aunque la decisión estaba tomada, pasaron muchos años para que se concretara: en el camino había que consolidar económicamente al departamento, fundar la revista especializada Cuadernos de literatura para publicar las investigaciones que se producían cada semestre, becar a los mejores estudiantes para que desarrollaran su obra académica en la Javeriana. Por supuesto, también había que investigar sobre aquello que se llama novela corta…

Más adelante, en 2010, el premio se materializó. Con una partida del presupuesto central lo lanzaron al público, destinaron $10 millones al ganador y, por medio de la Editorial Javeriana, consiguieron que Random House Mondadori publicara la obra ganadora (el segundo lugar vería la luz con el sello javeriano). Así fue como Colombia contó con un nuevo premio literario.


Capítulo 2

Miguel de Francisco seguía con vida. Más allá de los recuerdos de quienes lo conocieron y de sus libros, como las novelas Amigos del alma, Armario de solterones o El enano y el trébol, ausentes en el mercado editorial colombiano, él respiraba, actuaba, se quejaba, deambulaba.

Ahora se llamaba Miguel de Narváez y transitaba las calles de Barcelona, entraba al Marsella, un bar donde bebía absenta, ahuyentaba su soledad por breves momentos en el cuerpo de Encarna, la heroinómana que se vendía a quien pudiera costearle su adicción, se lamentaba por la muerte de la mujer que no completó la traducción de sus libros al francés, trataba de olvidar la herencia que su familia colombiana le había impedido cobrar. Y, por encima de esas tragedias, escribía. Golpeaba con fuerza las teclas de su máquina de escribir para olvidar que era víctima del cáncer de pulmón, un recordatorio incómodo de los bellos años que pasó prendiendo fósforos y aspirando humo.

Eso sucedía en los múltiples cuadernos que Guido Tamayo había venido acumulando por cerca de cuatro años, en el cuaderno rojo en el que trataba de organizar sus recuerdos, en la pantalla del computador donde intentaba darle un orden a todo, hasta el punto de sumar más de 200 páginas.

Así, se dio cuenta de que el texto que aún no tenía nombre ni identidad, era una historia sobre su amigo, sobre él, sobre el mundo que compartieron.
—La novela es muy sobre Barcelona, que cambió tanto con las Olimpiadas de 1992. Es mi testimonio sobre la ciudad que ya no encuentro. Como el café Marsella, que era tan exótico y se volvió un punto turístico espantoso —confiesa.

Entre párrafos y hojas fue recuperando la Barcelona de los años 80, a la que llegó siendo un periodista recién graduado de la Universidad Jorge Tadeo Lozano, la ciudad en que iba a doctorarse de Ciencias de la Información en la Universidad Autónoma de Barcelona, en la que dejó a un lado sus sueños de investigador para crear unos más literarios gracias a sus reuniones con escritores latinoamericanos exiliados y olvidados, a las presentaciones de libros, a las novelas en las que se sumergía, a las funciones de cine donde se permitía soñar. Fue una década intensa, que terminó en octubre de 1990 cuando regresó a Bogotá sin su título de posgrado pero decidido a jugársela toda por la gestión cultural. Y por supuesto, por la literatura.

Ya en 2010, Tamayo se encontró con la convocatoria al Primer Premio de Novela Corta de la Javeriana. La condición de entregar un mínimo de 50 páginas y un máximo de 100 (posteriormente, en esa edición, se ampliaron a 120) lo obligó a convertirse en su propio editor. Recortó los recuerdos excesivos para privilegiar escenas concretas, significativas, y también le dio mayor profundidad al diario de Miguel de Narváez, narrado en una tercera persona extraña que, sin embargo, le permite al lector ir entendiendo cada pliegue de su vida.

Al final, Tamayo obtuvo la extensión requerida a pesar de cierto temor en el resultado final.
—La novela está al borde del lugar común absoluto: del romanticismo, el escritor maldito, la ciudad, la absenta, la puta. Y yo era consciente de que todos ellos amenazaban a la novela.

La tituló El inquilino y envió las tres copias reglamentarias al Departamento de Literatura javeriano. Su nombre en un sobre sellado; un augurio en la portada: Miguel de Camus.

Novela 1


Capítulo 3

En la mañana del 18 de noviembre de 2010 se entregó el premio. Al auditorio Félix Restrepo acudieron los seis finalistas escogidos por los escritores Roberto Burgos Cantor, Luz Mery Giraldo y Rodrigo Parra, los jurados. Su veredicto: El inquilino había sido la novela más destacada de entre los 68 manuscritos recibidos. Guido Tamayo recibió el aplauso del ganador.

Un año después El inquilino vería la luz en una primera edición a cargo de Random House Mondadori, como se había convenido; Malditos hermosos, de Miguel Mendoza Luna, recibió el segundo lugar y fue editada por la Editorial Javeriana. Así se inició la tradición: el premio se entregaría cada dos años a la mejor obra inédita escrita en español por un colombiano (en 2014 ese requisito se eliminó), que sería publicada por una editorial reconocida; el segundo lugar se sumaría al catálogo literario de la Javeriana.

El ganador también se convertiría en jurado de la siguiente edición, salvo contratiempos de fuerza mayor.

Esa tradición ha dejado otros tres premios de novela corta, ganados en 2012 por Carlos Castillo con su relato Alicia Cocaine (por diferencias editoriales fue publicado en 2016 por E-ditorial), en 2014 por el ecuatoriano Raúl Vallejo con Marilyn en el Caribe (Mondadori, 2015), y en 2016 por Marcela Villegas con su ópera prima Camposanto (otras diferencias editoriales la llevaron a ser publicada por Sílaba Editores en 2018); a la par, la Editorial Javeriana ha editado a los segundos lugares: El atajo, de Mery Yolanda Sánchez (2014); El museo de la calle Donceles, de Rigoberto Gil (2015); y Morderse las uñas, de la mexicana Itzel Guevara (2017).

Durante todo este tiempo, El inquilino ha ido conquistando lectores en Estados Unidos, México y Perú, al igual que en Colombia, en las seis ediciones que han salido a librerías (la más reciente, de Tusquets, se dio en 2017); asimismo, Random House Mondadori publicó Juego de niños, la segunda novela de Tamayo, en 2016, a la cual le seguirá otra que hoy atraviesa el mismo camino entre los cuadernos sueltos, el cuaderno rojo que ordena la historia y el computador.

Así ha sido desde entonces. Eso lo acepta Guido Tamayo, quien no duda en afirmar que el Premio de Novela Corta de la Javeriana le torció el rumbo.
—Sin ninguna retórica, el premio lo pone a uno en un lugar que no es esquivo: el de admitir que tiene que dedicarse a la literatura.

Novela 2


Capítulo 4

La mañana ha avanzado un poco, ahora los carros corren con menor prisa por la Circunvalar. Afuera, el sol ha comenzado a asomarse de manera tímida; adentro, Cristo Figueroa sigue rememorando lo que han sido estos últimos ocho años coordinando la logística del premio.
—Aprendimos que la recurrencia de calidad hace que la gente empiece a ver que la novela corta no es un juego —asegura, y su voz envuelve a los 52 manuscritos (cada uno con tres copias, una por jurado) que descansan sobre una mesa en el ambiente contiguo de su oficina—. Esa dimensión de la complejidad de la trama narrativa ha ido in crescendo.

Mucho más tarde, después de que cada copia fue entregada y leída por los académicos María Piedad Quevedo y Jeffrey Cedeño, al igual que por el escritor Giuseppe Caputo, se decidió que los finalistas de la edición 2018 fueron:

  • Siempre nos quedará Bogotá, de Nina Murray.
  • Una camisa invisible, por Thackeray.
  • La superficie del día, de A. Madero.
  • Si es que el sur es un lugar abajo, escrita por Estéfano Tsitsipas.

Los propietarios de cada seudónimo descansan en un sobre que solo conocen los jurados y el propio Figueroa. El ganador será anunciado el 12 de septiembre, durante la celebración del Tercer Encuentro Javeriano de Arte y Creatividad.

Pero mientras llega ese día, Figueroa, hoy como profesor pensionado, se aventura a delinear lo que puede venir.
—Ya está decidido que el premio tiene que ser bienal, pero echo de menos si no será necesario crear unos talleres específicos para novela corta como forma de praxis —afirma, y sus ojos se clavan en el estante con sus libros de cabecera —. Tendríamos que volver a hacer un estudio, porque la brevedad también se estira.