Imagínese ir en un bus intermunicipal recorriendo una carretera destapada llena de huecos. Antes de comenzar la ruta alguien le quitó los amortiguadores al bus y ahora cada golpe contra el suelo se siente directo en los huesos de cada pasajero. Algo así le está pasando al río Sinú, su actual creciente ha producido inundaciones en Córdoba y afecta de manera inesperada un territorio que para esta época del año esperaba sequía y en lugar de eso se llenó de agua.
Mientras que regiones como La Mojana han convivido históricamente con el agua, a inicios de este 2026 el 80% del departamento de Córdoba se ha visto afectado por una crisis natural sorpresiva que también puede tener causas humanas. Aquí le explicamos lo que se sabe hasta ahora y cómo ambas crisis –la de La Mojana y la de Córdoba– aunque tienen elementos en común, también tienen muchas diferencias.
Calendarios climáticos variables
En el Caribe, febrero es históricamente un mes de sequía. Sin embargo, un frente frío que atravesó el continente proveniente del norte empujó una humedad atípica, provocando lluvias que superaron el promedio histórico.
“Nunca se había registrado tanta lluvia en febrero como en el evento reciente”, explica Laura Pulgarín, candidata a doctora en Estudios Ambientales y Rurales en la Pontificia Universidad Javeriana. En su investigación, Pulgarín ha estudiado, entre otras, la central hidroeléctrica de Urrá durante los últimos cuatro años y señala que el aumento histórico de lluvias en febrero “empujó” humedad hacia la región durante un mes tradicionalmente seco.
Este evento, continúa Pulgarín, es difícil de anticipar con las capacidades de medición disponibles. Por ello, prever el manejo de un embalse con pocos días de aviso, que es lo que las mediciones de la anomalía del frente frío permitieron tener, resulta insuficiente para actuar, porque vaciar un embalse toma mucho tiempo y generar energía hidroeléctrica al máximo tiene efectos aguas abajo.
En sus reportes trimestrales, comenta Pulgarín, el IDEAM indicó que enero tendría lluvias, pero mantenía a febrero como un mes seco. El volumen movilizado durante febrero fue tan masivo que la represa liberó, en menos de tres semanas, una cantidad de agua equivalente a llenar 412.000 piscinas olímpicas.
Un territorio sin puntos de contención
Un punto clave para entender esta crisis no está en cuánta agua cayó, sino dónde debía guardarse. Históricamente, el Sinú contaba con un sistema interconectado de ciénagas que funcionaban como grandes esponjas recolectoras. Se llenaban en invierno y soltaban el agua lentamente en verano. Pero el suelo de esta región ha sido destinado para propósitos agrícolas y pastoriles que secaron las ciénagas y convirtieron al río en un canal rígido, desconectado de sus humedales y sin capacidad de maniobra.
De acuerdo con Jorge Escobar, director del Instituto Javeriano del Agua, el volumen de agua liberado recientemente por la represa de Urrá (estimado en 1.032 millones de metros cúbicos), aunque alto en cantidad, habría podido ser capturado por el sistema original de ciénagas del Sinú. Al desaparecer los mecanismos de protección del territorio, el desbordamiento y las inundaciones se vuelven inevitables y las comunidades asentadas más abajo son las que sufren los impactos.
Este panorama contrasta con el de La Mojana, que aunque herida por el boquete de Caregato abierto desde 2021 aún resiste gracias a que conserva parte de sus ciénagas funcionales que ralentizan las inundaciones, funcionando como la esponja que el Sinú ya no tiene. Por ello, Escobar sugiere que la solución no solo es más infraestructura, sino la restauración de la conectividad. La clave para enfrentar estos fenómenos meteorológicos atípicos es planear el ordenamiento territorial alrededor del agua.
Enfrentar emergencias a ciegas
Uno de los puntos más preocupantes para enfrentar las inundaciones en Córdoba, comenta Pulgarín, es la falta de datos en tiempo real. Debido a problemas de seguridad y vandalismo, las estaciones de medición de lluvia en la cuenca de Urrá no funcionan desde el 2012. Sin estaciones en terreno, se depende de datos satelitales. “Por nuestra posición en el trópico, estos datos suelen ser muy erráticos. Por eso es tan difícil predecir el clima en esta región y tomar decisiones operativas sin datos es sumamente complicado”, señala la investigadora.
Pero no es solo falta de información, también se trata de cómo se entiende la adaptación. Pulgarín señala que las autoridades y empresas tratan la adaptación como un requisito a cumplir dentro de sus planes de manejo ambiental. Pero esto no es suficiente. Se requiere que este sea un proceso integral que incluya a todos los actores que habitan el territorio y que tienen intereses en él. Si bien, Urrá ha implementado cambios tecnológicos, la verdadera adaptación debe ocurrir a nivel de la cuenca. “La escala de una central hidroeléctrica es la cuenca, y no podemos adaptarnos si ni siquiera tenemos en cuenta a la gente que vive en ella”, enfatiza Pulgarín.
Hacia una gobernanza entorno al agua para enfrentar las inundaciones en Córdoba
Pulgarín propone transitar hacia una gobernanza por cuenca. Este enfoque requiere reconocer las dinámicas sociales y ambientales únicas de cada represa, las cuales, según su perspectiva, no pueden ser reguladas por normas uniformes impuestas desde un sistema hidrológico y energético centralizado. Es decir, las reglas para la planeación y funcionamiento de estas estructuras no pueden ser nacionales, ni siquiera regionales. Deben ser construidas en cada caso particular y esto implica un diálogo con todos los actores involucrados para ordenar el territorio en torno al agua, según sus necesidades específicas.
En una era de cambio climático, insistir en controlar el agua en lugar de gestionarla, es como quitar los salvavidas de un barco antes de zarpar. El futuro del territorio depende de recuperar esa relación con el agua, devolverle al río el derecho a ocupar su territorio original y como sociedad, adaptarnos a sus dinámicas y flujos naturales.



