¿Cómo debería aprovecharse un bosque? Algunos pensarán que lo mejor es tumbar todos los árboles con motosierra y poner ganado allí. Otros querrán mantenerlo prístino y libre de cualquier presencia humana. En la mayoría de los casos, estos dos extremos son inviables tanto en términos ecológicos como sociales. El extensionismo forestal es una respuesta para que las comunidades en entornos boscosos logren el desarrollo sostenibles a partir del aprovechamiento del bosque. La Pontificia Universidad Javeriana, junto al Instituto SINCHI, con el apoyo del Ministerio de Ambiente, viene formando a la primera cohorte de extensionistas forestales certificados del país.
Parece que el imaginario colectivo vive bajo una falsa dicotomía en cuanto a la gestión de los recursos naturales. En noviembre del 2025, el precandidato presidencial Santiago Botero dijo: “Si tenemos que acabar el páramo de Santurbán para que cien o mil familias vivan bien, que se traguen ese páramo de Santurbán”. Este falso dilema, repetido por varios políticos y pensadores, pone en contradicción el tener ecosistemas saludables y que las comunidades logren prosperidad material.
Si es así, la destrucción de los ecosistemas se vuelve un mal necesario en pro del bienestar social. Pero esto está muy lejos de ser una justificación razonable. Los ecosistemas han sido administrados por las comunidades que los habitan desde el comienzo de la humanidad. Prácticamente todos han sido intervenidos por la mano humana.
Tan solo en 2024 se publicó un estudio en la revista Science que expuso una enorme red de ciudades de 2.500 años de antigüedad en la Amazonia. Si bien las necesidades de las comunidades contemporáneas son distintas a las de hace miles de años, la urgencia de gestionar los recursos naturales de forma sostenible es la misma. Ahí es donde entra el extensionismo forestal.
Una apuesta por la dignidad y la biodiversidad
“El extensionismo forestal es una tarea de acompañamiento técnico que se hace en el territorio para apoyar a las comunidades locales, a las familias o a las personas en procesos de producción sostenible en entornos forestales”, explica Lilia Roa-Fuentes, coordinadora del programa y profesora de la Facultad de Estudios Ambientales y Rurales de la Pontificia Universidad Javeriana. Es un proceso complejo: implica trenzar la restauración, la conservación y la sostenibilidad usando como cimiento conocimientos tradicionales y científicos.
Algunos ejemplos de extensionismo forestal incluyen el acompañamiento a comunidades para que puedan aprovechar los frutos de la palma de naidí, también conocida como açaí, o la tala selectiva con el menor impacto posible en el hábitat de las especies. Es una práctica que se comprende más en el territorio que en el papel. La caracteriza su capacidad de adaptarse a las necesidades de cada situación. No es lo mismo el aprovechamiento del bosque amazónico que el de uno andino: cuentan con recursos distintos y se forman y enmarcan bajo condiciones particulares.

Es un término relativamente nuevo. Surgió en 2020 con la Política Nacional para el Control de la Deforestación y la Gestión Sostenible de los Bosques 2020–2030, que pretende reducir la deforestación en un 100% para 2030. Cuando se redactó este documento ya se habían detectado cinco núcleos de deforestación en la región amazónica: Sabanas del Yarí–Bajo Caguán, Guaviare (marginal de la selva), sur del Meta, Putumayo y Mapiripán.
Los puntos de deforestación se esparcieron como varicela, y ahora son trece, según el Boletín de Detección Temprana de Deforestación del primer trimestre del 2025. Juntos conforman el arco de deforestación andino-amazónico. La apuesta del extensionismo es transformarlos en núcleos de desarrollo forestal y de biodiversidad.
El protagonismo de la Amazonia en la deforestación en Colombia hace que sea una zona prioritaria para implementar el extensionismo forestal, y fue la inspiración para la formulación del diplomado “Extensionismo Forestal para el manejo sostenible del bosque en la Amazonia colombiana”. Su convocatoria estuvo orientada a personas con arraigo en los departamentos de Putumayo, Guaviare, Meta y Caquetá. “Las personas que tienen arraigo en la región están dispuestas al reconocimiento de saberes tradicionales, a entender el territorio, las dificultades y los mecanismos para superarlas”, señala Roa-Fuentes.
En la inauguración del diplomado, que tuvo lugar en la última semana de noviembre de 2025, Victoria Guaqueta, profesora de la Facultad de Estudios Ambientales y Rurales y quien impartirá un módulo de formación, aseguró: “Más del 48% de los bosques colombianos están habitados por comunidades indígenas. El manejo y conservación de estos bosques depende del conocimiento tradicional de estas comunidades. Vamos a explorar cuáles son los conceptos más importantes para que el extensionista forestal pueda reconocer la importancia de este saber local en el manejo del bosque y en el desarrollo de su labor”.
El impacto tangible de la educación
Tal como lo explica Roa, las vulnerabilidades de la Amazonía colombiana van mucho más allá de la deforestación. Este territorio ha sido sacudido por la violencia, causada por la presencia de actores armados irregulares que han instaurado cultivos ilícitos —culpables parciales de la deforestación —; el acaparamiento de tierras, la ganadería extensiva no sostenible y la construcción de vías ilegales y la tala del bosque. La región también sufre un bajo acceso a la salud y a la educación.
Si realmente queremos frenar la deforestación, la clave está en reducir al máximo todas las vulnerabilidades asociadas a ella. La idea del diplomado es brindar alternativas de desarrollo económico y social que puedan detonar elementos como la reconstrucción del tejido social y la apropiación del territorio, que permitan hacerles frente a las economías ilegales. Al finalizar, habrá plazas disponibles para que quienes estén interesados puedan vincularse formalmente a procesos de extensionismo y comiencen a generar cambios con la mayor prontitud.
“Este diplomado es un proceso de formación actualizado y dinámico, ajustado a las realidades socioambientales de la Amazonía en Colombia, y es una oportunidad para amplificar su impacto junto con otros actores comprometidos con la transformación del territorio a través del uso sostenible de la biodiversidad y del aprovechamiento del potencial ambiental y cultural de la región”, señaló Luz Marina Mantilla, directora general del Instituto SINCHI.
Colombia recibirá en mayo de 2026 a sus primeros 300 extensionistas forestales certificados, con la esperanza de que deje de ser un sueño tener, a la par, desarrollo social y bienestar ambiental. Personas que lideren cambios que rompan el falso dilema entre conservación y desarrollo.



