Corre la década de los 70. Colombia, Perú y Brasil se encuentran en la triple frontera. Desde los satélites, Leticia, capital del Amazonas colombiano, y Tabatinga su contraparte brasilera, parecen ser un mismo parche de calles y casas en la orilla norte del río Amazonas. La frontera corta el parche de norte a sur, hasta encontrarse con el imponente río. Al otro lado, frente a Leticia, se extiende Perú.
Con el correr del agua una formación comienza a elevarse en medio del río Amazonas a la altura de Leticia, cortando el flujo del rio en dos mitades. Primero como playón de arena y luego como isla donde plantas y personas comienzan a florecer hasta cosechar un nombre: Santa Rosa.
Cuando se firmó el tratado Salomón-Lozano, en 1922, que estableció la frontera entre Colombia y Perú, nadie imagino que Santa Rosa emergería de las aguas y cambiaria la dinámica de 3 pueblos y una frontera.
La delimitación de la frontera entre ambos países, establecida en el Tratado Salomón-Lozano, sigue el curso del río Putumayo desde la desembocadura del río Guepi, que marca el límite entre Perú y Ecuador, hasta su encuentro con el río Yaguas. A partir de allí, la línea fronteriza se proyecta en dirección suroccidental en línea recta hasta la desembocadura del río Atacuarí, en el gran río Amazonas.
El tramo final continúa hacia el oriente por el curso del Amazonas hasta encontrarse con la frontera brasileña, configurando así el denominado trapecio amazónico. Esta franja de territorio, que antes del tratado pertenecía al Perú, fue concebida como un corredor estratégico para otorgar a Colombia acceso directo al río Amazonas, a través del puerto de Leticia, vital para el comercio y la integración de la región. Sencillo… ¿o no?

Como es de esperarse, la decisión de ceder el trapecio amazónico a Colombia en 1922 no sentó bien con todos los sectores de la sociedad peruana. En 1932 un grupo de ciudadanos peruanos entraron a Leticia con armas en mano para reclamarla como parte de su país. Durante cerca de un año hubo confrontaciones armadas entre Colombia y Perú a lo largo de su frontera. La guerra colombo-peruana, también conocida como el Conflicto de Leticia, halló su fin en 1933, año en el que se iniciaron las negociaciones acerca de la frontera. El resultado fue el Protocolo de Río de Janeiro, en 1944, que ratificó la delimitación del trapecio amazónico.
¿Por qué el cambio en el río afecta nuestra frontera con Perú?
Es curioso pensar que, en el año 2025, más de un siglo después del tratado Salomón-Lozano, se hayan abierto las suturas de la frontera colombo-peruana, que parecían ya haber cicatrizado. Esta vez no se trata de disputas armadas, sino de algo fuera del control humano: las dinámicas fluviales.
Resulta que el agua de los ríos no fluye sola, sino que lleva consigo una carga, que puede ser tanto disuelta como en suspensión. La primera ocurre cuando el cuerpo de agua fluye a través de rocas y suelos cuya composición es soluble el agua o alguno de los compuestos presentes en ella. Un ejemplo es el río Claro, en Antioquia, que corre a través de un cañón de mármol. Esta roca está formada principalmente por carbonato de calcio, un compuesto que se disuelve fácilmente en el ácido carbónico que se presenta de forma natural en el agua de los ríos.
Los ríos que llevan carga disuelta tienen agua traslúcida, pues, así como cuando se disuelve azúcar en un vaso de agua, los compuestos que se disuelven, como el carbonato de calcio, no causan mucha turbidez. Estos cuerpos de agua pueden ser de aguas claras, como el río Claro, u oscuras, como las del río Vaupés, de apariencia muy semejante al té negro.
Pero las aguas del río Amazonas están lejos de parecer un té y se asemejan más al café con leche. Su apariencia delata que es un río que carga sedimentos en suspensión, es decir, partículas sólidas que pueden venir de la roca o del suelo y están suspendidas en el agua, mas no disueltas en ella. Su carga se comporta como una cucharada de arena en un vaso de agua: no importa cuánto se mezcle, jamás va a quedar integrada con el agua, y, con el tiempo, se depositará en el fondo.

Los ríos funcionan así, como un vaso de agua con arena dentro. Las secciones donde fluye con mucha energía se comportan como cuando se revuelve la arena dentro del vaso, es decir, el sedimento se levanta y comienza a fluir con el agua. No obstante, cuando el río no fluye con tanta fuerza, es como si se dejara de revolver el vaso, por lo que el sedimento se deposita.
Estas dinámicas se dan de forma natural y son las responsables de que los ríos cambien tanto a través del tiempo. Sus cursos pueden moverse a de sur a norte, de oriente a occidente, formar islas, nuevos canales y lagunas aledañas, entre otras variaciones, dependiendo de dónde se erosiona y en dónde se deposita el sedimento sin prestar mucha atención a las delimitaciones humanas de los territorios.
Trabajos como el de Espinoza y colaborades en 2022 muestran que la isla Santa Rosa se ha ido formando gracias a los sedimentos depositados por el río durante décadas. Pero lo que llama la atención es que al dividir el rio en dos, se creó un canal que cada día se llena más de sedimento hasta el punto de terminar conectando Santa Rosa con Leticia.
La declaración de la isla Santa Rosa como distrito peruano, el 3 de julio de 2025, pone en riesgo el acceso de Leticia al río Amazonas. Si el canal que separa a Santa Rosa de Leticia llega a llenarse de sedimentos y desaparecer, Colombia perdería su único puerto importante sobre el Amazonas, lo que sería un duro golpe para la economía y para los habitantes de la región.
La moraleja de la historia es que la tierra cambia y le da forma al territorio, y que, tal vez, sería buena idea adaptar conceptos humanos, como las fronteras, a las dinámicas de la tierra.
En el siguiente vídeo, Pesquisa le cuenta un poco más acerca del cambio de los ríos, y como los flujos de agua y sedimento han puesto al rojo vivo nuestra relación diplomática con Perú.