Por: Juan Manuel Rueda y Felipe Morales
Desde 2014, el Estado colombiano ya ha enviado 12 expediciones a la Antártida. Si bien han ocurrido en buques y aeronaves de las Fuerzas Militares, estas misiones han tenido una plena vocación científica, no de expansión geográfica, según varias fuentes consultadas. Declarada una zona de paz desde los años sesenta, la Antártida es el reservorio de agua dulce más grande del mundo y para aproximarse a estudiarla y sentarse en la mesa que decide sobre cómo se conserva, Colombia ha tenido que recorrer un largo camino.
Esta es la historia de los intereses colombianos en el Continente Blanco. Una historia en la que se tejen soberanía científica, cooperación y mucha diplomacia.

El interés científico de Colombia en la Antártida
“El océano es la fuente de comunicación primaria del mundo”, afirma el contralmirante Darío Eduardo Sanabria Gaitán, secretario ejecutivo de la Comisión Colombiana del Océano (CCO) y director del Programa Antártico Colombiano (PAC). “En este sentido, nuestra conexión con la Antártida no tiene fronteras”, explica. Por ejemplo, desde 1971 los científicos colombianos saben que por el océano Pacífico Sur del país fluyen, además de aguas ecuatoriales propias del trópico, aguas provenientes de territorios antárticos y subantárticos.
Esto quiere decir que lo que sucede en términos ambientales y climáticos en la Antártida tiene repercusiones directas en los territorios y ecosistemas nacionales, e incluso, planetarios. El Continente Blanco “es el articulador climático más grande del planeta”, dice Sanabria. En palabras de Natalia Jaramillo Machuca, exconsultora científica del PAC y estudiante de doctorado en la Escuela de Recursos Naturales de la Universidad de Idaho (Estados Unidos), “el interés colombiano en la Antártida parte de la claridad de que los fenómenos que suceden allá no son ajenos a los que nos suceden acá”.
Ahora bien, el conocimiento científico sobre la Antártida es relevante para Colombia no sólo para publicar papers interesantes. La investigación científica que se realiza allí abre la puerta a la posibilidad de incidir realmente en las decisiones sobre el futuro de este territorio. La teniente de navío Danna Rodríguez, jefa de asuntos internacionales y políticos de la CCO, afirma que el objetivo “es la ciencia para la política”.
En este proceso, Jaramillo destaca que, además de la capacidad logística y técnica que han aportado las Fuerzas Militares, en el caso colombiano han sido las universidades las que han puesto su capacidad en investigación al servicio de este gran proyecto. “Hemos tenido una participación histórica de diferentes universidades e incluso fundaciones u organizaciones no gubernamentales enfocadas en mover recursos y en promover intercambios científicos”, resalta, como se cuenta en la investigación de su autoría Memoria expedicionaria Colombia Antártica, libro que recoge la historia de los intereses, investigaciones y tensiones que ha atravesado el país para llegar a este punto.
Jaramillo señala que han sido las universidades las que han aportado saber, legitimidad y mística a la labor científica que realiza Colombia. “La universidad entra a poner una capacidad que vale millones y millones, porque es ahí en los laboratorios, en los computadores, en los coloquios, en las publicaciones de las universidades, donde ocurre la magia que da el impulso a la investigación que se hace”, añade.
Por ejemplo, en la XII Expedición, cuatro proyectos de ingeniería, arquitectura e innovación desarrollados con profesores de la Pontificia Universidad Javeriana se volvieron piezas clave para el futuro del desarrollo permanente de la ciencia colombiana en este territorio. Daniel Ricardo Suárez, profesor de la Facultad de Ingeniería de la Javeriana y gestor de estos cuatro proyectos, afirma que, en el caso de esta universidad, existe una articulación con la Fuerza Aérea que se ha venido trabajando desde hace años, lo que les ha permitido “generar un ecosistema de ciencia y tecnología que aporta al crecimiento del país y el bienestar de la sociedad colombiana”.

La diplomacia científica del Tratado Antártico
El Tratado Antártico, firmado en 1959 definió a esta región del mundo como una zona de paz, cerrando cualquier disputa territorial. Luego de que el siglo XIX estuviera marcado por expediciones de Reino Unido, Holanda, Argentina y otros países, los 12 estados que tenían alguna pretensión sobre este vasto continente inhabitado, acordaron que no prevalecería ninguna bandera, sino la colaboración y la resolución pacífica de conflictos.
“Esto ha permitido que los estados tengan acciones predecibles que ciertamente inviten mucho más a la cooperación que a la competencia”, explica Manuel Camilo González, profesor del Departamento de Relaciones Internacionales de la Javeriana. Por ejemplo, agrega este experto, con este acuerdo se “mantienen compromisos y reglas de juego para conservar relaciones de cooperación, e inclusive, si existe algún conflicto, se resuelva de manera pacífica”.
En protocolos y tratados siguientes, los Estados se han comprometido, por ejemplo, con la conservación ambiental y la investigación científica en este territorio. Comparten información, cooperan en desarrollos tecnológicos. A través de reuniones anuales toman decisiones sobre lo que sucede en la Antártida y definen las reglas sobre el Sistema del Tratado Antártico, como cuáles Estados pueden tener la calidad de miembros consultivos –con voz y voto para tomar decisiones– o no consultivos –participan de las reuniones, pero no de las decisiones–.
Actualmente, el Tratado está suscrito por 57 Estados, de los cuales 29 son partes consultivas y 28 no consultivas. Los miembros consultivos, condición a la que aspira Colombia, deben evidenciar su interés en la Antártida mediante el desarrollo de investigaciones científicas importantes. Como señala González, las expediciones que ha realizado el Estado colombiano con la Armada o la Fuerza Aeroespacial son un “guiño” para “demostrar la capacidad, los recursos, la voluntad de aportar científicamente a la exploración en esta zona del mundo”.
En este orden de ideas, lo que Colombia debe evidenciar para ser admitido como miembro consultivo del Tratado Antártico es capacidad científica suficiente para incidir en quienes toman las decisiones sobre el Continente Blanco. “La ciencia nos permite indicarles a los tomadores de decisiones cuáles son las mejores maneras de proteger la Antártida, teniendo en cuenta la interconexión e interdependencia que todos los países del mundo mantienen con este territorio”, afirma la teniente Rodríguez.
Ahora bien, la pregunta es ¿cómo se demuestra esta capacidad? Según el contralmirante Sanabria, más que realizar un cierto número de investigaciones científicas, de lo que se trata es de demostrar actividad y presencia permanente en investigación. Añade que Colombia ha cumplido este requisito de manera ininterrumpida desde hace más de 10 años, cuando se realizó la Primera Expedición Científica Colombiana a la Antártida.
Otro factor importante es la colaboración científica con otros países. En la última expedición, por ejemplo, Colombia llegó a la Antártida con un buque de investigación científica —el ARC Simón Bolívar— y una aeronave Hércules C-130, que le permitieron al país asistir y apoyar a científicos de otros países.
“Apoyamos investigadores de Chile y Perú; una comitiva de España y tuvimos la oportunidad de trasladar representantes de Australia, Nueva Zelanda y Sudáfrica, entre otros”, cuenta la teniente de navío Rodríguez. “El buque y la aeronave son plataformas de cooperación internacional”, concluye. De hecho, Colombia está proyectando construir una estación científica permanente en la Antártida que también será plataforma para el desarrollo de ciencia colombiana e internacional.
Todos estos son ejercicios de diplomacia científica. “Ese componente con el que, a través de la ciencia, logramos un impacto en nuestro reconocimiento como país para ser miembros consultivos del Tratado Antártico”, explica el contralmirante Sanabria.
Ordenar la presencia de Colombia en la Antártida
Expediciones como la que vivimos a comienzos de 2026 son parte del Programa Antártico Colombiano (PAC) y de la hoja de ruta del Estado colombiano para coordinar todas las actividades científicas, tecnológicas y de conservación ambiental que se desarrollan a nombre del país en el continente austral. Es decir, el PAC articula las acciones de distintas entidades, asesora sobre la participación de Colombia en el Sistema del Tratado Antártico, planea las expediciones antárticas desde lo científico y lo operacional, y difunde el trabajo del país a este respecto.
Lograr posicionar al país en el Sistema del Tratado Antártico a través de investigaciones científicas, desde luego, supone un compromiso de Estado, pues se requiere voluntad política e inversión. Como apunta el internacionalista González, “ciertamente mantenerse como miembro consultivo del Tratado Antártico exige recursos, particularmente para la investigación”.

La historia de estos esfuerzos, en efecto, está atada a las expediciones. Desde 2014, cuando Colombia realizó su primera expedición, también formalizó el Programa Antártico en un documento de política pública. En 2018 ratificó internamente, a través de una ley, su apego al Protocolo de Protección Ambiental de la Antártida y, desde 2020 hace parte del Comité de Protección Ambiental.
Jaramillo, la exconsultora científica del PAC, añade que, más de una década después de la primera expedición, el país ya ha madurado, no solo en la institucionalidad para hacer posible la investigación en esas condiciones tan extremas, sino en las preguntas que se está haciendo en la esfera pública. Pero la investigadora considera que aún falta un camino por recorrer, pues el país no debería preguntarse por qué ir a la Antártida, sino: “¿cómo hay que mejorar la estación?, ¿cuál es el buque que debemos comprar?, ¿cuáles son los intereses científicos que vamos a priorizar?, es decir, ¿cómo lo hacemos?”.
“Es un tema de interés nacional”, insiste Jaramillo, porque la investigación realizada en la Antártida, al ser aplicada, es funcional. Y las instituciones involucradas, explica, incluyendo las universidades que han participado de las expediciones, dice, “están posicionando a Colombia en unas ligas de ciencia muy avanzadas. No cualquiera va a la Antártida”.
Si hacer parte del Tratado Antártico supone unas obligaciones internacionales, ser miembro consultivo traerá más. Sin embargo, Camilo Niño señala que este marco jurídico promueve la resolución pacífica de las diferencias, en contraste con lo ocurre en el otro polo del mundo: el Ártico, una zona que ha acaparado titulares desde el año pasado por las amenazas de Estados Unidos de anexarse el territorio danés de Groenlandia, por los avances de Rusia en hacerlo una ruta navegable, entre otras tensiones.
En la Antártida, por ahora, los buques y aeronaves militares sólo han sido un vehículo para transportar implementos científicos, como ha ocurrido en la docena de expediciones de Colombia. Si bien desde la guerra de Rusia en Ucrania ha habido algunas tensiones entre los miembros del Tratado, hasta ahora se ha mantenido el espíritu de colaboración y la diplomacia científica que ha caracterizado a esta región del mundo. Y así, en esa relación entre Estado, Fuerzas Militares y universidades, Colombia continuará recorriendo el camino para poder incidir directamente en el futuro del Continente Blanco.



