Este es un puesto ambulante en el centro de Bogotá. Como los demás, tiene una sombrilla, sus ruedas y, por supuesto, no puede faltar un megáfono invitando a los amigos habitantes y visitantes de este sector a acercarse. En eso se parece a los demás. Pero también tiene pantallas, unos objetos curiosos, unas figuras de yeso. “¿Qué están vendiendo? ¿Cuánto cuesta?”, preguntan los curiosos que se acercan. La respuesta no es la que esperaban. En este puesto no se vende nada, pero ofrece la oportunidad de conocer otras Colombias —así, en plural— que se habitan en las regiones.
El Cacharro, como se llama este puesto ambulante, es producto de dos investigaciones del Instituto Colombiano de Antropología e Historia (ICANH) dirigidas por el antropólogo visual Pablo Mora. La propuesta busca promover nuevas narrativas sobre la vida campesina, la diversidad cultural y regional. Todo ligado a las economías populares como un entramado vivo de prácticas que sostienen la cotidianidad en territorios rurales y urbanos. Su historia, como muchas otras en el país, nació por un asunto burocrático.
Aunque parezca increíble, hasta el 2018 los campesinos del país no estaban debidamente incluidos en las estadísticas del Estado. No existía un censo que se basara en una definición rigurosa del campesinado y que incluyera las características particulares de más del 26% de la población colombiana. Fue hasta que un fallo de tutela de la Corte Suprema de Justicia ordenó a los ministerios del Interior y de Agricultura, a la Presidencia y al ICANH, precisar el concepto de campesino y al DANE a que los incluyera en los censos poblacional y agropecuario de manera diferenciada.
Solo en 2018 el Estado colombiano se hizo de manera oficial preguntas como: ¿Qué es un campesino? ¿Cómo viven? ¿Dónde están? ¿Cuántos son? ¿Cuáles son sus demandas y necesidades? “Economías Populares” y “Vidas Campesinas”, las dos investigaciones del ICANH, aportan respuestas a estas preguntas, además que las problematiza y añade matices. La visualidad y lo sonoro, son parte de la riqueza con la que contribuyen a la discusión.
Tras años de investigación por diversas regiones, las investigaciones tenían conclusiones y hallazgos profundos, sensibles, necesarias, pero ¿quién las estaba viendo? De allí que decidieran crear un archivo multimedia compuesto por documentales, podcasts, paisajes sonoros y cancioneros en los que los propios campesinos se contaban a sí mismos. Aunque se reprodujeron en canales de televisión pública, en plataformas digitales, en universidades y en museos, el ICANH quería seguir llegando a otros públicos, amplios y diversos.
Fue entonces que Mora, director del proyecto llamó a Nicolás Leyva Townsend, profesor de la Facultad de Artes de la Pontificia Universidad Javeriana para intentar llegar a públicos diferentes. “Uno de los objetivos era romper esas barreras del formato digital para que estas reflexiones llegaran a la gente del común”, rememora Leyva.
La propuesta del docente javeriano fue sacar las discusiones a la calle. Así nació El Cacharro del ICANH, una exhibición artística que evoca los puestos de venta que deambulan por pueblos y ciudades colombianas. Esas estructuras móviles en las que se venden desde alimentos y bebidas, hasta productos de aseo y utensilios para la casa.
El Cacharro del ICANH es una estrategia de traducción de los formatos y los lenguajes de la investigación hacia otras posibilidades, sin perder de foco la propuesta y buscando siempre motivar a la consulta del material original. Su objetivo es que las personas, a través del contacto con los artefactos artísticos, puedan conocer otras realidades del país y reflexionar sobre cómo se relacionan con ellas, como si fuera un catalizador de empatía. “Cada objeto incluido fue pensado para ser tocado, manipulado, experimentado. Son obras de arte para usar, no para contemplar”, explica Leyva.
Dentro de la experiencia interactiva y experiencial, uno de los artefactos más curiosos es un molde de papas nativas. “Cuando una persona llega al cacharro, no tiene ni idea de qué es un contramolde”, cuenta Leyva. Así entonces la conversación no empieza hablando de agricultura, ni de Boyacá, ni de biodiversidad. Empieza por reconocer el objeto mismo: “¿qué es esto?”. Es el molde de una papa. “Es la ausencia de la papa, es la papa que no está ahí”, relata el docente.
La experiencia se completa con unas plastilinas de colores. Los espectadores pueden hacer presión en el molde, retirar el material y, literalmente —y aquí el chascarrillo— “sacar papa” de un pedazo de yeso. Un acto que parece casi un juego permite abrir conversaciones inesperadas sobre biodiversidad, los cientos de variedades de papa que existen en Colombia, el conocimiento campesino que las ha preservado durante generaciones y de las necesidades y resistencias que pueden tener hoy en día quienes llevan las papas reales a la mesa.
El Cacharro y el arte de la mediación en la calle
Cuando El Cacharro se desplegó por primera vez en el andén, frente al Centro Nacional de las Artes, en el centro histórico de Bogotá, el equipo no sabía qué esperar. La experiencia de mediar arte en un museo es completamente diferente a hacerlo en la calle. “Normalmente cuando uno está en un museo, ya se tiene un público que entró a la sala porque le interesa el tema. Lograr esa mediación eficiente resulta fácil porque el 50% del problema ya se solucionó”, sostiene Leyva.
Pero en la calle, ese 50% no existe. “El 50% del trabajo de la mediación era que la gente se acercara a El Cacharro del ICANH y que fuera enganchada. Y el otro 50% era mantener a la persona en un diálogo con los artefactos, con la investigación, con la mediación misma”, asegura. Esta exposición tiene que competir con el ruido, el afán, la desconfianza de quien piensa que le van a vender algo o a pedir una donación.
Había personas que no conocían en absoluto las prácticas expuestas. Para ellas, El Cacharro era “una oportunidad para entenderlas y también hacerse a una perspectiva de la diversidad de las muchas Colombias que existen, pero rompiendo con imaginarios prefabricados”, asegura el profesor. También había personas que estaban familiarizadas con las prácticas porque conocían a alguien que las hacía y con ellos la conversación giraba en torno al recuerdo, a cómo se relacionaron en algún momento de su historia con ese contexto o personas.
El Cacharro del ICANH es itinerante, se mueve de lugar constantemente, porque así funcionan las economías populares y la vida campesina. Ese trasegar recrea los puestos de venta ambulantes y mantiene viva la idea de que los públicos no deben ser obviados y hay que salir a por ellos.

El campesinado como sujeto político
Detrás de los artefactos que guarda El Cacharro hay una discusión profunda sobre la identidad nacional. Durante décadas, el campesinado ha sido presentado en el imaginario urbano desde dos extremos, como folclor pintoresco, o como población vulnerable que necesita ayuda. Rara vez se le ha reconocido como sujeto político y cultural fundamental, como productor de conocimiento, y poseedor de saberes ancestrales.
El proyecto busca transformar esas narrativas para que sean más inclusivas y respetuosas de la diversidad. El reconocimiento del campesinado en el censo, la profundización en el conocimiento sobre sus formas de vida específicas, la documentación de sus economías y saberes, son pasos hacia la superación de la desigualdad estructural y los estereotipos que han marcado la relación de Colombia con sus campos. Al final, El Cacharro del ICANH es una apuesta por el reconocimiento mutuo entre los habitantes de las muchas Colombias que coexisten en el mismo territorio.
Leyva resume la experiencia de ver a las personas interactuar con El Cacharro como un ejercicio de empatía y apertura. Cada conversación que se sostiene frente a esos artefactos, cada molde de papa que se llena de plastilina, cada documental que alguien ve parado en el andén, es un pequeño acto de reconocimiento de otras realidades.
El Cacharro seguirá moviéndose por el país, sorprendiendo a transeúntes desprevenidos que se acercan creyendo que les van a vender algo y terminan descubriendo que les están ofreciendo la posibilidad de conocer su propio país desde otra perspectiva.
Como parte de su itinerancia, esta exposición estará entre el jueves 12 y el miércoles 18 de febrero en el campus de la Pontificia Universidad Javeriana, en Bogotá. En las mañanas, de 8 a 12, estará frente al Hospital Universitario San Ignacio. En las tardes, entre las 2 y las 5, se ubicará en el área de exposiciones de la Facultad de Artes. Luego iniciará una gira que incluye el Centro Nacional de las Artes Delia Zapata Olivella y el circuito de museos del ICANH en todo el país. Siga, a la orden, bien pueda, lo que mire, lo que coja, lo que reflexione sobre el país, es gratis.
Quienes participaron en la realización de El Charro del ICANH fueron: Diego Ávila, Edwin Pinzón, Hugo Andrés Coronado, Jorge Luis Alemán, Jorge Luis Cano, Juana María Bravo, Lucía Parias Rojas, Maritza Aguilera, Noah Rueda, Sonia Barbosa Ortiz, William Rojas.



