La Mojana es una subregión del norte de Colombia, rica hidrológicamente como casi ningún otro lugar. Allí, confluyen los tres ríos más importantes del país, el Cauca, San Jorge y Magdalena. Las ciénagas de San Marcos y La Rinconada parecen ser lo que siempre han sido, vastas extensiones de agua que brillan bajo el sol del Caribe colombiano. Pero bajo la superficie, algo está cambiando de manera silenciosa y acelerada. El agua se está calentando más de lo normal y durante períodos más prolongados, alterando ciclos naturales que mantienen la vida de la región y de las comunidades que viven allí.
Diego Alejandro Pulgarín, estudiante del doctorado en Ingeniería Civil de la Pontificia Universidad Javeriana, pasó meses midiendo la temperatura del agua en estas dos ciénagas ubicadas en La Mojana, una región donde abunda el agua porque recibe a los tres ríos más importantes del país, el Magdalena, el Cauca y el San Jorge. “Lo que hizo esta investigación fue caracterizar el comportamiento de la temperatura en la ciénaga a lo largo del día, afectada por las variables meteorológicas”, explica.


Pero primero hay que entender qué es La Mojana. Esta región recoge las aguas de los tres principales ríos de la zona Andina del país. Allí se cuentan por decenas las ciénagas que se interconectan por medio de caños y que se mueven al ritmo de la cantidad de agua que los abastecen.
La región comprende unas 500.000 hectáreas y abarca 11 municipios de los departamentos de Sucre, Bolívar, Córdoba y Antioquia. Casi medio millón de personas dependen económica, social y culturalmente de las dinámicas climáticas e hídricas de este enorme complejo acuático.
La relación de estas comunidades con los ecosistemas no es solo una cuestión ambiental. “Los pueblos mojaneros tienen principalmente su actividad económica en la pesca”, señala Pulgarín, “que existan cambios en la temperatura de estos cuerpos de agua afecta la presencia de los peces, lo que también los impacta directamente a ellos”.
La alteración de los ciclos de temperatura en las ciénagas
Las ciénagas son ecosistemas polimícticos. Es decir, se enfrían y se calientan en un ciclo diario. Se calientan en la mañana después de las 9:00 de la mañana, principalmente por la radiación solar, y se enfrían durante la noche, de acuerdo con la investigación.
Este ciclo diario de calentamiento y enfriamiento es fundamental para la salud del ecosistema. Durante el día, cuando el sol calienta la superficie del agua, se forma lo que los científicos llaman estratificación térmica, proceso en el que el agua caliente queda en la superficie y las aguas profundas se mantienen más frías. Esta diferencia de densidad crea una barrera invisible entre las dos capas.
“Cuando hicimos el perfil de temperatura del agua en vertical, encontramos que hay un punto donde la temperatura cambia bruscamente”, relata Pulgarín. Este fenómeno es problemático porque impide que haya un intercambio de sales, gases y nutrientes que son los que mantienen las condiciones favorables y el equilibrio para el ecosistema y las especies.
Por la noche, cuando baja la temperatura, esa barrera debería desaparecer. El agua se mezcla, permitiendo que el oxígeno de la superficie llegue al fondo y que los nutrientes del fondo suban a la superficie.
Sin embargo, en La Rinconada, Pulgarín encontró que las temperaturas durante el día llegan hasta los 40 grados centígrados. “Bajo ciertas circunstancias, sobre todo cuando las temperaturas del aire son tan altas y los picos de radiación son fuertes, ese ciclo se rompe y el agua puede durar mucho más tiempo caliente”, explica el investigador.
Visiblemente no hay forma de darse cuenta, pero las consecuencias de esta estratificación pueden ser graves pues terminan por afectar la calidad del agua. A mayor temperatura, menos oxígeno, por lo que el lento enfriamiento de las ciénagas impacta en el hábitat disponible para los organismos que las habitan.
“Además, los ciclos bioquímicos, la descomposición de los nutrientes, la producción de gases, el metabolismo biológico, se aceleran. Al mismo tiempo que los procesos de respiración de los microorganismos, su crecimiento y reproducción también se alteran”, sostiene el investigador.
La situación produce un desbalance en el equilibrio natural de un ecosistema como estos, que también podría ser un factor de riesgo para el crecimiento de especies invasoras. Algo similar podría ser lo que pasa en Pajaral, Ciénaga Grande de Santa Marta, en donde una planta acuática invasora está impidiendo la pesca, transporte y generando malos olores en un pueblo palafítico de más de 4.000 habitantes, como ya lo denunciaron investigadores javerianos.
Jorge Escobar, director de la investigación y profesor de la Facultad de Ingeniería de la Javeriana resalta la necesidad de cuidar estos cuerpos de agua. “Las ciénagas son unos ecosistemas muy particulares. Con otros estudiantes del doctorado hemos tratado de buscar en otros países y es muy difícil encontrar regiones en el mundo con dinámicas parecidas a las de las ciénagas”, dice.
Como se identificó en esta investigación, el factor más importante para que la ciénaga se caliente es la radiación solar. Por ello, el docente llama la atención, pues este hallazgo cobra especial relevancia en el contexto del cambio climático, que está aumentando las temperaturas del aire y alterando los patrones de radiación solar en toda la región.
Para los habitantes de las ciudades capitales esto puede parecer lejano, pero el investigador recuerda aquellos meses de 2024 en que Bogotá vivió una temporada de sequía que llevó a las autoridades a decretar el racionamiento de agua. “Las temperaturas fueron altas, los niveles de los embalses llegaron a condiciones críticas y se dio un crecimiento excesivo de algas en el embalse”, explica Pulgarín. Esto generaba que el agua llegara a las viviendas con un color extraño y con concentraciones peligrosas de sustancias derivadas del crecimiento de cianobacterias.
El profesor Escobar sostiene que por eso las empresas monitorean constantemente la temperatura de sus embalses: “Ese conocimiento les permite tomar decisiones con tiempo. El problema es que, en ecosistemas como las ciénagas, donde no hay un retorno económico inmediato, es muy difícil que se vea la importancia de medir día a día o minuto a minuto las cosas”, alerta.


Los desafíos del monitoreo
La investigación de Pulgarín no estuvo exenta de obstáculos. En su primera visita a la ciénaga de San Marcos, le vandalizaron los equipos de medición. “Perdí toda la información que había recolectado de los puntos fijos a pesar de ser solo chips, tarjetas electrónicas y cables”, recuerda.
Aunque asegura que en su caso fue delincuencia común, el incidente ilustra uno de los desafíos importantes del monitoreo en estas regiones. Las estaciones meteorológicas del Instituto de Hidrología, Meteorología y Estudios Ambientales (Ideam), entidad encargada de hacerlos, también han sido vandalizadas. “En los días en que yo fui, esa estación ya estaba fuera de operación. No tienen datos ni de radiación ni de temperatura”, señala Pulgarín.
Para Escobar, es una responsabilidad que no se está cumpliendo. “Eso lo debe asumir el ente municipal o el ente regional, pero esas mediciones son difíciles y muy costosas para entidades públicas”, asegura.
Por todo esto, Pulgarín es enfático en que se deben generar políticas que tiendan a crear una conciencia en la importancia de estos ecosistemas porque tienen alta riqueza en biodiversidad y porque de ellos dependen las comunidades anfibias que las habitan. También insiste en la necesidad de tener mediciones continuas. “Los datos son claves como insumos para generar predicciones y poder tomar decisiones correctas y a tiempo frente a situaciones como el cambio climático”, señala.
Estos temas tienen una urgencia particular en el contexto de la crisis climática, pues estos alteran las temperaturas del aire y los tiempos de radiación. Las proyecciones climáticas sugieren que los sistemas de agua dulce experimentarán un estrés térmico más prolongado y acumulativo en las próximas décadas, haciendo aún más urgente comprender sus efectos y los impactos que generan.



